Aqui viene lo mas bueno de la historia que opinan!
Me quedé mirando el espacio vacío donde había estado el coche de Puck. El rugido del motor y el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto me resonaban en los oídos.
Me desplomé sobre el suelo, pero esta vez no había nadie para cogerme. Santiago se acercó lenta y cautelosamente. Oí sus pasos, y su sombra cayó ante mí, pero no lo miré. No soportaba hacerlo. Se detuvo justo a mi espalda. Con los miembros tensos y reticentes, me puse en pie y me sacudí el polvo.
Puck me había dejado. Era mi mejor amigo, mi gemelo, mi otra mitad. Y me había dejado. Me odiaba. Yo lo había destrozado todo. Si se lo hubiera dicho antes...; si no hubiéramos sido tan estúpidos como para besarnos en el instituto, o si... O si, para empezar, nunca hubiera querido estar con Santiago...
Suspiré y me pasé los dedos por el pelo. ¿Y si Puck no volvía a hablarme? ¿Y si lo había perdido, no sólo durante un rato, hasta que se calmara, sino para siempre? Santiago me puso una suave mano en el hombro.
—Britt —comenzó en voz baja, pero yo me sacudí para quitarme su mano de encima y me volví hacia el otro lado. De no haber sido por Santiago y aquella estúpida caseta de los besos nada de eso hubiera pasado nunca. »Britt —repitió él mientras yo comenzaba a alejarme.
—Déjame en paz —le dije. Mi voz sonaba derrotada, pero ni por asomo reflejaba lo mal que me sentía por dentro. Santiago no trató de seguirme. Volví hacia el instituto, sola.
Durante el resto del día no pude concentrarme en ninguna de las clases. Puck no apareció. Cuando la gente me preguntó por él, les decía que se había ido a casa porque se encontraba mal. Evité a Santiago e intenté actuar como si no pasara nada. Pedí a Karofsky que me llevara a casa en coche, después de no hacer ningún caso a los mensajes de texto y voz de Santiago.
—¿Seguro que no pasa nada, Britt? Pareces estar a punto de vomitar —me dijo Mike.
Karofsky clavó los frenos.
—Si vas a sacarlo todo, por favor, hazlo fuera del coche. Negué con la cabeza y traté de reír quitándole importancia.
—No voy a vomitar, no te preocupes. Es que... creo que he pillado lo mismo que tiene Puck.
—¡Vaya sorpresa! —bromeó Mike
—. Ni siquiera podéis enfermar solos, ¿eh?
—Supongo que no —mascullé.
Cuando llegué a casa, el coche de papá ya estaba en la entrada. Me había olvidado de que ese día habían cancelado el entrenamiento de fútbol de Brad, el único día que me hubiera ido bien estar en casa sola, pensé con un suspiro mientras abría la puerta de entrada.
—¿Britt? ¿Eres tú? —preguntó papá desde la cocina.
—Sí, hola —entré para verlo y sonreí—. ¿Liado? Él asintió.
—Todo el equipo está intentando cerrar un trato para el miércoles, así que resulta bastante estresante. Tengo una conferencia telefónica luego, a las cinco treinta. Me llevará una hora o así. ¿Le prepararás la cena a Brad? Hay lasaña en el congelador.
—Claro —contesté
—.No hay problema.
Preparé café para los dos y me llevé el mío al salón, para dejar a mi padre con su trabajo. Brad estaba tirado en el suelo, rodeado de papeles y el libro de mates. Se oía muy baja la música de Súper Mario Bros. Brad pegó un bote cuando entré en la habitación.
—Pásamelo —le dije.
—¿Que te pase qué? ¿Los deberes de mates? Aquí tienes, sírvete tú misma. Estamos estudiando ángulos. Me reí sarcástica.
—Muy gracioso. Pásame la consola. Mi hermano me miró obstinado. Pude ver el plástico rojo de la consola Nintendo DS en el hueco de su brazo.
—Bueno —le dije—. Supongo que tendré que poner algunas verduras más en tu cena. Brócoli, me parece. Él entrecerró los ojos.
—No te atreverás.
—Tú espera.
—¡Arg, vale! ¡Ostras, Britt, eres tan pesada! —Me pasó la consola por el suelo y siguió con los deberes de mates, que me fijé que no había ni empezado.
Me senté en el sofá con el libro de poesía que estábamos estudiando en la clase de literatura mientras me bebía el café y trataba de no pensar demasiado en Puck y en Santiago. Pero tratar de analizar a Larkin no me impidió no parar de darle vueltas a la cabeza. ¿Qué pasaría cuando Santiago llegara a su casa? ¿Se pelearían Puck y él? No quería hablar con Santiago. Lo único que necesitaba era a Puck, y éste no quería ni cogerme el teléfono. Así que no tenía manera de saber qué estaría pasando con los hermanos López.
Me moría de ganas de ir a su casa, pero llovía torrencialmente; papá no iba a dejarme salir con este tiempo, y si Puck no me dejaba hablar con él, tendría que explicárselo todo a mi padre. Y aunque creía que él sí lo entendería... ni siquiera sabría por dónde empezar. Tampoco era como si pudiera entrar tranquilamente en la cocina y anunciarle: «Eh, ¿sabías que me he estado viendo a escondidas con Santiago López, y ahora que Puck lo sabes, me odia? Oh, y ya que estoy aquí, ¿quieres otro café?». Sí, claro. Eso iría de perlas.
No fue hasta las ocho de la noche, cuando sonó el teléfono, que me enteré de algo.
—¿Hola? —contestó papá—. Oh, hola, Maribel, ¿cómo estás? Notaba que Maribel estaba casi histérica, pero no llegaba a oír qué decía. Papá nos miró a Brad y a mí antes de irse a hablar al vestíbulo, donde no podíamos oírlo.
—¿De qué va eso? —preguntó Brad.
—¿Cómo voy a saberlo? —le solté de malos modos.
—«¿Cómo voy a saberlo?» —me imitó él, y le tiré un cojín a la cabeza como respuesta, mientras trataba de oír qué decía papá. Tenía un nudo en el estómago. ¿Qué estaba pasando? Finalmente, papá volvió al salón, mirando fijamente el teléfono que tenía en la mano.
—Santiago se ha ido. El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué quieres decir con que se ha ido? ¿Ido adónde? —Puck y él han tenido una gran pelea, y Maribel me ha dicho que ha metido cosas en una bolsa y se ha ido. No les ha dicho adónde o por cuánto tiempo. No contesta al móvil, así que Mateo está buscándolo. —Papá meneó la cabeza tristemente.
—Bueno..., quiero decir..., no puede haber ido muy lejos, ¿no?
—No lo sé. Se ha marchado hace unos veinte minutos. El estómago se me cayó a los pies, como lo haría en una montaña rusa. Tragué saliva.
—¿Ha..., ha dicho Maribel... por qué se han peleado? Papá me miró fijamente.
—Brad, ¿por qué no te das una ducha y te preparas para acostarte?
—¿Qué? No es justo, ¡si aún no son ni las nueve!
—Brad.
—Bien —protestó mi hermano, y salió hacia arriba hecho una furia. Dio un portazo al meterse en su habitación. Mi padre suspiró antes de sentarse en el sillón, y yo lo interpreté como que debía sentarme también.
—Al parecer —comenzó mi padre, juntando las manos—, se han peleado por ti. ¿Hay algo que te gustaría contarme, Britt? Tragué saliva y sentí náuseas.
—¿Qué ha dicho Maribel?
—No trates de esquivar la pregunta, jovencita. Me miré las rodillas.
—He..., he estado como..., como viéndome con Santiago.
—¿Qué quieres decir con «como viéndote» con él.
—Bueno..., en la caseta..., la caseta de los besos que montamos para la feria, él me besó, y entonces... hemos, eh..., hemos estado... Supongo que podríamos decir que hemos estado saliendo en secreto.
—Has estado saliendo con él.
—Pero no exactamente. Es complicado.
—Entonces será mejor que empieces a explicármelo. ¿Había alguna manera de contar esa situación sin decepcionar a mi padre? Sabía bien que no le gustaba Santiago, no le gustaba que se metiera en peleas, que tuviera una moto... Nunca había representado un problema hasta ese momento. Porque no habría manera de que le gustara que yo saliera con Santiago.
—Nos hemos estado viendo en secreto porque no quería que Puck lo supiera. Santiago y yo discutimos todo el rato, y no creía que la cosa funcionara entre nosotros, pero quería intentarlo..., y por eso la cosa ha seguido, y Puck se ha enterado, y ahora todo se ha ido a la porra y mi vida es una mierda. —Tragué aire al acabar.
Mi padre parecía..., bueno, supongo que «pasmado» es la mejor palabra para describirlo. Como si no pudiera creer lo que le estaba diciendo. Como si no quisiera creerlo. Bajé la mirada al suelo.
—¿Cuánto tiempo hace que dura esto, Brittany?
—Unos dos meses, desde la feria. Papá se subió las gafas a la frente y se frotó los ojos como hacía cuando estaba realmente estresado.
—Y durante todo este tiempo, ¿no se lo has dicho a Puck?
—Creía estar protegiéndolo. Papá negó con la cabeza.
—Curiosa manera de hacer las cosas. Pero... ¿Santiago? ¿Entre todos los chicos que hay? Santiago no es justamente el más... estable en lo que a relaciones se refiere.
—Lo sé, lo sé, no es exactamente la pareja ideal, pero...
—¿Estás enamorada de él o algo así?
—¿Qué? ¡N...no! —exclamé—. ¡Claro que no! Lo único que hizo mi padre fue suspirar. Yo seguí, tratando de reparar un poco del daño.
—Me hace feliz, papá. Me miró de nuevo, con el cejo fruncido.
—¿Estás segura de eso, Britt? Asentí con la cabeza.
—Sí. —Mi voz era apagada, y por alguna razón me resultó difícil contener una sonrisa. Me levanté mientras sacudía la cabeza para aclarármela
—. ¿Y qué ha pasado entre Puck y Santiago? ¿Qué te ha dicho Maribel?
—Estaban cenando —me explicó mi padre— y, de repente, Puck estalló. Se puso a gritarle a Santiago, y luego se pelearon, y entonces Santiago subió a su habitación, preparó una bolsa y se marchó a toda prisa.
El teléfono sonó de nuevo y ambos lo miramos, iluminado sobre la mesita de café. Papá contestó, y yo me quedé en vilo, escuchando su parte de la conversación.
—Hola. Sí. Acabo de hablar con ella. ¿Qué? No, no, no tenía ni idea... —Suspiró de nuevo y escuchó durante un rato. Luego me tendió el teléfono. —Maribel quiere hablar contigo. Me temblaba la mano cuando cogí el aparato.
—¿Hola?
—Oh, Britt, hola. Mira, ¿tienes alguna idea de adónde puede haber ido Santiago? No contesta al móvil y Mateo no lo encuentra, y... ya no sabemos dónde más mirar.
—L...lo siento, de verdad que no tengo ni idea. —Maribel ya comenzaba a suspirar cuando yo añadí —: Es impulsivo, ya lo sabes. Seguramente sólo ha ido a dar un paseo en coche para soltar algo de rabia. Volverá a casa, no te preocupes.
—Bien —repuso ella, con voz un tanto seca—, supongo que tú lo conoces mejor que cualquiera de nosotros, ¿no, Britt?
—N...no pretendía... —Pero no pude formular una réplica adecuada; me había quedado sin palabras.
—No pasa nada. Medio sospechaba que había una chica en su vida. Ha estado comportándose diferente últimamente. Lo único que no me esperaba es que esa chica fueras tú. De nuevo, no tuve respuesta.
—Mira..., si se pone en contacto contigo, por favor, ¿podrías hacerme saber si está bien?
—Claro. —Luego, antes de que ella pudiera agradecérmelo o despedirse, solté—: ¿Está Puck ahí? ¿Puedo hablar con él?
—No... —Permaneció callada un instante—. No creo que sea la mejor idea en estos momentos, Britt, lo siento.
—No quiere verme, ¿verdad?
—No —contestó ella, con algo de recriminación en su voz—. ¿Me puedes volver a pasar con tu padre, por favor?
—Claro. Adiós.
—Adiós, Britt. Le pasé el teléfono de nuevo a mi padre. La conversación no duró mucho más; lo único que saqué de la parte de la conversación de mi padre fue: «Hum, ya lo sé, sí... No, lo comprendo... Sí, claro». Durante el resto de la velada no hablamos mucho más. Pensé que quizá debería llamar a Santiago, por si contestaba, para poder tranquilizar un poco a su madre. Pero no podía ni coger mi móvil para hacerlo. Sabía que había decepcionado a papá. Habría sido mejor si hubiera gritado o mostrado enfadado o algo, lo que fuera, excepto la incomodidad callada que colgaba del aire a nuestro alrededor. Eran las nueve y veintitrés minutos cuando ya no pude aguantarlo más.
—Me voy a la cama —anuncié mientras me ponía en pie. Papá no dijo nada hasta que yo casi estaba fuera del salón.
—Entiendo que no me hayas dicho nada de eso, pero ¿a Puck? Britt, tienes que hablar con él. Ya se le pasará. Lleváis demasiado tiempo siendo amigos como para dejar que esto os separe. Sólo pude asentir con la cabeza.
—Espero que tengas razón, papá. De verdad espero que tengas razón.
