Los personajes pertenecen a J.K Rowling. Yo solo juego con ellos.
Disfruten.
Luego de terminar de leer, Petunia volvió a la mesa de Gryffindor y se sentó entre su marido y su hijo.
Y aunque se veía satisfecha de sí misma, mantuvo el ceño fruncido por varios minutos pensando en lo que había acontecido durante el capítulo pasado, hasta que el profesor Dumbledore, con su característica voz, la sacó de ese estado.
—Muy bien— habló, sonriendo—. Otro capítulo que ha concluido y, por lo tanto, deberíamos leer el próximo episodio, ¿alguien quiere hacerlo?
—Yo lo haré, profesor Dumbledore— se ofreció Sprout.
Dumbledore asintió al tiempo que la profesora tomaba el libro que le pasaba el director y se disponía a leer.
—El autobús noctámbulo
Harry gimió, acaparando la atención del comedor. Él recordaba a la perfección aquel viaje y lo que sintió mientras iba en ese autobús. No sería agradable volver a escuchar esa sensación, pero se tenía que leer para que su padrino fuese puesto en libertad después de tantos años encarcelado injustamente.
Luego de esa reacción, suspiró y sacudió su cabeza; entonces, se acordó de que en este capítulo él se enteraría por primera vez de lo que supuestamente había hecho Sirius. Sin querer, hizo una mueca. Esto no sería fácil para su padrino, de eso estaba seguro.
—Harry, ¿te sucede algo? — le preguntó Ginny, tomándole la mano y sacándolo de sus pensamientos.
—Es solo que ese viaje no me gustó para nada— reconoció Harry, suspirando.
—Es que a quién le gusta viajar en ese autobús—comentó Ron, ladeando un poco la cabeza—. Francamente, subirse a él da un poco de miedo.
Hermione y Luna asintieron con la cabeza, de acuerdo con las palabras de Ron.
—Exacto— se estremeció Neville, recordando la única vez que se subió a él por culpa de su abuela.
—Sin embargo, eso no es lo único que me preocupa— susurró Harry muy bajo y solo para que Ron, Hermione, Neville, Luna y Ginny pudiesen escucharlo.
Los cinco se miraron mutuamente antes de volverse en dirección de él, estupefactos.
—Sirius— murmuró Harry, haciéndole un gesto a su padrino para que se acercase más a él.
Sirius lo miró perplejo antes de prestarle toda la atención a su ahijado. Ron, Hermione, Neville, Luna y Ginny, instantáneamente, se volvieron a mirar; mientras que Remus, Tonks, Arthur, Molly, Billy, Charlie, Fred y George agudizaban el oído para escuchar lo que Harry le diría a Sirius.
—¿Pasa algo, Harry? — le preguntó Sirius, mirándolo confundido.
—En este capítulo será la primera vez que oiré hablar de lo que aparentemente hiciste.
—¡Diablos! — gruñó Sirius, mientras Remus suspiraba resignado.
—Prepárate, porque estoy seguro que Umbrigde dirá o hará algo en tu contra— meditó Harry, apretando los puños.
Sirius siseó y contempló enojado a Umbrigde. No obstante, de momento, nada podía hacer porque no sabía cómo ella reaccionaría cuando se leyese la parte de la que hablaba Harry, lo cual era un fastidio para él debido a que hace tiempo estaba deseando darle un buen susto a esa profesora. Sin embargo, Sirius dejaría que la lectura y sus reacciones les dijese qué debía hacer con ella.
Mientras eso sucedía, Remus, Tonks, Arthur y Molly fruncían el ceño. Si esa señora decía cualquier cosa, algo le sucedería, no obstante, no podían saber qué podría ser.
Los demás, en tanto, intentaban escuchar lo que estaba conversando Harry con sus más cercanos; pero como siempre ocurría, no podían oír nada. Les fastidiaba ese hecho, sin embargo, lo dejaron pasar porque sabían que nunca lo sabrían. Suspiraron y aguardaron que la lectura comenzase.
Esta empezó cuando Harry le hizo un gesto a la profesora Sprout para que diera por iniciado el capítulo.
Después de alejarse varias calles, se dejó caer sobre un muro bajo de la calle Magnolia, jadeando a causa del esfuerzo.
—Cualquiera se hubiese encontrado en ese estado— comentó Neville, dando un pequeño suspiro.
Varios asintieron con la cabeza antes de que Sprout volviese a leer.
Se quedó sentado, inmóvil, todavía furioso, escuchando los latidos acelerados del corazón.
Harry suspiró y sacudió la cabeza. Esa sensación no era para nada agradable.
Pero después de estar diez minutos solo en la oscura calle, le sobrecogió una nueva emoción: el pánico.
— ¿Por qué? — quiso saber Seamus, mirándolo confundido.
—Después de todo lo que pasó en el capítulo anterior y todavía preguntas por qué Harry siente pánico—le contestó Tonks aturdida y antes de que el propio Harry pudiese responder.
Seamus, en respuesta, se encogió de hombros; mientras los demás disimulaban su risa. Vernon, en tanto, se torna rojo de ira y apretaba los puños, aún se sentía fastidiado por lo que había ocurrido en el capítulo anterior.
De cualquier manera que lo mirara, nunca se había encontrado en peor apuro.
Hasta ese momento Se corrigió Harry, pensando en todo lo que había pasado al año siguiente. Sin querer, tragó un poco de saliva. No sería agradable nada de lo que aconteció en aquel libro, de eso no tenía dudas.
Los demás, en tanto, rodaban los ojos.
Estaba abandonado a su suerte y totalmente solo en el sombrío mundo muggle, sin ningún lugar al que ir.
—No me gustaría sentirme así— reconoció Susan, estremeciéndose ligeramente.
—A nadie le gustaría sentirse así— la contradijo Sirius, mirando oscuramente al libro y recordando todas esas sensaciones que sintió cuando estuvo recluido en Azkaban.
Se parecía bastante a lo que Harry describía; abandonado, solo, sin nadie con quien hablar y encerrado en un lugar sombrío sin poder salir de allí. Sin querer, un escalofrío se extendió por su espina dorsal al pensar todo lo que pasó y lo que tuvo que hacer para poder salir de Azkaban. Y, realmente, no le gustaba que su ahijado describiese este tipo de sensaciones.
—Sirius, ¿te pasa algo? — le preguntó Harry confundido.
—Nada Harry— le aseguró Sirius, esbozando una sonrisa—. Sólo hay que seguir escuchando este capítulo, ¿no?
Harry asintió, mientras que Remus negaba con la cabeza. Él estaba seguro que algo había pensando su amigo que lo dejó mal, no lo dudaba por la reacción que tuvo. Entonces, suspiró y se sobó la sien, Sirius lo pasaría pésimo en este libro. Sin embargo, por el momento, debía seguir escuchando la lectura y pensar que todo, al final, valdría la pena.
Y lo peor de todo era que acababa de utilizar la magia de forma seria, lo que implicaba, con toda seguridad, que sería expulsado de Hogwarts.
—Lo ameritaba, no lo dudo— declaró Fudge, tosiendo.
—¿Qué está diciendo? —gritó Sirius, antes de que nadie pudiese emitir algún comentario.
—Me deja terminar, señor Black— gruñó Fudge, estrechando los ojos.
Sirius asintió, mientras que Ron, Hermione, Ginny, Neville y Luna miraban al ministro enojados. Y así como ellos, también Remus, Tonks, los señores Weasley, Fred, George, Charlie y Billy se sentían enfadados con lo que había dicho Fudge.
—Hable de una vez, ministro— siseó Harry, cruzándose de brazos—. No tenemos todo el día.
—Ya lo sé— Fudge suspiró, mientras que Umbridge sonreía ampliamente—. Decía que ameritaba la expulsión porque infló a su tía.
—Pero fue magia accidental— protestó Ginny, fuera de sí.
—Si me dejase terminar, señorita Weasley, se lo agradecería— murmuró Fudge. Ella asintió—. En cualquier circunstancia, lo que hizo Harry Potter infringe las normas del Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad, por lo que, sin dudas, y teniendo en cuenta que no sabíamos lo que había sucedido en realidad, él hubiese sido expulsado. Pero…
—Pero pensaron que mi padrino quería matarme— lo interrumpió Harry—, por lo tanto, no podían expulsarme porque o sino correrían el riesgo de que yo muriese a manos de él y que alguien tomase represalias en su contra, ¿no, señor Ministro?
—Exacto, pero…
—Y no lo niega— siseó Harry, mientras Sirius apretaba los puños—. Ven todos, ven cómo actúa Fudge para salvar su pellejo y quedar bien con todos sin medir las consecuencias.
—Acaso querías ser expulsado, Potter— gruñó Fudge, parándose de su asiento.
El comedor se hallaba en absoluto silencio. Nadie se movía ni decía nada, todos se encontraban anonadados viendo la escena y aguardando lo que Harry Potter dijese.
—Absolutamente no, ministro— Harry estrechó los ojos
—Entonces, ¿para qué dices eso? — le preguntó Fudge, perplejo.
—A lo que iba es que su gestión es pésima.
—¡Cómo te atreves! — profirió el ministro golpeando la mesa.
—Me atrevo porque usted no fue ni es capaz nunca de enviar a alguien a verificar qué cosa pasó realmente, ¿o no recuerda lo que aconteció en mi segundo año?
—Claro que lo recuerdo— le contradijo Fudge, secándose con un pañuelo la frente.
—Y si lo recuerda, ¿por qué no envió a alguien a averiguar qué es lo que había sucedió en mi segundo año o en el tercero, en el cual usted envió a desinflar a tía Marge sin interrogar a mis tíos? — le preguntó Harry, mirando a Petunia y Vernon para que confirmasen su intuición. Para sorpresa de él, tanto su tía como su tío asintieron con la cabeza.
Fudge, gruñendo, se apresuró a decir:
—Porque así no opera ese Departamento. Nosotros detectamos la magia y enviamos notificaciones a los magos para recordarles lo que no pueden hacer estando enfrente de muggles.
— ¿Sin averiguar por qué hubo magia accidental? — Harry se cruzó de brazos y sonrió ampliamente—. Francamente, señor ministro, son esas cosas, el no investigar, el llegar y enjuiciar a las personas sin conocer las cosas, le podría generar problemas y muchos.
—¿ Cuáles?
—Enviar a un inocente a Azkaban, por ejemplo.
—Ya dije que no dependía de mí que ocurran esas cosas. Es responsabilidad de la autoridad a cargo del Departamento. Además, siempre hay testigos que corroboran las versiones.
—Testigos idiotas— dijo Harry—Pero eso no importa porque usted es el rostro visible de la comunidad mágica, usted debe rendir las cuentas y usted tiene el poder del ministerio, ¿no?
Cornelius Fudge tragó saliva, nervioso. Si realmente Sirius Black era inocente de lo que se le acusaba, su credibilidad estaría por el suelo. Además, lo acusarían a él de no haber interrogado a los testigos en un juicio. Y en eso, le daba la razón a Harry Potter.
Sirius, Remus, Hermione, Ron, Tonks y el resto de los Weasley, en tanto, sonreían ampliamente.
—Podemos continuar la lectura, por favor— rogó el ministro.
La profesora Sprout asintió y volvió a leer con un comedor atónito por todo lo que había sucedido entre Harry y el ministro. Y mientras uno sudaba, el otro sonreía satisfecho de sí mismo.
Había infringido tan gravemente el Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad que estaba sorprendido de que los representantes del Ministerio de Magia no se hubieran presentado ya para llevárselo.
Fudge entrecerró los ojos, pero no dijo nada. Harry, en tanto, negaba con la cabeza por haber pensado tal estupidez en aquel entonces, aunque sabía que en ese momento no tenía idea lo incompetente que podía ser el Ministerio de Magia.
Le dio un escalofrío. Miró a ambos lados de la calle Magnolia. ¿Qué le sucedería? ¿Lo detendrían o lo expulsarían del mundo mágico?
—Ninguna de las dos, pero la primera podría ser, ya que me sentí como si estuviesen deteniendo de mi intento de fuga— se rió Harry entre dientes.
Varios miraron con incredulidad a Harry; mientras el resto reía de lo que había dicho.
Pensó en Ron y Hermione, y aún se entristeció más.
—Gracias por pensar en nosotros, Harry— sonrió Hermione.
—Pero creemos que las líneas que vendrán serán pesimistas, ¿no es así? — acotó Ron, suspirando.
Harry asintió, mientras los demás esperaban a que la profesora Sprout siguiese leyendo.
Harry estaba seguro de que, delincuente o no,
—No eres ningún delincuente, Harry—gimió Sirius—. Y nunca lo serás.
Varios asintieron con la cabeza, mientras los restantes rodaban los ojos. Era imposible que Harry Potter se viese como un delincuente cuando nunca lo será.
Harry, en tanto, se preguntó qué diría su padrino cuando se leyese que se comparó con él. Y algo le decía que no sería feliz con eso. Suspiró y esperó a que la lectura continuase.
Ron y Hermione querrían ayudarlo,
—Sin dudarlo— respondieron los dos, esbozando una sonrisa.
Harry sonrió, mientras que Sirius y Remus miraban radiantes a los tres amigos. Los dos estaban seguros que James y Lily se pondrían felices si vieran los buenos amigos que tenía su hijo. Ese pensamiento los hizo dichosos por algunos minutos antes de que la voz de Sprout los sacase de ese estado.
pero ambos estaban en el extranjero, y como Hedwig se había ido, no tenía forma de comunicarse con ellos.
Sirius suspiró antes de seguir escuchando la lectura.
Tampoco tenía dinero muggle.
—Mala suerte— comentó Susan, negando con la cabeza.
Muchos asintieron de acuerdo con las palabras de ella.
Le quedaba algo de oro mágico en el monedero, en el fondo del baúl, pero el resto de la fortuna que le habían dejado sus padres estaba en una cámara acorazada del banco mágico Gringotts, en Londres.
Vernon miró intrigado esa línea. La palabra fortuna se repitió miles de veces por la cabeza antes de que sintiese que alguien le removía el brazo: Su esposa lo miraba fijamente, frunciendo el ceño. Él arrugó la frente en respuesta y siguió prestando atención a la persona que leía.
Nunca podría llevar el baúl a rastras hasta Londres. A menos que...
Todos se volvieron en dirección de Harry, mirándolo confundidos y curiosos. Él, en respuesta, rodó los ojos y apuntó hacia el libro sin dar explicaciones.
La profesora Sprout supo que debía seguir leyendo.
Miró la varita mágica, que todavía tenía en la mano.
El comedor gimió, ¿Esto era verdad?, ¿podría ser cierto?
—No me digas que hiciste magia— dijo Ron, mirándolo sorprendido y provocando que todos se girasen en su dirección
—No hice magia, fueron solo pensamientos tontos y estúpidos— Harry sonrió.
—¡Esplendido, compañero! — Ron chocó las manos con Harry, sonriendo ampliamente.
—¡Oh, vamos! —rodaron los ojos Hermione, Ginny, Luna y Neville.
—Son idiotas o qué— le preguntó Seamus, perplejo.
Harry y Ron se encogieron de hombros, mientras que Sirius y Remus miraban con cierta nostalgia la escena. Era muy parecida a lo que ellos, junto con James, hubiesen hecho.
Los demás se veían tan anonadados que solo atinaron a pedirle a la profesora Sprout que siguiese leyendo.
Si ya lo habían expulsado (el corazón le latía con dolorosa rapidez), un poco más de magia no empeoraría las cosas.
— ¡Harry! — gimió Ginny, ladeando la cabeza—. Eres un bruto.
Harry le sonrió con timidez, mientras los demás rodaban los ojos, impresionados.
Tenía la capa invisible que había heredado de su padre.
— ¿Qué pensabas hacer? — le preguntó Sirius, riendo.
—Algo estúpido, pero "casi digno" de un merodeador— respondió Harry, avergonzado.
— ¿Cómo es eso que algo "casi digno"? —le interrogó Remus, levantando una ceja.
Harry apuntó al libro, haciéndole saber que pronto lo averiguaría. Remus asintió, mientras que Sirius disimulaba su risa.
¿Qué pasaría si hechizaba el baúl para hacerlo ligero como una pluma, lo ataba a la escoba, se cubría con la capa y se iba a Londres volando?
Hubo cinco minutos de absoluto silencio. Nadie se movía ni decía nada, lo que había planeado hacer Harry los dejó impresionados, tanto que las mandíbulas se les desencajaron. No obstante, una risa sofocante hizo que el comedor diese un brinco.
—¡Caramba! — exclamó Sirius, a través de su risa.
—¡Vaya! — profirió Remus, sobándose el estómago para dejar de reír.
—No se burlen— pidió Harry, ruborizado.
—Tienen derecho a burlarse, Harry, porque ese plan era una completa estupidez— dijo Hermione, esbozando una sonrisa.
—Compañero, los tres tienen razón. Lo siento— añadió Ron, palmeándole el hombro y riendo.
Harry gimió, mientras Ginny le tomaba la mano y le daba un pequeño beso en los labios.
Los demás, reían a carcajeadas.
—Harry, Harry, Harry— Fred ladeó la cabeza de lado a lado—. Tienes tanto que aprender.
—Eres un polluelo— acotó George, carcajeando.
Harry volvió a gemir.
—Un polluelo parecido a James Potter, sin dudas— sonrió Sirius—, ¿te acuerdas Lunático?
—¡Cómo olvidarlo! — comentó Remus—. Él casi siempre daba una idea estúpida cuando hacíamos bromas, sin embargo, a veces sus planes eran brillantes.
—Eso es cierto— Sirius asintió con la cabeza, mientras Fred y George sonreían ampliamente.
—Pero tú también dabas ideas absurdas, Canuto— rió Remus.
—¡Eh! — se quejó Sirius.
El resto del comedor escuchaba con atención la conversación sostenida por aquellos dos hombres, especialmente Harry.
—No obstante, no importa; porque demostrarse ser un merodeador, Harry— le sonrió Remus. Sirius, aunque se veía ofendido, igual asintió.
Harry miró entre avergonzado y dichoso por lo que le habían dicho Sirius y Remus.
Luego de aquello, la profesora Sprout siguió leyendo.
Podría sacar el resto del dinero de la cámara y comenzar su vida de marginado.
—No me gusta ese pensamiento— dijeron Sirius, Remus, Ron, Hermione y Ginny, frunciendo el ceño enojados. Mientras que Molly, Arthur, Tonks, Fred, George, Billy, Charlie, Neville y Luna miraban oscuramente a los Dursley, quienes tragaron saliva.
La profesora Sprout, al percatarse de esa reacción, decidió seguir leyendo.
Era un horrible panorama, pero no podía quedarse allí sentado o tendría que explicarle a la policía muggle por qué se hallaba allí a las tantas de la noche con una escoba y un baúl lleno de libros de encantamientos.
—Tiene razón— suspiró la señora Weasley, meneando la cabeza.
Varios asintieron de acuerdo con ella, los restantes arrugaron la frente.
Harry volvió a abrir el baúl y lo fue vaciando en busca de la capa para hacerse invisible. Pero antes de que la encontrara se incorporó y volvió a mirar a su alrededor.
Harry y Sirius se miraron mutuamente, antes de esbozar una amplia sonrisa. Los dos se encontraban de buen humor debido a que este sería su primer encuentro; aunque Harry se había asustado y Sirius se sintió pésimo por lo que hizo.
Un extraño cosquilleo en la nuca le provocaba la sensación de que lo estaban vigilando,
Sirius miró al libro con una sonrisa entre radiante y melancólica, mientras recordaba la noche donde había visto a Harry por primera vez luego de doce años encarcelado en Azkaban: En un primer momento, tuvo que adoptar su forma humana para que se pudiese pellizcar en reiteradas ocasiones porque creyó que aquel joven era su hermano, James Potter. Era tanto el parecido que él se dejó caer al suelo y se envolvió fuertemente a sí mismo al tiempo que sollozaba. No se acordaba cuánto tiempo estuvo en esa posición, pero lo único que supo es que no se podía dejar arrastrar por el pasado; por lo tanto, se había vuelto a poner de pie y había vuelto a adoptar su forma canina para seguir de cerca a su ahijado, hasta que oyó un alboroto en la casa de los Dursley.
Él corrió rápidamente, pero al llegar a la esquina, vio a Harry alejarse de aquella casa. Sirius, naturalmente, lo siguió y lo observó mientras su ahijado pensaba y hacía todas esas que se nombraron en el libro, y que jamás le preguntó hasta ahora, que supo qué era lo que había sucedido para que escapase así de casa. Sin ser consciente, volvió a suspirar.
—Pero, ¿quién lo vigilaba? — le oyó decir Sirius a Neville.
Sirius meneó la cabeza para volver a concentrarse. Allí se percató que mientras él recordaba aquel día, el comedor se había quedado en silencio, absolutamente aterrados por esa línea. Sin embargo, también vio a Harry, Ron, Hermione y Remus riendo por lo bajo, y a Albus Dumbledore y Minerva McGonagall entornando los ojos, pero esbozando una sonrisa.
—Yo fui — respondió, entonces, Sirius. Todos se volvieron en su dirección, perplejos— ¡Vamos! — rodó los ojos Sirius—, ya había dicho el capítulo pasado que esa noche estaba rondando la casa de los Dursley, ¿no lo recuerdan?
—¡Oh! — exclamó el comedor, rascándose la nuca por su estupidez.
Sirius sonrió satisfecho, mientras que Vernon se tornaba rojo de ira.
—Sigamos leyendo, por favor— pidió Harry, suspirando.
La profesora Sprout, de inmediato, volvió a leer.
pero la calle parecía desierta y no brillaba luz en ninguna casa. Volvió a inclinarse sobre el baúl y casi inmediatamente se incorporó de nuevo, todavía con la varita en la mano.
—Parece que sí te hice pasar un mal rato, Harry. Lo siento— se disculpó Sirius, ladeando la cabeza.
—No importa— le aseguró Harry, antes de hacerle un gesto a la profesora para que continuase leyendo.
Sirius sonrió al tiempo que la profesora Sprout volvía a leer.
Más que oírlo, lo intuyó: había alguien detrás de él, en el estrecho hueco que se abría entre el garaje y la valla.
—Escondido como un vil delincuente, como un reo— gruñó Umbridge, cruzada de brazos—. Deberías volver a su prisión en Azkaban.
—Cállese la boca, señora—sisearon Harry, Ron y Hermione.
—No sabe ni lo que dice— añadió Harry, entre dientes.
Dolores Umbridge se quedó pasmada ante el arrebato de los tres Gryffindor, pero rápidamente se compuso y cuando se estaba levantando para castigarlos, la profesora Sprout volvió a leer, dejando a la profesora de DCAO impávida.
Harry entornó los ojos mientras miraba el oscuro callejón. Si se moviera, sabría si se trataba de un simple gato callejero o de otra cosa.
Sirius, Remus, Harry, Ron y Hermione rieron entre dientes, mientras los demás miraban reprobatoriamente a Harry por haber comparado a su padrino con un simple gato.
—¡Lumos! —susurró Harry.
—Igual hizo magia, señor Potter— susurró Fudge, suspirando.
Harry se encogió de hombros, mientras los demás rodaban los ojos.
Una luz apareció en el extremo de la varita, casi deslumbrándole. La mantuvo en alto, por encima de la cabeza, y las paredes del nº 2, recubiertas de guijarros, brillaron de repente.
A Dudley le centellearon los ojos al imaginarse las paredes brillando.
La puerta del garaje se iluminó y Harry vio allí, nítidamente, la silueta descomunal de algo que tenía ojos grandes y brillantes.
—¿Ojos grandes y brillantes? — preguntó Neville perplejo.
—El señor Black no tiene los ojos ni grandes ni brillantes— acotó Luna con su voz de ensueño.
—Ya sabrán qué pasa— dijo Sirius, sonriéndole a ambos y pidiéndole a la profesora que continuase leyendo.
Ella asintió, mientras que muchos miraban anonadados a Sirius Black.
Se echó hacia atrás. Tropezó con el baúl. Alargó el brazo para impedir la caída, la varita salió despedida de la mano y él aterrizó junto al bordillo de la acera.
—¡Auch! — exclamó la mitad del comedor, sorprendido. La otra mitad abrió sus ojos, impresionados antes de reaccionar y ponerse a reír disimuladamente.
Harry se avergonzó un poco, pero aún así dijo;
—No fue divertido.
—Y fue, en parte, mi culpa— añadió Sirius, suspirando.
—En parte sí— reconoció Harry, antes de pedirle a la profesora Sprout que volviese a leer. Ella lo hizo sin demoras.
Sonó un estruendo y Harry se tapó los ojos con las manos, para protegerlos de una repentina luz cegadora...
—¡Eh, qué! — preguntó Remus preocupado.
—El autobús noctámbulo—respondió Harry, suspirando y pidiéndole a la profesora Sprout que siguiese leyendo antes de que alguien más pudiese decir algo.
Ella captó el mensaje y enseguida continúo leyendo.
Dando un grito, se apartó rodando de la calzada justo a tiempo.
Ginny gruñó por lo bajo antes de que la lectura continuase.
Un segundo más tarde, un vehículo de ruedas enormes y grandes faros delanteros frenó con un chirrido exactamente en el lugar en que había caído Harry.
—Por tener buenos reflejos te salvaste de un atropello— tartamudeó Sirius.
Harry se encogió de hombros con indiferencia, mientras la gran mayoría miraba a Harry preocupados.
La profesora Sprout, viendo aquello, optó por continuar leyendo.
Era un autobús de dos plantas, pintado de rojo vivo, que había salido de la nada.
Dudley miró sorprendido, pero no dijo nada.
En el parabrisas llevaba la siguiente inscripción con letras doradas: AUTOBÚS
NOCTÁMBULO
—¿Por qué todo tiene que ser referente a Gryffindor? — preguntó Draco Malfoy, gimiendo.
Los Gryffindor lo miraron parpadeando y sorprendidos.
—¿Qué quieres decir, Hurón? — le interrogó Ron, gruñendo.
—El autobús es de color rojo y tiene una inscripción con letras doradas "autobús noctámbulo" — respondió Malfoy, rodando los ojos—. No es que los colores característicos de su casa, comadreja, son el rojo escarlata y el dorado, ¡Ven a lo que me refiero! , ¡Todo es referente a Gryffindor!
Durante una fracción de segundo, ningún Gryffindor emitió comentario alguno porque lo que había dicho Malfoy les había dejado atónitos. Las demás casas, en tanto, se encontraban en silencio, esperando la reacción de la casa de los leones.
—No me había dado cuenta—dijo, al cabo de quince segundos, Neville, sonriendo ampliamente.
Pero tras lo dicho por Neville, la casa de Gryffindor comenzó a aplaudir y silbar.
—¡Somos especiales!, ¡Somos únicos! , ¡Viva Godric Gryffindor!, ¡Viva la casa de los leones donde habitan los valientes de corazón!— exclamaban Sirius, Remus, Fred y George, chocando las manos entre sí, provocando más silbidos y vítores.
Las demás casas o se reían o fruncían el ceño. Mientras tanto, Malfoy y Snape rodaban los ojos ante la inmadurez de la casa roja y Minerva fruncía los labios, mitad furiosa mitad orgullosa.
—¡Silencio! — gritó Albus, callando a la casa de Gryffindor—. Fue suficiente, continuemos con la lectura, profesora Sprout.
Ella asintió y volvió a leer una vez que todos estuvieron sentados en sus respectivos asientos.
Durante una fracción de segundo, Harry pensó si no lo habría aturdido la caída.
—Absolutamente no—se contestó a sí mismo Harry antes de volver a prestarle atención a la profesora.
El cobrador, de uniforme rojo
Pansy y Draco gruñeron por lo bajo.
salto del autobús y dijo en voz alta sin mirar a nadie:
Dudley bufó. No comprendía a la gente que decía las cosas así, como si les dijesen por monotonía.
—Bienvenido al autobús noctámbulo, transporte de emergencia para el brujo abandonado a su suerte.
—Muy a su suerte— suspiró Ginny, entrelazando su mano con la de Harry.
Harry le sonrió y besó su coronilla, provocando una gemido de parte de los varones Weasley. Harry rodó los ojos antes de seguir escuchando la lectura.
Alargue la varita, suba a bordo y lo llevaremos a donde quiera.
—A donde quiera, pero sufriendo— murmuró Harry.
Dudley, quién escuchó aquello, se preguntó a qué se refería su primo cuando decía "sufriendo". Pero sabía que pronto lo averiguaría, así que, siguió escuchando la lectura.
Me llamo Stan Shunpike. Estaré a su disposición esta no... El cobrador se interrumpió. Acababa de ver a Harry que seguía sentado en el suelo.
—Ya era hora que notase a Harry— dijo Sirius, rodando los ojos.
Harry cogió de nuevo la varita y se levantó de un brinco. Al verlo de cerca, se dio cuenta de que Stan Shunpike era tan sólo unos años mayor que él: no tendría más de dieciocho o diecinueve. Tenía las orejas grandes y salidas, y un montón de granos.
La gente rió un poco por la descripción de Stan Shunpike antes de seguir escuchando la lectura.
—¿Qué hacías ahí? —dijo Stan, abandonando los buenos modales.
—Abrazando el suelo— ironizó Harry.
Todos rieron a carcajadas por varios minutos hasta que el profesor Dumbledore mandó a silenciar al comedor y pidió que la profesora Sprout siguiese leyendo.
—Me caí —contestó Harry.
—¿Para qué? —preguntó Stan con risa burlona.
—Porque quise experimentar una emoción nueva al acariciar el suelo. Créanme que es muy placentero estar tirado en él, te sientes increíble. Hagan la prueba— volvió a ironizar Harry, rodando los ojos.
Esta vez, la risa no se pudo pasar hasta unos quince minutos después de que Harry hubo dicho eso. En ese lapso de tiempo, Sirius y Remus no pararon de decir que Harry era digno hijo de un merodeador, Fred y George silbaban maravillados al tiempo que decían que Harry sería un excelente cuñado porque sus hijos heredarían mucha sangre de revoltosos y bromistas, Ron y Hermione miraban a Harry radiantes, Charlie y Billy silbaban maravillados, Arthur reía divertido, Molly entrecerraba los ojos; pero el labio le temblaba y Ginny, pues, miró orgullosa a su novio.
—Te gusta ironizar lo que te pasa, ¿no? — le susurró ella, besándole el cuello.
Harry le sonrió antes de asentir. Luego, él mismo le pidió a Sprout que siguiese leyendo. Ella lo hizo de inmediato al tiempo que el comedor le volvía a prestar atención.
—No me caí a propósito —contestó Harry enfadado.
—Y era muy cierto— dijo Sirius, ya más calmado.
Se había hecho un agujero en la rodillera de los vaqueros y le sangraba la mano con que había amortiguado la caída.
Ginny gruñó, ya que no le gustaba ver a su novio herido. Harry, al percatarse de esa reacción, le dio un beso en los labios para que se tranquilizase; provocando unos gemidos de parte de los Weasley.
Ella asintió, dando un suspiro antes de que siguiese escuchando la lectura.
De pronto recordó por qué se había caído y se volvió para mirar en el callejón, entre el garaje y la valla. Los faros delanteros del autobús noctámbulo lo iluminaban y era evidente que estaba vacío.
Sirius miró al libro, mientras recordaba que por haber asustado a su ahijado y por haber presentido que alguien llegaba, había echado a correr sin mirar atrás. Sin embargo, aunque eso le provocaba cierto dolor, ahora podía entender mejor las cosas y tener un panorama completo de la vida de Harry.
Luego de pensar aquello, suspiró y siguió prestando atención a la lectura.
—¿Qué miras? —preguntó Stan.
—Al señor Sirius Black que, al parecer, desapareció— dijo Dean, mirando al padrino de Harry fijamente.
—Exacto—respondió con sencillez Harry, antes de hacerle un gesto a la profesora Sprout para que continuase leyendo.
—Había algo grande y negro —explicó Harry, señalando dubitativo—. Como un perro enorme...
—¿Comparas al señor Sirius Black con un perro? — preguntó Seamus estupefacto.
—Es que, en realidad, vi un perro; no a él — le respondió Harry, aguantándose la risa.
—¿Qué? — interrogó Neville sorprendido.
—Lo que pasa es que me encontré con un perro callejero y lo adopté como mascota. Él me ha seguido desde entonces— contestó Sirius, esbozando una sonrisa—. Y cuando vigilé a Harry dicho perro ya estaba conmigo, sin embargo, puedo asegurarte que me encontraba muy cerca de allí, a unos pasos.
Neville asintió, creyéndose esa mentira. Y sí él la creía, los demás también le creyeron a Sirius, a excepción de quienes sabían la condición del animago, los cuales hicieron varios esfuerzos para no reír, cosa que lograron solo porque la profesora Sprout prefirió seguir leyendo.
Se volvió hacia Stan, que tenía la boca ligeramente abierta. No le hizo gracia que se fijara en la cicatriz de su frente.
Harry gruñó. Odiaba que le vieran la cicatriz.
—¿Qué es lo que tienes en la frente? —preguntó Stan.
—Nada —contestó Harry, tapándose la cicatriz con el pelo. Si el Ministerio de Magia lo buscaba, no quería ponerles las cosas demasiado fáciles.
Sirius sonrió orgulloso antes de continuar escuchando la lectura.
—¿Cómo te llamas? —insistió Stan.
—Neville Longbottom —respondió Harry, dando el primer nombre que le vino a la cabeza
Neville lo miró durante varios segundos antes de esbozar una gran sonrisa.
—Me alegro haber contribuido en tu fuga, amigo.
—Gracias, Neville.
—No hay de qué.
Luego de aquel intercambio, Sirius, Remus, Ron, Hermione, Ginny, Fred y George sonrieron ampliamente.
Fudge fruncía el ceño y maldecía entre dientes, ya que recién se había percatado por qué Stan llamó a Harry, Neville.
Los demás, en tanto, miraban perplejos la escena, porque ellos se hubiesen ofendido o hubiesen gritado si alguien le hubiera ocupado su nombre para escapar de la ley debido a que se jugaban su reputación después de todo.
—. Así que... así que este autobús... —dijo con rapidez, esperando desviar la atención de Stan—. ¿Has dicho que va a donde yo quiera?
—Buena jugada, Harry— sonrió Fred.
Harry se encogió de hombros, mientras Molly miraba a su hijo con desaprobación.
—Sí —dijo Stan con orgullo—. A donde quieras, siempre y cuando haya un camino por tierra. No podemos ir por debajo del agua.
Dudley abrió sus ojos ampliamente, pero no dijo nada.
Nos has dado el alto, ¿verdad? —dijo, volviendo a ponerse suspicaz—. Sacaste la varita y... ¿verdad?
—Desgraciadamente, si la saqué; pero no para que llegase el autobús— suspiró Harry.
Los demás lo miraron con compasión, ya que a ninguno le gustaba viajar en el autobús noctámbulo.
—Sí —respondió Harry con prontitud—. Escucha, ¿cuánto costaría ir a Londres?
—Once sickles —dijo Stan—. Pero por trece te damos además una taza de chocolate y por quince una bolsa de agua caliente y un cepillo de dientes del color que elijas.
Dudley, a diferencia de los demás, pensó que el precio era razonable si le daban una taza de chocolate y una bolsa de agua caliente. Además, creía que el viaje sería agradable con esas dos cosas de regalo.
Harry rebuscó otra vez en el baúl, sacó el monedero y entregó a Stan unas monedas de plata. Entre los dos cogieron el baúl, con la jaula de Hedwig encima, y lo subieron al autobús.
Harry suspiró, ahora comenzaba lo peor para él.
No había asientos; en su lugar; al lado de las ventanas con cortinas, había media docena de camas de hierro.
Dudley se quedó pasmado, porque además de la taza de chocolate había camas. Simplemente pensó, que sería divertido viajar en ese autobús.
A los lados de cada una había velas encendidas que iluminaban las paredes revestidas de madera.
Dudley sonrió ampliamente.
Un brujo pequeño con gorro de dormir murmuró en la parte trasera:
—Ahora no, gracias: estoy escabechando babosas. —Y se dio la vuelta, sin dejar de dormir.
Muchos rieron por lo bajo antes de que la profesora Sprout siguiese leyendo.
—La tuya es ésta —susurró Stan, metiendo el baúl de Harry bajo la cama que había detrás del conductor; que estaba sentado ante el volante—. Éste es nuestro conductor; Ernie Prang. Éste es Neville Longbottom, Ernie.
Neville se rió de la situación, pero siguió escuchando de todos modos.
Ernie Prang, un brujo anciano que llevaba unas gafas muy gruesas, le hizo un ademán con la cabeza. Harry volvió a taparse la cicatriz con el flequillo y se sentó en la cama.
Harry volvió a suspirar.
—Vámonos, Ernie —dijo Stan, sentándose en su asiento, al lado del conductor.
Se oyó otro estruendo y al momento Harry se encontró estirado en la cama, impelido hacia atrás por la aceleración del autobús noctámbulo.
Harry se estremeció. Ginny, al percatarse de esa reacción, se apresuró a tomarle la mano a su novio.
Dudley, en tanto, tiritaba. Ya no le gustaba el autobús si iba a tal velocidad.
Al incorporarse miró por la ventana y vio, en medio de la oscuridad, que pasaban a velocidad tremenda por una calle irreconocible. Stan observaba con gozo la cara de sorpresa de Harry.
Misma sorpresa que se reflejaba en el rostro de Dudley y Petunia.
—Aquí estábamos antes de que nos dieras el alto —explicó—. ¿Dónde estamos, Ernie? ¿En Gales?
—Sí —respondió Ernie.
Ahora fue el turno de Vernon mirar incrédulamente al libro.
—¿Cómo es que los muggles no oyen el autobús? —preguntó Harry.
—¿Ésos? —respondió Stan con desdén—. No saben escuchar; ¿a qué no? Tampoco saben mirar. Nunca ven nada.
—¡Ese cretino! — exclamó Vernon, golpeando la mesa y parándose bruscamente.
—Cálmate, Vernon. No pasará nada y siéntate— gruñó Petunia, dejando a medio comedor impresionado.
Vernon, a regañadientes, se volvió a sentar. Después de aquello, la profesora Sprout creyó conveniente volver a leer.
—Vete a despertar a la señora Marsh —ordenó Ernie a Stan—. Llegaremos a Abergavenny en un minuto.
Los ojos de Dudley se desorbitaron, ¿un minuto? Pensó, tragando saliva y antes de que la voz de la profesora lo sacase de sus pensamientos inconexos.
Stan pasó al lado de la cama de Harry y subió por una escalera estrecha de madera. Harry seguía mirando por la ventana, cada vez más nervioso. Ernie no parecía dominar el volante.
—¡Santo cielo! — gritó Petunia horrorizada, mientras el comedor gemía.
Por esta acción y por la velocidad a la que iba el autobús era que a nadie le apetecía mucho tomarlo.
El autobús noctámbulo invadía continuamente la acera, pero no chocaba contra nada.
—Gracias por eso— susurraron Molly y Tonks aliviadas.
Petunia las miró, pero no dijo nada.
Cuando se aproximaba a ellos, los buzones, las farolas y las papeleras se apartaban y volvían a su sitio en cuanto pasaba.
Una vez más los ojos de Dudley se le desorbitaron. Jamás había oído que algo tan cotidiano como subirse a un autobús podía ser tan espeluznante.
Stan reapareció, seguido por una bruja ligeramente verde arropada en una capa de viaje.
—Hemos llegado, señora Marsh —dijo Stan con alegría, al mismo tiempo que Ernie pisaba a fondo el freno, haciendo que las camas se deslizaran medio metro hacia delante.
Sirius se comía las uñas, nervioso, mientras que Tonks le tomaba sutilmente la mano a Remus para que se tranquilizase.
La señora Marsh se tapó la boca con un pañuelo y se bajó del autobús tambaleándose.
—Cualquiera— susurró Colin, temblando.
Todos le dieron la razón.
Stan le arrojó el equipaje y cerró las portezuelas con fuerza. Hubo otro estruendo y volvieron a encontrarse viajando a la velocidad del rayo, por un camino rural, entre árboles que se apartaban.
—Qué lleguen luego a Londres— rogó Sirius, pasándose una mano por el rostro.
Harry rodó los ojos ante la preocupación de todos por esta simple escena. Ósea, él había pasado por peligros mucho peores que esta pequeñez. No entendía el nerviosismo del comedor, pero lo dejó pasar y siguió escuchando la lectura.
Harry no habría podido dormir aunque viajara en un autobús que no hiciera aquellos ruidos ni fuera a tal velocidad.
—Casi nadie hubiese podido dormir— corrigió Ginny, tomándole fuertemente la mano a Harry.
Todos le dieron la razón.
Se le revolvía el estómago al pensar en lo que podía ocurrirle, y en si los Dursley habrían conseguido bajar del techo a tía Marge.
—Sí, con la ayuda del personal del Ministerio— dijo Dudley, encogiéndose de hombros.
Harry le sonrió antes de que Sprout siguiese leyendo.
Stan había abierto un ejemplar de El Profeta y lo leía con la lengua entre los dientes.
Harry gruñó, mientras Sirius apretaba los dientes. Esto no sería fácil, si tenían a Umbridge comentando y lanzando frases sin sentido.
En la primera página, una gran fotografía de un hombre con rostro triste y pelo largo y enmarañado le guiñaba a Harry un ojo, lentamente. A Harry le resultaba extrañamente familiar.
—Sirius Black, ¿no? — preguntó Seamus, haciendo una mueca.
Harry asintió, mientras que Sirius inhalaba profundamente, intentando serenarse. Remus, a su lado, le tocó la espalda a su amigo para que se tranquilizase.
Los demás se inclinaban al libro, aguardando qué pasaría a continuación. La profesora Sprout, fijándose en todas las reacciones, decidió leer rápidamente.
—¡Ese hombre! —dijo Harry, olvidando por unos momentos sus problemas—. ¡Salió en el telediario de los muggles!
—Por desgracia— comentó Sirius, comenzándose a sentirse deprimido.
Nadie quiso decir nada, por lo que la profesora Sprout volvió a leer enseguida.
Stan volvió a la primera página y rió entre dientes.
—Es Sirius Black —asintió—. Por supuesto que ha salido en el telediario muggle, Neville. ¿Dónde has estado este tiempo?
Sirius gruñó enojado.
Una vez más, nadie quiso interrumpir la reacción de Sirius.
Volvió a sonreír con aire de superioridad al ver la perplejidad de Harry. Desprendió la primera página del diario y se la entregó a Harry.
—Deberías leer más el periódico, Neville.
—Para leer idioteces y mentiras, nunca leeré ese periódico— comentó Harry, mirando con odio a Fudge.
Fudge se pasó un pañuelo por la cara, mientras el comedor miraba perplejo a Harry. La profesora Sprout, en tanto, volvió a decidir que debía seguir leyendo.
Harry acercó la página a la vela y leyó:
BLACK SIGUE SUELTO
Sirius gimió y se pasó ambas manos por el rostro. Para él no sería fácil leer ese artículo y las posteriores reacciones de Harry en el libro. Remus, a su lado, le pasó una mano sobre la espalda de su amigo para infundirle ánimos. Mientras tanto, Harry miraba a Sirius con lástima.
Umbridge, en cambio, sonría con aire de superioridad, ya que con lo que se leería podría pedir la prisión para él. Así que, esperó a que Sprout siguiese leyendo.
El Ministerio de Magia confirmó ayer que Sirius Black, tal vez el más malvado recluso que haya albergado la fortaleza de Azkaban, aún no ha sido capturado.
—No soy el más malvado— gruñó Sirius, golpeando la mesa.
—Y tiene razón porque la más malvada es Bellatrix Lastrange— dijo Neville antes que nadie pudiese reaccionar y temblando de pies a cabeza.
La gente se giró hacia él, perplejos.
—Neville, ¿qué? — le preguntó Hannah, mirándolo confundida.
—No es nada— le contestó Neville con simplicidad y esbozando media sonrisa.
Ella asintió mientras los demás no salían de su asombro, a excepción de aquella gente que conocía la historia de Neville y sus padres. Ellos no pudieron evitar sentir lástima por el chico.
«Estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano para volver a apresarlo,
—Pero no lo hicieron— se burló Sirius.
Fudge entrecerró los ojos y maldijo entre dientes.
—Yo mandaré a apresarte cuando terminé este libro, Black— sonrió Umbridge—. Que no te quepa duda que lo haré cuando se lea que es culpable de todo lo que se le acusa.
Sirius se estaba parando de su puesto cuando;
—Que no le quepa duda, señora— siseó Harry, cruzado de brazos—, que se tendrá que tragar sus palabras y, en vez de apresarlo, deberá emitir una orden de libertad para él. Se lo prometo.
—¡Promesa!, ¡Por favor! — se rió Umbridge, mientras los demás alternaban la mirada del uno al otro.
—Puede que se reía ahora, pero es lo que ocurrirá.
La mirada que le envió Umbridge, después que Harry dijese esas palabras, produjo un ligero estremecimiento en varias personas; no obstante, Harry la miraba oscuramente y con más intensidad que ella, provocando que el resto del comedor se estremeciese y Umbridge emitiese un pequeño gemido. Fudge, en tanto, seguía secándose el sudor de la frente con un pañuelo, mientras que Sirius sonreía orgulloso.
—Siga leyendo, profesora Sprout— le pidió Harry, dejando de mirar a la profesora de DCAO.
La profesora Sprout asintió y volvió a leer.
y rogamos a la comunidad mágica que mantenga la calma», ha declarado esta misma mañana el ministro de Magia Cornelius Fudge.
Fudge, sentando en la mesa alta, se veía intranquilo. Si Sirius Black llegaba a ser inocente, él tendría que dar muchas explicaciones y su credibilidad bajaría en un abrir y cerrar de ojos. Sin ser consciente, un escalofrió le recorrió la espalda. Estaba jodido.
Fudge ha sido criticado por miembros de la Federación Internacional de Brujos por haber informado del problema al Primer Ministro muggle. «No he tenido más remedio que hacerlo», ha replicado Fudge, visiblemente enojado.
—Fue lo mejor— rectificó Fudge, sudando.
Nadie le hizo caso.
«Black está loco,
—¿Parezco loco? — disparó Sirius, esperando a que alguien que no fuese sus más cercanos le respondiese.
Por varios minutos nadie se movió ni dijo nada, porque la preguntaba los había tomado por sorpresa, ¿Sirius Black está loco?
—En mi opinión, señor Black— habló, entonces, Seamus, provocando que todos se volviesen en su dirección—, en un principio, cuando lo vi entrar, sentí miedo debido a que usted estaría aquí leyendo el libro. Admito que, en varias ocasiones, me pregunté por qué no lo apresaban. Nunca entendí, pero supuse que sería por las cartas que nos enviaban las personas que nos enviaron los libros—El comedor estaba en absoluto silencio, sólo se podía notar a ciertas personas asintiendo con la cabeza. Seamus tomó un respiro y siguió hablando—.Con el paso de la lectura me fui dando cuenta que, aunque aún me seguía produciendo cierto temor que usted estuviese aquí, con el tiempo me divertí con sus bromas y me deleite con ciertas escenas— Seamus sonrió, mientras que todos, incluyendo los Slytherin, asentían con la cabeza—. Usted es brillante en las bromas, protege a su ahijado con su vida, se preocupa por él y se enoja cuando algo malo le pasa. No es malo ni está loco. Y cuando se pone loco es porque le pasa algo a Harry y, aunque eso me estremece, sé que cualquiera en su posición, lo haría.
Cuando Seamus terminó de hablar, la gente le aplaudió. Sirius ensanchaba una gran sonrisa, mientras que Fudge se secaba el sudor y Umbridge maldecía entre dientes.
—Esto me hace pensar— le dijo Harry, con los aplausos aún resonando por el comedor—, que ya no piensas que estoy loco ni que miento, ya que si dices aquello de mi padrino, de seguro cambiaste tu percepción de mí, ¿no?
Seamus no le contestó, pero esbozó una sonrisa. Harry entendió de inmediato que sí había cambiado sus pensamientos.
—A ustedes se le olvida lo que él hizo— rugió Umbridge.
—Cállese, señora— siseó Ron, haciéndole un gesto a la profesora Sprout para que continuase leyendo.
Ella lo hizo sin demoras.
y supone un serio peligro para cualquiera que se tropiece con él, ya sea mago o muggle.
—¿Soy un peligro? — preguntó Sirius, sonriendo.
—No— contestó sin pensarlo el comedor.
Harry sonrió antes de que la lectura continuase.
He obtenido del Primer Ministro la promesa de que no revelará a nadie la verdadera identidad de Black. Y seamos realistas, ¿quién lo creería si lo hiciera?»
—Nadie— se rió Neville.
Mientras que a los muggles se les ha dicho que Black va armado con un revólver (una especie de varita de metal que los muggles utilizan para matarse entre ellos),
Vernon apretó los puños, pero no dijo nada.
la comunidad mágica vive con miedo de que se repita la matanza que se produjo hace doce años, cuando Black mató a trece personas con un solo hechizo.
—Y por eso debe estar en la cárcel, ¿o se les olvido esto? — gruñó Umbridge.
—No se nos ha olvidado— siseó Harry—, pero no saco nada con explicarle los detalles, porque usted lo sabrá pronto.
Umbridge apretó los dientes, mientras que el comedor miraba curioso a Harry, intentando dilucidar las razones por las que él había dicho eso. Y vale, ellos pensaban que Sirius era inocente y que no era peligroso, pero aún no se podían explicar por qué. Suspiraron, sabiendo que el libro le daría las respuestas.
Vernon, en tanto, miraba anonadado a Sirius, al igual que Petunia. Dudley, en cambio, se mantenía sereno, ya que sabía que pronto comprendía todo. Entonces, suspiró y siguió escuchando la lectura.
Harry observó los ojos ensombrecidos de Black, la única parte de su cara demacrada que parecía poseer algo de vida.
Sirius se estremeció, recordando aquel aspecto. No le gustaba.
Harry no había visto nunca a un vampiro, pero había visto fotos en sus clases de Defensa Contra las Artes Oscuras, y Black, con su piel blanca como la cera, parecía uno.
—¡Harry! — se quejó Sirius, mientras muchos reían por lo bajo.
Harry se encogió de hombros y siguió escuchando la lectura.
—Da miedo mirarlo, ¿verdad? —dijo Stan, que mientras leía el artículo se había estado fijando en Harry.
—¿Mató a trece personas —preguntó Harry, devolviéndole a Stan la página— con un hechizo?
—Aquí vamos— suspiró Sirius, sobándose la sien.
Nadie quiso emitir comentario alguno, por lo que la profesora Sprout siguió leyendo.
—Sí —respondió Stan—. Delante de testigos y a plena luz del día.
—Por eso es que él es culpable. Los testigos…— dijo Umbridge, estrechando los ojos.
—Los testigos nada— gruñó Remus—. Ellos fueron imbéciles.
Umbridge hirvió de rabia, pero se quedó callada debido a que seguía pensando que la verdad saldría pronto a la luz y Sirius Black volvería a Azkaban.
Causó conmoción, ¿no es verdad, Ernie?
Varios asintieron.
—Sí —confirmó Ernie sombríamente.
Para ver mejor a Harry, Stan se volvió en el asiento, con las manos en el respaldo.
—Black era un gran partidario de Quien Tú Sabes —dijo.
—Mentira— gruñó Sirius—. Nunca fui y nunca seré partidario de Voldemort.
La gente se estremeció al oír el nombre. Harry y todos y cuantos pronunciaban ese nombre, rodaron los ojos.
La profesora Sprout optó por seguir leyendo antes de volver a escuchar el nombre.
—¿Quién? ¿Voldemort? —dijo Harry sin pensar.
Otra vez la gente se estremeció.
Stan palideció hasta los granos. Ernie dio un giro tan brusco con el volante que tuvo que quitarse del camino una granja entera para esquivar el autobús.
Harry rodó los ojos, mientras Albus negaba con la cabeza.
—¿Te has vuelto loco? —gritó Stan—. ¿Por qué has mencionado su nombre?
—Lo siento —dijo Harry con prontitud—. Lo siento, se... se me olvidó.
—¡Que se te olvidó! —exclamó Stan con voz exánime—. ¡Caramba, el corazón me late a cien por hora!
—Tanto dramatismo por un simple nombre— rodó los ojos Sirius.
Muchos lo miraron con terror antes de que la lectura siguiese.
—Entonces... entonces, ¿Black era seguidor de Quien Tú Sabes? —soltó Harry como disculpa.
—Sí —confirmó Stan, frotándose todavía el pecho—. Sí, exactamente. Muy próximo a Quien Tú Sabes, según dicen...
—Simplemente nunca fue así, porque jamás fui su partidario— Sirius ladeó la cabeza—. Menuda tontería que se inventó la gente luego de mi encarcelamiento.
Algunos miraron tímidamente a Sirius, mientras los otros suspiraban resignados.
De cualquier manera, cuando el pequeño Harry Potter acabó con Quien Tú Sabes (Harry volvió a aplastarse el pelo contra la cicatriz),
Harry hizo una mueca antes de que la lectura continuase.
todos los seguidores de Quien Tú Sabes fueron descubiertos,
—Casi todos— sisearon Sirius y Remus pensando en una cierta rata asquerosa y traicionera.
Nadie se movió ni dijo nada. La profesora Sprout, entonces, volvió a leer.
¿verdad, Ernie? Casi todos sabían que la historia había terminado una vez vencido Quien Tú Sabes, y se volvieron muy prudentes.
Sirius siseó.
Pero no Sirius Black.
—No me volví prudente porque nunca fui su partidario— volvió a repetir Sirius, sobándose la sien.
Nadie dijo nada, pero Umbridge gruñía y maldecía entre dientes.
Según he oído, pensaba ser el lugarteniente de Quien Tú Sabes cuando llegara al poder.
—¡Qué tontería! , ¡Un verdadero disparate! — exclamó Sirius, rodando los ojos, mientras que Remus le palmeaba la espalda en señal de apoyo.
El caso es que arrinconaron a Black en una calle llena de muggles, Black sacó la varita y de esa manera hizo saltar por los aires la mitad de la calle. Pilló a un mago y a doce muggles que pasaban por allí.
Sirius gruñó. Él había querido gritar que no había sido así, pero se reservaba eso como una sorpresa para cuando se dijese en el libro. Por ahora, se sentía desdichado de todo lo que ese Stan le estaba explicando a Harry. Y si conocía a su ahijado, él no estaría feliz con esto. Luego, suspiró y siguió escuchando la lectura.
Horrible, ¿no? ¿Y sabes lo que hizo Black entonces? —prosiguió Stan con un susurro teatral.
—¿Qué? —preguntó Harry
—Reírse —explicó Stan—. Se quedó allí riéndose.
Una vez más Sirius gruñó, mientras el resto del comedor se hallaba en absoluto silencio escuchando la lectura. Aunque claro, Umbridge seguía estrechando los ojos y maldiciendo entre dientes.
Y cuando llegaron los refuerzos del Ministerio de Magia, dejó que se lo llevaran como si tal cosa, sin parar de reír a mandíbula batiente.
Si supieran por qué me reía, nadie lo creería Pensó Sirius, suspirando; mientras que Remus se veía melancólico porque precisamente ese hecho y lo que lo rodeó provocó que creyese a su amigo culpable. Cuando se arrepentía de eso.
Los demás se veían pensativos, curiosos y perplejos, porque no podían ver cómo Sirius sería inocente con lo que se leía – y cosa que todos sabían a la perfección - . No veían ningún error. Pero sabían que tarde o temprano lo sabrían, así que volvieron a prestar atención a la lectura.
Porque está loco, ¿verdad, Ernie? ¿Verdad que está loco?
—Algunas veces sí— se rió Remus, chocando las manos con él.
—Si no lo estaba cuando lo llevaron a Azkaban, lo estará ahora —dijo Ernie con voz pausada—. Yo me maldeciría a mí mismo si tuviera que pisar ese lugar, pero después de lo que hizo le estuvo bien empleado.
Sirius siseó enojado. No estuvo bien empleado, en lo absoluto.
—Les dio mucho trabajo encubrirlo todo, ¿verdad, Ernie? —dijo Stan—. Toda la calle destruida y todos aquellos muggles muertos. ¿Cuál fue la versión oficial, Ernie?
—Una explosión de gas —gruñó Ernie.
Sirius suspiró resignado.
—Y ahora está libre —dijo Stan volviendo a examinar la cara demacrada de Black, en la fotografía del periódico—. Es la primera vez que alguien se fuga de Azkaban, ¿verdad, Ernie?
—Y orgulloso de ser el primero— se jactó Sirius.
Varios rodaron los ojos.
No entiendo cómo lo ha hecho.
Te sorprenderías Pensó Sirius, mientras muchos lo miraban con curiosidad, incluido Fudge y Umbridge.
Da miedo, ¿no? No creo que los guardias de Azkaban se lo pusieran fácil, ¿verdad, Ernie?
Ernie se estremeció de repente.
—Sé buen chico y cambia de conversación. Los guardias de Azkaban me ponen los pelos de punta.
Harry se estremeció. A él más que nadie lo ponían los pelos de punta los dementores. Ginny, percatándose de aquella reacción, le tomó suavemente la mano para que se tranquilizase. Él le sonrió y suspiró antes de que se calmase un poco y siguiese escuchando la lectura.
Stan retiró el periódico a regañadientes, y Harry se reclinó contra la ventana del autobús noctámbulo, sintiéndose peor que nunca.
Varios le miraron perplejos, mientras que Sirius lo miraba intrigante con una vaga esperanza que se sintiese mal por él.
Harry, en tanto, gimió. No sería agradable para nadie lo que pensaría.
No podía dejar de imaginarse lo que Stan contaría a los pasajeros noches más tarde: «¿Has oído lo de ese Harry Potter? Hinchó a su tía como si fuera un globo. Lo tuvimos aquí, en el autobús noctámbulo, ¿verdad, Ernie? Trataba de huir...»
—Harry, ¿qué? — susurró Sirius, estremeciéndose ligeramente.
Harry, en respuesta, le hizo un gesto a la profesora para que continuase leyendo. Quería pasar lo más rápido posible esa parte.
La profesora Sprout asintió y siguió leyendo con un comedor perplejo.
Harry había infringido las leyes mágicas, exactamente igual que Sirius Black.
La gente parpadeó sorprendida, mientras que Sirius abría sus ojos, Remus negaba con la cabeza y Ron, Hermione y Ginny lo miraban boquiabierto.
Harry volvió a gemir al tiempo que le imploraba con la mirada a la profesora Sprout que continuase leyendo. Ella lo hizo aturdida.
¿Inflar a tía Marge sería considerado lo bastante grave para ir a Azkaban?
—¡Harry! — gimió Sirius—. Nunca pienses así, tú no hiciste ni la cuarta parte de lo que supuestamente yo hice
Harry asintió avergonzado, mientras le pedía a Sprout que siguiese leyendo, porque quería que todos lo dejasen de mirar como lo miraban: Aturdidos, sorprendidos, perplejos.
Harry no sabía nada acerca de la prisión de los magos, aunque todos a cuantos había oído hablar sobre ella empleaban el mismo tono aterrador.
—Es aterradora— corroboró Sirius, temblando.
Hagrid, el guardabosques de Hogwarts, había pasado allí dos meses el curso anterior.
—No me lo recuerdes— dijo Hagrid, estremeciéndose.
Harry le pidió disculpas con la mirada.
Tardaría en olvidar la expresión de terror que puso cuando le dijeron adónde lo llevaban, y Hagrid era una de las personas más valientes que conocía.
—Gracias, Harry.
—No hay de qué, Hagrid.
Ambos se sonrieron antes de que la lectura continuase.
El autobús noctámbulo circulaba en la oscuridad echando a un lado los arbustos, las balizas, las cabinas de teléfono, los árboles, mientras Harry permanecía acostado en el colchón de plumas, deprimido.
Sirius, Remus, Tonks, Arthur y Molly suspiraron. No les gustaba ver a Harry así.
Después de un rato, Stan recordó que Harry había pagado una taza de chocolate caliente, pero lo derramó todo sobre la almohada de Harry con el brusco movimiento del autobús entre Anglesea y Aberdeen.
—Mala suerte— ladeó la cabeza Neville.
Harry se encogió de hombros.
Brujos y brujas en camisón y zapatillas descendieron uno por uno del piso superior; para abandonar el autobús. Todos parecían encantados de bajarse.
—Sin dudarlo— comentó Susan.
Todos asintieron con la cabeza.
Al final sólo quedó Harry.
—Bien, Neville —dijo Stan, dando palmadas—, ¿a qué parte de Londres?
—Al callejón Diagon —respondió Harry.
Harry sonrió. Ese era uno de sus lugares favoritos en el mundo mágico.
—De acuerdo —dijo Stan—, agárrate fuerte...
PRUMMMMBBB.
Harry suspiró.
Circularon por Charing Cross como un rayo. Harry se incorporó en la cama, y vio edificios y bancos apretujándose para evitar al autobús.
Dudley volvió a sorprenderse.
El cielo aclaraba. Reposaría un par de horas, llegaría a Gringotts a la hora de abrir y se iría, no sabía dónde.
Ahora sé Pensó Harry, mirando intensamente al ministro.
Ernie pisó el freno, y el autobús noctámbulo derrapó hasta detenerse delante de una taberna vieja y algo sucia, el Caldero Chorreante, tras la cual estaba la entrada mágica al callejón Diagon.
Harry y otros alumnos sonrieron ampliamente.
—Gracias —le dijo a Ernie. Bajó de un salto y con la ayuda de Stan dejó en la acera el baúl y la jaula de Hedwig—. Bueno —dijo Harry—, entonces, ¡adiós!
—Al fin no más autobús noctámbulo— sonrió Sirius.
Harry sonrió.
Pero Stan no le prestaba atención. Todavía en la puerta del autobús, miraba con los ojos abiertos de par en par la entrada enigmática del Caldero Chorreante.
—¿A quién mira? — preguntó Neville.
—Ya lo sabrás— respondió Harry, haciéndole un gesto a la profesora Sprout para que continuase leyendo; mientras que Fudge fruncía el ceño.
—Conque estás aquí, Harry —dijo una voz.
Fudge medio sonrió.
Antes de que Harry se pudiera dar la vuelta, notó una mano en el hombro. Al mismo tiempo, Stan gritó:
—¡Caray! ¡Ernie, ven aquí! ¡Ven aquí!
—Toda una conmoción— susurró Remus, ladeando la cabeza.
Harry miró hacia arriba para ver quién le había puesto la mano en el hombro y sintió como si le echaran un caldero de agua helada en el estómago.
Varios miraron fijamente a Harry, preguntándose por qué reaccionaba así.
Harry, en respuesta, rodó los ojos y apuntó al libro, instando a la profesora Sprout que se siguiese leyendo.
Estaba delante del mismísimo Cornelius Fudge, el ministro de Magia.
—Uh— murmuró un Hufflepuff de segundo año, ladeando la cabeza.
Harry rió entre dientes, mientras Sirius miraba intensamente a Fudge. El ministro mantenía el ceño fruncido y se pellizcaba la nariz.
—Siga, profesora— pidió Harry.
Ella continúo sin demoras.
Stan saltó a la acera, tras ellos.
—¿Cómo ha llamado a Neville, señor ministro? —dijo nervioso.
Fudge sonrió satisfecho al recordar cómo ese joven se había puesto nervioso al dar el nombre equivocado. Harry, en tanto, rodaba los ojos.
Fudge, un hombre pequeño y corpulento vestido con una capa larga de rayas, parecía distante y cansado.
—Apuesto que estabas así porque no me habías podido atrapar— se mofó Sirius.
Fudge, en respuesta, gruñó. Sirius sonrió, mientras que Harry y Remus reían disimuladamente.
—¿Neville? —repitió frunciendo el entrecejo—. Es Harry Potter.
—Aquí vamos otra vez— susurró Harry, mientras Ginny le tomaba la mano sutilmente.
—¡Lo sabía! —gritó Stan con alegría—. ¡Ernie! ¡Ernie! ¡Adivina quién es
Neville! ¡Es Harry Potter! ¡Veo su cicatriz!
—Demasiado alboroto por nada— se quejó Harry, mientras que Sirius y Remus fruncían el ceño.
Los demás o miraban avergonzados a Harry o evitaban hacer contacto con él, porque ya habían comprendido que no le gustaba que la gente se le quedase mirando la cicatriz o llamar demasiado la atención, prefería pasar desapercibido y solo con la lectura de los libros lo habían descubierto.
—Sí —dijo Fudge irritado—. Bien, estoy muy orgulloso de que el autobús noctámbulo haya transportado a Harry Potter; pero ahora él y yo tenemos que entrar en el Caldero Chorreante...
Sirius gruñó por lo bajo, al igual que Remus, Molly y Tonks. Fudge miró fijamente al libro, casi con una sonrisa.
Fudge apretó más fuerte el hombro de Harry, y Harry se vio conducido al interior de la taberna.
Harry maldijo entre dientes, pero siguió escuchando la lectura.
Una figura encorvada, que portaba un farol, apareció por la puerta de detrás de la barra. Era Tom, el dueño desdentado y lleno de arrugas.
Dudley miró intrigado esa parte, ya que el dueño tenía el mismo nombre que Voldemort.
—¡Lo ha atrapado, señor ministro! —dijo Tom
—No— le respondió Sirius alegremente antes de que la lectura continuase.
—. ¿Querrá tomar algo? ¿Cerveza? ¿Brandy?
—Tal vez un té —contestó Fudge, que aún no había soltado a Harry.
Harry frunció el ceño.
Detrás de ellos se oyó un ruido de arrastre y un jadeo, y aparecieron Stan y Ernie acarreando el baúl de Harry y la jaula de Hedwig, y mirando emocionados a su alrededor.
Harry rió al recordar esa escena. Las expresiones de ambos fueron divertidas.
—¿Por qué no nos has dicho quién eras, Neville? —le preguntó Stan sonriendo,
Sirius, Remus, Fred y George chocaron las manos entre sí mientras reían. Este tipo tenía sentido del humor.
mientras Ernie, con su cara de búho, miraba por encima del hombro de Stan con mucho interés.
Fudge sonrió. Le gustaba cuando la gente lo miraba con interés. Era un poco ególatra en ese sentido.
—Y un salón privado, Tom, por favor —pidió Fudge lanzándoles una clara indirecta.
Para hablar con Harry Potter Pensó Fudge, frunciendo el ceño.
—Adiós —dijo Harry con tristeza a Stan y Ernie, mientras Tom indicaba a Fudge un pasadizo que salía del bar.
—¡Adiós, Neville! —dijo Stan.
—Impresionante— se rieron los bromistas.
Fudge llevó a Harry por el estrecho pasadizo, tras el farol de Tom, hasta que llegaron a una pequeña estancia. Tom chascó los dedos, y se encendió un fuego en la chimenea. Tras hacer una reverencia, se fue.
Y se puso mucho mejor. Fudge miró al libro, suspirando profundamente.
—Siéntate, Harry —dijo Fudge, señalando una silla que había al lado del fuego.
Harry se sentó. Se le había puesto carne de gallina en los brazos, a pesar del fuego.
Harry rodó los ojos ante esa reacción.
Fudge se quitó la capa de rayas y la dejó a un lado. Luego se subió un poco los pantalones del traje verde botella y se sentó enfrente de Harry.
—Soy Cornelius Fudge, ministro de Magia.
—Harry ya lo sabía— sonrió Ginny—. El año anterior lo había visto.
Varios rieron, mientras que Fudge gruñía.
Por supuesto, Harry ya lo sabía.
Ginny miró radiante esa línea porque había dicho exactamente lo que Harry había pensando.
Había visto a Fudge en una ocasión anterior, pero como entonces llevaba la capa invisible que le había dejado su padre en herencia, Fudge no podía saberlo.
Fudge siseó entre dientes, mientras la gran mayoría disimulaba su risa.
Tom, el propietario, volvió con un delantal puesto sobre el camisón y llevando una bandeja con té y bollos. Colocó la bandeja sobre la mesa que había entre Fudge y Harry, y salió de la estancia cerrando la puerta tras de sí.
Harry suspiró y se sobó la sien.
—Bueno, Harry —dijo Fudge, sirviendo el té—, no me importa confesarte que nos has traído a todos de cabeza. ¡Huir de esa manera de casa de tus tíos! Había empezado a pensar...
—Que yo lo había capturado, ¿no? — gruñó Sirius.
Fudge se quedó callado, pero todos supieron que, efectivamente, había pensando eso.
Pero estás a salvo y eso es lo importante.
Sirius gruñó.
Fudge se untó un bollo con mantequilla y le acercó el plato a Harry.
—Come, Harry, pareces desfallecido. Ahora... te agradará oír que hemos solucionado la hinchazón de la señorita Marjorie Dursley.
Vernon asintió de acuerdo con eso. Había estado bien empleado, aunque para él fue doloroso ver a su hermana sufriendo a causa de la inflación.
Hace unas horas que enviamos a Privet Drive a dos miembros del departamento encargado de deshacer magia accidental.
Harry frunció el ceño, irritado; mientras que Vernon volvía a asentir con la cabeza.
Han desinflado a la señorita Dursley y le han modificado la memoria. No guarda ningún recuerdo del incidente.
Vernon apretó los puños, mientras que la gran mayoría reía entre dientes.
Así que asunto concluido y no hay que lamentar daños.
—Gracias por eso— murmuró Vernon.
Nadie le hizo caso.
Fudge sonrió a Harry por encima del borde de la taza. Parecía un tío contemplando a su sobrino favorito.
—No soy su sobrino ni muchos menos su favorito— sonrió Harry.
Fudge frunció el ceño
—Y en realidad él es mi sobrino favorito, no el suyo—añadió Remus.
—Y mi ahijado. No es nada suyo— acotó Sirius.
Varios asintieron, mientras Fudge apretaba los puños; pero sabiendo que tanto Remus como Sirius tenían razón.
Los únicos que no hicieron nada, fueron Petunia y Vernon, que se limitaron a ignorar esa reacción.
Harry, que no podía creer lo que oía, abrió la boca para hablar; pero no se le ocurrió nada que decir; así que la volvió a cerrar.
—Bonita reacción— se rió Fred, negando con la cabeza.
Harry se encogió de hombros, mientras los demás reían disimuladamente.
—¡Ah! ¿Te preocupas por la reacción de tus tíos? —añadió Fudge
—En lo absoluto— dijo Harry, rodando los ojos.
Tanto Petunia como Vernon miraron a su sobrino largamente antes de seguir escuchando la lectura.
—. Bueno, no te negaré que están muy enfadados, Harry
Sirius gruñó al tiempo que Vernon asentía.
, pero están dispuestos a volver a recibirte el próximo verano,
Sí yo no hubiese intervenido cuando los del Ministerio llegaron a casa para desinflar a Marge, Vernon hubiese echado a patadas a Harry de la casa. Pero fui capaz de calmar a mi esposo para que no pasase eso, porque o sino Harry, el hijo de mi hermana, hubiera sido perseguido al instante por los seguidores de Voldemort.
Sé que Lily está furiosa con mí actuar en la infancia de su hijo, pero esa acción, el recibirlo el verano siguiente, es lo único que pude hacer por ella, por su memoria y por intentar enmendar mis acciones con ella.
Petunia suspiró profundamente. Sus pensamientos eran un caos en esos momentos y que estaba en una crisis, pero confiaba en que pronto saldría de eso. Así que, decidió que era mejor seguir escuchando la lectura.
con tal de que te quedes en Hogwarts durante las vacaciones de Navidad y de Semana Santa.
—Siempre se queda en esas fechas— dijo Hermione, rodando los ojos.
Fudge se encogió de hombros.
Harry carraspeó.
—Siempre me quedo en Hogwarts durante la Navidad y la Semana Santa —observó—. Y no quiero volver nunca a Privet Drive.
Dudley hizo una mueca ante esa línea. Entendía a su primo al no querer volver a la casa y si él hubiese estado en la posición de Harry, hubiera dicho lo mismo. De eso estaba seguro.
—Vamos, vamos. Estoy seguro de que no pensarás así cuando te hayas tranquilizado —dijo Fudge en tono de preocupación—. Después de todo, son tu familia, y estoy seguro de que sentís un aprecio mutuo... eh... muy en el fondo.
Dudley y Harry se sonrieron. Ahora tenían la oportunidad de ser más cercanos y tener algo de aprecio mutuo, tal cual dijo Fudge dos años atrás.
No se le ocurrió a Harry desmentir a Fudge. Quería oír cuál sería su destino.
Varios rodaron los ojos antes de seguir escuchando la lectura.
—Así que todo cuanto queda por hacer —añadió Fudge untando de mantequilla otro bollo— es decidir dónde vas a pasar las dos últimas semanas de vacaciones. Sugiero que cojas una habitación aquí, en el Caldero Chorreante, y...
Sirius sonrió ampliamente. Su ahijado fue absuelto a causa de él y eso lo ponía feliz.
—Un momento —interrumpió Harry—. ¿Y mi castigo?
Fudge parpadeó.
Lo mismo que pasaba en el comedor. Todos parpadearon.
—¿Castigo?
—¡He infringido la ley! ¡El Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad!
—¡Harry! — gimió el comedor, palmeándose la cara.
Harry hizo un gesto para que se siguiese leyendo.
—¡No te vamos a castigar por una tontería como ésa! —gritó Fudge,
—Nunca lo hacen— murmuró Harry muy bajo y pensando en Sirius.
Para fortuna de él, nadie lo escucho.
agitando con impaciencia la mano que sostenía el bollo—. ¡Fue un accidente! ¡No se envía a nadie a Azkaban sólo por inflar a su tía!
Varios entornaron los ojos y el resto negaba con la cabeza.
Pero aquello no cuadraba del todo con el trato que el Ministerio de Magia había dispensado a Harry anteriormente.
Mi punto Pensó Harry suspirando.
—¡El año pasado me enviaron una amonestación oficial sólo porque un elfo doméstico tiró un pastel en la casa de mi tío! —exclamó Harry arrugando el entrecejo—. ¡El Ministerio de Magia me comunicó que me expulsarían de Hogwarts si volvía a utilizarse magia en aquella casa!
—Deja de alegar Harry— gimió Sirius.
Harry se encogió de hombros antes de pedirle a la profesora Sprout que siguiese leyendo.
Si Harry no le engañaban los ojos, Fudge parecía embarazado.
Seamus disimuló la risa con una tos.
—Las circunstancias cambian, Harry... Tenemos que tener en cuenta... Tal como están las cosas actualmente... No querrás que te expulsemos, ¿verdad?
—Por supuesto que no —dijo Harry.
—Bueno, entonces, ¿por qué protestas? —dijo Fudge riéndose, sin darle importancia
Varios bufaron, ya que casi la misma escena de hace unos minutos atrás.
—. Ahora cómete un bollo, Harry, mientras voy a ver si Tom tiene una habitación libre para ti.
Fudge salió de la estancia con paso firme, y Harry lo siguió con la mirada.
Una vez más, Harry suspiró.
Estaba sucediendo algo muy raro. ¿Por qué lo había esperado Fudge en el Caldero Chorreante si no era para castigarlo por lo que había hecho?
—Ya sabemos por qué— dijo Ron, negando con la cabeza.
Y pensando en ello, seguro que no era normal que el mismísimo ministro de Magia se encargara de problemas como la utilización de la magia por menores de edad.
—Diste en el blanco, Harry— sonrió el señor Weasley.
Harry se volvió a encoger de hombros. Casi siempre tenía buenas intuiciones.
Fudge regresó acompañado por Tom, el tabernero.
—La habitación 11 está libre, Harry —le comunicó Fudge—. Creo que te encontrarás muy cómodo. Sólo una petición (y estoy seguro de que lo entenderás): no quiero que vayas al Londres muggle, ¿de acuerdo?
—¡Cómo si quisiese ir! — entornó los ojos Charlie.
Fudge apretó los puños, mientras varios reían por lo bajo.
No salgas del callejón Diagon. Y tienes que estar de vuelta cada tarde antes de que oscurezca. Supongo que lo entiendes. Tom te vigilará en mi nombre.
Sirius frunció el ceño enojado, ya que no le gustó que Harry fuese vigilado y tuviese restricciones.
—De acuerdo —respondió Harry—. Pero ¿por qué...?
—No queremos que te vuelvas a perder —explicó Fudge, riéndose con ganas—. No, no... mejor saber dónde estás... Lo que quiero decir...
Sirius seguía con el ceño fruncido y a él se le había unido Remus.
Fudge se aclaró ruidosamente la garganta y recogió su capa.
—Me voy. Ya sabes, tengo mucho que hacer.
Percy asintió ante esa línea.
—¿Han atrapado a Black? —preguntó Harry.
Sirius suspiró y se sobó la sien.
Los dedos de Fudge resbalaron por los broches de plata de la capa.
—¿Qué? ¿Has oído algo? Bueno, no. Aún no, pero es cuestión de tiempo. Los guardias de Azkaban no han fallado nunca, hasta ahora... Y están más irritados que nunca. —Fudge se estremeció ligeramente—. Bueno, adiós.
—Una respuesta buena para un estado realmente nervioso— dijo Sirius—. Los dementores si que estaban irritados.
Nadie lo conotradijo porque había sido así.
Alargó la mano y Harry, al estrecharla, tuvo una idea repentina.
Varios miraron curiosos a Harry. Él, en respuesta, apuntó al libro, instando a la profesora a que siguiese leyendo.
—¡Señor ministro! ¿Puedo pedirle algo?
—Por supuesto —sonrió Fudge.
—Los de tercer curso, en Hogwarts, tienen permiso para visitar Hogsmeade, pero mis tíos no han firmado la autorización. ¿Podría hacerlo usted?
—Tienes agallas, Harry— tartamudeó George, sorprendido.
Varios asintieron de acuerdo con él, mientras el resto miraba boquiabierto a Harry. Él se encogió de hombros y siguió escuchando la lectura.
Fudge parecía incómodo.
—Ah —exclamó—. No, no, lo siento mucho, Harry. Pero como no soy ni tu padre ni tu tutor...
—Pero usted es el ministro de Magia —repuso Harry—. Si me diera permiso...
—No te lo dará— susurró Neville, mirando a Harry con lástima.
Él se encogió de hombros y continúo prestando atención al libro.
—No. Lo siento, Harry, pero las normas son las normas —dijo Fudge rotundamente—. Quizá puedas visitar Hogsmeade el próximo curso.
Harry, Ron y Hermione sonrieron con disimulo. Remus negó con la cabeza. Draco y Snape fruncieron el ceño.
De hecho, creo que es mejor que no... Sí. Bueno, me voy. Espero que tengas una estancia agradable aquí, Harry.
—Si la tuve— sonrió Harry, mirando a sus amigos.
Ron y Hermione le sonrieron antes de que la lectura continuase.
Y con una última sonrisa, salió de la estancia. Tom se acercó a Harry sonriendo.
—Si quiere seguirme, señor Potter... Ya he subido sus cosas...
Sirius sonrió satisfecho.
Harry siguió a Tom por una escalera de madera muy elegante hasta una puerta con un número 11 de metal colgado en ella. Tom la abrió con la llave para que Harry pasara.
Dentro había una cama de aspecto muy cómodo, algunos muebles de roble con mucho barniz, un fuego que crepitaba alegremente y, encaramada sobre el armario...
—¡Hedwig! —exclamó Harry.
—Un ave muy astuta— dijo Molly, esbozando una sonrisa.
Varios asintieron, mientras que los demás aullaban de ternura. Harry sonrió antes de seguir escuchando la lectura.
La blanca lechuza dio un picotazo al aire y se fue volando hasta el brazo de Harry.
—Tiene una lechuza muy lista —dijo Tom con una risita—. Ha llegado unos cinco minutos después de usted.
—Sin dudas es muy lista—le susurró Ginny.
Harry sonrió satisfecho.
Si necesita algo, señor Potter; no dude en pedirlo.
Volvió a hacer una inclinación, y abandonó la habitación.
Harry se sentó en su cama durante un rato, acariciando a Hedwig y pensando en otras cosas.
—En muchas cosas— murmuró Harry para sí.
El cielo que veía por la ventana cambió rápidamente del azul intenso y aterciopelado a un gris frío y metálico, y luego, lentamente, a un rosa con franjas doradas.
Dudley abrió sus ojos impresionado antes que la lectura continuase.
Apenas podía creer que acabara de abandonar Privet Drive hacía sólo unas horas, que no hubiera sido expulsado y que tuviera por delante la perspectiva de pasar dos semanas sin los Dursley.
—Un excelente panorama— dijo Neville, sonriendo.
Varios le dieron la razón.
—Ha sido una noche muy rara, Hedwig —dijo bostezando.
Y sin siquiera quitarse las gafas, se desplomó sobre la almohada y se quedó dormido.
—Muy bien— anunció Sprout—. Aquí termina el capítulo.
Todos se quejaron, ya que querían saber qué le deparaba a Harry sin los Dursley.
Hola a todos.
Un nuevo capítulo se asomó con su autora de vacaciones y con todas sus asignaturas aprobadas ( yes!)
Antes de comenzar, quería darles las gracias a todos por sus review, alertas, favoritos. Son sensacionales. No imaginé tener más de 200 review en 3 capítulos, es como: Wow! Me hacen muy feliz.
Ahora a la nuestro.
_Agradecer a las personas que me contestaron lo de los Hechizos no -verbales. Fueron varios los que lo hicieron. Muchas gracias, ya que me di cuenta que iba bien y que leen estas notas de autora que dejo.
-También agradecer a las dos personas que me corrigieron lo del FBI, no tenía ni idea que en Inglaterra se llamase de otro modo. Todos los días se aprende algo nuevo.
-Sobre este capítulo lo único que deseo explicar es sobre la escena de la expulsión, por si las dudas: Sé que el ministerio investiga los crimenes, pero iba más que nada enfocada a Sirius. Y sobre lo que no investiga la magia ocurririda delante de muggles es porque lo pienso así. Nada más.
-Y como comodín: Les invito a pasar por el ONE- SHOT que escribí, titulado: Una carta muy especial ( Harry Potter). Pueden ir a mi perfil y allí lo encontrarán.
Ahora, respondo review anónimos.
Elle: Hola! Me alegro que te haya gustado el capitulo. Y sí, Vernon sufrió bastante. Ya seguí. Y tranquila, ya llegará Teddy, paciencia. Besos.
Guest: Hola! Me alegro que te gustase el capítulo. Besos.
JENFER: Hola! me alegro que te emocionase el que actualizase. Se agradece. Paciencia con Teddy, ya vendrá.Estoy descansando y de vacaciones. Besos.
CHI: Hola! Me alegra oír que extrañaste el fic. Gracias. Y sí, creo que fueron tres o cuatro casi imperceptibles jejee. Y ya esta el otro capítulo. Paciencia, Teddy ya vendrá. Besos.
vale: Hola! Me alegro que te encantase. Y paciencia, siempre estaré continuando la historia. Besos.
Fiore: Hola! Me alegro que te haya gustado la venganza contra Marge. Besos.
Maggy Mcgonagall: Hola! Uff, llorando de emoción?, gracias por decir eso. A casi todos les gustó la venganza contra Marge. Besos.
VanessaUchiha: Hola! Sí, ya me comentaron varios que efectivamente aprenden los hechizos no -verbales en seto con Snape ( tendré que releer el libro) Me alegro que te gustase el capítulo. Besos.
Jess: Hola! Pues si que existen los hechizos no-verbales, como bien dijeron y me aclararon muchos. Y si bien sé ( ahora) que el mago se debe concentrar y decir el hechizo en su mente, lo puse de ese modo porque creí que, inconscientemente, Harry al llegar a la alacena donde tenían guardadas sus cosas escolares, deseó que se abriera la puerta( es una suposición ) y si lo vemos así es coherente con los hechizos no -verbales. Además me servía para potenciar al Harry Poderoso. Y sí tienes razón me equivoqué con la CIA, porque no es , pero gracias a otro lector me enteré que el equivalente de la CIA o FBI en inglaterra, escocia, irlanda del norte y Gales es Scontland Yard. Así que si existe. Igualmente, gracias por tu comentario, aprecio cuando los lectores se dan cuenta de pequeños errores porque me hacen crecer. Besos.
Danhy12: Hola! Gracias por esperar con paciencia los capítulos y más que estés tan pendiente con las actualizaciones y las reacciones que pongo. Se agradece. Quizás ponga a Ginny un poquitin celosa., es lo mínimo que puedo hacer. Gracias por desearme éxito en mis notas. Besos. PD: Contestando a tu pregunta, sé que en el polo norte están de verano, los del polo sur estamos en inverno. Así es el mundo XD!.
Jill weasley: Hola! Me alegro que te encanté. Y sí, Harry seguirá sorprendiendo. Besos.
Oriente: Hola! Me alegro que te haya gustado el capítulo. Y pues, sé que Harry no es tan poderoso como Dumbledore y Voldemort, quedate tranquilo en cuanto a eso, dale. Besos.
MeliPotter: Hola! Me alegro que te gustase el capítulo. Y sí, Vernon se lo merecía. Seguiré publicando, no te preocupes. Y sobre tu pregunta, creo que son 3 o 4, no saqué la cuenta. Pero pronto. Es un placer leer comentarios y responderlos. Besos.
Krishi26: Hola! ¿Eres del norte? Yo no lo conozco, pero me encantaría, yo soy del sur, de Concepción xd...Me alegro que te gustase el capítulo. Besos.
A todos los demás, nos vemos en los review.
Besos y saludos.
