Escucho su voz hablarme. Su maldita voz que me hace suspirar.

Sé que no soy nadie. A este punto solo soy una protegida que él cuida y deja vivir bajo el techo de su casa, pero de ahí en adelante, jamás podré hacer que me vea de la forma que yo quiero que me note. Pero, a decir verdad, nunca había tenido esta clase de conflictos internos. Incluso antes de que mi madre muriera, nunca le había visto de esta forma. En aquel momento tenía catorce años. ¡Era una niña! Y desde entonces han pasado cuatro años y cada vez que veo al espejo, veo a aquella chiquilla que llego por primera vez a la casa de este hombre.

¿Cómo me sentía? Tenía mucho miedo. Miedo de no ser querida, de ser lastimada o hasta abandonada cuando se dieran cuenta de que no valía la pena. Solía llorar casi todas las noches después de todo un día de fingir mi sonrisa. Vaya que era buena escondiendo mi tristeza con los demás. Pero él sabía lo que me estaba pasando. Aun cuando yo trataba de negar lo que me sucedía, él me daba mi espacio y me dejaba pequeños regalos cada que podía. Al principio me enojaba porque creía que las chicas solo buscábamos tener cosas materiales. Hasta le llegue a gritar a Jaken, pero todo era distinto. Jaken me confeso que el señor Sesshomaru lo hacia porque él no sabía como apoyarme realmente y que la única forma en que podía hacerlo era dándome regalos dignos de mi.

Bajo a la biblioteca y le encuentro sentado a lado de la ventana. Le veo de reojo y me siento frente a él con una sonrisa en mi rostro. Las mariposas en mi estomago se emocionaban cuando estaba cercas de él.

-Rin. Me ha llegado una carta de la escuela. ¿Sabes que contiene?-Me pregunta sin rodeos y me muestra la carta, ya abierta, en su mano izquierda.

-Supongo.- Respondo en voz baja.

-¿Me harías el favor de decirme de que se trata o quieres que te diga?

-Paso algo hoy. Algo muy bizarro-confieso y mi cara se mancha de rojo- me pelee con una chica. Pero antes de que usted diga algo, no fue por alguna cosa infantil. La chica había estado molestándome por casi una semana. Había hablando de esto con una maestra, pero no hizo nada. Solo dijo "la situación se acabara pronto" y le creí. Eso fue ayer, pero hoy me tomo de la espalda y jalo mi coleta. Me regrese y le pegue en la mejilla y se me vino encima. ¿Qué iba a hacer? No podía dejar que siguiera creyéndose mejor que yo. Nadie debe hacer sentir menos a los demás y yo no me dejaré jamás. Así que, si usted me va a castigar, ahora lo sabe y espero que no sea cruel. ¿De acuerdo?- Mi cara esta roja el enojo al acordarme de todo lo sucedido. Le miro directamente y espero su respuesta con un poco de miedo.

-Hn.-Su respuesta es vaga. Me acomodo en mi lugar y tomo un poco de aire.

-Entonces...-

-Entonces eso significa que ganaste.-

Mi corazón se acelera al escuchar su respuesta. Había pensado mil y una maneras en las que me podría castigar por algo así, pero todo había resultado de otra forma diferente.

Una gran sonrisa se forma en mi cara y le miro con atención. No estaba enojado, lo estaba disfrutando.