Por fin acabaron las clases de la semana. No había visto mucho a Santiago, a no ser que contaran las veces que nos habíamos cruzado en el comedor o en los pasillos de camino a clase, o cuando lo veía mientras yo estaba con Puck.
Era viernes por la tarde. El sol se estaba poniendo y manchaba el cielo de rosa y rojo antes de que se volviera negro como la brea y estrellado. Era muy bonito y pintoresco. Los chicos estaban tirándose en bomba a la piscina; se retaban a ver quién salpicaba más, hacía la pirueta más bestia o cualquiera de las otras cosas estúpidas que hacen los chicos.
Yo estaba estirada en una de las tumbonas con Lauren y la novia de Mike, Tina, que iba a una de mis clases. Estaban hablando de ir de compras, pero yo estaba totalmente satisfecha con quedarme allí tumbada y cerrar los ojos, completamente relajada, moviendo un pie al ritmo de la canción que salía de los altavoces.
La temperatura aún era lo suficientemente templada como para estar en bikini. No hacía exactamente un tiempo para tomar el sol, sobre todo a las nueve de la noche, pero resultaba agradable estar tumbada ahí.
—Eh, ¿os vais a meter, chicas? Abrí los ojos perezosamente y vi a Finn, que sacudió su mojado cabello en mi rostro mientras se apoyaba en el borde de la piscina.
—Quizá dentro de un momento —respondí.
—Hum, quizá —dijo Tina
—. No sé... No, no quiero mojarme el pelo —admitió Lauren con una sonrisa tímida. Finn puso los ojos en blanco, pero yo sonreí.
—¿No está muy fría? —preguntó Tina, dudosa.
—Pruébala tú misma —la desafió Warren, que apareció en la superficie junto a Finn.
—No, gracias —rió Lauren—. Estamos bien. Warren me miró expectante.
—¿Vas a entrar, Britt?
—Quizá... —respondí perezosa, y dejé que los ojos se me cerraran de nuevo.
—Britt, ¿qué hay entre López y tú? Quiero decir, de verdad —preguntó Lauren en voz baja. Oí crujir una tumbona cuando Tina se inclinó también hacia mí. Me encogí de hombros.
—Nada.
—Pero actúas... No sé. Es raro. Te portas de un modo tan normal con él.
—Sí, pero eso no es raro —indiqué—. Me he criado con Puck, y Santiago siempre estaba por ahí. Por eso no lo llamo López. Pero también porque sé que lo pone de los nervios que lo llame Santiago. Oí reír a Tina y sonreí.
—Te protege tanto —dijo Lauren—, que pensé que quizá hubiera algo..., ya sabes... Negué moviendo un poco la cabeza.
—No. Es que él es así. No tiene importancia. —No era exactamente una mentira...
—Supongo —repuso Lauren. —
Pues yo creo que hacéis muy buena pareja —comentó Tina—. Sois tan diferentes que sería como la pareja perfecta, ¿no creéis?. No pude evitar resoplar, dudándolo.
—Discutimos todo el rato. Si alguna vez fuéramos eso, que no lo vamos a ser... Ostras, no, acabaríamos matándonos. Ambas rieron, y luego comenzaron a hablar de alguna película nueva.
Yo desconecté, demasiado a gusto y adormilada para prestar atención mucho rato. Después de unos momentos de paz, noté que algo me agarraba el tobillo. Otro algo me cogió la otra pierna y me sujetaron los brazos a los costados.
Y la tumbona desapareció de debajo de mí, todo en el espacio de un segundo. Abrí los ojos de golpe y vi a Puck, Karofsky, Warren y Joel sonriendo burlones y riendo ante mi expresión horrorizada. Comencé a sacudirme de un lado al otro mientras se me llevaban.
—¡Soltadme! ¡Dejadme en el suelo! Ellos siguieron riendo.
—No podemos hacerlo, Britty —dijo Puck.
—¡Bajadme! ¡Me vais a tirar! ¡Bajadme!
—Si tú lo dices... —contestó Joe en un tono travieso. Los chicos me balancearon de delante atrás, una, dos veces... Grité mientras reía impotente.
—¡No! Demasiado tarde..., ya me habían lanzado. Caí en medio de la piscina, salpicando por todas partes, y oí reír a todo el mundo mientras me hundía bajo la superficie. Noté, más que oí, a los chicos tirarse en bomba detrás de mí.
¡El agua estaba helada! Volví a la superficie boqueando para tragar aire, con el pelo pegado a la cara y el cuello. Me castañeteaban un poco los dientes.
—¡Os odio, tíos! —les grité, pero me estaba riendo. Ellos también rieron, y yo miré a las chicas, que no contenían sus risitas. —No os reiréis tanto cuando os tiren a vosotras —les dije, y se rieron aún más. Fui nadando hasta la escalerilla para poder salir.
—¡No! Acabas de entrar, ¡no puedes salir aún! —protestó Warren, y se sumergió tras de mí para intentar apartarme de la escalerilla.
Reí y traté de salir, pero era como correr encima de melaza. Noté que Warren me hundía de nuevo.
—¿Qué son tantos gritos? Me impulsé escalerilla arriba justo cuando Warren fue a cogerme. El top de mi bikini se le quedó en la mano, y todo el mundo se calló mientras Santiago me miraba con un gesto de desdén. Me rodeé el pecho con las manos, roja como un tomate. ¡Qué humillante! Me ardían las mejillas, aunque el resto de mí temblaba de frío.
Entonces oí que a alguien se le escapaba la risa. Puck. Reconocía esa risa perfectamente. Y una vez roto el tenso e incómodo silencio, todos los demás comenzaron también a reír.
—¡Warren, es oficial: te odio! —exclamé, mientras me volvía para mirarlo, una vez segura de que estaba totalmente cubierta. Él sonrió disculpándose.
—Lo siento. No tenía intención de cogértelo... No quería quitártelo.
—Eres un idiota integral —le dije, soltando una risita.
—¿Te lo devuelvo o...? Quiero decir, no me voy a quejar si tú no te quejas —bromeó, y yo me reí sarcástica.
—No es que tenga las manos libres para cogerlo —le dije secamente.
—Oh, claro. —Se rió de nuevo y me lanzó el top del bikini que, con un sonido húmedo, aterrizó en el suelo. Finn nadó hacia el desprevenido Warren y lo hundió; lo mantuvo abajo unos cuantos segundos antes de dejarlo subir a respirar. Me reí con todos los demás.
—Lo he hecho por ti —me dijo Finn, muy orgulloso, mientras alzaba el pulgar.
—Espera a que le ponga las manos encima, entonces se arrepentirá —lo amenacé, pero seguía riendo demasiado como para que me tomaran en serio.
—Mejor espera a que López le ponga las manos encima. —Oí que murmuraba Karofsky, y cuando me volví, vi a Santiago mirándonos con el rostro ceñudo. Suspiré. «Allá vamos...»
—No —le siseé secamente mientras pasaba ante él para entrar en la casa. Por suerte, los padres de Puck habían salido a cenar y aún no habían vuelto. De haber estado allí, habría sido de lo más incómodo entrar en busca de alguna de las camisetas de Puck tapándome con los brazos el pecho desnudo. Tenía ropa junto a la piscina, pero ninguna mano libre para cogerla. Rebusqué en los cajones de Puck, encontré una camiseta de un concierto al que habíamos ido un par de años atrás y me la puse torpemente sobre el cuerpo mojado. Me quedaba un poco grande, pero no demasiado.
Sonó un carraspeo a mi espalda. El ruido me hizo pegar un bote hasta el techo; no había oído acercarse a nadie. Santiago estaba apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada en el rostro que hizo que se me humedecieran las manos.
Su expresión era bastante neutra, pero era la sombra en sus brillantes ojos lo que me puso nerviosa.
—¿Qué, casi le has roto una costilla a Warren? —le solté con mala leche, para disimular lo nerviosa que estaba.
—No —contestó él, juntando las cejas.
—Oh, entonces, ¿qué?: ¿la pierna? ¿Quizá un brazo? Dio un par de pasos hacia mí.
—No. Creo que ya ha captado el mensaje de que te deje en paz sólo con la mirada que le he echado —me contestó Santiago, todo satisfecho—. Lo he acojonado.
—Pero... ¿no le has dicho nada a Warren? ¿Ni le has hecho nada? Oh, Dios, debo de haber entrado en un universo paralelo. Santiago rió sarcástico.
—No he tenido que hacer nada. Ya ha pillado el mensaje. Meneé la cabeza para mí misma, aún recuperándome de la impresión. —Además, hasta yo he podido ver que ha sido un accidente —masculló como a regañadientes.
—Tampoco es que nadie me haya visto nada.
—Excepto yo.
—Bueno, sí, pero... quiero decir, tú has... Ya sabes a qué me refiero. Él sonrió burlón ante mi sonrojo y mi confusión. —Tú eres el que lleva los bóxers de Superman.
Podía ver la goma por encima de la cintura del pantalón. Recordé que lo había hecho sonrojarse cuando le vi con ellos.
—Como tú digas —replicó, quitándole importancia, pero no podía mirarme a los ojos. Sonreí triunfante, porque sabía que había conseguido avergonzarlo.
—Imagínate lo que dirían todos si descubrieran que el duro de López lleva calzoncillos de Superman —lo provoqué mientras salía tranquilamente de la habitación de Puck, rozándolo.
—No lo harías... Lo miré volviendo la cabeza y con una sonrisa inocente en los labios, como si lo desafiara a que me impidiera demostrarle que sí lo haría.
Cuando trató de agarrarme, ahogué un grito y corrí hasta la habitación más cercana, que resultó ser la suya. No sabía si dar las gracias o maldecir mi suerte, pero estaba atrapada en la habitación de Santiago, y éste cerró la puerta a su espalda, sonriéndome malicioso. Retrocedí, pero él dio un paso hacia mí con cada uno que yo daba.
Cuando choqué con la espalda en la pared y ya no tenía adónde ir, Santiago aprovechó la ventaja y de un salto se apretó contra mí, su cálido aliento cosquilleándome el rostro.
—A veces, Britt —susurró, y sus labios rozaron los míos levemente—, eres demasiado irresistible para tu propio bien. Una leve sacudida de excitación me recorrió.
Él me pasó los labios por el mentón; el pulso se me puso como loco y me quedé sin aliento. Cuando no pude aguantar más, le agarré el rostro y lo besé. Esa vez no choqué con los dientes. Un montón de práctica se había encargado de remediar eso. Él se apartó cuando yo ya estaba totalmente sin aliento, y abrí muy lentamente los ojos para encontrarme con los suyos.
Santiago me apartó un mechón de cabello, aún mojado, del rostro y dejó la mano en mi mejilla tiernamente.
—Eres tan guapa, Britt, ¿lo sabías? —dijo en voz baja mientras me acariciaba la mejilla con el pulgar. Lo vi sonreír burlón cuando me sonrojé. Era muy raro. Las chicas me habían dicho un par de veces que yo era mona, y los chicos me soltaban que era sexy, pero cuando Santiago lo decía, el corazón me daba una voltereta dentro del encanta hacerte sonrojar —continuó. Y pude oír la risa en su voz.
—Calla —mascullé, y lo empujé débilmente en el pecho.
—Deberías volver —murmuró—, antes de que empiecen a preguntarse por qué estás tardando tanto.
—O antes de que Puck piense que nos hemos matado mutuamente. Santiago soltó una risita.
—Sí, eso es más probable. Pero no se apartó. Yo podría haberme marchado si hubiera querido realmente, pero ambos nos quedamos exactamente donde estábamos, y Santiago siguió acariciándome la mejilla. Con la mirada le reseguí la línea de los pómulos, el mentón, los bultos de la nariz torcida, la longitud de las pestañas, las pecas casi invisibles sobre el puente de la nariz..., pequeñas cosas que nunca había notado antes.
—Santiago...
—¿Sí?
—Tengo que irme. Lo dije sin ganas, y mi voz revelaba lo que realmente quería, pero él suspiró y se apartó, dejando caer la mano. El ambiente era lo suficientemente denso como para asfixiarme. Lo único que quería hacer era quedarme con Santiago, pero sabía que no podía, así que me dirigí a la escalera.
Sentía un picor en la mejilla, allí donde él me había acariciado; notaba el sabor de sus labios sobre los míos. Tuve que parar un momento y recomponer mi expresión para que nadie notara lo que pasaba. Lo más difícil de todo fue contener la sonrisa.
—López parecía irritado —dijo Lauren en cuanto me reuní con ella de nuevo—. ¿Qué ha dicho? —
No lo he visto —mentí. No me gustaba nada lo fácil que ya me resultaba mentir.
—Deberías haber visto la cara de Warren —rió Tina. Cogió el móvil, apretó unos botones y me lo pasó. Una foto de Warren llenó la pantalla: estaba blanco como un fantasma, con los ojos saliéndosele de las órbitas y la boca abierta como un idiota. Me eché a reír.
—¡Qué fuerte, esto es fantástico! —Y ahí acabó todo. Suspiré por dentro mientras el alivio me inundaba. No parecía que nadie sospechara que Santiago y yo habíamos estado juntos. Estaba decidida a olvidarme de él y disfrutar del resto de la noche del viernes con mis amigos.
