Aquí viene lo bueno!


—Entonces, humm... —Warren estaba apoyado en la taquilla junto a la mía.

—¿Sí? —lo animé cuando él dejó la frase colgando.

—¿Tienes ya pareja para ir al baile? Negué con la cabeza.

—Santiago los ha asustado a todos. Warren rió nervioso.

—Sí, claro... Bueno, estaba pensando... ¿Quieres ir conmigo?

—¿Cómo amigos o...?

—Estaba pensando más en una cita que en ir de amigos —admitió, pero sin llegar a mirarme a los ojos. Le sonreí, preguntándome cuán nervioso estaría. Por lo general, era un chico bastante seguro de sí mismo.

—No lo sé, Warren...

—Bueno, siempre podemos ir como amigos.

—¿Qué te parece que si no encuentras a nadie que aún no tenga pareja vaya contigo? Pero estoy segura de que hay muchas chicas que irían contigo. —Sonreí de nuevo. Parecía un poco decepcionado, pero me devolvió la sonrisa.

—Te tomo la palabra.

—Vale —repuse riendo—. Buena suerte.

—Voy a necesitarla —respondió él—. Todo el mundo corrió a buscar pareja en cuanto salieron los flyers. No queda ni una semana.

—Lo sé. Es ridículo. El vestido no me lo compré hasta el sábado.

—¿De verdad? Asentí. —Bueno, voy a ver si puedo conseguir una pareja. Te veo luego, Britt. Cerré la taquilla y me di la vuelta. Pegué un bote cuando vi a Thomas parado detrás de mí. Me sonreía, bueno, en realidad me miraba con una sonrisa pícara.

—Hola, Britt.

—Humm, hola... Quise salir corriendo, o decirle a dónde podía largarse. Pero no pude reunir el coraje suficiente para hacerlo. Entonces caí en lo que Santiago había querido decir con ser demasiado buena. Supongo que ésa era una de las ocasiones a las que se refería.

—¿Y por qué lo has rechazado? —me preguntó, haciendo un gesto con la cabeza hacia Warren

. —No es asunto tuyo —le solté—. Si me perdonas... —Intenté pasar a su lado, pero él me cerró el paso. Fui hacia el otro lado, pero se movió de nuevo. Justo cuando estaba a punto de lanzarle una mirada asesina, dio un paso adelante y me dejó con la espalda contra las taquillas.

—Entonces, ¿qué te parecería ir conmigo?

—No, gracias.

—Ah, vamos, Britt, ¿por qué no? —preguntó, aún con un tono desagradable y demasiado seguro de sí mismo—. No tienes pareja y yo tampoco. ¿Por qué no?

—No quiero ir contigo. ¿Lo entiendes? Él estaba a punto de replicar cuando alguien lo empujó de lado contra las taquillas; me sobresalté y pegué un brinco, con el corazón acelerado.

—Lárgate —dijo Santiago, amenazador. Thomas frunció el cejo y empujó a Santiago. Éste lo miró furioso, y Thomas comenzó a retroceder. Antes de que yo pudiera decir nada, Santiago me agarró la mano y comenzó a arrastrarme en dirección contraria.

—¿Adónde vamos? Me llevó a una de las pequeñas salas de estudio, con sus ordenadores, estantes, sofás y una máquina de café estropeada. Cerró la puerta a nuestra espalda. Por suerte (o quizá por desgracia), la sala estaba vacía. Sonó el timbre en ese momento, indicando que debíamos ir a clase. Tenía una hora de estudio, pero eso era irrelevante. Ninguno de los dos se movió.

—¿Cuántos tíos han sido hoy? ¿Cuatro? ¿O quizá cinco? Solté un bufido.

—Dos, en realidad. Y Warren ni siquiera cuenta. Así que sólo uno.

—¿Ves a qué me refiero? Puse los ojos en blanco. —He oído que te has comprado un vestido —añadió—. ¿Cómo es?

—Es mínimo, con un gran escote y muy ajustado —le contesté, sarcástica. Alzó una ceja y yo puse los ojos en blanco, suspirando—. Me llega hasta las rodillas, es verde y la falda tiene mucho vuelo. Es muy bonito. Asintió.

—Eso parece. Estoy seguro de que estarás muy guapa. —Entonces bajó la voz—. Y, bueno, como ya llegamos tarde... Dio un par de pasos hacia mí y yo sonreí mientras me ponía de puntillas para poder besarlo. Sabía que debería poner alguna excusa y marcharme, pero lo cierto era que no quería irme. Me rodeó la cintura con los brazos, cálidos y seguros, y yo sonreí contra sus labios.

—¿Eh, Britt? ¿Santiago? ¿Estáis...? —Puck se cortó de golpe. Pegué un bote alejándome de Santiago, tropecé con mis propios pies y me tambaleé hasta recuperar el equilibrio. Todo el cuerpo se me había vuelto de gelatina y de repente me costaba respirar.

Miré hacia Santiago, que estaba inmóvil en el sitio, con los ojos fijos en su hermano y una expresión indescifrable. El barullo de los retrasados yendo hacia clase fue muriendo fuera, hasta que los tres nos quedamos rodeados de silencio.

Puck cerró la boca, que se le había quedado abierta todo el rato, e inspiró profundamente, como si estuviera a punto de decir algo. Pero no salió ninguna palabra de su boca. Yo también me había quedado muda. Tenía que entenderlo..., no podía perderlo. Se suponía que no tenía que enterarse así. Pero ahora me odiaría para siempre. Tenía que decirle algo. Pero no sabía qué decir que no empeorara las cosas.

Miré a Santiago, que me devolvió la mirada con un casi imperceptible encogimiento de hombros; tenía tan poca idea como yo de cómo arreglar la situación.

—¿Santiago? —soltó Puck con voz ahogada y los ojos clavados en mí. Su mirada no era sólo triste, o enfadada, sino que parecía desolada—. ¿Santiago? Por favor, Britt, dime que esto no es lo que parece. Dime ahora mismo que hay alguna explicación razonable. —

Esto..., Puck, ti...tienes que creerme, yo no..., nosotros...

—Brittany —me interrumpió Puck con voz tensa—. Dime que no es lo que parece. —Sus ojos se clavaron en los míos, esperanzados. Yo sabía que ni por un momento él había creído en esa leve esperanza. Se me acercó, con pasos lentos y pesados, pero se detuvo a un par de palmos, como si algo lo retuviera. Lo siguiente que dijo fue un ruego desesperado que me rompió el corazón.

—Por favor. Y yo sólo tuve una respuesta, una que estaba segura de que le iba a hacer aún más daño.

—Lo siento, Puck, lo siento muchísimo... —Intenté cogerle la mano, decirle con los ojos que nunca había tenido la intención de que eso ocurriera. Pero él se echó hacia atrás, se apartó como si yo lo repeliera físicamente. Los ojos se me llenaron de lágrimas y se me hizo un nudo en la garganta. Pero no podía permitirme llorar; Puck no debía pensar que era patética.

—Por favor, Puck, no como si..., como si yo fuera...

—¿Como si fueras qué? —me soltó él, pero no importaba lo enfadado que pudiera parecer; por debajo oí el dolor de la traición—. ¿Fueras a mentirme para poder tirarte a mi hermano?

—¡Puck!

—¿Y cuándo, exactamente, pensabas contarme esto? ¿O creías que podías ocultármelo eternamente? ¿Crees que no había notado las supuestas «quemaduras con las tenazas de rizar el pelo» —dijo aquello con todo el sarcasmo que pudo—, o lo nerviosa que te ponías cuando recibías un mensaje de texto? ¿Crees que no había notado que pasaba algo?

—No... no pensaba... —Respiré hondo para tratar de aclararme las ideas—. Si lo sabías, ¿por qué no dijiste nada?

—¡Estaba esperando que me lo contaras tú, Britt! —me gritó—. Hemos sido los mejores amigos toda la vida, ¡y ahí estabas, ocultándome un secreto! Siempre nos lo hemos contado todo. Supuse que fuera lo que fuese, debías de tener una buena razón para no contármelo, pero que finalmente lo harías.

Antes de que pudiera pensar algún tipo de respuesta, él soltó una amarga carcajada

—. Y esto es lo que me ocultabas. Es por esto que has estado mintiéndome todo este tiempo. Y has dejado que me enterara así.

—Se suponía que no tenías que enterarte así —solté, desesperada. Tenía que escucharme, tenía que entenderlo, tenía que perdonarme.

—¡Entonces deberías habérmelo dicho desde el principio! —me gritó de nuevo. No podía recordar la última vez que Puck y yo nos habíamos peleado. Habíamos discutido muchas veces; eso no era raro en cualquier tipo de relación, pero nunca así. Nunca nos habíamos gritado.

—Oh, vamos, Puck. No es culpa de Britt —intervino Santiago, con un tono frívolo y desenfadado, cuando ni Puck ni yo dijimos nada durante unos segundos—. Deja de fastidiarla.

—¡Tú! —lo amenazó Puck, tan cabreado que su voz era casi un rugido—. Ni te atrevas a hacerme hablar de ti. ¿Cuán hipócrita puedes llegar a ser, eh? Diciendo a los chicos que dejaran en paz a Britt, que no le hicieran daño..., y ahí estás tú, tratándola como a una zorra cualquiera que hubieras recogido en cualquier club. El músculo en el mentón de Santiago comenzó a tironear, y vi que apretaba los puños.

—No tienes ni idea de lo que estás hablando.

—¿Estás diciéndome que no os habéis acostado? —Puck nos miró a ambos con las cejas alzadas y expresión acusadora. Que ninguno de los dos contestáramos fue suficiente respuesta. Resopló y luego se pasó la mano por el cabello

—. Lo sabía. Sí que te estabas tirando a mi hermano. Mintiéndome. Escogiéndolo a él, un tío cualquiera, por encima de mí, tu mejor amigo. Si te hubieras plantado delante de mí tratando de explicarme que estabais locamente enamorados podría haber sido diferente, pero...

—No, Puck, no ha sido así, te lo juro. Sólo fue una vez. Durante un segundo permaneció en silencio.

—¿Cuándo? —preguntó finalmente. Lo dijo en voz tan baja que por un instante pensé que lo había oído mal. Sin duda, el cuándo pasó no era lo más importante en ese momento, ¿no?

—¿Perdona?

—¿Cuándo pasó? —repitió él, mirándome directamente a los ojos, pero yo no podía mirarlo. Estaba demasiado avergonzada—. Brittany.

—Hace unos dos meses —murmuré sin levantar la vista del suelo—. Después de la fiesta de Warren.

—¿Qué? ¿Justo después de que os marcharais temprano? Asentí. —¿Cuando Britt estaba borracha? —gritó Puck mirando a su hermano—. ¿Te acostaste con ella cuando estaba borracha? Después de toda la mierda que había estado soltando sobre...

—No estaba borracha —repliqué—. No soy tan estúpida.

—Oh, ¿de verdad? —me soltó Puck

Ahora mismo lamento no estar de acuerdo. En ese momento, lo que fuera que estaba haciendo que Santiago se contuviera, finalmente cedió. Dio un par de pasos, agarró a Puck por el cuello del polo y lo tiró contra la pared.

—¿De verdad crees que la trataría así? ¿Crees que no le tengo ningún respeto?

—Has hecho que me mintiera durante meses.

—Eso lo decidió ella —le espetó Santiago, y lo empujó de nuevo contra la pared. Vi que los ojos de Puck pasaban de Santiago a mí, y lo único que pude hacer fue devolverle una triste mirada. Sí, había sido mi decisión. Por un momento me mordisqueé el labio mientras observaba preocupada el rostro de mi amigo.

Por primera vez en la vida no tenía ni idea de lo que le pasaba por la cabeza. Tenía los ojos oscurecidos, una expresión neutra y parecía tranquilo. De un modo algo aterrador. En ese momento era como su hermano. Pero en vez de reaccionar contra mí, Puck le dio un puñetazo a Santiago en la barbilla, con la fuerza suficiente como para hacer que lo soltara y luego poder apartarlo de un empujón. Me miró una última vez, con una expresión de indecible decepción, y luego salió de la habitación y se alejó corriendo por el pasillo. Santiago se frotó el mentón.

—No ha sido un mal golpe, la verdad.

Lo miré boquiabierta antes de reaccionar. No era momento de discutir con Santiago. Lo más importante era asegurarme de no perder a Puck. Y en una fracción de segundo estuve corriendo tras él, cruzando el pasillo a toda velocidad mientras gritaba su nombre, tratando de alcanzarlo mientras él escapaba por la escalera y salía del edificio hacia el aparcamiento. Oí a Santiago detrás de mí, pero no le presté atención. Puck era lo único que importaba.

—Puck, ¿puedes parar un momento, por favor? —grité mientras me apretaba el costado. Me había quedado sin respiración. Puck era la persona más importante en mi vida. Excepto por todo el asunto con Santiago, lo sabía todo de mí. Sabía mi talla de sujetador. Sabía que no me gustaba nada el olor a jojoba del champú que antes solía usar él.

Mierda, incluso sabía que yo tenía una marca de nacimiento con forma de fresa en el culo. Era mi otra mitad. No podía perderlo. Se suponía que íbamos a ser los mejores amigos hasta el día que muriéramos, y que seguramente también haríamos eso juntos. Habíamos nacido con sólo minutos de diferencia. Se dice que la persona de la que te enamoras es con la que pasarás toda la vida; la persona que sabrá tus secretos más ocultos y oscuros, y que aun así te amará, la persona que sabe exactamente qué decir para hacerte reír o sonreír o sentirte mejor. Ésa será la persona sin la que, pase lo que pase, no podrás vivir. A mí no podía importarme menos de quién me enamoraría, la verdad. Lo único que me importaba era no perder a Puck. S

e detuvo de golpe, de espaldas a mí. Notaba la tensión retorciéndole los músculos de la espalda, y su agitada respiración. Lo que pareció eones más tarde, se volvió para mirarme, justo cuando Santiago llegó corriendo y se detuvo detrás de mí. Puck tenía los puños apretados, pero aun así le temblaban las manos. También le temblaba el mentón; estaba esforzándose mucho para no echarse a llorar.

—Por favor —le dije a media voz—. No es lo que piensas.

—Entonces, ¿qué diablos es? —me replicó—. No puedo creerlo, Britt. Llevas meses mintiéndome y viéndote a mis espaldas con mi hermano. ¿Tienes alguna idea de cómo me hace sentir eso, saber que mi mejor amiga ha preferido a mi hermano antes que a mí, sólo por sexo?

—No era..., no, quiero decir..., no prefiero..., No espera, quiero decir..., no era por... —Sacudí la cabeza, tratando de decir algo que tuviera sentido—. ¡No sabía qué hacer! Sabía que reaccionarías así si te lo contaba, pero no..., no podía..., creía estar haciendo lo mejor para ti...

—¿Sabes qué, Brittany? Guárdate ese discurso para alguien a quien le importe. Subió a su coche. Encendió el motor, salió marcha atrás del aparcamiento y se marchó. Y yo no estaba segura de si alguna vez volvería.