Ente las clases y los deberes, los profes nos estaban machacando; las dos semanas siguientes pasaron volando.
Si no estaba con Puck, entonces estaba escondiéndome con Santiago. Fuimos a ver una peli, y hubo unas cuantas ocasiones en las que nos pudimos ver a solas, por ejemplo cuando mi padre había salido y Brad no estaba en casa, o cuando su casa estaba vacía. Creo que a ambos nos sorprendió descubrir que podíamos estar juntos sin necesidad de liarnos.
Después de la peli, nos quedamos sentados en su coche casi media hora sólo hablando. Nos entreteníamos con videojuegos o nos poníamos a ver la tele, y era..., bueno, era agradable. Claro que seguíamos discutiendo y discrepábamos en casi todo, incluso en qué ver en la tele. Yo todavía no me había acostumbrado a la emoción de vernos a escondidas.
Pero no me gustaba nada la sensación de culpa que lo acompañaba: mentir a mi mejor amigo, a mi padre, a todo el mundo... Un húmedo domingo por la noche, yo estaba en una mesa de trabajo en el garaje, y Santiago le estaba haciendo algo a la trampa mortal con dos ruedas que llamaba moto. La puerta estaba entreabierta, pero no tanto como para que alguien pudiera vernos.
—No puedo creer —dije— que pienses que la segunda peli de Transformers era mejor que la otra. Nada supera a la primera, lo juro.
—¡Vamos...! ¿Esos coches gemelos? Eran ridículos.
—Pero la primera era... ¡épica! —resoplé.
—La segunda es mejor, Britt, te lo digo yo. Eh, ¿puedes pasarme esa llave inglesa un segundo?
—¿Dónde está? —Me puse en pie y miré alrededor. Yo no sabía mecánica, pero al menos sí estaba enterada de lo que era una llave inglesa. Quizá no tuviera ni idea de lo que Santiago estaba haciendo, pero estaba muy sexy haciéndolo.
—En el estante sobre tu cabeza. Me subí a la mesa en la que había estado sentada, agarrándome al estante con los dedos, buscando la herramienta. Arrugué la nariz al ver las telarañas que había allí, y confié en que no hubiera ninguna araña asquerosa colgada sobre mi cabeza.
—Arg... —Entonces vi la llave y la cogí. Cuando me volví para bajarme, me golpeé en la cabeza con el estante—. ¡Ay! —exclamé automáticamente y solté la llave inglesa para frotarme la cabeza.
Esa reacción me hizo perder el equilibrio y un pie me resbaló fuera de la mesa. Con un golpe seco y otro gemido, me estrellé contra el suelo. Atontada, parpadeé un par de veces para deshacerme de los puntos brillantes que veía, hasta que el garaje recuperó su forma. Noté un intenso dolor.
—Oh, mierda —oí decir a Santiago.
—Ay —me quejé otra vez mientras me llevaba la mano a la mejilla. Noté sabor a sangre, debía de haberme mordido la lengua. Santiago había dejado caer el destornillador y el trapo que tenía en la mano y estaba acuclillado junto a mí, con una mano en mi espalda y la otra apartándome el cabello de los ojos.
—¿Estás bien, Britt? Me toqué la mejilla con la punta del dedo e hice una mueca de dolor, porque, ¡tío, eso dolía!
—¿Queda feo? —pregunté como si fuera una niña pequeña. Santiago se rió.
—No. Sólo es un rasguño. Aunque puede que te salga un morado... Lo cierto es que deberíamos lavártelo. Conociéndote, se te infectará, y entonces sí que quedará feo. Yo no me reí. Sólo lo miré con morritos por burlarse de mí.
Pero Santiago tenía razón: debía limpiármelo, había todo tipo de cosas sucias por el garaje: polvo, aceite de motor, telarañas... Me puse en pie. Santiago mantuvo la mano en mi espalda para estabilizarme. Estaba bien para ir sola, pero no hice que se apartara. Me gustaba. Era agradable que Santiago me rodeara con el brazo. Como si ése fuera su lugar. «Tío, de verdad que tengo que dejar de leer todos esos libros de historias de amor cursis.» Hice una mueca de dolor.
—¿Qué? ¿Qué te pasa?
—Estoy bien —contesté—. Me duele como si me hubiera roto el culo, pero estoy bien. No es nada. Despacio, me incorporé de nuevo. Vale. Todo estaba bien. Santiago me miró durante un largo momento, luego se encogió de hombros. Volvimos a la casa por la puerta que conectaba el garaje con la sala de juegos.
Santiago miró hacia el vestíbulo antes de hacerme subir la escalera hasta su habitación. Cerró la puerta de una patada y me sentó en el borde de la cama mientras él entraba en el cuarto de baño. Yo me removí un poco, pero me dolía el trasero.
—Eres tan patosa... —rió Santiago, que de repente estaba sólo a un par de pasos de mí. Puse los ojos en blanco.
—No siempre.
—No. Sólo la mitad de las veces. Se acuclilló delante de mí. Después de dedicarme una sonrisa compasiva, me cogió la barbilla entre el índice y el pulgar y, con mucho cuidado, me hizo volver la cara un poco. Yo me quedé sentada, haciendo todo lo que podía para no gemir mientras él me limpiaba la mejilla con una esponja mojada; luego me puso un poco de crema antiséptica, que me picó mucho.
—Perdona —dijo él cuando hice la cuarta mueca.
—No pasa nada. No es culpa tuya.
—No debería haberte dicho que me pasaras la llave inglesa. Parecía molesto, pero no estaba enfadado conmigo, lo sabía
—. Eso ha sido estúpido.
—No pasa nada. De verdad. Ha sido un accidente, y además por mi culpa. No importa. Santiago no dijo nada, aunque tenía pinta de querer hacerlo.
—¿Desde cuándo eres tan buen médico? —le dije bromeando, pasados unos minutos, para tratar de distraernos a ambos; a mí del palpitante dolor en la mejilla izquierda y a Santiago de lo que fuera que estuviera pensando, porque no parecía muy contento.
—Desde que me meto en peleas. Tenía cara de póquer y no pude descifrar nada de su expresión
—. Aprendes a curarte las heridas.
—Oh.
—Vamos, dilo.
—¿Que diga qué?
—Que soy un bruto adicto a la violencia. Eso es lo que siempre me dices.
—Porque lo eres —repuse simplemente—. Quiero decir, ¿por qué te metes en todas esas peleas? Te he visto pelearte, Santiago; no es bueno, y... Su profundo suspiro me cortó a mitad de frase.
—Vale. De acuerdo. Soy un idiota y me meto en peleas sólo porque sí. Tú ganas. Lo dijo rápido, como queriendo acabar la conversación; desde que éramos pequeños no le gustaba nada admitir que se equivocaba.
Todo el mundo lo sabía. Pero acababa de admitir que se equivocaba y yo tenía razón. Vale, era algo en lo que no me gustaba tener razón, pero..., de todas formas, me sentí satisfecha de mí misma. Me pregunté si Santiago siempre se sentiría así cuando ganaba nuestras peleas verbales. —Acabas de admitir que he ganado... —No pude evitar el tonillo cantarín y triunfante que se me coló en la voz. Santiago puso los ojos en blanco.
—Sí, lo has hecho. Muy bien, ya has tenido tu momento de gloria.
—Pero hablaba en serio —le dije—. Sobre ti, ya sabes..., sobre que parece que te pone pelearte. Él se recostó en su asiento, mirándome a los ojos. No había nada de bromas o juegos en el aire.
—Ya sé que hablabas en serio. Y ya sé que lo soy. No puedo evitarlo. ¿Recuerdas cuando Puck y tú fuisteis a aquel campamento donde jugabais al fútbol? Tenías trece años o así. Volviste hablando sin parar de lo bueno que era el pastel de queso.
—¿Sí...? —¿Adónde quería ir a parar con eso? Entonces pensé: « ¿Se acuerda de cuando fui al campamento de fútbol?». Yo casi ni lo recordaba. Para mí era un vago recuerdo de semanas de diversión. Había olvidado completamente lo del pastel de queso.
—Bueno, ése fue el verano después del que comencé a meterme en peleas y esa mierda en el cole. Mis padres me enviaron a un par de psicólogos. Querían ayudarme, lo sé. Pero la cosa es... —Suspiró un poco
—. Lo intentaron, pero fracasaron miserablemente. Soy un chico malo y siempre lo seré. Supongo que tendrá que ver con cómo tengo los cables en el cerebro. —Se encogió de hombros, como si le importara tres pitos. Me gustaban mucho esas raras ocasiones en las que veía al Santiago que había detrás de la sexy media sonrisa; cuando me dejaba ver su lado vulnerable. No sabía que había acudido a psicólogos; quizá Lee tampoco lo supiera.
—Estás muy mono cuando te pones todo vergonzoso así —lo pinché para aligerar el ambiente.
—Primero, no me pongo vergonzoso —repuso él, sabiendo que yo bromeaba—. Y segundo — chocó su rodilla con la mía—, no me llames «mono». Me reí y él me sonrió, con una sonrisa que lanzó un breve destello del hoyuelo de su mejilla izquierda.
Mi sonrisa hizo que me doliera la mejilla, y gemí mientras me llevaba una mano a mi dolorida cara. Santiago me apartó la mano, se inclinó hacia delante y me dio un suave beso ahí. Sentí como si me derritiera por dentro; supongo que dar un besito en la pupita no sólo funciona con los niños de cinco años.
Pero me sobresalté. No debía sentirme como si me derritiera de felicidad. Tenía mucho cuidado y cautela con mis sentimientos hacia Santiago. Seguramente, después de confiar en mí así, estaríamos más unidos, pero eso era malo.
No debíamos sentirnos más unidos. No podía permitirme encariñarme de Santiago; si lo hacía, las cosas acabarían liándose, todo empezaría a salirse de madre. Puck me odiaría y yo no tendría a Santiago para apoyarme en él, y acabaría hecha una mierda. Pero al mirarlo a los ojos, mientras yo contenía una risita y él me besaba tiernamente la mejilla dolorida, lo único en lo que pude pensar fue en él. En lo mucho que me gustaba estar con él. En lo increíble que me sentía sólo con que me rodeara con los brazos. En lo brillantes y marrones que eran sus ojos...
—Britt... —comenzó a decir, mirándome serio, pero yo también había comenzado a hablar.
—Creo que también me he hecho daño en los labios —le dije en voz baja, señalándomelos. Él se rió de forma casi inaudible, y negó con la cabeza mientras se inclinaba hacia mí... La puerta, que no estaba cerrada del todo, se abrió antes de que pudiéramos separarnos.
—¿Qué pasa aquí? Santiago se puso en pie de un salto; yo me volví y me quedé como una tonta en el borde de la cama. Toda una retahíla de palabrotas que nunca diría en voz alta me pasó por la cabeza cuando vi a Puck en la puerta.
—He preguntado qué está pasando aquí —repitió Puck, mientras los ojos se le entrecerraban de sospecha al mirarnos a uno y al otro. Entonces su mirada se volvió hacia mí y se quedó boquiabierto —. ¡Dios, Britt! ¿Qué te ha pasado en la cara?
—Gracias —murmuré sarcástica, pero no tenía el suficiente entusiasmo como para relajar el ambiente. En un segundo, Puck estuvo ante mí, observándome la mejilla herida.
Se volvió de golpe para mirar muy serio a su hermano.
—¿Se lo has hecho tú?
—¿Qué? —preguntó Santiago, tenso—. ¿Qué has dicho?
—¿Qué pasa, estás sordo? —masculló Puck. Luego, mucho más alto, repitió—: Te he preguntado si se lo has hecho tú. ¿Has pegado a Britt? Santiago apretó los dientes con tanta fuerza que se le marcaban los músculos de la mandíbula.
—¿De verdad crees que... pegaría a Britt?
—Sí, bueno, ¡de ti no me sorprendería! —replicó Puck, enfadado—. Entonces, ¿qué coño ha pasado? ¿Qué diablos estabais haciendo? Puck sólo decía algún taco cuando se ponía muy, muy furioso. Sabía que las cosas se estaban poniendo feas, pero me había quedado helada, muda.
—No tengo por qué darte explicaciones, hermanito —le soltó Santiago sin ningún miramiento. Puck apretó los puños ante el tono desdeñoso de Santiago.
—Entonces, ¿qué le ha pasado a Britt?
—No es nada —contesté apocada, y ambos se volvieron para mirarme con dureza. Agaché la cabeza; el cabello me ocultaba el rostro cuando los miré de nuevo—. No es nada. Estoy bien...
—Y una mierda estás bien —masculló Puck, amenazante. Me señaló con el dedo y casi le gritó a Santiago—: ¿Qué ha pasado?
—Ha venido a buscarte y se ha tropezado en el garaje. No ha sido nada. Cálmate ya. No le ha pasado nada. Lo que estaba poniendo a Puck de los nervios era el tono de sobrado de Santiago, y apuesto a que éste lo sabía. A mí también me hubiera cabreado de lo lindo.
—No es culpa suya... —intenté terciar, pero ambos pasaron de mí.
—¿Y tú la has dejado caer? Apuesto a que ha sido toda esa mierda que dejas tirada lo que la ha hecho tropezar.
—No es como si yo tuviera algún poder divino para controlar su torpeza. «Vaya, gracias, Santiago.»
—Entonces, ¿fue tu culpa? Lo sabía —exclamó Puck, meneando la cabeza de adelante atrás. Se mordía el interior de una mejilla de lo furioso que estaba. Yo estaba convencida de que sabía que la culpa no era realmente de Santiago, pero parecía lo suficientemente cabreado con él como para culparlo de todas formas.
—Ha sido un accidente —dijo Santiago con los dientes apretados y los ojos negros destellando de furia. Puck sólo se encogió de hombros, lo que cabreó más a Santiago.
—Tampoco es que me hubiera sorprendido mucho si se lo hubieras hecho tú.
—Ya está bien —rugió Santiago, y se lanzó contra Puck, que ya estaba a punto de pegarle. Salté de la cama y me puse entre ellos antes de que se mataran. Empujé a Santiago en el pecho tan fuerte como pude, sin ningún resultado. Pero al menos, como yo estaba en medio, dejaron de tratar de pegarse.
—Santiago —dije con voz tranquila—. Santiago, mírame. Santiago. Dejó de lanzarle puñales con la mirada a Puck y se volvió hacia mí, con una expresión un poco más calmada.
—Tú sabes que no te pegaría, Britt. Si hubiera podido, habría impedido que te cayeras. Nunca te pegaría. Lo sabes, ¿verdad? Asentí pacientemente.
—Sí, lo sé. Pero no tienes que pelearte con Puck, ¿vale? Él sólo se preocupa por mí.
—¡Nunca te pegaría! —soltó Santiago con ferocidad, apretando de nuevo los dientes.
—Lo sé —repetí, con una voz tan tranquilizadora como pude. Le puse una mano sobre el pecho, que le subía y bajaba con rapidez, casi jadeante—. Lo sé, ¿vale? Pero cálmate ya. Por favor. Yo sé que no lo harías. Cálmate, por favor. Me sostuvo la mirada durante unos cuantos segundos más antes de apartarse y pasarse los dedos por el cabello.
Me di la vuelta y le cogí la mano a Puck. Tiré de él para sacarlo de allí y llevarlo a su cuarto. —Caramba —exclamó Puck en cuanto cerró la puerta—. Nunca había visto a nadie calmarlo así antes. Ha sido... raro. Y normalmente os estáis gritando el uno al otro.
—Mira, olvídalo. Al menos ya no estáis intentando pegaros. —Suspiré y me tiré sobre su mullido colchón. Él se tumbó a mi lado, y luego me tocó la mejilla. Tragué aire con una mueca de dolor.
—Perdón —se disculpó al instante—. Explícame qué ha pasado. ¿Qué le había dicho Santiago? Yo había ido a buscar a Puck... Así que mascullé algo sobre llegar a la casa y oír a alguien en el garaje, pero era Santiago.
Había pasado por la sala de juegos para buscar a Lee, pero me había caído y me había golpeado en la cara. Se me estaba retorciendo el estómago y tenía ganas de vomitar. Seguramente por la culpabilidad, decidí. Odiaba mentir a Puck.
Pero no le podía contar la verdad, sobre todo en ese momento, cuando aún estaba furioso con Santiago, aunque se estuviera calmando. «Pues estaba sentada en tu garaje, coqueteando con Santiago, liándonos un poco antes de que siguiera trasteando con su moto, y entonces me caí de cara. Oh, y por cierto, hace unas cuantas semanas que me lo monto a escondidas con él, así que no pasa nada. Hacemos esto normalmente, excepto por la parte en la que me caigo.» Sí, eso le sentaría genial. No era el momento adecuado, me dije. No se lo podía contar. Aunque tampoco había mucho que contar; no era como si me hubiera enamorado de Santiago ni nada de eso, pero aunque así fuera, seguía siendo un mal momento.
—Bien, así que no ha sido culpa de Santiago —masculló—. Pero él... No lo dejé acabar; había algo que me moría por preguntarle. Lo cierto era que me daba miedo su respuesta. Pero se lo solté.
—¿De verdad crees que me pegaría? Puck me miró durante un rato, luego bajó la mirada.
—Lo sé, lo sé, es mi hermano. Pero por un segundo pensé que se le había ido totalmente la olla y que tú estabas en el peor sitio en el peor momento, o que habríais estado discutiendo de nuevo... No me gusta nada pensarlo, pero...
—Santiago no me pegaría —dije en voz baja, toqueteándome la camiseta. Tenía una raja; debía de haberse roto cuando me caí de la mesa—. Incluso Santiago sabe hasta dónde puede llegar.
—Eso espero —murmuró Puck.
—Yo lo sé seguro.
—Os pasáis la vida discutiendo, y ¿ahora lo defiendes? No era una acusación, sólo una afirmación.
—Tú también te has puesto como una furia en un segundo —le recordé—. ¿Qué pasa? Puck suspiró y se mesó el cabello.
—Estoy de los nervios. He suspendido el examen de historia, ¿recuerdas? Mis padres me han dicho que tal vez estoy pasando demasiado tiempo con Lauren. Estoy estresado, eso es todo.
Le cogí la mano, entrelazando los dedos. Él me los apretó con fuerza y respiró hondo.
—Pero no cambies de tema, señorita. ¿Desde cuándo vosotros dos sois tan colegas? Santiago y tú pareciáis hacer muy buenas migas cuando entré en el cuarto.
Él corazón se me aceleró. No creía que Puck hubiera visto nada de nada, porque no era de los que se andaban con rodeos; si sospechara algo, me lo habría preguntado directamente. «Ahora no es el momento. No ahora. Se lo puedes contar en otro momento, pero no ahora...»
El estómago se me retorció. Debía decírselo. Quiero decir... Acabaría descubriéndolo en algún momento, así que ¿por qué no decírselo ya, antes de que se enterara por alguna otra persona? Debía decírselo. No quería hacerlo. Él me odiaría. Pero me odiaría menos si se lo decía ahora que si se enteraba más tarde.
— Puck, por favor, no me odies...
—¿Britt? —dijo una voz desde la puerta. Me callé con un suspiro y me dejé caer de nuevo sobre la cama de Puck. Santiago no podía haber aparecido en peor momento. Justo cuando estaba a punto de contárselo todo a Puck. No. No.
—¿Qué diablos quieres? —le soltó Puck cuando yo no respondí. Santiago le lanzó una mirada molesta.
—Britt, puedo hablar contigo un momento —dijo.
—Claro. —Le apreté la mano a Puck un instante más antes de soltársela y levantarme de la cama.
Le dediqué lo que esperaba que fuera una mirada tranquilizadora y cerré la puerta del dormitorio al salir. Santiago se estaba rascando la nuca, con los dientes apretados. Tardé un rato en entender su expresión: estaba pensando muy seriamente en algo. Abrió la boca, la cerró, luego me arrastró hasta su cuarto de nuevo. Esta vez cerró la puerta bien cerrada.
—Lo entenderé... si, ya sabes, si no..., si quieres acabar..., ya sabes, con lo que sea que hemos estado haciendo. Si no quieres volver a verme... Fruncí un poco el cejo. ¿De dónde salía eso así, de repente?
—¿Y por qué iba a querer hacerlo? Él se encogió de hombros.
—Lo entenderé si es lo que quieres. Estabas hablando antes de que soy violento, y luego está lo que ha dicho Puck..., lo de pegarte, y yo... lo entiendo. Seguí con el cejo fruncido.
—«Adicto a la violencia» no está en la lista de las cinco mejores cualidades de nadie, ¿eh? — Esbozó una sonrisa amarga—. Aunque nunca haría nada como lo que ha dicho Puck... Lo sabes, ¿verdad? Lo digo en serio. Nunca te haría daño, Britt. Lo juro. Asentí.
—Lo sé, ¿vale? Lo sé.
—Pero aun así lo entenderé si no quieres... seguir con esto. Lo que sea que estamos haciendo. Si quieres parar...
—No quiero. Es decir —añadí rápidamente cuando vi que le cambiaba la cara—, no quiero parar. Sonrió y soltó una risita por lo bajo; me acerqué a él y apoyó la frente sobre la mía.
—Soy una influencia muy mala para ti. Te permito tomar decisiones estúpidas como ésta.
—¿Cómo qué?
—Como seguir conmigo. Me dio un rápido beso en los labios, luego se apartó y añadió—: Ve..., antes de que Puck piense que te he tirado por la ventana o algo así. Me reí y negué con la cabeza mirándolo mientras salía de la habitación.
Puck estaba esperándome fuera de su dormitorio, pero no había estado escuchándonos, sólo esperaba.
—¿De qué iba eso?
Le conté algo sobre Santiago diciéndome que nunca me pegaría mientras agitaba una mano quitándole importancia. Pero el corazón me golpeaba dentro del pecho, esperando a que Puck asintiera aceptando mi mentira.
—¿Y ahora es cuando me cuentas que mi mejor amiga y mi hermano están locamente enamorados? Solté un bufido y me eché a reír.
— Puck, se te ocurre cada tontería... ¿Enamorada? ¿Yo, enamorada de Santiago López? Sí, claro. Seguro.
Mi padre sólo suspiró y me dijo que tuviera más cuidado cuando le conté que me había caído en el garaje de Puck.
—La verdad —añadió—, eres peor de lo que nunca fue tu madre. ¿Recuerdas aquella vez que tropezó en las escaleras mecánicas de los grandes almacenes? Casi le tuvieron que poner puntos en el pie. —Movió la cabeza mientras sonreía con nostalgia. Tampoco nadie en el instituto dudó de la historia de que me había caído en el garaje de Puck. ¿Y por qué iban a hacerlo? No era mentira... esta vez.
Mentir parecía ser parte de mi relación con Santiago, y eso no me gustaba nada. Pero, al parecer, cada vez se me daba mejor. Aunque no era algo de lo que me sintiera orgullosa. Durante el almuerzo, estaba esperando a que Puck y los chicos acabaran de llenarse los platos cuando, de repente, toda la mesa se llenó de chicas.
—Estaba pensando en López—anunció Elaine mirándome directamente.
—Ooh, suéltalo —la urgió Harmony.
—¿Sale con alguien? —me preguntó directamente. Todo el mundo sabía que López no tenía novia, que no le iban las novias, sólo los rollos.
Así, ¿por qué de repente Elaine pensaba que salía con «alguien»? ¿Nos habríamos descuidado? ¿Nos habría visto? ¿Por qué me dirigía la pregunta a mí? Tragué saliva y cerré los dedos contra mi sudada palma. Me decidí por una respuesta fácil.
—No me mantienen constantemente informada de lo que Santiago está haciendo.
—Estás más informada que ninguna de nosotras —masculló Mercedes—, tía con suerte. Pero me guiñó el ojo con una gran sonrisa, y yo me reí, bastante aliviada.
—¿Por qué lo preguntas? —inquirí a Elaine. Ella se encogió de hombros.
—Tenemos una teoría.
—¿Teoría? —repetí. Elaine asintió; Dani se acercó más y bajó la voz. Con calma, como si el pulso no se me hubiera disparado, cogí una cucharada de mi plato de pasta.
—Creemos que López tiene una novia misteriosa. Casi se me cayó el tenedor. Y a punto estuvo de caérseme también la mandíbula. Sugar soltó una carcajada.
—Lo dudo. Estás hablando de López. Es un don Juan, no me lo puedo imaginar yendo en serio con nadie.
—Bueno, tal vez si encontrara a la chica adecuada... —Bree se señaló a sí misma, riendo.
—Pero pensad en ello —continuó Dani—. No lo he visto con nadie, y me refiero a nadie, desde hace semanas. Normalmente lo ves en las fiestas liándose con alguna chica con suerte, pero...
—¡Oh, Dios mío! —chilló Harmony—. ¡Tienes razón! Hace semanas que no se lo ve con ninguna chica. Pero todas visteis el chupetón que tenía hace un par de semanas, ¿no?
—¿Cómo no verlo? —rió Mercedes. Estaba esforzándome mucho para no sonrojarme ni parecer culpable o preocupada. Esas chicas se fijaban en mucho más de lo que yo creía.
—¿Lo has visto con alguien, Britt? Ya sabes, cuando estás en su casa con Puck. Negué con la cabeza.
—No, no lo he visto con nadie.
—Me pregunto quién será...
—Suponiendo que sea alguien —intervino Tina.
—O quizá sea gay —solté entonces, así, como casualmente. Por un momento se hizo el silencio, y yo seguí comiendo tranquilamente mi ensalada de pasta. Todas me miraban boquiabiertas.
—Para nada.
—No puede serlo.
—No crees de verdad que lo sea, ¿no?
—¡No, de ninguna manera! No pude resistirlo más y me eché a reír.
—¡Sólo estaba bromeando! Deberíais haberos visto la cara... Ojalá hubiera tenido una cámara.
Dani me dio una palmada en el hombro, ceñuda.
—Eso no ha tenido gracia, Britt.
—Lo siento —dije entre risitas—. No he podido resistirme. Pero las había distraído del asunto de la supuesta novia misteriosa de Santiago López, y yo estaba totalmente fuera del radar.
Solté un inaudible suspiro de alivio y las escuché mientras charlaban de chicos. Ya había oído suficientes cotilleos sobre López cuando yo no tenía nada que ver con ellos; no sabía cómo iba a sobrevivir si descubrían que la inocente Brittany había estado enrollándose con el duro de López.
Mierda, eso sería tan poco creíble como si dijera que me había comprado una moto.
