Bueno aquí otro capitulo!

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Los personajes de Glee no me pertenecen así como esta historia


El viernes, cuando no estaba en clase, corría de un lado a otro llamando a gente para asegurarme de que todos los detalles finales estaban listos para el Baile de Verano, que sería al día siguiente. Era estrés más que suficiente para no dejarme tiempo para pensar en Santiago.

Lauren, Sugar, Rachel y yo pensábamos ir a un pequeño spa el sábado para que nos peinaran y nos hicieran la manicura; la madre de Rachel trabajaba allí y nos conseguía un descuento.

Pero me sentía fuera de onda; las chicas no paraban de hablar de sus parejas para el baile; de cómo su corbata hacía juego con el vestido de ella, de que el chico que le gustaba le había pedido que le reservara un baile, de lo muy sexy que se lo veía con esmoquin...

Y ahí estaba yo, sin pareja. Me presentaría sola. No podía pedirle a ninguno de los chicos que fuera conmigo como amigos porque todos tenían ya pareja. Debía de ser la única persona en todo el instituto que no la tenía.

—Podemos ir todos como amigos, ¿no? —sugirió Tina el viernes durante el almuerzo, cuando me permití un descanso de veinte minutos para comer algo. Ella iba a ir con Mike. Dave K. y Sugar irían juntos. Warren llevaría a una chica de su clase de historia a la que yo no conocía mucho.

—Sí —la secundó Puck—. De ese modo no te presentarás sola.

—Las cosas se arreglan, Britt, ¿lo ves? —trató de convencerme Dave K.

—Bueno..., has rechazado un montón de ofertas —dijo Mike un poco inseguro.

—La verdad es que no. Él las rechazó por mí casi todas las veces. —No tuve que aclarar a quién me refería, claro.

—Eh, hablando de eso, ¿va a ir tu hermano al baile, Puck?

—No lo sé. Y no me importa si va o no.

Lauren y yo intercambiamos una mirada: ambas sabíamos que a Puck sí le importaba, pero ninguna dijo nada.

Aunque íbamos a alquilar una limusina entre todos e ir juntos como grupo, yo seguiría estando sola. Fruncí el cejo. Podía tratar de culpar a Santiago, probar de estar furiosa conmigo misma por permitirle decir a todos los que preguntaban que yo no iría con ellos.

Pero sabía por qué no me había discutido. Sabía por qué perfectamente: porque había supuesto que iría con él, dado que era un baile de máscaras. Había confiado en que él fuera mi pareja. Incluso me lo había pedido aquella tarde en el garaje; no explícitamente, pero sí a su manera.

Pero no, eso ya no iba a pasar, de ninguna manera. ¿Y qué posibilidades tenía de que alguien me lo pidiera, cuando el baile era al día siguiente?

Cero.

Me secaron el pelo con secador y me lo estiraron a la perfección, suave, liso y brillante. Me hicieron una inmaculada manicura francesa. Me pasé la última media hora con el maquillaje, siguiendo la «guía profesional» que había encontrado en internet.

Aunque no tenía demasiado sentido: la máscara me cubría media cara. En realidad era sólo por hacerlo.

El vestido resultaba maravilloso, una vez me vestí adecuadamente. Con el color verde manzana parecía que la piel me relucía y los ojos Azules me brillaban debajo de la máscara. La tela siseaba al moverme y me flotaba alrededor de los muslos. Los zapatos de tacón plateados hacían juego con las cuentas del vestido y la máscara.

Se me veía estupenda. ¡Me sentía estupenda!

Hacía siglos que no me sentía tan normal. Era como si toda la historia con Santiago no hubiera sucedido.

«Bueno, si voy a ir sola al baile, lo haré mostrándome espectacular», pensé con decisión.

Entonces recordé lo que solía pasar en el Baile de Verano... Sí, compartía la limusina con los otros, pero no tendría una foto en la pista de baile con mi pareja, mi padre no nos sacaría fotos que nos darían vergüenza...

Quizá luciera espléndida, pero de repente ya no me sentía así.

Suspiré y llamaron a la puerta. Cogí el bolsito plateado y me miré una última vez en el espejo.

Llegaban temprano, pero yo ya estaba lista.

—Britt, están aquí —me gritó papá mientras iba a abrir la puerta.

—Sí —contesté.

Fui a bajar para reunirme con ellos. En el rellano metí la cabeza en la habitación de Brad.

—Hasta luego.

Él paró de jugar un momento para mirarme.

—Vaya, te has tomado tiempo suficiente.

—¿Suficiente para qué?

—Para pasar de fea como un troll a no está mal. —Pero me sonrió a su dulce manera de niño de diez años con dientes de menos, y tuve que sonreírle mientras le alborotaba el pelo.

—¡Ah, lárgate! ¡Qué pesada eres!

Reí de nuevo y me despedí.

Me detuve de golpe en lo alto de la escalera.

—... quiero hablar con ella.

—Ella no quiere hablar contigo. Creo que será mejor que te marches ya.

—No hasta que hable con ella.

—No. Y ahora lárgate de mi porche antes de que llame a la policía.

Santiago trató de entrar de todos modos, y mientras mi padre comenzaba a empujarlo hacia fuera, se me escapó un ruido raro; no llegó a ser una palabra, sólo un extraño graznido que hizo que ambos se detuvieran y me miraran.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté a Santiago con los dientes apretados, y fui bajando la escalera, aferrada al pasamanos para no caerme con los finos tacones—. Santiago, ¿qué diablos estás haciendo aquí?

—Ya se va... —lo dijo con todo el tono amenazador de que un padre enfadado era capaz. E hizo que Santiago pasara su peso de un pie al otro; se sentía intimidado, o al menos, incómodo.

Me quedé mirando a Santiago, esperando a que me contestara. Y luego reparé en él de verdad.

Llevaba una camisa blanca de vestir y una fina corbata verde colgada al cuello un poco de cualquier manera. Se había puesto un esmoquin negro, pero lo había combinado con sus botas negras de siempre, que de algún modo lograban que pareciera muy sexy. El cabello oscuro casi se le metía en los ojos y parecía un poco despeinado y desarreglado...

Se rascó la nuca, nervioso.

—He venido a hablar contigo.

Suspiré y me volví a medias hacia papá.

—¿Nos dejas un minuto?

—De acuerdo —dijo después de un silencio. Apuntó a Santiago con un dedo amenazador

—. Pero le pones un dedo encima y te juro...

—¡Papá! —exclamé con toda intención, e indiqué la cocina con un gesto de cabeza. Mi padre miró furioso a Santiago y luego se metió en la cocina. Podía oír la música de Brad, totalmente ajeno a lo que estaba pasando.

Miré a Santiago, que se había dado la vuelta y estaba saliendo por la puerta.

—¿Qué estás haciendo? Creía que querías hablar.

—Ya te lo dije, Britt. Lo voy a hacer bien.

Y cerró la puerta tras él. Me quedé mirándola confusa durante casi un minuto, totalmente perdida, y entonces sonó el timbre.

Aún perpleja, abrí.

Y ahí estaba Santiago, claro. Llevaba en la mano una pulsera floral hecha de calas y tenía una rodilla en el suelo.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, riendo nerviosa.

—Brittany , ¿quieres ser mi pareja en el Baile de Verano?

No pude evitarlo; de verdad que no pude. Me eché a reír. Lo vi frunciendo el cejo, así que me calmé y me mordisqueé el labio.

En serio, ¿quién se hubiera imaginado a Santiago López, el supuesto donjuán adicto a la violencia, con la rodilla hincada en el suelo en la puerta de una chica para pedirle ser su pareja en un baile? Era tan surrealista que resultaba histriónico.

—¿Hablas en serio?

—Sí. ¿Vas a ser mi pareja?

Dudé. Quería decirle que sí, y que había sido un gesto muy dulce. Pero sabía que no debía hacerlo.

Decirle que sí sería una decisión terrible. Me odiaría si lo hacía. Y me odiaría por decirle que no...

Entonces, él se puso en pie y me miró sonriendo un poco, una de esas sonrisas maravillosamente raras y contagiosas que hacían asomar su hoyuelo en la mejilla izquierda.

—Vamos, Britt-Britt, dame un respiro. Lo estoy intentando, ¿no? Sé que he sido un completo estúpido y que te he hecho daño, y que he hecho y dicho un montón de cosas de las que me arrepiento, y... estoy tratando de compensarte. Por favor, ven conmigo al baile.

Me tendió la pulsera. Yo miré las hermosas y aromáticas flores, y luego de nuevo a él. Seguía sonriendo, con una esperanzada chispa en sus ojos marrones. No podía decir que no a ese rostro, ¿verdad?

—No..., no sé... —Me salió como un susurro—. No creo que sea una buena idea.

—Olvídate de lo que piensan los demás y lo que van a decir. ¿Qué quieres tú?

—No deberías..., quiero decir, no podemos...

—A la mierda con lo que hay que hacer. ¿Qué quieres tú?

Lo miré. Ah, mierda, sabía perfectamente lo que quería hacer. Pero mi cabeza se negaba a aceptarlo. Sabía qué debía hacer, qué era lo correcto, lo que todos los demás querían que yo hiciera.

—¿Britt? —me insistió mientras me ofrecía de nuevo las flores.

Respiré hondo y cerré los ojos un instante. Era el momento de la verdad. Ahora o nunca.

Sería hacerlo contra todo lo que me decía mi instinto, y todo mi sentido común se rebelaba...

Tendí la muñeca.

—Sí, Santiago, iré al baile contigo.

Soltó una risita de alivio.

—¿De verdad?

Asentí con la cabeza y lo miré directamente a los ojos. Esbozó la mayor sonrisa que le había visto nunca, y me colgó la pulsera con el ramillete de la muñeca.

—¿Tienes una máscara? —le pregunté, negándome a escuchar mis obstinados pensamientos sensatos—. Es un baile de máscaras.

—Claro. —Puso los ojos en blanco con una leve sonrisita irónica, como diciendo: «¡Qué tontería!».

—Ah, vale.

Me sonrió de nuevo, y yo sólo pude devolverle la sonrisa.

—Debo de ser una completa idiota para aceptar ir al baile contigo.

Él asintió.

—Sí. ¿Estás lista?

—Un segundo —dije. Dejé a Santiago en el umbral y fui a la cocina. Entré sigilosamente; era evidente que papá acababa de sentarse y coger la guía de la tele para simular que no nos había estado escuchando—. No te enfades —le pedí, esperando que no se sintiera demasiado decepcionado.

—No estoy enfadado, exactamente... Sólo que no creo que sea una buena decisión —repuso, negando con la cabeza—. Después de todo lo que has pasado con Puck...

—Lo sé —admití con nerviosismo—, pero...

Papá suspiró profundamente, se sacó las gafas y se presionó los ojos con los dedos.

—Hay un «pero». Genial. Justo cuando creía...

—Se ha puesto de rodillas para pedírmelo —expliqué—. Creo que está realmente arrepentido.

—Hum. —Era evidente que mi padre no opinaba lo mismo—. Eso, o sólo le interesa una cosa.

—Papá. Vamos. Sólo es un baile —repliqué sin alzar la voz—. Eso no significa que esté... No sé..., que volvamos a estar juntos o lo que sea.

—Que hayas aceptado ir con él dice mucho, Britt. Mira, haz lo que te parezca mejor, pero ten cuidado. No quiero que te hagan daño. O que te quedes embarazada, hablando claro —añadió con severidad.

—Sí, papá —repuse, como siempre hace la impaciente hija adolescente.

—Lo digo en serio, colega. Haz lo que quieras, haz lo que te parezca bien. No puedo impedírtelo.

Pero realmente no creo que esto sea bueno para ti.

—No sé qué hacer. —Suspiré y me sentí como si volviera a tener siete años, no casi diecisiete. Así que hice lo que cualquier niña vulnerable haría: abracé a mi padre—. No sé qué hacer.

Él me devolvió el abrazo.

—Ya lo averiguarás.

—Eso espero.

Soltó una risita y me miró de arriba abajo.

—Mírate, Britt. ¿Cuándo ha crecido mi pequeña?

Le sonreí.

—Estás estupenda. Y ya te aclararás con todo esto, sé que lo harás.

—De verdad que Santiago me hace feliz, papá.

Esbozó una cansada sonrisa, una sonrisa que, de repente, lo hizo parecer mucho mayor.

Yo le devolví otra media sonrisa y regresé al vestíbulo, donde Santiago me estaba esperando, un poco nerviosa. No me di cuenta de que mi padre iba detrás de mí hasta que habló.

—Muy bien... Bueno, supongo que si vas a llevar a mi niña al baile, tendré que hacer fotos. — Cogió la cámara y me hizo un gesto para que me pusiera junto a Santiago.

Me acerqué a él con una sensación de incomodidad. Santiago me acercó más a su lado y me rodeó con el brazo. Al instante me sentí más tranquila. Me resultaba familiar. Agradable.

Papá hizo un par de fotos.

—Y ahora escúchame. No me gusta demasiado nada de esto, pero si es lo que Britt quiere, me aguantaré... por ahora. Pero haces algo, y me refiero a lo que sea, que le haga daño, y, chico, lamentarás haber puesto el pie en esta casa. ¿Lo entiendes?

—Sí, señor —contestó Santiago, sorprendentemente sincero y educado.

—Muy bien. Entonces, divertíos.

—Adiós, papá —me despedí. Le lancé una sonrisa tranquilizadora y, en respuesta, él se encogió de hombros, dubitativo. Cerré la puerta, y Santiago, aún rodeándome la cintura con el brazo, me acompañó por el camino de entrada.

—Espera —le dije parándome—. ¿Sabe Puck algo de esto? ¿Se lo has dicho?

—No. ¿Por qué? ¿Tanto importa? Díselo después. —Pero miró al suelo mientras decía esto último.

—Bueno, se supone que van a pasar por aquí, ahora mismo, con la limusina...

—Envíales un mensaje y diles que te adelantas. O que ha pasado algo y que te encontrarás con ellos más tarde allí. No lo sé. Diles que estás conmigo, si es lo que quieres.

—Les diré que he tenido un problema con el maquillaje. —Lo había decidido ya, y le envié un mensaje a Puck.

«Acaban de salir de casa de Dave K. Gracias por el aviso. Nos vemos allí.»

Eso era lo maravilloso de que mi mejor amigo fuera un chico: nada de compasión, nada de mensajes preocupados preguntándome si necesitaba ayuda o qué había pasado. Sólo lo aceptaba sin cuestionarlo.

Me sentí horrible por mentirle, aunque sólo fuera en un mensaje. Tenía la terrible e inquietante sensación en el estómago de que todo estaba comenzando de nuevo: las mentiras, el esconderse, la traición... Y lo peor era que lo estaba haciendo por voluntad propia, sin pensármelo dos veces.

Pero no podía enviarle un mensaje diciéndole: «No te molestes en recogerme. Voy al baile con

Santiago».

Sí, claro.

Se lo tenía que decir cara a cara. Hacérselo entender. Explicárselo todo. Ésa era la única manera.

No más mentiras. Era lo mínimo que podía hacer. Se merecía más que un mensaje de texto o una llamada.

Por un momento me pregunté qué estaba haciendo Santiago cuando fue hacia el lado del copiloto.

Seguro que no iba a dejarme conducir. No dejaba a nadie tocar su coche. En eso Puck era casi tan malo como él: tampoco me dejaba conducir su coche. (De verdad, una rayadita de nada en el coche de mi padre con un buzón y estoy marcada de por vida.)

Pero lo que Santiago hizo fue abrirme la puerta. Era un gesto tan caballeroso que me pregunté si los ojos me funcionaban bien.

—Gracias... —le dije, sin estar muy segura, mientras me metía en el coche. Él cerró la puerta detrás de mí antes de entrar, luego puso el motor en marcha y nos dirigimos hacia el Baile. Era un viaje de unos veinte minutos, y yo no tenía ni idea de cómo llenar ese tiempo sin cosas que nos resultaran incómodas a los dos.

Pero sí que tenía una pregunta para la que necesitaba una respuesta.

—Entonces, ¿qué hacemos? Sólo presentarnos allí esta noche y dejar que todos sepan que estamos..., estamos... como sea que estemos? —No quería decir «saliendo» por si él no pensaba que fuera así.

Santiago suspiró.

—Mira, voy a dejarlo todo claro, Britt. Las cartas sobre la mesa. Me gusta estar contigo, realmente me importas, más de lo que deberías. Así que... no quiero volver a perderte. Estoy tratando de compensarte, pero lo entenderé si prefieres que esto siga siendo... informal o lo que sea.

—¿Y...?

—Y lo que estoy tratando de decir es... que supongo que tú decides.

El corazón me latía con tanta fuerza que casi ni oí el resto de lo que dijo.

—Si tú, ya sabes..., quieres salir..., ser una pareja...

Me lo quedé mirando; desde los ojos, que tenía clavados en una señal de stop, hasta los dedos, con los que sujetaba el volante. Se le veía..., bueno, no había otra palabra para describirlo: vulnerable.

Me contó que nunca había tenido una novia, sólo ligues, porque las chicas no querían salir con alguien que se metía en peleas. Y yo no culpaba a ninguna de esas chicas. Pero... no se podía negar:

Santiago tenía un lado realmente dulce y cariñoso. Como lo de aparecer en mi puerta esa noche o abrirme la puerta del coche.

«Puck me va a odiar por esto...»

Pero no dije eso.

—Primero tengo que hablar con Puck. No puedo lanzarle esto encima como una bomba.

No lo dije con todas esas palabras, pero incluso así, a Santiago le brillaban los ojos cuando me miró.

Una sonrisa... no de medio lado o irónica, sino una verdadera sonrisa, le jugueteaba en la comisura de los labios.

—¿De verdad?

—De verdad, de verdad.

Ambos sabíamos cuál iba a ser mi respuesta. Pero necesitaba asegurarme de que no iba a perder a mi mejor amigo. Ningún tío, ni siquiera Santiago, valía eso. Y Santiago lo entendió cuando le dije que tenía que contárselo a Puck primero.

No tuve oportunidad de decir nada más, porque se inclinó para darme un corto beso en los labios antes de que cambiara el semáforo. Fue demasiado rápido para mi gusto, pero aun así hizo que el corazón se me desbocara.

Su mano encontró la mía, y nuestros dedos se entrelazaron. Me resultaba tan natural y fácil, como si encajáramos perfectamente, a pesar de que todo en nuestra personalidad y hábitos podría sugerir lo contrario.

El resto del viaje lo hicimos en silencio. Excepto que no era un silencio incómodo, uno en el que te preguntas si debes iniciar una conversación. Era un silencio agradable. De esos en que lo que disfrutas es la compañía.

Ya no estábamos lejos del Baile. Había bastante tráfico, gracias al camión de bomberos, los dos coches de policía, el puñado de limusinas, los coches grandes y los Rolls-Royce, y los dos o tres carruajes tirados por caballos, por no hablar de la gente que se había presentado en sus coches de siempre.

—Entiendo lo de las limusinas —dijo Santiago—. Pero ¿los carruajes? Es una locura. Tampoco es que los premios MTV se vayan a entregar aquí. Eso es tirar el dinero.

Me reí al oírlo, porque había pensado más o menos lo mismo.

Me alisé el vestido y saqué un pequeño estuche de maquillaje para retocarme el pintalabios. Me volví hacia Santiago, porque sentía su mirada sobre mí.

—¿Qué?

—Nada.

—No, en serio, ¿qué pasa? —insistí mientras me miraba en el espejito, demasiado pequeño, preguntándome si tendría pintalabios en los dientes.

—Nada. Estás muy guapa.

—Oh. Gracias. Eh, es curioso cómo tu corbata hace conjunto con mi vestido.

Él se miró la corbata, como si necesitara una confirmación visual.

—Bueno, sí. Recordé que me habías dicho que tu vestido era verde, y ésta fue la única corbata verde que pude encontrar en las tiendas que no estuviera cubierta de palmeras.

Mi reflejo me sonrió mientras continuaba retocándome el maquillaje.

—De verdad, Britt, guarda eso. Ya estás fabulosa.

Fabulosa... No podía dejar de sonreír.

—¿De verdad?

—De verdad, de verdad —rió él. El tráfico comenzó a moverse, las limusinas habían ido desapareciendo y avanzamos lentamente unos cuantos metros más.

—Eh, mira, ahí está tu limusina.

Me volví y miré hacia donde me indicaba. Una limusina negra estaba parada ante las puertas del Baile, y reconocí a Puck al instante, con Lauren del brazo, y los otros que bajaban tras él.

Con todos enmascarados resultaba bastante complicado decir quién era quién. Era fácil confundirlos con otra persona. Además, muchos de los chicos llevaban máscaras muy sencillas que se parecían mucho.

Quizá nadie (excepto Puck, claro) nos reconocería a Santiago y a mí juntos. Tal vez no me rodearían hordas de chicas queriendo saber por qué me había presentado con Santiago López.

Esperaba que no me reconocieran. La noche sería mucho más fácil.

Nos paramos ante el hotel, donde un aparcacoches nos esperaba. Salí del coche, pero no antes de que Santiago se hubiera apresurado a abrirme la puerta. No me había fijado en que se había colocado la máscara; era negra con tachuelas de metal grises en el borde superior y le cubría la mitad de la cara.

El aparcacoches cogió las llaves que le entregaba Santiago mientras éste me rodeaba la cintura con el brazo y me llevaba hacia la puerta. Pude notar que la gente ya nos miraba e intentaba descubrir quiénes éramos. Y ni siquiera habíamos llegado a la sala de baile.

Tenía un nudo en el estómago, y noté que se me aceleraba la respiración.

—Cálmate —me susurró Santiago al oído, y su aliento me hizo cosquillas—. Todo irá bien, te lo prometo.

—Oh, espero que tengas razón.