Una pequeña cola de parejas se había formado a la espera de que les hicieran una foto bajo el magnífico arco de flores que se había instalado contra la pared de la sala de baile. Santiago me llevó a la cola, y yo le sonreí. Parecía que, después de todo, sí que iba a tener fotos con mi pareja.
Las delicadas arañas de cristal cubrían la sala de un resplandor cálido y hacían saltar destellos del dorado que decoraba las paredes, las columnas, el techo. El suelo de mármol estaba salpicado de las sombras de la gente que bailaba. El techo formaba una alta cúpula, y ante una pared había una barra de bar. Pequeñas mesas redondas con un mantel blanco y centros de mesa florales se alineaban alrededor de la pista, y la banda tocaba sobre un pequeño escenario al fondo del local.
En resumen: era perfecto. Increíble e impecablemente hermoso. Me sentí bastante orgullosa de mí misma por sugerir el arco de flores para las fotos; era de lo más romántico.
—Es increíble, ¿no crees? —le dije a Santiago sonriendo.
—Sí —reconoció él, mirando alrededor igual que yo.
—Siguientes —dijo el fotógrafo, y nos pusimos bajo los focos. Estaba un poco incómoda, consciente de que la gente nos miraba. Claro que, en realidad, sólo miraban porque nos estaban haciendo una foto. En treinta segundos toda la atención estaría centrada en la siguiente pareja. Pero en ese momento yo estaba esperando que alguien gritara: «¡Oh, Dios mío! ¿Britt y Lopez?».
—Eh, relájate —me susurró Santiago al oído, y yo pegué un pequeño bote, sobresaltada.
—Perdona. Estoy un poco... nerviosa.
Él me dedicó esa estupenda sonrisa sexy, lo que me relajó un poco. Así que me volví hacia el fotógrafo y Santiago se quedó detrás de mí, rodeándome la cintura con ambos brazos, y los míos sobre los de él. Sonreí a la cámara, y el flash casi me cegó, entonces...
—Siguientes.
Y ya dejamos de ser el centro de atención; así de fácil.
—¿Tienes sed?
—Humm, s...sí.
—Iré a buscar algo de beber.
—Vale.
No hacía ni cuatro segundos que Santiago se había alejado de mí cuando ya tenía al otro hermano Lopez delante...
Mierda. ¿Me habría visto con Santiago? ¿Nos había visto alguien juntos? No parecía enfadado, pero...
Me bajó la máscara.
—Britty, aquí estás.
Sonreí.
—Hola, Puck.
—¿Problemas de maquillaje resueltos?
Por dentro respiré aliviada. No nos había visto...
—Sí, gracias. Todo va bien.
—Asombroso. ¿Vienes a sentarte a nuestra mesa o te vas a quedar aquí sola?
Vacilé un momento.
—Puck, tengo que contarte...
—¿Es Britt? —Alguien me cogió del hombro y me hizo volverme. Una rubia enmascarada me sonrió—. ¡Ya pensaba que eras tú! Bonito vestido, por cierto. Hola, Puck. Escucha, Britt, hay un problema con la comida, y Quinn me ha pedido que te buscara. Algo referente a la comida vegetariana y unos frutos secos...
—No, no, dijimos que nada de frutos secos, porque Rory F es alérgico.
—Lo sé. Pero Quinn me ha dicho que te buscara...
—Pero yo no estaba al cargo de la comida. —Era cierto, sólo había ayudado un poco.
—Lo sé —repuso ella. Estaba casi segura de que estaba hablando con Kaitlin, porque su voz era un poco nasal. Irritada, como en ese momento, aún sonaba más nasal. Sí, sin duda era Kaitlin—. Pero Quinn me ha dicho que te buscara porque Gen está histérica.
Suspiré.
—Claro. Vale.
—¡Genial! Vale, ve por esa puerta lateral junto al escenario de la banda, y hay una puerta que da a la cocina a medio camino del pasillo.
—Puck, vuelvo en seguida. Pero no desaparezcas... Tengo que decirte algo —le informé.
—De acuerdo. —Y me deslicé entre la gente.
Seguí las indicaciones de Kaitlin y, después de equivocarme de puerta un par de veces, encontré la cocina, donde Quinn y Gen estaban discutiendo, en parte, con el chef, pero sobre todo entre ellos.
—Deberíais haber especificado que había alguien alérgico a los frutos secos... —decía el hombre, enfadado.
—¡Lo hicimos! —casi gritó Gen.
—¿Estás totalmente segura, Gen? —Quinn se había subido la máscara a la cabeza y parecía furioso.
—¡Estoy segura! ¡No me hubiera olvidado de decírselo, Q! —Se volvió hacia mí, con los ojos enloquecidos, desesperada—. ¡Britt, díselo!
Suspiré y miré al chef.
—¿Es que no puede hacer un plato vegetariano que no tenga frutos secos? ¿Sólo uno?
No pareció nada impresionado, pero finalmente conseguimos convencerlo, y sin tener que pagar extra por la cena de Rory.
Cuando salí de la cocina no tenía ni idea de dónde estaban mis amigos. O mi pareja. Todo el mundo bailaba o estaba en grupitos por las mesas.
Con los chicos en esmoquin y máscaras que les ocultaban el rostro había poca diferencia entre ellos. Busqué a Puck durante cinco minutos completos antes de rendirme. Sabía que Lauren llevaba un vestido de color lila largo hasta el suelo con un lazo violeta, pero ni siquiera pude encontrarla a ella.
Fui a apoyarme contra una pared en la que había algo de espacio libre y suspiré. La cena se serviría en cuarenta minutos, y yo no pensaba pasarme todo ese tiempo sola. ¿Por qué habíamos decidido que sería un baile de máscaras? Olvídate de guay, chic y divertido. Era simplemente un fastidio.
Alguien se puso a mi lado.
—Hola, tienes pinta de necesitar esto. —Quien fuera me puso un vasito de ponche en la mano.
—Gracias... —Fruncí el cejo, tratando de descubrir de quién se trataba. La música era lo suficientemente fuerte como para hacer las voces indistinguibles.
Mi salvador se levantó la máscara el tiempo suficiente para que yo exclamara: «¡Mike!», y se la volvió a bajar.
—¿Quién creías que era? —rió.
—Peter Parker. Bueno, al menos eso esperaba.
—¿Maguire o Garfield?
—Garfield.
—Lamento decepcionarte. Sólo he sabido que eras tú porque antes te he visto hablando con Puck.
—Estás muy guapa.
—Oh, gracias. —Sonreí—. Tú también. ¿Cómo estás?
—Estoy bien. Por cierto, ¿te he visto llegar con alguien?
—No..., no creo...
«Odio mentir.»
—Oh. Entonces, debe de haber sido a otra. Bueno, será mejor que vayamos a reunirnos con los demás. Sólo he ido a buscar algo de beber, pero tú parecías muy sola aquí. Además, no podía encontrar a nadie con estas malditas máscaras.
—Yo ya dije que era estúpido.
—¿Y qué estás haciendo sola?
—No he podido encontrar a nadie. —Me reí, usando su propio comentario.
—Excusas, excusas... Vamos, creo que aún siguen por allí. —Seguí a Mike a través de la masa de adolescentes bailando enmascarados; lo agarré del brazo para no perderlo. Todo el rato estuve mirando alrededor, pero no tenía ni idea de dónde pararía Santiago.
Pronto encontramos a los otros. Las chicas estaban todas muy guapas, claro. Y los chicos tampoco estaban nada mal. Puck había encontrado una corbata que hacía perfecto juego con el vestido de Lauren, pero la mayoría de los otros chicos se habían decidido por el negro. Sin embargo, Mike había hecho el esfuerzo de intentar que la suya hiciera juego con el vestido de Lisa, excepto que había escogido algo escarlata cuando el vestido era más tirando a burdeos.
Puck y Lauren hacían muy buena pareja.
—No estás mal, ¿verdad, Britt? Lo digo por haber venido sola —dijo Warren. Un comentario bastante desafortunado, pero Warren era así, por lo que no le di más importancia.
—No —contesté—. Estoy bien.
—Juraría que te he visto entrar con alguien y hacerte una foto —aseguró Kitty, la pareja de Warren.
—No, no era ella; ya se lo he preguntado —contestó Mike por mí.
—Oh. Qué raro. ¡Ves, con todo el mundo con esas malditas máscaras no puedo decir quién es nadie!
La conversación fluyó animada e insustancial. Yo no paraba de mirar buscando a Santiago, pero no lo veía por ninguna parte. Bailé con las chicas un rato, y luego con Mike y también con Puck. Artie se acercó y tocó a Puck en el hombro.
Sólo lo reconocí por el piercing en la lengua, que destelló bajo la luz cuando habló.
—¿Puedo robártela?
—Tú mismo —repuso Puck. Le hizo una floreada reverencia, y luego se fue donde los otros estaban bailando. La música acababa de cambiar a algo más lento, una versión acústica de alguna canción pop.
—Hola, Artie.
—Hola, Britt. —Sonrió—. Por cierto, espero que no te importe que te robe este baile.
Reí.
—No te preocupes.
—Esta noche estás realmente guapa —comentó—. Lamenté oír que no tenías pareja.
Gruñí exageradamente.
—¿Es que lo sabe todo el mundo?
Él se encogió de hombros, riendo conmigo.
—No te preocupes. Sólo es porque Lopez ha espantado a todos los chicos, ¿vale? Pero nadie lo ha visto; te pasarás la noche bailando, robando las parejas de las otras chicas.
—¿Con quién has venido tú?
—Amy. Amy Johnson.
Asentí.
—Guay. Pero ¿no le importará que bailes conmigo?
—No. No te preocupes. ¿Y qué tal te va? No te veo mucho fuera de clase de química.
—Bien, supongo. ¿Y a ti?
—Lo mismo de siempre.
Nos reímos ante el incómodo silencio que siguió, y luego charlamos desenfadadamente sobre la banda y lo bonito que estaba todo hasta el final de la canción, cuando rechacé la propuesta de Jason para bailar el siguiente tema con la excusa de que tenía que ir a «buscar a Puck». Lo que realmente pretendía hacer era encontrar a Santiago.
Y tal vez lo hubiera encontrado si de repente no se hubiera comenzado a sentar todo el mundo para cenar. Me puse de puntillas y retorcí el cuello buscándolo.
—¡Britt, Britt! —Miré alrededor—. ¡Aquí! —Puck agitaba la mano para que me uniera a ellos.
Sonreí, aunque me sentía más como para hacer una mueca, y me metí entre la gente para ocupar mi sitio.
En la mesa quedó un sitio vacío, claro; estaba preparada para cinco parejas, y teníamos a Warren,
Karofsky, Puck y Mike con sus respectivas parejas, y luego estaba yo con una silla vacía a mi lado. Rogué por que Santiago me viera y viniera a sentarse a mi lado.
—¡Lopez! Ven para aquí, tío... —Oí el marcado acento de Brooklyn de Andy, uno de los jugadores de fútbol americano, que llamaba a Santiago para que se sentara a su mesa, donde había una mezcla de chicos y chicas; nadie estaba sentado junto a su pareja y quedaba un asiento libre.
Él comenzó a ir hacia allí y me fijé en que llevaba la máscara en la mano. Abrió la boca para decir algo, pero una de las chicas se puso en pie de un salto, toda excitada, y comenzó a tirar de él. Santiago estaba recorriendo la sala con la mirada, y me vio justo cuando lo estaban haciendo sentar.
Intercambiamos una mirada de impotencia; una que nos decía que estábamos obligados a quedarnos en esas mesas. Supuse que, en cierto modo, era una suerte, ya que aún no había podido decirle nada a Puck. Pero iba a hacerlo. No iba a permitir que fuera como la vez anterior.
Si no hubiera tenido que ayudar con la crisis de la comida, o si no me hubieran pedido para bailar... Y ahora Santiago se veía obligado a sentarse separado de mí. Y aún no le había dicho nada a Puck.
Los hados estaban en nuestra contra, pero no iba a dejar que eso me detuviera, no esta vez.
Intenté dejar de lado todos esos pensamientos. Ya me ocuparía de ello más tarde. En ese momento quería disfrutar de estar con mis amigos.
De todas formas, eso era más fácil de decir que de hacer. Me resultaba difícil no volverme para mirar a Santiago, y estaba distraída.
No les pasó desapercibido.
Unos dedos chasquearon ante mi nariz y se me cayó el tenedor del sobresalto.
—¡Tierra a Britt! ¿Qué te pasa?
—Nada —le contesté a Puck tan inocentemente como me fue posible. También me obligue a sonreír
—. No pasa nada.
—No me engañes. ¡Oh, eso me recuerda...! ¿Qué era lo que me querías decir antes? Ya sabes, antes de que te arrastraran a la cocina.
Tragué saliva.
—Humm, n...nada muy serio.
—Oh, vale, de acuerdo. Perdonadme un minuto, chicos. —Puck se puso de pie y me arrastró con él.
El corazón comenzó a golpearme dentro del pecho y se me humedecieron las palmas de las manos.
—Britt, ¿qué está pasando? —preguntó Lauren.
—N...nada... —mascullé, y ella me miró preocupada.
Puck me sacó por la puerta más cercana a la mesa y pasamos al vestíbulo del hotel.
—En serio —dijo, mientras cruzaba los brazos con severidad—. ¿Qué es?
Tragué saliva, toqueteando el ramillete que llevaba en la muñeca.
—Bueno... Prométeme que me escucharás hasta el final, ¿vale? No te enfades ni te vayas. Sólo escúchame. ¿Por favor?
—De acuerdo —contestó preocupado, y pareció que se preparaba para oír malas noticias.
—Lo de antes no ha sido un problema de maquillaje —comencé, y él decidió interrumpirme con una carcajada de alivio.
—¿Y entonces qué ? ¿No querías ser la única en la limusina que estuviera sola? Jo, por un momento he pensado que ibas a decirme que te habías vuelto a liar con Santiago.
Me mordí el labio.
—Ha venido. Antes. Ha aparecido en mi puerta. Por eso te dije que tenía un problema de maquillaje.
—¿Y qué quería? —preguntó Puck con el cejo fruncido.
—Quería... —Oí pasos detrás de Puck y alcé la mirada. Santiago me miró directamente. Cogí a Puck por el codo. No quería que se volviera y comenzara a hacer una escena por nada—. No te cabrees, Puck, prométemelo. Pero dijo..., dijo que estaba tratando de compensarme, y..., y...
—Hola, chicos, ¿qué pasa?
En aquel momento podría haber matado a Santiago. ¿Acaso no podía dejarme explicárselo a Puck sin meterse por medio? Ahora Puck reaccionaría mal, o Santiago retorcería las cosas sólo para hacerlo cabrear, y...
—¿Qué estabas haciendo al presentarte en casa de Britt? —exigió saber Puck—. ¿No crees que ya has hecho suficiente?
—Por eso he ido —contestó él. Sus ojos marrones se clavaron en los míos—. He tratado de que me perdonara.
—Puck, me trajo un ramillete y todo —apunté yo.
—No me importa —exclamó mientras se volvía hacia mí—. Britt, se portó como un cerdo contigo.
Te dejó en la estacada cuando me enteré de lo vuestro y no podía haberte apoyado menos.
—No fue así —intervino Santiago, ceñudo—. Y tú lo sabes, Britt. Intenté llamarte, pero...
—Eso no cambia nada, Santiago —le soltó Puck—. Lo cierto es que no estabas allí cuando ella te necesitaba de verdad. No intentaste aclarar las cosas. La dejaste que cargara con todo mientras te largabas con esa maldita moto tuya. Hiciste que me mintiera, que mintiera a su padre, y ¿para qué?
¿Para divertirte un poco? ¿Por algo de acción?
—Puck...
—¿Por qué no se lo preguntamos a ella, eh? ¿Por qué no vemos lo que quiere Britt? —dijo Santiago, con el tic del mentón disparado.
Me observaron, expectantes.
Miré a Santiago. Lo único que tuve que hacer fue mirarlo, y Puck suspiró, derrotado.
—Britt, de verdad, ¿crees que eso es lo mejor que...?
—Santiago —lo interrumpí—, ¿crees que nos podrías dejar un minuto?
Él se encogió de hombros.
—Claro. —Se apartó un par de metros y se apoyó en la pared.
Me volví hacia Puck y bajé la voz.
—Sé que crees que es una estupidez y una temeridad, pero... quiero estar con él. Tengo la sensación de que es lo que debo hacer.
Puck torció la boca, pensativo. Podía ver las ruedas girando en su mente.
—Si sólo os estáis enrollando... Quiero decir, siempre te he visto como la clase de chica que busca compromiso más que un rollo. Me preocupo por ti, Britt.
Le sonreí, tranquila, mientras le cogía la mano y se la apretaba.
—Sé que lo haces. Y esta vez lo vamos a hacer bien —repetí lo que Santiago había dicho antes.
—¿Como en...?
—Quiere decir que estamos saliendo —intervino Santiago, su voz era lo suficientemente alta como para que la oyéramos.
Yo me sonrojé, miré al suelo antes de volver a mirar a Puck, que tenía las cejas subidas al máximo.
—Con tu aprobación —añadí—. Sólo si a ti te parece bien.
—Espera, ¿esto va en serio? ¿De verdad?
Asentí.
—Sí —contestó Santiago, que se había vuelto a acercar—. ¿Por qué? ¿Tienes algún problema con eso, hermanito?
Puck no lo miraba; tenía los ojos clavados en mí, y se le formaron unas pequeñas arrugas en el rabillo cuando esbozó una leve sonrisa.
—Si alguna chica era capaz de cambiarlo... —Su voz sonaba un poco tensa. No le gustaba mucho la idea, pero la estaba aceptando.
—Me vuelvo adentro antes de que las cosas comiencen a parecer sospechosas. Te veo luego, Britt.
—Santiago asintió con la cabeza antes de volver a entrar. Respiré hondo, sin estar muy segura de lo que Puck podría decir ahora que Santiago no lo oía.
—Y tú dijiste que él nunca cambiaría —comenté bromeando, y le tiré cariñosamente del brazo.
Puck no se rió. En vez de eso, suspiró profundamente y se apretó el puente de la nariz entre el índice y el pulgar durante un segundo antes de hablar. Siempre hacía eso cuando estaba triste: como en el funeral de su abuelo, o cuando su perro, Patches, murió cuando teníamos diez años.
—Pero ¿de verdad eres feliz, Britt? Sé cómo es Santiago. ¿Estás segura de que no te ha liado con palabrería? Tú también sabes cómo es. ¿Eres realmente feliz con él?
—Lo soy —le contesté—. Y sé que pensarás que soy una tonta, y chorra y cursi por decirlo, pero me hace sentir bien por dentro. Es como..., como si no importara lo que pase en mi vida, porque cuando estoy con él puedo olvidarlo todo. Puedo disfrutar de estar con él y ser feliz.
Soy feliz, Puck. Y sé que es estúpido, porque probablemente se tendrá que acabar cuando se vaya a la universidad, pero...
Dejé la frase colgando, sin saber qué más decir. No encontraba las palabras para explicarle lo que sentía por Santiago; sólo esperaba que Puck intentara entenderlo.
«Bueno, el corazón quiere lo que el corazón quiere.»
Excepto que ése no era un asunto del corazón. Porque yo no lo amaba. Claro que no. Eso sería ridículo. No. Definitivamente no lo amaba.
—Entonces..., ¿estás tratando de decirme que estás enamorada de él?
—¡No! No..., para nada —insistí. Debería haber sabido que Puck llegaría a esa conclusión. Si yo estuviera enamorada de Santiago eso sería una explicación razonable de por qué volvía con él, pero no lo estaba. Sin duda no lo estaba.
—Oh. —Su rostro tenía una expresión de lástima que yo no llegaba a entender. Como si él supiera algo que yo no.
—Puck, ¿qué...?
—Mira, no estoy de acuerdo con esto, Britt. Te hizo mucho daño, y no creo que esto vaya a acabar bien. No es bueno para ti. Pero si es lo que de verdad quieres..., estaré ahí para recoger los trozos después, ¿vale?
Le sonreí. No fue una gran sonrisa, pero era sincera, y reflejaba perfectamente la de Puck.
—¿De verdad? ¿No estás cabreado conmigo?
—No, Britt... —Sonrió burlón—. Si es lo que tú quieres, yo estaré ahí al final. Siempre estaré contigo.
Abracé con fuerza a mi mejor amigo.
—Muchas gracias, Puck —le susurré.
Él me apretó también.
—Ya te dije que acabarías haciéndome hablar como una tía.
Me eché a reír.
—Te quiero —murmuré en voz baja.
—Sí, y yo a ti. —Se apartó y me sonrió de nuevo—. Vamos. No vayamos a perdernos el postre.
Quiero mi pastel de queso, y si no estoy ahí, Karofsky seguro que me lo roba.
Riendo, lo seguí hasta la mesa.
—¿Va todo bien, chicos? —Mike me miraba preocupado.
—¿Seguro que estás bien, Britt? —preguntó Karofsky.
Pillé a Lauren preguntando a Puck sólo con los labios: «¿Tu hermano?». Él asintió como respuesta y le ofreció una especie de mirada impotente. En su rostro vi que lo entendía, y me sonrió como animándome.
Me volví hacia la mesa de Santiago. Él se reía por algo que uno de los chicos había dicho, pero me estaba mirando a mí. Al verme, me guiñó un ojo antes de volverse.
—Sí —dije sonriendo—. Todo es perfecto.
Y en ese momento, realmente lo era
