Bueno aquí esta por fine el capitulo 5 perdón por la tardanza pero la escuela es criminal!


Las bandejas del almuerzo resonaban a mi alrededor, y al alzar la mirada vi a un nutrido grupo de chicas de todos los cursos reunidas.

—Bien —dijo Elaine toda animada, mientras se sentaba ante mí con una enorme sonrisa.

— Cuéntanoslo todo.

—¿Sobre qué? —Fruncí el cejo, confusa, mientras dejaba el tenedor junto a mi plato de ensalada.

—¡Sobre Lopez, claro! —chilló Mercedes, y se inclinó hacia mí para oír mejor.

—. Lo queremos saber todo. ¿Estáis saliendo juntos o algo así? Me burlé.

—¡Qué va!

—Pero lo llamas Santiago —dijo una de las otras chicas, y al mirar vi a Harmony, que había bajado la voz hasta un susurro para decir su nombre, como si le diera miedo que él la oyera.

— No lo llamas Lopez. Me encogí de hombros.

—Siempre lo he hecho. Lo conozco de toda la vida. Esta mañana, incluso me ha dicho que yo era como su hermana pequeña. Sólo es un buen tío.

—¿Un buen tío que siempre se está peleando? —Sunshine alzó una escéptica ceja.

— Porfa... Te protege, siempre lo ha hecho. Entorné los ojos y noté que volvía a arrugar la frente.

—¿Qué quieres decir con que siempre me ha protegido? Las chicas se miraron las unas a las otras.

—¿Nos estás diciendo que no lo sabes? —me preguntó Tina finalmente.

—Es evidente que no —exclamé, y me fui sintiendo más perpleja a cada segundo que pasaba.

— ¿Qué es lo que no sé?

—Lopez siempre ha dicho a los chicos que te dejen en paz —me contó Mercedes en plan confidencial.

— Les ha dicho que si alguien te hace daño, lo lamentará. Parpadeé un par de veces, mirándola, y luego me eché a reír.

—Estás de broma, ¿verdad? Las chicas volvieron a mirarse, y me puse seria.

—¡Oh, vamos! —exclamé—. Mirad, sólo me protege como un hermano mayor. Eso es todo. Se miraron de nuevo, dudosas.

—Bueno, si estás totalmente segura... —dijo finalmente Elaine.

—Al cien por cien. Pregúntaselo a Puck si no me crees.

—Y hablando de él, ¿dónde está tu otra mitad? —inquirió Harmony.

—Tiene taller de carpintería —contesté

— Quería empezar ya con nuestro cartel; yo, por mi parte, quisiera comer algo.

—Pues muy bien —repuso Dani—. Eh, ¿has conseguido que Lopez esté en la caseta?

—No quiere. Lo he intentado, creedme, lo he intentado. Todas suspiraron.

—Ojala quisiera. Yo pagaría por entrar en esa caseta —dijo Sunshine, y nos hizo reír.

—¿Te ha dicho por qué no quiere? —preguntó Bree. Me encogí de hombros.

—La verdad es que no.

—Eh —exclamó Kitty de repente con un brillo en los ojos mientras miraba a Bree y luego a Becky y a Sugar.

— Quizá Lopez vaya a la caseta si no tiene que participar en ella. Al instante, todas chillaron excitadas. Y no podía culparlas.

—¡Oh, Dios! Britt, si no puedes convencerlo para que trabaje en la caseta, al menos convéncelo para que se pase. Yo dudé.

—No puedo prometer nada...

—Pero ¿lo intentarás? —insistió Becky. Oí sonar el móvil, y fui a sacármelo del bolsillo antes de recordar que no tenía bolsillos en esa maldita falda.

Suspiré y me agaché para coger la bolsa. «Pásate por el taller de carpintería, ¡necesito ayuda!», decía el mensaje de texto. Guardé otra vez el móvil, me puse en pie y cogí la bandeja.

—Tengo que ir a ayudar a Puck. Supongo que necesita el toque femenino. Las chicas rieron y me dijeron adiós.

—Oh, ¿Britt? Me volví.

—¿Sí?

—Pídeselo —me dijo Sugar clavándome la mirada. Reí por lo bajo y asentí, lo que hizo que todas chillaran. Luego asentí con la cabeza para mí. Y sí, la verdad, yo no era mucho mejor. Pero aun así, ya había superado mi cuelgue totalmente desde el momento en que me dijo que yo era como una hermana para él. Pero eso no lo hacía menos atractivo. Cuando llegué al taller, Puck estaba tamborileando con un lápiz, de lo más impaciente, contra una gran lámina de madera.

Al cabo de diez segundos ya me estaba volviendo loca... No pude culpar al señor Preston por dejar a Puck y buscar la paz en su despacho al fondo del taller.

—Eh —lo saludé, pero Puck no se fijó en mí hasta que me tuvo delante. Dejé caer la bolsa con estrépito y él se sobresaltó.

—Oh, no te he oído entrar —me dijo.

—Ya veo. ¿Y para qué me necesitas? Hizo un gesto para señalar la lámina de madera que tenía delante.

—¿Cómo de grandes hacemos las letras? Suspiré y luego me recogí el cabello en una coleta.

—Muy bien, chaval, pásame el lápiz. Dibujé las letras de CASETA DE BESOS sobre la gran lámina de madera.

—Pero no son totalmente iguales. Esta E es mucho más estrecha que esa otra. Y la T es la mitad que la S.

—Lo sé. Pero puedes volver sobre ellas y medir bien el tamaño. No importa si no son perfectas, con lo que tengo pensado.

—Cuenta, cuenta. Me mordí el labio, tratando de encontrar las palabras correctas para describir la imagen que tenía en la cabeza. No me resultó fácil.

—Bueno, cogemos la pared principal de la caseta y le clavamos las letras en ángulos raros, para que queden unas sobre otras, apuntando en todas direcciones, porque eso será más guay que sólo tener un soso «Caseta de besos». ¿Lo entiendes? .Puck asintió y miró la lámina. Casi podía oírlo uniendo las partes de mi idea en la cabeza.

—Ya pillo lo que quieres decir. Será guay.

—Lo sé —le repuse. Puck comenzó a dar más grosor a las líneas de las letras, midiéndolas para que estuvieran rectas y perfectas. Me senté en el banco frente a él, balanceando las piernas.

—Eh —dije—, ¿sabías que tu hermano ha estado diciendo a los chicos que no se me acerquen? Puck ni siquiera levantó la vista y sólo se encogió de hombros.

—Sí. Todo el mundo lo sabe.

—Excepto yo. ¿Cómo es que no lo sabía? Y, lo que es más importante, ¿por qué no me lo dijiste?

—No lo sé. Supuse que te lo habrías imaginado con los años. ¿Por qué crees que ningún chico te ha pedido para salir?

Pensé en eso durante un momento. Para ser sincera, nunca me lo había preguntado. No me había asustado pensando que yo debería de tener algo raro por el hecho de que todavía no tuviera novio. Tomé como normal que quizá yo era más «uno de los chicos» por eso de estar siempre con Puck, así que los tíos no me veían como una chica y no me pedían para salir.

—Ya sabes que tú eres el único para mí, Puck —bromeé. Él alzó la mirada y me guiñó un ojo, así que le lancé un beso. Ambos nos reímos y él siguió dibujando las letras.

—Pero, de verdad..., ¿ahora te acabas de enterar?

—Sí. Me lo ha dicho un grupo de las chicas porque querían saber todos los cotilleos sobre lo que ha pasado esta mañana. Aunque lo cierto es que no ha habido ningún cotilleo. Les he dicho que Santiago sólo me ve como a una hermana.

—Se está pasando un poco con el papel de hermano protector —admitió Puck.

— Pero, claro, yo hubiera hecho lo mismo. Sobre todo después de la manera en que esos tíos se han comportado esa mañana contigo...

—El lápiz se le rompió en la mano.

—Hey, cálmate —le recomendé con tranquilidad. Puck tiró las dos mitades y se sacó otro lápiz de detrás de la oreja.

—Perdona. Esta mañana me han cabreado de verdad.

—Y que lo digas.

—Bueno, en fin... Lo cierto es que Santiago tenía toda la razón al decirles a esos tíos que se mantuvieran lejos de ti. Eres tan confiada que en seguida te harían daño.

—¿Qué? —exclamé indignada.

— ¿Cómo que soy «tan confiada»? Puck volvió a encogerse de hombros.

—A veces eres demasiado amable, Britty. No en plan malo. Lo único que digo..., bueno, ya sabes, es casi seguro que te colarías por algún gilipollas que te haría daño.

—Oh —repliqué—. Ya veo.

—Sólo me preocupo por ti. Igual que Santiago.

—Bueno, pues supongo que tengo que daros las gracias, ¿no?

—Pues supongo que de nada, ¿no? —se burló Puck, riendo. Le disparé al brazo una goma elástica que había cogido de la mesa que tenía al lado. Él la apartó de un manotazo y siguió trabajando, mientras yo lo miraba y charlaba con él. Todavía me preguntaba por qué Santiago había ido tan lejos como para advertir a los tíos que me dejaran en paz. Y me di cuenta de que era increíblemente injusto. En dos meses cumpliría los diecisiete. Nunca me habían besado, nunca había tenido un novio, nunca había salido con un chico.

Era tan, tan desconsiderado por parte de Santiago... ¿Cómo se atrevía a meterse en mi vida de esa manera? Claro que me gustaba que se preocupara por mí, pero ¡no tenía que poner trabas a que los tíos salieran conmigo! Le pregunté a Puck qué era exactamente lo que había hecho Santiago para espantar a los tíos.

—Les dijo que si alguna vez hacían algo que te hiciera daño, tendrían que vérselas con él.

Suspiré para mí. Parecía evidente que Santiago me consideraba su hermana pequeña, vulnerable y demasiado confiada, pero no pude evitar desear que tuviera otras razones para lo que había hecho.


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