Los personajes pertenecen a J.K Rowling. Yo juego con ellos.

Disfruten.


A pesar que los ánimos estaban más calmados luego de que a los Slytherins sufrieran ese dolor o retorcimiento en el suelo, todavía muchos alumnos sentían miedo por aquella voz y por lo que pudiese estar pasando en el futuro. Ninguno de ellos podía negar que esos hechos, aparte de tenerlos asustados, les causaba intriga. La gran mayoría de los alumnos se preguntaban qué cosa podría estar ocasionando esos resquebrajamientos y el comportamiento anormal de las serpientes, - que en ese momento seguían medios atontados, por así decirlo, de ese ataque. Varios pensaban que no serían capaces de hablar por largos minutos - , y aunque no tenían respuestas, de lo que sí estaban seguros es que se trataba de magia oscura.

Sin embargo, preferían no pensar en esos hechos y enfocarse en leer el próximo capítulo, que en ese momento el profesor Dumbledore le ofrecía a Remus Lupin leer.

Remus sólo asintió y caminó a la mesa alta, con silbidos de parte de Sirius Black, Nymphadora Tonks, Fred y George Weasley. Una vez hubo llegado a la mesa alta, tomó el libro que le pasaba Albus Dumbledore y se dispuso a leer:

El dementor

El título del capítulo trajo una serie de reacciones de parte de todos: Por un lado, los alumnos que viajaron en el expreso de Hogwarts aquel año, se estremecieron; por el otro lado, los profesores, aurores y adultos arrugaron la frente, sintiendo escalofríos. A ninguno de ellos le gustaban los dementores ni lo que éstos hacían con las personas.

Pero sin lugar a dudas, quienes más temblaron fueron Remus, Ron, Hermione, Neville, Luna, Ginny, Dudley, Harry y Sirius: Los seis primeros porque les hizo recordar lo que sintieron en ese vagón del tren cuando los dementores ingresaron a éste, extrayendo toda la alegría de los alumnos y dejando sólo desesperación y tristeza:

Remus sintió que la felicidad que sentía por haber sido contratado para un trabajo remunerado por primera vez en su vida y por estar al fin con Harry, se desvanecía dándole paso a la soledad, esa soledad por haber estado trece largos años sin sus mejores amigos, marginado del mundo mágico por una decisión propia. El haber perdido a James y Lily Potter, el haber creído muerto a quién fuera el traidor y el haber creído culpable a Sirius le había obligado a salir de este mundo mágico, sintiéndose solo, amargado y triste. Él ni siquiera fue capaz de luchar por su sobrino, Harry, el hijo de sus mejores amigos. Esa experiencia lo había marcado y, sin duda, esas criaturas le inundaban la mente con aquellos días de soledad. Y aquel día, aunque pudo reaccionar a tiempo y obligar a retirarse a los dementores gracias al encantamiento Patronus, aún así tuvo que batallar contra esos sentimientos los cuales casi lo hizo volverse loco.

Ron sintió que la felicidad de ser amigo de Harry y Hermione, y vivir momentos agradables y muchas aventuras se fueron borrando, dando paso al rechazo o el aislamiento al que fue expuesto durante tanto tiempo por sus padres o por sus propios hermanos. El ser el último hijo varón de los Weasley lo había marcado de una manera tan brutal que provocó que tuviese baja autoestima y poca fe en sí mismo. Y eso, añadiéndole que era amigo de Harry Potter, el famoso Harry Potter, le había hecho sentirse nuevamente desplazado a un segundo lugar por el resto de los alumnos porque ellos preferían a su amigo antes que él, pese a que sabía que Harry jamás lo había apartado ni nada de lo que se le pareciera. Aún así, cuando se encontró con esos dementores, las imágenes de él siendo desplazado por todos le inundaron la mente.

Hermione sintió que los grandes momentos vividos con sus amigos, Harry y Ron, poco a poco, se iban esfumando para dar paso a falta de amigos que tuvo en la infancia por ser mandona y extremadamente inteligente. El no haber tenido amigos antes de que entrase a Hogwarts le había provocado el no saber cómo hacerlos cuando ella se encontró con Harry y Ron en el expreso de Hogwarts. Ella hubiera querido ser más amigable, pero su comportamiento antisocial le llevó a hacer todo al revés. Los dementores, ese día, le llenaron su mente de imágenes siendo rechazada por todos, sin amigos con los cuales compartir sus tristezas y sus alegrías.

Neville sintió que los dos grandes logros de su corta vida, haber ganado aquellos puntos en su primer año, otorgándole la copa de las casas a Gryffindor y ser el mejor alumno en Herbología, superando a la mismísima Hermione Granger, se iban de sus pensamientos dejando en su lugar el peor dolor que alguien pudiese sentir: El oyó las voces de Frank y Alice Longbottom, sus padres, pidiéndole clemencia a Bellatriz Lestrange. Luego de aquello, una risa despiadada, unos gritos y sollozos desesperados de sus padres y una frase; te amamos, hijo. Eso fue lo que pasó cuando los dementores se acercaron a él, y aunque nunca estuvo seguro sí estaba frente a ellos cuando Bellatrix los torturó hasta llevarlos a la locura o sí sólo fue producto de su imaginación, igualmente le causaba sufrimiento. A él le hubiera encantado haberlos tenido sanos y salvos mientras crecía.

Luna sintió que todos aquellos recuerdos felices que tenía junto a sus padres, se desvanecían hasta sentir una tristeza absoluta por la falta de su madre. El haberla perdido desde tan chiquitita le había acarreado un profundo dolor que se intensificó con aquel ataque en el tren, en donde casi le hizo sumirse en una depresión.

Ginny, ella sintió que los recuerdos felices de su infancia y de su anhelado sueño de ser el amor de su héroe, Harry Potter, se esfumaban dando paso a su peor pesadilla; Tom Riddle y lo que vivió a consecuencia de ese diario. Ese día, cuando los dementores ingresaron al expreso de Hogwarts, Ginny recibió una serie de imágenes de ella provocando y atacando a todos los nacidos de muggles, estando inconsciente, cosa que le hizo temblar como loca. Sin dudas, esos seres eran lo peor que pudiese existir.

El siguiente, Dudley, se acordó de aquella noche, hace unos meses atrás, cuando su primo lo salvó de esas criaturas. Para él haber sentido que todos los recuerdos junto a sus padres, siendo consentido en todo lo que pedía, se iban desvaneciendo hasta convertirse en rechazo. Este rechazo fue bastante peculiar dado a que imaginó que él era Harry, que era a él a quien lo trataban como paria, que era él a quien lo humillaban y obligaban a hacer todo. Ese día, sintió lo que su primo debió sentir todos aquellos años de maltratos. Y él comprendió que había sido injusto con su primo.

Pero los dos último, Harry y Sirius, temblaban más que ningún otro, recordando sus encuentros con ellos:

A Harry se le extendió un escalofrío por la espalda porque al escuchar el nombre del capítulo, inmediatamente, se acordó de la noche en que los conoció, cuando por primera vez había escuchado la voz de su madre gritando y se había desmayado a consecuencia de aquello. Luego, recordó aquel juego de quidditch en el cual ellos habían ingresado, logrando que él cayese de la escoba a más de veinte metros de altura. En aquella ocasión escuchó a su mamá, palabra por palabra, rogándole clemencia a Voldemort mientras que ese ser intentaba apartarla para acercarse a él y matarlo.

Posterior a eso, se le vino a la mente las clases anti – dementoras con Remus, en donde él le enseñó el encantamiento Patronus. En aquellas clases, Harry aparte de escuchar a su mamá, también había escuchado a su padre, dándole tiempo a su mujer para que lo escondiese, demostrando una valentía y coraje que no muchos manifestaban.

Después, se acordó de ese día en donde los dementores le habían intentado de dar el beso a Sirius, pretendiendo arrebatarle a su padrino en el mismo instante que él había descubierto toda la verdad referente al traidor por lo que se había enfrentando a ellos; pero en vano debido a que se desmayó con las voces de sus padres gritando en su cerebro.

Y por último, el ataque que sufrieron él y su primo, en donde había vuelto a escuchar sus preciadas voces.

Harry no se lo daba a nadie, absolutamente a nadie porque era horrible escuchar a tus padres en sus últimos minutos de vida.

Con Sirius fue un poco más distinto a Harry porque él comenzó a recordar sus días como prisionero de Azkaban, con los dementores custodiando cada uno de sus movimientos, tanto de día como de noche. En esos doce años que estuvo preso, esos seres le quitaron cada recuerdo feliz que conservaba de su estancia en Hogwarts, con sus amigos haciendo travesuras y gastando bromas, especialmente a los Slytherin. Y cuando los recuerdos de esa época se fueron, sumiéndolo en la desesperación, se comenzó a acordar de su entrenamiento como auror, junto a su amigo, James Potter. Pero estos, otra vez, se desvanecían llevándolo casi a la locura. Fue allí cuando empezó a recordar el matrimonio de James y Lily, el nacimiento de Harry y la feliz noticia de que él sería el padrino.

Esos momentos que deseaba conservar aquellos recuerdos, nuevamente, esos guardias de Azkaban se lo quitaban. Y sólo en ese instante, cuando se percató que se volvería loco, se aferró a ese pensamiento, el pensamiento que logró mantenerlo con vida y esperanzas: Él era inocente de lo que se le acusaba, que algún día la verdad saldría a la luz y que él sería libre al fin.

Y esos anhelos fueron los que comenzaron a confundir a los dementores. Cuando Sirius se percató de eso, se trasformó en perro de vez en cuando, confundiéndolos aún más. Fue en esas circunstancias que Fudge lo fue a visitar y le prestó aquel diario que lo hizo fugarse convertido en animago. Él por fin había visto la posibilidad de que la verdad saliese a la luz y que Harry supiese que era su padrino.

Pero cuando esta verdad salió a la luz, ocurrió aquel ataque de cien dementores, quienes le quitaron las ilusiones que él se había formado - ser libre y vivir con su ahijado-, provocando su semi-inconsciencia porque él vio a los dementores quitarse la capucha y comenzar a extraer su alma cuando ese Patronus poderoso lo salvó. Él, nuevamente, pudo pretender ser libre aunque fuese escondido. Lo único bueno era que estaba en contacto con su ahijado y que los efectos de haber estado en prisión se iban pasando de a poco, a pesar de que todavía sentía temor de esos guardianes de Azkaban.

Sirius, sin ser consciente, se agarró la cabeza. Harry, que en ese instante ya se había recuperado de su estremecimiento por los dementores y percatándose de aquel movimiento, le murmuró a su padrino que todo estaría bien.

Sirius sólo le sonrió. Luego, él suspiró y le prestó atención a su amigo, quien daba por iniciado el capítulo.

A la mañana siguiente, Tom despertó a Harry, sonriendo como de costumbre con su boca desdentada y llevándole una taza de té. Harry se vistió, y trataba de convencer a Hedwig de que volviera a la jaula cuando Ron abrió de golpe la puerta y entró enfadado, poniéndose la camisa.

Ron se ruborizó, mientras varios reían disimuladamente.

Cuanto antes subamos al tren, mejor —dijo—. Por lo menos en Hogwarts puedo alejarme de Percy.

Percy arrugó la frente, Ron sacudió la cabeza, Arthur negó con la cabeza y Molly entrecerró los ojos.

Ahora me acusa de haber manchado de té su foto de Penelope Clearwater. —Ron hizo una mueca—. Ya sabes, su novia.

Ha ocultado la cara bajo el marco porque su nariz ha quedado manchada...

Varios alumnos comenzaron a reír por lo bajo, logrando ruborizar a Percy. Pero un gruñido silenció cualquier risa:

— ¡Ustedes dos!— siseó la señora Weasley.

—Lo sentimos, mamá— se disculparon Percy y Ron, agachando la cabeza.

—Que no se vuelva a repetir, ¡entendido!

—Sí mamá.

La señora Weasley suspiró. Luego, le hizo un gesto a Remus para que continuase leyendo. Él siguió con un comedor en absoluto silencio.

Tengo algo que contarte —comenzó Harry, pero lo interrumpieron Fred y George, que se asomaron a la habitación para felicitar a Ron por haber vuelto a enfadar a Percy.

— ¡Fred, George! — gruñó Molly.

—Lo sentimos, mamá— dijeron los gemelos, haciéndole un pequeño e imperceptible gesto a Remus para que continuase leyendo. Ni Fred ni George querían que su mamá les regañase.

Bajaron a desayunar y encontraron al señor Weasley, que leía la primera página de El Profeta con el entrecejo fruncido,

El señor Weasley meneó la cabeza. El profeta había dejado de ser el diario serio que fue antaño. Ahora sólo se dedicaba a desprestigiar y mentir, cosa que a Arthur Weasley le molestaba.

y a la señora Weasley, que hablaba a Ginny y a Hermione de un filtro amoroso que había hecho de joven. Las tres se reían con risa floja.

— ¿De qué se trataba ese filtro, Molly? — le preguntó Arthur, frunciendo el ceño—, ¿Para quién fue?, ¿No habrá sido para mí, cierto querida?

Molly hizo aparecer un abanico para enviarse aire, ya que se encontraba abochornada por la insinuación de su marido.

Fred, George, Ron, Bill, Charlie e, incluso, Percy agacharon la cabeza avergonzados. Ellos estaban completamente enrojecidos. Ginny, aun cuando rodó los ojos exasperada, igual se ruborizó hasta la médula.

—¡Arthur! —exclamó Molly, aún abanicándose.

—¡Molly! — dijo Arthur, arrugando la frente. El comedor se hallaba en absoluta quietud—. ¿Fue o no para mí ese filtro?

—Por supuesto que no, ¡cómo crees!

—¡Uff!

El señor Weasley sacó un pañuelo y se lo pasó por la frente, demostrando el alivio que sentía. Al mismo instante, los hijos del matrimonio Weasley levantaban la cabeza y suspiraban.

Remus aprovechó ese momento para seguir con la lectura.

¿Qué me ibas a contar? —preguntó Ron a Harry cuando se sentaron.

Más tarde —murmuró Harry, al mismo tiempo que Percy irrumpía en el comedor.

—Mucha gente para contar algo, ¿no? —le susurró Neville a Harry.

Harry asintió antes de continuar escuchando a Lupin.

Con el ajetreo de la partida, Harry tampoco tuvo tiempo de hablar con Ron.

Todos estaban muy ocupados bajando los baúles por la estrecha escalera del Caldero Chorreante y apilándolos en la puerta, con Hedwig y Hermes, la lechuza de Percy, encaramadas en sus jaulas.

—Un total de siete baúles y dos jaulas— informó Fred.

—Dos baúles de niñas, que por cierto no sé qué meten para que pese tanto, y cinco de niños un poco más ligeros— añadió George.

—Eso sin contar tres escobas de quidditch—siguió Ginny.

—Una mochila llena de libros— continúo Hermione.

—Un equipo de mantenimiento de escobas de quidditch— prosiguió Harry.

—Y una rata metida en mi bolsillo— terminó Ron.

— ¿Alguien puede con todo eso sólo para venir a Hogwarts? — preguntó Percy, alzando la ceja.

Ningún alumno se movió ni dijo nada porque, en efecto, nadie cargaba con tantos baúles ni objetos, aun cuando más de tres hermanos fuesen al colegio. Y eso pasaba debido a que los Weasley eran una de las familias más numerosas del mundo mágico.

Incluso los Dursley guardaron silencio.

Remus, aprovechando que nadie hablaba, volvió a leer.

Al lado de los baúles había un pequeño cesto de mimbre que bufaba ruidosamente.

Vale, Crookshanks —susurró Hermione a través del mimbre—, te dejaré salir en el tren.

No lo harás —dijo Ron terminantemente—. ¿Y la pobre Scabbers?

—Deja que Crookshanks este suelto en el tren, Ron. Es un excelente susto para esa rata y yo lo disfrutaría— dijo Sirius, frotándose la manos.

—Lo hubiera aprobado si hubiese sabido todo, Sirius— le comentó Ron, entre dientes.

Sirius le sonrió, mientras que Remus, negando con la cabeza, volvía a leer.

Se señaló el bolsillo del pecho, donde un bulto revelaba que Scabbers estaba allí acurrucada.

Ron apretó los puños, enfadado. Tan cerca que tuvo al traidor de los padres de su amigo y él sin siquiera imaginar que lo tenía enfrente. Sí lo hubiese sabido, tantas cosas hubieran sido distintas para Harry. Pero ahora ya no podía volver atrás y detener a aquella rata, más bien se tenía que preocupar de las cosas que vendrían en el futuro a consecuencia de la lectura de éstos libros, por lo que, después de ese gesto y pensamiento, volvió a prestarle atención a Remus Lupin.

El señor Weasley, que había aguardado fuera a los coches del Ministerio, se asomó al interior.

Aquí están —anunció—. Vamos, Harry.

Sirius se sobó la sien y suspiró resignado. Sólo por culpa de él se tomaron esos resguardos con Harry. A veces le hubiese gustado haberse presentado de inmediato y no haberse escondido, pero corría muchos riesgos si lo hacía de esa manera.

¡Estúpido, Pettigrew! No pudo dejar de pensar, apretando los puños ligeramente antes de volver su atención en Lunático.

El señor Weasley condujo a Harry a través del corto trecho de acera hasta el primero de los dos coches antiguos de color verde oscuro, los dos conducidos por brujos de mirada furtiva con uniforme de terciopelo verde esmeralda.

Sube, Harry —dijo el señor Weasley, mirando a ambos lados de la calle llena de gente.

Sirius seguía apretando los puños.

Harry subió a la parte trasera del coche, y enseguida se reunieron con él Hermione y Ron, y para disgusto de Ron, también Percy.

Molly gruñó, lo que obligó a Ron, aunque a regañadientes, pedirle disculpas a Percy. Éste último sólo asintió antes de que Remus volviese a leer.

El viaje hasta King's Cross fue muy tranquilo, comparado con el que Harry había hecho en el autobús noctámbulo. Los coches del Ministerio de Magia parecían bastante normales, aunque Harry vio que podían deslizarse por huecos que no podría haber traspasado el coche nuevo de la empresa de tío Vernon.

Vernon frunció el ceño, evidentemente enojado. El labio le temblaba, mientras pensaba: ¿por qué razón los anormales podían mejorar todo con un poco de magia?, ¿pasar por huecos que ninguna persona normal cabría, o al menos el automóvil?, ¿por qué tanta injusticia? La magia le soluciona todos sus problemas, ¡estúpidos magos!

Para suerte de él, nadie se fijó en lo que hacía. La lectura seguía sin demoras.

Llegaron a King's Cross con veinte minutos de adelanto; los conductores del Ministerio les consiguieron carritos, descargaron los baúles, saludaron al señor Weasley y se alejaron, poniéndose, sin que se supiera cómo, en cabeza de una hilera de coches parados en el semáforo.

Esto hizo hervir a Vernon Dursley, mientras seguía pensando en la gran injustica entre la gente normal con la gente anormal.

El señor Weasley se mantuvo muy pegado a Harry durante todo el camino de la estación.

El señor Weasley le envió una mirada de disculpa a Sirius, quien se veía desanimado.

Bien, pues —propuso mirándolos a todos—. Como somos muchos, vamos a entrar de dos en dos. Yo pasaré primero con Harry.

—Al menos lo cuidas muy bien, Arthur— suspiró Sirius—. Ocuparon de buena forma el lugar que debió haber sido mío después de la muerte de James y Lily. Estaré agradecido con ustedes por la dedicación que le han dado a Harry protegiéndolo y cuidándolo estos cinco años.

—Es lo mínimo que pudimos y podemos hacer por él— le sonrió Arthur, mientras que Molly asentía con la cabeza.

—Lo sé, pese a que me duele que lo hayan protegido, precisamente, de mí. Es irónico.

—Lo sabemos, Sirius, pero en ese entonces, no— le murmuró Molly.

—Ya sé que es pasado, Molly y Arthur. Y será mejor que lo dejemos así por el momento.

Harry, que no se perdió palabra alguna aferrado a la mano de Ginny, sólo atinó a esbozar una sonrisa cuando su padrino dijo eso último. Hacía tiempo que había comprendido que tenía una verdadera familia que lo protegía; una familia compuesta por los Weasley, Sirius, Remus y Tonks.

Ron, Hermione y Luna le sonrieron abiertamente. Su amigo, más que nadie, se merecía tener alguien que lo cuidase luego de tantas humillaciones sufridas por los Dursley, aun cuando fuese en detalles tan pequeños como éstos.

Ginny, que escuchó con interés la conversación y quien le había tomado la mano a Harry en algún momento de la plática, suspiró. Su novio merecía tener este grado de preocupación por él, pese a que él siempre había tenido que protegerse a sí mismo desde muy pequeño.

Neville, aun cuando le sonrió a Harry, se sintió nostálgico y triste. Él, a diferencia de Harry, contaba sólo con su abuela, ya que sus tíos no lo apoyaban casi de nada. Además, Augusta, siempre lo trataba de cobarde. Él hubiese querido que lo protegiesen y cuidasen como lo hacían con Harry.

Dudley, que le sonrió a su primo, no paraba de pensar en lo cruel que fue con él durante más catorce años. Él jamás se perdonaría haber tratado a Harry como una paría sólo porque sus padres aborrecían la magia.

Vernon y Petunia hicieron oídos sordos, aunque a la última le rodó una lágrima que se la secó rápidamente.

Remus miró con tristeza a su amigo. Estaba seguro que vendrían cosas peores que las que se nombraron acá, entre pensamientos, acciones y sobreprotección que le harían mal a Canuto. Pero, él prefirió seguir leyendo, ya que sólo así el libro acabaría rápido. Entonces, ante un comedor que se encontraba en silencio, se aclaró la garganta y siguió con la lectura.

El señor Weasley fue hacia la barrera que había entre los andenes nueve y diez, empujando el carrito de Harry y, según parecía, muy interesado por el Intercity 125 que acababa de entrar por la vía 9. Dirigiéndole a Harry una elocuente mirada, se apoyó contra la barrera como sin querer. Harry lo imitó.

—Imitando— le dijo Charlie—. Muy bien.

Harry rodó los ojos.

Un instante después, cayeron de lado a través del metal sólido y se encontraron en el andén nueve y tres cuartos. Levantaron la mirada y vieron el expreso de Hogwarts, un tren de vapor de color rojo que echaba humo sobre un andén repleto de magos y brujas que acompañaban al tren a sus hijos.

Los alumnos aplaudieron fuertemente, mientras murmuraban: expreso de Hogwarts. Los profesores negaban con la cabeza.

De repente, detrás de Harry aparecieron Percy y Ginny. Jadeaban y parecía que habían atravesado la barrera corriendo.

—Fue culpa de Percy— se defendió Ginny

—Claro que no, fue tu culpa— contraatacó Percy—. Fuiste tú quién me dijiste: ¡Entonces, corre, Percy!

—Sí, pero tú me dijiste primero: ¡Corre, enana, quiero ver a Penélope! — se cruzó de brazos Ginny, sonriendo de manera triunfal.

Percy se puso rojo, mientras los demás soltaban risitas por lo , en tanto, besó su mejilla.

Percy, para que no se siguiesen riendo de él, le hizo un gesto a Remus para que continuase leyendo.

Lupin, con una pequeña sonrisa en sus labios, se dispuso a leer.

¡Ah, ahí está Penelope! —dijo Percy, alisándose el pelo y sonrojándose.

—¡No se atrevan a reírse ni a decir nada!— gruñó Percy cuando vio que los gemelos iban a hablar y los demás a reír.

Remus apresuró su lectura.

Ginny miró a Harry, y ambos se volvieron para ocultar la risa en el momento en que Percy se acercó sacando pecho (para que ella no pudiera dejar de notar la insignia reluciente) a una chica de pelo largo y rizado.

Lo mismo ocurría en el comedor. Todos ocultaban su risa para que Percy no se enfadase.

Después de que Hermione y el resto de los Weasley se reunieran con ellos, Harry y el señor Weasley se abrieron paso hasta el final del tren, pasaron ante compartimentos repletos de gente y llegaron finalmente a un vagón que estaba casi vacío. Subieron los baúles, pusieron a Hedwig y a Crookshanks en la rejilla portaequipajes, y volvieron a salir para despedirse de los padres de Ron.

—Si me permiten el atrevimiento, señores Weasley— comenzó a decir Colin—, es toda una Odisea su viaje al expreso de Hogwarts.

—Perdón mi niño, ¿Odi…qué? — le preguntó Molly con dulzura.

—Odisea, es decir, un viaje lleno de dificultades o aventuras— le respondió Colin.

—Además, de ser un poema épico de Homero— añadió Hermione, sonriendo.

—¡Ahhh! — exclamó la señora Weasley, encogiéndose de hombros—. Si es así, entonces, sí, fue y es una Odisea nuestro viaje teniendo en consideración todo lo que pasamos para llegar al andén.

Colin le sonrió. Luego de aquello, la lectura siguió.

La señora Weasley besó a todos sus hijos, luego a Hermione y por último a Harry. Éste se sintió embarazado pero muy agradecido cuando ella le dio un abrazo de más.

Sirius y Remus le miraron agradecidos, haciendo ruborizar a Molly. Luego de eso, Lupin continúo leyendo.

Cuídate, Harry ¿Lo harás? —dijo separándose de él, con los ojos especialmente brillantes. Luego abrió su enorme bolso y dijo—: He preparado bocadillos para todos.

—Es una madre súper preocupada, señora Weasley. La felicito— le halagó Tonks.

—¡Oh, querida, no hay por qué felicitar! Yo hago lo que cualquier madre haría por sus hijos— le respondió, agradecida y sonrojada, Molly.

Después de eso, Remus continúo leyendo.

Aquí los tenéis, Ron... no, no son de conserva de buey…Fred... ¿dónde está Fred? ¡Ah, estás ahí, cariño...!

Harry —le dijo en voz baja el señor Weasley—, ven aquí un momento.

—Aquí vamos— murmuró Sirius, consciente que Arthur hablaría con Harry sobre él.

El comedor, pero por sobre todo los más cercanos a Black, le enviaron miradas compasivas. Sirius no se dio cuenta de lo que sucedía porque estaba sumido en sus pensamientos los que se enfocaban casi únicamente en aquella rata traidora, la cual había sido la causante de sus males y de sus desgracias. Peter Pettigrew no sólo le destruyó la vida a él, sino que también la de Remus, James y Lily. Y eso jamás se lo perdonaría, por más que esa rata le implorase, le regase o le pidiese clemencia. No, Peter Pettigrew se merecía las peores penas del infierno por lo que había hecho.

Luego de pensar aquello, meneó la cabeza y miró hacía Lunático, quien en la tarima le miraba preocupado. Sirius, ignorando esa mirada, le hizo un gesto para que continuase. Remus siguió leyendo con rapidez.

Señaló una columna con la cabeza y Harry lo siguió hasta ella. Se pusieron detrás, dejando a los otros con la señora Weasley.

—Todos nos preguntamos qué cosa le querías decir a Harry, papá— le comentó Ginny.

Fred, George, Ron, Hermione y Percy asintieron con la cabeza, mientras que Charlie y Bill veían con interés al libro. La señora Weasley, simplemente, suspiraba.

—Ya lo sabrán, aunque sospecho que Harry se los contó a Ron y Hermione —el señor Weasley levantó la ceja.

—Sí—le respondieron Ron y Hermione al tiempo que le sonreían a su amigo.

Harry les sonrió de vuelta y Remus aprovechó para continuar con la lectura.

Tengo que decirte una cosa antes de que te vayas —dijo el señor Weasley con voz tensa.

No es necesario, señor Weasley. Ya lo sé.

¿Que lo sabes? ¿Cómo has podido saberlo?

Yo... eh... les oí anoche a usted y a su mujer. No pude evitarlo. Lo siento...

No quería que te enteraras de esa forma —dijo el señor Weasley, nervioso.

—Creo que a nadie le gustaría enterarse de algo tan grave oyendo una conversación de otras personas referente a ti— susurró Neville.

No debía ser agradable que hablasen de ti a tus espaldas y mucho menos algo como eso. De todas formas, pensó Neville, lo bueno es que Harry lo había tomado bien, no mal como él lo hubiese hecho.

Para suerte de Neville, nadie se percató de lo que dijo por lo que siguió escuchando la lectura.

No... Ha sido la mejor manera. Así me he podido enterar y usted no ha faltado a la palabra que le dio a Fudge.

—Eso hubiese sido malo, muy malo— reconoció Fudge, frunciendo el ceño.

El señor Weasley rodó los ojos.

Harry, debes de estar muy asustado...

No lo estoy —contestó Harry con sinceridad—. De verdad —añadió, porque el señor Weasley lo miraba incrédulo

—En mí defensa, no sabía que Harry era tan valiente— se apresuró a decir el señor Weasley cuando vio las miradas atónitas que le enviaban.

Harry, simplemente, rodó los ojos antes de que Remus volviese a leer.

. No trato de parecer un héroe, pero Sirius Black no puede ser peor que Voldemort, ¿verdad?

—Puede ser un loco, pero no un perverso como Voldemort— dijo Remus, deteniendo la lectura.

—Lunático, sólo porque eres tú acepto que me llames loco— Sirius sonrió a medias. Harry suspiró resignado—. Pero no soy ni seré como ese ser.

—Lo entendemos, Sirius— le susurró Remus antes de continuar leyendo.

El señor Weasley se estremeció al oír aquel nombre, pero no comentó nada.

Varios se estremecieron, pero por lo menos era cada vez menos la gente que le tenía miedo a Voldemort, lo cual era rescatable.

Harry, sabía que estabas hecho..., bueno, de una pasta más dura de lo que Fudge cree. Me alegra que no tengas miedo, pero...

¡Arthur! —gritó la señora Weasley, que ya hacía subir a los demás al tren—. ¡Arthur!, ¿qué haces? ¡Está a punto de irse!

—Parece que alguien está alterado, ¿no? — le susurró Justin a Ernie

—Alterada, querrás decir— le corrigió Ernie antes de seguir prestando atención a la lectura.

Ya vamos, Molly —dijo el señor Weasley Pero se volvió a Harry y siguió hablando, más bajo y más aprisa—. Escucha, quiero que me des tu palabra...

¿De qué seré un buen chico y me quedaré en el castillo? —preguntó Harry con tristeza.

La misma tristeza que sentía Sirius. Su ahijado fue tan sobreprotegido por su causa que no sabía qué era peor: Enterarse de todo el resguardo que tuvieron con él o enterarse de los pensamientos de Harry hacía él en este libro.

De todas formas, lo mejor que podía hacer era seguir escuchando la lectura.

No exactamente —respondió el señor Weasley, más serio que nunca—. Harry, prométeme que no irás en busca de Black.

Harry lo miró fijamente.

Lo mismo ocurría con los alumnos. Todos, menos los Slytherins que seguían idos, alternaron su mirada de Harry al señor Weasley y del señor Weasley a Sirius, preguntándose por qué Arthur Weasley le había hecho prometer a Harry que no iría tras de Black cuando el reo era quien iba tras de Potter. Y bajo esas circunstancias es que la gran mayoría pensaba que era insólito el cambio de papeles . Sin embargo, sabían que lo averiguarían muy pronto, por lo que volvieron a prestarle atención a Remus.

¿Qué?

Se oyó un potente silbido y pasaron unos guardias cerrando todas las puertas del tren.

Prométeme, Harry —dijo el señor Weasley hablando aún más aprisa—, que ocurra lo que ocurra...

¿Por qué iba a ir yo detrás de alguien que sé que quiere matarme? — preguntó Harry, sin comprender.

—Tiene un punto a su favor y es lo que todos no preguntamos—comentó Hannah.

—Y yo les digo que tienen que esperar a que la lectura les dé las respuestas— le respondió Harry, haciéndole un gesto a Remus para que siguiese leyendo.

Lupin continúo leyendo con un comedor absolutamente quieto y en silencio.

Prométeme que, oigas lo que oigas...

¡Arthur; aprisa! —gritó la señora Weasley.

Salía vapor del tren. Éste había comenzado a moverse.

—¡Corre, Harry, corre! — gritaron Fred, George, Charlie y Bill—, ¡Perderás el tren!

Sirius, Remus y Tonks silbaron, los alumnos rieron, los profesores esbozaron una sonrisa y los aurores junto con Harry, Ron, Hermione, Ginny, Luna y Neville negaron con la cabeza.

Luego de aquello, Remus siguió leyendo.

Harry corrió hacia la puerta del vagón, y Ron la abrió y se echó atrás para dejarle paso. Se asomaron por la ventanilla y dijeron adiós con la mano a los padres de los Weasley hasta que el tren dobló una curva y se perdieron de vista.

Remus se detuvo unos segundos, recordando las tantas veces que los señores Potter, los padres de James, los dejaban en el tren y, luego, ellos cuatro le decían adiós con la mano, tal cual lo hacía Harry y Ron con los señores Weasley. Él estaba seguro que James y Lily hubieran estado felices de ser ellos quienes dejasen a su hijo en el tren para, después de decirles adiós, juntarse con los Weasley a conversar de las travesuras de sus hijos. Hubiese sido todo tan distinto, que Remus no pudo evitar sentir nostalgia.

Pero gracias a que leía, esto pasó desapercibido, porque siguió leyendo luego de haber pensado eso.

Tengo que hablaros a solas —dijo entre dientes a Ron y Hermione en cuanto el tren cogió velocidad.

Vete, Ginny —dijo Ron.

¡Qué agradable eres! —respondió Ginny de mal humor; y se marchó muy ofendida.

—Quería saber de qué iban a hablar— se apresuró a decir ella con las orejas rojas cuando vio que Seamus, Dean, Colin, Susan, Hannah y otros que Ginny conocía, la miraban estupefactos.

Remus, para sacarla del momento incomodo, volvió a leer.

Harry, Ron y Hermione fueron por el pasillo en busca de un compartimento vacío, pero todos estaban llenos salvo uno que se encontraba justo al final. En éste sólo había un ocupante: un hombre que estaba sentado al lado de la ventana y profundamente dormido.

Remus se puso colorado, pero continúo leyendo como si nada.

Harry, Ron y Hermione se detuvieron ante la puerta. El expreso de Hogwarts estaba reservado para estudiantes y nunca habían visto a un adulto en él, salvo la bruja que llevaba el carrito de la comida.

Muchos alumnos se preguntaron quién era esa persona, pero prefirieron seguir escuchando la lectura.

El extraño llevaba una túnica de mago muy raída y remendada. Parecía enfermo y exhausto. Aunque joven, su pelo castaño claro estaba veteado de gris.

Sirius y Tonks le enviaron una mirada divertida a Remus. Éste último rodó los ojos y siguió leyendo.

¿Quién será? —susurró Ron en el momento en que se sentaban y cerraban la puerta, eligiendo los asientos más alejados de la ventana.

Es el profesor R. J. Lupin —susurró Hermione de inmediato.

Los alumnos aplaudieron. Después de todo, aún pensaban que él había sido el mejor profesor de DCAO que tuvieron. Remus, en tanto, enrojeció. Pero entonces:

— ¡Sí! — gritó Tonks—, ¡llegó el profesor Chocolatín!

—No soy un Chocolatín— gruñó Remus, mientras que Sirius, Fred, George y unos tantos más se carcajeaban. Harry, Ron, Hermione y los señores Weasley esbozaban unas sonrisas.

—Lo eres, porque siempre andas con más de una centena de chocolates en tus maletas, los que repartes o, en su defecto, te lo comes — dijo Tonks—. Unos chocolates deliciosos y dulces que se derriten en tu boca, una boca riquísima.

Sirius, en ese instante, se dejó de reír y arrugó la frente. Los señores Weasley, Dumbledore y Minerva sonrieron abiertamente.

—¡Tonks! — chilló, entonces, Remus enrojecido.

—¿Qué? — se encogió de hombros Tonks—. Sí es verdad, o eso creo.

—No creas nada— siseó Remus.

—Creeré lo que quiera—Tonks se cruzó de brazos.

Seamus, Dean, Neville, Luna, Susan, Hannah, Cho, Marrietta, Ernie y Justin mantenían la boca ligeramente abierta.

—No lo creerás. No soy un chocolatín, ni muchos menos tengo una boca riquísima, ¡entendido!

—Seguirás siendo un chocolatín riquísimo y punto— sonrió Tonks, mientras que Remus se seguía tornando rojo y que Sirius arrugaba aún más la frente.

Harry, Ron y Hermione se miraban los unos a los otros incrédulos. ¿Eso había sido sugerente?, ¿Eso quería decir que algún sentimiento tenía Tonks hacía Remus y él no a ella? Ninguno de los tres lo sabía, pero pronto lo averiguarían.

En ese momento, Remus para callar cualquier cosa, volvió a leer todavía rojo.

¿Cómo lo sabes?

Lo pone en su maleta —respondió Hermione señalando el portaequipajes que había encima del hombre dormido, donde había una maleta pequeña y vieja atada con una gran cantidad de nudos. El nombre, «Profesor R. J. Lupin», aparecía en una de las esquinas, en letras medio desprendidas.

Sirius, aunque seguía con el ceño fruncido, no pudo evitar sonreír. Él recordaba cómo era su amigo en el colegio. Y una de las cosas que caracterizaban a lunático era, justamente, atar las maletas con muchos nudos y escribir su nombre con las letras desprendidas.

Sirius meneó la cabeza, su amigo jamás cambiaría. Siempre sería el hombre ordenado y maniático de los nudos.

Me pregunto qué enseñará —dijo Ron frunciendo el entrecejo y mirando el pálido perfil del profesor Lupin.

Está claro —susurró Hermione—. Sólo hay una vacante, ¿no es así? Defensa Contra las Artes Oscuras.

Justin rió por lo bajo. La pregunta de Ron había sido algo tonta en su opinión.

Harry, Ron y Hermione ya habían tenido dos profesores de Defensa Contra las Artes Oscuras, que habían durado sólo un año cada uno. Se decía que el puesto estaba gafado.

—Así es — respondió Albus con la frente arrugada.

Nadie se movió ni dijo nada, por lo que Remus se apresuró a leer.

Bueno, espero que no sea como los anteriores —dijo Ron no muy convencido—. No parece capaz de sobrevivir a un maleficio hecho como Dios manda.

—No lo conocía en ese momento, profesor Lupin— dijo Ron avergonzado.

Remus sonrió y sacudió su cabeza antes de seguir leyendo.

Pero bueno, ¿qué nos ibas a contar?

Arthur Weasley sonrió.

Harry explicó la conversación entre los padres de Ron y las advertencias que el señor Weasley acababa de hacerle. Cuando terminó, Ron parecía atónito y Hermione se tapaba la boca con las manos.

—Excelente reacciones, chicos — comentó Sirius dolido.

Ni Ron ni Hermione quisieron decir algo. Sabían que si ellos hubiesen sabido que él era inocente, esa reacción histérica que tuvieron jamás la hubieran tenido. No obstante, también estaba el hecho que en ese momento, no lo sabían.

Era muy complicado lo que sentían en estos instantes, porque claramente ellos dos harían sufrir a Sirius con sus acciones y conversaciones.

Ambos suspiraron y menearon la cabeza. Esto sería doloroso de leer.

Remus, percatándose de esa reacción, decidió seguir leyendo; por lo que, se aclaró la garganta y continúo leyendo.

Las apartó para decir:

¿Sirius Black escapó para ir detrás de ti? ¡Ah, Harry, tendrás que tener muchísimo cuidado! No vayas en busca de problemas...

—Por lo menos eres sensata, Hermione— suspiró Sirius.

Hermione asintió con la cabeza.

Yo no busco problemas —respondió Harry, molesto—. Los problemas normalmente me encuentran a mí.

Aunque ni Sirius ni Remus ni Snape quisieron comentar nada, igualmente pensaron en James Potter. Él, generalmente, hacia el mismo comentario que su hijo cuando los profesores, llámese la profesora McGonagall, los pillaban en alguna travesura. Los dos primeros no pudieron evitar sentir nostalgia, en cuanto al último, frunció el ceño.

En la mesa alta, Dumbledore y Minerva McGonagall esbozaron una pequeña sonrisa y luego suspiraron. Extrañaban a James Potter, aun cuando nunca él los escucharía.

Después de aquellos pensamientos, Remus siguió con la lectura.

¡Qué tonto tendría que ser Harry para ir detrás de un chalado que quiere matarlo! —exclamó Ron, temblando.

—¡Eh! — exclamó Sirius—. Chalado no soy.

—Lo sabemos— dijo Ron, entornado los ojos.

Remus meneó la cabeza antes de continuar leyendo.

Se tomaban la noticia peor de lo que Harry había esperado. Tanto Ron como Hermione parecían tenerle a Black más miedo que él.

—En ese entonces, sí— reconoció Hermione, encogiéndose de hombros.

Sirius hizo un gesto de no importarle antes de que Remus se apresurase a leer.

Nadie sabe cómo se ha escapado de Azkaban —dijo Ron, incómodo—. Es el primero. Y estaba en régimen de alta seguridad.

Harry, Ron, Hermione, Sirius, Remus y Dumbledore se miraron unos segundos enigmáticamente. Para suerte de ellos, nadie se fijó en esas miradas por lo que Remus pudo continuar leyendo sin mayores accidentes.

Pero lo atraparán, ¿a que sí? —dijo Hermione convencida—. Bueno, están buscándolo también todos los muggles...

—Y no sacaron nada— medio rió Sirius.

La gente pensó que él tenía razón. Ni los muggles ni los magos lo pudieron atrapar, cosa que a todos intrigaba y sorprendía.

¿Qué es ese ruido? —preguntó de repente Ron.

De algún lugar llegaba un leve silbido. Miraron por el compartimento.

Viene de tu baúl, Harry —dijo Ron poniéndose en pie y alcanzando el portaequipajes.

—Eso fue molesto— declaró Remus, medio riendo.

— ¿Estuvo despierto todo ese rato? — preguntaron Harry, Ron y Hermione atónitos.

—No, no estaba despierto. Ese ruido me despertó— reconoció—. Escuché parte de su conversación después de eso, pero la fatiga me venció en varias ocasiones hasta ese momento incómodo.

Los tres amigos asintieron antes de que Remus volviese a leer.

Un momento después, había sacado el chivatoscopio de bolsillo de entre la túnica de Harry. Daba vueltas muy aprisa sobre la palma de la mano de Ron, brillando muy intensamente.

Ron apretó los puños, Sirius golpeó la mesa, Hermione arrugó la frente, Remus gruñó y Harry maldijo entre dientes. El chivatoscopio le estaba diciendo que había alguien que no era de fiar y ellos Hicieron oídos sordos. Les molestaban, ahora, estos pequeños detalles que nunca vieron ese año.

Los demás sólo atinaron a mirarlos, por enésima vez, sorprendidos. Pero no comentaron nada, ya que pronto sabrían la razón por la que reaccionaban así. De modo que esperaron a que Remus siguiese leyendo.

¿Eso es un chivatoscopio? —preguntó Hermione con interés, levantándose para verlo mejor.

Sí... Pero claro, es de los más baratos —dijo Ron—. Se puso como loco cuando lo até a la pata de Errol para enviárselo a Harry.

Ron enrojeció, mientras que Percy gruñía.

¿No hacías nada malo en ese momento? —preguntó Hermione con perspicacia.

¡No! Bueno..., no debía utilizar a Errol. Ya sabes que no está preparado para viajes largos... Pero ¿de qué otra manera hubiera podido hacerle llegar a Harry el regalo?

Vuélvelo a meter en el baúl —le aconsejó Harry, porque su silbido les perforaba los oídos— o le despertará.

Remus se rió antes de continuar leyendo.

Señaló al profesor Lupin con la cabeza. Ron metió el chivatoscopio en un calcetín especialmente horroroso de tío Vernon, que ahogó el silbido, y luego cerró el baúl.

Podríamos llevarlo a que lo revisen en Hogsmeade —dijo Ron, volviendo a sentarse—.Fred y George me han dicho que en Dervish y Banges, una tienda de instrumentos mágicos, venden cosas de este tipo.

—Y nos dijeron que estaba bueno, muy bueno— reconoció Hermione.

Harry suspiró, mientras que Sirius volvía a apretar los puños junto a Ron. Los demás se seguían preguntando qué pasaba con ese chivastoscopio, pero sabían que lo averiguarían más temprano que tarde.

Dudley, en tanto, sentía curiosidad por ese "Hogsmeade"; sin embargo, sabía que pronto lo descubriría, así que le volvió a prestar atención a Remus.

¿Sabes más cosas de Hogsmeade? —dijo Hermione con entusiasmo—. He leído que es la única población enteramente no muggle de Gran Bretaña...

Dudley abrió sus ojos, asombrado por qué ese "Hogsmeade" era un pueblo enteramente mágico.

Sí, eso creo —respondió Ron de modo brusco

—¡Cómo que crees! — chilló Molly—. Es, Ron, es. Te lo expliqué hace muchísimos años.

—Lo sé, mamá— Ron rodó los ojos ruborizado, mientras los demás reían por lo bajo.

Remus, para sacar de la vergüenza a Ron, volvió a leer.

. Pero no es por eso por lo que quiero ir. ¡Sólo quiero entrar en Honeydukes!

¿Qué es eso? —preguntó Hermione.

Es una tienda de golosinas —respondió Ron, poniendo cara de felicidad

Misma felicidad que sentían los alumnos.

, donde tienen de todo... Diablillos de pimienta que te hacen echar humo por la boca... y grandes bolas de chocolate rellenas de mousse de fresa y nata de Cornualles, y plumas de azúcar que puedes chupar en clase y parecer que estás pensando lo que vas a escribir a continuación...

Los hombres babeaban. Incluso Dudley babeaba.

Pero Hogsmeade es un lugar muy interesante —presionó Hermione con impaciencia—. En Lugares históricos de la brujería se dice que la taberna fue el centro en que se gestó la revuelta de los duendes de 1612. Y la Casa de los Gritos se considera el edificio más embrujado de Gran Bretaña...

Sirius y Remus taparon su risa con una sonora tos. Fueron precisamente ellos, juntos a James y a una cierta rata, que le dieron esa reputación a la Casa de los Gritos.

¡La ironía! Pensaron, antes de que Remus continuase leyendo.

... Y enormes bolas de helado que te levantan unos centímetros del suelo mientras les das lenguetazos —continuó Ron, que no oía nada de lo que decía Hermione.

—Ya veo por qué te hacías que no sabías que Hogsmeade era el único lugar no muggle de Gran Bretaña— Molly negó con la cabeza.

Ron miró avergonzado antes de que Remus lo salvase, volviendo a leer.

Hermione se volvió hacia Harry.

¿No será estupendo salir del colegio para explorar Hogsmeade?

—Bien hecho, Hermione— Molly le sonrió a Hermione y ella de vuelta.

Ron arrugó la frente.

Supongo que sí—respondió Harry apesadumbrado—. Ya me lo contaréis cuando lo hayáis descubierto.

¿Qué quieres decir? —preguntó Ron.

Dudley agachó la cabeza.

Yo no puedo ir. Los Dursley no firmaron la autorización y Fudge tampoco quiso hacerlo.

—Muy bien— dijo Vernon, sonriendo—. Eso te pasa, mocoso, por ser desordenado.

La gente lo miró enojada, pero antes de que alguien pudiese intervenir:

—Mi primo no es desordenado— lo defendió Dudley—. Eres tú quien le impide hacer sus cosas porque eres pesado con él.

—¡Dudley! — chilló Vernon—, ¿qué dices?

—Lo que veo, oigo y descubro— le respondió—. Harry se merecía ir a Hogsmeade y tú se lo impediste.

Vernon se quedó paralizado junto a Petunia. Ninguno de los dos parecía encontrar el habla, mientras tanto, el comedor se encontraba en absoluto silencio. Nadie creía lo que había pasado, salvo Harry, que le sonrió a su primo.

Luego de unos segundos, Remus decidió que era bueno seguir con la lectura.

Ron se quedó horrorizado.

¿Que no puedes venir? Pero... hay que buscar la forma... McGonagall o algún otro te dará permiso...

La profesora McGonagall negó con la cabeza.

Harry se rió con sarcasmo. La profesora McGonagall, jefa de la casa Gryffindor, era muy estricta.

—Exactamente— dijo la jefa de la casa de Gryffindor.

Ningún Gryffindor se atrevió a mirarla.

Podemos preguntar a Fred y a George. Ellos conocen todos los pasadizos secretos para salir del castillo...

—Pero primero fuimos nosotros quienes conocimos todos los pasadizos secretos— declaró Sirius, apuntándose a sí mismo y a Remus.

—Y nosotros seguimos su legado— añadieron Fred y George.

Los cuatro se sonrieron, mientras que Minerva McGonagall gemía y Dumbledore sonreía. Los alumnos, como no sabían cómo reaccionar, esperaron a que Remus Lupin siguiese leyendo.

¡Ron! —le interrumpió Hermione—. Creo que Harry no debería andar saliendo del colegio a escondidas estando suelto Black...

—Una consulta, profesor Lupin— dijo Seamus.

—Dígame, señor Finnigan.

—Usted hace unos minutos atrás le dijo al trío de oro que se despertó en cuanto escuchó al chivastoscopio, y mi pregunta es sí estaba oyendo esta conversación— le preguntó, dudando.

Harry, Ron y Hermione miraron a Remus fijamente.

—Pensé que era un sueño, pero presumo que estaba quedándome dormido de nuevo porque sí escuché lo de Sirius.

—¡Ahhh! — Seamus se encogió de hombros.

—En fin— dijo Remus—. Seguiré leyendo.

Ya, supongo que eso es lo que dirá McGonagall cuando le pida el permiso —observó Harry.

Pero si nosotros estamos con él... Black no se atreverá a...

No digas tonterías, Ron —interrumpió Hermione—. Black ha matado a un montón de gente en mitad de una calle concurrida. ¿Crees realmente que va a dejar de atacar a Harry porque estemos con él?

—En realidad sí— Sirius sonrió abiertamente.

Ningún alumno comprendió aquella declaración, sólo Harry, Ron y Hermione quienes le sonrieron a Sirius.

Remus, negando con la cabeza, continúo leyendo.

Mientras hablaba, Hermione enredaba las manos en la correa de la cesta en que iba Crookshanks.

¡No dejes suelta esa cosa! —exclamó Ron.

— ¡Déjalo suelto! — gritó Sirius.

Pero nadie le hizo caso.

Pero ya era demasiado tarde. Crookshanks saltó con ligereza de la cesta, se desperezó, bostezó y se subió de un brinco a las rodillas de Ron; el bulto del bolsillo de Ron estaba temblando y él se quitó al gato de encima, dándole un empujón irritado.

—¡Dale, Crookshanks!, ¡Esa rata se lo merece! — rugió Sirius eufórico—¡Aplástala como una cucaracha!, ¡Dale!, ¡Tú puedes, Crookshanks!

La gente no sabía si reír o quedarse callado, pero optaron por mirar sorprendidos a Sirius. Harry, Ron y Hermione se carcajeaban junto a los gemelos.

Remus, en tanto, rodó los ojos y continúo leyendo.

¡Apártate de aquí!

¡No, Ron! —exclamó Hermione con enfado.

Ron estaba a punto de responder cuando el profesor Lupin se movió.

— ¡Lunático! , ¡Buu!— bufó Sirius para diversión de muchos.

—Lo siento— se disculpó Remus antes de seguir leyendo.

Lo miraron con aprensión, pero él se limitó a volver la cabeza hacia el otro lado, con la boca todavía ligeramente abierta, y siguió durmiendo.

El comedor rió. Remus, colorado, continúo leyendo.

El expreso de Hogwarts seguía hacia el norte, sin detenerse. Y el paisaje que se veía por las ventanas se fue volviendo más agreste y oscuro mientras aumentaban las nubes.

A través de la puerta del compartimento se veía pasar gente hacia uno y otro lado.

La gente se sintió identificada con ese párrafo, por lo que no pudieron evitar sonreír.

Crookshanks se había instalado en un asiento vacío, con su cara aplastada vuelta hacia Ron, y tenía los ojos amarillentos fijos en su bolsillo superior.

Sirius sonrió maliciosamente. Crookshanks realmente le estaba dando un buen merecido a esa rata.

A la una en punto llegó la bruja regordeta que llevaba el carrito de la comida.

¿Crees que deberíamos despertarlo? —preguntó Ron, incómodo, señalando al profesor Lupin con la cabeza—. Por su aspecto, creo que le vendría bien tomar algo.

Hermione se aproximó cautelosamente al profesor Lupin.

Eeh... ¿profesor? —dijo—. Disculpe... ¿profesor?

El dormido no se inmutó.

Justin y Ernie se rieron.

—¡Jóvenes! — les regañó Remus, enrojecido.

—Disculpe, profesor— ambos agacharon la cabeza.

Remus, medio riendo medio avergonzando, siguió leyendo.

No te preocupes, querida —dijo la bruja, entregándole a Harry unos pasteles con forma de caldero—. Si se despierta con hambre, estaré en la parte delantera, con el maquinista.

Está dormido, ¿verdad? —dijo Ron en voz baja, cuando la bruja cerró la puerta del compartimento—. Quiero decir que... no está muerto, claro.

No, no: respira —susurró Hermione, cogiendo el pastel en forma de caldero que le alargaba Harry

—Un mal pensamiento pensar que el riquísimo profesor chocolatín este muerto— dijo Tonks sonriendo.

—¡Tonks! — se quejó Remus rojo hasta la médula, mientras algunos silbaban. Sirius, en tanto, rechinaba los dientes.

¡Menudo capítulo me tocó leer! Pensó Remus antes de seguir leyendo.

Tal vez no fuera un ameno compañero de viaje, pero la presencia del profesor Lupin en el compartimento tenía su lado bueno.

Varios lo miraron confusos. Harry, simplemente, apuntó al libro. Inmediatamente, todos le prestaron atención.

A media tarde, cuando empezó a llover y la lluvia emborronaba las colinas, volvieron a oír a alguien por el pasillo, y las tres personas a las que tenían menos aprecio aparecieron en la puerta: Draco Malfoy y sus dos amigotes, Vincent Crabbe y Gregory Goyle.

Muy cautelosamente, todos se volvieron en dirección de las tres personas mencionadas. Para su sorpresa y su preocupación, ellos no se inmutaron. Los Slytherins parecían no escuchar lo que se estaba leyendo, acrecentando el temor del comedor.

¿Qué les pasaba?

Era el pensamiento de todos, pero que nadie lograba descifrar qué o quién los tenía así. Sin embargo, sabían que en algún momento descubrirían lo que estaba sucediendo con ellos. El comedor rogaba que no fuese algo siniestro.

Draco Malfoy y Harry se habían convertido en enemigos desde que se conocieron, en su primer viaje en tren a Hogwarts.

Es un sentimiento mutuo pensó Harry, mirando de reojo a Draco Malfoy. Aunque él era enemigo de Malfoy, aun así no pudo evitar sentirse mal por cómo se encontraba en ese momento.

Después de todo, Draco Malfoy era un alumno más de Hogwarts.

Harry meneó la cabeza antes de seguirle prestando atención a Remus.

Malfoy, que tenía una cara pálida, puntiaguda y como de asco,

Justin, Ernie, Seamus y Dean taparon la risa con una tos.

pertenecía a la casa de Slytherin. Era buscador en el equipo de quidditch de Slytherin, el mismo puesto que tenía Harry en el de Gryffindor.

—¡Alguien tiene envidia! — exclamó Sirius riendo.

Aunque nadie hizo nada, todos estuvieron de acuerdo con él.

Crabbe y Goyle parecían no tener otro objeto en la vida que hacer lo que quisiera Malfoy. Los dos eran corpulentos y musculosos.

—Como unos guardaespaldas— le susurró Seamus a Dean.

Dean asintió antes de seguir escuchando la lectura.

Crabbe era el más alto, y llevaba un corte de pelo de tazón y tenía el cuello muy grueso. Goyle llevaba el pelo corto y erizado, y tenía brazos de gorila.

Varios fingieron toser para tapar la risa que sentían. Harry era experto en hacer descripciones.

Bueno, mirad quiénes están ahí —dijo Malfoy con su habitual manera de hablar; arrastrando las palabras. Abrió la puerta del compartimento—. El chalado y la rata.

El comedor siseó. Estaban aburridos de las groserías de Malfoy y sus amigos.

Crabbe y Goyle se rieron como bobos.

Los alumnos gruñeron, pero ni Crabbe ni Goyle se inmutaron.

He oído que tu padre por fin ha tocado oro este verano —dijo Malfoy—. ¿No se habrá muerto tu madre del susto?

Arthur y Molly entrecerraron los ojos. Ninguno de ellos dijo o hizo algo porque ni Malfoy ni sus amigos parecían estar consciente de lo que pasaba.

Los hijos de ellos apretaron los puños, pero tampoco se atrevieron a hacer algo.

Ron se levantó tan aprisa que tiró al suelo el cesto de Crookshanks. El profesor Lupin roncó.

—Gracias— murmuró la señora Weasley, agradecida de la intervención de Remus.

—No hay que agradecer, Molly— le comentó Remus—. Yo solo hice lo que tenía que hacer cuando me percaté de lo que pasaba.

Molly le sonrió antes de que él volviese a leer.

¿Quién es ése? —preguntó Malfoy, dando un paso atrás en cuanto se percató de la presencia de Lupin.

Un nuevo profesor —contestó Harry, que se había levantado también por si tenía que sujetar a Ron—. ¿Qué decías, Malfoy?

Justin y Ernie rieron por la bajo.

Malfoy entornó sus ojos claros. No era tan idiota como para pelearse delante de un profesor.

Vámonos —murmuró a Crabbe y Goyle, con rabia.

Y desaparecieron.

Hubo unos tibios aplausos y silbidos por aquella línea.

Harry y Ron volvieron a sentarse. Ron se frotaba los nudillos.

No pienso aguantarle nada a Malfoy este curso —dijo enfadado—. Lo digo en serio. Si hace otro comentario así sobre mi familia, le cogeré la cabeza y...

Ron hizo un gesto violento.

—¡Hazlo! — le pidieron los gemelos.

Ron se rió entre dientes y alternó su mirada de Harry a Hermione. Les tres recordaron aquel golpe que le dio Hermione a él y lo que sucedió en las afueras de "La casa de los gritos"

Ninguno de ellos pudo evitar sonreír ampliamente. Esas dos partes serían épicas y estaban seguros que harían reír a todos.

Para suerte de los amigos, nadie se fijó en ellos porque el comedor estaba más preocupado de negar con la cabeza por la ocurrencia de Fred y George, que de los tres.

Luego de eso, Remus continúo leyendo.

Cuidado, Ron —susurró Hermione, señalando al profesor Lupin—. Cuidado...

Pero el profesor Lupin seguía profundamente dormido.

Remus se ruborizó, pero se apresuró a leer.

La lluvia arreciaba a medida que el tren avanzaba hacia el norte; las ventanillas eran ahora de un gris brillante que se oscurecía poco a poco, hasta que encendieron las luces que había a lo largo del pasillo y en el techo de los compartimentos. El tren traqueteaba, la lluvia golpeaba contra las ventanas, el viento rugía, pero el profesor Lupin seguía durmiendo.

—No me gusta el invierno—susurró Hannah.

Algunos asintieron de acuerdo con ella. Después de esa acción, siguieron prestando atención a la lectura.

Debemos de estar llegando —dijo Ron, inclinándose hacia delante para mirar a través del reflejo del profesor Lupin por la ventanilla, ahora completamente negra.

Acababa de decirlo cuando el tren empezó a reducir la velocidad.

El ambiente entre los alumnos se puso tenso. Todos aquellos que estuvieron presentes en aquel viaje no pudieron evitar recordar la sensación que les embargó cuando vieron al dementor avanzando por los compartimientos del tren.

Había sido espeluznante, pero si querían descubrir los secretos en torno a Sirius Black debían seguir leyendo aunque fuese horroroso pasar por ciertos pasajes del libro. Por lo que, esperaron pacientemente que Remus Lupin siguiese leyendo.

Estupendo —dijo Ron, levantándose y yendo con cuidado hacia el otro lado del profesor Lupin, para ver algo fuera del tren—. Me muero de hambre. Tengo unas ganas de que empiece el banquete...

No podemos haber llegado aún —dijo Hermione mirando el reloj.

Entonces, ¿por qué nos detenemos?

El comedor se estremeció, especialmente Sirius y Harry. Remus, dándose cuenta de esa reacción, se apresuró a leer.

El tren iba cada vez más despacio. A medida que el ruido de los pistones se amortiguaba, el viento y la lluvia sonaban con más fuerza contra los cristales.

Harry, que era el que estaba más cerca de la puerta, se levantó para mirar por el pasillo. Por todo el vagón se asomaban cabezas curiosas.

—Nos entro temor— dijo Susan.

Muchos asintieron de acuerdo con ella. Los más pequeños, es decir, los de primero y segundo, tragaban saliva.

Remus se apresuró a leer.

El tren se paró con una sacudida, y distintos golpes testimoniaron que algunos baúles se habían caído de los portaequipajes. A continuación, sin previo aviso, se apagaron todas las luces y quedaron sumidos en una oscuridad total.

Nuevamente, la gente se estremeció. La sensación no había agradable.

¿Qué sucede? —dijo detrás de Harry la voz de Ron.

¡Ay! —gritó Hermione—. ¡Me has pisado, Ron!

Harry volvió a tientas a su asiento.

¿Habremos tenido una avería?

No sé...

—Mucho peor— se atrevió a contestar Seamus.

Nadie dijo nada.

Se oyó el sonido que produce la mano frotando un cristal mojado, y Harry vio la silueta negra y borrosa de Ron, que limpiaba el cristal y miraba fuera.

Algo pasa ahí fuera —dijo Ron—. Creo que está subiendo gente...

No estaba subiendo gente, al contrario, estaban subiendo criaturas terroríficas pensó más de algún alumno, pendiente a las palabras del profesor Lupin.

La puerta del compartimento se abrió de repente y alguien cayó sobre las piernas de Harry, haciéndole daño.

¡Perdona! ¿Tienes alguna idea de lo que pasa? ¡Ay! Lo siento...

Hola, Neville —dijo Harry, tanteando en la oscuridad, y tirando hacia arriba de la capa de Neville.

—Una situación nada agradable— susurró Sirius, arrugando la frente.

¿Harry? ¿Eres tú? ¿Qué sucede?

¡No tengo ni idea! Siéntate...

Se oyó un bufido y un chillido de dolor. Neville había ido a sentarse sobre Crookshanks.

—Las consecuencias de estar sin luz— comentó Neville ruborizado—. Lo siento, Hermione.

—No hay que disculparse cuando no había luz— le sonrió Hermione.

Neville asintió y Remus, luego, continúo leyendo.

Voy a preguntarle al maquinista qué sucede. —Harry notó que pasaba por su lado, oyó abrirse de nuevo la puerta, y después un golpe y dos fuertes chillidos de dolor.

—¿Quién entra esta vez? — preguntó Bill.

—En el libro— le contestó Harry, apuntando a Remus quien se apresuró a leer.

¿Quién eres?

¿Quién eres?

¿Ginny?

¿Hermione?

¿Qué haces?

Buscaba a Ron...

Entra y siéntate...

Aquí no —dijo Harry apresuradamente—. ¡Estoy yo!

Ginny se ruborizó. Harry le dio un beso en la mejilla. Y los demás guardaron silencio, porque si bien es cierto era un poco chistosa la situación que vivían, la de los alumnos no había estado tan alejado de la del trío y sus amigos.

¡Ay! —exclamó Neville.

¡Silencio! —dijo de repente una voz ronca

Por fin se había despertado el profesor Lupin.

Alguien aplaudió, pero nadie le prestó atención.

Harry oyó que algo se movía en el rincón que él ocupaba. Nadie dijo nada.

Se oyó un chisporroteo y una luz parpadeante iluminó el compartimento. El profesor Lupin parecía tener en la mano un puñado de llamas que le iluminaban la cansada cara gris. Pero sus ojos se mostraban cautelosos.

Kingsley y Moody asintieron. Eso era actuar con cautela y como un auror.

No os mováis —dijo con la misma voz ronca, y se puso de pie, despacio, con el puñado de llamas enfrente de él. La puerta se abrió lentamente antes de que Lupin pudiera alcanzarla.

Con cada línea, el ambiente se volvía más y más tenso. Los dementores no eran criaturas hermosas y agradables, eran repulsivas desde cualquier punto de vista.

De pie, en el umbral, iluminado por las llamas que tenía Lupin en la mano, había una figura cubierta con capa y que llegaba hasta el techo. Tenía la cara completamente oculta por una capucha. Harry miró hacia abajo y lo que vio le hizo contraer el estómago. De la capa surgía una mano gris, viscosa y con pústulas. Como algo que estuviera muerto y se hubiera corrompido bajo el agua...

Harry, Sirius, Neville y Dudley se estremecieron. Ninguno tenía un buen recuerdo de sus encuentros con esos seres.

Los demás, simplemente, contenían la respiración a la espera que el profesor Lupin continuase leyendo.

Sólo estuvo a la vista una fracción de segundo. Como si el ser que se ocultaba bajo la capa hubiera notado la mirada de Harry, la mano se metió entre los pliegues de la tela negra.

Y entonces aspiró larga, lenta, ruidosamente, como si quisiera succionar algo más que aire.

Los de primero y segundo año se tomaron de las manos, intentando que las imágenes que se les pasaba por la cabeza se esfumasen.

Remus se apresuró a leer.

Un frío intenso se extendió por encima de todos. Harry fue consciente del aire que retenía en el pecho. El frío penetró más allá de su piel, le penetró en el pecho, en el corazón...

—Y te intentan llevar el alma— apenas si susurró Sirius.

Para su suerte, como todos estaban tensos, nadie le prestó atención. Sólo querían que esa parte pasara muy rápido.

Los ojos de Harry se quedaron en blanco. No podía ver nada. Se ahogaba de frío. Oyó correr agua. Algo lo arrastraba hacia abajo y el rugido del agua se hacía más fuerte...

Y entonces, a lo lejos, oyó unos aterrorizados gritos de súplica.

Harry quiso sollozar, pero se contuvo. No quería parecer débil ni nada de lo que se le pareciere. Este era sólo el comienzo de las voces de sus padres implorando misericordia. Ginny, percatándose de aquello, le aferró la mano a Harry. Él apenas si le pudo sonreír ya que se sentía realmente mal.

Sirius se quedó quieto y mudo, sin atreverse a decir nada. Él comprendía que ese grito debía ser de James o Lily y eso lo ponía mal y furioso por lo que había pasado en esas trágicas horas.

Remus apenas si movió su mano. Él sabía que esto era el principio de cuánto afectaban los dementores a Harry y no quería escuchar textualmente qué escuchaba su sobrino.

Severus aguantó las lágrimas. Él estaba seguro que ese grito era el de Lily, nadie más que ella podría haber suplicado por su hijo. Su Lily era valiente.

Neville enmudeció. Esos eran los mismos gritos que escuchó él. Ese día él quiso decirle a Harry que había escuchado a alguien gritando, pero se contuvo. No quería problemas.

En cuanto a Dudley, Petunia y Vernon miraron a Harry curiosos, sin embargo, nada comentaron.

Los demás, aguardaban pacientemente que Remus siguiese leyendo. El profesor Lupin continúo con la lectura unos segundos después.

Quería ayudar a quien fuera. Intentó mover los brazos, pero no pudo. Una niebla espesa y blanca lo rodeaba, y también estaba dentro de él...

Harry volvió a estremecerse. Quería que pronto acabase este capítulo.

¡Harry! ¡Harry! ¿Estás bien?

Alguien le daba palmadas en la cara.

¿Qué?

Harry abrió los ojos. Sobre él había algunas luces y el suelo temblaba... El expreso de Hogwarts se ponía en marcha y la luz había vuelto.

—Menos mal— murmuró Hannah.

Todos estuvieron de acuerdo con ella.

Por lo visto había resbalado del asiento y caído al suelo. Ron y Hermione estaban arrodillados a su lado, y por encima de ellos vio a Neville y al profesor Lupin, mirándolo.

—Tuvimos miedo— admitió Neville.

Harry les agradeció con una sonrisa antes de seguir escuchando a Remus.

Harry sentía ganas de vomitar. Al levantar la mano para subirse las gafas, notó su cara cubierta por un sudor frío.

Ron y Hermione lo ayudaron a levantarse y a sentarse en el asiento.

Simplemente, son muy buenos amigos, casi hermanos como lo éramos con James y Remus pensó Sirius con nostalgia.

¿Te encuentras bien? —preguntó Ron, asustado.

Sí —dijo Harry, mirando rápidamente hacia la puerta. El ser encapuchado había desaparecido—. ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está ese... ese ser? ¿Quién gritaba?

No gritaba nadie —respondió Ron, aún más asustado.

Quise decir que sí escuché a alguien gritar Neville tiritaba un poco.

Harry examinó el compartimento iluminado. Ginny y Neville lo miraron, muy pálidos.

Pero he oído gritos...

Todos se sobresaltaron al oír un chasquido. El profesor Lupin partía en trozos una tableta de chocolate.

—¡Profesor Chocolatín! — exclamó Tonks, sonriendo.

Remus, simplemente, enrojeció pero siguió leyendo.

Toma —le dijo a Harry, entregándole un trozo especialmente grande—. Cómetelo. Te ayudará.

Harry cogió el chocolate, pero no se lo comió.

¿Qué era ese ser? —le preguntó a Lupin.

—Inmediatamente, haciendo preguntas complejas— le susurró Kingsley a Moody.

—Desde los once años siendo así. Te lo digo, tiene madera de auror— Moody sonreía abiertamente.

Kinsgley asintió y volvió a prestarle atención a Remus.

Un dementor —respondió Lupin, repartiendo el chocolate entre los demás—. Era uno de los dementores de Azkaban.

Todos lo miraron.

Y en el comedor tragaron saliva.

El profesor Lupin arrugó el envoltorio vacío de la tableta de chocolate y se lo guardó en el bolsillo.

Coméoslo —insistió—. Os vendrá bien. Disculpadme, tengo que hablar con el maquinista...

Pasó por delante de Harry y desapareció por el pasillo.

—Al menos había un adulto que sabía qué hacer en esas situaciones— Poppy le sonrió a Remus, quien se encogió de hombros antes de continuar leyendo.

¿Seguro que estás bien, Harry? —preguntó Hermione con preocupación, mirando a Harry

No entiendo... ¿Qué ha sucedido? —preguntó Harry, secándose el sudor de la cara.

Bueno, ese ser... el dementor... se quedó ahí mirándonos (es decir; creo que nos miraba, porque no pude verle la cara), y tú, tú...

Creí que te estaba dando un ataque o algo así —dijo Ron, que parecía todavía asustado—. Te quedaste como rígido, te caíste del asiento y empezaste a agitarte...

Sirius se puso rígido. Después de años sufriendo los efectos de los dementores en Azkaban, él no podía evitar caerse y agitarse cuando los tuvo y tenía cerca. Era horroroso sentir que te quitan todos tus recuerdos al punto de dejarte loco. Y por aquel motivo, jamás perdonaría a Pettigrew por su traición, por esa rata él tuvo que pasar por todo eso.

Harry contuvo la respiración, mientras que Ginny le seguía tomando la mano.

Remus, percatándose de aquellas reacciones, se apresuró a leer.

Y entonces el profesor Lupin pasó por encima de ti, se dirigió al dementor y sacó su varita —explicó Hermione—. Y dijo: «Ninguno de nosotros esconde a Sirius Black bajo la capa. Vete.»

Sirius suspiró y miró a Remus con tristeza. Después de todo, en parte, había sido culpa de él que Remus lo creyese culpable. Si él le hubiera explicado el plan del cambio del guardián secreto, nada hubiese pasado y, probablemente, la rata hubiera sido descubierta mucho antes y él hubiese sido libre mucho antes. Se regañaba mentalmente por no haber confiado en su amigo.

Remus lo miró apenado, sintiéndose culpable por no haber creído en su inocencia. Pero sabía que esto era pasado y que sólo podían construir un futuro mucho mejor. Y eso pasaría si terminaban de leer el libro, por lo que decidió seguir leyendo.

Pero el dementor no se movió, así que Lupin murmuró algo y de la varita salió una cosa plateada hacia el dementor.

Expecto Patronus. Pensaron los miembros del ejército de Dumbledore.

Y éste dio media vuelta y se fue...

Ha sido horrible —dijo Neville, en voz más alta de lo normal—. ¿Notasteis el frío cuando entró?

Yo tuve una sensación muy rara —respondió Ron, moviendo los hombros con inquietud—, como si no pudiera ya volver a sentirme contento...

Los pequeños miraron asustados, porque no se imaginaban que pudiesen sentirse ya no más contento. Era terrible.

Ginny, que estaba encogida en su rincón y parecía sentirse casi tan mal como Harry, sollozó. Hermione se le acercó y le pasó un brazo por detrás, para reconfortarla.

Ginny se estremeció. Harry fue quien, esta vez, le pasó un brazo por detrás para reconfortarla.

Pero ¿no os habéis caído del asiento? —preguntó Harry, extrañado.

No —respondió Ron, volviendo a mirar a Harry con preocupación—. Ginny temblaba como loca, aunque...

—No me desmaye— comentó Ginny, porque vio que muchos la miraban interrogantes.

Luego de aquel comentario, la lectura siguió.

Harry no conseguía entender. Estaba débil y tembloroso, como si se estuviera recuperando de una mala gripe. También sentía un poco de vergüenza. ¿Por qué había perdido el control de aquella manera, cuando los otros no lo habían hecho?

Harry suspiró, mientras que la gente se volvía en dirección de él para respuestas. Remus, percatándose de eso, se apresuró a leer.

El profesor Lupin regresó. Se detuvo al entrar; miró alrededor y dijo con una breve sonrisa:

No he envenenado el chocolate, ¿sabéis?

Algunos esbozaron pequeñas sonrisas, otros seguían medios tensos.

Harry le dio un mordisquito y ante su sorpresa sintió que algo le calentaba el cuerpo y que el calor se extendía hasta los dedos de las manos y de los pies.

—Porque el chocolate es una especie de antídoto contra los dementores— dijo Remus, viendo que un niño de primero quería preguntar justamente eso.

Luego de eso, él siguió leyendo.

Llegaremos a Hogwarts en diez minutos —dijo el profesor Lupin—. ¿Te encuentras bien, Harry?

Harry no preguntó cómo se había enterado el profesor Lupin de su nombre.

—Dado a que era y sigo siendo amigo de James Potter, no porque Harry fuese famoso — Remus detuvo su lectura y le sonrió a Harry.

Después de esta pequeña intervención, Remus continúo con la lectura.

Sí —dijo, un poco confuso.

No hablaron apenas durante el resto del viaje. Finalmente se detuvo el tren en la estación de Hogsmeade, y se formó mucho barullo para salir del tren: las lechuzas ululaban, los gatos maullaban y el sapo de Neville croaba debajo de su sombrero. En el pequeño andén hacía un frío que pelaba; la lluvia era una ducha de hielo.

Quienes odiaban el inverno, gimieron.

Por aquí los de primer curso! —gritaba una voz familiar. Harry, Ron y Hermione se volvieron y vieron la silueta gigante de Hagrid en el otro extremo del andén, indicando por señas a los nuevos estudiantes (que estaban algo asustados) que se adelantaran para iniciar el tradicional recorrido por el lago.

¿Estáis bien los tres? —gritó Hagrid, por encima de la multitud.

Los tres amigos le sonrieron.

Lo saludaron con la mano, pero no pudieron hablarle porque la multitud los empujaba a lo largo del andén.

—Nos contarías que había sido nombrado profesor— le interrogó Hermione.

—En realidad pretendía que se enterasen en el banquete— Hagrid se sonrojo un poco.

Hermione le sonrió antes de continuar escuchando la lectura.

Harry, Ron y Hermione siguieron al resto de los alumnos y salieron a un camino embarrado y desigual, donde aguardaban al resto de los alumnos al menos cien diligencias, todas tiradas (o eso suponía Harry) por caballos invisibles, porque cuando subieron a una y cerraron la portezuela, se puso en marcha ella sola, dando botes.

—El inicio es un poco incómodo— reconoció Susan.

Varios le encontraron la razón.

La diligencia olía un poco a moho y a paja. Harry se sentía mejor después de tomar el chocolate, pero aún estaba débil. Ron y Hermione lo miraban todo el tiempo de reojo, como si tuvieran miedo de que perdiera de nuevo el conocimiento.

Harry bufó y rodó los ojos. Ron y Hermione se encogieron de hombros.

Mientras el coche avanzaba lentamente hacia unas suntuosas verjas de hierro flanqueadas por columnas de piedra coronadas por estatuillas de cerdos alados, Harry vio a otros dos dementores encapuchados y descomunales, que montaban guardia a cada lado.

Los alumnos se estremecieron. Tener a esos dementores no había sido grato.

Estuvo a punto de darle otro frío vahído. Se reclinó en el asiento lleno de bultos y cerró los ojos hasta que hubieron atravesado la verja. El carruaje cogió velocidad por el largo y empinado camino que llevaba al castillo;

Los alumnos aplaudieron. Los profesores rodaron los ojos.

Hermione se asomaba por la ventanilla para ver acercarse las pequeñas torres. Finalmente, el carruaje se detuvo y Hermione y Ron bajaron.

Al bajar; Harry oyó una voz que arrastraba alegremente las sílabas:

¿Te has desmayado, Potter? ¿Es verdad lo que dice Longbottom?

¿Realmente te desmayaste?

—Lo siento, Harry— se disculpó Neville—. Es sólo que…

—No hay que disculparse. Malfoy es quien lo debería hacer— le aseguró Harry.

Neville le sonrió antes de seguir escuchando al profesor Lupin.

Malfoy le dio con el codo a Hermione al pasar por su lado, y salió al paso de Harry, que subía al castillo por la escalinata de piedra. Sus ojos claros y su cara alegre brillaban de malicia.

Ron apretó los puños.

¡Lárgate, Malfoy! —dijo Ron con las mandíbulas apretadas.

¿Tú también te desmayaste, Weasley? —preguntó Malfoy, levantando la voz—. ¿También te asustó a ti el viejo dementor; Weasley?

¿Hay algún problema? —preguntó una voz amable. El profesor Lupin acababa de bajarse de la diligencia que iba detrás de la de ellos.

La gente le sonrió al profesor Lupin. Sus apariciones estaban resultando ser las mejores hasta ahora.

Malfoy dirigió una mirada insolente al profesor Lupin, y vio los remiendos de su ropa y su maleta desvencijada. Con cierto sarcasmo en la voz, dijo:

Oh, no, eh... profesor...

—¡Malfoy! — exclamó Sirius.

—Sirius, relájate— le dijo Remus—. No puedes hacer nada ahora.

El profesor apuntó a los Slytherins, quienes parecían volver en sí.

Sirius suspiró y, luego, le dijo a Remus que continuase. Él lo hizo sin demoras.

Entonces dirigió a Crabbe y Goyle una sonrisita, y subieron los tres hacia el castillo.

Hermione pinchaba a Ron en la espalda para que se diera prisa, y los tres se unieron a la multitud apiñada en la parte superior; a través de las gigantescas puertas de roble, y en el interior del vestíbulo, que estaba iluminado con antorchas y acogía una magnífica escalera de mármol que conducía a los pisos superiores.

—Es sumamente magnifico este castillo— le aseguró Dudley sonriendo.

Dumbledore le sonrió, al igual que los profesores. Petunia, en tanto, fruncía los labios. Vernon arrugaba la frente.

Después de esa intervención, Remus volvió a leer.

A la derecha, abierta, estaba la puerta que daba al Gran Comedor. Harry siguió a la multitud, pero apenas vislumbró el techo encantado, que aquella noche estaba negro y nublado, cuando lo llamó una voz:

¡Potter, Granger, quiero hablar con vosotros!

—Al fin sabremos por qué llegaron al comedor con la profesora McGonagall— le susurró Justin a Ernie.

Ernie asintió. Estos libros estaban resultando, para ellos y sus compañeros, realmente beneficioso. Muchos ansiaban saber todos los secretos del trío dorado.

Harry y Hermione dieron media vuelta, sorprendidos. La profesora McGonagall, que daba clase de Transformaciones y era la jefa de la casa de Gryffindor; los llamaba por encima de las cabezas de la multitud.

Sirius frunció el ceño, pero no dijo nada.

Tenía una expresión severa y un moño en la nuca; sus penetrantes ojos se enmarcaban en unas gafas cuadradas. Harry se abrió camino hasta ella con cierta dificultad y un poco de miedo. Había algo en la profesora McGonagall que solía hacer que Harry sintiera que había hecho algo malo.

McGonagall sonrió con petulancia, mientras que los alumnos de Gryffindor, incluyendo a Sirius y Remus, gemían. Todos sentían lo mismo.

No tenéis que poner esa cara de asustados, sólo quiero hablar con vosotros en mi despacho —les dijo—. Ve con los demás, Weasley.

Ron se les quedó mirando mientras la profesora McGonagall se alejaba con Harry y Hermione de la bulliciosa multitud;

—Al menos supe qué quería hablar con ellos— Ron sonrió.

Sus compañeros y otros alumnos gimieron. Ellos igual hubieran querido saber de qué habían hablado. Pero ahora, gracias a los libros, todos esos detalles los sabrían.

la acompañaron a través del vestíbulo, subieron la escalera de mármol y recorrieron un pasillo.

Ya en el despacho (una pequeña habitación que tenía una chimenea en la que ardía un fuego abundante y acogedor), hizo una señal a Harry y a Hermione para que se sentaran. También ella se sentó, detrás del escritorio, y dijo de pronto:

El profesor Lupin ha enviado una lechuza comunicando que te sentiste indispuesto en el tren, Potter.

—¡Remus! — se quejó Sirius.

—Es lo que tenía que hacer, Sirius— dijo Remus, rodando los ojos. Luego de eso, siguió leyendo.

Antes de que Harry pudiera responder; se oyó llamar suavemente a la puerta, y la señora Pomfrey, la enfermera, entró con paso raudo. Harry se sonrojó. Ya resultaba bastante embarazoso haberse desmayado o lo que le hubiera pasado, para que encima armaran aquel lío.

—No quería parecer débil— reconoció Harry porque vio a muchos viéndolo con incredulidad.

Estoy bien —dijo—, no necesito nada...

Ah, eres tú —dijo la señora Pomfrey, sin escuchar lo que decían e inclinándose para mirarlo de cerca—. Supongo que has estado otra vez metiéndote en algo peligroso.

Ha sido un dementor; Poppy —dijo la profesora McGonagall.

Cambiaron una mirada sombría y la señora Pomfrey chascó la lengua con reprobación.

—A nadie le gustó la idea— comentó Pomfrey.

—Y todo por mi culpa— susurró Sirius.

—Sí, por ti.

Sirius miró triste. Remus, viendo eso, se apresuró a leer. Entre más rápido se leyese, más pronto se terminaría el libro y la verdad saldría a la luz.

Poner dementores en un colegio —murmuró echando para atrás la silla de Harry y apoyando una mano en su frente—. No será el primero que se desmaya. Sí, está empapado en sudor. Son seres terribles, y el efecto que tienen en la gente que ya de por sí es delicada...

—Complicada y compleja— corrigió Remus antes de seguir leyendo.

¡Yo no soy delicado! —repuso Harry, ofendido.

Por supuesto que no —admitió distraídamente la señora Pomfrey, tomándole el pulso.

¿Qué le prescribe? —preguntó resueltamente la profesora McGonagall—. ¿Guardar cama? ¿Debería pasar esta noche en la enfermería?

—No le estarán poniendo mucho— dijo Hannah estupefacta.

—Era lo correcto, señorita Abbott— la profesora McGonagall le envió una mirada severa que provocó que ella tragase saliva—. Señor Lupin, siga leyendo.

Remus asintió y volvió a leer.

¡Estoy bien! —repuso Harry, poniéndose en pie de un brinco. Le atormentaba pensar en lo que diría Malfoy si lo enviaban por aquello a la enfermería.

Hermione rodó los ojos.

Bueno. Al menos tendría que tomar chocolate —dijo la señora Pomfrey, que intentaba examinar los ojos de Harry.

Ya he tomado un poco. El profesor Lupin me lo dio. Nos dio a todos.

—Por lo menos lo dejarán ir— le susurró Susan a Hannah.

Ella asintió.

¿Sí? —dijo con aprobación la señora Pomfrey—. ¡Así que por fin tenemos un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que conoce los remedios!

—Y los hechizos— añadieron los alumnos, sonriéndole al profesor.

Remus les agradeció con una sonrisa y se dispuso a seguir leyendo.

¿Estás seguro de que te sientes bien, Potter? —preguntó la profesora McGonagall.

Sí —dijo Harry.

Muy bien. Haz el favor de esperar fuera mientras hablo un momento con la señorita Granger sobre su horario. Luego podremos bajar al banquete todos juntos.

Sobre el giratiempo, querrá decir pensaron Harry y Ron, mirando a Hermione.

Ella, simplemente, sonreía. El giratiempo no sólo le había ayudado para las clases, sino también para liberar a Sirius. Indirectamente, la profesora McGonagall había ayudado a Sirius a escapar. Ese pensamiento la hizo feliz y estaba radiante por ver la reacción de la profesora cuando se enterase cuál fue el último fin que le dio al objeto. Pero si quería ver esa reacción, debía seguir escuchando los capítulos.

Harry salió al corredor con la señora Pomfrey, que se marchó hacia la enfermería murmurando algo para sí. Harry sólo tuvo que esperar unos minutos. A continuación salió Hermione, radiante de felicidad, seguida por la profesora McGonagall,

Muchos se preguntaron la razón por la que Hermione sonreía, pero ella, simplemente, ignoraba las miradas.

y los tres bajaron las escaleras de mármol, hacia el Gran Comedor.

Estaba lleno de capirotes negros. Las cuatro mesas largas estaban llenas de estudiantes. Sus caras brillaban a la luz de miles de velas. El profesor Flitwick, que era un brujo bajito y con el pelo blanco, salió con un viejo sombrero y un taburete de tres patas.

Algunos alumnos se rieron, haciendo que el profesor se ruborizase.

¡Nos hemos perdido la selección! —dijo Hermione en voz baja.

Los nuevos alumnos de Hogwarts obtenían casa por medio del Sombrero Seleccionador; que iba gritando el nombre de la casa más adecuada para cada uno (Gryffindor; Ravenclaw, Hufflepuff, Slytherin).

Tres de las cuatro casas aplaudieron. Los de Slytherin que estaban más conscientes, rodaron los ojos.

La profesora McGonagall se dirigió con paso firme a su asiento en la mesa de los profesores, y Harry y Hermione se encaminaron en sentido contrario, hacia la mesa de Gryffindor, tan silenciosamente como les fue posible. La gente se volvía para mirarlos cuando pasaban por la parte trasera del Comedor y algunos señalaban a Harry.

—Los secretos y rumores se esparcen rápidamente— comentó Seamus—. Pero si se trata de ellos tres, nunca se saben.

Harry, Ron y Hermione se encogieron de hombros. No era su culpa ser tan discretos en los asuntos peligrosos y delicados.

¿Había corrido tan rápido la noticia de su desmayo delante del dementor?

—Sí— le respondió Neville ruborizado.

Harry suspiró.

Él y Hermione se sentaron a ambos lados de Ron, que les había guardado los asientos.

¿De qué iba la cosa? —le preguntó a Harry.

Comenzó a explicarse en un susurro, pero entonces el director se puso en pie para hablar y Harry se calló.

—Sin embargo, me lo terminó de explicar al día siguiente— aseguró Ron.

La gente frunció el ceño.

El profesor Dumbledore, aunque viejo, siempre daba la impresión de tener mucha energía. Su pelo plateado y su barba tenían más de medio metro de longitud; llevaba gafas de media luna; y tenía una nariz extremadamente curva.

Albus se rió de su descripción.

Solían referirse a él como al mayor mago de la época, pero no era por eso por lo que Harry le tenía tanto respeto. No se podía menos de confiar en Albus Dumbledore, y cuando Harry lo vio sonreír con franqueza a todos los estudiantes, se sintió tranquilo por vez primera desde que el dementor había entrado en el compartimento del tren.

Albus hizo una leve inclinación con la cabeza. Sus ojos brillaban intensamente.

¡Bienvenidos! —dijo Dumbledore, con la luz de la vela reflejándose en su barba—. ¡Bienvenidos a un nuevo curso en Hogwarts! Tengo algunas cosas que deciros a todos, y como una es muy seria, la explicaré antes de que nuestro excelente banquete os deje aturdidos.

Los hombres babearon.

—Luego de que terminé este capítulo, comemos— les sonrió Albus Dumbledore.

Todos aplaudieron.

Dumbledore se aclaró la garganta y continuó—: Como todos sabéis después del registro que ha tenido lugar en el expreso de Hogwarts, tenemos actualmente en nuestro colegio a algunos dementores de Azkaban, que están aquí por asuntos relacionados con el Ministerio de Magia. —Se hizo una pausa y Harry recordó que el señor Weasley había dicho sobre que a Dumbledore no lo le agradaba que los dementores custodiaran el colegio

—Insisto que a nadie le gusta— aseguró Albus con los ojos oscuros.

Sirius volvió a suspirar.

. Están apostados en las entradas a los terrenos del colegio —continuó Dumbledore—, y tengo que dejar muy claro que mientras estén aquí nadie saldrá del colegio sin permiso. A los dementores no se les puede engañar con trucos o disfraces, ni siquiera con capas invisibles — añadió como quien no quiere la cosa, y Harry y Ron se miraron

—Viendo los acontecimientos anteriores, eso iba para ustedes— comentó Seamus.

Harry y Ron se encogieron de hombros.

. No está en la naturaleza de un dementor comprender ruegos o excusas. Por lo tanto, os advierto a todos y cada uno de vosotros que no debéis darles ningún motivo para que os hagan daño. Confío en los prefectos y en los últimos ganadores de los Premios Anuales para que se aseguren de que ningún alumno intenta burlarse de los dementores.

—Y lo hicimos en algo, ¿no? — le susurró Ron a Harry y Hermione.

Harry no dijo nada, pero Hermione rodó los ojos. Para suerte de los tres, nadie se percató de aquello, por lo que la lectura continúo como si nada hubiera pasado.

Percy, que se sentaba a unos asientos de distancia de Harry, volvió a sacar pecho y miró a su alrededor orgullosamente.

Percy enrojeció, mientras que los demás entornaban los ojos.

Dumbledore hizo otra pausa. Recorrió la sala con una mirada muy seria y nadie movió un dedo ni dijo nada.

—Nadie estaba de humor para comentar algo— murmuró Dean.

Varios asintieron.

Por hablar de algo más alegre —continuó—, este año estoy encantado de dar la bienvenida a nuestro colegio a dos nuevos profesores. En primer lugar, el profesor Lupin, que amablemente ha accedido a enseñar Defensa Contra las Artes Oscuras.

La gente aplaudió y silbó.

—Así se hace, profesor Chocolatín— Tonks saltaba y aplaudía.

Remus rodó los ojos ante la actitud de Tonks, pero igualmente se puso rojo para disgusto de Sirius.

Remus, viendo eso, rápidamente se puso a leer.

Hubo algún aplauso aislado y carente de entusiasmo.

Nada comparado con ahora, porque la gente aplaudía con ganas.

Sólo los que habían estado con él en el tren aplaudieron con ganas, Harry entre ellos. El profesor Lupin parecía un adán en medio de los demás profesores, que iban vestidos con sus mejores togas.

Remus volvió a enrojecer, pero se apresuró a leer.

¡Mira a Snape! —le susurró Ron a Harry en el oído.

El profesor Snape, el especialista en Pociones, miraba al profesor Lupin desde el otro lado de la mesa de los profesores. Era sabido que Snape anhelaba aquel puesto, pero incluso a Harry, que aborrecía a Snape, le asombraba la expresión que tenía en aquel momento, crispando su rostro delgado y cetrino. Era más que enfado: era odio.

—Un odio desde tiempos inmemoriales— rectificó Severus.

Sirius gruñó y Remus suspiró, pero para evitar riñas, el ex profesor de DCAO, volvió a leer.

Harry conocía muy bien aquella expresión: era la que Snape adoptaba cada vez que lo veía a él.

—Y a tus amigos— volvió a rectificar Snape.

Harry, Ron y Hermione arrugaron la frente. Remus, por otro lado, se apresuró a leer.

En cuanto al otro último nombramiento —prosiguió Dumbledore cuando se apagó el tibio aplauso para el profesor Lupin—, siento deciros que el profesor Kettleburn, nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, se retiró al final del pasado curso para poder aprovechar en la intimidad los miembros que le quedan. Sin embargo, estoy encantado de anunciar que su lugar lo ocupará nada menos que Rubeus Hagrid, que ha accedido a compaginar estas clases con sus obligaciones de guardabosques.

Nuevamente, el comedor se colmó de aplausos, pese a que a muchos no le gustaban las clases de Hagrid.

Rubeus enrojeció antes de que Remus, para callar los aplausos, se dispusiera a leer.

Harry, Ron y Hermione se miraron atónitos. Luego se unieron al aplauso, que fue especialmente caluroso en la mesa de Gryffindor. Harry se inclinó para ver a Hagrid, que estaba rojo como un tomate y se miraba las enormes manos, con la amplia sonrisa oculta por la barba negra.

—Te lo merecías, Hagrid— le comentó Remus.

Hagrid seguía rojo.

¡Tendríamos que haberlo adivinado! —dijo Ron, dando un puñetazo en la mesa—. ¿Qué otro habría sido capaz de mandarnos que compráramos un libro que muerde?

—En todo caso, Ron tiene razón— dijo Hagrid, encogiéndose de hombros.

Los tres amigos se miraron con vergüenza. Remus, riendo, volvió a leer.

Harry, Ron y Hermione fueron los últimos en dejar de aplaudir; y cuando el profesor Dumbledore volvió a hablar, pudieron ver que Hagrid se secaba los ojos con el mantel.

Bien, creo que ya he dicho todo lo importante —dijo Dumbledore—. ¡Que comience el banquete!

—Paciencia, ya comeremos— les aseguró Dumbledore cuando vio a muchos babear.

Remus supo, después de eso, que debía leer rápidamente.

Las fuentes doradas y las copas que tenían delante se llenaron de pronto de comida y bebida. Harry, que de repente se dio cuenta de que tenía un hambre atroz, se sirvió de todo lo que estaba a su alcance, y empezó a comer.

Los hombres se sobaron el estómago.

Fue un banquete delicioso. El Gran Comedor se llenó de conversaciones, de risas y del tintineo de los cuchillos y tenedores. Harry, Ron y Hermione, sin embargo, tenían ganas de que terminara para hablar con Hagrid. Sabían cuánto significaba para él ser profesor.

—Mucho— dijo Hagrid, secándose las lágrimas con un mantel.

Hagrid no era un mago totalmente cualificado; había sido expulsado de Hogwarts en tercer curso por un delito que no había cometido. Fueron Harry, Ron y Hermione quienes, durante el curso anterior; habían limpiado el nombre de Hagrid.

—Lo cual ayudó con la decisión de hacerlo profesor— reconoció el profesor Dumbledore, sonriéndole a Hagrid.

Él lo miró agradecido.

Finalmente, cuando los últimos bocados de tarta de calabaza desaparecieron de las bandejas doradas, Dumbledore anunció que era hora de que todos se fueran a dormir y ellos vieron llegado su momento.

La gente sonrió.

¡Enhorabuena, Hagrid! —gritó Hermione muy alegre, cuando llegaron a la mesa de los profesores.

Todo ha sido gracias a vosotros tres —dijo Hagrid mientras los miraba, secando su cara brillante en la servilleta—. No puedo creerlo... Un gran tipo, Dumbledore... Vino derecho a mi cabaña después de que el profesor Kettleburn dijera que ya no podía más. Es lo que siempre había querido.

—Sabía que era importante para ti— Dumbledore seguía sonriendo.

Hagrid sonreía abiertamente.

Embargado de emoción, ocultó la cara en la servilleta y la profesora McGonagall les hizo irse.

Harry, Ron y Hermione se reunieron con los demás estudiantes de la casa Gryffindor que subían en tropel la escalera de mármol y, ya muy cansados, siguieron por más corredores y subieron más escaleras, hasta que llegaron a la entrada secreta de la torre de Gryffindor.

Gryffindor aplaudió.

Los interrogó un retrato grande de señora gorda, vestida de rosa:

¿Contraseña?

¡Dejadme pasar; dejadme pasar! —gritaba Percy desde detrás de la multitud—. ¡La última contraseña es «Fortuna Maior»!

¡Oh, no! —dijo con tristeza Neville Longbottom. Siempre tenía problemas para recordar las contraseñas.

—Y fue un fastidio— Neville se veía apenado.

—Lo pasado, pasado es— le aseguró Harry.

Neville le sonrió más animado.

Después de cruzar el retrato y recorrer la sala común, chicos y chicas se separaron hacia las respectivas escaleras. Harry subió la escalera de caracol sin otro pensamiento que la alegría de estar otra vez en Hogwarts. Llegaron al conocido dormitorio de forma circular; con sus cinco camas con dosel, y Harry, mirando a su alrededor; sintió que por fin estaba en casa.

Neville, Seamus, Dean, Ron y Harry se sonrieron los unos a los otros. Después de todo, ellos pertenecían a Gryffindor, cursaban el mismo año, dormían en el mismo dormitorio, compartían las mismas clases y se veían los siete días a la semana. Es decir, eran una familia y ese dormitorio era su casa. Ellos era una familia el tiempo que estaban en Hogwarts.

—Muy bien, el capítulo ha acabado— anunció Remus, suspirando.

El profesor Dumbledore hizo el movimiento de estirar la mano para que Remus le pudiese pasar el libro, cuando una luz brillante de color oro se extendió a lo largo del comedor y que obligó a muchos a taparse los ojos.

Pero pasados varios segundos, la gente se comenzó a preocupar debido a que la luz cegadora seguía brillando intensamente. ¿Qué se suponía que era eso?

Más de alguno se realizó esta pregunta, pero como no tenían respuesta, poco a poco, las personas empezaron a destaparse los ojos. Sólo así se dieron cuenta que la luz brillante hizo una especie de túnel por el cual vieron, con asombro, que alguien venía siguiendo.

Los pasos que esa persona daba eran cada vez más rápidos y fuertes, como si quisiese llegar pronto y hacerse notar.

Y, en efecto, medio segundo después, una persona salió de aquel túnel. La luz se desvaneció y se pudo apreciar a un hombre, pero…

¡No!

¡No puede ser!

¡Imposible!

¿Cómo?

¿Cuándo?

¿Por qué?

Eran las preguntas que todos se hicieron, mientras mantenían la boca ligeramente abierta. Nadie se movió o dijo algo. Entonces:

—¡Mortífago! — exclamó Harry, parándose de su puesto, levantando la varita y mirando detenidamente al hombre, que vestía una túnica larga y negra, con un gorro que le cubría la cabeza. Además, traía puesta una máscara la que le cubría el rostro, impidiéndole ver quién era.

El comedor gritó luego de aquella exclamación y el caos comenzó: Los alumnos de Gryffindor, Ravenclaw y Hufflepuff se agazaparon a la pared, aterrorizados. Algunos profesores como Hagrid, Poppy y Trelawney corrieron a socorrer a los alumnos. Dumbledore, Kinsgley, Moody, Snape, Minerva, Flitwick, Remus, Sirius, Tonks, Los señores Weasley, Bill y Charlie imitaron a Harry y alzaron sus varitas.

Ron, Hermione, Luna, Neville y Luna se apresuraron a indicar con la mano que el resto del ejército de Dumbledore le cubriera las espaldas a quienes tenían la varita alzada: Todos obedecieron.

Pero los alumnos de Slytherin, se veían emocionados y, aunque nadie los vio, volvían a tener los ojos rojos. Sin embargo, antes de que alguien dijese algo, el mortífago se adelantó:

— ¡Bajen sus varitas, por favor! — rogó —. No soy un mortífago.

Dicho esto, se desprendió de la túnica, dejando ver sus ropas sencillas: Éstas consistían en una camisa y un jeans. Luego, se subió parte de la camisa. En ese instante, Dumbledore bajó su varita. Al momento siguiente, el mortífago dejaba ver su brazo izquierdo; en él no había una marca tenebrosa.

Tras ese descubrimiento, Bill, Charlie, los señores Weasley, Flitwick, Minerva y Tonks bajaron sus varitas, seguidos de algunos miembros del ejército de Dumbledore.

No obstante, Harry, Kinsgley, Moody, Snape, Sirius y Remus no bajaban la guardia, seguían apuntando con sus varitas y mirando al mortífago con desconfianza.

El hombre suspiró y, lentamente, se quitó la máscara, dejando ver su rostro y disipando las dudas de Kinsgley, Moody, Snape, Sirius y Remus.

— ¿Cómo se que esto no es una broma? — le preguntó Harry, aún con su varita alzada.

—Porque soy uno de los que les envió la carta y los libros. Vengo del futuro a explicarles lo que está sucediendo.

CONTINUARÁ…


Hola mis lectores.

Estoy muy emocionada. Al fin escribiré el capítulo que tanto quería escribir, la llegada de Teddy, ¿sienten la emoción?

Yo sí, ahora si se preguntan por qué elegí presentarlo como si fuese un mortífago, lo sabrán en el próximo capítulo. A no impacientarse.

Sobre este capítulo, lo escribí al revés, ¿qué significa? Partí por las primeras cuatro líneas del final, luego con la introducción del capitulo, después volví abajo, y así sucesivamente hasta que tuve las dos cosas listas. Ya posterior a eso, pues comencé a añadir las reacciones...¿qué les pareció? Ojalá que les guste, aunque admito que esta vez, casi ni lo edité, perdón si hay errores, dale.

Y ahora, sobre las teorías, fueron interesantes. En serio, pero ya veremos qué sucederá. Espero sorprenderlos.

Emm, qué más...los review anónimos, que esta vez son pocos.

-Leyla: Hola! ya lo continúe. Espero que te guste. Besos.

-mar91: Hola! La intriga seguirá hasta el próximo capítulo. Paciencia. Besos.

-Elle: Hola! Pues creo que equivocaste, porque sí había capítulo. En fin. Espero que este te guste. Besos.

Y a los demás, los leemos en los review.

Saludos y besos.