Los días pasaron volando. Paseé algunos perros para los vecinos, aunque no por el dinero, sino por tener algo que hacer. A veces, Santiago me acompañaba.

Como papá trabajaba, me sobornó para llevar a Brad y a sus amigos por ahí en mi coche nuevo: al parque, al campo de fútbol, al cine, a tomar un batido...

Me habría negado, pero papá me convenció.

—Colega —me dijo—, ¿quieres que sea ese padre que te pone una hora de vuelta cuando sales o que tiene reglas estrictas respecto a tu novio? Porque lo puedo ser.

—¿Vas a chantajearme con Santiago para que lleve a Brad?

Él asintió.

—Todavía no me convence demasiado que estéis juntos, Britt. Creo que no te imaginas lo permisivo que estoy siendo.

De modo que preferí dejarlo así.

Además, sí que solía volver tarde; me pasaba el día haciendo el vago en la piscina de los López, por lo general con los chicos, y veía una peli con Santiago por la noche, Puck y Lauren en el otro sofá, y luego perdía la noción del tiempo, demasiado animada con Santiago.

Un día, el lunes antes de irnos a la casa de la playa, estábamos por la piscina. Algunas de las chicas también corrían por allí: Tina, que aún salía con Mike, Lauren y Sugar. Santiago se había ido con algunos colegas del equipo de fútbol americano.

El padre de Puck estaba haciendo una barbacoa para nosotros mientras su madre estaba sentada en el porche trasero leyendo un libro. El aroma del verano en casa de Puck me llenaba la nariz.

—Mañana, salida de chicas —anunció Tina desde su tumbona. Yo estaba a punto de meterme en la piscina, con la camiseta a medio quitar, y me detuve.

—Guay —repuso Lauren.

Acabé de quitarme la camiseta y la dejé en la tumbona, luego me quite las gafas de sol.

—Britt, ¿te apuntas?

—¡Oh, vamos! ¡Será divertido! —exclamó Tina, animada.

—¿Qué será divertido? —preguntó Mike, que de repente había reaparecido en la superficie de la piscina. Sacudió el cabello como un perro y, chorreando, besó a Tina en la mejilla—. Eh, Britt, no me digas que estás tramando alguna broma salvaje.

Me reí.

—No.

—Vamos a ir de compras —le explicó Sugar.

—Sin Puck —añadió Tina.

—¿Qué va a pasar sin mí? ¿Britt? ¿Lauren? ¿Por qué me estáis abandonando?

—Compras —respondimos Lauren y yo al mismo tiempo, y nos echamos a reír.

—¿Tú? ¿De compras? ¿Sin mí, tu estilista personal? —Puso cara de horror—. ¿Me pagarás un batido de todas formas?

—Vale —le contesté riendo.

—Entonces, ¿eso es un sí? —preguntó Tina.

—Claro. —Lo cierto era que me sentía como halagada de que me incluyeran en algo en lo que no participara Puck. Pero me preocupaba un poco sentirme fuera de lugar, ya que normalmente no formaba parte de las salidas del clan femenino.

—Oh, Britt, no será tan terrible —exclamó Karofsky mientras se apoyaba en los codos en el borde de la piscina—. Puedes comprarte lencería sexy para López.

No supe cómo reaccionar a eso, si riendo o sonrojándome. Fueron las dos cosas.

Entonces, Puck le tiró agua en toda la cara. Karofsky debió de tragarse un par de litros, y se sumergió de nuevo, escupiendo, mientras todos nos reíamos.

—Tío, ¡es de mi mejor amiga de quien estás hablando! —protestó Puck teatralmente. Dijo «mi mejor amiga» como cualquier otro chico hubiera dicho «mi hermana pequeña». Pero luego añadió—: Pero qué desagradable. —Y se estremeció.

—¿Oh, de verdad? —lo desafié.

—Oh, sí.

Me puse en pie y parpadeé inocentemente.

—¡Bomba! —grité.

Resultó que ir de compras fue divertido. En cierto modo me resultaba extraño ir a comprar con las chicas en vez de con mi mejor amigo, pero de todas formas disfruté.

El día siguiente a ése lo pasé haciendo y rehaciendo las maletas, y luego vaciándolas de golpe y comenzando de nuevo. Siempre me costaba hacer la maleta para ir a la casa de la playa. Sin embargo, al final me llevé lo mismo de siempre. Llevábamos años yendo a la casa de la playa de los López en verano.

Yo quería que las cosas fueran exactamente igual que siempre, pero sabía que no sería así. Santiago y su padre se marchaban dos días antes que el resto de nosotros para pasar por el campus de Harvard.

Lauren iría también unos días, y no me importaba: al contrario, disfrutaría teniendo compañía femenina que por una vez no fuera Maribel.

Y aunque la casa de la playa parecía la misma de siempre: suelos arenosos, un poco demasiado pequeña para que cupiéramos todos, la pintura que se saltaba, los suelos que crujían y los muebles dispares que tanto nos gustaban, era diferente. Al principio, pensé que todo era como siempre había sido.

La primera noche que Lauren estaba allí, salimos todos a cenar, y Santiago y yo nos comportamos como una auténtica pareja. En otra ocasión en que todos habían salido, él hizo la cena y luego paseamos juntos por la playa. Y en momentos como ése, recordaba lo mucho que todo había cambiado, y que nada iba a permanecer igual.

Ni siquiera mi relación con Santiago.

No sabía si las cosas funcionarían cuando él se fuera. No quería pensarlo. No quería poner una nube negra sobre el tiempo que nos quedaba para estar juntos. No paraba de decirme a mí misma que ya nos ocuparíamos de eso cuando fuera el momento, pero...

Para ser sinceros, no sabía si seguiríamos juntos después de todo.

Resultaba raro tratar de dividir mi tiempo entre mi mejor amigo y mi novio. Me alegraba de que Puck tuviera a Lauren; así no me sentía tan mal por pasar tanto tiempo con Santiago.

Íbamos al cine, y era muy agradable ser una pareja normal después de todo el tiempo que habíamos pasado viéndonos a escondidas. Aún no me creía lo mucho que él había cambiado en los últimos meses.

Aunque una vez, cuando yo estaba dejando a Brad en el parque para que jugara a fútbol con sus amigos, había visto a Santiago pelearse con un tío con el que estaba jugando a fútbol americano mientras el resto del equipo los animaba.

Por mucho que hubiera logrado cambiarlo, seguía siendo el tipo duro con el que yo me había criado. Y a mí ya me gustaba que lo fuera. En cierto modo, era reconfortante saber que Santiago no había perdido todas las asperezas de las que yo había acabado colgándome.

La moto, por otro lado... Él seguía intentando convencerme de que me montara, insistiendo en que era más fácil de aparcar que el coche, y más rápida; incluso quiso enseñarme a conducirla. Pero yo permanecí firme: odiaba la moto.

Y sin casi darnos cuenta ya estábamos en el aeropuerto, la megafonía anunciando que el avión de las ocho y cinco con destino Boston estaba listo para el embarque por la puerta cinco, y que todos los pasajeros debían acudir allí...

Estaba junto a Santiago y noté que su mano se tensaba alrededor de la mía. Se colgó la mochila al hombro con la mano libre.

—Supongo que ya está —dijo Puck. Le solté la mano a Santiago porque los dos hermanos se dieron uno de esos bruscos abrazos de chicos, palmeándose la espalda—. Buena suerte.

—Intenta no meterte en peleas, hijo —le dijo Mateo, mientras también le palmeaba la espalda, pero con autoridad en la voz. Santiago asintió, pero todos sabíamos que, en realidad, no le estaba prestando ninguna atención.

—Llámanos cuando llegues —pidió Maribel mientras lo abrazaba. Sonreía orgullosa, pero tenía los ojos triste al ver a su niño ya crecido y yéndose a una universidad en la otra punta del país, volando del nido. Tragó saliva, como si intentara no llorar.

Y, mierda, no era la única.

No quería perderlo. Seguía sin querer que se fuera, pero no era mi decisión. Sabía que había la posibilidad de que la distancia acabara con nosotros.

¿Y sabéis qué?

No me preocupaba.

No todas las relaciones van a durar para siempre; eso sólo pasa en los cuentos de hadas. Quizá me enamoraría cien veces antes de encontrar a la persona con la que querría pasar el resto de mi vida, y quizá esa persona sería Santiago, o quizá no. Sabía que tal vez lo nuestro tendría que acabar, y no quería, pero si pasaba, lo superaría.

Tal vez sería la que acabara con el corazón roto, esperando a que algún otro chico me lo volviera a sanar; pero hasta entonces, estaba satisfecha de seguir enamorada de Santiago, aunque él estuviera en Boston. Vivía el presente.

Quería que durara para siempre: la romántica perdida que había en mí aún no había muerto.

Fui hasta la puerta con Santiago. Una pequeña cola de gente iba pasando ante la mujer que comprobaba las tarjetas de embarque. Santiago me apretó la mano y se volvió hacia mí.

—Funcionará —me dijo—. De algún modo.

—¿Y ahora quién está siendo el tonto romántico? —bromeé.

—Te veo en unas cuantas semanas —me dijo. Y después de un silencio, añadió—: Te echaré de menos.

—Yo también te echaré de menos. —Me puse de puntillas para darle un beso—. Al menos lo estamos intentando. No podrán decir que no lo intentamos.

—Siempre tan pesimista, ¿eh, Britt-Britt? —bromeó, tirándome de la nariz—. Te llamaré cuando llegue.

—Será mejor que primero llames a tu madre —le dije—. Se pondrá como loca si no le dices que has aterrizado sano y salvo.

—Creo que tienes razón —asintió con una sonrisa, y me rodeó la cintura con los brazos.

—Última llamada para los pasajeros del vuelo de las ocho y cinco con destino Boston...

Suspiré y lo abracé con fuerza, aspirando su aroma. Lo conocía muy bien, pero estaba tratando de grabármelo permanentemente en los sentidos. Él me devolvió el abrazo e intenté memorizar también esa sensación: sus brazos rodeándome, su rostro en mi cabello.

—Te quiero —me susurró al oído.

—Te quiero —le contesté, y de repente tuve que contener las lágrimas, que me picaban en los ojos

—. Mucho.

—Lo intentaremos —me dijo, besándome, sus labios suaves y dulces sobre los míos. Sabía a algodón de azúcar, igual que la primera vez que nos habíamos besado: había comprado un poco en la tienda de caramelos del aeropuerto, «por los viejos tiempos».

Jugueteé con el pelo de la nuca y las chispas de siempre me recorrieron mientras nos besábamos.

Era como si toda la felicidad, toda la tristeza, todas las esperanzas y los miedos, todo lo que teníamos, estuviera en ese beso. Lo que pareció como años después, nos apartamos, y él apoyó la frente en la mía.

—Tengo que irme —murmuró.

—Hablamos luego. Buena suerte.

Santiago me dedicó su famosa sonrisa de medio lado mientras caminaba de espaldas hacia la puerta.

—¿Suerte? Brittany, te olvidas: estás hablando con López. No necesito suerte.

Reí, y no me sorprendió demasiado notar una lágrima recorriéndome la mejilla; noté el sabor salado en la comisura de la boca, donde permanecía el recuerdo de los besos de Santiago.

—Cabrón adicto a la violencia.

Él me guiñó un ojo y desapareció al otro lado de la puerta.

Unos minutos después me hallaba junto a los ventanales, contemplando al avión acelerar por la pista, y noté a alguien a mi lado que me rodeaba con el brazo. Apoyé la cabeza en el hombro de Puck.

No dijo nada, pero no tenía que hacerlo. Estaba ahí para mí, como siempre lo estaría.

Mientras el avión de Santiago ganaba velocidad, se elevaba en el aire y las ruedas se separaban del suelo, me encontré sonriendo un poco, una sonrisa triste.

Quizá las cosas funcionarían entre Santiago y yo. Esperaba que así fuera. Tenía los dedos cruzados con fuerza al costado. Tal vez las cosas no funcionarían entre Santiago y yo; conoceríamos a otra gente o nos iríamos alejando lentamente, o una relación a larga distancia no nos interesaría. Pero pasara lo que pasara, sabía que una parte de mí siempre pertenecería a Santiago López, el tipo duro del instituto. Una parte de mi corazón siempre sería suya.

«Pase lo que pase —me dije, siguiendo con la mirada el avión que se llevaba a Santiago—, todo va a ir bien.»

—Ya ves —dijo Puck entonces—, y todo esto sólo por la caseta de los besos.

Me reí mientras le daba un empujoncito, y él también se rio. Me apretó con fuerza durante un segundo y luego nos volvimos, dejando atrás la vista de la pista vacía, donde el avión se había perdido en algún punto del nublado cielo, y nos fuimos.