Ojalá hubiera podido ser un final de cuento de hadas.

La fiesta acabó demasiado rápido. Las horas pasaron como una exhalación hasta que llegó la una, y la casa se quedó vacía, excepto por Santiago, Puck, Lauren y yo. La casa tampoco estaba muy mal, ya que no se había bebido mucho. Barrimos y metimos la basura en bolsas y las dejamos fuera, en la acera, y a las dos, Lauren se había dormido en brazos de Puck en el sofá, y a él también se le caía la cabeza.

Yo estaba tumbada en el otro sofá, con la cabeza en el regazo de Santiago. Quería seguir despierta, pasar todo el tiempo posible con él. Quizá habría podido seguir con los ojos abiertos si él no me hubiera estado pasando los dedos por la cabeza. Era más relajante que una nana.

—San —dije, pero me salió sólo un murmullo adormilado.

—¿Hum? —Él también sonaba sólo medio consciente. Quizá lo estuviera. Yo tenía los ojos cerrados y estaba en ese estado en que ya no queda fuerza de voluntad para abrirlos.

—¿En qué estás pensando?

Él vaciló antes de responder.

—En nosotros. En la universidad —dijo. Yo esperé pacientemente a que desarrollara su respuesta

—. No... —Un bostezo lo interrumpió, y tuvo que comenzar de nuevo—. No quiero que me estés esperando a que venga por vacaciones y entretanto no vivas la vida. Sé que suena raro viniendo de mí, después de todo lo que he intentado protegerte, pero... no sé, no parece... justo para ti —bostezó de nuevo— que tengas que esperarme... Estoy cansado. Y esto no se me da bien.

Solté una risa adormilada.

—¿Te refieres a la «mierda emocional»?

—Sí. No sé. Haremos todo lo que podamos y esperaremos lo mejor. Eso es todo lo que podemos hacer, ¿no?

—Voy a echarte de menos —dije mientras me encogía de hombros. Santiago me apretó el brazo.

Nos quedamos en silencio durante un rato. Sabía que él no se había dormido porque seguía pasándome los dedos por el cabello. Un seco ronquido rompió el silencio y luego se convirtió de nuevo en una respiración regular. Puck. Él sí estaba dormido.

Santiago se movió, sacudiéndome sin querer. Apreté los ojos y gruñí un poco en señal de protesta, pero él se quedó quieto, tumbado junto a mí en el sofá, acurrucado a mi lado. Sonreí. Quería darme la vuelta para quedar de cara a él, pero me costó hacerlo porque estaba medio dormida.

—Britt —dio Santiago entonces, en ese tono ominoso que me indicó que quería hablar de verdad sobre algo serio. Yo estaba demasiado cansada para hablar...

—¿Qué? —le susurré en la oscuridad.

—Te quiero. —Me besó en la frente. Yo me acurruqué más contra él y le hundí la cabeza en la curva del cuello mientras él me abrazaba con fuerza.

Me dormí en segundos.

Ninguno de nosotros se despertó cuando llegaron los padres de Puck. Ninguno se despertó cuando estuvieron por la cocina, preparándose un desayuno tardío, o cuando acabaron de limpiar la casa.

Eran casi las dos de la tarde cuando finalmente abrí los ojos.

Había dormido la mayor parte del día, y la tarde la pasé jugando a videojuegos con Puck. Santiago se había ido a una chatarrería en algún sitio para buscar piezas para su moto. Su mensaje no había sido muy claro, ya que yo no entendía nada de mecánica. Tuve que suponer lo que estaba haciendo.

Y entonces llegó mi cumpleaños.

Así sin más, ya tenía diecisiete.

Me había quedado levantada hasta la medianoche para enviarle un mensaje a Puck, pero en ese momento me di cuenta de que estaba totalmente despierta, mirando el techo, y que las sombras del sol de la mañana bailaban ante mí.

Me sentí como si me hubiera hecho mayor de golpe durante el último año.

Y para ser totalmente sincera, no me gustó nada.

Sobre todo, era porque ser mayor implicaba tomar las grandes decisiones. Como ir a la universidad el curso siguiente. Tendría que pensar en la universidad. Mierda, no tenía ni idea de lo que quería hacer. Sólo me dejaba llevar por la corriente. No pensaba demasiado en cosas como ésa. No lo sabía.

Claro que ser mayor también tenía cosas buenas, como tener novio, o conducir, o descubrir quién eras en realidad, du, du, du, bla, bla, bla...

Pero ¿era tan malo que una pequeña parte de mí quisiera que las cosas pudieran seguir igual para siempre? Poder correr a casa y que mi padre me pusiera una tirita en la rodilla si me caía; poder tirarme en bomba en la piscina de Puck con él, sin que importara nada más que conseguir salpicar más agua que nadie.

Entonces, mi puerta se abrió de golpe.

—Feliz cumpleaños, trol.

Me senté y le tiré una almohada a Brad, pero él cerró la puerta antes de que le diera en toda la cara.

Volvió a abrir la puerta.

—¡Levántate ya! —me gritó.

—¿Por qué? Son sólo las ocho de la mañana.

—¡Si yo estoy levantado, tú te levantas!

Me fijé entonces en que Brad ya estaba vestido, y puse los ojos en blanco. Era cierto: Brad tenía la necesidad de tener a todos despiertos por la casa cuando él se levantaba. Supuse que ya habría sacado a papá de la cama para que le bajara el cuenco de los cereales del armario y poder desayunar.

—Ya me levanto, ya me levanto.

—Pero te he dicho feliz cumpleaños, ¿no?

Suspiré.

—Sí. Gracias, Brad.

—Entonces date prisa, ¿vale?

No veía a qué venía tanta prisa, pero él me tiró la almohada sobre la cama y cerró la puerta. Lo oí bajar la escalera con la delicadeza de un huracán. Puse los ojos en blanco, pero sonreí. Abrí el armario para buscar qué ponerme.

Íbamos a comer fuera, pero ya me cambiaría más tarde. Por el momento, saqué un par de vaqueros cortos y una camiseta. Todos los años salíamos a comer, y siempre era una reunión familiar. Puck y yo, sus padres y mi padre (mi madre también, cuando vivía), Brad y Santiago. Un par de años, en los que mis abuelos estaban aquí, también se habían apuntado.

No me molesté en hacer mucho con mi pelo por el momento, así que me lo recogí en una coleta y fui hacia abajo.

—Por fin —masculló Brad cuando me oyó entrar en la cocina.

—¡Feliz cumpleaños, colega! —me deseó papá con una gran sonrisa. Estaba detrás de la mesa de la cocina, sobre la que había un gran pastel. Era de chocolate, con cubierta de fresa y una frase en azúcar que decía «Felices 17» escrito a mano.

—¿Es mi desayuno? —bromeé esperanzada.

—No del todo. Pero Brad y yo nos hemos levantado muy temprano para hacerlo. Ahora prepararé crepes.

—Sí, y no las iba a hacer hasta que estuviéramos todos —gruñó Brad. El estómago le rugió en respuesta, como un tigre enjaulado ante un pedazo de carne. Papa y yo nos reímos—. Ha dicho que era una tontería hacerlas dos veces.

—Por eso has venido a sacarme de la cama, tripas gruñonas —repuse yo, y le alboroté el pelo mientras rodeaba la mesa para abrazar a mi padre.

—¿Qué tal la fiesta? Ayer no tuvimos ocasión de hablar.

—Lo siento.

—No pasa nada. Estuviste en casa de Puck todo el día; pensé que quizá tuvieras una resaca galopante y querías evitar a tu padre.

Me reí.

—La verdad es que no. Nadie bebió mucho. Supongo que nos lo pasamos tan bien que no necesitamos beber. —Era una broma, pero, en plan padre, él puso una cara que decía: «No tienes que beber para pasártelo bien».

El resto de la mañana transcurrió muy rápido, y a las doce y media estábamos aparcando ante un elegante restaurante cuyo nombre ni siquiera podría pronunciar. Me había puesto un bonito vestido de verano, azul oscuro con un estampado de flores amarillas. Lo había acompañado con unas sandalias cualquiera y alguna joya, y me había dejado el pelo como lo llevaba.

Entramos cuando la familia López llegó.

—Ah, ya están aquí todos —dijo el camarero—. Los acompaño a su mesa.

Oí a Maribel preguntarle a mi hermano cómo le iba el fútbol, y los dos padres charlaban entre ellos.

Al instante, mi mirada buscó a Santiago, y él me sonrió. Pero antes de que yo pudiera contestarle, Puck se puso a mi lado. Aparté la mirada de Santiago para dedicar toda mi atención a mi mejor amigo.

—¡Feliz cumpleaños! —dijimos al unísono, con sonrisas idénticas en el rostro.

Puck se rió y yo moví la cola para que rodara como las aspas de un helicóptero. Me lancé contra él y lo estreché con fuerza entre mis brazos. Él me abrazó con ganas y se echó hacia atrás, de modo que tuve que ponerme de puntillas durante un segundo.

—¿Qué tal tu día? —me preguntó antes de seguir a nuestras familias.

—Igual que cuando hemos hablado antes, bien. ¿Y tú?

—¿Tengo que molestarme en repetir tu respuesta?

—No —contesté riendo.

—Bueno, la verdad es que he visto a Lauren —añadió él—. Sólo una hora, antes de venir para aquí.

—Genial. ¿Te ha dado un gran beso de cumpleaños? —Hice una mueca acompañada de ruiditos de besos.

—Bueno...

—Sois tan monos cuando estáis juntos. Es como..., como Spiderman y Mary Jane. Habría dicho Batman y alguien, pero no sé quién salía con Batman.

Puck se rió.

—¿Y en qué te convierte eso? ¿En la Bella y la Bestia? Tú la Bestia, claro. Santiago y yo compartimos los genes, y sin duda no comparto genes con la Bestia. Quiero decir, sólo mírame.

Lo hice y puse cara de asco.

—Feo.

Él se rió de nuevo mientras nos sentábamos uno junto al otro en el centro de la mesa. Por una vez, Santiago estaba frente a mí. Era un agradable cambio por Brad, que siempre me daba patadas y se quejaba de que no le dejaba suficiente espacio para las piernas.

—Feliz cumpleaños, Britt —me dijo con una leve sonrisa.

Yo le sonreí abiertamente.

—Gracias.

—¿Y qué te han regalado, Puck? —preguntó mi padre.

—Aún no lo sé. Estaba esperando a Britt.

—¿Y tú qué, Britt? —me preguntó Mateo.

—Estaba esperando a Puck —respondí riendo tontamente.

Un camarero se acercó para tomar nota de las bebidas y nos pasaron las cartas. Santiago puso su carta vertical y se inclinó hacia delante de forma que sólo podía verle los codos y la coronilla.

Estaba repasando la carta que veía al menos una vez al año y me planteaba si debería ser valiente y probar algo nuevo o debía pedir la pechuga de pollo con parmesano y salsa barbacoa, verduras asadas y patatas fritas.

Al siguiente instante, mi móvil silbó brevemente, indicando que tenía un nuevo mensaje. Pensé que podía ser de Warren o de algún otro para desearme feliz cumpleaños.

No era Warren.

«Estás muy guapa.»

Alcé la mirada, pero él parecía concentrado en la carta, sin parecer fijarse en mí. Parpadeé un par de veces antes de bajar los ojos a mi móvil y presionar RESPONDER.

«Gracias.»

No sabía qué más decir, así que lo dejé ahí, corto y explícito.

«¿Qué vas a hacer después?»

«No lo sé. ¿Cuándo es después?»

«Después del pastel. Tengo algo pensado para la cumpleañera.»

Había una carita guiñando el ojo al final del mensaje. Miré el texto durante un momento y me pregunté si contenía alguna indirecta. Conociéndolo, probablemente tenía planeado algo cursi que sabía que me encantaría.

—Britt, deja de enviar mensajes en la mesa —me riñó mi padre.

—Perdón.

Vi a Santiago lanzarle una sonrisita burlona a su carta, sin mirarme. Pensé en enviarle otro mensaje preguntándole qué había pensado, pero seguramente estaba esperando a que lo hiciera para poder seguir metiéndose conmigo, diciéndome que era una sorpresa sólo para fastidiarme. Así que no le di esa satisfacción. Volví a meter el móvil en el bolso.

—Gracias —dijo mi padre con toda la intención.

—¿Ya lo tienen? —preguntó el camarero.

Después volvimos a casa de los López, como siempre, para abrir los regalos de nuestros padres e hincharnos con el enorme pastel que mi padre y mi hermano habían hecho esa mañana.

Los padres de Puck le regalaron unos CD y ropa. Santiago le regaló un nuevo equipo de música para el coche; dijo que por eso había estado en el chatarrero, buscando piezas. Puck había supuesto que el CD se lo había comprado yo: hacía un par de días que le dije que no se lo podía bajar al ordenador, sin querer explicarle por qué.

También le gustó la cartera, y luego desplegó la camiseta. Era azul y ponía: «Estoy con un estúpido», con una flecha indicando hacia abajo.

Se echó a reír, luego cogió uno de mis regalos y me lo tiró.

—Gracias, Britt. Ahora abre éste.

—¿Es el tuyo?

—Claro. ¡Ábrelo ya!

Lo hice. Y tardé más de un minuto en parar de reír. Me había comprado una camiseta amarilla, en la misma tienda, en la que ponía: «Estoy con un estúpido», con una flecha apuntando hacia arriba. La versión femenina de la que yo le había comprado.

Vaya pasada.

—¿Qué habéis hecho, poneros de acuerdo? —bromeó su padre mientras yo sujetaba la camiseta ante mí.

—No —respondimos al unísono, riendo.

—Es que tenemos telepatía —añadió Puck.

También me regaló un par de libros con temas de vampiros, porque sabía que yo tenía debilidad por ellos, y luego había algo pequeño, muy bien envuelto y con tanta cinta adhesiva que tuve que abrirlo con los dientes.

—¿Qué es? —preguntó Brad, impaciente, mientras yo aún estaba mordiendo la cinta.

—No lo sé, ¡aún está envuelto!

—¡No voy a decirlo! —bromeó Puck. Había algo travieso en su sonrisa; algo que hizo que me asustara un poco abrir el regalo...

Por fin, la cinta se rompió y pude quitar el papel. Era como una broma o algo: fuera lo que fuese había un largo papel enrollándolo como un millón de veces.

—¿Qué es? —insistió Brad, tratando de ver.

Cuando vi lo que era, me puse roja al instante, y lo dejé caer como si fuera una bomba.

—¡Puck!

—¿Qué? Aún no quiero ser tío, ¡no tengo edad!

—¿Y qué? ¿No me lo podías dar cuando no estuviéramos rodeados de gente?

Puck sabía a qué me refería: ¿por qué delante de mi padre? ¡Y de sus padres!

—Y de tu novio. No te olvides.

Obligué a mis mejillas a calmarse, pero se negaron. Papá ya había comenzado a charlar rápidamente con Maribel y Mateo, todos decididos a no prestar atención al paquete de condones que yo acababa de recoger.

Santiago estiró la mano desde su sitio en el sofá y me lo quitó.

—Gracias, Puck. Los dejaré a mano para más tarde.

Yo no creía que fuera posible, pero me puse aún más roja. Hundí el rostro entre las manos. Maribel tosió, y supe que era imposible que nuestros padres no hubieran oído ese comentario.

Pero a Puck no parecía importarle. Sólo se acercó a darme unas palmaditas en la mano.

—Sólo quiero que tengas cuidado, Britt. Me preocupo por ti.

—No veo nada —se quejó mi hermano de diez años, todavía inocente—. ¿Qué es?

—Cosas de mayores —le respondí.

—Tampones —le dijo Puck.

Esa vez le di en toda la cabeza, pero sin fuerza.

—Tú, amigo mío, eres insoportable.

—Lo sé —repuso con una sonrisita, y no pude evitar reírme. No pude.

Los padres parecieron notar que los condones ya no eran el tema central y se relajaron.

—Aquí tienes, Britt. —Mi padre me pasó una caja. Era larga y de terciopelo negro, como un joyero.

La cogí vacilante.

—¿Qué es?

—Bueno, la verdad es que era..., era de tu madre. Siempre decía que quería que tú lo tuvieras. Y pensaba dártelo el año pasado, pero me olvidé completamente. Sé que los diecisiete son una edad un poco rara para esto, pero... no quería arriesgarme a olvidarlo el año que viene también. —Soltó una risita culpable y sonrió tristemente.

Habíamos conservado todas las joyas de mi madre, claro. No era la clase de cosas que se tira. Yo tenía unos cuantos pares de pendientes que habían sido de ella y que siempre me habían gustado de pequeña, y también una cadena de oro que alguna vez me ponía. Pero fuera lo que fuese eso, no era una joya de diario.

Solté el cierre de oro de la parte delantera de la caja y la abrí.

Había pensado que podía ser un collar, quizá una ristra de elegantes perlas o algo así. Pero no lo era. Era un reloj, un brillante reloj de plata con minúsculos topacios en la esfera. El segundero avanzaba, una fina aguja contra la negra esfera. Lo cogí con cuidado. Las gemas azules parecían auténticas, y estaba segura de que era increíblemente caro.

—Las piedras son buenas —me explicó papá, como si me leyera el pensamiento.

Pensé que igual me daba por llorar. Eso era lo que todos esperaban. Casi los veía esperando a que se me saltaran las lágrimas y dijera que añoraba a mi madre.

Y sí que añoraba a mi madre. De verdad. Deseaba que estuviera viva; que estuviera aquí, trasteando por la cocina, o sentada mirando alguna serie mala de la tele, o preparándose para ir a trabajar.

Pero no podía hacer nada al respecto; había aceptado hacía años que ya no estaba. Podía echarla de menos y desear que volviera con tanta fuerza que me doliera, pero no podía hacer nada para convertir mis deseos en realidad. Y lo entendía. No servía de nada llorar por ella cuando llorar no me la traería de vuelta.

Pero estoy segura de que se quedaron parados cuando sonreí y me puse el reloj en la muñeca izquierda. Estaba frío, pesaba y además me quedaba grande, pero me encantaba.

—Gracias, papá.

Él sonrió, y su rostro reflejó una mezcla de emociones: la tristeza en los ojos; la alegría en la sonrisa; el alivio, que le borraba el cejo de la frente. Pero luego sacó algo más del bolsillo, otra pequeña caja de terciopelo negro. Era diferente de la del reloj: no tenía cierre de oro y las bisagras tampoco se veían.

—¿Son los pendientes a juego? —pregunté bromeando.

—No..., esto es el regalo de este año. Teóricamente, el reloj es con retraso... —Se rió y sacudió la cabeza como si quisiera borrar la tristeza. Yo sonreí y cogí la caja.

Y lo cierto era que medio me esperaba unos pendientes a juego.

Además, la caja tenía el tamaño perfecto para eso.

Pero no eran pendientes. No era ningún tipo de joya.

—¿Me regalas una... llave? —La cogí y la dejé colgar de la cadena, mirándola ceñuda. Entonces caí en la cuenta—. ¡Oh, Dios mío! ¡Me has comprado un coche!

Todo se echaron a reír, porque evidentemente lo sabían de antemano, o en el caso de Puck, lo había pillado antes que yo. Pegué un salto y rodeé a mi padre con un enorme abrazo.

—¡Gracias gracias gracias gracias!

Mi padre se rió.

—Aún no lo has visto.

—Sí, podría ser algún un viejo cacharro hecho polvo que se para cada vez que llegas a una señal de stop —bromeó Santiago.

—Está en el garaje —me dijo Maribel—. Teníamos que esconderlo en algún sitio donde no lo vieras, ¿no te parece?

Salí corriendo y levanté la puerta del garaje con un gruñido de esfuerzo.

A mi espalda oí que todos salían de la casa. El garaje estaba bastante oscuro; el suelo manchado de aceite y las herramientas de Santiago tiradas por todas partes. La bicicleta de Puck estaba apoyada contra la pared. Había pelotas de ambos tipos de fútbol y muebles viejos o rotos.

Y en el medio estaba mi regalo de cumpleaños.

Un Ford Escort de segunda mano. De color azul medianoche y hasta con un par de dados de peluche de color rosa neón colgados del retrovisor.

—Los dados son idea mía —dijo el padre de Puck—. Para que conste.

Me reí como una tonta, y me apoyé en la ventana abierta del conductor. Dentro olía a pino y a cuero viejo. No parecía que fuera a funcionar como un sueño, con un motor ronroneando silenciosamente, y no me sorprendería encontrarme en algún momento esperando asistencia en la cuneta de alguna carretera.

Pero me enamoró al instante.

No esperaba que mi padre me regalara un coche nuevo y reluciente. Yo no lo quería. Quería algo que no me diera miedo conducir. Nunca había sido una gran conductora. Pero ¡por fin tenía mi propio coche!

—Ya no tendré que molestarte todo el rato para que me lleves, Puck —le dije.

—Bueno, pero no me voy a subir contigo —se burló él con una voz muy grave—. Valoro demasiado mi vida, muchas gracias.

Me reí y fui a darle otro abrazo a mi padre.

—Muchas gracias. ¡Me encanta!

—Sé que no es el mejor, pero puedes empezar con este viejales. Podrá aguantar unos cuantos rasguños y abolladuras.

—¿Es que nadie se fía de mi capacidad como conductora?

Todos se echaron a reír.

—Muy bien, muy bien —dijo Brad finalmente—. ¿Ya podemos comernos el pastel?

Como si estuviera preparado, el estómago de Puck y el mío rugieron a la vez,

—Sin duda —dijimos antes de echarnos una carrera a casa.