¡Hola gente bonita! Explicaciones y ademases a bajo. Por favor lean la que este destacada.
Capítulo III
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Bueno, bueno. Buen día samaritano, o buenas noches, no soy vidente.
Es hora de continuar con mi relato, espero que aún no te hayas aburrido ¡ahora viene la mejor parte! No me creas, solo estoy tratando de llamar tu atención.
Muy bien. Olvidemos lo que dije y volvamos a lo que nos incumbe.
Ahora... ¿Dónde me quede? ¡Así! El señor Jaeger estaba dispuesto a adentrarse por sí solo en el bosque...
Eren tomó un gran bocado de aire. Necesitaba encontrar todo el coraje y valor que existiera dentro de su ser, porque los nervios estaban inundando sus sentidos.
Sintió una mano posarse sobre su hombro. Mikasa lo miraba preocupada, realmente la chica no quería dejarlo ir solo a una segura catástrofe, según ella. Mikasa quería ir junto con él pero no podía dejar su puesto aunque quisiera. No podía arriesgarse por una segunda noche. El castaño le sonrió y tomó la mano de Mikasa con una de las suyas.
—Estaré bien. Volveré antes que te des cuenta —con sus palabras Eren intentaba calmar a su hermana y de paso a sí mismo.
Mikasa movió su mano de tal forma que ambos meñiques quedaran enlazados —. Es una promesa — susurró un poco más tranquila. No quería que nada malo le pasara a Eren, pero al mismo tiempo quería saber de Armin. Esperaba que ésta pesadilla terminará pronto.
Rompiendo el contacto de sus manos, Eren giró y sin una palabras más se adentró en su pequeña aventura.
Caminó sin rumbo por largo rato. Quizás al estar solo pudo apreciar mejor la atmósfera del lugar y su alrededor. Hostilidad. Curiosidad. Ira. Miedo. Incluso pánico y tristeza. Esas eran las emociones que lo embargaban. Eran increíbles los sentimientos que albergaba ese sitio. ¿Cuánta gente habría? ¿Serán amigables? ¿Temerosos? ¿Iracundos? Esta vez no quería saber. Sentía miradas sobre él, pero no veía nada fuera de lo normal. La luz de la luna se filtraba entre las hojas de los árboles, los sonidos de los animales nocturnos llenaban sus oídos y un agradable olor a tierra húmeda despertaba su olfato.
Era hora de la verdad.
—¿Alguien puede ayudarme? —su voz se escuchó bastante baja para su propio gusto. ¿En qué estaba pensando? ¡No podía dudar ahora! Lleno sus pulmones hasta donde estos le dieron y con determinación lo intentó una vez más —¡¿Alguien puede ayudarme?! —«Maravilloso.» se felicitaba mentalmente.
—¿Puedo ayudarte? —la voz de un hombre vino desde sus espaldas, demasiado cerca para ser precisos. «¡Mierda!» corrigió mientras siguió su camino lo más rápido que sus piernas le dieron.
Un trauma de por vida.
Continuó buscando y gritando sin resultado. Estaba cansado y le faltaba el aire, pero no se rendiría. Alzo una vez más la voz pidiendo ayuda. Su propia voz le contesto, de la misma manera que la noche anterior: devolviendo la frase. Bingo.
—¿I-Isabela...? —llamó Eren con cautela. La misma chica castaña de coletas apareció frente a él, solo que ahora salió de entre un par de arbustos. Se veía bastante molesta con su nariz y ceño fruncido y brazos cruzados.
—¿Por qué sabes mi nombre? —preguntó irritada.
—Hanji m-...
—Pues es Isabel, no Isabela —corrigió la chica sacando la lengua a modo de ofensa.
—Lo lamento... —contesto Eren, algo apenado por su error.
—Ya. Tampoco es como si me fuera a morir por eso —dijo Isabel agitando sus manos —¿Y tú eres?
—¿Eh?
—¡Tu nombre! ¿O no tienes? Si no tienes te pondré uno yo misma...
—¡Eren! Mi nombre es Eren Jaeger. —gritó el chico ante la actitud de Isabel. La chica no parecía en absoluto malvada o agresiva. Un poco loca quizás ¿sería pariente de la señorita Hanji?
—Mucho gusto en conocerte Eren —dijo Isabel al tiempo que le ofrecía su mano derecha y una sonrisa que dejaba a la vista su blanca dentadura. Eren estrecho sus manos y respondió quedamente para luego preguntar por Levi. La chica se dio media vuelta y comenzó a caminar, tal como lo hizo la noche anterior.
Era extraño. Cuando era niño siempre creyó que tuvo suerte al aventurarse en el bosque y no encontrarse con nada peligroso. Ahora que sabía parte de la verdad de todo el asunto estaba algo decepcionado. Toda su vida se imaginó que los cuentos de su madre eran ciertos. Y que los rumores que recorrían el reino también. Que en ese misterioso lugar podían habitar criaturas mágicas y maravillosas, pero a la vez peligrosas. Vanas ilusiones de niño.
Aun sentía ojos sobre él. Vigilándolo. Examinándolo. Seguía a Isabel de cerca. Lo último que necesitaba era perderse. La castaña caminaba animada, parecía como si estuviera marchando. Iba tarareando.
—Vi a tu amigo en la mañana —dijo Isabel cortando el hilo de pensamientos del castaño.
—¿Armin? —cuestionó Eren por saber de su amigo.
—Sí, sí. Él. Se veía mucho mejor. De hecho, estaba conversando con Petra cuando fui a la casa. Creo que estaban desayunando. Ahora esta consiente, así que supongo que se puede ir a casa. Anoche se veía realmente mal. Me sorprende que no lo hayan traído antes. Si hubiera sido yo...
Y la mujer continuó con su monólogo por el resto del viaje. Entre toda la palabrería que salía de su boca dijo varios nombres, Eren supuso que eran sus amigos. Pero por más que trataba de buscar entre sus palabras el nombre de Levi no lo encontraba. Pensó en preguntar por él, pero temía que la respuesta fuera otro no, como la de Hanji. ¿Por qué demonios tanta determinación por hallar a esa persona? Ni él lo sabía. Quizás solo quería agradecerle por aquella vez. Sí. Eso tenía que ser.
Sin darse cuenta, habían llegado a su destino: la cabaña rodeada de flores.
Ambos jóvenes avanzaron hasta la entrada, pero en lugar de tocar, Isabel abrió la puerta con un estruendo e ingreso sin permiso.
— ¡Paquete para el enfermo! —grito a todo pulmón mientras alzaba los brazos al aire.
Eren, quien aún que estaba tras ella, pudo ver el interior gracias a su altura. Miró avergonzado a los presentes. En el interior del inmueble, sentados en la mesa principal, estaban tres hombres. Uno de ellos era un tipo delgado de pelo castaño. No estaba sorprendido por la entrada de la chica, de hecho miraba por la ventana ajeno al resto. Sin embargo, el otro desconocido parecía bastante molesto. Tenía arrugas muy marcadas en su rostro y por su expresión de enojo perecían destacarse más, si era posible. Su cabello era corto, rapado en los lados y rubio oscuro. Sus ojos eran pequeños, de color avellana y disparaban furia a los recién llegados. El último, pero no menos importante, era su rubio amigo: Armin. El chico se veía algo incómodo pero al ver la cara de Eren la expresión de Armin se relajó bastante y una diminuta sonrisa apareció.
— ¡Ar-...!
— ¿Por qué no me sorprendes que seas tú, pájara loca? —dijo uno de los tipos, interrumpiendo a Eren antes que formulará siquiera una palabra. El hombre con la mirada hecha una furia se levantó de su asiento y se dirigió hasta donde se encontraba Isabel —. ¿Es que no sabes modales? —preguntó a escasos centímetros de la chica.
— ¡Bah! Tú no eres mi jefe, imitación barata —contestó Isabel retando con la mirada al hombre, quien pareció enfurecer más por la falta de respeto.
—Mi nombre es Auruo. Ten un poco de respeto —siseó el hombre.
—Pues lo mismo va para ti. Un poco de respeto a tus mayores no te vendría mal, imitación
— ¡¿Por qué no t...?!
—Suficiente —intervino el castaño ajeno a la pelea. Éste se levantó de su asiento y camino hacia la salida, en donde aún estaban Isabel, Auruo y Eren —Sean un poco más civilizados y compórtense. Por si no se habían dado cuenta hay invitados —dijo señalando a los forasteros, como les llamaban ellos ya que no pertenecían a su "pequeña comunidad". Pasó de todos los presentes dispuesto a salir de la cabaña pero se detuvo para mirar a Armin —. Debes esperar a Petra o Levi. Ellos te dirán si te puedes marchar. —Armin asintió con nerviosismo. Él hombre siguió su camino para perderse en la oscuridad de la noche.
Luego de unos incómodos minutos Auruo murmuró algo ininteligible e imitó al chico. Le dirigió una mirada de odio a Isabel, quien solo le sacó la lengua y luego miró a Eren. Este se cohibió un poco ante la situación. Parecía que el tipo quisiera matarlo con la mirada ¿Acaso hizo algo que ofendiera al hombre? Vaya a saber. Cuando Auruo finalmente se fue cerrando la puerta tras él, el ambiente se alivianó enormemente. Isabel caminó hacia la mesa y tomó asiente junto a Armin, quien se levantó para ir a saludar a su amigo. Eren fue al encuentro con Armin. Cuando ambos estuvieron frente a frente se echaron a reír y se abrazaron. Eren estaba feliz de que su amigo estuviera con vida y Armin estaba más tranquilo de no estar solo en ese extraño y desconocido lugar.
—Que ternura —escucharon la voz de Isabel y ambos se distanciaron con un leve sonrojo en sus mejillas. —Vengan a sentarse. No creo que quieran esperar ahí de pie.
Cierto. Debían esperar a que Petra o Levi llegaran. Ambos forasteros se acercaron a la mesa donde estaba Isabel. Eren tomó una de las sillas junto a ella y Armin se sentó al lado de éste, quedando frente a la chica. Entablaron una conversación bastante amena, más que nada era Isabel quien preguntaba y los chicos respondían.
El cielo nocturno se alzaba en lo alto. Las estrellas brillaban en todo su resplandor iluminando el rostro de una chica en la ventana de su dormitorio. Su rostro reflejaba algo de tristeza. La mujer estaba sentada a un lado de la ventana, una pequeña vela que emitía una luz muy débil la ayudaba a concentrarse en su lectura. Se supone que debería estar en su cama, durmiendo. Pero no lograba conciliar el sueño y leer no le estaba surtiendo efecto. Levantó la vista y admiro el firmamento nocturno esperando encontrar la luna. Lástima. Desde su alcoba no podía apreciarla. Intentó retomar el libro para que sus pensamientos no divagaran más de lo debido cuando alguien llamó a la puerta. Temerosa de que pudiera ser su padre o una de las chismosas criadas, corrió hasta su cama y de un salto se escondió bajo las mantas. «¡La vela!» pensó con temor. Oyó como la puerta chirreaba al ser abierta y alguien entraba. La mujer estaba en posición fetal bajo las sabanas e intentaba no mover un musculo, para que el intruso pensara que estaba dormida.
—Alteza, sabe que no debe leer con esta luz. Podría arruinar su vista —la voz de una mujer resonó en la habitación a la vez que la puerta era cerrada.
La chica de la cama se incorporó y se sentó sobre ésta. La recién llegada prendió un candelero con cinco velas para que la luz naranja se expandiera de mejor manera. Dejo el objeto de luz en la mesa de noche y se acercó a la ventana para tomar el libro que dejó la otra joven.
—¿Un diario de vida? —con el libro en mano se acercó a la gran cama y se acomodó junto a ésta en un pequeño taburete que estaba cerca.
—Era de mi hermana mayor... —contesto observando a la mujer sentada a un lado. Gracias a la luz podía fijarse mejor en sus rasgos. Su cabello castaño como siempre atado en una coleta baja. Sus ojos color café recorrían el diario que estaba en sus manos. Su piel bronceada no escondía las pecas que adornaban su rostro. La mujer sonrió y volvió a hablar —. Ymir, ¿Qué te he dicho cuando estamos a solas?
La pecosa miró a quien pronunció su nombre y rodó los ojos con gracia —. "Por favor llámame por mi nombre" —Ymir trató de imitar la voz de su princesa lo mejor que pudo —. Como quieras, Historia.
Historia no borró la sonrisa de su rostro, le gustaba estar con Ymir. La chica llegó a su vida cuando cumplió sus dieciséis años de vida, lo que en el reino de Rose significaba la mayoría de edad. Como tal, su padre le dio a elegir quien sería el soldado que cuidaría sus espaldas. Debía ser un caballero que no hubiera jurado lealtad al rey, ya que si la vida de la princesa estuviera en peligro éste debería privilegiar la vida de su alteza antes que la del monarca. Por esta razón los soldados disponibles eran todos novatos. Entre las filas ya había mujeres entrenadas, por lo que sus opciones no eran tan reducidas. Pero Historia no solo quería alguien que pudiera matar con la vista a quien se acercara a menos de tres metros de ella. Quería alguien en quien poder confiar, tanto su vida como sus pensamientos. Sí, resultaba muy cursi su manera de pensar. Ella misma lo admitía. Pero era lo que más deseaba.
Cuando era pequeña tenía prohibido salir sola de palacio, por lo que nunca pudo tener amigos de su edad. Había un niño un año mayor que ella, Eren Jaeger, quien era el hijo de una cocinera. Jugaba con él cada vez que tenía la oportunidad de escabullirse de su nodriza. Incluso hubo un tiempo que la hermana adoptiva de Eren, Mikasa Ackerman, iba al castillo y jugaban los tres juntos. Sin embargo, cuando Historia supo que su hermana había partido de este mundo sus ánimos decayeron significativamente. Pasaba todas sus horas libres en la biblioteca o en su alcoba. Y cuando creyó que las cosas no podían ir peor, unos meses después de la muerte de Frida, el reino de Sina atacó aprovechando la debilidad emocional del gobernante de Rose. Jamás pudo formar una verdadera amistad con alguien. Su vida se construyó en esos gruesos muros de fría piedra.
Y entonces apareció ella. Ymir. El día que debía elegir a su caballero Ymir estaba en la filas. La mujer permanecía firme mientras Historia se paseaba entre todos los soldados. Historia creía que era imposible llegar y escoger a alguien y pretender que confiaras plenamente en ese desconocido. Pero estaba equivocada. Se acercó a la mujer y le pidió que se arrodillara. Pudo oír a su padre susurrar a sus espaldas "¿Estas segura?". Historia no contestó, simplemente se limitó a nombrar a Ymir como su nueva guardia y ésta recitó el juramento que prometía lealtad hacía su princesa.
Los primeros meses fueron estrictamente protocolares. Ymir la escoltaba a donde su alteza deseará. No le quitaba los ojos de encima, excepto cuando Historia estaba en su habitación. Con el tiempo se fueron conociendo mejor la una a la otra. Historia descubrió que Ymir solía decir comentarios crueles pero graciosos para ella misma, pero lo hacía sin intención de herir al resto. También se fijaba que la soldado odiaba usar la armadura, prefería vestir prendas ligeras. Pero algo que nunca pudo saber, y todavía se pregunta, es el pasado de su guardia.
Ymir aprendió que a Historia realmente le incomodaba que fueran tan formales con ella, aunque no lo demostrara. Conoció a la chica que odiaba las fiestas pomposas y desperdicios de recursos mientras que su pueblo tenía que sobrevivir con lo mínimo. Lograron comprenderse mutuamente, pero aun no lograban afianzar el lazo que las unía. Hasta que una noche como cualquier otra, Ymir fue hasta la cocina para conseguir un vaso de agua. Caminando de vuelta a su alcoba escuchó sollozos venir de los aposentos de la princesa Reiss. Alterada, entró sin aviso previo encontrando a Historia sola, sentada sobre la cama. La rubia tenía las rodillas pegadas al pecho y su rostro escondido en ellas. La pecosa cerró la puerta tras sí y caminó hasta la cama, sentándose junto a Historia para abrazarla. No dijo nada. No hacía falta. Ymir se quedó a su lado hasta que ambas cayeron rendidas ante el sueño. A la mañana siguiente el despertar fue un tanto incomodo pero terminaron por reírse de la extraña situación. Con el tiempo Ymir sabría el porqué de las lágrimas de Historia, e Historia esperaba saber el proceder de Ymir.
—… así que al final lo maté —finalizó Ymir mientras jugaba con el diario en sus manos.
— ¿Qué? —Historia trató de procesar la última frase de su amiga pero le fue imposible.
— ¡Lo sabía! —alegó la soldado dejando el libro en la mesa de noche para tomar una de las almohadas y golpear a la rubia con ella —. Ni siquiera me prestabas atención, pequeña arpía —dijo Ymir mientras arremetía contra la princesa.
— ¡Ya Ymir! Lo lamento —dijo Historia riendo con fuerza —. Prometo no hacerlo de nuevo. Para. ¡Para! —pedía clemencia.
Los golpes se detuvieron. Ymir estaba de rodillas junto a Historia, que había quedado de lado por el ataque. La soldado la miraba insistentemente con una mirada de preocupación —. ¿Podrás dormir ahora? —preguntó en voz baja.
Historia sonrió ante la preocupación de su amiga —. Sí. Estaré bien, tranquila.
Ymir se levantó de la cama y ayudó a Historia a acomodarse en ésta nuevamente. Arreglo las mantas que se habían descuadrado y arropo a su princesa, quien rió ante la actitud de su amiga. Ymir arrugó un poco la nariz y un ligero sonrojo apareció en sus mejillas. Terminó su tarea, tomó el candelero dejando solo la pequeña vela en la ventana y se dirigió a la salida.
—Ymir... —pero la voz de la rubia llamándola detuvo su andar. Historia había tomado el diario de Frida y pasaba las hojas sin detenerse en ninguna en específico —... nada. Es una tontería —. Historia sonrió divertida por sus pensamientos y dejó el diario donde estaba.
Ymir la miró con duda, ahora era ella quien no podría dormir por la intriga de la frase que nunca se pronunció. Suspiró cansada y se despidió deseando buenas noches a la princesa Reiss, mientras retomaba su camino cerrando la puerta tras ella.
Historia se despidió de la nada, se acurruco y cerró sus ojos para caer en brazos de Morfeo. Entonces recordó la vela encendida. Debía apagarla. Es preferible un par de segundo de frío que provocar un incendio. Abrió sus orbes y se incorporó solo para descubrir que la llama ya estaba extinguida. Extraño. Estaba segura que aún quedaba cera y mecha para que ardiera otra hora más... Quizás fue una corriente de aire...
Quizás...
Era pasada la medianoche. En medio del silencio y la oscuridad se lograba oír el ulular de las lechuzas, el aullido de algún canino a la luna y el cabalgar de los caballeros de la guardia nocturna. El frío de las noches de invierno no perdonaría a nadie que estuviera fuera de su morada sin la adecuada protección, y eso lo sabía muy bien la gente del reino. Una pequeña aldea ubicada en los límites de Rose estaba en completo silencio, a excepción de una casa de dónde provenían leves quejidos de dolor. En dicho pueblo casi todas las viviendas estaban a oscuras, los aldeanos descansaban luego de sus largos días de trabajo en el campo, ya sea como agricultores, ganaderos o niños que han jugado desde el amanecer. La gente de este pueblo se caracterizaba por ser cálida y humilde, aprendieron a compartir lo poco que tenían con aquel que nada poseía. Al ser una aldea en los límites, muchos migrantes cruzaban por ese lugar, por lo que la hospitalidad también era algo común.
Durante el ataque de Sina, muchas persona iban y venían, pero pocos fueron los que adoptaron al pueblo como su nuevo hogar. Junto a los nuevos aldeanos todo parecía volver a la normalidad, pero el destino dio un abrupto giro en las vidas de estas personas cuando una extraña enfermedad apareció en el pueblo. Comenzó por afectar a un niño, Maya Harrison. Como todo niño, Maya salía a jugar todas las tardes con los otros infantes de la aldea, pero ese día luego del almuerzo Maya no tenía ánimos de jugar porque su estómago dolía como mil demonios. Los siguientes dos días el dolor no disminuyó y una gran fiebre venía como relámpago y desaparecía como tal. Al cuarto día el dolor disminuyo hasta esfumarse por completo, pero la alta temperatura oscilante de su cuerpo perduraba. Había momentos en que Maya recibía las visitas de sus amigos con mucho ánimo y podía entablar conversaciones congruentes, pero también tenía sus momentos delirantes por las altas fiebres y hasta pérdida de la conciencia. La noche del quinto día Maya partió de este mundo en sus sueños. Sus padres lloraron sin consuelo por su primogénito y el pueblo comenzó un luto de una semana por la perdida. Lamentablemente la semana no terminó cuando otro niño cayó en cama con los mismos síntomas del pequeño Maya. Y así pasaron los meses. Los pueblerinos se enfermaron uno por uno. Cuando fallecía uno, el siguiente enfermo se presentaba a los dos días después. Primero eran solo los niños, luego fueron hombres y mujeres adultos por igual. Los habitantes no entendían cómo semejante catástrofe pudiera azotar a su pueblo. El Creador sabe que ellos no eran malas personas.
Desesperados por esta desafortunada situación, enviaron a uno de los jóvenes al palacio de su monarca, Rhodes Reiss. En cuanto el rey recibió la misiva del pueblo, envió a su mejor médico, el señor Grisha Jaeger, para dar solución a las aflicciones de sus súbditos. Pero si debemos ser sinceros, en esta cuestión el rey Reiss estaba más preocupado de que esto fuera, de alguna manera, contagioso y se convirtiera en la plaga de su reino. Y al final su fin.
Grisha Jaeger, adorado padre y esposo, médico de la corte de Rose. Era un hombre serio que amaba su trabajo. Descubrir el funcionamiento de la máquina que era el ser humano era una de sus pasiones y cuidar el bien estar de su familia era otra. Estudió junto a su abuelo el arte de la anatomía y biología humana. Para cuando su abuelo estuvo muy viejo y cansado para continuar sus labores, él tomo su puesto. Ahora el destino, o el rey, lo habían traído a ese pueblo. Ya era su tercera semana en ese lugar, y su paciente número cuatro se encontraba gimiendo en sus sueños por el dolor tenía. Cuando llegó a la aldea era la misma historia que el joven les había contado en palacio: La mujer que había enfermado hace un par de días se encontraba sin dolor pero con su cuerpo ardiendo en fiebre. Grisha supo desde el momento que escucho los síntomas que es lo que podría ser, pero verlo con sus propios ojos corroboró sus suposiciones. Lo que aquejaba a los enfermos era nada menos que la llamada Pasión Ilíaca[1]. Para desgracia de los afectados, la única cura conocida por los médicos en este tiempo era la muerte. Pero había algo que no pasaba desapercibido para el señor Jaeger, algo demasiado extraño. Él, junto a un grupo de médicos de todos los reinos reconocidos, habían llegado al consenso de que la Pasión Ilíaca no era contagiosa. Todos los casos vistos y descritos a través de la historia habían sido casos aislados, donde las comunidades que albergan a quienes padecen esta enfermedad no presentan más casos durante algún tiempo.
—La fiebre volvió a bajar —dijo alguien informando sobre el estado del actual paciente.
La voz de una mujer fue la que interrumpió sus pensamientos sobre este dilema. Grisha se concentró en anotar el cambio del hombre que en estos momentos era atendido por la mujer que le habló.
—Gracias, Annie —dijo Grisha girando su cabeza para ver como la joven cambiaba los paños húmedos que mantenían tibio el cuerpo del hombre en la cama.
El actual enfermo del pueblo se trataba de un hombre mayor, quien tendría alrededor de unos sesenta años. No tenía hijos y su esposa había fallecido hace un par de años. Pero debido a la guerra contra Sina había adoptado de cierta forma a una joven inmigrante quien había perdido todo.
Annie Leonhardt era el nombre de la joven que acompañaba al anciano. No era muy conversadora, pero aceptó informarle de cada pequeño cambio que tuviera el paciente al señor Jaeger. Ya era la tercera noche del anciano con la enfermedad y lo único que parecía cambiar era la intensidad del dolor y la fiebre a una cada vez de mayor grado. Era cuestión de tiempo antes que el hombre pasara a otra vida.
Por lo que había escuchado Grisha del resto de los aldeanos, Annie quedo huérfana en medio de la guerra, cuando tenía solo catorce años. Un grupo de bandidos atacó su pueblo natal destruyendo todo a su paso, incluyendo la vida de muchas de las personas que vivían en ese lugar. El padre de Annie, y al parecer su único familiar, dio hasta su último aliento para que su hija tuviera tiempo de escapar del lugar. Con el tiempo, Annie se unió a un grupo de migrantes que viajaban hacia algún reino del suroeste. Cuando pasaron por ese humilde pueblo de en los límites de Rose, Annie decidió quedarse, encantada por la tranquilidad y paz que destilaba el lugar. El anciano y su esposa acogieron a la joven en su casa, como si fuera la hija que volviera luego de años a su hogar.
— ¿Él no va a sobrevivir, verdad? —preguntó Annie con un rostro inmutable que contemplaba al hombre de la cama.
Grisha miró a la chica. Le daba la impresión que ella ya sabía la respuesta. No podía imaginar por todo lo que había pasado esa chica. Annie cursaba sus veinte este invierno, pero en sus ojos se lograba distinguir como la vida había logrado envejecer su alma, empujándola una y otra vez al abismo de la soledad. Y lucía como un ciclo sin fin, porque la partida de ese hombre postrado en la vieja cama era inminente. ¿Cómo animar a una persona para que continuara su vida de esta manera? Grisha perdió a sus padres de manera natural, así que fue más fácil afrontar la muerte de ellos. Hubo una época en la cual casi pierde al amor de su vida, y el solo hecho de tener que asimilar que eso ocurriría había sido devastador para él. No podía imaginar el dolor de Annie y ella tampoco lo quería, o no podía, expresarlo.
—Es hora de que vayas a descansar —dijo Grisha levantándose del improvisado escritorio que construía en la casa de cada paciente. Annie lo miró somnolienta pero se negó —. Vamos, vete a la cama. Tus ojeras comienzan a notarse. —insistió el hombre. En algún lugar de su mente creyó que le hablaba a su hijo.
Annie lo meditó mientras observaba el rostro del hombre en la cama. ¿Y si se iba cuando ella no estuviera?
»Él no ira a ningún a lado. Su estado sigue igual que ayer... estará aquí cuando despiertes. —Annie miró al señor Jaeger con sentimientos mezclados expresados en su mirada. Se sentía aliviada de que al anciano le quedara tiempo en su reloj, pero triste por hecho de que su enfermedad parecía no tener retorno.
—Esta bien. —Aceptó finalmente. Se levantó de la silla que ocupaba y tomó el cubo con agua que utilizaba para enfriar los paños —. Pero cambiaré el agua, ya no está helada. —Grisha asintió y Annie salió de la casa en busca de agua.
Como una de sus tareas, Grisha inspeccionó el estado de su paciente. El Hombre dormía con una mueca de angustia y dolor. Annie tenía razón. En comparación con esta tarde, su fiebre había disminuido bastante. Tocó su abdomen suavemente recibiendo quejas por parte del enfermo, quien tenía las manos en puños y las piernas recogidas para aminorar el dolor de forma instintiva. Grisha volvió al escritorio. Necesitaba escribir todo lo observado. Recopilaba todas las reacciones y cambios en una bitácora, para luego compararlas e intentar buscar patrones que concordaran y lograr resolver todo este extraño asunto de la manera más rápida y eficiente posible.
Annie regresó con el cubo lleno de agua fresca.
— ¿Te gustaría ir a Shingashina? Ya sabes... la ciudad que rodea el castillo del rey. —La pregunta de Grisha fue totalmente inesperada para Annie, quien por la sorpresa dejó caer el cubo al suelo derramando toda el agua que contenía.
—Lo siento... —dijo Annie volviendo a la realidad —. Yo... limpiaré esto... —Grisha rio por el actuar de la joven y luego continuó con su trabajo. Mañana tendría tiempo de tocar el tema de nuevo. La propuesta había surgido en la mente de Grisha como una forma de alentar a la joven. Conocer nuevos lugares y gente sería una buena manera de seguir adelante y rehacer su vida una vez más.
Annie volvió con un montón de trapos para secar el desastre que había causado. Limpió todo lo que vio a su paso pero cuando se agacho para recoger el cubo se percató de que el agua había escurrido hasta debajo de la cama. Cansada y molesta tomó un paño seco y una vela que se encontraba en la mesa de noche, para poder ver hasta donde había corrido el agua. El gesto de su cara fue una gran interrogante cuando, por la luz que daba la pequeña flama, pudo ver un extraño objeto colgando de la cama del anciano.
— ¿Señor Jaeger...? —llamó Annie al no saber qué era eso —. ¿Podría venir? Creo que... ¿encontré algo? —Annie hablaba con un tono de duda en cada palabra que emitía al no saber si era importante o no lo que encontró.
—Déjame ver... —Annie se hizo a un lado mientras señalaba el objeto. Grisha estiró su mano izquierda para arrancarlo, ya que la cosa estaba atada al esqueleto de la cama —. ¿Pero qué demonios...?
El ambiente dentro de la cabaña en medio del bosque era realmente agradable. Isabel hablaba sin parar sobre cómo era vivir allí. Básicamente solo decía lo mal que se llevaba con algunos y lo bello que era el bosque en cualquier estación del año.
Especificó su relación con el tal Auruo Brossard, la cual era bastante mala si es que no se había notado. Isabel había intentado llevarse bien con el hombre cuando su hermano se lo presentó, pero le fue imposible con la arrogancia de Auruo emergiendo a flor de piel. También hablo sobre el otro chico que estaba en la cabaña junto con Armin, Farlan Church. Farlan era un joven bastante reservado, pero llegaron al bosque prácticamente al mismo tiempo, por esto su amistad se había dado con bastante naturalidad. Armin le preguntó sobre la chica que lo había estado cuidando durante la mañana. Isabel dijo que su nombre era Petra Ral. Al parecer Petra fue la última en unirse al grupo. El hermano de Isabel fue quien la encontró perdida y asustada cerca de un gran lago en el interior del bosque. Petra, quien era naturalmente amable y cariñosa, no podía ver a un animal sufrir y no hacer nada al respecto. Frente a esto Isabel se hizo muy apegada a Petra, llegando a considerarse las mejores amigas. Isabel también hablo sobre otros dos sujetos que forman parte de su círculo de amistad, que por obligación incluía a Auruo.
— ¿Quién es tu hermano? —preguntó Eren. En su monologo Isabel mencionó considerablemente a su hermano, y como era obvio, Eren estaba curioso hasta la médula.
— ¿Eh? Pensé que lo había dicho —se rio por su torpeza —. Mi herman-... —sin previo aviso Isabel se levantó de su silla asustando a los dos chicos que compartían la mesa. Su miraba estaba fija en la ventana cubierta por la tela, que impedía la vista al exterior, pero de todas manera su mirada era insistente —. Tengo que irme. —Caminó hasta la puerta sin dar más explicaciones y se marchó.
Eren y Armin no entendían absolutamente nada de lo ocurrido. Era una competencia para ver quien estaba más perplejo que el otro. Se miraron tratando de hallar una respuesta coherente, y en esto Armin fue el más rápido.
—Quizás... ¿tuvo que ir al baño? —dijo Armin levantando sus hombros. Eren pareció convencerse con la explicación y se acomodó en su silla para hablar de mejor manera con su amigo.
—Cambiando de tema... ¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo? —preguntó Eren con preocupación en su voz.
—La verdad es que no... —Armin sonrió para calmar a su amigo y rectificar que todo estaba bien —. Tengo un poco de comezón en la pierna que me mordió esa serpiente, pero... —dudo si continuar o no y terminó perdiéndose en un debate interno.
—Pero...? —insistió Eren chispeando sus dedos. Conocía a Armin desde pequeños y sabía que el rubio a veces se perdía en su mundo.
—Perdón. —dijo mientras se rascaba la nuca —. Bueno, estoy seguro que esa cosa me mordió la pierna derecha pero... no tengo ningún rastro de eso —terminó mirando su pierna una vez más para cerciorarse de que no estaba equivocado.
—Si pudo curarte de ese mortal veneno, no me sorprendería que te quitara hasta la mordida —razonó Eren un poco aburrido. Para ser sincero el esperaba algo más, pero todo parecía tan condenadamente normal que preferiría no haber entrado al bosque y haber conservado las ilusiones. Bufó molesto y se recostó sobre la mesa.
—Creo que tienes razón... —dijo Armin viendo el ánimo de su amigo. Lo más probable es que la conversación terminara ahí —. Además la señorita Petra fue muy amable, no debería pensar mal de ella.
Eren seguía con la mejilla pegada en la mesa cuando su mente, luego de un par de minutos, al fin, colocó todas las piezas del rompecabezas en su lugar. Claro, aun le faltaban, pero tenía las suficientes para notar que algo no estaba bien.
—Espera... ¿el anciano no estaba contigo? —preguntó Eren intrigado levantando su rostro.
— ¿Anciano? —repitió Armin confundido.
—Bajito, encorvado, con barba, canoso, arrugas, con una cara de pocos amigos... —Eren comenzó a describir al hombre como él lo recordaba.
Armin arrugó un poco la nariz al tratar de recordar si había visto a alguien con las características que describía su amigo —. La verdad es que desperté pasado el mediodía y la señorita Petra era la única persona conmigo... no recuerdo haber visto a ningún anciano... —finalizó mirando a Eren, quien no entendía nada. Si el hombre que los recibió vivía en esa antigua cabaña, ¿por qué desaparecer todo el día? Está bien, había un extraño invadiendo su territorio, pero no era para tanto, ¿no? El viejo se veía amargado y antisocial pero nunca creyó que fuera para abandonar a su paciente. Además en todo lo que había hablado la tal Isabel, que no había sido poco, jamás mencionó a Levi, que era supuestamente el nombre del hombre.
—Viejo amargado... —murmuro Eren volviendo a su posición anterior.
La risa de Armin, aunque fue bajita, se escuchó en el silencio de la casa. Su amigo se veía algo molesto y decaído y él tenía la certeza de saber el porqué. Pero si Armin era sincero consigo mismo, se alegraba de sobremanera que todos los cuentos de hadas que le contaban a Eren y que luego Eren se los contaba a ellos, no fueran realidad. Primero, y tenía que ser honesto, si existieran todas esas criaturas mágicas, en especial las brujas, no vivirían para contarlo. A medida que Armin fue creciendo y tomando conciencia de todo lo que ocurría en su entorno, llegó a la conclusión de que la caza de seres mágicos fue toda una farsa por parte del gobernante de Rose para darle falsa seguridad a sus súbditos y de esa manera obtener de manera más rápida y fácil su lealtad. Claro está que Armin jamás ha compartido estos pensamientos con nadie. Bueno, con una sola persona y fue con Hanji, pero ella aseguro que de su boca jamás saldría nada de eso, porque si la persona equivocada se llegara a enterar, el Creador sabe que su cabeza rodaría al infierno. Y segundo, le preocupaba la vida de Eren. Como caballero de Rose, Eren hizo un juramento frente a la corte del reino, jurando lealtad y obediencia absoluta frente a una turba de incompetentes, según Armin, y Eren cumpliría con su palabra aunque eso le costará la vida. He ahí el problema. Uno de los mandatos que más recalcaba el rey era el informar de todo ser practicante de las artes oscuras. Si Armin creía conocer a Eren lo suficiente, tenía la certeza de que el joven soldado presentaría un informe completo a sus superiores, pero también intentaría proteger a aquellos que él considerara que no son un peligro para la sociedad en la que viven. Lamentablemente Armin sabía cómo terminaría esa hipotética situación: Eren sería acusado de conspiración junto a todos los demás.
Eren le había explicado a su amigo todo lo que Hanji dijo sobre el bosque, quienes vivían ahí y el porqué. Armin comprendió que Eren no diría nada en esta ocasión por sus amigos, ya que si una sola palabra salía de la boca de cualquiera de ellos todos irían al calabozo o, en el peor de los casos, a la orca. Desde los que entraron a la zona prohibida hasta quienes vivían ahí.
El chirrido que provocó la silla de Eren despertó a Armin de su monologo mental. El soldado se levantó de su asiento para ir a curiosear los libros y matar así el tiempo. Los libros iban desde narraciones de tipo ficticias hasta libros de herbología y biología. Había algunos que contaban la historia de la formación de Rose y otros reinos aledaños pero el que llamo la atención de Eren fue un libro pequeño de encuadernación de cuero rojo. No tenía título, pero al ojearlo era simple darse cuenta que se trataba de un libro de cuentos infantiles. Le pareció raro que un anciano agrio tuviera tal clase de libros y una risita se le escapó al pensar en el viejo leyendo eso. Siguió pasando las páginas y pudo notar varios cuentos que su madre le contaba cuando era pequeño. Uno en especial pidió a gritos su atención. La historia llevaba por título: El camino de las almas. Se trataba de un cuento de amor entre uno de los espíritus de la naturaleza y un humano. Recordó que cuando se la contó a Mikasa ésta quedo fascinada y estuvo días insistiendo que fueran a preguntar a los adultos si era real o no.
—Mikasa... —dijo Eren pensando en lo tierna que era la chica en su infancia. Ahora daba miedo, con su genio agresivo y esa aura asesina cuando se enfadaba... — ¡Mierda! —Gritó asustando a Armin —Me olvide de Mikasa... me va a matar —dijo pensando en la promesa que le hizo antes de entrar a buscar a Armin.
Demonios. Y para rematar, el tiempo pasaba y nadie aparecía por esa maldita cabaña. Eren quería tirarse al suelo y arrancarse el cabello. Después de todo, si no lo hacía él de seguro Mikasa lo haría.
En lo profundo del bosque, donde para cualquier habitante de Rose era imposible llegar, ya sea por lo complejo y laberíntico de la zona o por el miedo que causaban los animales nocturnos que merodeaban el área, sumado al tétrico silbido que provocaba el viento al pasar por entre los árboles. En ese lugar, una gran laguna de forma irregular y profundas aguas dulces se escondía por los árboles que le rodeaban desde todos los ángulos, vegetación tan antigua como la memoria de aquel reino. Cerca de la orilla un par de troncos huecos y cubiertos por musgos reposaban albergando una variada gama de insectos y animales pequeños. Junto a estos había una enorme roca, conocida como "errática"[2], la cual fácilmente tendría una altura de más de cinco metros. Sentado sobre esta se encontraba una persona. Lucía bastante joven. Estaba con las rodillas flexionadas y pegadas al pecho con sus brazos rodeándolas. Su mirada estaba perdida en alguna parte del lago. La luna se reflejaba en las aguas iluminando el pálido rostro del hombre. Sus ojos de un bello color oliva comenzaron a bailar siguiendo el movimiento de un objeto que dejaba halos en el agua. Los halos desaparecieron de la vista del hombre, esfumándose bajo la piedra.
Un chapoteo se escuchó proveniente del lago.
Unos segundos pasaron en silencio cuando una criatura transparente apareció a una distancia prudente del hombre. La criatura tenía una forma humanoide muy difusa ya que su cuerpo estaba hecho completamente de agua. Se lograba diferenciar un rostro con grandes ojos, sin iris ni pupila, solo esclerótica. Su boca formaba una gran y espeluznante sonrisa que no inmuto al hombre. Sus brazos se movían invitando al contrario para que se acercara y jugaran. Todo el resto del cuerpo y, lo que simulaba ser cabello, lucía como un río recorriendo una colina. No medía más de treinta centímetros.
El extraño sacudió su cabeza declinando la invitación de la criatura.
—No estoy con ánimos de jugar pequeña...
La criatura se acercó más, hasta tocar los pies del humano. Tironeo de su camisa para que el hombre bajara su mano, y esta accedió a la petición de la pequeña. El pequeño ser subió por el brazo del hombre hasta llegar a su hombro y acomodarse en ese lugar.
Ambos siguieron admirando el paisaje en silencio. Se escucharon más chapoteos, pero en las aguas solo se veían los halos que dejaban las cosas al pasar. La criatura se acercó al oído del hombre y susurró: —It's time to play, Levi. [3]
—Es hora de dormir, spirit —rebatió Levi con un tono cansado.
—Dudo que puedas dormir con extraños en tu casa —dijo una voz a las espaldas de Levi.
Levi suspiró —. ¿Todavía no se largan? —preguntó irritado.
—No. —contestó el recién llegado —. Me dijiste que el "mocoso rubio" —dijo haciendo el gesto de comillas con sus manos —no podía irse sin tu permiso o el de Petra.
— ¿Y en donde esta Petra?
—Santa Petra ayudando a la familia de lobos que vive al Este del bosque. La madre de los cachorros se vio envuelta en una pelea con un oso pardo por defender a sus crías y-...
—Cállate Farlan. Te pregunte donde estaba, no sus milagros —corto Levi siguiendo el juego de Farlan al tratar a la mujer como beata. Suspiró cansado, al fin y al cabo era culpa de él mismo que los forasteros siguieran en su hogar —. Diles que se larguen. El mocoso rubio está intacto, pero yo ya no aguanto más. —Levi no había dormido desde la noche anterior, cuando llegaron los invasores.
—Entendido. —contestó Farlan, pero no se retiró, parecía tener algo más que decir y Levi se dio cuenta. Bufó lo suficientemente alto para que el contrario lograra escucharlo.
Tomó al pequeño ser en su mano y caminó hasta la orilla de la roca para indicarle que saltara al lago. La criatura se negó y volvió a escalar a su hombro. Levi no podía hacer más nada por lo que se dio media vuelta para bajar y hablar con Farlan cara a cara. Claramente no era prudente saltar desde semejante altura, era mejor bajar de la misma forma en la que subió. Alzó ambas manos y comenzó a moverla de tal manera que simulara dirigir una pequeña orquesta. La criatura miraba encantada como las piedras que estaban en la tierra se elevaban y enfilaban una en una formando una escalera que iba desde la cima de la gran roca hasta el suelo. Levi bajo con cuidado, tratando de no resbalar en cada paso que daba. Tocó tierra sin un rasguño y las piedras cayeron a sus lugares originales, no lastimando a nada ni nadie a su paso. La pequeña criatura rompió el silencio de la noche con una tenue risa, que solo Levi pudo oír.
—Habla —ordenó Levi a Farlan.
—La mujer que venía con los forasteros intentó ingresar al bosque. Sola. —Informó Farlan tranquilamente —Avise a Isabel para que vigilara a la invasora, no fue difícil hacer que volviera por donde ingres-... —Farlan dejo de hablar al notar que Levi no ponía atención a lo que decía.
El azabache estaba concentrado en quitar la tierra que se acumuló en sus ropas y, por consecuencia de limpiar sus ropas, en sus manos. La criatura que estaba sentada en su hombro formó una burbuja de agua de tamaño considerable y flotó hasta las manos de Levi, quien las estiró para que el pequeño ser pudiera limpiarlas. El agua corría entre los dedos, la palma y el dorso de cada extremidad de Levi quitando todo rastro de suciedad visible. Al terminar la criatura dejo caer el agua al suelo y volvió a su lugar en el hombro de Levi.
—¿Algo más? —preguntó Levi revisando sus manos.
—Ya que preguntas... —Farlan lucía bastante incómodo. Sus ojos viajan por todo el lugar tratando de evitar a Levi y sus labios estaban torcidos —. La mujer llevaba la armadura de los caballeros de Rose.
Apenas terminó la frase la criatura se escabullo aterrada entre los matorrales en dirección al lago. No había sido por lo que dijo Farlan, a ellos no les afectaba la presencia de alguien que ni siquiera podía verlos, pero el aura de ira que desprendía Levi podía asustar hasta el más feroz animal. Levi se colocó la capucha de la capa y comenzó a caminar de vuelta a su hogar.
—Muévete —ordenó con un tono profundo y hostil. Farlan no dudó en seguir el paso del contrario a una distancia considerable, sabía cómo era Levi cuando se enojaba y también sabía que las palabras eran más hirientes que los golpes. No quería ser él quien recibiera toda la mierda del pequeño.
¡Ay, Levi! Si los insultos y miradas mataran serías acusado de asesinato en serie.
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[1] Conocida en estos días como apendicitis. Lo que le ocurre a las personas es un fuerte dolor en el lado derecho del vientre bajo, que con normalidad se confunde con dolor de estómago. Pasados unos días (Unos dos días. Lo digo por experiencia propia), y si no se opera, el apéndice explota, lo que llamamos una peritonitis. Aquí es cuando el dolor desaparece, los fluidos liberados provocan una sepsis generalizada y el paciente muerte. (puede ser más detallista pero no lo creo necesario xD)
[2] Son rocas relativamente grandes (si buscan imágenes se darán una idea) que no pertenecen a la zona en donde estan ubicadas. Fueron trasladadas por hielo glacial y luego quedaron ahí cuando este se derritió.
[3] Es hora de jugar, Levi.
Ya, por donde empiezo...
Primero que nada debo aclarar algo sobre el fic: Todo lo que tenga que ver con el mundo de los espíritus de la naturaleza le pertenece al comic de mi mejor amiga (que lamentablemente no lo encontraran online :c) más adelante habrá explicaciones y etcéteras, pero todos los créditos pertenecen a ella y mis más sinceros agradecimientos por su ayuda!
Segundo: Este fic es Ereri/Riren. Sí, ambos. Más adelante entenderán el por qué jajaja ;D
Ahora los demáses. Empece a trabajar (Justo el 1) y estoy trabajando de corrido y estoy muerta de sueño (así que perdonen cualquier falta ortográfica) y no me da para escribir tan seguido porque no tengo ánimos... pero eso no significa que dejare de hacerlo, solo que me demorare más de lo que tenia planeado. Y eso sería todo. Gracias a los que dejan rw! me animan a seguir a pesar de mi cansancio, en serio. Un beso y un abrazo y que tengan un excelente año!
Peace.
