Santiago no volvió a su casa ni el martes ni el miércoles. Sus padres aún no sabían nada de él, pero estaban tranquilos porque Puck lo había visto en el Insti y sabían que estaba bien. Yo seguí sin hacer caso de sus mensajes de texto o de voz, y evitándolo en el instituto. El miércoles por la noche llamó al fijo de casa y mi padre lo cogió. Le colgó casi al instante.

El jueves por la mañana se acabó mi suerte.

Paré en el servicio antes de ir a clase, y al salir, choqué con algo..., no, espera, alguien.

—Oh, perdón —dije automáticamente. Estaba tan despistada que no me hubiera sorprendido descubrir que le había pedido perdón a una pared. Porque eso era lo que parecía...

«Ah. No te has equivocado por mucho.»

—Oh. —Traté de esquivarlo, pero una mano en el brazo me detuvo.

Santiago estaba... Bueno, para decirlo sin rodeos, tenía una pinta horrible.

Tenía ojeras, por lo que supuse que eran varias noches las que llevaba sin dormir, y olía ligeramente a humo. A fin de cuentas era Lòpez; no debería sorprenderme. ¿Quién podría decir que no estuviera también borracho?

—Tenemos que hablar —me dijo, con una voz un poco cascada. Sin esperar mi respuesta, me arrastró al aula vacía más cercana y cerró la puerta. Me senté en el borde de un pupitre de primera fila y él se quedó junto a la puerta.

—¿Cómo estás? —me preguntó de súbito, clavándome la mirada en los ojos.

Fruncí el cejo, confusa y más que un poco perpleja.

—Mucho mejor ahora que Puck me ha perdonado, si eso es lo que preguntas.

—Pues ya somos dos —masculló, pasándose las manos por la cara—. Demasiado tarde para negar nada. Ya se ha descubierto el pastel.

Sentí como si me estuviera acusando, y me puse tensa.

—Eh, oye, yo no quería decírselo justamente así...

—No te estaba culpando, Britt —replicó él rápidamente—. Yo... Mira, tengo que hablar contigo y...

—Entonces, habla —respondí en un tono mucho más tranquilo y seguro de lo que realmente me sentía. Aunque no me quejaba. Me alegraba de que él (con suerte) no se diera cuenta de que la ansiedad me aceleraba el pulso, de que tenía las manos sudadas, de que sentía un nudo en el estómago.

—Yo... —Tragó saliva. La nuez le subía y le bajaba—. Lo siento. Me aproveché de ti, y fue terrible verte sufrir cuando Puck nos descubrió. Deberíamos habérselo dicho desde el principio. No debería haberte dejado que le mintieras. También fue culpa mía. La cagué. Y lo siento.

Lo dijo todo tan rápido, como si tratara de soltar todas las palabras antes de pensárselo dos veces, que pensé que lo había oído mal. Y..., y parecía que lo decía todo en serio. Como si realmente estuviera hecho polvo por todo lo que había pasado.

—Sé —continuó hablando despacio— que seguramente no querrás volver a verme la cara, y lo entiendo, pero...

—¿Puedo preguntarte algo?

—Eh..., claro.

—¿Dónde has estado estos últimos días?

Esbozó una amarga sonrisa y alzó los ojos del suelo para mirarme de nuevo.

—En un motel. No quería empeorar las cosas entre Puck y tú. He intentado olvidarte. No he podido dormir, así que he estado dando vueltas con el coche. No puedo dejar de pensar en ti —añadió en voz más baja.

Ésa no era exactamente la respuesta que esperaba.

Pero conocía a Santiago. No era de los que mentían.

Se me acercó más, tanto que bajé del pupitre para no quedarme atrapada por él, su cuerpo rozándome.

—No sé qué demonios tienes, Britt, pero no puedo..., no sé...

—¿Qué?

—Me vuelves loco —fue lo que dijo, con una voz suave, íntima—. Completamente loco. Necesito que vuelvas.

El corazón se me paró de golpe, y luego comenzó a saltarme dentro del pecho. ¿Qué me estaba diciendo? No era otra cosa. No era como si estuviera en...

Puck acababa de perdonarme. Quizá no lo hubiera olvidado, pero al menos me había perdonado.

Y Santiago quería..., ¿quería seguir adelante desde donde lo habíamos dejado? ¿Estaba loco al pensar que yo podría hacer eso?

Después de estar tan cerca de perder a mi mejor amigo quería acabar ese curso en paz. ¿Era pedir demasiado? Además, Santiago se iría pronto a la universidad.

No podía volver con él. No podía. No estaría bien.

Entonces..., ¿por qué me costaba tanto convencerme de que estaba mal?

—Britt —me dijo, mientras me apartaba el pelo de la cara—. Britt-Britt...

Negué con la cabeza con decisión.

—No. No va a pasar. No puedo...

—Britt —repitió él, con esos ojos marrones oscureciéndose mientras me hacía retroceder un paso—. Me estás matando.

—¿Estás borracho?

—No, estoy totalmente sobrio, y todo esto es cierto. Necesito que vuelvas.

Negué con la cabeza de nuevo y fui retrocediendo hasta notar la pared contra la espalda. Santiago se acercó a mí, una mano a cada lado de mi cabeza, inmovilizándome allí. Su aliento me cosquilleaba en el rostro.

—Britt —repitió de nuevo. Lo miré a los ojos. Sabía que me decía la verdad, pero yo no quería creerlo. Quería ser capaz de ser firme, de cerrar la puerta y dejar todo eso fuera. No quería volver a sentir los fuegos artificiales de sus caricias y sus besos, porque sabía que no querría dejarlo. Si no lo hacía ya, nunca lo haría, al menos hasta que fuera demasiado tarde.

Y conseguí decir una palabra.

—No.

Con la palma de la mano golpeó el tablón de anuncios que había detrás de mí; la pared tembló y un papel perdió la chincheta y cayó flotando hasta el suelo.

Negué con la cabeza y cerré los ojos como si no verlo me pudiera ayudar. No fue así.

—No.

Entonces me puso las manos sobre los hombros, y cuando abrí los ojos, los suyos me estaban rogando.

—No me toques —dije mientras intentaba apartarlo de mí. Esperé que no me besara en ese momento, porque sabía que acabaría devolviéndole el beso.

—Esta vez puedo hacerlo bien —insistió él—. Nada de ocultarse.

—No voy a salir contigo —repliqué débilmente.

Él suspiró, e inclinó la cabeza de forma que se apoyó en la mía. Me tensé. Pero no tenía miedo de él, tenía miedo de mí.

Casi me estaba rodeando con los brazos. Lo único que yo quería en aquel momento era dejarlo que me abrazara, que me besara.

No podía. No podía volver a eso. Nunca saldría bien. No podía hacerle eso a Puck.

—Santiago, por favor..., no.

—No puedo evitarlo —repuso, tenso; el músculo del mentón le tironeaba cuando se apartó para mirarme—. Lo he intentado, créeme. ¿Qué es lo que tienes? Me estás volviendo loco, me estás matando. Te necesito.

—He dicho que no. —Le di un fuerte empujón en el pecho, me colé por debajo de su brazo y me fui al otro lado del aula—. Santiago, no puedo hacerlo. Lo siento, pero no puedo.

—¿Por qué?

—Es que... no puedo.

Me salvó el timbre: los pasillos se llenaron de gente que iba a su primera clase. Santiago no se movió, y yo me di cuenta de que tampoco podía.

—Te...tengo que irme —conseguí decir, y escapé corriendo, chocando con la gente y sin importarme si pisaba a alguien. Tenía que salir de ahí.

Y no porque tuviera miedo de Santiago.

Me asustaba lo que sentía por él.

—¿Me estás diciendo que para tu decimoséptimo cumpleaños..., oh, espera, lo siento..., para nuestro decimoséptimo cumpleaños, no tienes ni idea de qué clase de fiesta quieres?

Me eché a reír.

—La verdad es que últimamente no he pensado mucho en eso. Pero tenemos que montar algo y pronto. Tenemos como una semana.

Puck suspiró melodramático.

—¡Y tú dices que yo dejo las cosas para última hora! ¿Y qué vamos a hacer? ¿Una pequeña reunión de amigos íntimos y familiares?

—¿Amigos íntimos? Debes de estar de broma. Eso es la mitad de nuestro curso, y luego están los mayores.

—Cierto. Entonces una gran reunión de amigos íntimos y familiares? ¿Hum? ¿Sí? ¿Sí? Mis padres me han dicho que podíamos alquilar un club para esa noche.

—Eso sería guay... pero también muy caro...

—Muy bien. ¿Fiesta es mi casa?

—Supongo que sí. No hay mucho más que podamos hacer, ¿no crees?

Meses atrás, Puck y yo habíamos decidido que queríamos hacer algo tan guay, tan impresionante, que nadie fuera capaz de mejorarlo. Y como nuestro cumpleaños caía justo después del fin de las clases, en los últimos años nuestra fiesta había sido la gran celebración de fin de curso. Y como todos los mayores con los que nos relacionábamos se marchaban ese año, queríamos hacer algo mejor y más sonado que una simple fiesta.

Sabía que Puck quería organizar una gran fiesta, y yo se lo debía. Había sido muy egoísta con todo el asunto de Santiago, por no explicárselo, por ocultarme de él. Tenía que ocurrírseme algo espectacular en su honor.

Y entonces tuve una idea.

—¿Recuerdas en sexto? Montamos una fiesta de disfraces en aquel parque de juegos que cerraron.

Tenía una piscina de bolas y todo.

—Sí. Y yo era el Gato en el Sombrero. Y tú fuiste de princesa de Disney.

—Sí.

—¿Qué tiene que ver eso? Oh, hostia, no. De ninguna manera. De ninguna manera.

—¿De alguna manera?

—No.

—¿Por qué no? ¡Sería divertido!

—Britt, ¿te das cuenta de lo infantil que suena? —Puck rió, me sonrió burlón y se le hicieron arruguitas en los rabillos de los ojos.

—Lo sé, ¡eso es lo que lo hace tan guay! Somos los únicos que podemos montar eso y hacer que sea inolvidable. Confía en mí.

—¿Estás segura?

—Absolutamente.

—Vamos a chocarla antes de que cambies de opinión.

Asentí, sonriendo, y le tendí el puño cerrado.

Puck se rió y chocó su puño con el mío. Ambos hicimos idénticos sonidos de explosión.

—No hemos hecho eso desde sexto.

—Parecía lo adecuado, dada la fiesta —reí.

—¿De verdad vamos a tener una fiesta de disfraces?

—Pues sí. Y vamos a ir de las gemelas Olsen.

Él me dio un capón en la cabeza, riendo. Yo me aparté rodando y acabé sobre la hierba. Me senté, crucé las piernas debajo de mí y miré a Puck.

—Cosa uno y cosa dos —me dijo él.

—No pienso teñirme de azul —protesté. Luego sonreí—. Pero estoy segura de que Lauren estaría encantada de verte en un apretado chándal rojo...

—Lo retiro —exclamó él, mientras sacudía la cabeza de un lado al otro, agitando las manos. Me reí aún más.

—¿La hacemos el viernes de la semana que viene? —propuso entonces Puck—. ¿Después de la ceremonia de graduación?

—Sí, ¿por qué no? Quiero decir que nuestro cumpleaños es el domingo, así que... Y si me emborracho...

—No quiero tener resaca el día de mi cumpleaños —acabó la frase por mí.

—Lo mismo digo.

—Claro. Entonces, ¿deberíamos empezar a enviar ya los mensajes?

—Bueno, estaba pensando...

—Cuidado, no te hagas daño.

Me reí, pero aun así conseguí fruncir el cejo y replicarle con sarcasmo.

—Ja, ja. Estaba a punto de decir «lo mismo» antes de que me interrumpieras de un modo tan grosero...

Empezó a sonar su móvil y él alzó un dedo.

—Recuerda eso —dijo, interrumpiéndome de nuevo deliberadamente. Me reí mientras él sacaba el iPhone del bolsillo, escribía algo y enviaba el mensaje a unos cincuenta amigos. Supusimos que siempre podríamos invitar a más gente si queríamos, pero era difícil «desinvitarlos».

Mi móvil vibró en el bolsillo, y lo cogí.

—¿Quién es? —me preguntó Puck.

—Santiago.

Alzó la mirada de golpe de su móvil.

—¿Qué diablos quiere ahora? ¿No te ha acosado ya lo suficiente?

Presioné el botón de «rechazar» y pasé de la llamada de Santiago.

—No me ha acosado, Puck.

—Quizá. Pero creo que no es bueno para ti, Britt, eso es todo. Sólo intento protegerte. Conozco a mi hermano.

—¿Y crees que yo no lo conozco? Nunca me trató mal, Puck.

—Pero tampoco nunca te trató como te mereces —rebatió. Luego, suspirando, añadió—: No importa. No quiero discutir más sobre eso. Así que sigamos. Disfraz para la fiesta.

—Oh, no tenemos que preocuparnos por eso. —Esbocé una sonrisa traviesa—. Tengo la solución perfecta