—¿Eres tú, Britt? —Oí decir a Maribel cuando entré en casa de Puck.

—Sí.

Salió del despacho y me sonrió.

—Estoy guardando algunas cosas —me explicó—. Para que no se rompan.

Me reí asintiendo.

—Buena idea. Voy a subir arriba a prepararme.

—Claro, cariño.

Mateo y ella iban a salir con mi padre a ver una obra de teatro; habían cogido una sesión de medianoche y así no estarían durante la fiesta. Brad tenía un torneo de fútbol al día siguiente y se había quedado en casa de un amigo para que papá pudiera salir con los padres de Puck.

—Por cierto, Puck me ha dicho que los chicos vendrán más pronto para ayudar a mover los muebles.

—Oh, ¿de verdad? Guay.

—¿Quieres beber algo?

—Cogeré algo de la nevera, gracias. —Sonreí de nuevo mientras ella volvía al salón para acabar de recoger los adornos, y cogí dos latas de naranjada de la nevera para llevarme arriba.

La puerta de Puck estaba abierta, y él estaba colgando boca abajo de la cama con los cascos puestos.

—Hacía tiempo que no nos veíamos.

—Me presento portando bebidas.

—Asombroso. —Rodó para bajar de la cama y acabó en el suelo, luego se puso en pie para coger la lata.

—Mike y Karofsky se van a pasar a las siete para ayudarnos a mover los sofás y los muebles, y para colocar los altavoces.

—Sí, tu madre me lo ha dicho.

Puse la lata en el escritorio de Puck y saqué mi disfraz de la bolsa. Me incorporé, con el traje contra mí, e hice una mueca.

—Quizá quede bien sobre... —pensé en voz alta.

Había una raja en la falda que llegaba demasiado arriba para mi gusto, y el cuerpo parecía demasiado pequeño en los peores lugares. El vestido era de una tela fina con tonos metálicos; la falda y la capa eran de color verde esmeralda, y el cuerpo del vestido era rojo rubí. Un cinturón color mostaza lo sujetaba sobre la cadera.

—Pruébatelo —dijo Puck, con una voz que sonaba algo hueca.

Alcé la vista, frunciendo el cejo con curiosidad ante su voz, y me eché a reír al ver la máscara de Batman que se había puesto. Se echó la capa por encima de la cabeza como un velo.

—No estoy mirando, lo juro.

Me reí.

—Pareces idiota.

—¿Seguro que no te estás mirando al espejo, Britt?

—Ja, ja, ja —repliqué sarcástica, poniendo los ojos en blanco. Me quité los pantalones cortos y el top sin mangas y me puse el vestido. Puck se acercó para subirme la cremallera, pero no fue fácil. Me quedaba demasiado estrecho en el pecho, y oí como saltaban un par de puntos cuando Puck tiró de la cremallera hasta el final. Me até el cinturón.

—Vaya, ¿lleva un sujetador de aros incorporado?

—No —resoplé. Me resultaba un poco difícil respirar. Pero la raja no era tan alta como había creído y la falda tenía una longitud decente.

—No está tan mal.

—¿Seguro?

—Seguro. Además, habrá chicas que parecerán putas. Todo irá bien.

—¿Seguro?

Puck se rió.

—No. Estoy mintiendo. Pero, de verdad, ya no puedes hacer nada. A no ser que quieras presentarte en ropa interior y decir que eres una modelo de Playboy.

—No, gracias. Creo que me quedaré con esto.

—Britt, no pasará nada. Serás la más guapa de la fiesta.

Casi una hora más tarde, tenía el cabello recogido hacia atrás y me caía en rubios tirabuzones sobre el hombro izquierdo; estaba lista. Puck estaba increíble de Batman, y a pesar de la constricción respiratoria, me gustaba el traje de Robin.

Los padres de Puck se marcharon cuando llegó mi padre, y como dos minutos después sonó el timbre de la puerta.

Mike y Karofsky debían de haber quedado: esos disfraces no eran una coincidencia.

Mike llevaba una elegante peluca blanca antigua y un sombrero naval que hacían juego con su uniforme. Y Karofsky estaba allí con toda la parafernalia del capitán Jack Sparrow, desde el tatuaje descolorido hasta el tricornio pasando por una espada y una pistola de plástico.

—Comodoro Norrington, a su servicio, señora —dijo Mike, mientras hacía una elaborada reverencia y me besaba la mano. Contuve una carcajada mientras él se incorporaba y se ponía el sombrero.

—Bonitos disfraces —dije.

—Muy auténticos —añadió Puck.

—Gracias —respondieron al unísono, y ambos rieron.

—Mi hermano —explicó Karofsky— nos ha conseguido un descuento, porque conoce a un tipo que tiene un almacén de disfraces.

—¿Es moreno de pote? —pregunté a Karofsky mientras iba a pasarle un dedo por la mejilla.

—¡No lo toques! —Me apartó el dedo—. ¿Tienes idea de lo difícil que es ponerte dos litros de cacao en polvo en la cara?

—¿Es cacao en polvo? —preguntó Puck, divertido—. ¿Lo que se emplea para hacer chocolate deshecho?

—Mi hermana lo usa de bronceador cuando se queda sin. Me dijo que quedaría bien.

Los tres nos reímos de él. No con mala intención, sino porque Karofsky estuviera siguiendo consejos de belleza de su hermana de catorce años.

—Callaos ya —dijo mientras nos miraba cabreado.

—Vale, vale, perdona — lo arregló Puck—. Pues te queda muy bien.

—Eso espero —masculló Karofsky—. Bueno... ¿Muebles?

—Yo me encargo de los altavoces —indicó Mike.

—Yo ayudo a Mike —me ofrecí voluntaria.

—Sí, no queremos que te rompas una uña ahora, ¿verdad, Britt? —bromeó Puck.

—Estaba pensando más bien en no fastidiarme el peinado.

—Tío —le dijo Karofsky—, tu ayudante es una bronca.

Puse los ojos en blanco y me fui con Mike. Puck y Santiago habían comprado varios juegos de altavoces para conectarlos al equipo de música grande que había en el salón, pero estaban en un armario en medio de una masa de cables liados.

A pesar de eso, no nos costó mucho colocarlos. Karofsky y Puck pusieron todos los muebles del salón y de la sala de juegos contra las paredes y la cocina se despejó lo más posible. Había espacio más que suficiente para una loca fiesta particular; lo único que faltaba eran los invitados.

Y éstos no tardaron en llegar, puntuales.

El hogar de los Lopez no tardó en llenarse de música y de enjambres de adolescentes. No, no adolescentes, más bien una colección de personajes de películas.

Había princesas de Disney, hadas, y Mercedes había creado una sorprendente versión zombi de Alicia en el País de las Maravillas. Su novio se había presentado como el Sombrerero Loco, a la Johnny Depp (¿por qué sería que todo el mundo se vestía como él? Creo que por algún lado también había un Eduardo Manostijeras).

Karen aprovechó su cabello pelirrojo e iba de Ginny de Harry Potter. Había versiones femeninas y masculinas de superhéroes, desde Spiderman a Wonder Woman y Capitán América. Warren se había disfrazado de Dumbledore, con una barba cutre que le medio caía donde no se la había enganchado bien. Los personajes de Harry Potter parecían ser el recurso favorito; yo había pensado que estaríamos rodeados de 007, no de medio Hogwarts.

Mis favoritos eran Quinn y Jason.

Puck y yo habíamos abierto la puerta a Quinn. Nos lo habíamos encontrado allí, descamisado, con algo vaquero cortado que parecían haber sido unos pantalones antes de que los atacara con unas tijeras. En seguida supe de qué iba: tenía el cabello negro y corto y la piel oscura.

—Feliz cumpleaños el domingo, chicos —exclamó sonriendo.

—Gracias. Pero, esto... ¿qué se supone que eres? ¿Un modelo de Calvin Klein? —preguntó Puck.

—Es el hombre lobo de Crepúsculo —le dije en un tono de «eres tonto».

Quinn se volvió para enseñarnos la cola que se había enganchado con cinta adhesiva al trasero de los vaqueros.

—Se la he cortado al viejo perro de peluche de mi hermana —nos contó.

—Vale...

Se oyó un «¡Hola, chicos! ¡Feliz cumpleaños!», y Jason entró en el porche con una camisa azul claro desabrochada para mostrar sus abdominales de deportista; su cabello castaño claro estaba de punta y se había cubierto de purpurina.

—¿Quién eres tú, el Monstruo de la Purpurina? —bromeó Quinn.

—Mira quién habla —replicó Jason—. Y tú, ¿quién eres tú?

—Soy un hombre lobo.

—¿Sí? —Soltó un bufido—. Bueno, pues yo soy un vampiro. El vampiro.

—Tío..., este disfraz está «chupado» —bromeó Puck, y los dos nos partimos de risa.

Quinn y Jason habían venido como Edward y Jacob de Crepúsculo. Sus disfraces combinaban bien, si no se tenía en cuenta que Jason no lucía una palidez de muerte, aunque se había puesto unos colmillos de plástico.

Echar un vistazo alrededor era algo surrealista. Ninjas y marineros jugaban al billar con el conde

Drácula y Rocky Balboa. Sirenas y hadas se estaban morreando con bomberos y policías.

Sin embargo, no había visto a Santiago todavía. Y creedme, si hubiera estado allí, yo lo habría sabido.

Me sentí un poco sola. Todas las parejas estaban besándose, y luego había gente que se liaba al azar, llevados por el espíritu de la fiesta.

Pero me sentía bien; estaba charlando con la gente, riendo y bromeando. Unas cuantas chicas me preguntaron dónde estaba Santiago, pero todo el mundo parecía demasiado ocupado hablando de los disfraces para molestarse en pensar en la última pareja que había aparecido en la escena social.

Yo sí quería saber dónde estaba Santiago... Pero, ¿la verdad?, me lo estaba pasando muy bien, y casi ni me dio tiempo para preguntarme por qué no estaba allí conmigo.

—¿A que Tina está guapísima en ese vestido de griega? He oído decir que era de su abuela.

—Oh, Dios mío, ¿habéis visto esa cosa que lleva Kitty? ¿De qué se supone que va? ¿De modelo de Victoria's Secret?

—Joe está buenísimo vestido de marinero, ¿no crees? Oh, por favor, creo que acaba de mirar hacia aquí. ¿Está mirando? Oh, Dios mío, ¡no mires! ¡No tan descaradamente! Oh, no, acaba de verme.

Rápido, ¡haced como si hubiera dicho algo divertido!

Eso mantenía ocupadas a la mayor parte de las chicas, si no estaban liándose o coqueteando con algún chico.

¿Y los chicos? Ellos no querían oír los detalles de cómo iban las cosas con Santiago y lo bien que besaba.

Salí al patio trasero y encontré a Karofsky con una chica junto a la piscina. Estaba bastante trompa y cantaba: «Jo, jo, la vida de pirata es para mí», a voz en grito.

Me reí.

—Y yo que me preguntaba adónde había ido a parar todo el ron...

De repente, unos brazos me rodearon desde atrás y noté un aliento cálido en la oreja.

—Hey, feliz cumpleaños, chica.

Me volví y le levanté el sombrero para dejarle al descubierto el rostro. Aunque no necesitaba verlo para saber quién era.

—¿Así que finalmente has decidido dar la cara, eh?

Él rió por lo bajo.

—Sí, señora.

Llevaba un traje a rayas de color gris ceniza con hombreras, camisa blanca y corbata negra, zapatos de lo más pulidos, en los que posiblemente se podría reflejar, y uno de esos sombreros de los años veinte de color marfil con una banda negra alrededor.

—¿Al Capone? —sonreí—. Estás...

Me cortó antes de que pudiera acabar la frase; me cortó estrellando sus labios contra los míos, aunque sólo durante un segundo.

—No. Digas. Esa. Palabra.

Me reí. Ni siquiera era consciente de que todo el mundo nos estaba mirando. Aparte de en el final del Baile de Verano, nadie nos había visto mucho juntos. Pero no pensé en que prácticamente todo el mundo que conocíamos estaba allí, en nuestra fiesta, mirándonos a Santiago y a mí.

—Pero lo estás.

—No.

—¿Por qué odias esa palabra?

—Soy el tipo más duro del instituto. Conduzco una moto, me meto en peleas. ¿Y me llamas eso?

De entre todos los adjetivos que hay por ahí, ¿has tenido que escoger ése?

—Perdona, pero es tan apropiado...

Él soltó una risita y me tiró de la nariz. Hice una mueca, pero eso sólo lo hizo reír más.

—Entonces, te lo estás pasando bien, ¿cumpleañera?

—Hum, aún no.

Santiago alzó una ceja, la cabeza inclinada hacia un lado, como un perro curioso. Sonreí como respuesta a la pregunta que aún no había formulado antes de ponerme de puntillas y susurrarle al oído:

—Aún no he tenido mi beso de cumpleaños.

Santiago me miró durante un largo momento. Noté que se me aceleraba el pulso; quizá no debería intentar lo de parecer sexy o seductora; era un tontería...

Santiago se inclinó un poco; sus labios apenas rozaron los míos, y menos aún me besaron.

—¿Qué ha pasado —preguntó con los labios así— con la dulce, ingenua e inocente Britt Pierce a la que creía que había que defender de una avalancha hormonal de chicos adolescentes?

—Me encontré con la caseta de los besos.

Él se rió de nuevo. Noté que el sonido reverberaba en su pecho, donde yo apoyaba la mano.

—Supongo que sí.

—¿Y voy a tener mi beso ahora? —pregunté, apartándome de él para hacer un puchero. No estaba segura de si mi expresión de perrito abandonado sólo funcionaba con Puck y con mi padre, pero valía la pena probarlo.

—¿Sabes que, en realidad, no es todavía tu cumpleaños?

—¿Y? ¿Adónde quieres llegar?

Santiago puso los ojos en blanco, pero me dio un rápido beso en la mejilla; luego me bajó los brazos y comenzó a alejarse. No me moví, ni siquiera pestañeé..., estaba demasiado perpleja. ¿Un beso en la mejilla? ¿Eso era todo?

—Eh —lo llamé. Por alguna razón quería reírme, seguramente porque ambos sabíamos que me estaba tomando el pelo, pero mantuve mi expresión neutra—. ¿Crees que te voy a dejar marchar así sin más?

—Soy Al Capone —replicó él, frío como el hielo—. Puedo salirme con la mía en cualquier cosa.

—Muy gracioso.

—Eso creo —repuso él. Su boca se curvó en su famosa media sonrisa, sin embargo, los ojos le brillaban de diversión.

No pude evitar lo que hice a continuación.

Le dediqué una mueca, incluso le saqué la lengua, como una niña pequeña.

Santiago se echó a reír, una risa de verdad, con ganas, de las que te lloran los ojos y la boca se te abre tanto que te coge rampa en las mejillas y el estómago te duele durante treinta segundos.

—Te quiero, Britt —repuso él en voz baja, y aún había risa en su voz, sus ojos y su rostro.

Quizá fuera la manera en que me cogía, o la expresión de su rostro, o su risa, no lo sé, pero fuera lo que fuera, casi me desmayé. No bromeo, supe a lo que todos esos cursis libros románticos se referían cuando hablaban de que las rodillas se te debilitaban y te sentías como si te derritieras. Y si Santiago no me hubiera estado cogiendo por los hombros, estoy segura de que mis piernas hubiesen cedido.

Noté que mi boca imitaba su sonrisa.

—Vuelvo en un momento. Ve a la fiesta, cumpleañera.

—Vaya, ¿quién hubiera pensado que el sobreprotector, adicto a la violencia hermano de mi mejor amigo me diría «ve a la fiesta» —bromeé— en vez de decirme cuidado con lo que bebo y con quien hablo, o hacer algún comentario sobre cómo voy vestida?

Esperaba que pusiera los ojos en blanco o se riera de mí, o que hiciera algún comentario ocurrente.

Pero me sonrió con timidez, con un aire como de... culpabilidad.

—No te lo digo en serio —le aclaré.

—Lo sé. No te preocupes. Y lamento todo eso, ya sabes lo de ser...

—¿Sobreprotector? ¿Controlador? ¿Un tonto?

Santiago se rió.

—Sí. Eso. Pero sólo para que conste..., estás de lo más sexy esta noche.

Sonreí y me sonrojé al mismo tiempo, lo que le hizo que volviera a aparecer su sonrisa.

—Ve a la fiesta, Britt, y yo iré dentro de un rato.

—Muy bien —repuse alegremente, y le di un beso en la mejilla mientras pasaba a su lado. De repente noté docenas de ojos sobre mí.

Así que me hice fuerte y cogí una lata de cola de la nevera antes de reunirme con todas las chicas que iban comentando la buena pareja que hacíamos y lo celosas que estaban; lo guapo que estaba Lopez y lo afortunada que era yo, y de nuevo la buena pareja que hacíamos.

—Ojala tuviera yo lo que tú tienes —me dijo Dani con una triste sonrisa.

—¿Qué? ¿Un chico malo sexy? —Fruncí el cejo, confusa.

Ella se rió.

—No. Un final de cuento de hadas.