—¿Y qué exactamente se te ha pasado por la cabeza? —pregunté a Santiago.

Él estaba cargando el lavavajillas cuando entré unos vasos vacíos. Puck estaba fuera, en su coche, ocupado con su nuevo equipo de música. Brad estaba mirando la tele, y los padres estaban charlando sobre..., bueno, lo que fuera que hablaran. Yo había estado esperando la oportunidad de hablar con Santiago a solas.

Alzó la mirada y volvió la cabeza para mirarme por debajo del brazo, que tenía apoyado en la encimera mientras se inclinaba para meter los platos.

—Antes —le recordé—, en los mensajes, me has dicho que tenías algo pensado para mí.

—Oh, eso.

—Sí, eso. ¿Y vas a decirme qué es?

—Decírtelo iría en contra de toda la idea de que sea una sorpresa, ya sabes.

—Tenía la sensación de que me dirías eso —gruñí mientras le pasaba los vasos, que metió en el lavavajillas.

Me envolvió en sus brazos y me susurró al oído.

—Si te dijera que tiene que ver con el regalo que te ha hecho Puck... —Bajó los labios hacia mi mentón.

No supe qué contestarle a eso, pero tampoco podría haberlo hecho; de repente parecí haber perdido el uso de la voz.

Santiago soltó una callada risita.

—Pero no era eso lo que tenía pensado —dijo mientras se apartaba para sonreír malicioso—. Iba a llevarte a un sitio. Sé que te encantará. Pero tiene que ser una sorpresa.

—Bien... —Me devané los sesos. Sabía que no iríamos a ver el ocaso y más fuegos artificiales; tenía que ser algo diferente..., pero Santiago parecía tener planeadas tantas sorpresas que podía ser cualquier cosa.

—Sin embargo —continuó pensativo—, si más tarde quieres hacer uso del regalo de Puck...

Me sonrojé, y hundí la cabeza en su hombro para que él no lo viera. Pero Santiago se rió y me besó en la coronilla mientras me abrazaba con fuerza.

No hice caso de su comentario y le devolví el abrazo.

—Te quiero. —Me salieron esas palabras como un reflejo, como si fueran las dos palabras más naturales del mundo que decirle al hermano mayor de mi mejor amigo.

Volvió a besarme la coronilla.

—Yo te quiero más —replicó. Yo negué sin levantar la cabeza de su hombro.

No dijimos nada más. Nos quedamos así, abrazados en nuestra propia burbuja.

—¡Oh! Perdón..., como si yo no estuviera..., ¡sólo voy a coger algo de beber!

Nos apartamos un poco, y vimos a Maribel que cogía un vaso de agua. Cuando se volvió, nos sonrió; no era una sonrisa de «os he pillado in fraganti», sino más bien de «sois adorables».

Al menos no estábamos besándonos ni nada así.

Eso sí que hubiera sido incómodo.

La madre de Santiago volvió a la sala y yo lo miré.

—¿Y cuándo nos vamos a ese lugar sorpresa?

—Ahora, si quieres. No tardaremos mucho.

—¿Ahora? ¿De verdad?

Se encogió de hombros.

—Si quieres ir ahora, pues claro.

De repente sonreí.

—¿Puedo conducir yo?

—Conducir a un lugar del que no tienes ni idea... No parece lo más adecuado, ¿no, Britt?

—Bueno, puedes ir indicándome, ¿no? Por favor, por favor, por favor. —Le dediqué mi mejor sonrisa, muy excitada ante la idea de coger mi coche nuevo para dar una vuelta.

—¡Muy bien, vale! Pero no me culpes si adivinas adónde vamos y se estropea la sorpresa, ¿eh?

Solté una risita.

—De todas formas, ¿qué te pasa a ti con tanta sorpresa?

Se encogió de hombros.

—Pensaba que era más romántico que decirte: «Eh, Britt, te voy a llevar a..., a ver la puesta de sol y los fuegos artificiales», y a ti siempre te han gustado las pelis románticas cursis.

—Bueno... —Me mordisqueé el labio, avergonzada—. Vale, vale. Ya te pillo. Vámonos.

—¿Impaciente?

—Muy bien, ahora gira a la izquierda... luego la segunda a la derecha. Debería haber un sitio para aparcar.

Seguí sus indicaciones y deseé no haberle pedido conducir hasta allí. Estaba tan concentrada en no rayar el coche que tenía que mantener los ojos fijos en la calzada. No podía permitirme desviarlos hacia los lados o intentar suponer hacia dónde nos dirigíamos. No reconocí ninguna de esas carreteras.

No tenía ni idea de adónde me llevaba, y menos aún de cuál sería la sorpresa.

Encontré un lugar para aparcar y salí del coche mientras Santiago cerraba su puerta.

—Muy bien —dije, incapaz de esbozar una medio sonrisa—. Guíame.

Él sonrió, burlón, y me cogió de la mano mientras subía a la acera a mi lado; entrelazamos los dedos. Los brazos nos colgaban como péndulos mientras avanzábamos en la dirección por la que habíamos venido.

Al mirar alrededor, me di cuenta de que ya no estábamos en la ciudad. Algunas de las casas parecían haber sido reconvertidas; la planta baja estaba ocupada por una floristería o una panadería.

Seguía sin tener ni idea de dónde nos encontrábamos, pero parecía bonito. Había unos cuantos árboles plantados en cuadrados de hierba repartidos al azar, y tiestos cargados de flores en los alféizares. Unas cuantas personas rondaban por ahí, uno o dos paseando perros, y pasaba algún que otro coche.

Era un pueblecito pintoresco. Oí las campanas de una iglesia que repicaban en algún punto en la distancia, como para hacerse eco de mi idea.

Me volví hacia Santiago, que me vio mirarlo y me dedicó una media sonrisa, como si pensara que mantenerme en la inopia sobre nuestro destino era divertido.

Le devolví la sonrisa y le apreté la mano.

—Ya hemos llegado. —Se detuvo, y yo di un paso atrás para permitirle entrar primero en la tienda ante la que nos habíamos detenido. Había un toldo verde oscuro encima de la puerta, que proyectó una sombra sobre el rostro de Santiago cuando éste la abrió. Sonó una campanita, era un ruidito simpático, y me recordó al hada de Peter Pan.

Entonces lo noté. El olor.

Era un aroma fantástico: vainilla dulce, cacao fuerte, el difuso dulzor del azúcar derretido y por todas partes el olor a chocolate, que me hacía la boca agua. Salió de la tienda en cuanto Santiago abrió la puerta y me dio de lleno, haciéndome boquear.

Entré delante de Santiago, que me sujetó la puerta. Recordé que hacía unos meses había entrado en su casa detrás de él para ir a ver a Puck. Santiago sabía que yo estaba allí, pero ni se había molestado en sostener abierta la puerta; la había dejado caer y yo la había tenido que parar a medio camino. No lo había hecho para fastidiarme; sólo era Santiago López siendo el típico Santiago López.

Pero no se me pasó por alto la manera en que en aquel momento me sujetaba la puerta. Parecía tan trivial, tan falto de importancia, pero le sonreí de todas maneras.

Luego dejé que el olor a chocolate me inundara de nuevo. La tienda estaba iluminada por lámparas que proyectaban una luz cálida y amarilla. En el suelo había una alfombra de color caoba y las paredes estaban pintadas de color crema. Había un mostrador con una caja registradora. Alguna parte infantil dentro de mí se quedó encantada de ver que era de las antiguas, de las que tenían botones como las viejas máquinas de escribir y soltaban un sonoro ring cuando se abría el cajón.

El aspecto de la tienda era tan dulce como su olor, y mientras me volvía en un pequeño círculo, con la boca en forma de O y los ojos muy abiertos de puro asombro, vi todos los chocolates.

No supe qué hacer, dónde mirar primero, qué decirle a Santiago.

—¡Hola, queridos! —trinó una voz. Era la clase de voz que sabías que pertenecía a una persona

mayor, y cuando aparté la vista de la fila de pralinés que había bajo el mostrador de cristal, vi a una mujer de entre sesenta y setenta años. Era la clase de persona que te imaginarías regentando una tienda de caramelos.

Era gruesa, con mejillas auténticamente rosadas y el cabello gris oscuro recogido en un moño bajo, del que se escapaba algún mechón viajero. Llevaba vaqueros y una blusa de algodón blanco, con un brillante delantal rosa manchado de chocolate, azúcar y nata, glaseado, sirope y toffee. Algunas manchas parecían tener décadas, como si fueran parte del propio mandil, pero otras eran de aquella misma mañana.

—Hola —saludó Santiago, pasando delante de mí—. He llamado antes. Mi nombre es López.

—Oh, claro, claro. Lo recuerdo. Aquí mismo tengo lo tuyo cariño. ¡Dame un minuto! —La mujer esbozó una sonrisa maternal y se metió en la parte de atrás apresuradamente, tumbando una pila de cajas de cartón al hacerlo. Por suerte, sonaron vacías.

—¡Hala! —Las puso de nuevo en su lugar, riendo de su propia torpeza. Cuando la perdimos de vista, la oí canturrear para sí en la trastienda.

—¿Has llamado antes? —pregunté, y Santiago se volvió para mirarme. Noté que una sonrisa me tiraba de las comisuras de los labios—. ¿Y cómo te has enterado de la existencia de este lugar?

—Yo..., hum... —Carraspeó para aclararse la garganta y se rascó la nuca—. ¿Recuerdas cuando...? No, seguramente no..., pero cuando éramos muy pequeños y leí aquel libro, Charlie y la fábrica de chocolate, se me metió en la cabeza que quería ir a la fábrica de chocolate de Willy Wonka, y mi madre... y la tuya, porque recuerdo que también vino... me trajeron aquí porque dijeron que era lo que más se le parecía. Hace un par de años me acordé de este sitio y cogí un autobús para volver a verlo.

Tardé un minuto en asimilarlo. Para empezar, era algo muy poco López que explicara un recuerdo personal así; y, para continuar, pensar en él como un niño tan mono queriendo visitar la fábrica de Willy Wonka me daba ganas de reír. No de forma hiriente, sino por la gracia que me hacía.

Aunque no creía que él apreciara que le mencionara que eso era muy mono.

Así que le dije otra cosa.

—Lo recuerdo. Yo quería el libro para un trabajo del cole. No quedaba ninguna copia en la biblioteca y Puck me dijo que tú tenías una y que no valía la pena comprarlo, pero tú no me la quisiste dejar.

—Oh, sí. —Se echó a reír y se mordió el labio, un poco avergonzado—. ¿Y cuál fue mi excusa?

—No pusiste ninguna —le contesté al cabo de un momento—. Simplemente no me lo dejaste.

Asintió.

—Me suena que fue así.

—¿De verdad querías ir a la fábrica de chocolate de Willy Wonka? —Un tono burlón se me había colado en la voz y mi sonrisa se hizo de nuevo más amplia.

—Tenía como ocho años, ¿vale? No te rías.

Ambos soltamos una carcajada, y en ese momento, la mujer regresó a la tienda con una gran caja blanca y plana decorada con una cinta lila alrededor.

—¡Aquí tienes!

Santiago se cogió las manos a la espalda, y durante un segundo se balanceó de adelante atrás sobre los talones.

Capté el mensaje y reaccioné de golpe.

—¿Es para mí?

—¿Qué, de verdad creías que me había olvidado de hacerle un regalo a mi novia por su cumpleaños? —Me lanzó una sonrisa despiadadamente atractiva, y la anciana sonrió amablemente.

—Bueno, no..., no se me había ocurrido pensarlo antes.

—Britt, siempre te he comprado un regalo de cumpleaños.

—Un año me regalaste un saco de pedos.

—Pero era un regalo. Y yo era un niño de doce años, si no recuerdo mal. ¿Esperabas que te comprara algo bonito o importante?

Me eché a reír.

—Bueno, no.

—¿Y de verdad crees que me había olvidado de ti, este año en concreto?

Me encogí de hombros, avergonzada. Cuando antes no me había dado ningún regalo, no le pregunté si acaso no iba a dármelo. Eso habría sido increíblemente grosero. Además, como había dicho en su mensaje que «tenía algo pensado para la cumpleañera», pensé que quizá iba llevarme a alguna parte, o incluso sólo liarnos un poco en vez de un regalo.

Cogí la caja que me tendía la señora.

—Gracias.

—Hay uno de cada ahí dentro —dijo ella—. Bueno, tantos como he podido meter en dos capas. Pero me he asegurado de que tuvieras los mejores. No tienes alergia a los frutos secos, ¿verdad, cariño?

—N...no —contesté tartamudeando, porque ella hablaba de lo más de prisa, con un entusiasmo que parecía ser parte de su cálida personalidad.

La señora sonrió.

—¡Bien, bien, bien! Bueno, echad una mirada si queréis, a no ser que no queráis quedaros. Y en tal caso, prepararé ese pedido tuyo al instante.

—Ah... —Miré a Santiago. No tenía ni idea de si sólo íbamos a recoger eso o si él tenía algún otro plan. Quiero decir, últimamente tenía muchas sorpresas.

Él alzó las manos y negó con la cabeza mientras me sonreía.

—¿Tienes las llaves del coche?

Boté sobre la punta de los pies, sonriendo de oreja a oreja.

—¡Oh, sí!

—Te diré lo que es realmente bueno —dijo la mujer mientras rebuscaba algo en un armario. Abrió un cajón y sacó una bandeja. Yo fui detrás de ella, Santiago a medio paso por detrás.

Era una bandeja de cuadraditos de chocolate, cada uno etiquetado con una palabrita en una escritura tan inclinada que resultaba casi ilegible. Parecían trozos de una pieza más larga, y el aroma que me entraba por la nariz y se me quedaba en la lengua era suficiente para hacerme babear.

—Éste —dijo señalando— tiene dentro caramelo con efervescente. Y éste tiene gusto a mango.

Tengo unos cuantos con sabores a frutas como ése.

—¿Y naranja? —preguntó Santiago, y noté que su cuerpo se me pegaba a la espalda. Apoyó una mano en mi antebrazo mientras se inclinaba sobre el mostrador para mirar en la bandeja.

—¡Ajá, ya lo tengo! —La señora tomó un cuadradito y se lo dio a Santiago. Él lo cogió y se lo metió en la boca.

—Ésta es mi bandeja de muestras —me explicó; al parecer, me había leído el pensamiento—.

¡Vamos, querida, coge tú misma!

Y me puso la bandeja en las manos para que la inspeccionara a mi aire.

La campanilla sonó de nuevo, y miré hacia atrás. Vi entrar a una señora.

—Hola, Mabel —dijo ésta a la dueña de la tienda. Yo volví a prestar atención a la bandeja.

Santiago se acercó y cogió otro cuadradito al azar. Hizo ruidos de ahogarse, y cuando lo miré tenía una mueca de desagrado en la cara, pero tragó con fuerza.

—Coco.

Me eché a reír.

—Oh, claro. Bueno, deberías haber leído la etiqueta, tonto.

—Lo he intentado —me murmuró al oído.

Contuve una carcajada y vacilé, con los dedos tamborileando al aire mientras intentaba decidir cuál probar. ¿Chocolate blanco? ¿Chocolate negro? ¿Uno con nueces? ¿Uno de café, uno de fruta, uno de chocolate sólido?

Las letras en cursiva Panal de miel me llamaron la atención, y cogí ése. Me alegré de que costara tanto leer la letra de la anciana. Si hubiera sabido de qué eran todos esos sabores, habría querido probarlos todos.

Cogimos un par más y fuimos hasta la caja registradora.

—¿Cuánto tiempo hace que estáis juntos? —preguntó la anciana, Mabel.

—Hum...

—Un par de meses —contestó Santiago—. Pero nos conocemos de toda la vida.

—¡Bueno, eso es tan dulce como el pastel de manzana! Siempre veo a jóvenes parejas entrar aquí, y dejadme que os diga que si hubiera habido un muro de la fama con todas ellas, ya sabéis, estarías bien en lo alto.

Me reí.

—¿Somos monos juntos, eh?

Noté la mueca de Santiago al oír la palabra, pero no dijo nada; en vez de eso, se sacó la cartera y le dio el dinero. Mientras metíamos nuestras compras en una bolsa, la mujer nos pasó una caja de toffees.

—Éstos son de parte de la casa —nos dijo sonriendo.

—Oh, no, es...

—Es tu cumpleaños, ¿verdad? —Asentí—. Bueno, entonces, ¡feliz cumpleaños!

Sonreí.

—Gracias.

Santiago me pasó un brazo por la cintura, y automáticamente me incliné hacia él, mi cabeza metida en el hueco entre el cuello y el hombro. De nuevo, la romántica de cliché que hay en mí se preguntó por qué encajábamos tan perfectamente, dos piezas de un rompecabezas, a pesar de tener dos personalidades tan diferentes y enfrentadas. Santiago me plantó un beso en la sien, y en ese instante no me importó lo mal que íbamos el uno para el otro o que pronto Santiago se fuera a la universidad.

Sólorecordé estar enamorada de él