Al día siguiente, Puck y yo fuimos al centro comercial para comprar nuestros respectivos regalos de cumpleaños y recoger los disfraces que habíamos reservado para la fiesta. Después de comer algo, nos separamos, y yo peiné las tiendas buscando cosas que regalarle. Al final, le compré una cartera de bolsillo nueva, un CD que había dicho que quería y la camiseta más guay que podía imaginar. Le iba a encantar.
—Ya te lo había dicho —repitió Puck por billonésima vez ese día cuando nos encontramos en su coche—. ¿No te dije que estaba colado? ¿Eh? ¿No te lo dije?
Me reí.
—Sí, de acuerdo. ¡Ya lo pillo! Tenías razón.
Puck suspiró satisfecho mientras colocaba las bolsas en el maletero del coche.
—Nunca me cansaré de oírte decir eso, Britt.
Puse los ojos en blanco y subí al coche.
—Aún no puedo creer que estés de acuerdo con que se vaya a Harvard —repuso mientras se sentaba a mi lado, ante el volante.
Se me borró la sonrisa.
—No estoy de acuerdo, Puck, en absoluto. No quiero que vaya. Pero no puedo retenerlo aquí. Me gustaría decirle que vaya a San Diego o algún sitio cerca. Pero no puedo hacerlo. Tiene que ir. Quiere ir.
—¿Y vais a intentar una relación a larga distancia?
—Sí. Al menos, eso creemos. Por ahora. No sé, Puck, quizá cambiemos los dos de opinión al final del verano. Pero estamos de acuerdo en intentarlo.
—Sólo recuerda lo que te dije, ¿vale? Si no funciona, aquí estoy para recoger los pedazos.
Le cogí la mano y se la apreté. Él también lo hizo.
Me alegraba de que el curso hubiera acabado. Significaba que no tendría que estar constantemente respondiendo a preguntas sobre Santiago y yo. Claro que las chicas llamaban, y yo hablaba con ellas, y les contaba la clase de detalles que querían saber. Esperaba hartarme rápido, pero no fue así. Me encantaba hablar de Santiago. Y me encantaba porque lo amaba.
Aunque había otro asunto más apremiante del que todo el mundo hablaba: nuestra fiesta de disfraces.
Estaba en medio de una llamada a tres con Kitty y Mercedes, hablando de la fiesta.
—Si no hay más remedio —les dije riendo— te pones cualquier vestido y dices que vas de chica
Bond.
—Quizá tenga que hacer eso —comentó Olivia—. Encargué un disfraz el otro día y aún no les ha llegado.
—¿De qué vais Puck y tú? —preguntó Kitty—. Sé que nos lo dijiste en algún momento, pero no lo recuerdo. Internet me ha estado haciendo el tonto toda la semana.
—Robin.
—¿Robin de Batman y Robin?
—Sí, Puck es Batman.
—Eso ya lo he supuesto —rió Karen.
Mi móvil comenzó a vibrar, y me lo aparté de la oreja para ver quién llamaba.
—Perdón, chicas, pero tengo que irme.
—¿Cuál es? —preguntó Mercedes.
—¿Perdón?
—¿Cuál de los hermanos Lòpez? —aclaró Kitty—. Tiene que ser uno de ellos.
Me reí.
—Es Santiago.
—¡Ooohh! —exclamaron ambas a coro por el teléfono, y yo me reí antes de despedirme. Luego me acurruqué contra los cojines de la cama y una sonrisa me cruzó el rostro al oír la voz de Santiago. No hablamos de nada en concreto, pero no importaba: mientras hablara con él, yo era feliz.
«Así que esto es lo que hace la gente al estar enamorada —pensé mientras Santiago me hablaba del programa de fútbol americano de Harvard—. Se vuelve tonta.»
Porque, para ser sincera, me importaba un comino todo lo relacionado con el fútbol americano; pero Santiago parecía animado, y yo me encontré bebiendo sus palabras y queriendo oír más.
El amor me había vuelto aún más tonta de lo que ya era.
«Pero ¿sabes qué? —pensé con una sonrisa en el rostro—. No me importa.»
—Vaya —exclamé, mientras me levantaba de mi asiento—. No puedo creer que el curso se haya acabado.
—Dímelo a mí. Pero hay algo aún más raro. —Puck me dio un codazo y me señaló con la cabeza el estrado donde los profesores estaban recogiendo las sillas—. El año que viene seremos nosotros los que nos graduaremos.
—Sí, eso sí que es raro.
—Parece que fue ayer cuando éramos críos, ¿eh? Cuando íbamos a campamentos de fútbol, de béisbol... Las fiestas de disfraces...
Me reí.
—Sí, bueno, seguimos siendo críos en el corazón. —Miré alrededor, buscando entre el enjambre de togas azules un cabello oscuro y una nariz torcida. Los padres de Puck y Santiago ya se habían ido a buscarlo y felicitarlo por su graduación.
—Me alegro de que haya llegado hasta aquí —había suspirado su madre al sentarse—. Creía que lo expulsarían antes de verlo graduarse. Y ahora, Harvard el año que viene... —Era imposible negar el orgullo en su voz mientras lo decía.
Y yo también estaba encantada por él. De verdad.
Pero el estómago se me retorcía un poco al pensarlo. No quería verlo marcharse.
«No es justo.»
Aunque me resultara infantil incluso pensar en ello, no podía evitarlo. ¿Por qué tenía que estar
Harvard en la otra punta del país? ¿Por qué tenía yo que ir a escoger ese momento para enamorarme de él?
—Y vosotros cumpliendo los diecisiete —estaba diciendo su madre—. ¡Dios mío! ¡Diecisiete! Pensadlo. El año que viene os marcharéis a la universidad y...
—Mamá —dijo Puck antes de que pudiera hablar su padre—, no te pongas a llorar.
—¡No lloro! —protestó Maribel, pero la voz se le había quebrado un poco.
En ese momento, Puck y yo estábamos en medio de un montón de adolescentes sonrientes, vestidos con sus togas de graduación y acompañados de sus orgullosas familias. Torcí el cuello, tratando de localizar a Santiago. Con el rabillo del ojo vi a Puck echar una mirada a mi espalda, y comencé a volverme para mirar hacia atrás.
—¡Buu!
Pegué un bote de casi medio metro y solté un gritito, lo que me granjeó numerosas miradas de extrañeza de la gente que nos rodeaba. Puck soltó una carcajada, y su hermano también se burló de mí con una de sus raras sonrisas auténticas.
Le di una palmada en el pecho, mirándolo ceñuda, con el corazón aún acelerado.
—Eres tan infantil, Santiago López... —le solté.
Él esbozó su famosa sonrisita.
—Deberías haberte visto la cara.
—Cierra el pico.
Eso sólo hizo que se riera con más fuerza.
—Eh —dijo Puck—. Felicidades. Lo has logrado.
Santiago asintió.
—Sí, y que lo digas. Ahora tú tendrás que mantener el legado López, ya sabes. Métete en todos los líos posibles y evita por los pelos que te castiguen.
Puck se rió.
—Claro, creo que podré hacerlo
Santiago se encogió de hombros.
—Estoy seguro de ello. —Me pasó el brazo por los hombros—. ¿Todo bien, Britt?
Por un instante lo miré ceñuda, pero la sonrisa que le marcaba el hoyuelo me hacía imposible fingir que estaba enfadada con él. Solté un suspiro.
—Entonces, ¿no tienes nada que decir sobre mi graduación del instituto? —preguntó Santiago, dándome un caderazo—. ¿Ni felicidades? ¿Ni siquiera unas pequeñitas?
—Depende —le dije bromeando.
—Lo reservas para esta noche, ¿eh? —Subió y bajó las cejas mirándome, y yo me sonrojé con sus palabras. Su expresión tampoco me ayudó a evitarlo. Por un momento me preocupó que Puck se pudiera sentir incómodo por lo que acababa de decir Santiago, y lo miré disimuladamente. Pero él había puesto una fingida cara de asco adornada con ruidos de náuseas.
—¡Arg, para, por favor! —gritó negando con la cabeza.
Así que sonreí.
—Felicidades —le dije a Santiago.
—Gracias.
—Ahora la universidad.
—Sí...
Se hizo el silencio en la conversación, y no fue un silencio fácil.
—Entonces, ¿ya tienes tu disfraz para esta noche, hermano? —se apresuró a decir Puck.
Santiago chasqueó la lengua y alzó un dedo para señalarlo.
—Ésa es una buena pregunta... No.
—¿No lo tienes...? ¡Santiago! —exclamé exasperada.
—Si casi me olvido de poner gasolina para poder llegar a la graduación —se defendió él—. ¿Crees que me acordaré de buscar ropa para una fiesta?
—¡López! ¡Vamos, tío, están haciendo fotos! —gritó alguien, antes de que yo tuviera tiempo de poner los ojos en blanco por lo que Santiago había dicho.
—¡En seguida voy! —respondió Santiago, también gritando. Me dio un beso rápido en los labios—. Te veo esta noche, Britt. Hasta luego —añadió dirigiéndose a Puck, y fue a hacerse fotos con los otros graduados.
—Arg —comentó Puck—. Qué asco.
Me reí.
—Calla.
—¿Nos vamos en el Batmóvil, Robin? —dijo Puck poniendo una voz profunda y aterciopelada.
—Adelante —contesté, mientras lo cogía del brazo.
Intercambiamos una sonrisa divertida antes de dirigirnos hacia su coche. No podía sentirme más feliz: después de todo el drama que había representado mi relación con Santiago, seguía conservando a mi mejor amigo
