Capítulo 1
Pulverizo accidentalmente a mi profesora de introducción
al álgebra
Antes de empezar Hestia hizo aparecer sillones para que los semidioses se sentaran.
-Bien empezare yo- dijo Atenea- Pulverizo accidentalmente a mi profesora de introducción al álgebra.
Mira yo no quería ser mestizo-
-¿Quién quiere?- pregunto con fastidio Luke, los semidioses asintieron.
Los dioses que tenían hijos los miraron preocupados por la respuesta de sus hijos.
Si estás leyendo esto porque crees que podrías estar
en la misma situación, mi consejo es éste:
-No un consejo de Percy corran por sus vidas- dijo Leo
-A ver primero: mis consejos no son tan malos, y segundo ¿de que te conozco?
-No puedo decirte nada spoiler
cierra el libro
inmediatamente. Créete la mentira que tu padre o tu
madre te contaran sobre tu nacimiento, e intenta llevar una
vida normal.
-Dudo mucho que funcione- dijo Annabeth en un susurro para que solo Percy la escuchara
Ser mestizo es peligroso. Asusta. La mayor parte del
tiempo sólo sirve para que te maten de manera horrible y
dolorosa.
Los dioses bajaron la cabeza avergonzados y apenados, a ellos les encantaría ayudar y proteger a sus hijos pero con la estúpida norma de Zeus no podían.
Si eres un niño normal, que está leyendo esto porque
cree que es ficción, fantástico. Sigue leyendo. Te envidio
por ser capaz de creer que nada de esto sucedió.
-¡Yo quiero ser normal!- gritaron todos los semidioses.
Los dioses mantuvieron la mirada en el suelo.
Pero si te reconoces en estas páginas -si sientes que
algo se remueve en tu interior-, deja de leer al instante.
Podrías ser uno de nosotros. Y en cuanto lo sepas, sólo es cuestión de tiempo que también ellos lo presientan, y entonces irán por ti.
-Dudo mucho que funcione-dijo: como no Annabeth con su lógica
No digas que no estás avisado.
-No lo estoy- dijeron los Stoll y Nico
-Jajaja que graciosos- dijo Percy Fastidiado
Me llamo Percy Jackson
-¿No era Peter Johnson?- dijo para sorpresa de todos Annabeth
-A que lo adivino así es como te llama Dionisio- Dijo Poseidón
A lo que Percy contesto asintiendo
Tengo doce años. Hasta hace unos meses estudiaba
interno en la academia Yancy, un colegio privado para
niños con problemas, en el norte del estado de Nueva
York.
¿Soy un niño con problemas?
-¡Sí!- contestaron a coro todos los semidioses
Percy hizo un puchero. A Annabeth le pareció muy tierno le daban ganas de abrazarlo y no dejarlo ir nunca, pero luego enrojeció al recordar el beso que le había dado en el Monte Saint Helens(Os recuerdo que vienen de la batalla del laberinto;)
Sí.
Podríamos llamarlo así.
-Ves hasta tú lo admites Prissy- no hace falta que diga quien lo dijo
Podría empezar en cualquier punto de mi corta y triste
vida para dar prueba de ello, pero las cosas comenzaron a
ir realmente mal en mayo del año pasado, cuando los
alumnos de sexto curso fuimos de excursión a Manhattan:
veintiocho críos tarados y dos profesores en un autobús
escolar amarillo, en dirección al Museo Metropolitano de
Arte a ver cosas griegas y romanas
-Suena divertido- dijeron los y hijos de Atenea y la ultima
-Suena a tortura- dijeron todos los hijos de Poseidón y el ultimo
Los hijos de Atenea los miraron mal
Ya lo sé: suena a tortura.
Percy se ganó una colleja de su amiga rubia
La mayoría de las
excursiones de Yancy lo eran. Pero el señor Brunner,
nuestro profesor de latín, dirigía la excursión, así que tenía
esperanzas. El señor Brunner era un tipo de mediana edad
que iba en silla de ruedas motorizada. Le clareaba el
cabello, lucía una barba desaliñada y una chaqueta de
tweed raída que siempre olía a café.
-Quirón eres tú verdad- dijo Clarisse
Quirón asintió
Con ese aspecto,
imposible adivinar que era guay, pero contaba historias y
chistes y nos dejaba jugar en clase. También tenía una
colección alucinante de armaduras y armas romanas, así que era el único profesor con el que no me dormía en clase
-¡No hay que dormirse en clase!- grito escandalizada Atenea
-Cuando volvamos me voy a encargar de que no vuelvas a hacer eso- dijo Annabeth
Percy hizo un puchero, pero ignoraba que Annabeth es la única que se mantiene firme con esa mirada.
Esperaba que el viaje saliera bien. Esperaba, por una
vez, no meterme en problemas.
Anda que no estaba equivocado.
Verás, en las excursiones me pasan cosas malas.
Como cuando en quinto fui al campo de batalla de
Saratoga, donde tuve aquel accidente con el cañón de la
guerra de la Independencia americana. Yo no estaba
apuntando al autobús del colegio, pero por supuesto me
expulsaron igualmente. Y antes de aquello, en cuarto curso,
durante la visita a las instalaciones de la piscina para
tiburones en Marine World, le di a la palanca equivocada
en la pasarela y nuestra clase acabó dándose un chapuzón
inesperado. Y la anterior… Bueno, te haces una idea,
¿verdad?
-Cundo termine este capituló me vas a contar todas las anécdotas de tus excursiones- le dijo Hermes a Percy
-Pues va a ser una conversación publica porque yo también quiero oírlas- dijo Hermes
-Sí, sí pero después que a este paso no vamos a acabar el capituló- dijo Atenea
En esa excursión estaba decidido a portarme bien.
Durante todo el viaje a la ciudad soporté a Nancy
Bobofit, la pelirroja pecosa y cleptómana que le lanzaba a
mi mejor amigo, Grover, trocitos de sándwich de
mantequilla de cacahuete y ketchup al cogote.
Los amigos de Grover gruñeron y maldijeron por lo bajo
Grover era un blanco fácil. Era canijo y lloraba cuando
se sentía frustrado. Debía de haber repetido varios cursos,
porque era el único en sexto con acné y una pelusilla
incipiente en la barbilla. Además, estaba lisiado. Tenía un
justificante que lo eximía de la clase de Educación Física
durante el resto de su vida, ya que padecía una
enfermedad muscular en las piernas. Caminaba raro, como si cada paso le doliera; pero que eso no te engañe:
tendrías que verlo correr el día que tocaba enchilada en la
cafetería.
-Pues qué bien que soy su mejor amigo porque si no- dijo sarcástico Grover con la cara roja de verguenza
Mientras el resto de la sala se desternillaba de risa.
En cualquier caso, Nancy Bobofit estaba tirándole
trocitos de sandwich que se le quedaban pegados en el
pelo castaño y rizado, y sabía que yo no podía hacer nada
porque ya estaba en periodo de prueba. El director me
había amenazado con expulsión temporal si algo malo,
vergonzoso o siquiera medianamente entretenido sucedía aquella salida.
-Entonces donde está la diversión - se quejo como niño pequeño Hermes.
— Voy a matarla -murmuré.
-¡Sí por fin algo de acción!-gritaron los hijos de Ares y el mismo
Mientras Frank se cuestionaba la salud mental de su hermano y Padre
Grover intentó calmarme. — No pasa nada. Me gusta la mantequilla de
cacahuete.
-A mí también me gusta pero en el pelo o sí- cuestiono Annabeth
-Esquivó otro pedazo del almuerzo de Nancy. — Hasta aquí hemos llegado. -Empecé a ponerme en
pie, pero Grover volvió a hundirme en mi asiento.
-¡Grover!- se quejaron los hijos de Ares- arruinas la diversión
— Ya estás en periodo de prueba-me recordó-.
Sabes a quién van a culpar si pasa algo.
Echando la vista atrás, ojalá hubiera tumbado a Nancy
Bobofit de un tortazo en aquel preciso instante. La
expulsión temporal no habría sido nada en comparación
con el lío en que estaba a punto de meterme.
-¿A qué te refieres?- cuestionó preocupado Poseidón por la salud de su hijo.
-No puedo decir nada del futuro papa
El señor Brunner conducía la visita al museo.
Él iba delante, en su silla de ruedas, guiándonos por
las enormes y resonantes galerías, a través de estatuas de
mármol y vitrinas de cristal llenas de cerámica roja y negra
súper vieja.
Me parecía flipante que todo aquello hubiese sobrevivido más de dos mil o tres mil años.
-Más mucho más- dijo Atenea
Nos reunió alrededor de una columna de piedra de
casi cuatro metros de altura con una gran esfinge encima,
y empezó a contarnos que había sido un monumento
mortuorio, una estela, de una chica de nuestra edad. Nos
habló de los relieves de sus costados. Yo intentaba prestar
atención, porque parecía realmente interesante,
-¡Milagro!-grito Annabeth
-Que graciosa- dijo Percy fastidiado de que se burlaran de él
pero los demás hablaban sin parar, y cuando les decía que se
callaran, la otra profesora acompañante, la señora Dodds,
me miraba mal.
La señora Dodds era una profesora de matematicas procedente de Georgia que siempre llevaba cazadora de
cuero, aunque era menuda y rondaba los cincuenta años.
Tenía un aspecto tan fiero que parecía dispuesta a
plantarte la Harley en la taquilla.
No sabía porque pero la descripción de esa mujer se le hacía conocida a Hades, luego descarto la idea era imposible que la haya mandado a ella para matar al semidiós
Había llegado a Yancy a
mitad de curso, cuando nuestra anterior profesora de
matemáticas sufrió un ataque de nervios.
-Normal, con Percy quien no tendría un ataque de nervios- dijo su querida (nótese el sarcasmo)prima.
Desde el primer día, la señora Dodds adoró a Nancy
Bobofit y a mí me clasificó como un engendro del demonio.
Me señalaba con un dedo retorcido y me decía «y ahora,
cariño», súper dulce, y yo sabía que a continuación me
castigaría a quedarme después de clase.
Una vez, tras haberme obligado a borrar respuestas
de viejos libros de ejercicios de matemáticas hasta
medianoche, le dije a Grover que no creía que la señora
Dodds fuera humana. Se quedó mirándome, muy serio, y
me respondió: «Tienes toda la razón.»
-Grover se supone que tienes que protegerlo no asustarlo- le reclamó Annabeth
Grover murmuró una disculpa
El señor Brunner seguía hablando del arte funerario
final, Nancy Bobofit se burló de una figura desnuda
cincelada en la estela y yo le espeté: — ¿Te quieres callar? -Me salió más alto de lo que pretendía.
El grupo entero soltó risitas y el profesor interrumpió
su disertación. — Señor Jackson -dijo-, ¿tiene algún comentario que
hacer?
Me puse como un tomate y contesté: — No, señor.
El señor Brunner señaló una de las imágenes de la
estela. — A lo mejor puede decirnos qué representa esa
imagen.
Miré el relieve y sentí alivio porque de hecho lo
reconocía. — Ése es Cronos devorando a sus hijos, ¿no?
-Jo Quirón justo ese tenías que escoger- se quejaron como niños pequeños los dioses.
— Sí -repuso él-. E hizo tal cosa por…
— Bueno… -Escarbé en mi cerebro-. Cronos era el
rey dios y…
-Sí a Cronos le encantaría ser tan genial como nosotros- dijo Hermes
— ¿Dios? — Titán -me corregí-. Y… y no confiaba en sus hijos,
que eran dioses. Así que Cronos… esto… se los comió,
¿no? Pero su mujer escondió al pequeño Zeus y le dio a
cambio una piedra. Y después, cuando Zeus creció,
engañó a su padre para que vomitara a sus hermanos y
hermanas…
— ¡Puaj! -dijo una chica a mis espaldas.
-Yo no lo habría descrito mejor- dijo Afrodita haciendo una mueca
… así que hubo una gran lucha entre dioses y titanes -proseguí-, y los dioses ganaron.
-Es increíble resume una guerra de años en menos de un minuto- dijo boquiabierta Artemisa
Es Percy- coreó toda la sala como si eso lo aclarara
Algunas risitas.
Detrás de mí, Nancy Bobofit cuchicheó con una
amiga: — Menudo rollo. ¿Para qué va a servirnos en la vida
real? Ni que en nuestras solicitudes de empleo fuera a
poner: «Por favor, explique por qué Cronos se comió a sus
hijos.»— ¿Y para qué, señor Jackson -insistió Brunner,
parafraseando la excelente pregunta de la señorita
Bobofit-, hay que saber esto en la vida real?
-Te han pillado- dijo Travis divertido
— Te han pillado -murmuró Grover.
-!No pienso como una cabra¡
— Cierra el pico -siseó Nancy, con la cara aún más
roja que su pelo.
Por lo menos habían pillado también a Nancy. El
señor Brunner era el único que la sorprendía diciendo
maldades. Tenía radares por orejas.
-Yo más bien diría orejas de caballo- dijo divertida Annabeth por los pensamientos de su amigo
Pensé en su pregunta y me encogí de hombros. — No lo sé, señor. — Ya veo. -Brunner pareció decepcionado-. Bueno,
señor Jackson, ha salido medio airoso. Es cierto que Zeus
le dio a Cronos una mezcla de mostaza y vino que le hizo
expulsar a sus otros cinco hijos, que al ser dioses
inmortales habían estado viviendo y creciendo sin ser
digeridos en el estómago del titán. Los dioses derrotaron
a su padre, lo cortaron en pedazos con su propia hoz y
desperdigaron los restos por el Tártaro, la parte más
oscura del inframundo. Bien, ya es la hora del almuerzo.
Señora Dodds, ¿podría conducirnos a la salida? La clase empezó a salir, las chicas conteniéndose el
estómago, y los chicos a empujones y actuando como
merluzos.
-Hombres- dijo asqueada Artemisa
Grover y yo nos disponíamos a seguirlos cuando
el profesor exclamó: — ¡Señor Jackson!
Le dije a Grover que se fuera y me volví hacia Brunner. — ¿Señor? -Tenía una mirada que no te dejaba
escapar: ojos castaño intenso que podrían tener mil años y
haberlo visto todo.
-No todo, pero sí mucho- dijo Quirón igual de sabio
— Debes aprender la respuesta a mi pregunta -me
dijo.— ¿La de los titanes? — La de la vida real. Y también cómo se aplican a ella
tus estudios. — Ah.
-Respuesta universal de Percy- contestaron a coro todos los semidioses
— Lo que vas a aprender de mí es de importancia
vital. Espero que lo trates como se merece. Sólo voy a
aceptar de ti lo mejor, Percy Jackson.
Quería enfadarme, pues aquel tipo sabía cómo
presionarme de verdad. Verás, quiero decir que sí, que
molaban los días de competición, esos en que se
disfrazaba con una armadura romana y gritaba
«¡Adelante!», y nos desafiaba, espada contra tiza,
-Yo quiero ese profesor-dijo Travis emocionado
-Ya es nuestro profesor- dijo Katie mientras le daba un zape
a que corriéramos a la pizarra y nombráramos a todas las
personas griegas y romanas que vivieron alguna vez, a sus
madres y a los dioses que adoraban. Pero Brunner
esperaba que yo lo hiciera tan bien como los demás, a
pesar de que soy disléxico y poseo un trastorno por déficit de atención y jamás he pasado de un aprobado… No; no
esperaba que fuera tan bueno como los demás: esperaba
que fuera mejor.
-Y no me has demostrado lo contario- dijo Quirón con una sonrisa, consiguiendo hacer sonrojar a Percy
Y yo simplemente no podía aprenderme
todos aquellos nombres y hechos, y mucho menos
deletrearlos correctamente.
Murmuré algo acerca de esforzarme más mientras él
dedicaba una triste mirada a la estela, como si hubiera
estado en el funeral de la chica.
-Creo que sí que estuve
Me dijo que saliera y tomase mi almuerzo La clase se reunió en la escalinata de la fachada,
desde donde se podía contemplar el tráfico de la Quinta
Avenida. Se avecinaba una enorme tormenta, con las
nubes más negras que había visto nunca sobre la ciudad.
Supuse que sería efecto del calentamiento global o algo
así, porque el tiempo en Nueva York había sido más bien
rarito desde Navidad.
-Me pregunto porque peleáis esta vez- dijo cansada Deméter
-Seguro es culpa suya- dijo Zeus con un dedo acusatorio
Poseidón como el hombre o Dios maduro que es le saco la lengua
Habíamos sufrido brutales tormentas
de nieve, inundaciones e incendios provocados por rayos.
No me habría sorprendido que fuese un huracán.
Nadie más pareció reparar en ello. Algunos chicos
apedreaban palomas con trocitos de cookies. Nancy
Bobofit intentaba robar algo del monedero de una mujer
-Antes de que digáis nada no es hija mía
La mayoría( por no decir todos) de los hijos de Hermes suspiraron aliviados.
y, evidentemente, la señora Dodds hacía la vista gorda.
Grover y yo estábamos sentados en el borde de una
fuente, alejados de los demás. Pensábamos que así no
todo el mundo sabría que pertenecíamos a aquella
escuela: la escuela de los pringados y los raritos que no
encajaban en ningún otro sitio.
Los dioses miraron mal al hijo de Poseidón sus hijos iban a esas escuelas.
— ¿Castigado? -me preguntó Grover.— Qué va. Brunner no me castiga. Pero me gustaría
que aflojara de vez en cuando. Quiero decir… no soy
ningún genio.
Grover guardó silencio. Entonces, cuando pensé que
iba a soltarme algún reconfortante comentario filosófico,
me preguntó: — ¿Puedo comerme tu manzana?
-Enserio Grover- le pregunto Apolo que estaba en el suelo a causa de la risa. Grover estaba tan rojo que podría competir con el pelo de RED( os recuerdo que así llaman a Rachel)
Tampoco tenía demasiado apetito, así que se la di.
Observé la corriente de taxis que bajaban por la
Quinta Avenida y pensé en el apartamento de mi madre, a
sólo unas calles de allí.
No la veía desde Navidad. Me entraron ganas de subir
a un taxi que me llevara a casa. Me abrazaría y se
alegraría de verme,
-Eres muy fiel a tu madre- dijo alegre Hestia. Consiguiendo que Percy se pusiera rojo pero consiguiendo también sacarle una sonrisa.
pero también se sentiría decepcionada y me miraría de aquella manera .
Me devolvería directamente a Yancy, me recordaría que tenía
que esforzarme más, aunque aquélla era mi sexta escuela
en seis años y probablemente fueran a expulsarme otra
vez. Era incapaz de volver a soportar esa mirada.
El señor Brunner aparcó su vehículo al final de la
rampa para paralíticos. Masticaba apio mientras leía una
novela en rústica. En la parte trasera de la silla tenía
encajada una sombrilla roja, lo que la hacía parecer una
mesita de terraza motorizada.
-Oye esa es una muy buena idea- contestó Leo emocionado y haciendo planos para su nuevo invento
Me disponía a abrir mi sándwich cuando Nancy
Bobofit apareció con sus desagradables amigas -supongo
que se habría cansado de desplumar a los turistas-, y tiró
la mitad de su almuerzo a medio comer sobre el regazo de
Grover.—
Los amigos del mencionado gruñeron y maldijeron por lo bajo. Mientras su amiga rubia y la lugarteniente de Artemisa planeaban hacerle una visita amigable (nótese el sarcasmo) a esa mortal
Vaya, mira quién está aquí. -Me sonrió con los
dientes torcidos. Tenía pecas naranja, como si alguien le
hubiera pintado las mejillas con cheetos líquidos.
-Toda una belleza- ironizó Afrodita- esa mortal va a tener una vida amorosa de pena por haberse metido con mi sobrino.
Intenté mantener la calma. El consejero de la escuela
me había dicho un millón de veces: «Cuenta hasta diez,
controla tu mal genio.» Pero yo estaba tan cabreado que
me quedé en blanco. Y a continuación oí un revuelo y
estrépito de agua. No recuerdo haberla tocado, pero lo
siguiente que vi fue a Nancy sentada de culo en medio de
la fuente, gritando:
-Poderes de pescado ¡guay!- grito Leo
Los hijos de Poseidón y él( me refiero a Poseidón no a Leo es imposible que alguien se mire mal a si mismo) lo miraron mal.
— ¡Percy me ha empujado! ¡Ha sido él!
La señora Dodds se materializó a nuestro lado.
Al escuchar esto la mayoría de los semidioses empezaron a pensar que esa maestra era un monstruo
Algunos chicos cuchicheaban: — ¿Has visto…? — … el agua…
— …la ha arrastrado…
No sabía de qué hablaban, pero sí sabía que había
vuelto a meterme en problemas.
En cuanto la profesora se aseguró de que la pobrecita
-Pobrecita ¿en serio?- pregunto atónita Annabeth
-No se de donde ha salido eso-contesto
Nancy estaba bien y le hubo prometido una camiseta
nueva en la tienda del museo, se centró en mí. Había un
resplandor triunfal en sus ojos, como si por fin yo hubiese
hecho algo que ella llevaba esperando todo el semestre.
-Seguramente
— Y ahora, cariño…
— Lo sé -musité-. Un mes borrando libros de
ejercicios.
-No Percy, primera norma nunca se adivina el castigo-se escandalizo Hermes
-Pero no acerté. — Ven conmigo -ordenó la mujer. — ¡Espere! -intervino Grover-. He sido yo. Yo la he
empujado. Me quedé mirándolo, perplejo. No podía creer que
intentara encubrirme. A Grover la señora Dodds le daba un
miedo de muerte. Ella lo miró con tanto desdén que a
Grover le tembló la barbilla. — Me parece que no, señor Underwood -replicó. — Pero…
— Usted-se-queda-aquí.
Grover me miró con desesperación. — No te preocupes -le dije-. Gracias por intentarlo. — Bien, cariño -ladró la profesora-. ¡En marcha!
Nancy Bobofit dejó escapar una risita.
-Se acabo esta es la gota que colmo el vaso cuando terminemos de leer el libro voy a hacerle una visita a esa mortal-dijo su amiga rubia, dejando sorprendidos a varios dioses por el hecho de que los hijos de los mayores enemigos que pueda existir en el Olimpo se lleven tan bien
Yo le lancé mi mirada de luego-te-asesino
Los semidioses del futuro se estremecieron
y me volví dispuesto a enfrentarme a aquella bruja, pero ya no estaba
allí. Se hallaba en la entrada del museo, en lo alto de la
escalinata, dándome prisas con gestos de impaciencia.
¿Cómo había llegado allí tan rápido?
Suelo tener momentos como ése, cuando mi cerebro
parece quedarse dormido, y lo siguiente que ocurre es que
me he perdido algo, como si una pieza de puzzle se
hubiera caído del universo y me dejara mirando el vacío
detrás. El consejero del colegio me dijo que era una
consecuencia del THDA, Trastorno Hiperactivo del Déficit
de Atención: mi cerebro malinterpretando las cosas.
-Dudo mucho qué sea eso- dijo Annabeth
Yo no estaba tan seguro.
-Lo veis hasta él lo admite
Me dirigí hacia la señora Dodds.
A mitad de camino me volví para mirar a Grover.
Estaba pálido, dejándose los ojos entre el señor Brunner y
yo, como si quisiera que éste reparara en lo que estaba
sucediendo, pero Brunner seguía absorto en su novela.
¡Quirón! se quejo toda la sala
-Era un libro bastante bueno- mascullo
Ella permanecía de brazos cruzados frente a un
enorme friso de mármol de los dioses griegos. Miré de nuevo hacia arriba. La muy bruja había vuelto
a desaparecer. Ya estaba dentro del edificio, al final del
vestíbulo. «Vale -pensé-. Me obligará a comprarle a Nancy
una camiseta nueva en la tienda de regalos.» Pero al
parecer no era ése el plan.
Nos adentramos en el museo. Cuando por fin la
alcancé, estábamos de nuevo en la sección grecorromana.
Salvo nosotros, la galería estaba desierta.
Hacía un
ruido muy raro con la garganta, como si gruñera. Pero
incluso sin ese ruido yo habría estado nervioso. Ya es
bastante malo quedarse a solas con un profesor,
Los hijos de Hermes asintieron, siendo tan problemáticos les sucedía muy a menudo.
no digamos con la señora Dodds. Había algo en la manera en
que miraba el friso, como si quisiera pulverizarlo…
— Has estado dándonos problemas, cariño -dijo.
Opté por la opción segura
-Desde cuando haces lo seguro sesos de alga
-Desde que tú eres una sabionda- le espeto
Annabeth sacando su lado más maduro le saco la lengua
y respondí: — Sí, señora.
Se estiró los puños de la cazadora de cuero. — ¿Creías realmente que te saldrías con la tuya? -Su
mirada iba más allá del enfado. Era perversa.
«Es una profesora -pensé nervioso-, así que no puede
hacerme daño.» — Me… me esforzaré más, señora -dije.
Un trueno sacudió el edificio.
-Que dramatico eres hermano- le dijo infantilmente Hades
— No somos idiotas, Percy Jackson -prosiguió ella-.
Descubrirte sólo era cuestión de tiempo. Confiesa, y
sufrirás menos dolor.
¿De qué hablaba? Quizá los profesores habían encontrado el alijo ilegal de caramelos que vendía en mi
dormitorio. O quizá se habían dado cuenta de que había
sacado la redacción sobre Tom Sawyer de internet sin
leerme siquiera el libro y ahora iban a quitarme la nota. O
peor aún, me harían leer el libro.
-Ni creas que te has salvado sesos de alga cuando volvamos te vas a leer ese libro-le dijo firmemente Annabeth- aunque pongas esa cara no vas a salvarte- añadio al ver el puchero de Percy, aunque tuviera unas ganas enormes de abrazarlo
— ¿Y bien? -insistió. — Señora, yo no…
— Se te ha acabado el tiempo -siseó entre dientes.
Entonces ocurrió la cosa más rara del mundo: los ojos
empezaron a brillarle como carbones en una barbacoa, se
le alargaron los dedos y se transformaron en garras, su
cazadora se derritió hasta convertirse en enormes alas
coriáceas… Me quedé estupefacto. Aquella mujer no era
humana. Era una criatura horripilante con alas de
murciélago, zarpas y la boca llena de colmillos
amarillentos, y quería hacerme trizas…
-Hades mandaste a una furia para matar a mi hijo-le reclamo furioso Poseidón.
-Aún no he hecho nada-contesto un poco atemorizado pero lo disimulaba muy bien. Ese comentario pareció calmar un poco a Poseidón
Y de pronto las cosas se tornaron aún más extrañas:
el señor Brunner, que un minuto antes estaba fuera del
museo, apareció en la galería y me lanzó un bolígrafo. — ¡Agárralo, Percy! -gritó.
La señora Dodds se abalanzó sobre mí.
Con un gemido, la esquivé y sentí sus garras rasgar el
aire junto a mi oreja. Atrapé el bolígrafo al vuelo y en ese
momento se convirtió en una espada. Era la espada de
bronce del señor Brunner, la que usaba el día de las
competiciones.
La señora Dodds se volvió hacia mí con una mirada
asesina.
Mis rodillas parecían de gelatina y las manos me temblaban tanto que casi se me cae la espada. — ¡Muere, cariño! -rugió, y voló directamente hacia
mí.
Me invadió el pánico e instintivamente blandí la
espada.
Ahora Ares empezó a mostrar más interés hace mucho que no nacía un guerrero natural.
La hoja de metal le dio en el hombro y atravesó su
cuerpo como si estuviera relleno de aire. ¡Chsss! La
señora Dodds explotó en una nube de polvo amarillo y se
volatilizó en el acto, sin dejar nada aparte de un intenso
olor a azufre, un alarido moribundo y un frío malvado
alrededor, como si sus ojos encendidos siguieran
observándome.
La sala estallo en vitoreos los romanos comprobaron una vez más que su pretor era el mejor.
Estaba solo. Y en mi mano sólo tenía un bolígrafo.
El señor Brunner había desaparecido. No había nadie
excepto yo. Aún me temblaban las manos. Mi almuerzo
debía de estar contaminado con hongos alucinógenos o
algo así.
¿Me lo había imaginado todo?
Regresé fuera.
Había empezado a lloviznar.
Grover seguía sentado junto a la fuente, con un mapa
del museo extendido sobre su cabeza. Nancy Bobofit
también estaba allí, aún empapada por su bañito en la
fuente, cuchicheando con sus compinches. Cuando me vio,
me dijo: — Espero que la señora Kerr te haya dado unos
buenos azotes en el culo.
-¿Quien?- pregunto Leo
— ¿Quién? -pregunté.
-!No¡ pienso como Percy- dijo Leo dramaticamente
— Nuestra profesora, lumbrera.
Parpadeé. No teníamos ninguna profesora que se llamara así. Le dije de qué estaba hablando, pero ella se
limitó a poner los ojos en blanco y darse la vuelta. Le
pregunté a Grover por la señora Dodds. — ¿Quién? -preguntó, y como vaciló un instante y no
me miró a los ojos, pensé que pretendía tomarme el pelo.
-Muy mal Grover chicos cuando el libro termine le enseñareis a mentir- dijo Hermes dirigiéndose a sus hijos los cuales asintieron
— No es gracioso, tío -le dije-. Esto es grave.
Resonaron truenos sobre nuestras cabezas.
El señor Brunner seguía sentado bajo su sombrilla
roja, leyendo su libro, como si no se hubiera movido. Me
acerqué a él. Levantó la mirada, algo distraído. — Ah, mi bolígrafo. Le agradecería, señor Jackson,
que en el futuro trajera su propio utensilio de escritura.
-Muy bien Quirón así se miente- le felicito Hermes
Se lo tendí. Ni siquiera había reparado en que seguía
sosteniéndolo. — Señor -dije-, ¿dónde está la señora Dodds?
El me miró con aire inexpresivo. — ¿Quién? — La otra acompañante. La señora Dodds, la
profesora de introducción al álgebra.
Frunció el entrecejo y se inclinó hacia delante, con
gesto de ligera preocupación. — Percy, no hay ninguna señora Dodds en esta
excursión. Que yo sepa, jamás ha habido ninguna señora
Dodds en la academia Yancy. ¿Te encuentras bien?
-¿Bien quien lee ahora?- pregunto Atenea
-Yo -dijo Apolo chasqueando los dedos y haciendo aparecer el libro- el próximo capitulo se llama...
Pero fue interrumpido por la misma luz del principio, al ver a quien había traído las Moiras Annabeth y Percy se quedaron boquiabiertos eran...
