Capítulo 8: Lazos y caprichos
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Comentarios a los reviews:
Es un capítulo cortito así que ha ido rápido :-D
Kaoruca: Kenshin, no es tolerante… tiene una paciencia encomiable, jiusjius. Y sí, tanto Kenshin como Yahiko saben que su comida es mejor a no tener nada. Así que no rechistan. Sobre Sanosuke, me he dado cuenta que en el Kanzenban es bastante más bruto que en la edición anterior. Y como me resulta más cómodo (y se supone que tiene mejor traducción) el Kanzenban, pues me estoy guiando por él para hacer este fic.
Setsuna: Gracias por leerlo, me alegra que te esté gustando :-D
Hime: Estooo… sí, el comentario venía por ti. Es fácil ver que la única que ha escrito recientemente en toooodos los fics, has sido tú, jajajaja. Y sí, me has hecho releerme partes de algunos fics y ahora me está carcomiendo la conciencia que no veas… T_T
Kaory: Sobre lo del té, sí es cierto que al llegar el comisario, tanto Kenshin como el comisario se preparan un té. Pero no es que cambie la escena de la comida por la del té. Kaoru la sigue preparando (y hay una viñeta expresa sólo de la comida haciéndose, antes de que ellos dos aparezcan con su vasito de té). De hecho, algo de tiempo sí que debe transcurrir porque también disponen de un banco para él. Muchas veces, el problema es que no tenemos consciencia del transcurso del tiempo entre una viñeta y otra. Y como los mangas no dan para explicar tanto detalle… jijijiji.
Rogue: Bueno, para ver la «otra parte de Kenshin» todavía habrá que esperar al siguiente capítulo ^_^º. Pero bueno, espero que éste también os guste.
Gracias a todos por los comentarios :-D
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Capítulo 8: Lazos y caprichos
Kenshin vio, desde su posición sentada en la pared de la habitación, cómo dos médicos iban atendiendo a los heridos. Les debían haber sacado de la cama —por lo menos— pues era entrada la madrugada. Pero suponía que siempre sería así cuando surgían urgencias nocturnas. A diferencia de los hospitales donde había gente de guardia, con la mayoría de los doctores, había que sacarles de sus casas.
Atendieron el brazo de Sanosuke y le avisaron de que tendría que llevarlo en cabestrillo durante unos días para que no hiciera muchos movimientos mientras se le curaba la herida. Le estaban dando varios puntos y después le vendarían el brazo para que no se infectase la herida. Sanosuke se burlaba de que las curas eran exageradas, y Kenshin llegó al punto en que no sabía si era alarde de su fortaleza o que realmente creía que la herida no era de consideración.
Mientras discutía con los doctores, Kenshin no pudo evitar volver al problema actual. Nunca habría esperado que un fantasma de su pasado apareciera allí. Hasta ahora no se había encontrado con algo así y ya iba contabilizando una década. Lo máximo que llegaba a encontrarse por sus viajes eran matones al estilo de lo que llevaba viendo en Tokio. De hecho, Sanosuke le había supuesto un salto en el nivel habitual. Sin embargo, su amigo era un luchador callejero, no un asesino. Aunque había sido un luchador a sueldo, Kenshin intuía que nunca había sido un «asesino» a sueldo. No se lo había preguntado, pero dudaba mucho que Sanosuke supiera de primera mano lo que era matar a alguien.
Eso marcaba una diferencia clara con el hombre que se les había presentado esa noche. Sanosuke podía ser un gran luchador, pero había una diferencia significativa entre luchar contra una persona que no pretende matar y otra que sí lo busca.
No podía regresar al dojo, concluyó finalmente. No podía dejar que Jine supiera de la existencia de Kaoru o Yahiko, mucho menos, dónde vivían. No podía llevar a la casa a un asesino de la envergadura de Kurogasa.
Cuando terminaron de fijarle el brazo contra el pecho, Sanosuke se levantó y ambos se encaminaron hacia la puerta. La mañana era fría y, teniendo en cuenta lo que había sucedido en la casa, bastante tranquila. Los policías estaban dentro de la mansión y fuera sólo había algunos asegurando la zona. Las calles de la ciudad estaban desiertas y una ligera neblina matutina aún persistía en ellas.
—Sólo ha habido seis heridos graves y tres leves —comentó Sanosuke rompiendo el silencio—. El comisario dice que es el ataque con menos heridos hasta la fecha.
—Son nueve en total, así que no es motivo para regocijarse —replicó afectado Kenshin.
—Vamos, hombre… —protestó el joven—. No seas tan duro. No ha muerto nadie; eso es todo un logro. Y es evidente que ese tipo está mal de la cabeza.
Kenshin miró de reojo a Sanosuke. Lo de Jine no era tan sencillo como decir que «estaba mal de la cabeza». Iba contra los hombres poderosos del gobierno. Era demasiado específico en sus víctimas como para alegar que no estaba cuerdo.
Sano se rio y le dio varios golpes en la espalda.
—Pero no tenemos de qué preocuparnos porque el mejor está de nuestro lado —dijo divertido.
—Yo no diría tanto… —susurró funesto, y Sanosuke le miró desconcertado—. Desde que terminó la guerra hice el juramento de que no volvería a matar. Es justo lo contrario a lo que ha hecho Jine en este tiempo. Ésa es una diferencia crucial entre los dos.
Ninguno de los dos dijo nada más durante un buen rato.
—¿Y sabes ya cómo vas a detenerle? —preguntó Sanosuke.
—En realidad, no —contestó sin rodeos—. Nunca me he enfrentado a su técnica hasta hoy. No sé cuándo consiguió dominar el estilo «Nikaido Hei-Ho», pero la primera vez que apareció junto con el Shinsengumi, no lo hacía.
—¿El Shinsengumi? —cuestionó el joven—. ¿El grupo más poderoso del Bakufu?
—Sí, de inicio tomó ese bando en la guerra. Mató a bastantes de los nuestros, pero a la vez, también se dedicó a matar sin control a cualquiera que se le pusiera delante. Al final, sus compañeros quisieron deshacerse de él, pero consiguió escapar y, poco después, se unió a los Ishin Shishi como asesino a sueldo.
—Tienes que estar de broma —comentó sorprendido Sanosuke—. ¿Se cambió de bando sin más?
—Como te decía, mataba sin motivo aparente. Le daba igual el bando en el que estuviera con tal de que pudiese seguir alimentando su sed de sangre.
Sanosuke frunció el ceño con gesto preocupado.
—No sé muy bien qué puedo hacer en esto.
—No te preocupes, yo me encargo —le dijo Kenshin—. Jine me busca a mí por lo que me enfrentaré con él. —El semblante preocupado de su amigo no cambió—. Sin embargo, sí quiero pedirte un favor.
—Claro —accedió rápidamente Sano.
Kenshin se detuvo en la calle al llegar a una intersección.
—Necesito que vayas al dojo Kamiya y te encargues de Kaoru y Yahiko. —Sanosuke le observó sin entender—. No puedo volver allí y darle la posibilidad a Jine de que se acerque a ellos. Tengo que alejarme.
Sanosuke al fin entendió y asintió.
—Me quedaré cerca de ellos, no te preocupes.
—Gracias. —Entonces señaló con la cabeza hacia la calle que cruzaba—. Me voy a la zona del río a ver si le localizo. Si no lo hago yo, lo hará él. Era costumbre de los espadachines movernos por esas zonas. Son lugares abiertos donde se puede pelear y escapar sin problemas de ser necesario.
—Está bien; te esperaremos en el dojo.
Dicho eso, Sanosuke siguió su camino hacia la escuela Kamiya. Kenshin anduvo por las calles en dirección al río. Esperaba encontrarle por allí y poder poner fin a todo aquello. Tardó poco tiempo en llegar a la ribera y, aunque estuvo dando algunas vueltas, no consiguió dar con él. Al final, optó por quedarse en un punto fijo y que fuera Jine el que le localizara.
Se sentó en un tronco y esperó. Sin embargo, al poco se dio cuenta de que no era lo mejor para él. Se fijó en el agua del río —la cual bajaba con bastante fuerza—, y su sonido y movimiento le resultó soporífero. No había dormido ni dos minutos esa noche. En casa de Tani habían permanecido despiertos con todo el problema surgido y la atención a los heridos. Para rematar, de allí directamente se había ido a buscar a Jine. Esperaba que al menos él estuviera en iguales condiciones porque no podía permitirse fallos de concentración contra un asesino experto.
Se levantó del tronco para despejarse y dio varios pasos. Escrutó los alrededores intentando divisar una amenaza, pero allí no había nadie; ni siquiera transeúntes. Suspiró y volvió a sentarse. Le preocupaba la fuerza con la que bajaba el agua. Si se peleaban allí y alguno caía en el río, sería lo último que hiciera.
Y justo entonces, le encontró. Sintió una hostilidad tras su espalda como pocas veces había sentido. El día anterior Jine se había mostrado combativo, pero no furioso. ¿Acaso no le hacía tanta gracia pelear contra él tal y como había alardeado horas antes?
Desenvainó ligeramente su espada para facilitar el contragolpe al ataque traicionero que sabía que iba a darle.
—¡Keeeen… shiiiinn…! —exclamó con voz muy contenida Kaoru dándole tal susto que su espada se escurrió y le cortó el dedo—. ¡Al fin te encuentro! —masculló entre jadeos.
«¡Madre mía, pero si es Kaoru!», pensó atónito Kenshin. Había creído firmemente que estaba ante un experto asesino furioso. Se llevó el pulgar a la boca para contener la hemorragia. ¿Qué demonios hacía allí?
Kaoru se sentó a su lado en el tronco de madera. Estaba muy enojada.
—Sanosuke nos ha dicho que no ibas a volver —comenzó a decir molesta—. Así que yo tampoco. Me quedaré aquí contigo.
¿A qué venía eso? ¿Qué les habría dicho en realidad Sanosuke para que Kaoru se lo tomase así? La observó durante un buen rato sin saber qué decir. Miraba hacia adelante; al río. Pero Kenshin no creía que lo estuviese «viendo» realmente. Se mostraba muy afectada aunque no sabía el motivo verdadero. Estaba enfadada y había llegado allí corriendo. Tenía un ligero rubor en las mejillas que le pareció discordante en una expresión de ojos tan preocupada.
—Señorita Kaoru, ¿se ha peleado con Sanosuke? —especuló intentando dar con la raíz del problema. No era el momento más adecuado para intentar mediar en una bronca entre los dos, pero tenía que alejar a Kaoru de él. Ella negó ante su pregunta—. ¿Con Yahiko, entonces?
Kaoru se molestó.
—¡No me he peleado con nadie! —replicó enfadada, pero aún así, continuó sin mirarle.
—No sé si Sanosuke le ha explicado que Jine…
—Ya lo sé, pero me da igual: no voy a volver —declaró con firmeza.
Kenshin la miró por unos instantes desorientado. No sabía cómo proceder. Quería explicarle que un asesino había puesto su mira en él y que por tanto debería volverse a casa. Pero Kaoru lo sabía… y aún así estaba allí. ¿Por qué se arriesgaría así?
—Kaoru… —empezó a decir en tono razonable regresando su vista al frente—, no puedo tenerla cerca. Jine no es un asesino cualquiera. No podré vencerle si tengo que preocuparme de la seguridad de otra persona. —Kaoru se mantuvo en silencio—. ¿Entiende lo que le digo? —intentó otra vez, esperando su colaboración.
Pero por eternos minutos, siguió sin decir nada. Kenshin la miró de reojo y pudo comprobar que estaba contrariada con la situación. Seguía manteniendo en sus mejillas ese sonrojo encantador que le iluminaba el rostro.
Y de pronto, se levantó.
—¿Kaoru? —preguntó desconcertado. ¿Había conseguido convencerla?
Pero Kaoru se puso frente a él y le observó fijamente a los ojos. No lo había hecho desde que llegara. Se llevó la mano al lazo del pelo y, tirando de una esquina, deshizo el nudo quedándose con él en la mano. Su pelo cayó como una cascada a su alrededor y Kenshin tuvo que contener que no se le abriera la boca por la perplejidad. Un sentimiento de inquietud se apoderó de su cuerpo al verla de pie ante él inmóvil con el lazo en la mano.
—Este lazo azul es mi preferido —comentó sin más—. Te lo presto.
¿Qué se lo prestaba? Aunque eso le hizo suspirar y desviar su mente de la imagen de Kaoru mostrándose más femenina de lo habitual.
—¿Y qué iba a hacer yo con él? —cuestionó dubitativo.
—¡Que lo cojas! —exigió enfadada.
—¡Vale! —aceptó al momento quedándose con él en la mano.
—Pero sólo te lo presto, ¿entiendes? —No, ni una palabra, pero tampoco se lo dijo—. Así que más te vale que me lo devuelvas, ¿queda claro? —le amenazó vehemente—. Jamás te perdonaré que tras tu combate te marches con él.
Y por fin, lo entendió… y lo entendió todo. Kenshin sonrió para tranquilizarla. Había ido allí preocupada por que retomara sus viajes por el país tras la pelea con Jine. Sólo quería asegurarse de que volviera… Kenshin suspiró. Kaoru todavía no había conseguido deshacerse de ese sentimiento de soledad y aún le necesitaba allí.
—No se preocupe, Kaoru —contestó con un semblante más alegre—. Le prometo que regresaré al dojo para devolvérselo.
—Muy bien —suspiró aliviada e incluso a él le reconfortó su nuevo estado anímico; uno mucho más feliz que el furibundo que había traído hasta allí.
Era agradable sentirse apreciado por una chica como Kaoru; una joven amable y cariñosa que siempre estaba pendiente de cuidar de las personas que la rodeaban. Agarró con más firmeza el lazo que le había prestado y con la intención de guardarlo a buen recaudo.
Y entonces, Jine pasó por delante de él apresando a Kaoru. Ni siquiera pudo reaccionar. Estaba tan centrado en ella que ni le había visto meterse en su campo de visión. En un momento la tenía delante, y al siguiente, Jine se la llevaba río abajo entre estruendosas carcajadas.
—¡Kaoru! —exclamó Kenshin levantándose del sitio.
—¡No puedes engañarme, Battosai! ¡He visto que es tu mujer! —gritó rebosante de júbilo.
—¡Jine, suéltala! —exigió trasluciendo su impotencia al ver que se alejaban.
«¡No puede llevársela!», le clamaba aterrorizada una y otra vez su cabeza. «¡Ese hombre es un asesino! ¡Kaoru!».
—¡Enfurécete! —siguió jactándose mientras se alejaba río abajo—. ¡Igual que cuando herí a tu amigo! ¡Así podré regodearme al vencer al despiadado asesino que fuiste! —lanzó una nota que milagrosamente llegó a la orilla—. ¡Te espero allí, Battosai!
—¡Kenshin! —chilló desesperada Kaoru mientras Jine seguía riendo.
—¡Jineeeeee!
Kurogasa desapareció de su vista junto con Kaoru. Kenshin corrió hacia donde había caído la nota y con manos temblorosas la abrió.
«Desafío: Te espero esta noche a las 12 ante el altar "Inari" del fondo del bosque Shizumidera».
Kenshin la rompió del cabreo que tenía encima. Se había llevado a Kaoru delante de sus narices, y se la había llevado porque pensaba que era su mujer. Kenshin podía ver perfectamente la línea de pensamiento de Jine. Quería tener un combate épico contra el legendario Battosai y secuestrando a la que creía su mujer esperaba enfurecerle. Lo que no sabía Jine era que no necesitaba que Kaoru lo fuese para conseguir sacar lo peor de él. Pero de todas formas, le daría lo que quería.
Esa noche iba a dejarle para los restos.
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Notas finales:
En principio, la idea es que el próximo capítulo comprenda los actos de la pelea (que son varios). Por eso los he separado de éste ^_^º . A ver lo que tardo con el siguiente… »_«
