Aqui les dejo el 3 capitulo de esta increible historia
Gracias por los Comentarios :)
La luz del sol trataba de filtrarse por las cortinas, pero era la débil luz de primera hora de la mañana, y el resplandor teñía la habitación de un color azul oscuro. Volví a cerrar los ojos y hundí la cabeza en la suave y blanda almohada. Me hice un ovillo aún más apretado bajo el grueso edredón.
Estaba calentita y cómoda. Y todo olía... Era algo entre cítrico y leñoso. Fuera lo que fuese, era un olor estupendo. Y estaba segura de que lo había olido antes...
De repente, ahogué un grito mientras me sentaba muy tiesa. Mi dormitorio no olía así. Y mi cama no era tan cómoda. Tampoco había cortinas azules en mi cuarto.
Entonces..., ¿dónde diablos estaba? Miré alrededor. Todo me resultaba más o menos familiar... Pero estaba segura de no haber estado allí nunca antes. Aparté el edredón y vi que llevaba puesta una camiseta de chico que me iba demasiado grande, una sencilla camiseta gris. Olía igual que la almohada. Seguía con la ropa interior; eso era buena señal. Salí de la cama con cuidado.
¿Qué diablos había ocurrido la noche anterior? Traté de recordar, pero me quedé a medias. Recordaba vagamente haber bailado sobre la mesa de billar. ¿De verdad había bebido tanto? Tenía un desagradable sabor de boca que hacía juego con mi intenso dolor de cabeza. Debía de haber vomitado. Recordaba que alguien me había apartado el cabello. Debía de haber sido Puck; él habría cuidado de mí. Pero ¿dónde estaba? Fui de puntillas hasta la puerta del cuarto y saqué la cabeza fuera. Casi grité de alivio al ver que estaba en casa de Puck y Santiago.
Debía de haberme quedado dormida en el cuarto de Santiago. En todos esos años nunca había entrado en su habitación.
Pero... ¿por qué estaba en la habitación de Santiago? ¿Por qué no en la de invitados? ¿O en la de Puck? Volví a la cama; la cabeza me latía con tanta fuerza que no creía poder aguantar derecha mucho más rato. Miré el despertador; sólo eran las ocho y media de la mañana. Con la esperanza de recuperarme de la resaca durmiendo, me acurruqué de nuevo bajo el edredón, aspirando el olor de Santiago.
Estaba justo a punto de sumirme de nuevo en la inconsciencia cuando la puerta giró lentamente con un crujir de bisagras. Al instante se me abrieron los ojos, y se encontraron con los de Santiago. Él estaba en la puerta, sólo con una toalla envuelta alrededor de las caderas, y el pecho y los abdominales aún salpicados de gotitas de agua, que también le caían del pelo. Alcé las cejas de golpe. Un número normal de abdominales. ¿Quién lo hubiera pensado? No pude evitar sonrojarme por cómo se me aceleraba el corazón sólo con que me mirara.
—Perdona —dijo él en voz baja—. No quería despertarte.
—No pasa nada —respondí con voz un tanto cascada. Carraspeé para aclararme la garganta, pero incluso ese ruido hizo que me doliera más la cabeza
—. Ya me había despertado.
—Vale. ¿Resaca?
Como respuesta, hice una mueca de dolor, y Santiago tuvo que contener la risa.
—No tienes ni idea. No sabía que había bebido tanto.
—Tomaste un montón de vodka, eso lo sé —explicó él mientras se sentaba en el borde de la cama. El corazón se me disparó. ¿No podría haberse puesto una camisa y unos pantalones antes de sentarse a hablar conmigo?
—¿Qué quieres decir con que eso lo sabes? ¿Cuándo me viste?
—Cuando estabas a punto de quitarte la ropa en la mesa de billar, delante de un montón de gente, para tirarte desnuda a la piscina —me informó como si nada, mientras me miraba de reojo con esos brillantes ojos cafés oscuros.
Me pregunté si llegaría a oír los latidos acelerados de mi corazón. Seguramente. Esperaba no estar sonrojándome aún más. Eso sería demasiado. Me quedé con la boca abierta cuando por fin capté lo que me decía.
—Oh, Dios. Dime que no lo hice.
—No, no lo hiciste. Pero tuve que sacarte de allí. Ahogué un grito, con las mejillas ardiendo; me cubrí el rostro con las manos y lo miré entre los dedos.
—No puedo creer que hiciera eso.
—Sí, bueno...
—Gracias por impedírmelo. Eso habría sido de lo más cortante, esta mañana.
—No me digas —replicó él, sonriendo con sarcasmo—.
—Y también vomitaste. Lo digo para que lo sepas.
—¿Qué? ¿Delante de toda la gente? «¡Oh, joder, esto se pone peor por momentos», pensé, avergonzada.
—No —contestó él. Al negar con la cabeza me alcanzaron algunas gotas
—. En mi cuarto de baño. Estaba tratando de que no quedaras como una idiota o te hicieras daño. Gemí, humillada.
—Perdona. Lo siento mucho, Santiago. No quería que te perdieras la fiesta... Él se encogió de hombros
—No pasa nada. No tiene importancia. Me burlé. —Seguro. Lo que tú digas. Creo que ambos sabemos que lo mejor de la noche no fue justamente que tuvieras que cuidarme.
—No fue tan malo —repuso él pasado un instante, y sonrió de nuevo. No era una sonrisa burlona. Era una sonrisa real y genuina que le dibujaba un hoyuelo en la mejilla izquierda y hacía que se le marcaran unas pequeñas arrugas en el rabillo de los ojos. Era contagiosa. Tuve que devolverle la sonrisa.
—Bueno, gracias, Santiago. —No pude evitar poner un énfasis burlón en su nombre.
—Cuando quieras, Britty.
Me alborotó el cabello, y cuando fui a apartarlo, de algún modo acabé cayéndome de la cama y arrastrándolo conmigo. Santiago pesaba mucho. No tenía ni un gramo de grasa inútil en el cuerpo, pero sí un montón de músculos. Y me estaba aplastando. Pero yo me había perdido en sus brillantes ojos. Él tampoco se apartó..., sólo me devolvió la mirada.
Antes de que aquello se convirtiera en todo un enfrentamiento de miradas, recuperé la voz.
—Santiago... —dije en un suspiro.
—¿Sí? —repuso con una voz igual de apagada.
—Me estás aplastando. Santiago parpadeó un par de veces, como si quisiera volver a la realidad.
—Oh, claro —dijo luego
—. Mierda. Perdona. Se puso en pie, sujetando la toalla que lo cubría. No sé qué habría hecho yo si se le hubiera caído. «¡No, Britt! ¡Nada de ir por ahí! ¡Calla! ¡Deja de pensar!» Me tendió la mano y me ayudó a ponerme en pie. La camiseta que llevaba me llegaba justo por debajo del culo, así que me sentí terriblemente cohibida.
—Hum. ¿Cuándo me cambié? —pregunté, mientras tiraba de la camiseta y miraba alrededor. Vi mi vestido doblado sobre una silla.
—Oh, volví para ver cómo estabas y te despertaste, y luego comenzaste a quitarte el vestido porque no querías arrugarlo, dijiste, así que te busqué una camiseta para que te la pusieras. Se encogió de hombros y se rascó la nuca un momento. Parpadeé. Mi cerebro, lento como un caracol, trataba de comprenderlo.
—Así que... me viste... en ropa interior... «Por favor, di que no; por favor, di que no; por favor...» Él hizo una mueca; estaba esforzándose mucho para no reírse.
—Eh... —Hostia.
Hundí el rostro entre las manos. —Pero aparté la mirada, lo juro.
—No te preocupes —dije, tratando de quitarle importancia, aunque lo cierto era que el pulso me rugía en los oídos. ¿El ligón apartando la mirada? Seguro.
—Puck está abajo preparando el desayuno, si te apetece... —me dijo. Las palabras le salían muy de prisa, como si estuviera tratando de cambiar de tema. En respuesta, mi estómago decidió rugir. Ambos nos echamos a reír.
—Increíble. Me dirigí hacia abajo después de cerrar la puerta del cuarto a mi espalda. Dejé escapar el aliento, que no sabía que estaba conteniendo, y me dejé caer contra la puerta.
—Oh, Dios —mascullé para mí. Creía que tenía totalmente superado lo de Santiago, pero después de esos cinco minutos, con él envuelto en una toalla y yo metida en su camiseta, y él cayéndose encima de mí...
¡El corazón no quería calmárseme! Era ridículo. Sabía que Santiago nunca me vería como algo más que la niña molesta que era la mejor amiga de su hermano. Para él yo no era más que eso. Estaba segura.
Pero aun así... De repente, me fui hacia atrás al ceder la puerta. Me caí de culo y parpadeé hacia Santiago, en lo alto, que se había puesto unos bóxers. Me eché a reír.
—¡Llevas bóxers de Superman! Él se miró, como si necesitara confirmarlo visualmente. Le aparecieron pompones rosas en las mejillas, y lo único que se me ocurrió pensar fue: «¡He hecho sonrojar a Santiago Lopez!».
Él sonreía con superioridad, como si no le importara, luego me guiñó un ojo.
—Ya sabes que los encuentras irresistibles, Britty —me dijo. «¿Resulta tan evidente?»
—Oh, sí, claro —me burlé—. Seguro que sí. Me puse en pie de nuevo y tiré de la camiseta todo lo abajo que pude. Aún sonriendo tontamente por haberlo hecho sonrojar, me dirigí hacia la cocina.
—Brittany, Brittany, Brittany —suspiró Puck cuando yo me dejé caer en una silla frente a la encimera—.
¿Qué voy a hacer contigo, mi amiga que quiere desnudarse y bañarse tal como llegó al mundo?
—¿Algo de desayunar? —repuse esperanzada.
Él se echó a reír, se volvió hacia la cocina y echó más beicon en la sartén.
—Lo que llego a hacer por ti...
