Capitulo 8

Disfruten!


Le hice a Puck un resumen de la cita, y a cambio él me ofreció una sonrisa comprensiva.

—¿Querrás salir otra vez con él? No parece que te lo hayas pasado en grande...

—Bueno, la verdad es que no —murmuré mientras me quitaba un hilo inexistente de los vaqueros

—. Pero no lo sé. Seguramente habría dicho que sí si me lo hubiera pedido...

¡Ay! ¿A qué viene eso? —exclamé cuando Puck me dio una seca palmada en el muslo.

—Demasiado buena —me riñó.

— El chico te gustó sólo como amigo. Pero lo habrías animado a continuar sólo por ser buena.

—No lo habría animado. Sólo... le hubiera dado una segunda oportunidad. Tampoco es que la mayoría de la gente encuentre su alma gemela en la primera cita —dije muy segura.

Puck alzó una ceja.

— ¡No lo hubiera animado!

—Sí, lo habrías hecho. No intencionadamente, sino porque estarías siendo amable. Suspiré y me eché hacia atrás, tumbada sobre la hierba.

—¿Tan mal lo hago?

—No eres amable con Santiago.

—Sí, pero es Santiago. Gracias, por cierto —añadí sarcástica—, por avisarme de que me iba a llevar él.

—Oh, sí. Fue mi culpa. Pero ¡eh, no os matasteis!

—Estuve a punto, créeme. ¡Y la mirada que le echó a Artie cuando apareció! ¡Te juro que tu hermano es el cabrón más irritante de todo el planeta!

Puck se rió de mí. Miré ceñuda las nubes que pasaban en lo alto, algodón contra un azul brillante. Noté que la respiración se me iba calmando; mirar las nubes tenía algo de relajante.

—Lo siento —dijo Puck al cabo de un momento.

— Eres muy divertida cuando te enfadas.

—Vale.

—Por cierto, ¿te ha dicho algo Artie desde entonces?.

Eran las tres de la tarde del sábado. Y no, Artie no me había llamado ni enviado ningún mensaje, y algo me decía que él tampoco se lo había pasado muy bien en nuestra cita. —No —le respondí.

— Nada. Puck se encogió de hombros.

—No está interesado.

—¿Qué? ¿Cómo puedes saberlo? Quizá esté ocupado. O tal vez esté haciéndose el duro para atraerme. La sonrisa se le torció hacia un lado, compasiva.

—Lo siento, Britt, pero no está interesado. Créeme. Soy un chico, sé cómo funciona la población masculina cuando se trata de chicas.

—Vale —mascullé—. Quizá ya no esté interesado. Tal vez debería haberme aguantado y haberlo besado.

—Ves, ya lo estás haciendo otra vez —gruñó Puck—. No tenías ninguna obligación de besarlo. No hubo conexión, ¿y qué? Sigue adelante.

—No acabo de decidir si tu consejo me ayuda o no.

—No soy una chica. No me voy a quedar aquí sentado a diseccionar tu noche.

—Acabas de oírme a mí diseccionándola.

—Justo. Suspiré.

—Bueno, supongo que tienes razón. —Me incorporé tan bruscamente que la cabeza me dio vueltas

—. No le digas a tu hermano lo mal que me fue la cita con Artie, ¿vale?

—¿Y por qué iba a hacerlo?

—Por si pregunta. Dile que fue bien. Si tienes que decirle algo, dile simplemente que Artie y yo no acabamos de gustarnos. Pero no le digas que fue tan mal como te he contado.

—Vale... —repuso él, dubitativo, sin cuestionarme. No quería ni imaginar la cara de satisfacción que pondría Santiago si se enteraba de cómo había ido realmente mi cita con Artie. Fuera cual fuese la razón por la que no quería que yo saliera con chicos, Santiago lo estaba haciendo muy bien para mantenerme soltera. Suspiré en silencio y cerré los ojos; el sol me calentaba las mejillas. Noté que Puck se tumbaba a mi lado, y nos quedamos así, disfrutando del sol, demasiado satisfechos y relajados para decir nada.

Pasamos todo el fin de semana haciendo el vago. No nos molestamos en hacer mucho de nada. Vimos algunas pelis y nos tumbamos al sol, nos tiramos en bomba a la piscina de Puck e intentamos hacer algunos deberes (no llegamos muy lejos en eso).


Así que el lunes llegó mucho más de prisa de lo que me hubiera gustado. Tenía química a primera hora. Con Artie. Que no me había llamado ni enviado ningún mensaje en todo el fin de semana. No sabía si era mejor que no quisiera una segunda cita o si debía preocuparme porque yo no le gustaba.

Unas cuantas personas ya me habían enviado mensajes o hablado conmigo para preguntarme cómo había ido la cita. A todos les había contestado: «Bien». Y cuando me preguntaban si volvería a salir con él, decía: «No lo sé». Si me preguntaban si nos habíamos besado, tenía que decir: «No». Pero en ese momento tenía que enfrentarme a él, y no sabía cómo actuar. Sí, Artie era agradable y resultaba fácil hablar con él. Pero no me gustaba de otra forma. Era evidente que yo a él tampoco, ya que no me había llamado. Debería aliviarme que el sentimiento fuera mutuo; si no, se podría haber creado una situación difícil entre ambos, ¿no?

—¡Arg, no! —Al apartar la vista de mi taquilla vi a Karofsky caminando hacia mí.

—Ya vuelves a llevar pantalones. Echo de menos la falda. Estabas muy sexy.

—Muy gracioso.

—No trataba de ser gracioso —repuso él riendo. Puse los ojos en blanco y seguí intentando encontrar mis deberes de mates.

—Además, todo el mundo está hablando de tu gran cita con Artie...

—¿Por qué? No fue tan interesante, la verdad.

—Ya lo sé. Pero es el primer tío que te ha pedido para salir.

Me encogí de hombros y traté de no rechinar los dientes al recordar lo furiosa que me había puesto Santiago con todo el tema de no querer que me hicieran daño.

—Artie ha contado a todo el mundo que no quisiste besarlo.

—No fue eso... Espera, ¿se lo ha contado a todo el mundo? ¿De verdad ha dicho eso?

—Bueno, yo digo eso. Había un par de tíos que le han dado la lata preguntando, y le salió en seguida. Porque, ya sabes, tu cita fue toda una noticia. Así que... todo el mundo cree que no quisiste besarlo.

—Es que... yo qué sé...

—Eh, no tienes que justificarte —me dijo Karofsky con otra gran sonrisa—. Pero algunos van a hablar y a hacer preguntas, así que prepárate.

—Gracias por el aviso —mascullé.

—De nada. Y tenía razón; la gente no paraba de decirme: «¿Es verdad que no quisiste besar a Artie? ¿Por qué no lo besaste?». La primera vez me entró el pánico. No quería contar la verdadera razón, así que solté algo como: «No... no me encontraba muy bien. No sabía si tenía algo contagioso». ¡Vaya trola! Estaba segura de que todos lo sabían, pero si era así, nadie me lo demostró. Entré en clase de química y Artie ya estaba allí. Vacilé un momento, pensando si debía sentarme con él o no. Él me sonrió, así que lo hice.

—Hey —lo saludé con toda normalidad.

—Oye, si te encontrabas mal el viernes, deberías habérmelo dicho —comentó él.

—Lo sé, pero estaba bien y no quería cancelar la cita. —Intenté no balbucear demasiado—. Lo siento.

—No hay problema...

—Eh... bueno..., sí... —Carraspeé, y Artie rió nervioso.

—No quiero parecer un imbécil ni nada de eso..., pero estaba pensando y...

—¿Es mejor que seamos sólo amigos? —.Llené el espacio en blanco. Luego me arrepentí cuando me di cuenta de que quizá no fuera a decir eso. Oh, tío, ¿y si acababa de cavar mi propia tumba?

—Eeeh, sí —repuso él mientras me sonreía nervioso.

—No quisiera molestarte, pero parece que no acabó de haber... chispa.

—No me molesta —respondí, sonriendo

—. Pensé exactamente lo mismo. —Esperaba que mi alivio no fuera demasiado evidente—. Oye, ¿has hecho los deberes? No me ha salido la pregunta ocho. Y así, mi vida volvió a su (triste) cauce sin historias de amor.


Trabajábamos en el cartel para la caseta de besos. Cortamos las letras y Puck limó los bordes; sólo teníamos que pintarlas y luego clavarlas en la propia caseta. En mi casa teníamos algunas decoraciones y los pósters también estaban listos. Habíamos hecho un par de paneles con los precios.

—Durante toda la semana me han estado preguntando qué pasó entre Artie y tú —me dijo Puck. Fue después de clases, el miércoles por la tarde. Teníamos que darnos prisa para acabar de prepararlo todo y levantar la caseta el viernes.

—¿No habrás dicho nada demasiado incriminatorio?

—No les he contado la verdad, no —respondió, riendo, mientras mojaba el pincel en pintura rosa

—. Aunque no sé por qué has dicho que no te encontrabas bien.

—Era creíble —me defendí—. Fue lo primero que se me ocurrió.

—Supongo que sí. Pero hay un montón de chicos que creen que Santiago lo asustó.

—La verdad es que parecía bastante amenazador mientras yo esperaba a Artie —admití, y presioné mi esponja con pintalabios sobre una de las letras ya secas. Puck se encogió de hombros. Pasó un rato antes de que volviera a romper el silencio.

—Britty...

—¿Qué?

—¿Te asusta? Quiero decir..., sé que no es el increíble Hulk ni nada de eso, pero pierde los nervios con bastante facilidad.

—Él es así. He crecido con él cerca. No podría asustarme..., pero sé que... intimida.

—Supongo —reconoció Puck asintiendo. De repente dejó caer el pincel en el bote, salpicándome de pintura rosa pastel la cara, la blusa, la corbata, el pelo...

—¡Puck! —grité.

—¡Perdona! Cogí un pincel y lo hundí en el bote de pintura negra, dispuesta a salpicar a Puck. Pero algo frío y húmedo aterrizó en mi cara y en mi cuello cuando él me salpicó de nuevo. Pegué tal salto que se me cayó el pincel, pintándome una raya por delante. Puck rebufó antes de caerse de risa. Yo lo miré enfurecida, esperando a que parara.

—¡No tiene gracia, Puck!

—¡Sí que la tiene! ¡De...deberías ha...haberte visto la...la cara! —Se estaba sujetando el costado. Lo miré furiosa y agarré mi bolsa.

—¿A...adónde vas?

—Al vestuario, a quitarme esta mierda de la cara —repliqué furiosa—. ¡Y para de reír!

—¡No puedo evitarlo! —jadeó él, doblado por la mitad—. ¡Tu cara!

Salí hecha una furia dando un portazo. Creía que tenía una blusa de recambio en la taquilla. Íbamos a salir a comer una hamburguesa después, y yo no quería ir pareciendo un Picasso. Siempre había pensado que el vestuario del instituto era muy raro: un gran corredor común, con notas y cosas pegadas, que llevaba a la «sala de fitness», con las máquinas, las pesas y los campos en el exterior. El vestuario de las chicas estaba a la izquierda; los chicos lo tenían a la derecha. Justo cuando entré en el pasillo, el equipo de fútbol al completo cruzó la puerta. Ya me había quitado la corbata y desabrochado otro botón; no me había parado a pensar que igual no estaba sola. Los chicos ralentizaron la marcha al verme, y yo me quedé clavada en el sitio. Y luego empezó la risa; al parecer, todos me encontraban muy divertida.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Jason, que se mordía el labio para contener la risa.

—Estábamos pintando el cartel de la caseta —expliqué—. Puck tenía un bote de pintura. ¿Tengo que explicar algo más? Él negó con la cabeza. La mayoría de los chicos entraron en su vestuario sin parar de reír y sin dejar de mirarme. Pillé a un par de ellos observando desvergonzadamente mi blusa a medio desabrochar, y crucé los brazos sobre el pecho.

—Ah, vamos —exclamé, y di una vuelta sobre mí misma sonriéndoles. Prefería tomármelo a broma que mostrarme avergonzada—. ¿Tan mal me sienta?

—Bueno, yo pagaría para verte en una galería de arte —contestó uno de los chicos, riendo. Puse los ojos en blanco y me fui por el pasillo hacia el vestuario de las chicas, despidiéndome por encima del hombro. Una mano me cogió del brazo, haciendo que me tambaleara hacia atrás, y luego me hizo recuperar el equilibrio antes de que me cayera. Me volví para ver quién era. Se me borró la sonrisa del rostro.

—Oh.

—¿Qué estás haciendo? —siseó Santiago—. No puedes ir por ahí medio desnuda, Britt.

—Iré por ahí como me dé la gana, gracias —repliqué mientras me soltaba el brazo—. No pasa nada. No es como si estuviera dando saltos en ropa interior, por el amor de Dios.

—Sí, pero aun así... —Me recorrió con la mirada, y luego me clavó los ojos muy serio.

—¡Déjame en paz de una vez! —exclamé, mirándolo furiosa—. De verdad, ya es bastante malo que seas tan protector, así que no hace falta llevarlo hasta ese punto.

—¿Y qué pasó entre Artie y tú? Sé seguro que todo eso de «encontrarte mal» es una mentira. Lo miré boquiabierta. ¿Me estaba chantajeando?

—No se lo has dicho a nadie, ¿verdad? Santiago sonrió de medio lado y me lanzó una mirada paternalista.

—Yo no cotilleo. Y no, no se lo he dicho a nadie. Porque he supuesto que tendrías una buena razón. Así que dime qué pasó. Me encogí de hombros.

—Nada.

—Es evidente que pasó algo; te conozco lo suficiente para saber cuándo mientes. Así que dime la verdad.

Me mordí el interior de la mejilla mientras debatía en mi interior si explicárselo a Santiago o simplemente decirle que no metiera las narices en mis asuntos. Pero se me ocurrió pensar que si no se lo explicaba, él llegaría a la estúpida conclusión de que Artie se había pasado de la raya. Mientras estaba considerando esto, no pude evitar notar lo bueno que estaba Santiago vestido para jugar al fútbol americano, con las grandes hombreras y el casco bajo el brazo. Tenía el cabello un poco húmedo de sudor y estaba..., ¡buf! Antes de que se fijara en que lo estaba observando, conseguí responderle.

—Al final de la noche iba a besarme, pero yo lo besé en la mejilla. Artie no intentó nada y era una situación totalmente normal. Yo quedé como una tonta al volver la cara. No pasó nada, pero la cosa se ha ido inflando. Es de lo más incómodo. Él me escrutó el rostro un momento.

—¿Fue así? ¿Estás segura?

Tuve la sensación de que estaba conteniendo la risa. Resoplé, a punto de patear el suelo.

—Sí, claro. Totalmente segura. ¿Por qué siempre tienes que ser tan melodramático? Tampoco es que ningún chico de este instituto vaya a obligarme a hacer algo que yo no quiera hacer.

Santiago alzó una ceja, como para decir que yo era demasiado ingenua. Me encogí de hombros, pasando de él.

—Y ahora, ¿puedo ir a lavarme esta mierda de pintura o la Inquisición tiene alguna estúpida pregunta más? Él sonrió.

—Parece que alguien está de mal humor.

—¡Estoy cubierta de pintura y tú me estás sometiendo a un tercer grado por nada! ¡Claro que no estoy de buen humor! Me marché hacia los vestuarios, rabiosa.

Pero cuando me vi en el espejo... incluso yo tuve que reír. ¡Estaba hecha un asco! Tenía gotitas de pintura por todo el pelo, la cara manchada, y me había chorreado por el cuello, la blusa parecía a topos... Pero ya no fue tan divertido cuando la pintura se negó a desaparecer. O cuando descubrí que no tenía ropa de recambio en la taquilla. Después de unos diez minutos de frotar sin descanso, conseguí quitarme parte de la pintura del pelo y casi toda la de la cara. Se me había colado por debajo de la blusa, así que estaba en pantalones y sujetador cuando se abrió la puerta. Pensando que sería Puck, no me volví.

—¡Eh, Britt! Puck dice que se va a comer algo con los chicos, pero si quieres que te lleve a casa... — Santiago se quedó a media frase cuando me vio allí de pie. Me quedé paralizada, parpadeando hacia mi imagen en el espejo. Una oleada de calor subió hasta mis mejillas y volví la cabeza, esperando no estar sonrojándome tanto como mi reflejo.

—¿Qué? —le solté de malos modos.

—Nada.

—No... ¿qué estás diciendo?

—Oh. Oh, claro, sí, bueno, esto... Puck se marcha a comer algo con los chicos, pero ha dicho que si quieres ir directa a casa, que te lleve yo. Y teniendo en cuenta que todavía pareces una obra de Picasso... Miré las gotas de pintura rosa que tenía por toda la clavícula y me eché a reír, para tratar de disimular la incomodidad de que él me viera en sujetador. Me había visto en bikini antes, pero eso parecía... diferente.

—Vale. Dile a Puck que se marche si quiere.

—Claro. ¿Cuánto vas a tardar? Me encogí de hombros.

—No lo sé. Como me vas a llevar a casa, me puedo duchar allí, así que... —Me puse la blusa húmeda y la abotoné a toda prisa; luego me colgué la bolsa al hombro

—. Vamos. No tenía demasiadas ganas de estar en el coche con Santiago; más o menos me esperaba un sermón o algo así.

—¿Cómo va la caseta? —preguntó para iniciar una conversación mientras cruzábamos el aparcamiento. Lo miré insegura; él me pilló mirándolo y se encogió un poco de hombros

—. ¿Qué? ¿No puedo hablar contigo? Mi única respuesta fue alzar las cejas en un gesto de escepticismo. Volvió a encogerse de hombros.

—Como quieras. Pero ¿me vas a contestar o no? Suspiré y cerré los ojos con fuerza durante un segundo. Tenía la sensación de que debería estar furiosa con él, pero no conseguí encontrar una razón legítima para estarlo. Supongo que Santiago ejercía un extraño efecto sobre mí. Aunque si era un efecto bueno o malo, aún no lo había descubierto.

—La caseta va bien. Aún tenemos cosas que hacer antes del viernes, pero nos las arreglaremos, siempre que Puck no decida pintarme a mí en vez de las letras.

—Bueno, no te negaré que parecías toda una obra impresionista. Me detuve de golpe, y Santiago tuvo que pararse unos cuantos pasos por delante cuando se dio cuenta de que no seguía a su lado. Lo miré alzando las cejas.

—¿Qué? —preguntó.

—Creo que eso era un cumplido. Santiago Lopez acaba de hacerme un cumplido. Rápido, que alguien llame a la prensa. Él soltó una carcajada sarcástica, pero vi el brillo en sus ojos. Le devolví una sonrisa igual y seguí caminando junto a él.

—¿Vas a ir a la feria? —le pregunté.

—Sí. Tengo que ir, más o menos. Es una de esas cosas que todos los profesores te «animan» a hacer para mostrar espíritu de grupo y tonterías de ésas.

—¿Piensas pasarte por la caseta de los besos? Me miró alzando una ceja, con una fea expresión en el rostro.

—¿Por qué lo preguntas, Britty?

—Todas las chicas, sobre todo las que trabajarán en la caseta, me han pedido que te convenza para que lo hagas. La oportunidad de besar a Santiago Lopez es una idea de lo más excitante para algunas. La sonrisa irónica se amplió.

—Ah. Entonces, ¿no me lo pides por ti? «En sueños.»

—No, claro que no.

—Bueno, no te prometo nada. Y si te vuelven a preguntar, puedes decir que tal vez me pase. Y conociéndome, te lo volverán a preguntar.

—¡Eres tan presuntuoso! —mascullé, negando con la cabeza. Me detuve, buscando su coche. Él tenía unas llaves en la mano, pero yo no veía el coche por ahí.

—¿Dónde está tu coche? —pregunté mientras lo seguía.

—Hoy no lo he traído.

—Entonces..., ¿cómo has venido?

—En la moto. Gruñí y me fui quedando atrás, luego me detuve del todo al ver la bonita moto roja y negra que él había creado a partir de un trozo de chatarra que había estado oxidándose en su cobertizo.

Era una pasada. No me malinterpretéis, pero nunca había subido en moto; me acojonaba con sólo pensar en ello. Y allí estaba yo, sin más alternativa que subir a esa trampa mortal con dos ruedas. Y con Santiago, para acabar de redondearlo.

—Si muero, será por tu culpa.

—No vas a morir, Britt. Toma. Hasta puedes ponerte el casco.

—¿Sólo tienes un casco? Pero entonces..., ¿y si...?

—No me pasará nada —me interrumpió.

— Aún no he tenido ningún accidente con ella. —Palmeó el manillar con firmeza, como para mostrarme lo sólida que era.

—Pero ¿y si te caes? ¿Y si chocas? ¡Hay una razón por la que se supone que debes llevar el casco! ¿Acaso tienes ganas de suicidarte? —La voz se me fue volviendo más histérica con cada sílaba. Todo el rato tenía los ojos clavados en la moto. A cada segundo que pasaba me parecía más monstruosa y amenazadora.

—¿Estás preocupada por mí, Britty? —se burló Santiago. Entrecerré los ojos. Él me sonreía irónico, con los ojos brillantes, mientras se iba pasando el casco de una mano a la otra. Se lo cogí.

—No te asustes por la moto —dijo mientras le daba una palmaditas como si fuera un perrito encantador.

— No te va a morder.

—Quizá ella no, pero tú podrías —mascullé para mí. Pero él me oyó y se rió. Dejó su bolsa en un hueco bajo el sillín y luego metió la mía. Me encajé el casco en la cabeza y apreté los dientes. No tenía ningunas ganas de hacer eso... Pero no tenía elección. Tenía que llegar a casa de alguna manera antes de reunirme con Puck y los chicos. Aunque casi hubiera preferido ir toda manchada de pintura que subir en la moto con Santiago. Me peleé con el cierre.

El casco me quedaba enorme y no podía ver qué estaba haciendo. Olía como a cítricos. Como la almohada de Santiago. Era un olor agradable. Obligué a mis pensamientos a ocuparse de lo que tenía entre manos: ponerme el casco para reducir las posibilidades de morir.

—Déjame... —Las manos de Santiago pasaron sobre las mías y me abrocharon el casco. Las yemas de sus dedos me hicieron sentir un cosquilleo en la nuca, y por alguna razón me estremecí. Raro... Me sacudí para quitarme esa sensación y la atribuí al temor que me producía tener que subir a ese supuesto vehículo.

—¡No pongas esa cara de miedo! —Me sonrió, otra sonrisa auténtica, que mostró su hoyuelo. Hizo que el corazón me diera una voltereta. Me encantaba ver esa sonrisa. Él se subió a la moto y yo me puse detrás con mucha cautela. «Por suerte no voy con falda», fue todo lo que se me ocurrió pensar. Santiago llevó las manos hacia atrás y encontró las mías; hizo que le rodeara la cintura con los brazos. Me tensé un poco.

—Tú relájate, Britt —me dijo. Con una pequeña sacudida, la moto se despertó rugiendo y luego ronroneó debajo de mí. Aún no nos habíamos movido ni medio centímetro, pero le apreté con fuerza la cintura y me acerqué a él todo lo que pude.

El corazón me golpeaba en el pecho, aterrado. Lo oí reír por encima del estruendo de la sangre en mis oídos y el rugido amenazador del motor. Y nos pusimos en marcha. Quería gritarle y chillar: «¡Más despacio! ¡Nos vamos a matar!». Pero cuando abrí la boca, cualquier sonido que pudiera haber emitido lo atrapaba el viento que nos golpeaba. Íbamos a toda velocidad por las calles, pasando entre el tráfico y adelantando a la cola de coches y camiones.

El cabello se me salió del casco y la blusa se me pegó al cuerpo. No podía oír nada excepto la sangre en mis oídos, el rugido de la moto y el viento. Cuando Santiago hizo girar la moto y se detuvo de repente, aunque con suavidad, delante de mi casa, no me pude mover. Aún tenía los brazos rodeando con fuerza su torneado estómago. Las piernas tan cerca de las suyas como era posible.

Lentamente, Santiago me fue soltando los brazos, y eso me hizo volver a la vida. Bajé de la moto, con las piernas tan inestables que a su lado la gelatina hubiera parecido firme; traté de sacarme el casco con manos temblorosas. Santiago lo desabrochó por mí con un fácil gesto y me lo quitó de la cabeza.

—Tienes el cabello de punta —me dijo, y fue a alborotármelo. Lo miré frunciendo el cejo e intenté alisarlo con mis aún temblorosas manos, lo que resultó imposible. Parecía un nido de pájaros. Tardaría horas en deshacer todos los enredos. Y los restos de pintura que no me había limpiado no iban a ayudar.

—Oh, vamos —exclamó él mientras se apoyaba desenfadadamente en la moto—. No me digas que no te ha gustado.

—Lo odio —le dije con toda sinceridad.

—¿No te ha gustado el viento en el cabello, la libertad, la pura velocidad? Negué con la cabeza.

—Para nada. Lo odio.

—¿Incluso el acurrucarte contra mí? —preguntó con una sonrisita petulante—. No me digas que no te ha gustado eso.

—Santiago, esto ha sido lo más terrorífico que he hecho en toda mi vida. No me importa lo bueno que estés; lo he pasado mal cada segundo que ha durado.

—¿Crees que estoy bueno? —La sonrisita se hizo más amplia y yo comencé a notar calor en las mejillas.

—¡Oh, cierra el pico! ¡Como si no supieras que lo estás!

—Cierto. Pero me gusta oírte admitirlo.

—Pero qué imbécil eres, ¿lo sabías? Y nunca en toda mi vida volveré a subirme a esa moto.

—Pero soy un imbécil que está bueno, ¿no? Lo miré furiosa.

—Calla de una vez. Y saca mi bolsa. Por favor —añadí. Él puso los ojos en blanco, pero me entregó la bolsa.

—Gracias —le dije muy seca, y me fui hacia la puerta.

—Eh, Britt.

—¿Qué? —Suspiré y me volví para mirarlo, exasperada.

—Tienes un poco de pintura... Aquí. —Se rozó el lado de la cara para mostrármelo, con una enorme sonrisa petulante en el rostro. Lo miré furiosa y cerré de un portazo.


—¿Britt? ¿Eres tú? —preguntó papá. Salió de la cocina y se sobresaltó.

— ¿Qué ha pasado?

—Más vale que no te lo cuente.


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