DIGIMON TAMERS

JEN / RUKI


RUKI

Lo estaba perdiendo y usé el último recurso. Mi última arma. Si después de eso él seguía insistiendo en que debíamos separar nuestros caminos, yo ya no podría seguir discutiendo.

—Te amo, Jen – le dije en un tono seguro y tan honesto como pude.

Él me miró sorprendido. Comprendió a la perfección lo que yo le estaba diciendo. Él entendió mi declaración. Y fue increíblemente incomodo, porque Jenrya no me respondió nada. Sólo seguía mirándome con estupefacción. Había sido mi culpa haberme jugado esa última carta sin antes sopesar que era muy probable que él no estuviera interesado en mí de esa manera. Nunca me había sentido tan débil como en ese momento. Estaba desnuda y desarmada. Me sentía completamente expuesta. Recogí mi ropa y la poca dignidad que me quedaba y me vestí tan rápido como pude, dándole la espalda. Miré una última vez a Jen, que seguía estático en la misma posición desde hacía un momento y después me fui. No había nada más que pudiera hacer en ese lugar.

Me sentía vulnerable, herida e inmensamente avergonzada. Sólo deseaba llegar a casa, darme un largo baño y después dormir junto con mi cachorro. Necesitaba sentir reciprocidad de afecto, y qué mejor que el amor incondicional de un perro. El solo imaginarlo menear su cola feliz sólo porque había llegado yo me hacía sentir un poco mejor.

Los días pasaron y estar en casa era frustrante y aburrido. Comenzaba a extrañar mi trabajo. Pude haber rebatido el despido como injustificado, y sabía que hubiese ganado el juicio, no obstante aquello hubiese sido desgastante y no necesitaba pasar por eso, pero ya era hora de comenzar de nuevo. En el amplio sentido de esa frase hecha. No podía seguir así. Me armé de valor y decidí volver a encauzar mi vida. Vendí el trasto viejo que tenía por carro y sólo me quedé con el nuevo. Pasó por mi mente un momento vender mi casa, pero los recuerdos que tenía en ese lugar fueron más fuertes y deseché la idea.

Comencé a ir al gimnasio, necesitaba despejarme y hacer ejercicio era una manera simple de hacerlo. Comencé lento, no me ejercitaba demasiado porque habían pasado años desde la última vez que lo había hecho a conciencia, pero comencé a sentirme desagradada a los pocos días de haber iniciado. Los pechos me dolían y no recordaba haber hecho un ejercicio que pudiera haberme causado eso. No presté demasiada atención hasta que un día los vi más grandes e hinchados, y no es que solo lo haya visto, porque siempre cabía la posibilidad de que mis ojos me engañaran, si no que los sostenes no me estaban quedando y esa si era una prueba contundente. Me subí a la pesa y seguía pesando lo mismo. No es que hubiese engordado repentinamente tampoco. Había algo distinto en mi cuerpo y no podía darme una idea de lo que era, pero lo notaba y fue más notorio cuando hasta mi desayuno habitual me hizo vomitar. Luego de pensarlo unos segundos dejé todo botado y fui directo con mi médico para hacerme una prueba de sangre. Nada más infalible que aquello, porque no necesitaba esa clase de incertidumbre.

Miraba aun incrédula los resultados y sólo pasaba por mi mente que el muy maldito lo había conseguido. Tuvo razón porque después de todo, porque si logró dejarme embarazada. Lloré de rabia e impotencia. Mi primera impresión al confirmarlo fue el rechazo automático y la negación de plano. No era lo que yo quería, no era lo estaba buscando y no era lo necesitaba, pero conforme pasaban los días comencé a sentirme contenta. ¿Qué importaba cómo había sido concebido? Había llegado, estaba ahí, y ahí se quedaría, no me atrevía ni siquiera a pensar en otra posibilidad.

Detuve mi búsqueda de empleo, después de todo podía permitirme vivir acomodadamente sin necesidad de trabajar, no para siempre, pero al menos por un tiempo prolongado.

Debatía internamente sobre qué debía hacer con Jenrya. Era lo suficientemente madura para separar las cosas, él bien podía no quererme a mí, pero no era necesario que aquello se aplicara a un hijo, que él claramente me dijo que deseaba. Aunque aquello no iba a ser precisamente fácil, porque el solo imaginarme un reencuentro con él hacía que se me endureciera el estómago de nervios. Y de vergüenza, mayormente.

Shuichon apareció sin pleno aviso por mi casa y yo no me sentía demasiado bien. Hacer como que no me pasaba nada fue más complicado de lo que pensé, hasta que ella muy intuitiva lo sacó por conclusión al oírme vomitar por tercera vez en menos de una hora. No me creyó cuando le dije que sólo era algo que no me había caído bien.

—Estás embarazada, Ruki – aseguró.

—No hables estupideces – rebatí.

—¡Lo estás! ¿De cuánto? ¿Para cuándo? ¿De quién? Oh, vamos ¡habla ya! Quiero saberlo todo – exigió.

Le conté que no sabía mucho. Que lo había descubierto hacía unos días y que lo averiguaría con más detalles la próxima semana. Ella se mostró tan entusiasmada que olvidó preguntarme de nuevo sobre el "quién". Shuichon quería ayudarme en lo que pudiera y me hizo prometer que la llamaría en caso de necesitar algo, que no considerara la hora… Si estaba tan emocionada por un bebé que no tenía ninguna clase de relación con ella, si supiera que ese bebé era su sobrino se vendría a vivir conmigo…

A la semana siguiente supe que había quedado embarazada la primera vez que tuvimos relaciones sexuales. Lo que lo hacía todavía peor. Él imbécil no podía ser tan oportuno… ni yo tan idiota como para haber hecho tan mal las cuentas. Pero así fue. Tenía cinco semanas.

No había tenido noticias de él y era la primera vez que pasaba tanto tiempo. Me hubiese gustado tener más personas a mi alrededor que me aconsejaran, pero yo misma me había encargado de alejarlos a todos. Ya tenía dos meses y Shuichon había cumplido al pie de la letra lo prometido, iba a comprar por mí, me acompañaba a todos lados y más de alguna vez me afirmó el pelo y me acariciaba la espalda cuando ésta me dolía horrores por tanto vomitar. Nunca creí que un embarazo fuera algo tan difícil.

—¿Sabes? Jen está muy extraño – comentó de la nada.

—Ah ¿sí? – pregunté sin demasiado interés. Fingido, claro.

Las nauseas se me quitaron enseguida tan pronto ella habló y lo mencionó.

—¿Ruki? ¿Estás enamorada del padre de tu bebé? – preguntó dudosa ella. Parecía insegura de preguntarlo.

Aquella pregunta me tomaba completamente por sorpresa. Ella había sido muy cauta al respecto, después de que me había preguntado una vez y no había obtenido respuesta alguna, no había vuelto a hablar del tema. Batallé internamente sobre si decirle la verdad o no, al final se la dije a medias.

—Sí… lo estoy – admití.

Ella asintió pensativa y luego dijo algo que la había decir con anterioridad, pero que no oía hace mucho.

—Siempre quise y creí que Jen y tú terminarían juntos – confesó cabizbaja.

Shuichon habló con tanta tristeza que sentí su pesar. Porque era idéntico al mío, a veces a mí me gustaba pensar lo mismo. Divagar sobre un futuro juntos…

—¿Cuándo le contarás a los demás? – quiso saber ella.

—Cuando cumpla el primer trimestre siempre cabe la posibilidad de que… - me corté, no sabía cómo terminar la oración.

—No lo digas. Todo va a salir bien. Tú lo quieres ¿no? – dijo ella optimista y positivista como era.

No sé por qué ella me estaba haciendo recapacitar tanto y estaba siendo tan certera con sus preguntas. Daba justo en el clavo y removía esos sentimientos que acallaba a diario.

—Si, lo quiero – volví a admitir. Era la verdad.

Esa fue la primera vez que lo admití en voz alta y se hizo más real. Yo quería a ese bebé y daría todo de mí para que ese niño o niña llegara bien.

Afortunadamente Shuichon detuvo su interrogatorio. Su intención no había sido hacerme sentir incomoda, lo sabía, pero me dejó muy pensativa. Al despedirse, Shuichon hizo un último comentario, que me emocionó.

Siempre creí que estaríamos relacionadas, ya sabes, por lo que te conté, pero no importa si no lo estamos. Voy a querer a ese niño como si fuera mi sobrino verdadero – expresó con una sonrisa enorme en el rostro.

Decidí ese día, que cumplido el primer trimestre, hablaría con Jen, con mamá y con Shuichon.

Estaba durmiendo, nada extraño por esos días en los que mis ojos parecían pesar más y quemar, pero desperté con los ladridos de mi perro. Me levanté de mala gana y cuando fui a ver qué ocurría con el perro, casi me llevé un susto de muerte cuando noté que bajo él estaba Jen.

El perro al verme se acercó bruscamente, como solía hacerlo, pero anulé su intención, él ya no debía hacer esas cosas. Tenía que empezar a dominar esos arranques de emoción de mi cachorro.

Jen se acomodó pero seguía sentado en el suelo sin levantar la cabeza. Creo que se sintió humillado por el recibimiento obtenido. Sonreí… se lo merecía.

Cuando se levantó, lo miré. Sus mejillas sonrojadas lo hacían ver más joven de lo que realmente era. Él dudó sobre si acercarse más. Se quedó inmóvil en ese lugar. Percibí su miedo, Jen estaba aterrado; yo lo estaba también. Me estaba mentalizando para verlo en un par de semanas, no para ese momento. Sin ningún aviso previo.

—Ruki… - dijo con una voz apenas audible.

Mi nombre salió de sus labios en un susurro. Cuánto había extrañado escuchar mi nombre dicho con su voz…

—Shuichon… me dijo algo que no puedo sacarme de la cabeza… - dijo cuando ya me estaba acostumbrando al silencio.

¿Shuichon? ¿Le habría dicho algo que no debía? No lo no sabía todo, pero sí lo más importante. No quería hablar demás así que dejé que continuara.

—Está enojada conmigo. No, enojada es poco, está furiosa. Dice que cometí el peor error de mi vida al no atreverme a ir por ti – confesó él.

—Parece que tengo una fan – dije divertida, pero seria a la vez.

—¿Por qué ella me dijo eso? Hablaba como si supiera algo que yo desconozco…- cuestionó él.

—No lo sé, debiste preguntarle a ella ¿no? – respondí. No sabía que buscaba con esa clase de pregunta.

—Ella dijo que sólo tú podías contestarlo – contestó él.

—Yo creo que ella sólo quería jugar a la intriga contigo – desvié la respuesta.

Jenrya se me acercó, yo retrocedí y al hacerlo, sin saber que atrás estaba el perro acostado, tropecé con él. No podía sufrir una caída, fue lo que pensé mientras notaba que perdía el equilibrio y me asusté, pero Jen fue más rápido y me afirmó, atrayéndome hacia él. Instintivamente lleve mis brazos a mi vientre. Mientras él me abrazó de una manera muy estrecha. Aquel gesto fue como un valium para mi alma, pero lo alejé apenas pude reaccionar porque me estaba empezando a sentir mal. Las nauseas a esa altura ya no eran tantas como en un principio, pero seguían siendo igual de inoportunas, y ese día en particular habían sido especialmente demandantes. Salí corriendo apenas pudiendo soportar lo suficiente como para llegar al llegar al baño. Jenrya me siguió preocupado, pero le cerré la puerta en la cara. Podía evitar que me viera, pero no que me escuchara. No había nada que pudiera hacer.

—¿Estás bien? – preguntó Jen, indiscutiblemente preocupado.

No le respondí. Las lágrimas se habían hecho presentes ya antes de poder siquiera intentar reprimirlas. Me sentía ciertamente mal, adolorida e incómoda, hasta la simple acción de lavarme los dientes me provocaba arcadas. Esperaba que esa etapa ya se terminara. Al mirar por el espejo, observé que Jen me estaba mirando. No le había puesto el seguro a la puerta con el apuro de llegar pronto a la taza. Desvié la mirada y seguí enjuagándome los dientes.

—¿Comiste algo en mal estado? – preguntó.

No, él jamás se imaginaría la verdad a menos que se lo dijera. Y lo haría.

—Me temo que es algo más persistente – respondí.

—¿Tienes algún virus? – volvió a tratar de adivinar.

—Más bien algo que no es acelular, sino todo lo contrario – le dije sabiondamente.

Jenrya me miró fijo de nuevo, aún sin comprender qué había querido decir.

—Estoy esperando un hijo, Jen – le revelé.

Él trató de buscar algún atisbo de que lo que había dicho era una broma, indagando en mi rostro con persistencia, pero no lo encontró. Observé como comenzó a sentirse inquieto e incomodo. Eso Jen no lo había visto venir. Salí del baño, y pasé por su lado aparentando estar muy segura de mí, aún cuando estaba tiritando como una hoja al viento, y caminé alejándome de él y dejándolo en la misma posición que había adoptado hacía unos segundos. Aquello se le estaba comenzando a hacer costumbre, el quedarse estático en un lugar cuando algo lo tomaba por sorpresa.

Me dirigí hacia la cocina y cuando estaba por llegar a esta para prepararme alguna infusión que me estabilizara el estómago, Jen me alcanzó, ya no tenía la misma cara de confusión o de sorpresa.

—¿Es mío? – preguntó exigente.

—¿Qué crees tú? – contraataqué.

—No juegues conmigo – solicitó - ¿es mío? – insistió.

Aquella pregunta tan directa esta vez fui yo la que no la vio venir. Disputaba en mi interior si debía contestar aquella pregunta con la verdad o no. Él me miraba serio esperando la respuesta… pero pensé en que él no me quería… ¿para qué lo iba a amarrar a mi? Entonces la respuesta vino a mi.

—No. No tienes que preocuparte – le respondí.

En ese instante sentí que algo dentro de mí me carcomía justo a la altura de mi pecho. Remordimiento o angustia o ambos tal vez.

Su expresión se desfiguró. No estaba segura de la mía, pero traté de estar lo más compuesta posible. Puse ver una sonrisa en su rostro, una que no tenía ni una pizca de gracia.

—Te equivocas eso no me preocupaba, por el contrario… Me ilusionaba… - respondió abrumado y notablemente desganado.

Sin ninguna otra palabra se fue, dejándome con la boca abierta por el asombro y con esa sensación de que había cometido un error enorme. Había tenido en mis manos la solución a lo único que me tenía intranquila y la había desperdiciado por orgullo de mujer despechada. Si previamente, cuando le dije esas palabras que ni recordar quería sobre que lo amaba, tuve esa sensación de desapego y pérdida, por la manera en la que él se fue eso era ya era todo un hecho. De esa forma dieciséis años de amistad habían terminado en unos segundos y sin pensarlo bien, había dejado a mi bebé sin su padre. Lo había castigado incluso antes de nacer, por la estupidez propia de una mujer resentida con un hombre que no le devolvía sus sentimientos de la misma manera. Me fui a la cama a dormir luego de que tomé mi infusión, pero aquello fue todo de manera mecánica.

Mientras dormía escuché un sonido que se hizo parte de mi sueño. No lo comprendí pero de pronto comencé a reconocer la melodía como la de mi teléfono móvil y pude salir de ese estado de duermevela del que no podía salir. Fuera quien fuera lo agradecía. Miré por la ventana era de noche aún, contesté el teléfono sin mirar la pantalla.

—Makino – contesté de mala gana. Más valía que fuera importante.

—Ruki – dijo la voz al otro lado de la línea.

Escuché desde el otro lado a Jen. Esa voz que tan bien conocía y una sensación extraña me recorrió por completo, su voz al teléfono siempre tenía ese efecto.

—¿Cómo pudiste decir que me amabas si no era cierto? – preguntó arrastrando las palabras.

Juraría que le costó verbalizar eso.

—¿Cómo pudiste ir y embarazarte de otro luego de decirme eso? ¿O fue antes? – me exigió una respuesta - Fue antes ¿verdad? Dime que fue antes.

Él siguió con su monólogo, pero yo no era capaz de responderle. Él me estaba llamando luego de la discusión que tuvimos y estaba evidentemente ebrio. Lo deduje luego de la segunda pregunta y por cómo le costaba decir algunas consonantes.

—Ruki Makino… vete a la mierda – dijo súbitamente interrumpiendo su soliloquio con tanta rabia que fue inevitable que me levantara de golpe.

—¿Dónde estás? – pregunté después de salir de la conmoción que me provocó su deseo hacia mí.

Jamás en todo ese tiempo lo había oído decir si quiera un solo improperio, menos aún un insulto dirigido exclusivamente a mí. Pero no obtuve respuesta alguna. Luego de unos segundos escuché el tono que se oye luego de una llamada cortada. Lo llamé de vuelta pero no me respondió. Estaba preocupada. No, histérica era más apropiado para el contexto. Él no solía tomar, excepto cuando estaba realmente desestabilizado. No desistí y seguí llamando hasta que finalmente pude conectar la llamada.

—¿Jen? ¿dónde estás? – solicité ansiosa.

—¿Conoce al dueño de este teléfono? – una voz desconocida habló.

—¿Quién habla? – consulté irritada e incluso diría prepotente.

—¿Puede venir por este hombre? Le da una mala imagen a mi bar – dijo molesto el hombre al teléfono.

Le pedí la dirección y me sorprendió que fuera cerca de mi zona residencial, sin pensarlo dos veces tomé las llaves de mi auto y fui allá.

Encontré rápidamente el lugar y me estacioné. El olor alcohol llegó violentamente a mi nariz. Me costó reprimir la arcada que sentí venir a mi tan pronto entré. Busqué con la mirada y en seguida encontré a Jen, quien parecía un cadáver sobre la mesa. Me acerqué a la barra para pedir ayuda para llevarlo a mi auto. No era una buena idea hacer fuerza y después de un significativo esfuerzo entre un barman y el que parecía ser el dueño del lugar, Jen dormía plácidamente aún cuando su postura no parecía demasiado confortable en el asiento trasero de mi auto.

Al llegar a su edificio tuve que pedir ayuda nuevamente, esta vez al portero, quien me reconoció y no dejó de hacer un comentario sobre mi ausencia por esos lados y no pudo evitar hacer otro sobre lo extraño que era ver a Jen en ese estado. Y no era el único desconcertado yo también lo estaba, él era muy centrado y ese comportamiento no era el habitual. Después de sacarle las llaves a Jenrya de la chaqueta, llegamos a su habitación, que era, sorprendentemente un desastre. Siendo él un obsesivo compulsivo del orden eso era aún más raro. Jen no estaba actuando como normalmente lo hacía.

El portero se fue dejándome a solas con Jen en ese estado, yo diría, de coma. Él era realmente poco tolerante al alcohol. Yo también lo era, y más estando en mi estado de gravidez, porque no soportaba ni el olor. De hecho había empezado a respirar por la boca para poder continuar a su lado. Observé su camisa y estaba asquerosamente toda manchada y maloliente. No tenía la fuerza para sacársela, por lo que fui por unas tijeras a su escritorio y con cuidado de no lastimarlo, corté en lugares estratégicos y los retazos salieron todos disparejos, pero logré mi cometido. Miré lo que quedó y me percaté de que esa era una de sus camisas favoritas, lo sabía porque la habíamos escogido juntos, pero de todos modos esas manchas de vino no iban a salir. Miré su torso desnudo y perfectamente marcado con detenimiento. Justamente eso había sido lo que había capturado mi atención en un principio, más que la atención en sí, fue lo que originó que me diera cuenta de que él, sí yo bien sabía que era de sexo masculino y que era mi amigo, me alertó de que ya habíamos crecido y que él era un hombre ya, y junto con darme cuenta de eso mis sentimientos también cambiaron también o tal vez supe interpretarlos, no lo sé. Desabroché su cinturón, y me sonrojé al recordar lo que ese pantalón cubría y que no estaba muy lejos de mis manos... Lo arropé y me fui al salón, me senté en el mismo sillón que había sido testigo de nuestro último idilio y me volví a sentir sonrojada y avergonzada al recordar mis últimas palabras en ese lugar. Ese piso estaba lleno de recuerdos de nosotros dos, pero los que más podía recordar eran los más recientes, que nos incluían a ambos teniendo sexo. Supongo que era ineludible después de estarlo deseando por tantos años.

Exhalé el aire acumulado. Era bastante más cómodo respirar por la nariz. Miré mi reloj y eran ya pasadas las cuatro de la mañana. Tenía sueño y me dije a mi misma que descansaría unos minutos y me iría. No obstante aquello no sucedió, porque el sueño no permitió que lograra mi cometido y me marchara. Desperté cuando escuché a Jen que fue corriendo al baño, me levanté raudamente porque me asustó que algo no anduviera bien, y cuando llegué al baño fue extraño encontrarlo a él en la posición que solía pensar como mi marca personal desde hacía casi dos meses, abrazando la taza del baño.

Él no notó mi presencia de inmediato, sino hasta que se levantó y se dirigió al lavabo para lavarse la cara, y cuando buscó ver su reflejo, me vio a través del espejo. Su reacción fue más violenta de lo que esperé.

—Qué haces tú acá – no fue una pregunta, por el contrario fue un reproche.

—¿Estás bien? – pregunté preocupada.

Él estaba pálido y se podía ver a la legua que se estaba sintiendo mal. Jen no solía comportarse bien cuando se sentía enfermo. Siempre se volvía agresivo.

—Creo que fui claro anoche – comentó.

—¿Entonces lo recuerdas? – pregunté sorprendida.

—Sí – contestó secamente.

—¿De verdad recuerdas todo lo que me dijiste? – insistí.

—Sí – volvió a responder.

Después de unos segundos de incomodidad pudieron más las dudas que rondaban en mi cabeza.

—¿Y qué hubiese cambiado si hubiese quedado embarazada antes o después de decirte eso que te dije? – interrogué curiosa.

—¿Después de decirme que me amabas? ¿Por qué no eres capaz de decirlo nuevamente? ¿Porque tu mentira quedo en evidencia? – inquirió él

—¿Y qué caso tendría? ¿Acaso algo cambiaria? – rebatí nuevamente.

—¿Lo dijiste en serio? – volvió a interrogarme.

No le contesté. No le iba a dar ese gusto. Por otro lado, él tenía razón yo no debería estar ahí. Me volteé para retirarme del lugar. No me gusta estar donde no me invitan y mucho menos que me pregunten cosas que no deseaba responder. Pero antes de alejarme más, pronuncié las que creí que serían mis últimas palabras. Al menos por ese momento.

—La próxima vez que decidas ir a beber asegúrate de no llamarme a mí. Que alguien que tenga ganas se haga cargo de ti – le advertí.

—Antes de que huyas como sueles hacerlo, responde: ¿Lo dijiste en serio? – preguntó él exigiendo saber la verdad, después de dejar en claro lo que pensaba de mi.

Sonreí y bufé. Seguí el camino que me guiaba hacia la puerta. Hacia afuera de ese lugar. Lejos de él.

—No te vayas aún. Si algo significo para ti, te quedarás – dictaminó en voz alta y autoritaria.

Sin otra palabra él cerró la puerta del baño y escuché a los pocos segundos ruido de agua: él se había metido a la ducha, y me dejó sola pensando en qué era lo que haría. Después de pensarlo un poco, me quedé. Su petición era en teoría una solicitud, pero la verdad aquello no era una solicitud, era un chantaje emocional. Volví al salón y lo esperé. Él no tardó en aparecer con una mucho mejor apariencia. Y un mejor olor. He de agregar.

—¿Era verdad? ¿De verdad quisiste decir lo que dijiste? – volvió Jen con sus cuestionamientos, sin darme un solo segundo para prepararme para sus preguntas que se sentían como si fueran cuchillos verbales.

—No es algo que me haga sentir bien al respecto. A nadie le agrada ser rechazado – le respondí a medias. Si él quería podía captar el mensaje implícito en mis palabras.

Él se acercó y se sentó en el mismo sofá que yo. Pero manteniendo distancia. Tomó aire concienzudamente y comenzó a hablar. Él había tomado una decisión, conocía esa postura y esa mirada decidida.

—Eres tú la que no tiene idea de lo que significó oír eso de la persona que decidiste olvidar porque no tenias ninguna posibilidad – confesó en un tono grave y decidido.

Mi corazón en mi pecho se sintió extraño. Como si doliera. ¿De qué hablaba?

—No sabía cuánto te amaba Ruki, hasta esa noche que pasamos juntos. Me había convencido que lo que sentía por ti no era especial porque eras mi amiga más cercana y si no tenía otra amiga ¿cómo podría diferenciar si aquello era normal o no? Después cuando finalmente pasó lo que pasó y huiste sin decirme nada me sentí como una paria… pero después comprendí que no era tu culpa. ¿Por qué ibas a quererme a mí? Todos tus novios han sido hombres que nacieron para triunfar, a mi no me va mal, lo sé. Pero sabes a lo que me refiero – no terminó la idea y me confundió.

—No, no lo sé – le contesté a su largo e incomprensible divague.

—Tú y yo pertenecemos a distintas clases sociales, Ruki – lo dijo sosteniendo la mirada. Como si de verdad lo creyera.

—¿Alguna vez te hice sentir eso? – le pedí que me lo aclarara.

—No, pero hay diferencias que se notan; tú puedes ir y comprarte un auto carísimo en un solo pago. El mismo auto que yo podría tener, pero pagándolo en cincuenta cuotas si es que no setenta, para no quedar tan corto – respondió sentidamente. Como si lo hubiese sopesado por largo tiempo.

—¿Y qué si puedo? ¿Es acaso mérito mío? – pregunté más enojada que curiosa.

—¿Qué sentido tendría que me quisieras a mí? ¿Por qué me elegirías a mi por sobre Akiyama, por ejemplo? – verbalizó su duda.

—Eres un imbécil si no puedes ver lo maravilloso que eres. Si no lo sabes es que eres un… un… – traté de insultarlo pero nada se venía a la mente - ¿Y por qué me querrías tú a mí? Me estabas obligando a que me olvidara de lo que había pasado ¿acaso no soy lo demasiado buena para ti? – pregunté iracunda.

—Eres perfecta – manifestó abiertamente.

—¿Lo piensas de verdad? No lo creo ¿Y qué hay de eso de repentinamente de que quisieras un hijo? ¿y de mi carácter? – pregunté insegura de cómo debía tomar las respuestas a esas preguntas.

—¿Qué sabes acerca de que siento yo? Sentí quería algo que fuera sólo nuestro. Quería un hijo tuyo y mío, a mi modo de ver nada sería mejor que eso… ¿y cuándo me ha importado tu mal carácter? - reveló ilusionadamente.

—Jen… - susurré, sintiendo algo cálido por todo mi cuerpo…

No lo creía, ni lo entendía. Habíamos pasado de estar peleando y casi dejar de hablarnos para siempre para cambiarlo y empezar a hablarnos con sinceridad sobre lo que sentíamos el uno por el otro y de pronto comencé a sentirme esperanzada.

—Nunca había tenido sexo sin protección Ruki. Jamás. No me lo permití ni siquiera mi primera vez y entonces comprendí que he vivido en constante negación sobre lo que realmente siento por ti. No me importó nada más en ese momento, ni siquiera pasó por mi cabeza el preservativo o que tu no usaras algún anticonceptivo. Siempre tuve mil peros, incluso con mis novias para no dejar de usar condón, nunca permití siquiera la posibilidad dejar a alguna embarazada… hasta esa noche en la que pude sentirte por completo sin que nada nos perturbara y entendí la diferencia – declaró Jenrya – la diferencia entre ellas y tu…

Me acerqué a él, pero él no estaba demasiado dispuesto a dejarme. Se alejaba y respeté tu distancia.

—Jenrya ¿por qué no me quisiste creer? – exigí su respuesta.

—Como te iba a creer algo así… como voy a creer algo así… si sólo lo dijiste porque ese momento se prestó para ello… si además ahora gestas el hijo de alguien más… - respondió tristemente Jen.

—¿Qué sabes tu acerca de cómo siento yo? Y si fuera así ¿Significaría eso el fin? ¿Es tan terrible? – no podía creer que él fuera tan retrogrado y le contesté como él me respondió a mi primero.

—No, pero no quiero alejar a ese bebé de tener a su familia junta. Tú sabes lo que fue crecer con padres separados, no tengo que contarte eso a ti – contestó él.

—Entonces no permitas que mi bebé crezca sin su padre… perdóname por mentirte…no lo hice con una mala intención. Fue como un reflejo, pero no me estoy justificando… – confesé sin poder mirarlo a la cara.

—¿Con lo que de que me querías? – él no entendía que me refería.

—No, con lo de que este bebé no es tuyo. Lo siento, lo siento, lo siento… Nunca quise negártelo, iba a hablar contigo tan pronto cumpliera los tres meses y entonces te adelantaste y arruinaste mis planes… y no supe cómo reaccionar y terminé diciendo semejante mentira – expresé con sinceridad y arrepentimiento. En verdad lo sentía.

Jenrya adoptó nuevamente esa posición fija. No se movía pero lo oía murmurar y comprendí que decía "mío"

—Es mío… ¿de verdad es mío? – consultó ilusionado.

No sé que he hecho para que dudes tanto de mi palabra, pero en algo así que titubees sobre mi credibilidad, después de lo que te dije, me lo merezco. No me siento ofendida. Pero tan pronto se pueda, y el feto no sufra problemas, podemos hacer una amniocentesis. Pero si pudieras esperar hasta que el bebé nazca te lo agradecería… - admití mi intranquilidad al respecto.

—Mío… - seguía repitiendo él, como un mantra que lo relajaba y lo divertía.

—Si… tuyo – le confirmé. Estaba feliz con que él no lo pusiera en duda.

—Esto es más de lo que me atreví a soñar – respondió.

—Jen… me has gustado desde que tenía dieciséis años – reconocí.

—¿Qué? – me miró confundido.

—Fue por tu culpa que se despertaron mis instintos más primitivos... Ese cuerpo tuyo, Jen. Este cuerpo tuyo… no estoy segura de cómo logré contenerme y no asaltarte sexualmente… - revelé mi verdad más grande. La verdad sobre cuánto en realidad lo deseaba.

Con decir esas palabras Jen permitió que me aproximara. Me acerqué a su boca, pero me detuve a medio camino. Si él quería lo mismo, que él hiciera el resto, y no tardó en comprender mis intenciones y nos besamos. Sólo nuestras bocas se encontraron y poco a poco nuestros cuerpos buscaron arrimarse y sólo una palabra venía a mi mente: ignición y con una necesidad apremiante porque ya no teníamos nada más que esperar, nada más que esconder, ya no había nada más que silenciar. Ya sabíamos lo que teníamos que saber respecto a cómo nos sentíamos uno por el otro. Jen trataba de no ser brusco pero le estaba costando trabajo. Apreciaba su esfuerzo, porque en ese minuto no lo quería rudo, quería darme el tiempo para vivir cada segundo de nuestra ¿cómo llamarle? ¿Reconciliación? ¿Aclaración? No me quitaba el sueño la respuesta, ni mucho menos las ganas. Él estaba impaciente y yo también, tengo que admitirlo, porque no nos dimos ni siquiera el tiempo para quitarnos la ropa y así, a medio vestir, en el sofá, en ese momento del día en que no sabes si es de mañana o ya es la tarde, él me penetró sin esperar más, sin un aviso previo y el gemido que le oí tan pronto se sintió rodeado por mi fue de gozo puro. A mí me quitó por unos instantes la respiración y la intensidad de su gemido hizo que me comenzara a excitar aún más. Comencé a moverme sobre él para sentirlo y busqué sentirme llena por él. Jen me embestía anhelando invadirme todo lo que se pudiera, adiviné su intención, porque era justamente lo que buscaba también. Dejé que él me guiara, y me quedé pasmada cuando después de que me había acostumbrado a sentirlo dentro de mi, se salió. Lo miré y él se levantó y tal cual, sin un ápice de vergüenza, me dijo que prefería que fuéramos a su habitación. Cuando llegamos y me acomodé en la cama él se colocó atrás de mí y me puso nerviosa, no podía verlo ¿y si él tenía otras intenciones? No me sentía preparada para eso, no aún al menos. Él hizo que me apoyara en mi costado y que flexionara mis piernas, él adoptó la misma posición y en algún momento él se quitó la camiseta que tenía puesta y pude sentir en mi espalda sus abdominales, y mientras pensaba en eso, él volvió a penetrarme. Esa posición me pareció extraña hasta que entendí qué era lo que él quería, con una mano manipulaba mis pechos a su voluntad y con la otra me estimulaba más al sur ¡Como si necesitara más incitación! A ese ritmo no iba a durar mucho. Jen estaba completamente dedicado a darme placer, no se detuvo cuando se percató que yo había alcanzado el primer orgasmo, pero si cambió de posición y me solicitó con indicaciones que me sentara sobre él, y lo hice. Con dedicados y estratégicos movimientos de mis caderas me empeñé en hacerlo sentir bien, pero estaba siendo yo la que estaba volviendo a acercarme al clímax, traté de sacar conclusiones de si él estaría cerca, pero cuando él comenzó a menear sus caderas, pidiéndome ir más rápido lo supe, él estaba cerca también. Me concentré en los últimos movimientos, giraba mis caderas gozando la expresión en su rostro… Sí yo definitivamente podía acostumbrarme a esto. Y lo sentí acabar muy violentamente dentro de mí y yo después de eso me acomodé en su pecho, para poder recuperar el aliento. Tras el ejercicio extenuante realizado comencé a sentirme somnolienta y con él haciéndome cariño en la espalda empecé a caer en el sopor del sueño.

Desperté desnuda y cubierta por la ropa de cama, pero no se veía a Jen cerca. La habitación estaba completamente ordenada. Ahora si se sentía como el lugar que conocía.

Quise levantarme pero Jen llegó antes de poder hacerlo y me exigió que me quedara en la cama. Él se había bañado y olía a ese shampoo que tanto me gustaba. Yo también quería un baño, pero él no me lo permitió.

—¡Pero huelo mal! – reclamé.

—Eso es imposible. No te moverás nunca más de esta cama, no busques excusas – contestó el.

Sonreí y él me abrazó. Era tan extraño y familiar a la vez…

—Hace un rato, si no estuviese embarazada, hubieses conseguido fecundar mi ovulo aunque no fuera un día fértil – le dije divertida.

El rostro de Jen se puso completamente rojo. Nunca había visto ese color en él. Me reí de él y de su absurda vergüenza.

—Tenemos que decirle a Shuichon y a nuestras familias – dijo él cambiando el tema bruscamente.

—Esperemos a que cumpla el primer trimestre, por favor – le pedí.

—¿Estás obsesionada con eso, no? – consultó él dudoso.

—Tengo miedo de estarme haciendo demasiadas expectativas – confesé.

—No tengas miedo, Ruki. Todo va a salir bien. Estamos juntos en esto – aclaró él – pero está bien. Vivamos esta relación por un mes en secreto… cuando Shuichon sepa que viene en camino su sobrino o sobrina se volverá loca.

—Y que lo digas.

Él sonrió y volvió a abrazarme. Jen se coló bajo las sábanas y nos volvimos a acurrucar. Si, nunca imaginé que mi deseo y amor por él, que tan joven descubrí, fuera a terminar así, después de tanto drama innecesario y que de hecho rendiría frutos a tan corto plazo. No había sido lo que había planeado, ni siquiera lo había pensado una vez, pero a este nuevo futuro yo le iba a dar la bienvenida muy dispuesta.

FIN


Gracias a quienes se tomaron el tiempo de leer esta historia que ha sido particularmente divertida para mi de escribir. Me encanta esta pareja.

Agradezco a quienes se tomaron el tiempo de dejar un review:

zebra magic: espero que estés bien, no he sabido de ti en un tiempo. Extraño tus reviews.

jen: si, quedaba un capítulo, este. Espero no haberme emocionado y haberlo hecho demasiado largo. Aunque me temo que si.

nadaoriginal: gracias por tus cumplidos y por tus reviews! Espero que este capítulo final sea de tu agrado.