Lo siento por desaparecer tanto pero aqui tienen los nuevos capitulos!


Muy pronto llegamos a mediados de mayo. Como si no estuviera suficientemente preocupada con todo lo que pasaba en mi vida, y no hablemos de los exámenes finales, también tenía que ocuparme del consejo escolar.

—Bueno, el Baile de Verano se celebrará a principios de junio —nos anunció Quinn.

—¿Qué? Pero ¡no nos da casi tiempo! —protestó alguien en voz alta. Quinn alzó las manos en un gesto de rendición, y todos se callaron.

—Yo no elijo la fecha, lo siento. Es el único día que hemos podido conseguir la sala de baile del Royale. —¿Nos has conseguido el Royale? —chilló Kaitlin, expresando lo que la mayoría de las chicas pensábamos.

El Royale era un hotel totalmente extravagante, todo de blancos, dorados y mármol. Quinn asintió.

—Sí. Nuestro capital ha dado para eso, pero estaremos un poco justos para la decoración y la banda, a no ser que subamos un poco las entradas.

—Bueno, podemos hacerlo —intervine yo—. Es el Royale. A nadie le importará pagar un poco más para ir allí.

—Cierto —admitió Quinn, y todos asintieron para demostrar que estaban de acuerdo—. Bueno, tenemos que pensar en la comida, la banda, las entradas y...

—Necesitamos un tema —dijo una de las chicas, poniendo ambas manos sobre la mesa. Tina saltó de su asiento toda excitada.

—¡Deberíamos hacerlo como totalmente medieval! ¡Vi un programa donde tenían el tema medieval y era increíble!

—No —dijeron todos los chicos casi al unísono. Me reí al ver la expresión horrorizada de Puck.

—¿Qué os parece ir de blanco y negro?

—Eso es muy poco veraniego.

—¿Vintage? ¿Como de los sesenta o algo así? O, no, ¡podríamos hacer algo en plan los locos años veinte! Los chicos podrían vestirse como de gánsters, con trajes elegantes, y ellas con esas cosas que tenían..., ya sabéis..., oh, ¿cómo se llaman? Los flappers, esos vestidos cortos con flecos. Sería tan guay —sugirió Bridget, toda excitada.

—Hum, no —dijo alguien secamente.

—¿Podré llevar una pistola —bromeó Tony— si voy de Al Capone?

—Eso funcionaría de la hostia —soltó uno de los chicos con sarcasmo. Era Max, de mi clase de literatura

—. ¿La época de la Ley Seca? ¿En un baile del instituto? Porque nadie va a intentar colar alcohol y conseguir que nos prohíban los bailes.

—Bueno, podríamos hacer un baile de máscaras...

—¡Sí! ¡Oh, sí! ¡Eso sería una pasada! Gruñí y apoyé la frente sobre la mesa antes de incorporarme de nuevo.

—¡Oh, vamos! ¿No creéis que eso ya está muy visto? Últimamente todos hacen bailes de máscaras. Si hasta salen por la tele. Tiene que haber algo más.

—Ya tuvimos ese estúpido tema de Hollywood o cómo diablos lo llamarais para el Baile de Invierno —masculló Eric

—. Al menos un baile de máscaras mola.

—Pero ¡se ha hecho muchas veces!

—Estoy de acuerdo —me apoyó Puck.

—Tú claro que lo estás. —Oí decir a Quinn mientras negaba con la cabeza mirándonos.

—Eh, siempre podríamos montar una miniferia —sugirió Kitty con un brillo en los ojos—. Ya sabéis, con alguien que te dijera el futuro, algodón de azúcar..., otra caseta de besos.

—Si Britt la monta, no diré que no —rió Tony, uno de los mayores, mientras me guiñaba un ojo. Yo puse cara de fastidio y confié en no estar sonrojándome. Con todo el tiempo que había pasado y aún seguían sacando cómo me había besado con López en la caseta de los besos.

—No, no vamos a hacer eso —dijo Puck, y sonó tan parecido a Santiago que me quedé parada.

—Bueno, pues vamos a votar —repuso Quinn, que se estaba impacientando

—. ¿Los que estén a favor del baile de máscaras? Todo el mundo alzó la mano menos Puck y yo. —Entonces, está decidido. Puck, Britt, ¿puedo contar con vosotros para ocuparos de los pósters y las entradas?

—Claro —contestamos suspirando al unísono. Mientras que Quinn básicamente nos ordenaba lo que teníamos que hacer, sin darnos ningún diseño en concreto, los demás se fueron repartiendo el resto de tareas.

No me malinterpretéis; realmente me apetecía mucho el Baile de Verano. Iba a ser increíble, sobre todo porque lo íbamos a hacer en el Royale. Pero no me gustaba nada la idea de tener que buscar a alguien con quien ir. Los bailes en nuestro instituto eran para los mayores y los no tan mayores. Los bailes de verano e invierno eran grandes acontecimientos. Para el Baile de Invierno había ido con Puck como amigos, ya que entonces él no tenía novia. Pero este año se lo pediría a Lauren. Y eso significaba que no iría conmigo, así que tenía que buscarme a alguien.

De ninguna manera pensaba ir sola. Así que... ¿Con quién podía ir? Sabía con quién querría ir, pero cuando pensé en los rumores y los cotilleos que se extenderían como un virus si yo aparecía con Santiago López... Con sólo pensarlo me daban náuseas. Y tampoco podía presentarme con él sin explicárselo todo a Puck primero. Me odiaría si se lo contaba así, de repente.

Pero ¿cuándo iba a tener la oportunidad de decírselo? ¿Y de reunir el coraje para hacerlo...? Gracias a Santiago, tampoco podía imaginar a una fila de chicos haciendo cola. Por el lado bueno, si me presentaba sola y era un baile de máscaras, quizá nadie se diera cuenta de que era yo. Tuve la loca esperanza de que Santiago me pidiera ir con él. Me pregunté si debería soltar unas cuantas indirectas, y la oportunidad se me presentó un par de días después. Estábamos haciendo varias pruebas de pósters y entradas en el ordenador de Puck cuando sonó su móvil.

—Hola, Karofsky... ¿Qué? ¿En serio? ¡Oh, tío! ¡Voy en seguida!

—¿Qué pasa? —Está en el bar del centro comercial con algunos de los chicos, y adivina quién está allí comprando donuts.

—¿Cómo quieres que lo sepa...?

—Matt Cain, de los San Francisco Giants. Ya sabes, el jugador de béisbol. Es un lanzador.

—Oh, claro, guay. Así que te vas.

—¡Pues claro! —rió él—. Eh, ¿sabes dónde tengo la gorra de béisbol?

—En el armario —contesté, señalando con el dedo. Rebusqué por su desordenado escritorio hasta encontrar un rotulador indeleble y se lo pasé sin volverme mientras él corría hacia la puerta.

—¡Hasta luego! —gritó Puck, y oí el portazo cuando salió de casa. Me reí. Había oído hablar de Matt Cain, pero yo no era una gran fanática del béisbol. Era fantástico jugar y muy divertido de ver. Había estado en un par de partidos con mi padre y Brad, y con Puck.

Pero personalmente prefería el fútbol americano. «Sobre todo si juega Santiago...» Recordé que tenía otro partido el viernes. Eran unos cuartos de final o una semifinal. Probablemente, acabaría yendo a verlo con algunos de los chicos. Guardé en el ordenador lo que habíamos hecho hasta el momento y me levanté para irme a casa. Puck tardaría horas en volver, y yo no tenía ganas de estar ahí sola. Salí a la calle y oí ruidos procedentes del garaje.

Fui para allá después de cerrar la puerta de la casa y vi que la del garaje estaba medio abierta. Oí el golpeteo del metal y el chisporroteo de las interferencias de una radio. Pasé por debajo de la puerta.

—¿Santiago? —llamé mientras miraba por el garaje vacío, aunque ya sabía que era él. Se oyó un repiqueteo, y de repente apareció de debajo de su coche, tumbado sobre un patín, con manchas de aceite en la cara, los brazos y la camisa, y algún tipo de herramienta en la mano.

—Ah, hola —me saludó—. Creo que acabo de oír marcharse a Puck.

—Sí, hay un jugador de béisbol en el centro comercial, así que ha salido corriendo hacia allí. Estábamos trabajando en los carteles para el baile. Santiago gruñó.

—Odio todos esos eventos para fomentar la mierda del espíritu corporativo escolar.

—Es optativo, ¿sabes?

—Sí, pero no tanto para los del equipo de fútbol americano —masculló—. Es como la feria. Se nos «recomienda encarecidamente» que asistamos, pero todos sabemos que tendremos que pasar un partido sentados en el banquillo si no aparecemos. Me eché a reír.

—No puedo creer que de verdad hagan eso.

—La imagen les importa mucho en este puto instituto —refunfuñó.

—Y por eso sigues ahí, ¿no? Sonrió.

—Bueno, ya me conoces: notas perfectas, gran futbolista... Por esa razón pasan por alto un par de peleas. Sobre todo porque yo nunca las empiezo. Puse los ojos en blanco. —¿Y vais a ir Puck y tú juntos otra vez al baile? —preguntó mientras se volvía a meter bajo el coche. No me molesté en preguntarle qué estaba haciendo; tampoco lo entendería.

—No. Él va a ir con Lauren. Santiago salió de nuevo y me miró con cara seria.

—Entonces ¿con quién vas a ir?

—No lo sé —admití. La expresión de su rostro me dijo que probablemente amenazaría con darle una paliza al primer tipo que me lo pidiera, pero fingí no notarlo.

—Por cierto, es un baile de máscaras —le informé.

—¿Ah, sí? —Sí. Asintió con la cabeza y se deslizó bajo el coche. Eso era algo que me molestaba de Santiago: la mayor parte del tiempo ni siquiera podía imaginarme lo que estaba pensando.

Mientras que con Puck nos acabábamos mutuamente las frases y podíamos decir exactamente lo que el otro estaba pensando; bueno, excepto por el asunto de mi historia con Santiago.

Eso era pura casualidad... o que Puck había elegido no prestar atención a todas mis señales de que algo estaba pasando. Pero Santiago... Santiago era como un cubo de Rubik. Un puzle imposible, pero al que yo no quería renunciar todavía, porque era demasiado absorbente, demasiado tentador.

—Bueno, si alguien te pide para ir, dile que no.

—¿Perdona?

—No quiero que vayas con cualquier idiota que quiera intentar cualquier cosa, ¿lo entiendes? —Le oía la voz un poco apagada, entre la música y el ruido metálico, pero pude detectar la orden en su tono —. Si algún tío como Karofsky te lo pide como amigo, entonces vale, si quieres decirle que sí, dile que sí, pero...

—No puedes decirme con quién puedo o no puedo ir —protesté. Sabía que lo haría, pero era la manera en que esperaba que yo aceptara lo que él me ordenaba lo que me ponía furiosa.

—Britt...

—Iré al baile con quien me dé la gana, ¿lo entiendes? Tanto si me lo piden como amigos como si no. Santiago salió de nuevo y dejó la herramienta en el suelo.

—Escúchame, Britt, estoy tratando de cuidarte y no me lo estás poniendo fácil. Es un baile, los tíos seguro que intentan algo. Mira lo que pasó en la fiesta. Y si es un baile de máscaras, y hay la posibilidad de que no te pillen robando un beso, entonces lo intentarán. Muy bien, quizá no le faltara razón en lo de las máscaras. Pero ¿y qué?

—No todo el mundo es un gilipollas, Santiago.

—Un montón de tíos lo son.

—Pues quizá no me importe —le solté. Sí que me importaba, pero no iba a darle la razón a Santiago sin resistirme primero. Incluso aunque la tuviera—. Quizá quiero que algún tío me bese durante una canción lenta.

—A mí sí que me importa —me aseguró él con firmeza, pero no alzó la voz ni nada. Se quedó plantado como una torre ante mí. Yo odiaba ser mucho más baja que él cuando estaba tratando de ganarlo con la mirada.

—¿Por qué? ¿Por qué te importa tanto? —repliqué, mirándolo con los ojos entrecerrados. Tenía la sensación de saber la respuesta, pero no me importaba. Estaba furiosa con él.

—Porque quiero esa canción lenta toda para mí —contestó él. Probablemente pensó que esa cursilería me ablandaría, por eso de que yo, en el fondo, era una romántica, y la verdad es que un poco sí lo hizo. Porque entonces me besó, y le devolví el beso, con el corazón acelerado y sintiendo saltar chispas por todo mi interior.

—Te odio —mascullé contra sus labios, sonriendo.

—Lo sé —contestó él, y noté que también sonreía. La relación oculta con Santiago, la excitación porque nos pudieran pillar juntos, hacía que todo fuera estimulante. Sabía que no podríamos mantenerlo así para siempre, pero no pensaba dejar de disfrutarlo mientras durase.

—¿Lo has dicho en serio? —le pregunté, un poco falta de aliento, al cabo de unos minutos

—. ¿Lo de la canción lenta? Él asintió. —Sí, en serio. Lo cierto es que quiero toda la noche.

—Oh, ¿eso quieres, ahora?

—Sí. —Me besó en los labios de nuevo, rápido.

—¿Acaso me estás preguntando si quiero ir al baile contigo?

—No exactamente. —Rió por lo bajo y me besó de nuevo—. Pero casi.

Me quedo con lo que pueda conseguir. Me besó de nuevo antes de seguir arreglando el coche. En el brillante capó pude ver que me había manchado de aceite la cara y el cuello. Tendría que limpiármelo antes de llegar a casa.

—Éste —dije a media voz mientras una sonrisa se me iba dibujando en la cara—. Es éste.

—Has dicho lo mismo de los últimos cinco vestidos —se quejó Puck. Sonaba igual que Brad cuando le tocaba verdura para cenar.

—Sí, pero de éste estoy segura.

—¿Cómo de segura? También estabas segura con los otros. A mí me gustaba el rosa.

—Eso es porque casi se me salía el pecho fuera. —Puse los ojos en blanco mirando al espejo y Puck se echó a reír—. ¿Te imaginas lo que diría tu hermano si me pusiera el rosa?

—No sería capaz de quitarte las manos de encima. —Por un segundo pareció decirlo tan en serio que el estómago se me cayó a los pies y los ojos se me salieron de las órbitas de pánico. Pero luego se echó a reír—. Oh, ya sabes, se quedaría ahí apartando a los tíos con un bastón. ¿Estás convencida de comprarte éste? Asentí sonriendo de oreja a oreja.

—Completamente.

—¿Cuánto cuesta?

—Está rebajado. Sesenta pavos. Puck asintió.

—Bien.

Volví a alisar la falda y me contemplé en el espejo. El vestido era de color verde oscuro, justo por encima de las rodillas. La falda tenía vuelo y se agitaba al moverme. El vestido carecía por completo de espalda, abierto hasta la cintura. Tenía unas cintas que se cogían al cuello y un escote en forma de V, no demasiado bajo y adornado con minúsculas cuentas plateadas, que brillaban alegremente cuando les daba la luz. Me encantaba.

—¿Estás segura de que quieres éste? —insistió Puck de nuevo.

—Sí —contesté—. Me queda bien, ¿verdad?

—Sí, Britty, estás guapísima.

—Has dicho lo mismo del azul. Y del negro.

—Bueno, estabas muy bien con todos —me respondió con tal franqueza que tuve que echarme a reír. Puck era genial en ocasiones como ésta. Siempre me daba una opinión sincera; no sólo decía: «Te queda muy bien» o «No, no te hace gorda».

Me decía directamente si me hacía el culo gordo o si las piernas se me veían rechonchas. Regresé al pequeño probador para volver a ponerme mi ropa. Sí que me encantaba el vestido. Puck ya tenía su esmoquin, del Baile de Invierno. Los chicos tenían suerte con eso: no era como si yo pudiera llevar el vestido azul de manga larga que me había comprado de rebajas antes del Baile de Invierno sin que lo reconocieran.

Además, me daría demasiado calor. ¡Las chicas lo teníamos mucho más difícil! Iba a comprarme los zapatos mientras estábamos en el centro comercial, pero cuando salimos de la tienda con el vestido ya tenía el ojo puesto en unos zapatos plateados con tacón de una tienda cercana. Sólo necesitábamos encontrar máscaras... Oh, tío.

—¿Qué? —me preguntó Puck cuando me oyó gruñir al salir de la tienda—. ¿Qué pasa ahora?

—Necesitamos máscaras.

—No me digas, Sherlock —dijo ahogando un grito teatral. Le di con la mano que tenía libre.

—Muchas gracias, sargento Sarcasmo. Pero necesitamos máscaras a conjunto con nuestros trajes. Lo que significa que tú necesitas una lila como tu pajarita, y yo tengo que encontrar una de color verde manzana que vaya con este vestido... O no, quizá me sirva una plateada...

—Deberías haberte comprado el vestido rosa —me soltó Puck con un sonsonete.

—Oh, cállate.

Conseguimos encontrar una tienda de disfraces que tenía una pequeña selección de máscaras en la parte de atrás. Al instante, Puck cogió una gran máscara de pájaro con un pico gigante y plumas verdes, y me la puso en la cara.

—¿Qué te parece?

—Oh, a ver si creces de una vez.

Pero también me reí. Tenía un espejo delante y la máscara me quedaba de lo más divertida. No nos lo estábamos tomando muy en serio.

Puck quería comprar una máscara lila de terror, una especie de zombi o algo así. Yo encontré una de ciborg medio roto plateada que iba a juego con mi vestido.

Sin embargo, finalmente, después de que el encargado nos diera unos cuantos avisos serios, acabamos de decidirnos. Puck encontró un antifaz lila que sólo le cubría los ojos y era al estilo de los superhéroes. En realidad era bastante guay. Mi máscara era un poco más complicada; me cubría hasta la punta de la nariz. Era casi del mismo tono que el vestido, sólo que un poco más oscura, y por el borde tenía cuentas y lentejuelas plateadas. Era perfecta, aunque un poco cara. Pero consideré que como el vestido estaba rebajado, podía pagar un poco más por la máscara.

—Ahora sólo necesitas un acompañante y ya estarás lista —dijo Puck. Me quedé clavada en el sitio y volví a gruñir.

Mierda. ¿Cómo se lo iba a explicar cuando me presentara con Santiago? Sin duda alguien me reconocería, o a López... Sobre todo Puck. Sin duda, Puck. Estaba jodida. Tenía que pensar en una excusa realmente buena. «O quizá podría decirle la verdad, ¿no?» Suspiré y negué con la cabeza. —No importa.

—Aún te queda una semana —repuso él, todo animado—. Eso es un montón de tiempo para que los chicos te pidan ir al baile...

—Ya me lo han pedido —repliqué.Tres. Los he contado. Y tú también. Pero Santiago ya había dicho que no antes de que yo tuviera la oportunidad de contestarles. Está siempre ahí, detrás de mí, en los momentos más inadecuados, te lo juro. Puck se echó a reír.

—¡Eh! ¡Tal vez deberías ir con Santiago! Le lancé una mirada y confié en que no notara que se me había acelerado el pulso. Pero su rostro era tan inocente y sincero que al instante supe que no sospechaba nada.

—¿Por qué?

—Porque él no va a pedírselo a nadie y no va a dejar que nadie te lo pida a ti. Sería lo mejor, ya que ambos estáis solos. Puse los ojos en blanco. Pero lo cierto era... que quizá ahí tenía mi excusa. Si eso era lo que Puck pensaría cuando nos presentáramos juntos al baile..., entonces, ¿por qué no? «O podría decirle la verdad...» Si Puck decía a la gente que ésa era la razón de que fuéramos juntos, todos lo creerían. «O podría decírselo. A él. ¡La verdad!» Tendría que pensármelo. Parecía una buena idea. Puck fue detrás de mí mientras me compraba los zapatos, y luego fuimos al bar a por unos helados gigantes y unos refrescos.

—No puedo creer que sólo falte una semana para el baile —comentó Puck.

—¡Eh, y sólo dos semanas y un poco para nuestro cumpleaños! —exclamé.

—¡Lo sé! —Sonrió complacido

—. ¿Sabes qué te van a regalar?

—Creo que un coche, pero aún no lo sé. Mi padre no quiere decírmelo.

—Así que es una sorpresa, pero no una sorpresa del todo.

—Más o menos. —Reí—. He visto todos los folletos de coches que no se ha acordado de esconder. ¿Y a ti qué?

—Nada especial. —Se encogió de hombros, con la boca llena de helado—. Quizá un ordenador nuevo. Seguramente tendré que aportar parte de mis ahorros. El mío se ha quedado bastante viejo. Además, es lento..., quiero decir, más lento que esos ordenadores que hay en la biblioteca.

—Lo sé. Te has quejado veces más que suficientes. Sigo creyendo que tienes un virus dentro por jugar en línea a carreras contra los holandeses.

—Eh, vale, pero ese juego es genial. —Pero si ni siquiera te enteras de lo que está pasando. Está en holandés.

—¿Y?. Me eché a reír, pero no tenía el corazón en ello.

—Vale.

—Muy bien, Britty —dijo Puck, mientras dejaba la cuchara sobre la mesa. Todo el mundo sabía que si Puck dejaba de comer era que la cosa se estaba poniendo seria, así que tuvo toda mi atención al instante

—. ¿Qué está pasando?

—¿Eh?

—No te me pongas toda «¿Eh?». Algo te ronda por la cabeza. ¿Vas a decirme qué es?

—No te preocupes, no es nada.

—Es Santiago, ¿verdad? Casi pegué un bote, pensando que por fin me había pillado. Ya habían pasado casi dos meses; empezaba a dudar de que nuestra buena suerte fuera a durar, con todo el asunto de ir ocultándonos. Pero no parecía que él hubiera sospechado nada antes.

Entonces... ¿qué me estaba diciendo? Lo único que pude pensar fue: «¿Qué?».

—Lo sabía.

—Puck, es que... no... —Tartamudeé con impotencia, aturullada. Me sudaban las manos, el estómago me había dado un vuelco. De repente, mi helado de toffee con fresas ya no parecía tan apetitoso.

—No dejes que te ponga de los nervios, Britt —dijo Puck con amabilidad; puso su mano sobre la mía y me sonrió amistosa y tranquilizadoramente

—. Sólo se preocupa por ti, y ya sé que es un poco exagerado, pero... síguele la corriente, ¿vale? Un par de semanas más y dejará el instituto, ¿no? Las cosas no serán así el año que viene. Y sólo está intentando que no te hagan daño.

Me había quedado sin palabras. No sabía que me había estado viendo a escondidas con Santiago. No sabía que hubiera algo entre su hermano y yo. Pensaba que me molestaba lo sobreprotector que Santiago podía llegar a ser y que no me dejara ir con nadie al Baile de Verano. No sabía si sentirme agradecida y aliviada o muerta de culpabilidad. Era una rara mezcla de ambas cosas.

Me obligué a sonreír a Puck. A veces era tan mono...

—Gracias —murmuré—. Y sí, tienes razón, a veces olvido que Santiago acaba el instituto en septiembre. ¿Ya sabes adónde va a ir? Puck negó con la cabeza.

—Sé que quería ir a San Diego, pero creo que aún no se ha decidido. También ha solicitado plaza en un par de unis de la Ivy League.

—¿De verdad? Puck asintió mientras se metía más helado en la boca.

—Oh, bueno. Será bastante raro no tenerlo encima todo el rato.

—Ya sé lo que quieres decir. Al menos las cosas serán un poco más tranquilas. Y entonces yo seré oficialmente el tío más bueno del instituto —añadió Puck con una sonrisita satisfecha, que era inquietantemente similar a la de su hermano. Su parecido con Santiago era considerable: ambos tenían el cabello oscuro, brillantes ojos marrones y un mentón fuerte. También habían tenido la nariz parecida hasta que Santiago se la rompió. Pero Santiago era un poco más alto y mucho más musculoso. Puck tampoco estaba nada mal; unos cuantos veranos en el gimnasio se habían encargado de eso, junto con toda la natación que había hecho. Me eché a reír.

—En tus sueños, Puck.

—Sólo porque tengas un cuelgue con mi hermano... —bromeó.

—¡Cállate! ¡No lo tengo! Puck volvió a reír mientras tomaba otro enorme bocado de helado. Puse los ojos en blanco antes de dedicarme al mío.

Pero una parte de mí seguía pensando en que Santiago iba a acabar el instituto. En cierto modo quería que se quedara para seguir teniéndolo cerca. No quería pensar en que se marcharía. Era tan raro...

Y sin duda echaría de menos sus besos... Y me di cuenta de que también echaría en falta esos ratos en los que simplemente estábamos juntos.

Pero dentro de mí había otra vocecita que me decía que estaría bien que se fuera a una universidad más lejana. Entonces yo podría empezar de nuevo en el instituto sin que él amenazara a cualquiera que se atreviera a pedirme una cita.

Lo cierto era que no había tenido ninguna otra después de la desastrosa con Artie, a no ser que contara los encuentros secretos con Santiago. Suspiré.

Mi vida se estaba complicando demasiado.