Capitulo 4!


Me pasé la mayor parte del día jugando a «Mario Kart» con Puck.

—La verdad es que me sorprende bastante que Santiago se ocupara de mí —admití a Puck. Él rió.

—No eres la única. Yo también lo estaría, de haber estado allí. Pero como me retuvieron...

—Sí, ya me has hablado de Verónica. ¿Besaste a alguna otra chica, o sólo a ésa? Más vale que vigiles, o acabarás siendo como tu hermano. Puck puso los ojos en blanco.

—... dice la stripper. Menudo par hacemos.

—Yo estaba borracha.

—Y yo también, un poco.

—Santiago no, al parecer.

—Creo que debía de estarlo, si te estaba cuidando así. Normalmente no es tan... bueno. Me eché a reír.

—Por decirlo suavemente.

—Sin duda. Eh, ahora quizá sea él quien se ha colgado. Le eché una mirada a Puck.

—No seas ridículo. Y hace años que he superado ese cuelgue, como bien sabes. Puck arrugó la nariz.

—De todas maneras, eso sería bien raro.

—Como quieras. —Le di un empujón, con lo que hice que su kart se saliera de rumbo y enviara a Yosi en picado catarata abajo mientras yo me ponía en cabeza con Luigi.

Llegué a casa a eso de las cinco: tenía que acabar los deberes. Había hecho que Puck me llevara a casa en coche, porque había tomado prestados unos vaqueros suyos y no quería que me vieran así en público. Corrí hacia la puerta mientras mi mejor amigo se reía de mí.

—¡Eh!

—¿Qué? —grité mientras me volvía hacia él. Me lanzó mi vestido, y yo lo cogí justo antes de que tocara el suelo.

—¡Nos vemos mañana!

—¡Adiós, Puck! Cerré la puerta.

—¿Brittany, eres tú? —oí al instante.

—¡Sí! ¡Hola, papá!

—Ven a la cocina un momento. Suspiré, preguntándome si me iba a caer un sermón o no. No me gustaba nada que mi padre se enfadara conmigo. Él estaba trabajando en su portátil sobre la mesa de la cocina, y oí a Brad con la Wii en el salón.

—Hola —dije, y puse en marcha la cafetera.

—Haz una taza para mí, ya que estás puesta —me pidió mi padre.

—Vale.

—¿Una buena fiesta? Asentí.

—Sí, fantástica.

—¿No te emborrachaste demasiado? ¿O hiciste algo demasiado tonto? —Me miró con severidad por encima de las gafas; estaba hablando de chicos. No estoy segura de por qué se molestaba. No era ningún secreto que nunca había tenido un novio ni había besado a ningún chico.

—Hum..., no me puse demasiado mal..., sólo un poco... contenta. Papá suspiró, se sacó las gafas y se frotó la mejilla.

—Brittany..., ya sabes lo que te he dicho sobre la bebida.

—No ha pasado nada, de verdad. Además, Puck y Santiago se ocuparon de mí.

—¿Santiago? Hasta mi padre estaba tan sorprendido como para olvidarse de lo de beber durante un momento.

—Sí, a mí también me pareció raro.

—Hum... Da igual; no cambies de tema, jovencita. Ya sabes lo que te dije sobre beber.

—Lo sé; lo siento.

—La próxima vez te quedarás castigada en casa todo un mes, ¿me has oído? Y no creas que no me enteraré.

—Mensaje recibido, alto y claro. No parecía convencido del todo, pero lo dejó pasar. Tampoco era que yo estuviera bebiendo una noche sí y otra también; sólo ocurría de vez en cuando.

—¿Ya habéis tenido Puck y tú alguna idea para vuestra caseta? Sólo faltan dos semanas para la feria.

—Sí. Vamos a montar una caseta de besos.

—Eso es... un poco raro. —Papá se echó a reír.

— ¿Estáis seguros de que os lo permitirán? Me encogí de hombros mientras servía dos tazones de café.

—No veo por qué no.

—Bueno, es mejor que tirar bolas a cocos —dijo él.

— En fin, escucha, necesito que te encargues de Brad mañana, ¿vale? Tengo que trabajar hasta tarde.

—Sí, claro. —Después de añadir una tonelada de leche a mi café, me lo bebí de un trago—. Voy a darme una ducha y a acabar los deberes.

—Vale. Cenaremos a las siete. Tenemos pastel de carne.

—Guay.

Odiaba los lunes. Eran una mierda. No había nada que salvara un lunes por la mañana. Siempre me ponía el despertador veinte minutos antes de lo necesario, porque odiaba tener que levantarme de la cama. Finalmente conseguí arrastrarme fuera y saqué los pantalones negros del armario. Nuestro instituto había sido construido como a principios del siglo XX o algo así, y por alguna estúpida razón habían mantenido la tradición del uniforme. No era el peor uniforme del mundo, pero me hubiera gustado no tener que llevar ninguno. Por si los lunes por la mañana no fueran ya lo suficientemente malos, el mío estaba a punto de volverse mucho peor aún.

¡Raaas! Me quedé inmóvil, con una pierna a medio introducir en el pantalón.Rápidamente, me lo saqué e inspeccioné el daño. La semana pasada había descubierto un agujerito minúsculo en la costura interior de la pernera derecha. Se acababa de convertir en una gran raja a lo largo de toda la pernera.

—Mierda —mascullé mientras tiraba los pantalones al suelo. Ni en mis mejores momentos era una gran costurera, y papá seguro que no iba a poder arreglármelos. Tendría que pedir unos nuevos online; calculaba que me llegarían el jueves. Pero, hasta entonces, tendría que ponerme la antigua falda. Odiaba la falda del uniforme. Para empezar, era plisada y a rayas azules y negras. Y había que llevarla con calcetines. Nada de medias. Nada de piernas al aire. Calcetines hasta la rodilla. Había algunas chicas a las que les quedaba bien, y yo había cedido y la había usado durante un tiempo el año anterior, hasta que decidí que no volvería a ponerme esa cosa. Pero no tenía alternativa. Y lo peor: era un poco demasiado corta para mí. Suspiré de nuevo. Tendría que apañarme con ella. No tenía más opciones. Rebusqué por un cajón hasta encontrar algunos de los calcetines que había comprado el año pasado para llevar con la falda.

Me miré en el espejo con una mueca de asco antes de bajar a desayunar. Brad se atragantó con sus cereales cuando entré en la cocina. Se echó a reír con tantas ganas que lo regó todo con Cheerios.

—¿Y qué diablos se supone que es eso?

—Brad, ese lenguaje —lo riñó papá. Luego se volvió para mirarme y alzó las cejas.

— ¿Eso no es un poco... inadecuado para el colegio, Britt? .Resoplé con el cejo fruncido. —Se me han roto los pantalones.

—¿Y cómo lo has hecho?

—Me olvidé de arreglar un agujero que tenían... No lo sé, se han roto. Papá suspiró.

—Tendrás que pedir unos nuevos. No tengo tiempo de ir a la tienda a comprártelos.

—Sí, ya lo sé.

Acababa de terminarme los cereales cuando oí a Puck fuera, tocando la bocina con impaciencia. Puse el cuenco en el fregadero y dije adiós. Corrí al coche y salté dentro antes de que alguien pudiera verme la falda.

—Llevas falda —comentó Puck.

—Muy agudo, Sherlock —mascullé.

— Déjalo y vámonos.

—¿Qué es lo que te tiene de tan buen humor? —bromeó.

—Se me han roto los pantalones.

—Creía que ibas a arreglarlos.

—Me olvidé.

—Estás bien, Britty, no te preocupes. La verdad es que deberías llevar falda más a menudo.

Le di una palmada, y él sonrió burlón mientras subía la radio. No tardamos en llegar al instituto, y me dije que tendría que aguantarme, así que, después de respirar hondo, salí del coche. Habíamos llegado más tarde que de costumbre, y la mayoría de la gente ya estaba allí. Cerré el coche de un portazo y fui a sentarme en el capó con Puck mientras un puñado de chicos se acercaban para saludarnos.

—Eh, estás guapa —dijo Karofsky guiñándome un ojo, fruncí entrecejo y me crucé de brazos.

—Cierra el pico.

—¿Qué? —protestó él, todo inocencia. Sabía que sólo estaba bromeando, pero yo no estaba de humor. Vi a Lisa y a May, de mi clase de química, unos cuantos coches más abajo y decidí ir a hablar con ellas. Alguien me dio una palmada en el culo al pasar, y me volví de golpe, furiosa. Era uno de los jugadores de fútbol, Tommy, que me sonreía burlón.

—¿Acabas de darme una palmada en el trasero? —pregunté, apretando los dientes.

—Igual sí.

—Eh, me perdí la fiesta el sábado —dijo uno de sus amigos, Jesse. Yo no lo conocía mucho, pero por lo que había visto, era un gilipollas arrogante. Como para demostrármelo, añadió.

—: ¿Me haces una repetición del espectáculo?. Unos cuantos chicos rieron y se burlaron, y Jesse comenzó a mover las caderas como si fuera a hacer un striptease. Hubiera sido divertido, pero yo estaba furiosa con él y con su carita de sobrado. Rechiné los dientes.

—¡Vamos, crece de una vez!. Jesse me cogió por la muñeca y tiró de mí hacia él. Probablemente creía que era muy gracioso, pero yo no. Me solté el brazo y lo miré furiosa.

—Eh, apártate —soltó Puck, acercándose.

—Oblígame —replicó Jesse, retándolo. Así que le di un puñetazo. Bueno, intenté hacerlo... Alguien me agarró el puño antes de que se estrellara en su cara. Me solté la mano, pero no antes de que otro puño chocara contra el rostro de Jesse. Luego, lo empujaron contra el viejo cuatro por cuatro que había junto a nosotros. Miré alrededor. Claro. Tenía que ser Santiago el que había intervenido.

—¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!. De repente, se juntó un montón de gente en medio del aparcamiento, todos chillando «¡Pelea! ¡Pelea!», o soltando los apropiados: «¡Ooh!» o «¡Ay, eso tiene que doler!», cuando correspondía. Y yo me hallaba en el ojo de la tormenta, paralizada, incapaz de moverme. Tardé un par de segundos en volver a la realidad. Corrí hacia delante y traté de apartar a Santiago de Jesse, que tenía el labio partido y sangraba. No podía haber estado más pálido ni queriendo.

—¡Santiago! —grité repetidamente, pero él no escuchaba. Todos los chicos chillaban y discutían, y en ese momento apareció un profesor para tratar de controlar y evaluar la situación, pero mi cerebro no captó nada de eso.

—¡Puck! —dije desesperada, tirándole del brazo.

— ¡Haz algo!

—¿Y qué crees que estoy haciendo? —me replicó con brusquedad.

— Nadie trata así a mi mejor amiga y se sale con la suya.

—Puck... —suspiré, derrotada, cuando él volvió a gritar y a empujar a la masa de chicos.

—Tío, si te gusta, toda tuya —se burló Tommy, dirigiéndose a Santiago.

— Pero estoy seguro de que hay suficiente para todos.

Esquivó otro puñetazo y miró a Santiago, desafiándolo a que siguiera. Pero yo me puse en medio, mirándolo furiosa.

—¿Qué acabas de decir?

—Ya me has oído —replicó él, guiñándome un ojo. Hice una mueca de asco.

—Tú te lo has buscado —rugió Santiago.

—¡Lopez! —gritó el profesor mientras se abría paso entre la multitud, que se dispersaba rápidamente. Todas las peleas se detuvieron, y Santiago sólo paró porque me puse delante de él y lo empujé por el pecho.

—¿De qué va esto? —quiso saber el profesor. Reconocí la voz del subdirectora Pillsbury.

—Sólo ha sido un malentendido —le dije.

—De verdad.

—Todos vosotros —repuso el profesor.

— Una semana de castigo. Santiago Lopez, Rogers, a mi despacho, ya. Tú también, Brittany. Me quedé boquiabierta.

—¿Qué he hecho yo? —exclamé.

—Nada, pero me gustaría hablar contigo. Suspiré tristemente, y de repente noté un brazo que me rodeaba. Puck.

—Gracias —dije por lo bajo.

— Pero no deberías haberte metido.

—Mierda, claro que sí. Nadie te trata así, Britty.

—Tú lo haces veinticuatro horas al día.

—Pero yo puedo. Somos amigos íntimos. Esos gilipollas... no pueden hablarte así y salirse con la suya.

—Bueno, gracias —repetí, mientras le daba un torpe abrazo de lado. Él me apretó también.

—¿Sabes? —me murmuró al oído.

—Estoy empezando a pensar que mi hermano mayor se ha colgado de ti, Britty. Solté un bufido burlón.

—Eso o es que quería pelea.

—Oh... Entonces, quizá haya sido sólo eso.

—Sin duda —insistí, y él se echó a reír. El timbre sonó justo cuando llegábamos al despacho de la subdirectora, y Puck suspiró.

—Tengo que ir a clase.

—Sí. Bueno, supongo que te veré luego.

—Sí. Buena suerte —añadió con expresión seria. Yo me eché a reír y lo despedí con la mano mientras él se alejaba. Luego me dejé caer en una silla. Alguien se sentó en la de al lado: Santiago. La subdirectora y Thomas(Tommy) entraron directos en el despacho. La puerta se cerró tras ellos con un siniestro clic.

—Gracias —dije en voz baja, después de unos minutos de silencio. Con el rabillo del ojo vi a Santiago sentarse derecho.

—Nadie puede tratar así a una chica y quedarse tan pancho. Sobre todo si tú eres la chica. Lo miré de reojo, sin volver la cabeza.

—Bueno, gracias. Pero no tenías por qué meterte. Quiero decir, podías haberme dejado que yo le soltara un puñetazo.

—Habría sido un buen puñetazo, eso seguro.

—¿Por qué me has parado? —pregunté, sin poder evitarlo. Él se encogió de hombros.

—Para serte sincero..., no lo sé.

—Y ya que estamos puestos, ¿por qué has querido intervenir? Puck, Karofsky y Azimio se hubieran arreglado.

—Quizá —repuso él.

—Estás esquivando la pregunta. Santiago sonrió malicioso.

—Sí, es verdad. Supongo... que no quería verte metida en una pelea, y no me gustó que te hablara así... —Dejó la frase a medias, y se pasó una mano por el cabello mientras el corazón me latía cada vez más rápido. Y entonces dijo las palabras que acabaron con la pequeña chispa de esperanza que había estado creciendo en mi interior. Las soltó todas de golpe:

—Supongo que es como si fueras mi hermana pequeña o algo así.

—Oh, claro —repuse, asintiendo con la cabeza.

— Claro. Él también asintió y luego sacudió la cabeza, como si estuviera tratando de aclarársela. Yo intentaba mantener una expresión neutra.

—¿Crees que te va a dar un buen castigo? —pregunté como de pasada, mientras fingía revisarme las uñas.

—No. Nunca me pasa. Y menos cuando descubran que estaba defendiendo tu honor —añadió con una sonrisita.

—Ja, ja —le solté, y puse los ojos en blanco.

— Lo decía en serio. Santiago negó con la cabeza.

—Nunca empiezo las peleas. Sólo las acabo. Ya sabes. Para defenderme.

—Pero no veo por qué yo tengo que estar aquí también.

—Oh, querrán un testigo, sólo para verificar lo que digamos y todo eso. Les gusta hacerlo así. Me eché a reír, mirando a Santiago y ladeando la cabeza. Nos quedamos en silencio durante un rato, pero era un silencio agradable y cómodo, lo que en realidad me sorprendió. Me di cuenta de que era el rato más largo que había pasado a solas con él en el último año, a no ser que contara la noche que no recuerdo porque estaba borracha.

—Buena suerte —le dije por lo bajo cuando llamaron a Santiago, después de salir Thomas. Él sólo sonrió antes de cerrar la puerta de la subdirectora. Entonces me quedé sin nada que hacer excepto tratar de conseguir cobertura de internet en mi móvil, lo que no resultaba fácil en el instituto.

—¿Brittany? —La subdirectora me llamó para que entrara. Suspiré, me puse en pie y entré en el despacho. Nunca había estado allí antes, sólo había pasado por delante; no era un sitio especialmente agradable, apestaba a normas y a castigos. Me preguntó por qué había empezado la pelea. Le conté la verdad: que unos idiotas se habían metido conmigo por algo estúpido que había hecho en una fiesta el sábado por la noche, y que me había sentido muy ofendida, así que los chicos se metieron y empezó la pelea.

—Ya veo... Gracias, Brittany.

—No he metido a nadie en un lío, ¿verdad? Quiero decir que nadie está herido o nada de eso... — dije, preocupada, mientras me ponía en pie y me colgaba la bolsa al hombro. La subdirectora me entregó el pase para entrar tarde en clase.

—No, sólo has confirmado sus versiones, eso es todo. No te preocupes, ¿de acuerdo? Y no te metas en líos. Asentí insegura.

—Vale...

—Ahora vete a clase.

Eso era lo que quería oír para largarme de allí, así que no me quedé ni un segundo más.