Capítulo 9: Dos asesinos

— * —

Comentarios a los reviews:

Rogue: Jajajaja, no te preocupes. A veces pasa que no sabemos qué decir, jijiji.

Naty: Que no te dé miedo lo que sigue, mujer. Ni que fuera a contar algo nuevo XD

Hime: Feliz que estoy de haberte hecho «reencontrarte» con la serie. A mí es que siempre me ha encantado. Es mi preferida. Pero reconozco que hacía tiempo que no me daba tan fuerte con ella ^_^º. Sobre este capítulo, pues no sé… es bastante complicado. Cada vez que lo miro, tengo la sensación de dejarme cosas T_T. Pero en fin… a ver si os gusta.

Kaory: Lo de que se ensuciara, ¿te refieres al lazo? Porque eso pasa tanto en el anime como en el manga, pero es posterior en la trama. Y sí, ya habrás visto que me he liado con otros fics XD.

Mariona: A mí los primeros tomos de RK también me encantan. Habría sido hiperfeliz si Watsuki hubiera metido algunos actos de este estilo entre la saga de Shishio y Enishi. Adoro los capítulos de su vida cotidiana *o*.

Kaoruca: Sobre si Kenshin se hubiera marchado si no llega a interferir Kaoru, pues no sabría decirte. En principio, Kenshin les dice que volverá después, y no es que suela mentir :-s . En cuanto a que Kenshin no se dé cuenta de que Kaoru se preocupa por él en vez de por su soledad, yo sí creo que sabe que Kaoru se preocupa (lo piensa varias veces). Sólo que hay otras cosas que cree que a Kaoru le motivan más que lo que realmente le pase a Kenshin. Pero ya sabes… cosas del pelirrojo ¬_¬º.

A ver qué tal este capítulo. No me termina de convencer. Como he dicho por ahí arriba, cada vez que lo miro acabo añadiendo algo nuevo que me he dejado T_T. Pero bueno…

Gracias a todas por los comentarios *o*

— * —

Capítulo 9: Dos asesinos

Tenía tal enfado encima que incluso le temblaban las manos. La rabia había hecho que no pudiera tranquilizarse ni siquiera para echar una cabezada e ir algo más despejado a la cita con Jine.

Cuando se acercó la hora, Kenshin se dirigió directamente al altar de «Inari», y al dar las doce de la noche, había llegado allí. De un rápido vistazo pudo ver que Kaoru estaba en buenas condiciones, lo que —no sabía Kurogasa— le acababa de dar una pequeña concesión. Estaba atada de manos y subida al altar. Jine miraba el reloj mientras fumaba. En cuanto le vio, tiró el cigarrillo al suelo y rio.

—Al fin empieza la diversión, ¿verdad, Battosai? —le preguntó el hombre.

—¡Kenshin! —le llamó Kaoru con alegría. Pero él no estaba para risas, de modo que encaró a Jine enfadado.

—Bonita mirada… ¿estás enfadado? —se jactó el asesino.

—Sí —declaró con frialdad—. Estoy enfadado contigo por haber involucrado a Kaoru y conmigo mismo por no habértelo podido impedir, malnacido.

Sombrero negro sonrió complacido y ambos sacaron su espada para ponerse en guardia.

—Así me gusta, hasta has recuperado tu viejo vocabulario —replicó ufano—. Ahora sólo falta que des la vuelta a esa espada y pueda tener un verdadero enfrentamiento con el legendario asesino.

Los dos se lanzaron contra el otro en una sucesión rápida de golpes. Jine era muy rápido defendiéndose de sus ataques. Hacía mucho tiempo que Kenshin no se había tenido que emplear así en un combate, pero Kurogasa estaba sacando lo peor de él y se batieron en una intensa confrontación.

En una pequeña pausa en la que se separaron, Jine intentó lanzarle su energía para paralizarle, pero en el estado en que se encontraba, no llegó ni a notarlo, a diferencia de lo que había ocurrido en casa de Tani.

—¡No conseguirás nada con eso! —le gritó furioso—. ¡El «Shin no ippo» no me afecta!

Jine cambió el ataque tras esto y Kenshin pudo ver que le atacaba con la técnica «Nikaido Hei-Ho». Primero, un ataque central directo al cuerpo que esquivó; después, un trazo horizontal al retirar la espada; y por último, un corte vertical que Kenshin contrarrestó con la empuñadura de su espada.

Con eso, había conseguido abrir su guardia para un contraataque, pero justo cuando iba a hacerlo, Kurogasa pasó la espada por detrás y con la mano izquierda, se la clavó en el hombro.

La herida fue lacerante y dolorosa. El hombro le ardía mientras sangraba, y no podía dejar de pensar en cómo le había podido dar. No se lo esperaba; había leído todos sus movimientos y los había contrarrestado sin problema. Pero no podía haber imaginado que Jine se sacara esa rápida reacción al romper su ataque.

Se cogió del brazo, el cual le dolía con cada respiración, y escuchó a Sombrero Negro pasear a su alrededor.

—Así que te has anticipado a mis movimientos… Pero este último no te lo esperabas, ¿eh? —se mofó mientras le rodeaba.

Al final, el asesino resopló descontento.

—Estás muy lejos de ser el Battosai del Bakumatsu —se quejó viendo que le había podido herir sin demasiada dificultad—. Podría matarte en el tiempo que tardo en fumarme tres cigarrillos. Es patético…

—¡Kenshin! —exclamó Kaoru preocupada, y acto seguido se encaró a Jine—: ¡Déjale, maldito asesino!

—Creo que todavía te puedo enfurecer más… —especuló Kurogasa girándose hacia Kaoru.

Kenshin miró en su dirección y de pronto vio cómo Kaoru jadeaba… o lo intentaba. Se le estaban saltando las lágrimas y no podía articular palabra.

—¡Kaoru! —la llamó sobrecogido—. ¡¿Qué les has hecho?!

—Lo mismo que a ti —comentó despreocupado—. La he hipnotizado con un «lazo del corazón» bastante fuerte. Sus pulmones se detendrán y la chica morirá. No creo que dure más de dos minutos. Morir asfixiado es bastante asqueroso: con esa espuma blanca en la boca, además de que los muertos se mean encima.

—Jine… —susurró con rabia Kenshin. No podía soportar la imagen de Kaoru muerta. Era muy joven para morir, y mucho menos de esa forma.

—Tu amiguita no tiene mucho tiempo, Battosai. Si quieres añadir algo, será mejor que lo hagas con la espada.

No podía permitir que le hiciera daño a Kaoru, ni tampoco que se jactara con su muerte. Una mujer tan dulce y generosa como ella no podía acabar así; asesinada en una lucha que ni siquiera le competía.

Oyó cómo Kaoru seguía intentando coger aire. Se estaba ahogando delante de él. Agarró la empuñadura de su espada con más fuerza. No podía permitirlo; no podía anteponer la vida de un asesino a la de una persona inocente.

Y ese frío que hacía tanto tiempo que no sentía empezó a recorrerle el cuerpo. Su respiración se ralentizó de forma anormal, pues su corazón aún estaba desbocado después de la intensidad con la que habían peleado. Era su sed de sangre; ésa que tan bien conocía y que durante tantos años le acompañó para convertirle en el mejor asesino de la guerra. Otra vez volvía a llamar a su puerta y Kenshin no tenía ningún inconveniente en dejarle pasar.

Si Jine quería morir, él se lo concedería.

Y antes de que pudiera darse cuenta, Jine probó su espada en sus carnes. En un momento estaba en el suelo y, en el siguiente, le había asestado un golpe con su espada hasta el punto de notar cómo la nariz se le rompía.

—Bueno, bueno… ni siquiera lo he visto. Eso sí ha sido un movimiento rápido. Así me gusta —le felicitó Jine tras recuperar el equilibro por el golpe—. Al fin recurres al asesino de antaño.

—Como has dicho, no tenemos tiempo para hablar —replicó Kenshin con voz heladora—. Atácame de una buena vez para que pueda matarte.

—¿Matarme? —Kurogasa se echó a reír—. Me parece muy bien. Así es como habla un verdadero asesino. De modo que la verdadera pelea empieza ahora. ¡Allá voy!

Jine se lanzó contra él. Kenshin ni siquiera se inmutó, pero a cambio, le lanzó su energía —una cargada de mucha hostilidad—, y el hombre se detuvo al instante moviéndose a otra posición y manteniendo cierta distancia con él.

—¿Qué sucede? ¿Tienes miedo? —inquirió Kenshin condescendiente. La molesta risita de Jine perdió su arrogancia.

—No, es sólo que con tanta rabia que sientes, eres distinto a hace unos momentos. Luego es mejor que tome medidas… no por nada eres una leyenda.

Kenshin percibió cierto temor en Kurogasa y decidió darle una última oportunidad.

—Si quieres salir vivo de ésta, libera a Kaoru de tu hechizo.

—Lo siento, pero no puedo. La hipnosis que le he aplicado es distinta a las anteriores —le explicó sin mucha preocupación—. Sólo hay dos formas de salir de él: que la víctima tenga un espíritu que iguale al mío y rompa por sí misma el «Shin no Ippo», o que me mates y deje de controlarla. Pero me temo que esa joven no puede romperlo por sí misma —se jactó divertido.

—Entonces, morirás —sentenció Kenshin sin reticencias.

Iba a abrirle en canal y no le remordería la conciencia. Haría jirones con su cuerpo hasta que la sangre dejara de brotar cuando su corazón se detuviese. Y lo haría sin compasión por haber osado atacar a Kaoru.

Nadie podía tocarla sin lamentarlo estando él allí.

—No lo creo… —Jine puso su espada ante él—. La mente humana es muy curiosa. Si una persona se autoconvence de que le ocurre algo, ese algo acaba sucediendo. Si una persona piensa que no puede respirar —dijo aludiendo a Kaoru—, se acaba ahogando. El «lazo del corazón» utiliza esa vulnerabilidad para paralizar al contrario. Y aunque yo domine esa técnica, no soy inmune a ella. Por eso, ¡seré invencible!

Kurogasa lazó su energía contra la espada y ésta rebotó devolviéndosela a él. Todo su cuerpo y predisposición cambió.

—De modo que, autosugestionándote a ti mismo, pretendes hacerte creer que eres más fuerte y así, poder ganarme.

—Ahora, ¡yo soy el más fuerte! —se vanaglorió Jine. Kenshin ni se inmutó ante tan ridícula sugestión. Aunque creyera ser más fuerte, no iba a ganarle. No cuando la vida de Kaoru estaba en juego—. Técnica del «Demonio Poseedor»: «Hyoki no Jutsu». No había tenido que recurrir a ella desde que deserté del Shinsengumi.

De modo que así había sido, pensó Kenshin. Teniendo en cuenta que sus compañeros habían querido eliminarle —y el daba fe de que entre los Shinsen había espadachines muy competentes—, había conseguido salir airoso utilizando esa técnica para creerse más fuerte haciendo que su cuerpo reaccionara mejor en el combate por la mayor confianza en uno mismo.

Kurogasa levantó su espada y cortó una roca por varios sitios en un despliegue claro de fuerza para intentar intimidarle. Por supuesto, no lo consiguió.

—Sé que podría considerarse trampa el que eche mano de este truco para aumentar mi fuerza, pero siendo tú, debes reconocer que me puedo permitir usarla.

Kenshin metió la espada en su funda y se la ajustó al cinto.

—Haz lo que quieras; utiliza la técnica que te dé la gana —replicó despreocupado poniéndose en posición «Batto»—. He dicho que voy a matarte y voy a hacerlo.

—¿Cómo? —Le expresión de Kurogasa cambió por completo. De su habitual pose condescendiente, a uno de sorpresa y reticencia que no había tenido hasta ese momento. Por supuesto, a Kenshin no podía importarle menos.

—Ataca de una vez. Vas a saber de primera mano por qué me llaman Battosai —le amenazó Kenshin.

Jine se quedó de piedra sopesando qué hacer, pero al final, se colocó él también en posición de ataque.

—Muy bien… ¡acepto el reto! —exclamó lanzándose contra él.

Se dirigió muy rápido hacia él. Era evidente que viéndole en posición de «Batto» había analizado el ataque y decidido una estrategia para neutralizarle. Kenshin sacó su espada en cuando se acercó; sin embargo, no había utilizado su fuerza en ese golpe y, tal y como esperaba, Kurogasa le esquivó esperando contraatacar en el momento vulnerable del desenvaine, cuando la espada estaba fuera y la guardia abierta al contragolpe.

Pero Jine no sabía que había más técnicas dentro del Hiten que la clásica de Batto, por lo que agarrando la funda, la deslizó del cinto.

—¡He ganado, Battosai! —celebró antes de tiempo él, porque en cuanto fue a golpearle en vertical, su brazo se encontró con la funda de hierro en un golpe en el que sí invirtió toda su fuerza.

El codo se rompió haciendo al asesino gritar de dolor y perder el equilibrio.

—¿Pero qué…? —gimió Kurogasa desde el suelo.

—«Soryusen», técnica del «Doble Dragón» —le informó Kenshin a un Jine tembloroso—. Soy plenamente consciente de que la técnica de «Batto» me deja vulnerable a un contraataque si no acierto la primera vez. Y sé que mi espada de filo invertido no es la más adecuada para llevarla a cabo. Pero conozco la técnica a la perfección junto con todas sus variantes, y fue por eso que recibí el nombre de «Battosai». —Kenshin hizo una pausa y se acercó hasta él—. Tienes el codo destrozado y he cortado los tendones. Ya no podrás utilizar más la espada. Sin embargo, eso no tiene mucha importancia, porque hoy vas a morir.

Kenshin giró el filo de su espada y la levantó para asestarle el golpe mortal. Jine ni siquiera parecía preocupado de que fuera a morir. Como el gran asesino que era, era consciente de que tarde o temprano ese día llegaría y que, al parecer, dicho día era ése.

Viéndole ahí, mirándole desafiante y sin temor a la muerte, pasó por su cabeza todos los hombres que habían estado en su lugar; hombres que habían sido conscientes de que morirían y otros a los que les había pillado totalmente de imprevisto. Habían sido tantos que muchas de sus caras se desdibujaban en sus recuerdos.

Se había hecho la promesa de nunca volver a pasar por esas circunstancias; de tener que quitar la vida a alguien aunque éste fuese un asesino. Se la había hecho a él y se la había hecho a Tomoe. Nunca volvería a matar una vez finalizara la guerra pasara lo que pasase. Pero no podía cerrar los ojos a esto. Su promesa no valía más que la vida de Kaoru. No podía dejar su promesa intacta salvando la vida de un asesino, a cambio de la de Kaoru.

—¿Por qué vacilas, Battosai? —preguntó Jine ante la espera—. Creo que la elección no es muy difícil. Si me matas, la chica se salva; si no lo haces, muere. El tiempo sigue corriendo… —le provocó el hombre. Se llevó una mano a la cabeza y señaló—. Golpéame en la cabeza, ¿sí? Justo aquí, como un último recuerdo para llevarme a la otra vida.

—No tengo ningún deseo de darte un recuerdo —decretó resuelto—, pero si para salvar a Kaoru tengo que volver a ser un asesino, lo haré.

—¡Eso es! ¡Déjame probar tu espada! —exclamó eufórico Kurogasa.

Kenshin empuñó con más fuerza su espada y se dispuso a golpearle.

—Muere. —Y asestó el golpe que acabaría con ese indeseable.

—¡Kenshin, no! —gritó Kaoru casi sin saber cómo. Kenshin detuvo su espada a escasos centímetros de la cabeza de Jine, y miró a Kaoru desconcertado—. Prometiste que no volverías a matar. No puedes convertirte de nuevo en un asesino.

¿Podía hablar? Hacía un momento apenas podía respirar. ¿Había conseguido romper el «Shin no Ippo» ella sola?

Y entonces se cayó a un lado. A Kenshin se le paró el corazón. No podía morirse. ¡No podía morirse!

—¡Kaoru! —exclamó corriendo hacia ella. La cogió antes de que tocara el suelo—. Kaoru no se rinda. Dígame que se encuentra bien —se preocupó alarmado, pero Kaoru se incorporó entre jadeos. Estaba consciente y parecía que el aire volvía a entrar bien en sus pulmones—. Respire despacio…

—Estoy bien, Kenshin —le dijo con una sonrisa ante su preocupación—. Muchas gracias.

—¿Ehh?

—¡Y vuelves a ser el mismo!

—¿Ehh? —repitió confundido.

—Vuelves a hablar como siempre —rio ella—. No te preocupes más por mí. Estoy bien, puedo respirar sin problemas.

Kenshin suspiró aliviado. Estaba tan contento, que la habría abrazado de la emoción. Estaba bien y no había tenido que matar a nadie rompiendo su promesa en el proceso. En realidad, no salía de su propia perplejidad. Era increíble que Kaoru pudiera romper el hechizo de Jine. Le constaba que su ataque era fulminante y muy difícil de contrarrestar. Kaoru era fuerte; la mujer más fuerte había conocido nunca. Y entre toda la desgracia de esa noche, casi podía dar gracias de que hubiera sido Kaoru, pues con otra mujer, no habría tenido más remedio que matar a Kurogasa.

Sintió que el hombre se acercaba a él por detrás.

—De una leyenda como tú lo entiendo; pero anoche el cabeza de pollo y hoy la niña esta. ¿Acaso es que cualquiera puede romper mi «lazo del corazón»? —se quejó Jine molesto—. Es evidente que estoy perdiendo facultades. —Kenshin oyó con sorpresa que desenfundaba su espada.

—Jine, no puedes ganarme con sólo tu brazo izquierdo y la espada secundaria. No lo hagas más difícil y entrégate. Has perdido —sentenció.

—Esto todavía no ha terminado. Aún hay un asunto pendiente.

Kenshin cogió su espada del suelo y se giró para repeler su ataque. Pero Kurogasa no le atacó, sino que se clavó la wakizashi en el pecho.

Tanto Kaoru como él se quedaron de piedra viendo al hombre caer con su espada clavada.

—Por vuestros ojos, veo que no entendéis —barbotó entre la sangre—. Si me atrapan, me investigarán y así llegarían al pez gordo del gobierno que me encargó los asesinatos.

—¿Qué?

¿No estaba matando por matar? Se lo tenía que haber imaginado. Antaño, Jine no tenía escrúpulos con a quién mataba. De ahí que le echasen del Shinsengumi. Pero en los últimos tiempos era demasiado específico. Se lo había incluso comentado a Sanosuke. Debería escuchar más sus propias palabras.

—¿En serio creías que en esta era no había asesinos a sueldo? —se mofó el hombre—. Mucho habláis de una nueva era, pero sigue igual que antes. Las luchas de poder siguen estando a la orden del día y, por supuesto, los hombres que necesitan eliminar a otros. El problema es que el sistema se ha modernizado y la policía empieza a ser más eficiente que antes. Ya no podemos matar a los adversarios como lo hacíamos en el Bakumatsu. Pero entonces, el camino de un político corrupto que quiere deshacerse de alguien, se une al de un asesino que no encuentra su sitio. Y es así como nació Kurogasa.

A Kenshin le estaba costando reaccionar. Había alguien que había contratado a Jine para hacerse cargo de aquéllos a los que quería eliminar. Y era un alto cargo, por lo que estaba diciendo.

—Por esta vez, he ignorado el acuerdo y me he batido contigo. Eso me ha conducido a la muerte, pero no me importa —declaró sin rencor—. Nuestra pelea ha sido lo más divertido que he hecho en años.

—Jine…

—No me mires con esos ojos, Battosai. Prefería con mucho los que tenías cuando estábamos peleando. Eres un asesino; por mucho que te escondas, no podrás eludir esa verdad. Un asesino lo es hasta que se muere, y sé que caerás. Te estaré observando desde el infierno para presenciar ese día.

Y con una última risa estridente, Jine expiró su último aliento. Por desgracia, sus palabras quedaron resonando en su cabeza creándole un gran desasosiego.

—Kenshin —susurró Kaoru llamando su atención.

—Será mejor que nos vayamos a casa —dijo cortando de raíz cualquier indicio a hablar de todo eso—. Este asunto es cosa del gobierno y es la policía a la que le toca investigarlo.

Kaoru no dijo nada y le siguió de camino al dojo. Estuvieron mucho tiempo sin decir ni una palabra ninguno de los dos, y Kenshin no pudo dejar de darle vueltas una y otra vez a lo dicho por Kurogasa.

Porque tenía razón: él era un asesino. Pero no volvería a serlo nunca más y esperaba que Jine se aburriera en el infierno mirándole. Porque lucharía con todas sus fuerzas contra ello. No pensaba volver a ser un asesino; no pensaba volver a matar a nadie más.

Sería un vagabundo el resto de su vida.

—Kenshin… gracias por salvarme —dijo de pronto mientras recorrían las calles de la ciudad—. Estoy en deuda contigo.

Kenshin la miró por largos instantes recordando cómo había roto el «Shin no Ippo» para evitar que rompiera su promesa y convertirse otra vez en el asesino que fue. Había estado ahogándose, había estado a punto de morir. Y sin embargo, no había encontrado la fuerza necesaria para romper el «lazo del corazón» hasta que su promesa de no matar había pendido de un hilo.

Kaoru jamás llegaría a entender lo que eso había significado para él.

—En realidad, soy yo el que está en deuda con usted —le sonrió ante su confusión—. Muchas gracias.

—Ah… ¿sí? —se extrañó ella—. Esto… de nada.

—Por cierto, ahora que me acuerdo… Aún tengo su lazo guardado.

Rebuscó entre sus ropas y sacó el lazo que le había prestado. Kaoru se quedó blanca al verlo y Kenshin miró la tela para ver qué ocurría.

Estaba completamente manchada de sangre.

—¿Ehh?

Kaoru le arrebató el lazo de las manos hecha una furia.

—¡¿Pero qué has hecho?! ¡Éste es mi lazo favorito! ¡Y lo has arruinado! ¡Está lleno de sangre!

—Lo siento —se defendió en el acto Kenshin—. Ha debido ser por la herida del hombro.

Kenshin vio cómo Kaoru se enfadaba aún más y desenfundó su espada. El hombre salió corriendo ante una Kaoru furibunda con su sakabatto.

—¡Te mato! ¡¿Cómo has podido?! —le persiguió histérica.

—¡No lo he hecho a propósito!

Estaba molido —de cansancio— cuando llegó al dojo. Kaoru no había bajado el ritmo, pero él llevaba dos días enteros sin dormir, y había tenido una batalla que le había dejado exhausto tanto a nivel anímico como físico.

De modo que lo último que esperaba al cruzar la puerta de la casa siendo bien temprana la mañana era encontrarse a Sanosuke y Yahiko despiertos y esperándoles. Sanosuke compuso una sonrisa maliciosa que le dio muy mala espina.

—Vaya, vaya… pero míralos regresando juntos a casa después de haber pasado la noche solos. —La segunda intención que traía el tono de Sanosuke hizo enrojecer a Kenshin, pero eso sólo consiguió que su amigo se echase a reír—. No me digas que al fin le has hecho un «favorcito» a la chiquilla.

Kenshin se quedó atónito y con la boca en el suelo de asombro ante tan flagrante alusión a que se hubieran acostado. No podía dar crédito a que Sanosuke hubiese sido tan directo con algo así.

Pero por suerte para él, su comentario malicioso hizo que las ansias asesinas de Kaoru cambiaran de objetivo.

—¡Sanosuke! —gritó Kaoru con un enfado que Kenshin no le había visto nunca—. ¡¿Cómo te atreves, pervertido?! ¡Te voy a matar!

— * —

Notas finales:

Bueno, como dije en el otro fic, esta semana os subo actualización porque voy a andar desaparecida como para poder arreglar los otros dos fics. En principio, mañana desaparezco y no sé cuándo volveré (es que no estaré en casa, que no es sinónimo de no tener Internet, pero no andaré con tiempo como para andar escribiendo, de ahí que no sepa cuándo voy a actualizar). Espero que para la semana que viene pueda ponerme ya con los capítulos del fic de A/M.

Pero bueno… poco a poco… XD