Aquí les traigo otro capitulo más!


Brad no era un niño de diez años al que resultara difícil hacerle de canguro. Sobre todo, se pasaba el rato con los videojuegos y gritándole a la tele. Lo único que yo tenía que hacer era darle la cena.

Luego, a las nueve y media, casi tenía que arrastrarlo escaleras arriba hasta que él gritaba: «¡Vale! ¡Ya me voy a la cama!». Suspiré, disfrutando del silencio, en cuanto él cerró de un portazo su dormitorio. Me tiré delante de la tele y finalmente me decidí por una peli gore con romanos, o gladiadores, o lo que fuera. Me estaba quedando dormida cuando sonó el móvil. Pegué tal bote que casi me caí del sofá.

—¿Hola? —mascullé al teléfono sin siquiera haber mirado quién llamaba. Yo sonaba como si estuviera loca, pero no me importaba. Quien estuviera al otro extremo tendría que aguantarse.

—Hum, ¿Britt?

—¿Sí? —repliqué irritada.

—Soy, eh..., soy Jesse. Escucha, no me cuelgues. Sólo quería disculparme por lo de esta mañana. Supongo que no pensé muy bien lo que decía. Así que... sí. Perdóname. Parpadeé unas cuantas veces para tratar de aclararme la cabeza. ¿Jesse? ¿Llamando para disculparse? No podía creérmelo. Aunque tal ver fuera porque sonaba como si estuviera tratando de contener la risa.

—¿Britt?... ¿Sigues ahí?

—S...sí —tartamudeé rápidamente

—. Perdona. Estoy... Es que tengo algo en el fuego..., un momento.

—¿Qué demonios? ¿Quién no presta atención a una llamada porque tiene el fuego puesto? ¿Y a las diez de la noche?

—. Es muy tarde, ¿sabes? —añadí rápidamente—. Quizá un poco demasiado tarde para disculpas.

—Lo sé, pero quería decirte que lo siento.

—Bueno, gracias —contesté bastante seca.

— Ahora tengo que colgar, Jesse, así que...

—Espera un momento.

—No quiero oírlo, sea lo que sea.

—Entonces, ¿no quieres cenar conmigo? —Por su tono satisfecho podía imaginarme la expresión petulante en su rostro. Me hizo rechinar los dientes

—. Dame una oportunidad para disculparme de verdad.

—No. Adiós. Colgué y tiré el móvil al sofá antes de que él pudiera soltar una sola sílaba más. Qué burro. «Y Puck diciendo que soy demasiado buena... ¡Ja!» Bufé un poco ante la idea, y me sentí bastante satisfecha conmigo misma por ser tan directa con Jesse, aunque no era en eso en lo que estaba pensando cuando subí arriba. Sólo me pasaba una cosa por la cabeza. Como era de esperar, se trataba de Santiago.

Por alguna razón, en lo único que podía pensar era en el domingo por la mañana, cuando nos caímos de la cama, la mirada en sus ojos; una mirada que recordaba perfectamente pero que no era capaz de interpretar, con las brillantes pupilas ensombrecidas y mirando directamente a las mías. Porque no se mira así a tu hermanita, ¿verdad? Estaba siendo ridícula: sólo eran mis pensamientos adormilados perdiéndose por el reino de los sueños. Pero me hizo pensar que, tal vez, había sido otra la razón por la que se había metido en la pelea. Me regañé a mí misma mientras los ojos se me cerraban.

—Eres una idiota, Britt —mascullé—. Una estúpida total...


Al día siguiente, el instituto no fue tan mal. Hubo un par de tíos haciendo jogging que silbaron e hicieron algún comentario en alto, pero no les presté ninguna atención. Y sólo se les oyó cuando a Santiago no se lo veía por ninguna parte. Puck hablaba entre dientes sobre ellos.

—Bueno —dije—, yo tengo un poco de culpa. Quiero decir, intenté desnudarme y bañarme a pelo... Puck me echó una mirada que hizo que me callara.

—¿Qué te dije ayer? Demasiado buena.

—¿Y cómo es eso de demasiado buena? —quise saber.

—No es muy propio de ti ir por ahí exhibiéndote así, ¿verdad? Eres decente. Un acto de borracho, y esos tíos estaban prácticamente desnudándote con los ojos. Suspiré.

—Anda ya. No estoy tan buena.

—¿Te has mirado en un espejo últimamente, señorita del sujetador copa C? —¡Puck! —grité, y le di una palmada en el brazo.

— ¡No digas eso en alto! Él se rió de mí y me pasó el brazo por los hombros.

—No puedo creer que ésta sea la misma chica que quería quitarse la ropa delante de un montón de tíos e irse a nadar desnuda...

—Cierra la boca.

—Perdona.

—Tenemos una reunión sobre la feria a la hora del almuerzo —le recordé cuando sonó el timbre. Mientras a mí me iba la química, Puck prefería la biología. Era la única asignatura que no hacíamos juntos.

—Sí, ya lo sé.

—Te veo luego.

—Adiós, Britt. Fui a sentarme en mi sitio habitual en el laboratorio de química, y entonces oí a alguien que me llamaba.

—¡Eh, Britt! Ven a sentarte conmigo.

Miré hacia atrás y vi a Artie ofreciéndome la silla que tenía al lado.

—Es hombre muerto —oí murmurar a Karofsky a mi espalda

—Y eso sin mencionar lo que Santiago le hará —añadió Mike, y ambos me sonrieron antes de sentarse. Yo sólo les devolví una mirada perpleja mientras pensaba: «Chicos».

—Hum... sí, claro —le contesté a Artie, y fui a sentarme a su lado. No lo conocía mucho, pero parecía un buen tipo. Llevaba el cabello teñido de castaño y un piercing en la lengua, y también era un pianista clásico increíble; lo había visto tocar una vez en un concierto del instituto.

—He oído lo de la pelea de ayer —dijo él como para darme conversación, mientras hacía garabatos en la esquina de su libro de texto—.

No puedo creer que te dijeran esas cosas.

—Oh, bueno, hum... —Reí, nerviosa, sin saber muy bien qué contestar a eso.

—¿Es cierto lo de que Puck y tú vais a montar una caseta de besos? —preguntó pasado un minuto

—. Para la Feria de Primavera. Asentí con una gran sonrisa, agradeciendo el cambio de tema.

—¡Sí! Guay, ¿no?

—Sí —respondió con una sonrisa

—. Entonces, ¿estarás trabajando allí? —Alzó las cejas; sus grandes ojos Azules brillaron simpáticos y tenía una sonrisa sugestiva en el rostro; aunque yo me di cuenta de que no era totalmente serio por la nota de risa en su voz.

—No —contesté riendo

—. No trabajaré allí.

—Una vergüenza. Esperaba no tener que hacer el ridículo aquí.

—¿Qué?

—¿Tú no querrías..., ya sabes..., hum, ir... —carraspeó para aclararse la garganta— a ver una peli, o algo..., conmigo..., alguna vez? Me entraron ganas de reír, pero sólo porque él estaba muy nervioso. Conseguí aguantármelas. En vez de reírme, lo miré con una sonrisa torcida.

—¿No te da miedo de que Santiago te parta el brazo o algo así? Artie se encogió de hombros.

—Creo que puedo arriesgarme por una chica tan bonita como tú.

—Bueno, si lo pones así —repuse sonriendo

— ¿por qué no? —¿De verdad? .Los ojos se le iluminaron.

—De verdad, sí.

—Guay. Bueno, llámame un día de éstos. Yo asentí. Y entonces me di cuenta... —No tengo tu número.

—Ven. —Sacó el capuchón del boli con los dientes, me cogió el brazo y me lo puso hacia arriba. Tuvo la habilidad suficiente para escribirme su número en vertical hasta el codo y al revés, eso tengo que admitirlo.

—Bastaba con que me lo pusieras en el móvil.

—Pero eso no tiene gracia. Me eché a reír. Mientras tanto, había entrado el profesor.

—Muy bien, callaos y sentaos. Hoy tenemos mucho trabajo. Abrid el libro por la página ciento treinta y siete. El último día estudiamos la producción de etanol, sus usos comerciales y sus implicaciones sociales...

—Sí —soltó uno de los chicos (creo que fue Finn) bromeando—.

¡Hacer que Britt se desnude! Me puse roja y le respondí.

—¿Y qué vas a saber tú? A esa hora ya te habías desmayado, Hudson.

—Muy buena. —Artie rió apreciativamente mi respuesta. Los otros comenzaron a abuchearlo, pero yo le sonreí. A Puck no le importaría que yo tuviera cita con Artie. Además, él conocía a Artie un poco mejor que yo. Era Santiago el que me preocupaba.

—Eh —me dijo Artie cuando sonó el timbre y yo estaba a punto de salir corriendo para la reunión sobre la feria.

—¿Sí? —pregunté.

—Llámame. —Y me guiñó un ojo, riendo. Le sonreí.

—Adiós, Artie. Llegué a la reunión al mismo tiempo que Puck.

—Eh, no adivinarías nunca lo que me acaba de pasar en clase de química.

—¿Te han pedido una cita? Mi sonrisa de satisfacción se convirtió en un puchero.

—¿Cómo lo sabes? —Karofsky me ha enviado un mensaje. Me decía que alguien se estaba jugando el cuello. Artie, ¿verdad?

—Sí —contesté con una gran sonrisa—. ¿No te puedes alegrar un poco por mí, Puck?

—Lo empujé del brazo, jugando—. ¡Tengo una cita! ¿No te alegras por mí? Puck rió.

—¡Claro que me alegro, Britty! —Me dio un abrazo, pero eso pudo haber sido sólo para que yo dejara de botar de un lado a otro de nervios

—. Artie es un buen tipo. Me pregunto qué dirá mi hermano cuando alguien se lo cuente. Me eché a reír.

—No te preocupes. Todo irá bien.

—Si tú lo dices...

—Bien, Puck y Britt —dijo Quinn, presidente de los alumnos, mientras daba por comenzada la reunión con una simple palmada. Se sentó a la cabecera de la mesa. A su lado estaba Gen, con el boli y el papel preparado para tomar notas y redactar el acta. Se tomaba su papel de secretaria del consejo de alumnos muy en serio. Todo el mudo miró a Quinn, y se hizo el silencio al instante

—. He oído que, por fin, tenéis una caseta.

—Sí —dijimos al unísono.

—Una caseta de besos.

—Así es —coreamos. Nos miró preocupado.

—¿No creéis que eso es un poco... arriesgado?

—¿Qué? ¿Por qué arriesgado? Pues decimos que no puedes venir a la caseta de los besos si tienes la gripe. No pasa nada.

—No, me refería... Bueno, ¿no creéis que es un poco cutre? —preguntó—.

Hay gente que no está muy contenta con la idea...

—Pero ¡ya hemos empezado el cartel! —gritó Puck, enfadado—.

¡Tenemos gente para que bese en la caseta de los besos! ¡A todo el mundo le encanta la idea! —Quinn —empecé con calma, mientras le daba un fuerte codazo a Puck

—. Nadie lo va a ver de esa manera. Además, montones de ferias tienen una caseta de besos. Siempre podemos poner un par de reglas. Como el límite de altura de la montaña rusa. Podemos poner un límite de edad, si eso es lo que te preocupa.

—Son un par de profesores los que no están contentos con la idea —contestó Quinn

—. Yo creo que es genial. Pero no estoy totalmente seguro de que...

—No pasará nada —le prometí con una gran sonrisa.

—Bueno, si lo tenéis todo arreglado, deberíais poneros en serio a trabajar en la caseta. La feria es el sábado de la semana que viene. Debe estar lista para el viernes.

—Sí, ya lo sabemos. Estará lista —contestó Puck. —Increíble. Continuemos: Kaitlin, ¿tienes el número de la empresa del algodón de azúcar?

—Recuérdame que le pida a tu hermano que se pase por la caseta —le susurré a Puck—. Las chicas no han parado de darme la lata con eso.

—Ya sabes que dirá que no.

—Sí, pero tengo que pedírselo de todas maneras.

—¿Qué es lo que te dije, Britty? —Puck sonrió, y me dio un toque en la nariz. Hice una mueca—. Eres demasiado buena.

Puck tenía que ir a la tienda a comprar un par de cosas para su madre, así que me dejó en la puerta de su casa, ya que íbamos a preparar una grabación de canciones para la caseta. Yo esperaba empezar antes buscando algunas canciones de amor, así que me fui para dentro. La puerta no estaba cerrada con llave. Vi el coche de Santiago, el que se había arreglado él mismo, en el camino de entrada.

—Mamá ha dicho que compres leche..., nos hemos quedado sin —le oí decir.

—Ya se ha ido —le contesté—. Soy yo. Entré en la cocina justo cuando Santiago salía de ella, directo contra mí, y me derramó un vaso de agua por encima de la blusa. Que estuviera helada sólo lo empeoró, y ahogué un grito mientras saltaba hacia atrás como un kilómetro.

—¡Santiago! —grité, estirándome la blusa, que se me pegaba al cuerpo. Para acabar de arreglarlo, ese día llevaba un sujetador rosa, porque tenía todos los blancos en la lavandería. «Con mi suerte...» Lo miré enfadada. Un músculo le tironeó en la mandíbula y juntó las cejas.

—¿Qué? ¿A qué viene esa cara? —pregunté mientras comenzaba a echar chispas. Como no decía nada, pasé como una furia ante él y entré en la cocina para beber algo.

—Eh, ¿qué tienes en el brazo? No le contesté.

—¿Es cierto que tienes una cita con un chico? Dejé el vaso vacío sobre la encimera.

—¡Joder, Santiago! ¿Qué te importa? Puck ya me ha dicho que soy demasiado buena, ¡no me hace falta que tú te metas también!

—No has respondido a mi pregunta.

—Tú tampoco a la mía.

—Yo he preguntado primero, Brittany. ¡Hostia! Había usado mi nombre completo. Huy, huy. Me di la vuelta para mirarlo.

—Sí, tengo una cita... con Artie. Es un buen chico.

—¿Un buen chico? —Santiago frunció aún más el cejo—. Britt, ¿hablas en serio? ¿Acaso lo conoces? Quiero decir, ¿lo conoces de verdad?

—Bueno, bueno, no de verdad. Pero para eso tengo una cita. Para conocerlo mejor. Eso es lo que la gente suele hacer, ¿no? Oh, espera..., no, perdona, tú no lo debes saber, señor ligón. Tú sólo te follas a las chicas y las abandonas a la mañana siguiente. Mientras sepas su nombre ya es suficiente.

Sí, me había cabreado de verdad. Por lo general, no me hubiera atrevido a decirle esas cosas, sobre todo porque no sabía si eran realmente ciertas. Pero Santiago me estaba haciendo hervir la sangre. Además, aún seguía cabreada con él por mantener a los chicos lejos de mí. Me dije que era la furia lo que me estaba acelerando el corazón de esa manera.

—Sólo quiere acostarse contigo.

—¡¿Desde cuándo?! —grité, alzando las manos

—. ¿Y cómo lo vas a saber tú? ¿Acaso lo conoces?

—Arthur Abrams. Concertista de piano. Hace algunos cursos de nivel avanzado. Parpadeé. Vale, quizá sí que lo conociera.

—Sí —repuso Santiago, muy satisfecho—. Sé de quién estoy hablando. ¿Y sabes algo más? Sólo quiere acostarse contigo, como los otros tíos.

—¿Me estás diciendo que no hay ni un chico respetable en el instituto que no quiera salir con una chica por algo más que sexo? ¿O quizá intentas decirme que sólo sirvo para eso? ¿De verdad no tengo ninguna personalidad, Santiago?

—No he dicho eso. Pero todos son iguales.

—¿Y cómo lo sabes? ¡Por tu culpa no he tenido ni una cita en toda mi vida! ¿Por qué has hecho una cosa así?

—Confías en la gente con mucha facilidad —me interrumpió—. Un chico sólo tendría que decirte que te quiere y no debería esperar mucho más. Lo miré furiosa.

—¿De verdad crees que soy así de fácil? Santiago me devolvió una mirada igual de furibunda antes de soltarle un puñetazo a la puerta de la cocina. Ésta se cerró con fuerza y rebotó en el marco. —Maldita sea, ¿es que no puedes escucharme aunque sea una sola vez en la vida? ¡Estoy tratando de protegerte!

—¡No necesito que me protejan! —le contesté, también gritando

—. ¿No puedes apartarte de mi vida? ¡Creo que podré arreglármelas en una cita, Santiago!

—¿Y cómo lo sabes? Los tíos siempre te están mirando y diciendo lo buena que estás, ¿o es que nunca te has dado cuenta? Si uno de esos idiotas cree que puede salir contigo y hacerte daño, pues se va a llevar una sorpresa.

—¡Déjame en paz! —grité de pura frustración.

—Acabarán haciéndote daño.

—No es cierto. Por si no lo has notado, ya soy mayor. Puedo cuidarme sola.

—¿Y por eso el sábado te querías desnudar delante de todos?

—¡Estaba borracha!

—¿Y quién tuvo que cuidar de ti? —replicó él.

—¡Yo no te lo pedí! ¡Ni te pedí que dijeras a los chicos que no se me acercaran! —Pasé como una furia ante él de nuevo, con la intención de encerrarme en el cuarto de Puck. Santiago me agarró por el brazo.

—¡Eh, aún no hemos acabado, Brittany! Me volví y le pegué un empujón en el pecho con todas mis fuerzas, aunque él ni se inmutó.

—¡Vaya! —gritó una voz nueva: Puck. Ambos miramos y lo vimos en la puerta

—. ¿Por qué os estáis matando? ¿Qué me he perdido? Ni Santiago ni yo contestamos; seguíamos mirándonos furiosos.

—Nada —respondí finalmente

—. Te veo arriba, Puck. Los oí a los dos hablar en voz baja en la cocina. Suspiré. ¡Santiago era tan... irritante! Claro que era increíblemente atractivo, pero, mierda, ¿por qué tenía que meterse en mis cosas? ¿Cómo podía dar por hecho de forma automática que era imposible que un chico quisiera salir conmigo porque yo le gustara de verdad? Me tiré en la cama de Lee y grité contra la almohada, para sacar toda la rabia.

Cuando Puck subió para preparar la música de la caseta ya me había calmado y estaba surfeando por su biblioteca de temas en iTunes.

—¿Ya has encontrado algo? —fue lo único que me preguntó. Por eso quiero tanto a Puck.

Esperó hasta que estuvimos atacando la comida china en el salón para hacerme preguntas.

—¿Qué ha pasado entre Santiago y tú?

—Le he gritado por ser tan excesivamente protector. Él me ha gritado diciéndome que sólo se preocupaba por mí. Yo le he gritado algo más. Y has llegado tú.

—Pero tiene buenas razones —repuso Puck con cautela, pasado un momento—. He intentado decirte...

—Sí, ya sé que lo has hecho, Puck. Pero eso es diferente, tú eres mi mejor sonrió a medias.

—Hum..., sí, pero..., pero Santiago tiene algo de razón. No todos esos tíos son buenos.

—Ya, pero..., pero no soy tan estúpida como para no saber eso.

—Sólo me preocupo por ti, Britty. —Me puso las manos en la rodilla y me sonrió. Cuando Puck lo decía así, era agradable. Cuando era Santiago quien lo decía, me ponía de los nervios.

—Ya sé que es eso. Es con Santiago con quien tengo el problema. Lo ha llevado al extremo. Puedo sobrevivir a una cita con Artie. Tú sabes cómo es Artie. No intentaría nada raro.

—Sí, ya lo sé.

—Pues Santiago parece que no lo sepa.

—Antes dabais miedo, ¿sabes? Lo digo en serio.

—Sí, ya lo sé. —Pero aun así tuve que tragarme una carcajada.

—Pero..., al menos, ten cuidado.

—Oh, por favor... Cientos de personas tienen citas, Puck. Tú tienes citas. No es que salgas y quieras liarte con la chica en la primera cita. Puck se rió levemente.

—A la tercera, con suerte.

—¿Y por eso Bree no quería ir al cine contigo? Puck rió de nuevo, porque sólo estábamos bromeando.

—Pero en serio, Britt —dijo cuando dejamos de bromear—, no queremos que te hagan daño.

—Lo sé.

—Ten cuidado.

—Lo tendré. Cálmate.

—¿Prometido?

—Prometido —contesté, enlazando los meñiques. La protección de Puck la podía aguantar.

En realidad me gustaba. No me importaba que Santiago fuera a actuar como el hermano mayor y ser también protector... pero lo que no me gustaba era que parecía oponerse a que yo tuviera citas. Qué estúpido.