El lunes por la mañana ni siquiera Puck notó nada diferente en mí, por suerte.
Pero eso probablemente fuera porque él estaba demasiado perdido en su propio mundo de amor. No podía agradecerle más que no parara de hablar de lo divertida, lo guapa, lo graciosa, lo lista y lo dulce que era Lauren.
Hasta que llegamos al instituto todo fue de fábula.
—¿Por qué te fuiste tan pronto de la fiesta de Warren? —fue lo primero que me dijo Elaine.
—Oh, bueno, esto...
—¿Fue por López? ¿De verdad que Patrick te besó? Él dice que no, pero nunca se sabe. He oído que López se puso realmente furioso.
—Oh, sí, estaba furioso. —Mercedes apareció de la nada junto a Elaine—. Lo vi todo. Le pegó a Patrick y todo eso.
—Pero no me besó —expliqué—. Patrick, me refiero.
—¿Y qué hizo López?
—He oído que le rompió una costilla a Patrick. —Dani también apareció de repente, sobresaltándome. Arg, ¿de dónde salían todas esas chicas?
—¡¿Qué?! —exclamé.
—Digo que qué hizo López —repitió Elaine. Miré a Dani boquiabierta.
—¿Lo dices en serio? ¿Está bien Patrick?
—No lo sé —contestó ella—. Dijo que pensaba que la tenía rota, y un par de chicos dijeron que tenía razón. Después se fue al hospital.
—¡Qué fuerte! —susurré. Santiago no podía haberle roto una costilla a Patrick. Y sólo porque Patrick hubiera intentado besarme estando borracho. De ninguna manera.
—¡Eh! ¡Eh! ¡La Tierra llamando a Britt! —No fue hasta que Elaine chasqueó los dedos delante de mi nariz que me di cuenta de que seguían hablándome.
—¿Sí?
—¿López te acompañó a casa o qué? —preguntó Bree. ¿Cuándo había llegado Bree?
—. Lo vi sacarte a rastras.
—Oh, eso. Sí. Me llevó a casa, y creo que volvió a la fiesta, ¿no? —Esperaba que no sonara demasiado a trola. Nunca había creído que fuera muy buena mintiendo. Hasta que comenzó toda esa situación con Santiago no había tenido mucha práctica.
—No, me parece que no —indicó Mercedes, pensándoselo.
—Qué raro... —repuse encogiéndome de hombros—. Vuelvo dentro de un minuto. Quiero saber cómo está Patrick. Me fui antes de que pudieran arrastrarme a otra conversación.
Cogí a Joe por el brazo, porque fue el primer chico al que encontré.
—Oh, hola —dijo él, sonriendo—. ¿Qué pasó el sábado? He oído que López te llevó a casa a rastras después de lo de Patrick.
—¿Es verdad que Patrick tiene una costilla rota? —quise saber.
—No sé..., alguien me dijo que podía ser —respondió Joe.
— Pero no está en el hospital; va a venir a clase.
—Pues López debió de largarle un buen puñetazo.
—Me alegro de no haberlo recibido yo —rió Mike.
—Mierda, sí —coincidió Joe.
—¿Sabéis si ya ha llegado? —pregunté.
—¿Quién, López? No tengo ni idea —contestó Mike.
—No..., no..., Patrick —aclaré, balbuceando de impaciencia. Él se encogió de hombros.
—No lo he visto.
—Vale, gracias.
—Espera —me llamó Joe—. ¿Adónde vas, Britt?
—A buscar a Santiago —solté, lo suficientemente alto para que todos me oyeran.
Salí corriendo hacia donde solía dejar el coche Santiago: en el rincón del fondo del aparcamiento, bajo el gran árbol. Y como era de esperar, percibí las señales que indicaban que él estaba allí: las risitas de las de primero al verlo, mientras trataban de esconderse detrás de otros coches; otras chicas en sus vehículos, tratando de que López las mirara...
Pasé rápidamente entre las perezosas formas junto a los árboles. Había un par de fumetas bajo un roble; algunos chavales enormes del equipo de lucha bajo otro. Santiago tenía un cigarrillo en la boca en ese momento, y estaba apoyado contra un enorme sicomoro.
Estaba haciendo algo con el móvil, con aspecto de estar ocupado y aburrido al mismo tiempo. Siempre era difícil decidir cuáles eran los amigos de Santiago.
Podía estar con los tíos del equipo de fútbol americano, o con algunos de su clase. Pero iba cambiando. Aunque no era ni un solitario ni un proscrito, tampoco era amigo de casi todo el mundo, como Puck o yo. Seguramente resultaba un poco demasiado intimidante para eso.
—¡Santiago! —grité, sin hacer caso de las miradas molestas o atónitas, tanto de las chicas que espiaban a Santiago como de la cantidad de gente que se preguntaba qué demonios estaba haciendo. Él me miró y, al ver lo enfadada que estaba, se apartó del árbol.
—¡No puedo creerlo! —le grité. Él vino lentamente hacia mí. En el camino dejó caer el cigarrillo y lo aplastó bajo las botas negras que llevaba normalmente. Se metió el móvil en el bolsillo trasero del pantalón.
—¿Qué? —preguntó con total inocencia. Lo empujé en el pecho tan fuerte como pude, una y otra vez, un empujón con cada palabra.
—¡Le... has... roto... las... costillas! Mis empujones no tuvieron ni el más mínimo efecto sobre el musculoso cuerpo de Santiago, pero noté que se estaba poniendo de los nervios. Como si una mosca estuviera rondándole la cabeza.
—¡Patrick! ¡Todos dicen que le rompiste una costilla! ¡Tuvo que ir al hospital! Santiago. Ni siquiera alzó las cejas ni pareció sentirse culpable en lo más mínimo. Sólo sonreía.
—Sí, ya lo he oído.
—Podría denunciarte —siseé.
—Sí, pero ambos sabemos que no lo hará.
—Pero ¡no hizo nada! ¡Y no tiene por qué parecer que te alegras! —le chillé, empujándolo de nuevo—. Le rompiste la costilla... sin ninguna razón.
—¡Pues claro que sí! —me gritó él a mí—. Ese tipo estaba molestándote. Y cualquiera podía ver que estabas tratando de apartarlo.
—¡Estaba borracho!
—No me importa si estaba borracho, colocado o sólo atontado —repuso Santiago, acercándoseme mucho—. Sólo me preocupo por ti, Brittany, y el tío se merecía lo que recibió.
—¿Una costilla rota? ¡Seguramente no podrá jugar al fútbol en semanas!
—Entonces no debía haber intentado nada contigo —replicó Santiago con firmeza—. Si tiene una costilla rota no es problema mío. ¿Y por qué te importa a ti?
—¡Le hiciste daño por algo estúpido! ¡Eres..., eres... un bruto adicto a la violencia!
Le pegué en el pecho con ambas manos, y Santiago me cogió las muñecas con fuerza. Lo miré furiosa y traté de soltarme, pero no pude; era demasiado fuerte.
Con todos esos gritos, nos habíamos ganado una buena cantidad de público. Alguien me cogió suavemente por el hombro.
—Britt, vamos —me dijo Puck en voz baja—. Cálmate. Calmaos los dos. Santiago lo miró poniendo los ojos en blanco.
—¿Que me calme? —exclamé—. Tu hermano ha pegado a alguien por una confusión de borracho y le ha roto una costilla. ¿Es que no ves que aquí hay algo que no está bien?
—No he dicho que eso estuviera bien —me contestó tranquilamente—. Pero cálmate. Apreté la mandíbula antes de darme cuenta de que Puck tenía razón, como de costumbre. Tiré para soltarme de Santiago, y esta vez él me dejó ir. Pero seguimos mirándonos furiosos.
—No puedo creerlo —dije. Santiago sólo se encogió de hombros.
—A veces te odio. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, lo sé —contestó él como si nada, mirándome con ojos brillantes, y con algo más que hizo que el corazón me diera una voltereta.
«¡No! ¡No le dejes hacerte esto! Sigue enfadada con él. Estás furiosa con él, Brittany, ¿recuerdas? Ha hecho daño a alguien sin ninguna razón. No dejes de estar furiosa con él sólo porque te está echando esa mirada y tú quieres besarlo.» Antes de rendirme y hacer algo estúpido, agarré a Puck y nos marchamos a toda prisa. Ni siquiera tuve que abrirme paso entre la gente. Se apartaban para dejarme pasar, y luego volvían a acercarse para comentar la jugada.
—Pensé que lo ibas a matar —me dijo Puck, sin conseguir ocultar la risa en su voz.
—No del todo —mascullé—. ¡Arg, a veces me pone tan furiosa...! De verdad, ¡no hacía ninguna falta que le rompiera una costilla a Patrick!
—Mira, sé que eso es lo que dice todo el mundo, pero tú especialmente deberías saber que es posible que la cosa se esté exagerando. Quizá no sea tan grave. Y se trata de Santiago, ya sabes cómo es. No sé por qué te cabreas tanto.
—¡No puedo hacer nada ni tenerlo todo el tiempo mirando por encima de mi hombro! Y no empieces con esa historia de que soy demasiado buena o tonterías de ésas. Estoy hartándome bastante de que todos me estéis protegiendo permanentemente.
Y quizá sí había necesitado la ayuda de Santiago en su fiesta hacía unas semanas. Y le agradecía que hubiera estado ahí para parar a Patrick. Pero era la forma en que actuaba, como si diera por hecho que yo iba a hacer lo que él me mandara.
Puck suspiró, derrotado, pero me sonrió mientras alzaba las manos en señal de rendición.
—Mira, sé que estás furiosa con él, pero no lo pagues conmigo. Y entiendo lo que dices. Intentaré hablar con él, ¿qué te parece? Le pediré que se calme un poco.
No sabía por qué había reaccionado tan exageradamente esta vez. Supuse que era porque tenía los nervios de punta, temiendo que Puck pudiera descubrir lo que yo había hecho después de la fiesta.
—Dudo que sirva de algo —repuse. —Sé que no servirá. Pero gracias por ofrecerte.
—No hay problema. ¿Ya has hecho los deberes de literatura? Porque no he encontrado el momento de hacer la conclusión y estoy colgado. Sonreí.
Puck siempre conseguía que me sintiera mejor. Lo quería, de verdad que quería mucho a mi mejor amigo. Y su optimismo me resultaba contagioso, así que no podía seguir furiosa con él durante mucho rato.
Lo opuesto a su hermano, claro.
Su estúpido y sexy hermano.
Llamadme cobarde, pero me escondí en la biblioteca a la hora del almuerzo. No soportaba la idea de enfrentarme a más preguntas sobre por qué me había puesto tan furiosa con López, cómo había podido hablarle así...
Estaba pensando en irme a casa y saltarme las clases de la tarde, tan harta estaba de todos, pero no conseguía decidirme a salir de allí. Puck me había hecho compañía, claro, pero al final se tuvo que marchar.
Yo medio esperaba encontrarme con Santiago, o peor, con alguna de las chicas, cuando fui hacia las aulas. No fue así. Mi karma debía de haber dado un subidón desde esa mañana. Cuando sonó el último timbre, no pude ser más feliz. Había estado todo el rato observando la manecilla de los minutos arrastrarse lentamente alrededor del reloj durante la clase de química. Sólo quería salir de allí. Pero Puck tenía biología, así que tuve que esperarlo delante del instituto, apoyada en su coche.
—Hola, Britt. Me volví y alcé la vista del solitario al que estaba jugando en el móvil. Sonreí, pero era un poco forzado.
—Patrick. Hola. ¿Cómo..., cómo está tu costilla? Él esbozó una media sonrisa.
—Bueno, no está tan mal como todo el mundo ha estado diciendo. Sólo son unos moretones, pero mi madre me envió a que me hicieran una revisión porque le cogió la paranoia de que me había roto algo —me explicó muy animado, y noté que se me quitaba un gran peso de encima.
—¡Oh, esto es fantástico! Bueno, no, no lo es..., pero quiero decir que todos estaban diciendo que tenías una costilla rota...
Lo siento, Patrick, de verdad. Es culpa mía; no quería que te hicieran daño...
—No, es culpa mía —me cortó él rápidamente—. He venido a disculparme. No te he visto durante el almuerzo.
—No tienes por qué disculparte —insistí yo.
—No, sí que tengo, y lo siento. No debería haber intentado nada así contigo, y toda la cerveza que llevaba encima no es ninguna excusa.
—No pasa nada, de verdad —le dije con convicción—. Siento mucho que Santiago se pusiera hecho...
—Sí, bueno, no te preocupes. Sólo era López actuando como López. Tú no tienes la culpa, Britt, así que no te comas el coco por eso. —Sonrió y le devolví la sonrisa.
Se oyó un carraspeo y ambos nos dimos la vuelta, para encontrarnos con un Santiago que echaba chispas por los ojos. No le hice ni caso y me volví hacia Patrick, que estaba intentando como podía no mostrar que quería huir hacia un lugar seguro.
—Bueno, espero que te mejores pronto.
—Gracias, Britt. Y de verdad que lo siento mucho.
—No te preocupes. Hasta la vista.
—Adiós —dijo él, mientras ya se marchaba. Le lancé a Santiago una mirada de enfado y seguí jugando al solitario. Notaba que seguía ahí, mirándome.
—¿Qué quería? —preguntó al cabo de un momento.
—Disculparse.
—¿Qué? ¿Eso es todo? ¿Sólo quería pedirte perdón? .Salí del juego y me metí el móvil en el bolsillo mientras le lanzaba otra mirada enojada.
—Sí, ¡aunque deberías ser tú quien se disculpara con él por haberle hecho daño! ¡Tuvo que ir al hospital por tu culpa! —Pensé en hacerlo sentir un poco culpable, así que no añadí que Patrick sólo había ido al hospital porque su madre había insistido.
—No empieces de nuevo con eso... —Santiago se había acercado un par de pasos, y estaba de medio lado ante mí, tocándose el cabello.
—¿Empezar con qué, Santiago? —le solté.
—Estás de lo más buena cuando te enfadas conmigo, ¿sabes? —comentó con voz ronca. Por un momento, se me quedó la mente en blanco y se me cortó la respiración. ¿Por qué tenía él ese efecto sobre mí?
—Cierra la boca, Santiago. Lárgate.
¿Y dónde estaba Puck? No debería tardar tanto... Miré alrededor. La mayoría de los otros alumnos ya se habían marchado, y unos cuantos tardones nos miraban con curiosidad. Finalmente vi a Puck y a Lauren junto al coche de ella, charlando muy monos y enamorados. Mierda. Ojalá se diera prisa.
—Siempre puedo llevarte yo, ya lo sabes —dijo Santiago. Me negué a responderle
—. ¿Britt...? Al final tuve que mirarlo, y cuando lo hice, estaba sonriendo victorioso, pensando que había ganado la discusión.
—¿Quieres que te lleve o no? —preguntó—. Puck va a tardar siglos, ambos lo sabemos. Mi oferta sigue en pie durante los siguientes treinta segundos. Los segundos van pasando...
Lo cierto era que yo sólo quería irme a casa. Pero para cuando Puck apareciera, seguramente ya habría acabado con la batería del móvil y me estaría muriendo de aburrimiento.
—Tic, tac —bromeó Santiago.
—¿Moto o coche?
—Moto.
—No. Santiago soltó una carcajada.
—Sabes que en realidad no la odias tanto, Britt. Y te da una excusa para agarrarte a mí.
—He dicho que no. Entonces se le puso esa extraña expresión en la cara, como si estuviera confuso, como si mi reacción lo cabreara.
Lo cierto era que no me había gustado nada mi última experiencia en su moto y no tenía ninguna prisa por repetirla, a no ser que no tuviera otro remedio. Algo así como si una horda de monos ninja me estuviera persiguiendo y la moto de Santiago fuera mi última esperanza de escapar. Luego, Santiago dejó escapar un suspiro y me rozó la mejilla un instante para que lo mirara.
—¡Vamos, Britt! ¡No te cabrees conmigo! Me di cuenta de que ya no estaba hablando de Patrick.
—No estoy cabreada contigo. Bueno, lo estoy porque golpeaste a Patrick. Pero aparte de eso... no lo estoy; ya sabes, cabreada por la..., la otra noche.
—¡Oh, vamos! Llevas todo el día evitándome y ahora estás rara.
—No estoy rara.
—Sí que lo estás. No estás discutiendo conmigo como lo harías normalmente, y tampoco estás siendo la chica animada de siempre. Estás cabreada conmigo... Suspiré.
—No estoy cabreada..., es sólo que...
—¿Qué? «¡Oh, Dios, no digas nada! ¡Invéntate algo! ¡Cualquier cosa menos la verdad!» Y, como de costumbre, mi boca pareció ponerse en marcha sin hacer caso de mi cerebro.
—Estoy preocupada por Puck, y..., y no quiero que te olvides de mí ahora que hemos..., ya sabes..., lo hemos hecho. «Oh, no, no. He dicho "lo hemos hecho". Muy bien, Britt. Eres una idiota integral.» Santiago no pareció notar nada.
—Britt, pensaba que ya habíamos pasado por esa tortura contigo la otra mañana —respondió simplemente—. Ya te dije que no estaba contigo sólo por el sexo.
Podía ver en su rostro que era totalmente sincero. Sus grandes ojos eran francos e implorantes, y no había ni rastro de aquella sonrisita. Así que asentí.
—Muy bien. Él dejó escapar un suspirito de alivio.
—Entonces... ¿te llevo a casa? Si quieres, hasta te llevo directa a tu casa.
La sonrisita había vuelto, porque Santiago estaba convencido de que yo no iba a resistirme a la oportunidad de liarme con él otra vez. Y me tentaba..., pero entonces recordé que iba en la moto.
—Santiago, no tengo la más mínima intención de subirme a esa moto. Él alzó las manos en señal de rendición. —Vale, vale, tú te lo pierdes... Entonces fruncí el cejo.
—Sigo cabreada contigo porque casi le rompiste una costilla a Patrick. Y es importante porque perdiste los nervios y te portaste como un estúpido —añadí antes de que pudiera protestar.
—Lo sé —contestó con un suspiro. Lo miré a los ojos y lo único que se me ocurrió como respuesta fue asentir con la cabeza. Esbozó una sonrisa medio de disculpa que lo hizo parecer absolutamente adorable, pero yo mantuve una expresión neutra. —Lo siento —añadió. Asentí de nuevo.
—Deberías irte.
—Hum. —No parecía que estuviera totalmente de acuerdo conmigo.
—Adiós, Santiago —insistí con voz neutra. Él se entretuvo un momento y luego se alejó, y juro que lo oí reírse por lo bajo.
Bueno..., podría haber ido peor.
Dentro de mi cabeza, una vocecita me decía que no habría estado metida en ese embrollo si no hubiera montado la maldita caseta de los besos.
