Capitulo 11!


Llegó el lunes, demasiado pronto. Estaba preparada para contarles a las chicas mi beso con Santiago, porque sabía que querrían hasta el último detalle. Estaba lista para las miradas de celos que recibiría.

También estaba dispuesta a negar cualquier suposición que se pudiera hacer sobre que él y yo fuéramos a liarnos. Tanto Santiago como yo habíamos estado demasiado ocupados el día anterior como para vernos, pero nos habíamos enviado mensajes de texto. Aún me sentía increíblemente ligera y chispeante por dentro al recordar su último mensaje, cuando le escribí que me iba a dormir: «Dulces sueños».

Era muy poco de Santiago, pero aun así me gustó. Un coche se detuvo frente a mi casa, así que bajé corriendo y grité despidiéndome.

—Hola —le dije a Puck sonriendo mientras me subía al coche.

—¡Hola! ¿Por qué estás tan contenta? Pensaba que estarías temiendo ir a clase, después de todo el asunto de la caseta de los besos. Me encogí de hombros.

—No lo sé. ¿Por qué no puedo estar de buen humor?

—Bueno, para empezar es lunes. Y además, las mañanas no son lo tuyo. Créeme, lo sé. Volví a encogerme de hombros.

—No te quejes. Estoy de buen humor, dejémoslo así. Puck se echó a reír.

—Vale, entonces... Llegamos al instituto, y casi no había bajado del coche cuando me vi rodeada de chillidos y preguntas. Parecía que cada una de las chicas quería que le describiera el beso.

—¡Dejadle un poco de espacio, chicas! —oí decir a Puck, riendo.

—Ooh, eres tan afortunada. Ojalá hubiera estado allí. Habría matado por besar a López. No puedo creer que te rajaras, Bree.

—No te culpo. ¡Debió de ser acojonante cuando te diste cuenta de que tendrías que besar a López!

—Ojalá hubiera sido yo.

—No puedo creer que López te besara.

—¿Y no es muy raro, con Puck?

—No —repliqué molesta—. ¡Claro que no! Puck es mi mejor amigo.

—Sí, pero es con su hermano con quien te besaste. Y yo lo vi; no fue un besito rápido —añadió Dani, subiendo y bajando las cejas sugestivamente.

—Sí, pero es Puck.

—¿Has hablado con López desde entonces?

—¿Te gusta, Britt? —De repente tenía a Tina pegada a la cara—. ¿No estás colada por él?

—Y a mí que me cuesta formar una frase entera cuando lo tengo cerca —rió alguien más. —¡No eres la única!

—Britt es la única chica que puede hablar con él.

—No sé cómo logras comportarte tan normal con él —dijo Sunshine. Me encogí de hombros.

—Nos hemos criado juntos, porque yo siempre estaba con Puck.

Y no sé, Tina —contesté, volviéndome hacia ella—, sólo es Santiago.

—¿Sólo Santiago? —gritaron todas, asombradas. Me mordí las mejillas por dentro. Lo cierto era que tenía que empezar a pensar antes de soltar cosas como ésa

—. ¡Estamos hablando de López! ¿Cómo puedes decir algo así?

—Mirad, voy a hablar con los chicos. Besé a Santiago; sí, fue fantástico, pero ¿no podríamos pasar a otra cosa? Estoy bastante harta de hablar de eso. Me sentí mal, e intenté cruzar el aparMikeiento sin que se me notara demasiado enfadada. Cuando finalmente me reuní con Puck y los otros chicos, dejé escapar una gran suspiro de alivio.

—Eso parecía divertido —dijo Puck como si nada. Le solté un codazo en las costillas.

—¡Oh, Dios mío, cuéntanoslo todo! ¡Oh, Dios mío! ¡No pudo creer que te besaras con López! Es como..., ¡oh, Dios mío! —soltó Mike con voz de falsete. Los chicos se partían de risa y yo puse los ojos en blanco.

—No empieces. Por favor, te lo ruego.

—No te preocupes, no te vamos a preguntar nada —terció Karofsky—. Pero, de verdad, ¿no estáis saliendo?

—¡No! Asintió con la cabeza. —Guay.

—¿Por qué?... ¿Estás interesado? —Agité las pestañas en plan coqueta.

—Quizá —bromeó él. Y luego añadió—: No, sólo... Ya sabes, rumores.

—Ya se lo explicaré a Santiago la próxima vez que lo vea —dije toda seria, y los chicos se echaron a reír mientras empujaban a Karofsky en broma

—. Ten una ambulancia cerca.

—Touché.

—¡Oh, eh! —exclamó Warren de repente—. Me olvidaba. Mis padres no estarán el próximo viernes, así que ya sabéis qué significa eso, ¿vale?

—¡Fiesta en casa! —gritó Puck, mientras le chocaba los cinco

—. Fantástico.

—Pero no vayáis diciéndolo por ahí. No quiero que la cosa se desmadre.

—Claro, ningún problema —asintieron todos.

—¿Vendrás, Britt? —me preguntó Warren, ya que yo no había dicho nada aún.

—Claro. Pero esta vez me dedicaré a la bebida sin alcohol, no quiero volver a escaparme por los pelos de otro episodio de nudismo.

—Mierda, Britt, acabas de dejarme sin sueños —masculló Mike, riendo. Puck me miró dubitativo.

—No te preocupes, Britty. Yo te vigilaré.

—No, no lo harás, estarás demasiado ocupado liándote con Lauren —replicó Finn, y todos rieron.

Sonó el timbre, y fuimos entrando en el edificio del instituto.


Puck y yo recibimos una mención especial del director por recaudar tanto dinero con nuestra caseta. Pero no fue eso lo único que conseguimos. Había tantos comentarios y silbidos de los chicos por lo de López y yo, que estaban comenzando a molestarme.

Nada tan ofensivo como lo que me habían dicho después de la fiesta en casa de Puck y Santiago, pero la manera en que lo decían me hacía hervir la sangre. El jueves, casi toda esa excitación había desaparecido. Nuevos rumores y cotilleos habían ocupado el primer plano y me habían dejado a un lado. Nada podía haberme hecho más feliz. Estaba muy harta de hablar sobre el beso con López en la feria. Estaba muy harta de oír a las chicas decirme lo celosas que estaban. Estaba muy harta de que los chicos me miraran de forma diferente por los pasillos, sólo porque ya no era tan inocente. Y además, para acabar de arreglarme la semana, fui a casa de Puck el jueves por la tarde, como habíamos quedado, y él no estaba.

—Voy a la tienda —me dijo su madre—. Pero si quieres quedarte por aquí un rato, no hay ningún problema.

—Vale, le preguntaré cuánto va a tardar. Gracias, Maribel.

—Adiós, Britt —se despidió alegremente antes de marcharse. Suspiré y le envié un mensaje a Puck para saber dónde estaba. «En casa de Lauren. ¡Perdón! No sabía que fueras a venir.» Al parecer, se olvidó de que habíamos quedado.

Eso no era nada habitual en él. «No te preocupes. Me voy a casa.» Y le añadí una cara sonriente para hacerle saber que no estaba cabreada con él, aunque sí estaba un poco molesta. Puck nunca me había dejado colgada por otras chicas sin, al menos, avisarme antes. «Le debe de gustar mucho Lauren», pensé. Iba hacia la puerta cuando oí movimiento en lo alto de la escalera y miré hacia allí.

—Oh, hola —dijo Santiago—. Puck no está.

—Sí, tu madre acaba de decírmelo. Por cierto, ha ido a la tienda.

—Oh, bien. Me balanceé sobre los talones mientras él me miraba y bajaba la escalera. No sabía si irme o quedarme... Sabiendo que Santiago estaba allí, ya no quería irme. Durante toda la semana, siempre que lo veía en los pasillos o en el patio a la hora de la comida, recordaba la sensación de sus labios sobre los míos, y deseaba volver a besarlo. Sólo llevaba puestos unos viejos pantalones de chándal manchados de aceite y una camiseta blanca. Nada especial.

Entonces, ¿por qué conseguía parecer un puto modelo masculino? Estaba tan fuera de mi alcance... Había comenzado a convencerme de que fuera lo que fuera que hubiera pasado con Santiago el fin de semana era un capítulo acabado de mi vida, y que él lo habría olvidado todo. Que tenía que espabilarme y seguir adelante.

Entonces me besó. Pillada por sorpresa al encontrarlo allí, permití que me hiciera retroceder dos pasos hasta quedar contra la pared, y luego puse todo lo que tenía en devolverle el beso. Al parecer, todas mis inquietudes y dudas habían sido totalmente irracionales. Cuando finalmente nos separamos, él se quedó tan cerca que cuando uno hablaba rozaba los labios del otro.

—Llevo toda la semana esperando para hacer esto —dijo en voz baja. Una sacudida de excitación me recorrió todo el cuerpo. Me obligué a que no se me sonrojaran las mejillas e intenté mantener la calma, para que él no notara lo aliviada y feliz que estaba. No debía cogerle demasiado apego, me dije; debía tener cuidado. Por Puck.

—Lamento haberte hecho esperar —le respondí, tratando de ser la chica segura y coqueta que en realidad no era. Él se encogió de hombros.

—Ha valido la pena. Bueno, con eso sí que no pude evitar sonrojarme. —¿Cuánto tiempo crees que tenemos? —me preguntó.

—Hum... Una media hora como mínimo —supuse, y había risa en mi voz. Los ojos marrones de Santiago parecían más brillantes de lo habitual, si eso era posible. Me dio otro beso rápido, y luego me cogió de la mano para subir la escalera.

—¿Vas a ir a la fiesta de Warren el viernes que viene? —me preguntó de repente.

—Sí —contesté—. ¿Y tú? Asintió con la cabeza.

—Pero no te pongas nada muy atrevido, ¿vale?

—¿Por qué no? —pregunté por curiosidad. Nunca me había dicho nada de eso con ocasión de otras fiestas.

—No te creerías lo que los chicos han estado diciendo sobre ti toda la semana —contestó enfadado. Un músculo le tironeó en el mentón.

—Sí que me lo creería —mascullé para mí sin pensarlo.

—¿Qué has oído? —soltó él, aún más enfadado, aunque su enfado no iba dirigido a mí. Reprimí el impulso de poner los ojos en blanco y me encogí de hombros. Debía aprender a cerrar la boca más a menudo.

—Sólo comentarios sobre la caseta de los besos, la verdad.

—¿Como qué? —insistió. Vi que se estaba poniendo furioso. Después de todos esos años conocía cada una de las señales de advertencia: ese músculo en el mentón; el crujir de los nudillos; la arruga en la frente, justo sobre las cejas; las piernas en una posición agresiva. Estaba flexionando las manos, el músculo del mentón estaba disparado... Oh, y ahí estaban las piernas.

—Sólo decían tonterías —suspiré, y me dejé caer sobre la cama. No pude ni disfrutar del mullido colchón; así eran esas cosas—. Comentarios sobre el beso, preguntas de si aún servía la tarifa de dos dólares... Todo está bien, no ha pasado nada —le aseguré rápidamente. Santiago estaba negando con la cabeza.

—¿Estás segura de que nadie ha intentado nada? ¿Nada de nada?.Suspiré.

—Totalmente. Ya puedes calmarte.

—Lo digo en serio, Brittany —insistió frunciendo el cejo. «Menuda forma de chafar el momento», pensé. —Si alguien se te acerca... —continuó él.

—Ya soy mayor y puedo cuidar de mí misma. No hace falta que seas tan..., tan..., tan controlador todo el rato. Cálmate.

—¡No estoy siendo controlador! —gritó.

—¡Sí que lo estás siendo! —le respondí también a gritos mientras me ponía en pie para mirarlo furiosa—. Y me pondré lo que me dé la gana para la fiesta de la semana que viene. ¡No necesito que tú me digas con quién puedo salir o qué tengo que ponerme o con quién puedo hablar!

—¡Sólo trato de evitar que te hagan daño! —me gritó.

—¡Nadie me va a hacer daño! No todo el mundo es un cabrón como...

—¿Como yo? —acabó él por mí.

—¡Sí! ¡Sí, como tú! En ese momento estaba delante de Santiago, intentando mirarlo directamente a los ojos. No era fácil porque era como diez centímetros más alto que yo, pero hice todo lo que pude para que me viera furiosa.

—Parece que no entiendes lo cabrones que son algunos de esos tíos —dijo él—. Tú actúas con normalidad, pero ellos piensan que estás coqueteando y se lo toman de otra manera. Entonces intentan algo, y quizá tú no creas que les has dado pie, pero seguro que lo has hecho.

—¡No le estoy dando pie a nadie! —grité indignada.

—¡Es justamente de eso de lo que estoy hablando! Tú no tienes la intención de hacerlo, y no lo sabes, pero cuando actúas tal como eres y haces bromas, algunos tíos se lo toman de otra forma; creen que estás coqueteando. Y si no tienes cuidado, acabarán haciéndote daño.

—¡Muy bien! ¡Pero no necesito que seas tú quien lo haga todo por mí! —Le clavé el dedo en el pecho, y él me cogió la mano antes de poner los labios sobre los míos.

El beso supo extrañamente dulce, cargado de rabia que se deshacía en pasión. Resultaba extraño cómo la situación pasaba de una discusión realmente acalorada a un morreo igualmente acalorado. Santiago me sujetó el pelo y me mantuvo lo más pegada a él posible mientras me tumbaba en la cama. Yo no podía pensar con claridad cuando él me besaba. Me hacía rodar la cabeza, y cualquier pensamiento racional se evaporaba. Nos separamos para respirar, y noté que él me estaba recorriendo el cuerpo con la mirada mientras yo trataba de ordenarme las ideas. Estaba totalmente vestida, pero nunca me había sentido más cohibida. Santiago se tumbó de nuevo, me cogió con ternura y me plantó un largo y suave beso en los labios.

—Eres preciosa, Britt, ¿lo sabías? «Preciosa.» No sexy. No buena. Preciosa. Una cosa era que Puck dijera eso cuando me estaba quejando de mi ropa y preguntándole si me quedaba bien. Una cosa era que mi padre me lo hubiera dicho cuando fui al Baile de Invierno unos meses atrás. Pero era algo totalmente diferente que me lo dijera Santiago. Le sonreí y le devolví el beso.

—No pretendo ser tan controlador —murmuró sin acabar de mirarme a los ojos mientras jugueteaba con la punta de mi pelo, enrollándoselo en los dedos—. Es que... me cabrea de verdad oír a los tíos hablar así de ti. No quiero verte sufrir. M...me importas demasiado. Estaba segura de que no se refería a que le «importaba demasiado» de un modo romántico; nos habíamos criado juntos, así que claro que yo le importaba. Pero aun así, el corazón me dio un salto. Le sonreí.

—Es agradable oír eso.

—¿Incluso si soy todo un cabrón? Reí.

—Incluso si eres todo un cabrón.

—Por no decir un cabrón sexy —dijo él con una sonrisita.

—Hum, eso se podría discutir. Santiago alzó una ceja y, de repente, me dio la vuelta, de modo que quedé aprisionada bajo él, con los brazos sujetos por encima de la cabeza.

—¿Quieres probar de nuevo? —preguntó, susurrándome con voz grave al oído, su boca rozándome la piel del mentón. Me retorcí; me hacía cosquillas.

—Vale —contesté entre risitas—, quizá seas un poco sexy...

—Inténtalo de nuevo, Britty —repuso en voz baja, amenazador; pero oí la risa en su voz. Se movió para besarme en el cuello, justo donde sabía que me hacía más cosquillas, y yo me reí, removiéndome para soltarme.

—Vale, vale —me rendí, temblorosa—. Eres muy, muy sexy.

—Lo sé. Bajó los labios sobre los míos y me soltó las manos. Hundí los dedos en su cabello oscuro. Aún estábamos liándonos, ajenos a todo lo demás, cuando una puerta de coche se cerró en el exterior.

—Mierda —exclamó Santiago en voz baja mientras yo me ponía rápidamente en pie. Él saltó para mirar por la ventana.

—¿Quién es?

—Mi madre; ya ha vuelto de la tienda... —Dejó la frase a medias al ver la hora en el reloj. Su madre había estado fuera como una media hora. ¿Por qué el tiempo siempre volaba cuando estábamos juntos?

—Voy a ayudarla a descargar la compra —dijo Santiago—. Tú sales sigilosamente por la puerta trasera.

—De acuerdo —asentí. Santiago se detuvo en la puerta; los ojos le brillaban juguetones. —¿Qué?

—Esto de verse a escondidas es divertido —dijo él—. ¿No te parece?

—¿Santiago? ¡Ya he vuelto! —Lo llamó Maribel—. ¿Me echas una mano para descargar el coche?

—Claro, mamá, ya voy —le contestó él desde arriba, luego me sonrió, mostrándome su hoyuelo. Yo le devolví una sonrisa cómplice

—. Vamos. Puedes escapar mientras ella está fuera en el coche.

Fui sigilosamente hasta lo alto de la escalera y esperé a que Santiago siguiera a su madre por la puerta principal. Él me hizo una señal con la cabeza, y yo corrí a la cocina y salí por la puerta trasera. Esperé hasta que oí el ruido de las bolsas dentro de la casa y luego salí corriendo por la verja lateral y el callejón.

Me encontré pensando que Santiago tenía razón.

Eso de verse a escondidas era excitante.

Sólo me preguntaba cuánto duraríamos juntos.