Capitulo 12


A las siete aún estaba pensando qué ponerme. Puck llegaría en cuarenta y cinco minutos. Yo llevaba dos horas arreglándome, y me había cambiado de ropa como unas cincuenta veces.

La semana había pasado demasiado de prisa; ya era el día de la fiesta de Warren. Me planté ante el espejo con los brazos en jarras, echando una mirada crítica a mi ropa.

—¿Sabes qué? —me dije—. A este paso acabaré yendo en ropa interior.

En realidad no quería ponerme ni un vestido ni una falda (sobre todo porque me había olvidado de depilarme las piernas), y eso limitaba mi «vestuario de fiesta» drásticamente. Lo que de verdad quería ponerme era un brillante top negro que prácticamente no tenía espalda, con cintas entrecruzadas. El cuello era recto a la altura de la clavícula, así no se lo podía llamar escotado; pero no sabía si era adecuado para una fiesta. Suspiré mientras me pasaba la mano por la clavícula (no quería estropearme el maquillaje).

¿De verdad me importaba si el top resultaba demasiado elegante para esa fiesta? Sabía por qué quería estar realmente guapa. Quería estar guapa para Santiago. Pero eso era una tontería. A la mierda. Iba a ponerme el top negro, y si quedaba fuera de lugar, pues que así fuera. Me puse los vaqueros. Eran de color azul pálido y con rajas artísticamente colocadas. Me puse el top y me senté ante el tocador para acabar de arreglarme el cabello. Seguía sin tener muchas ganas de fiesta, y me lo recogí en una coleta alta.

Me retoqué el lápiz de ojos; tenía unos cuantos minutos de sobra antes de que llegara Puck. Entonces recibí una llamada.

—Puck, ¿qué pasa? —pregunté al instante, con la sensación de que algo no iba bien. ¿Por qué si no iba a llamar?

—Oye, hum... Lo siento mucho, pero te importaría si..., bueno...

—Suéltalo de una vez —reí.

—Bueno, Lauren me acaba de preguntar si podría ir a buscarla, porque su amiga se ha rajado y...

—Y quieres saber si puedes dejarme colgada para llevar a tu novia, como el increíble amigo que eres —repuse con sequedad, pero estaba sonriendo, y seguramente él lo sabía.

—La verdad es que iba a preguntarte si no te importaba que recogiéramos también a Lauren. ¡Yo no te dejaría colgada! ¿Qué te crees que soy?

—Bueno, le pediré a mi padre que me lleve —contesté—. Así os dejaré a Lauren y a ti solos.

—¡No tienes por qué hacerlo, Britty! ¡No seas tonta!

—No, no pasa nada, Puck, de verdad que no me importa —le dije con sinceridad—. Está bien. Con anterioridad, sus relaciones habían acabado porque él y yo estábamos demasiado unidos, y a sus novias no les gustaba no ser la mujer número uno en su vida. Esta vez no quería estropearle la historia con Lauren.

Él se lo pensó un momento.

—Bueno, puedo pedirle a Santiago que te lleve. Aún no se ha ido. Le oí pedírselo a gritos a su hermano mientras yo le estaba hablando.

—No, Puck, no lo hagas, no pasa nada... —Me callé con un suspiro.

—¿Britt? ¿Britty, estás ahí? ¿Hola?

—¿Hum? —Me había quedado totalmente en las nubes, ni siquiera oía a Puck hablándome.

—Santiago dice que ya te llevará él. Pasará por tu casa en unos veinte minutos.

—P...pero... —protesté débilmente.

—Gracias, Britt. Te debo una gorda. ¡Hasta luego!

—Adiós... Suspiré mientras dejaba que el móvil se me resbalara de las manos hasta la cama y hundía el rostro entre las manos. Me puse en pie y me miré al espejo con ojo crítico. Mi maquillaje era sencillo, excepto por el pintalabios color burdeos oscuro. Los vaqueros se me ajustaban a las caderas, el top me remarcaba las curvas y dejaba al descubierto la mayor parte de la espalda.

Me sentía bien. Pero seguro que Santiago trataría de encontrar algo inadecuado en mi aspecto. Pero no era eso lo que me preocupaba; lo que me inquietaba eran los cotilleos y los rumores que se dispararían en cuanto nos vieran llegar juntos. Justo en ese momento sonó el timbre de la puerta.

Me metí el móvil en el bolsillo trasero y bajé la escalera mientras mi padre me llamaba. Fue a abrir la puerta y lo vi sorprenderse.

—Santiago.

—Hola, ¿está lista Britt? —preguntó Santiago en un tono curiosamente educado para ser él.

—Hum... —Mi padre se volvió para llamarme de nuevo, y me vio. Parecía confuso. —Un segundo, Santiago. —Me hizo entrar en la cocina

—. ¿Qué está haciendo éste aquí? —me preguntó en voz baja. —Puck tiene que llevar a su novia, así que Santiago se ha ofrecido a llevarme.

—Ah, bien. Por un segundo he pensado que estabais saliendo juntos.

Me obligué a reír. —Sí, claro.

—Ten cuidado. Aún no estoy seguro de si confío en ese chico, con todo eso de que se mete en peleas..., y la moto...

—Sí, lo sé, papá. Pero Santiago está bien. No te preocupes. —Le di un rápido beso en la mejilla.

—¡Adiós!

—¡Nada de alcohol! —me gritó mientras yo salía. Volví a la puerta de la calle, salí y la cerré a mi espalda. Sonreí a Santiago como si nada.

—¿Listo?

—No escuchas ni una palabra de lo que te digo, ¿no?

—No. —Sonreí de nuevo y comencé a andar hacia el coche.

—La verdad, Britt, ¿te tenías que vestir tan..., tan...?

—¿Tan qué, Santiago? —pregunté, ya tensa, pero una parte de mí estaba ansiosa por oír lo que realmente pensaba de mí.

—Bueno, ¡mírate! —soltó enfadado, apretando los dientes—. ¿No puedes ponerte algo un poco menos... sexy? No pude evitar una sonrisa de satisfacción.

¿Quién habría pensado que llegaría el día en que López diría que yo estaba sexy? Sentí que me daba vueltas la cabeza, aunque no era una sensación tan buena como cuando me había dicho que era preciosa.

—No tiene gracia —me soltó.

—Oh, cálmate. Podría haberme puesto algo más escotado. Es una fiesta. No voy a cambiarme, Santiago. Iré andando si tengo que hacerlo, pero tú no puedes hacer nada al respecto. Si quieres que me cambie, entraré y volveré con la falda más corta y el top más ajustado que tenga en el armario.

Nuestras miradas de enfado lucharon durante un instante. Entonces, con un suspiro, él se metió en el coche y cerró de un portazo. Yo hice lo mismo, y luego crucé los brazos sobre el pecho. Pero por dentro me sentía un poco satisfecha de haber ganado esa discusión.

—Estás de lo más sexy cuando te enfadas —dijo él de repente. Alcé una ceja, mirándolo. ¿Se estaba burlando de mí? Me guiñó un ojo al darse cuenta de que lo miraba. Sí, estaba bastante segura de que se estaba burlando de mí.

—¡Oh, vamos! —exclamó. Me puso una mano sobre el muslo y se acercó a mí para susurrarme—: Sabes que no puedes estar enfadada conmigo eternamente, Britty.

—Espera y verás. Soltó una risita y puso el coche en marcha; salimos del camino y tomamos la dirección de casa de Warren.

—Sigo sin ver por qué de repente tienes un problema con lo que me pongo para las fiestas —dije

—. ¿Qué hay de todas las otras fiestas a las que he ido con ropa con la que enseñaba mucho más que con ésta? Santiago se encogió de hombros.

—Eso era diferente. Entonces los tíos no eran tan valientes y no se hubieran atrevido a acercársete. Pero desde que fuiste a la cita con Artie todos piensan que pueden probar contigo. Además, nuestro pequeño numerito en la feria tampoco ayuda. Me mordí la mejilla por dentro mientras notaba que me iba sonrojando.

—Ya. Él sólo me dio un suave apretón en el muslo y soltó una risita.

Aparcamos al final de la calle de Warren, torciendo la esquina. Nadie pareció notar que habíamos llegado juntos. Inmediatamente, algunas de las chicas me llevaron a un lado; estaban hablando de todo tipo de cosas: lo bueno que estaba Ryder Lynn, lo horteras que eran los zapatos de Hannah Davies, ¡cómo les gustaba esa canción...!

Al cabo de un rato vi a Puck en el patio, pero estaba muy ocupado besándose con Lauren. Bebí otro trago del refresco en lata, y sólo el ambiente ya me animó; volví adentro.

Me encontré en el salón, donde habían apartado todos los muebles para convertirlo en una pista de baile. La sala estaba a oscuras, excepto por unas lámparas verdes y azules que alguien había colocado y que parpadeaban como luces estroboscópicas. Era muy guay: los colores hacían que todo pareciera estar bajo el agua. Era como raro.

Me puse a bailar, balanceando las caderas al ritmo de la música y con las manos en alto. Alguien me cogió por la cintura para bailar conmigo. Me volví. Parpadeé un par de veces y vi que era Patrick, uno de los mayores del equipo de fútbol.

—¡Patrick! —exclamé sonriendo—. No te he visto en toda la noche. Él rió y se fue tambaleando de lado hasta una silla.

—¡Uups! ¿Qué tal va todo, Britt?

—Bien, sí...

—Fantástico. Eh, ven aquí —dijo, y me cogió la mano.

—¿Adónde vamos?

—A tomar el fresco. Aquí hay mucha gente.

—Vale. La noche era casi fría, comparada con el calor que hacía dentro. —¡Oh, mierda, me estoy helando! —exclamé mientras me frotaba los brazos.

—Ven. —Patrick me abrazó por detrás, y su calor corporal me calentó un poco la espalda. Me reí y volví la cabeza mirándolo, pero antes de que pudiera apartarme y decirle que no fuera tonto, noté un beso en el hombro. Por un momento me quedé parada; mi cerebro procesó lentamente lo que acababa de ocurrir.

Luego me besó en el cuello un poco más arriba, con las manos en mi cintura. Me di la vuelta para apartarlo, pero Patrick sin duda pensó que me volvía hacia él, y cerró las manos a mi espalda. Antes de que pudiera besarme, le aparté la cara con la palma de la mano y me agité para soltarme.

Habría sido más efectivo pegarle un rodillazo en la entrepierna, pero eso no se me ocurrió. Él se tambaleó cuando lo empujé (estaba borracho y no conservaba demasiada estabilidad), pero fue otra persona la que lo envió de culo sobre la hierba y me puso una firme mano en el brazo.

—¡Tío, siempre tienes que fastidiarla! —barboteó Patrick mientras se ponía trabajosamente en pie —. Eres un aguafiestas, López; ¿por qué siempre tienes que ir de duro? Patrick debía de estar muy borracho, porque sin duda estaba buscando pelea, y por lo general era un chico listo; nunca lo hubiera hecho de estar sobrio. Se fue para atrás con un puñetazo en el estómago, y acabó de nuevo en el suelo, gimiendo un poco.

—¿Alguien más? —preguntó Santiago en voz alta y clara, mirando con calma al público que se había ido congregando en el jardín. La mayoría de la gente se volvió adentro rápidamente, sobre todo cuando vieron que la pelea ya había acabado. —¡Vámonos! —Me tiró del brazo y me sacó de la casa de Warren.

—¡Ay! ¡Santiago! —protesté. Tenía las piernas más largas que yo y casi no podía seguir sus pasos; me costó mantenerme a su lado

—. ¡Santiago! —grité de nuevo—. ¡Me haces daño! Eso pareció captar su atención. Me soltó el brazo y me cogió la mano para bajar por la calle.

Comencé a cabrearme con él. ¿Quién se creía que era? Casi no eran ni las diez y media; a la fiesta aún le quedaban unas cuantas horas de vida. Yo no quería volver a casa. Hasta el pequeño incidente con Patrick me lo había estado pasando muy bien. Y, sobre todo, no quería explicarle a mi padre por qué me había marchado de la fiesta tan pronto.

Cuando finalmente llegamos al coche de Santiago, lo abrió y yo me quedé ante la puerta del copiloto, con los brazos cruzados sobre el pecho y mirándolo enfurecida. Santiago se frotó los ojos con los dedos.

—¿Te importaría entrar en el coche, por favor?

—No voy a ningún lado contigo. ¿Acaso eres alguna clase de adicto a la violencia? No voy a subirme en el coche contigo al volante después de que te hayas tomado una copa, por mucho alcohol que digas que aguantas. —¡No he bebido nada, Brittany! ¿Crees que soy idiota? ¿Y qué has dicho ? ¿Adicto a la violencia? Me encogí de hombros.

—De todas formas, no puedes obligarme a que me marche. No tengo que ir contigo a ningún lado. Voy a quedarme aquí. Bajo la tenue luz lo vi apretar los dientes. Le caían sombras sobre el rostro, lo que hacía que su furia controlada diera un poco de miedo.

—Te irás antes de que cualquier otro gilipollas borracho intente algo contigo. —Su voz era seca, tensa. Seguí mirándolo enfadada.

—Lo tenía controlado. No ha pasado nada malo. Él soltó algo entre un resoplido y una carcajada desdeñosa, lo que sólo me cabreó más.

—¿No ha pasado nada malo? —repitió alzando las cejas

—. Tú... —Estás exagerando —le solté—. Estás siendo un imbécil controlador e inaguantable, como siempre, y si crees que voy a ir a alguna parte contigo, entonces...

—Entra en el puto coche —me ordenó de repente, dando una fuerte palmada al techo. El súbito ruido me hizo dar un bote, pero apreté los dientes y aguanté el tipo

—. Por favor —añadió, al cabo de un momento. Subí al coche.

—Gracias —suspiró mientras se ponía ante el volante. Asentí.

—No hacía falta que gritaras tanto.

—Lo sé. Perdona —dijo un segundo después. Me quedé sentada, toqueteando los hilos que colgaban de las rajas de mis vaqueros. —Patrick no ha hecho nada.

—Lo habría hecho.

—Sólo habíamos salido a tomar el fresco. ¿Es eso un crimen?

—¿Es eso lo que te ha dicho?

—B...bueno, sí... —balbucí. Santiago suspiró profundamente mientras apoyaba la cabeza en el volante, exasperado; luego se incorporó y me miró a los ojos. Parecía más tranquilo, aunque un poco impotente.

—¿Y realmente has creído que él quería decir que ibais a tomar el fresco?

—Al principio sí.

—Britt, eso es exactamente lo que he estado tratando de decirte. Eres muy ingenua cuando se trata de chicos.

—¿Y quién tiene la culpa? —repliqué, y me retorcí en el asiento para mirarlo—. Si no hubieras sido tan jodidamente protector y hubieses dejado que los chicos me pidieran para salir, ¡quizá no sería tan ingenua, tan inocente y tan jodidamente buena! Eres el mayor hipócrita de la historia, Santiago López.

Santiago me miró durante una fracción de segundo antes de que sus labios cayeran sobre los míos. Pero sólo fue un beso rápido, y él se apartó primero.

—Bueno, ésta es una manera de ganar una discusión —dijo con una sonrisita de suficiencia.

—No es justo. Has hecho trampa. Y no has ganado.

—Oh, ¿de verdad? —Miró por los retrovisores antes de ponerse en marcha. Yo odiaba el modo en que Santiago conducía, siempre rozando el límite de velocidad. Él no paseaba; llevaba el coche al máximo que podía.

—Sí, de verdad. No ha sido justo.

—Entonces sigue y acaba con la discusión, Britt. Tú misma. Abrí la boca, a punto de soltarle algo gordo, pero... me quedé ahí. ¿Qué le había dicho? Sus besos eran demasiado embriagadores. Ni siquiera podía recordar qué había estado pensando. Sonrió de nuevo, triunfante.

—He ganado.

—Tú espera y verás, Santiago —mascullé—. Ya me las pagarás.

—Esperaré sentado. —Me miró guiñándome un ojo. Noté que se me enrojecían las mejillas y confié en que estuviera lo suficientemente oscuro como para que él no lo notara. Estuvimos paseando durante unos veinte minutos. Yo tenía bajada la ventanilla y la brisa fresca me daba en la cara. No hablábamos, pero no era un silencio malo. Cuando finalmente paró el coche, me solté el cinturón y bajé. Me quedé sorprendida al darme cuenta de que no me había llevado a mi casa.

—¿Por qué estamos aquí? —pregunté, y lo vi salir del coche. Se encogió de hombros.

—La fiesta aún no se ha acabado, Britt. El modo en que lo dijo hizo que me sonrojara de nuevo, y sacudí la cabeza para tratar de aclarármela.

—Pero..., pero ¿dónde están tus padres?

—Mañana tienen un seminario al sur del estado, así que se han ido esta tarde para no tener que madrugar. Por un momento pensé que quizá debería irme a casa, pero hacía bastante frío. Y estaba oscuro. Podía haber todo tipo de gente extraña rondando por ahí a esas horas de la noche. Al menos eso fue lo que me dije mientras le seguía adentro. Pero ¿de verdad? Sólo quería estar con Santiago un rato más. Aunque primero fui a la cocina a beber algo, porque estaba seca.

—¿Estás bien? —me preguntó él desde la puerta mientras yo dejaba el vaso vacío. Asentí y me froté el rostro—. ¿No vas a vomitar ni nada de eso?

—Lo cierto es que no he bebido. Después de la última fiesta he pensado que sería mejor tomármelo con calma por un tiempo.

—Oh. —De repente, sus brazos me rodearon y me besó en la coronilla—. De acuerdo, quizá no necesites que te esté cuidando todo el rato. Me eché a reír.

—No me disgusta que me cuides. Lo que no me gusta es cuando te comportas como un imbécil al hacerlo. Rió por lo bajo y volvió a besarme la cabeza mientras sus dedos jugueteaban con mi coleta.

—¿Quieres irte a casa? Negué con la cabeza contra su hombro. Luego alcé la mirada hacia él.

—Prefiero quedarme un rato.

—Puedes quedarte en la habitación de invitados si quieres. Si no te apetece volver a casa. Me encogí de hombros, indecisa. Dependía de lo rápido que pasara el tiempo estando con Santiago. Y ya estábamos besándonos de nuevo y subiendo la escalera torpemente.

Después de un rato le estaba tirando de la camiseta, y antes de pensármelo dos veces me quité también mi top. Él me cogió las manos, inmovilizándome; paró de besarme, pero no se apartó. Su frente estaba sobre la mía, las narices juntas.

Podía notar dónde se la había roto. Lo miré a los ojos negros, tan brillantes en la oscuridad.

—Brittany —me dijo en voz baja—, no tenemos que hacerlo. Podemos esperar. Puedo esperar.

Cualquier duda que hubiera tenido se evaporó completamente al oírle esas palabras. No era como si yo hubiese planeado especialmente que eso ocurriera tan pronto; siempre había pensado que sólo pasaría cuando tuviera una relación seria con un chico al que amara.

Pero con Santiago todo era tan agradable, parecía tan normal, que no me importaba. Y quizá yo no habría ido hasta el final si él no me hubiera dicho, con esa dulce voz, que esperaría. Pero eso lo cambió todo. Sabía que yo le importaba. Así que le respondí con voz tan baja como la suya.

—Lo sé. Pero quiero hacerlo.