Puck y yo estábamos tumbados en el jardín trasero de mi casa; el sol brillaba y hacía demasiado buen tiempo para estar dentro. Por lo general pasábamos los días así relajándonos en la piscina de Puck.
Y su jardín era mucho más bonito que el mío; nosotros teníamos uno de esos balancines cubiertos, pero era tan viejo que crujía al moverse. Y la mitad de la hierba estaba muerta; papá había estado demasiado ocupado últimamente como para arreglarla, y era demasiado obstinado para contratar a un jardinero.
Yo había sugerido ir a casa de Puck, porque la piscina sería estupenda. Pero él había querido esperar un poco.
—Britt, mi padre me ha dicho que me enviaría un mensaje cuando sea seguro volver. Quiere decir: cuando Santiago se haya ido furioso o cuando hayan acabado de discutir y de reñirlo por todo. Y aún no me ha dicho nada.
—¿Tan malo era?
—Créeme, ni lo quieras saber.
Justo entonces sonó su móvil, y él lo sacó del bolsillo del pantalón. Lo miró ceñudo y no contestó inmediatamente, como yo habría esperado.
—¿Quién es? —pregunté, y me incorporé para ver la pantalla.
—Santiago —contestó mientras yo intentaba leer el nombre de quien llamaba—. ¿Qué demonios querrá?
—¿Qué te parece esta idea?: contesta y entérate.
Él me miró fingiendo estar enfadado y contestó:
—¿Qué?
Oí la voz de Santiago al otro lado, y sonaba igualmente fastidiado, pero no pude distinguir qué decía.
—Claro —respondió Puck, y luego me pasó el móvil—. Tu móvil sigue apagado. Santiago quiere hablar contigo.
—Oh.—Cogí el móvil y me di cuenta de que estaba sonriendo sólo ante la idea de hablar con él por el teléfono. Y él aún no había dicho nada. ¿Qué me pasaba últimamente?—. Hola.
Pero sabía exactamente por qué me pasaba eso. Era por la misma razón por la que había ido al baile con él, por mucho que intentase encontrar una explicación diferente.
—Hace siglos que intento localizarte.
—Siglos ¿cuánto es exactamente?
—Hum, ¿los últimos cuatro minutos? Lo he intentado dos veces.
Me reí.
—Oh, sí, claro. Eso sí son realmente siglos, señor impaciencia. ¿Y qué querías, a fin de cuentas?
—Escucha, Britt... —Santiago sonaba raro, como si le costara hablar. Me lo imaginaba tirándose del pelo y pasándose una mano por el pecho. Fruncí un poco el cejo, preguntándome qué pasaba.
Entonces él lo dijo. Las palabras fatídicas.
Sabía que debería haber puesto fin a las cosas con Santiago hacía mucho tiempo. Mierda, ni siquiera debería haberlas empezado. Pero ya era demasiado tarde. Sabía que ya estaba metida hasta el fondo, porque lo siguiente que dijo me dejó sin respiración durante un instante.
Santiago suspiró por el teléfono.
—Tenemos que hablar.
Habíamos quedado en el Starbucks a la salida de la ciudad. Eso fue lo único que conseguí sacar de la conversación. No fui capaz de decir nada más que un tartamudeante «de acuerdo».
—¿Qué pasa? —me preguntó Puck con cara preocupada—. Parece que hayas visto un fantasma.
—Yo..., él..., estamos..., Starbucks...
—¿Qué? Britt, respira hondo y dime que te ha dicho. Pero primero... ¿estás bien?
Asentí, pero luego negué con la cabeza.
—Bueno... No...no lo sé. —Inspiré profundamente—. Ha dicho que tenemos que hablar...
Puck hizo una mueca de preocupación, tragando aire.
—Ostras. Pero... espera, ¿lo dices en serio? ¿Estás segura de que ha dicho eso?
Asentí.
—Nos encontraremos en el Starbucks a las ocho.
—Eso es dentro de una hora.
Asentí.
—Tengo que arreglarme... —Atontada y con las piernas como de palo, subí a mi habitación, sintiéndome como en un sueño. Papá estaba trabajando en el salón y Brad se había ido al parque con unos cuantos amigos. Puck subió la escalera detrás de mí.
—Espera, ¿qué crees que está pasando?
—Va a romper conmigo, ¿no? Quiero decir, acabamos de comenzar oficialmente... y va a romper conmigo, ¿no? Eso es lo que dice la gente cuando quiere romper. Dicen: «Tenemos que hablar», y luego dicen: «No es por ti, es por mí», y...
Puck chasqueó los dedos delante de mi cara y me hizo pegar un bote, porque no me lo esperaba.
—Cálmate.
—Perdón...
—Mira, quizá sólo... quiera hablar. Tal vez no quiera romper contigo. No veo por qué querría hacerlo.
—Pero..., pero entonces me lo habría dicho, ¿no? Hubiera dicho: «No te preocupes, no quiero romper contigo». Joder, ¿cómo tengo que vestirme para alguien que quiere romper conmigo?
Comencé a mirar por el armario y los cajones, buscando algo que ponerme. Lo decía en serio..., ¿tenía que ponerme algo realmente mono y hacer que repensara lo de dejarme? ¿Debía dejarme lo que llevaba puesto: mis viejos pantalones cortos vaqueros y un top lila, para que pareciera que no me importaba que rompiera conmigo?
Decidí no cambiarme, pero sí maquillarme un poco.
—Britt, cálmate; seguramente no quiere romper contigo. Estaría loco si lo hiciera.
—Gracias, Puck, eso me tranquiliza mucho. —Cogí el lápiz de ojos, pero me temblaba demasiado la mano, así que en vez de hacerme la raya me tiré en la cama, me cubrí el rostro con las manos y grité de frustración.
Sabía que me había colgado de Santiago. Simplemente no había querido creérmelo. Llegué a pensar que si me decía que no era posible, conseguiría que no lo fuera. Que decirme que no me estaba liando demasiado significaría que no..., que no estaba enamorada...
Me pregunté cuánto tiempo llevaba sintiendo eso por él. Y cuando finalmente me daba cuenta, él estaba a punto de romper conmigo.
Incluso Brad lo había sabido antes que yo. Y Puck... lo sabía. Por eso no paraba de mirarme de esa manera rara. Mi padre y Lauren también lo había supuesto; esas miradas en sus rostros por fin tenían sentido. ¿Era yo la última en darme cuenta de lo que sentía?
Pero en el fondo lo sabía; simplemente me había dado demasiado miedo admitirlo.
La lógica me decía que él no me correspondía; estaba a punto de romper conmigo. «Tenemos que hablar...» Me mordisqué el labio.
Noté la mano de Puck en la rodilla. Cuando abrí los ojos, él estaba inclinado sobre mí, su nariz a un par de centímetros, y sus grandes ojos clavados en los míos. Le devolví la mirada.
—Puck...
—¿Hum?
—Tenemos un problema.
—¿Hum?
—Creo... —Tragué saliva y lo miré directamente a los ojos—. Creo que puedo haberme enamorado de Santiago.
—Por fin. Vaya, pensaba que eso era evidente desde que aceptaste ir al baile con él. Nadie en su sano juicio hubiera aceptado. Esperaba que me lo dijeras cuando me contaste que él era tu pareja en el baile.
—Espera un momento: ¿lo sabías y no me lo dijiste?
—Pensé que tendrías que descubrirlo por ti misma... Vale, vale —admitió al ver mi mirada de escepticismo—. Creía que no lo admitirías.
—¿Y cómo lo has sabido antes que yo? —pregunté tontamente.
—Soy tu otra mitad. El Ashley de tu Mary Kate, la Cosa Uno de tu Cosa Dos —añadió con un guiño.
—Puck, ¿qué voy a hacer? Va a romper conmigo...
Puck se encogió de hombros.
—No sé qué decirte, Britt. Excepto que todo irá bien. ¿Y sabes por qué? Porque me tienes a mí. Ya te lo dije: pase lo que pase, aquí me tienes. Tanto si te rompe el corazón como si te quedas preñada o lo que sea.
Sonreí.
—Bueno, mientras te tenga a ti...
Se rió.
—El premio de consolación, ¿eh?
—No seas tonto. Tú no eres ningún premio de consolación. Eres mi mejor amigo.
Él sonrió tristemente.
—Pero no soy tan importante para ti como él. No puedo competir con el tipo del que te has enamorado. Ya sea mi hermano o no.
—Puck, no seas tonto. Siempre, siempre serás el hombre más importante de mi vida. Excepto por mi padre. Pero estás bastante cerca. —Sonreí—. Santiago o no Santiago. Ningún tío se va a interponer entre nosotros. ¿Lo entiendes?
—Ni ninguna tía —me dijo él—. Los mejores colegas.
—Envejeceremos juntos y todo eso.
—No puedo imaginarme yendo a tocar timbres por molestar sin ti en tu silla de ruedas tratando de huir a toda velocidad.
Me eché a reír y le di un fuerte abrazo. Él me apretó con fuerza suficiente para dejarme sin respiración.
—Estabas realmente preocupado pensando perderme, ¿eh? —bromeé.
—¿Era tan evidente?
—Yo tampoco quiero perderte.
Él sonrió y me guiñó un ojo.
—Eh, ¿alguna vez te has preguntado si hubiera funcionado de habernos..., ya sabes..., de habernos liado?
Alcé un poco las cejas.
—¡No estoy sugiriendo que deberíamos haberlo probado! —añadió en seguida—. Sólo lo digo por curiosidad.
—Todo el mundo esperaba que acabáramos juntos.
—Sólo Dios sabe por qué. Demasiadas pelis de chicas y novelas cursis, diría yo.
Me reí.
—Como pareja hubiéramos sido una mierda.
—Y que lo digas. Nos habríamos fastidiado de lo lindo.
Reí para demostrarle que estaba de acuerdo. No sé qué habría hecho si Puck me hubiera dicho que me amaba. Siempre seríamos sólo los mejores amigos.
—Además, tú estás coladito por Lauren.
—Y tú por Santiago.
—Al menos por ahora... Gracias por recordármelo.
—Mierda, estaba haciendo un gran trabajo para que no pensaras en eso, ¿verdad?
—Sí, con tu gran momento sensiblero. Ahora, apártate. Me tapas la luz y tengo que maquillarme.
Él se rió y se apartó para dejarme llegar al tocador. Al menos, las manos ya no me temblaban, así que pude hacerme la línea sin clavarme el lápiz en el ojo.
—¿Quieres que te lleve? Tendrás que salir ya, si no quieres pillar tráfico...
—Sí, por favor —le contesté mientras me metía un par de billetes de cinco en el bolsillo.
Finalmente, Puck encontró las llaves de su coche después de rebuscar entre papeles de chicle y monedas.
—Muy bien, vamos a que me rompan el corazón —solté con una sonrisa irónica.
Él me dio en la espalda, un poco demasiado fuerte. Casi como si pensara que de golpe me volvería sensata. Me tambaleé hacia delante y tuve que agarrarme al pasamano para no caerme rodando por la escalera.
—Tranquila. Todo irá bien.
Pero lo curioso era que no le creía.
Llegué el Starbucks poco después de las ocho, porque pillamos algo de tráfico. Vi la moto de Santiago aparcada fuera. Pensé que debía acordarme de llamar a Puck para que me recogiera antes de aceptar que
Santiago me llevara en «eso», suponiendo que se ofreciera.
—Envíame un mensaje si quieres que venga a buscarte, ¿vale? —me dijo Puck mientras me acompañaba a la puerta. Asentí y entré. Recorrí la sala con la mirada, nerviosa. Vi alzarse una mano: Santiago estaba en una mesa hacia el fondo, junto a la ventana.
Puck me apretó el brazo.
—Todo irá bien, Britt. Además... él no te merece.
Reí, pero fue forzado.
—Te llamo luego, Puck.
Me saludó militarmente y yo me volví hacia Santiago. Caminé hacia él con la cabeza bien alta.
Santiago estaba más guapo que de costumbre. Quizá fuera porque me había dado cuenta de lo que sentía por él, o tal vez porque estaba a punto de dejarme. Tenía el pelo alborotado por el aire y llevaba unos vaqueros descoloridos y una camiseta blanca con la vieja chaqueta de cuero encima. Se puso en pie cuando llegué hasta él, lo que me sorprendió.
Casi oí a Puck diciendo: «¡Ooh, mira quién ha hecho un caballero de Santiago!», mientras me daba un codazo en las costillas.
—Hola —dijo Santiago, y parecía un poco nervioso y agitado—. Siéntate.
Me senté. Ambos comenzamos a hablar a la vez, luego nos paramos y lo intentamos de nuevo.
—Tú primero —dijimos al unísono. Él medio sonrió y yo dejé escapar una corta carcajada.
Entonces apareció un camarero, un tipo de veintitantos que parecía que iba hasta las cejas de cafeína para aguantar otro turno.
—¿Qué os traigo, chicos?
—Hum... —¿Íbamos a quedarnos un rato? ¿O Santiago iba a dejarme y marcharse a lomos de su trampa mortal de dos ruedas?
—Yo tomaré un café solo —le dijo Santiago al camarero. Luego me señaló y añadió—: Y ella, un café con leche semi y nata encima.
El camarero tomó nota en su libreta, asintiendo.
—Muy bien, ahora mismo os lo traigo —dijo.
—¿Cómo sabes cómo tomo el café? —le pregunté a Santiago en cuanto el camarero se hubo marchado.
—Una vez lo tomaste así. Era un poco raro, así que supongo que por eso me acuerdo.
—Oh. —Estaba sorprendida, pero sorprendida positivamente. Este tipo no podía estar a punto de romper conmigo, ¿verdad que no?
Deseaba tanto creer que Puck tenía razón, que su hermano estaba colgado de mí. Pero...
Pero.
Siempre había un pero.
No dije nada, y Santiago tampoco. Esperamos en silencio a que llegaran nuestros cafés, y luego él tomó un sorbo y se recostó en la silla, una pierna cruzada sobre la rodilla de la otra, el brazo colgando del respaldo.
No me molesté en empezar mi café aún; sólo conseguiría escaldarme la lengua. No estaba dispuesta a quemarme todas las papilas gustativas para salvar un silencio tenso.
Al cabo de un rato, por fin, Santiago decidió empezar.
—Mira, tenemos que hablar.
—¿Estás rompiendo conmigo? —le solté, incapaz de contenerme más rato.
Él suspiró y el corazón se me cayó a los pies. Me sentí hundida al ver la expresión de su rostro.
—Mira, Britt, quiero que me escuches, ¿vale?
Asentí, ¿qué más podía hacer?
—Me han ofrecido una plaza en Harvard. En el curso de Informática.
—Harvard... ¿Harvard en Massachusetts?
Santiago asintió.
—Sí.
—Eso es estupendo..., felicidades. —Pero mi voz no contenía la cantidad necesaria de entusiasmo.
Lo intenté de nuevo—. Eso es fantástico, Santiago.
—Lo sé. Pero...
Ahí estaba otra vez. Esa horrible palabra.
Sólo que esta vez, a una parte de mí le gustó oírla.
—Un momento, espera, nada de peros. No puedes no ir a Harvard.
—Es en Massachusetts. En la otra punta del país, Britt. También tengo plaza en la Universidad de California, en San Diego. No es tan lejos y tienen un buen programa de ingeniería...
—Santiago, ¿por qué te vas a plantear siquiera no ir a Harvard? No puedes hacerlo.
—No lo sé —suspiró. Parecía confundido e impotente—. Mis padres quieren que vaya, pero no sé si es porque quieren perderme de vista y no tener que aguantarme más. He aceptado la plaza, pero no sé si es lo mejor.
—Estoy segura de que tus padres se alegran por ti. Es increíble. Es una gran oportunidad. Claro que quieren que vayas.
—Estaban tan furiosos conmigo... —me dijo con una carcajada seca mientras contemplaba a sus propios dedos pasearse por el borde de la taza—. Sobre todo por lo que tiene que ver contigo... Quieren que me vaya.
—No quieren que te vayas. Sólo están preocupados por ti.
—Da igual —dijo él, y parecía tan derrotado que ni siquiera me molesté en contradecirle.
Pasé el índice por el costado de mi taza y miré el vapor que se alzaba de mi café.
—Me alegro por ti.
Él me cogió el rostro entre las manos y me acarició con el pulgar. El corazón me dejó de latir.
—Contigo tengo toda esto ahora, y no sé lo que quiero hacer.
Tragué saliva. Santiago no iba a decirlo. Puck se equivocaba. Yo me estaba engañando a mí misma. Era ridículo pensar que él nunca, nunca fuera a decírmelo.
Me miró a los ojos durante un larguísimo momento, luego se inclinó y me besó con una increíble suavidad; sentí escalofríos por toda la espalda.
Sus labios se quedaron sobre los míos durante un largo rato, luego se recostó en la silla. Yo no acababa de interpretar su expresión, pero tenía una profunda arruga en la frente.
—Britt, sé que..., que he sido un completo gilipollas, y que te dije que intentaría compensarte, pero... la cosa es, yo sólo... —Suspiró, se pasó la mano de un lado al otro del cabello, que le quedó de punta—. Britt, voy a ir a la universidad en otoño, y no sé cómo van a ir las cosas, y no quiero perderte. No quiero romper contigo, pero...
—Santiago —traté de interrumpirlo.
—No, olvídalo —continuó él—. Puedo esperar. Mira, acaba el café y nos vamos. Te quiero llevar a cierto sitio.
—¿Adónde?
—No puedo decírtelo, eso estropearía la sorpresa. Pero te gustará, confía en mí. No está lejos, pero tenemos que irnos pronto si queremos llegar a tiempo.
Quise preguntarle: «¿Llegar adónde?», pero sabía que no me lo diría, así que me quedé callada, bebiendo el café. Santiago casi se tragó el suyo de golpe, y yo me pregunté si no se habría quemado la garganta.
Cuando dejé la taza sobre la mesa, Santiago soltó una risita.
—¿Qué?
Me pasó el dedo por la punta de la nariz antes de limpiármela con una servilleta.
—Tenías nata —me explicó. Noté que me sonrojaba, pero él se rió—. Te quedaba muy mono. Ahora, vamos...
—¡Vale, vale! ¿Por qué estás tan impaciente hoy? —Entonces recordé algo—. Oh, mierda, no, no voy a ninguna parte contigo.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Llevas la moto. La he visto fuera. No voy a subirme a esa cosa nunca más. Una vez fue más que suficiente.
—Ah, vamos, todo el mundo merece una segunda oportunidad. Me has dado una. No le tengas tanta manía a la moto.
Me reí, y por un momento olvidé la náusea y la preocupación de poder perder a Santiago. Además, en ese momento me sentía mucho más segura. No creía que fuera a romper conmigo; incluso había dicho que no quería perderme.
—Lo siento, pero no puedo hacerlo. No puedo subir a esa cosa; es horrible.
—Pero te puedes apretar contra mí —repuso él, tentándome—. Vamos, de verdad, no es tan malo como lo pintas.
—Es horrible —dije con firmeza—. Lo siento, no puedo. No puedo subirme a esa moto contigo.
—Bueno, pues no tienes elección. Te voy a llevar allí aunque tenga que atarte.
Fruncí el cejo.
—No bromeo. Pero valdrá la pena, te lo prometo.
—No.
Se inclinó y me dio un corto beso en los labios.
—Por favor. Te juro que valdrá la pena. Seré tu esclavo el resto de la vida si no te gusta.
¿Cómo podía decirle que no a esa carita?
Así que le contesté con un gesto de incredulidad.
—¿Para toda la vida?
—Sí.
—Vale, vale, pero sólo esta vez. Y me debes una... gorda. Incluso si me gusta.
—Lo que tú digas, Britt. Pero te va a encantar. Y la moto tampoco será tan mala.
—Eso lo dudo mucho. A veces te odio, Santiago López
