Mi joven amo, Sebastian Phantomhive.

by Silenciosa

Disclaimer: : No me pertenece Kuroshitsuji. Todo lo que escribo lo hago por y para el disfrute de mi maldita imaginación y la de aquellos que me leen, nada más.

Advertencias: Referencias a hipótesis y spoilers referentes al manga.


«Ahora estás en un lugar más oscuro; un lugar que tú has elegido, conmigo como compañía. Yo, un insignificante demonio [...], que he matado a los de tu clase en innumerables ocasiones y que podría matar de nuevo, alegremente, si se me presentase la oportunidad. Piensa en eso. [...] El otro tú, el inocente, nunca habría seguido adelante con historias de ejecuciones y masacres al por mayor. [...] No me mires como si no supieras de lo que hablo. Conoces muy bien tus pecados. Sabes las cosas que has querido y lo que habrías llegado a hacer para conseguirlas si hubieses tenido la oportunidad. Eres un pecador y si, por una desafortunada casualidad, perecieses sin haberte enfrentado al dolor que has producido, a la furia que has liberado (y que no has enmendado), es más probable que haya un sitio para ti en el inframundo que en el paraíso.

Menciono esto ahora porque no quiero que pienses que todo esto es algún tipo de juego al que puedes jugar un rato y luego dejarlo y olvidarte.

No lo era al principio y créeme, desde luego que no lo será al final.»

Fragmento extraído de Demonio de Libro, por Barker Clive.

†††† † ††††

Angelina permaneció aislada en la mansión de la ciudad sin ningún tipo de contacto, excepto el trato profesional con tres sirvientas desconocidas. Vincent ni siquiera se había tomado la molestia de visitarla tras dar a luz a los gemelos dos semanas atrás.

Los estragos del embarazo se iban curando lentamente con el decurso de los días. Tenía estrías rojizas alargadas como gusanos amantes de la antropofagia con cadáveres después de haber atravesado las sólidas tapas de un ataúd. Estas cicatrices surcaban horriblemente el vientre y que, poco a poco, iban desapareciendo sin dejar ningún tipo marca. Todavía sus piernas flaqueaban de debilidad si permanecía demasiado tiempo de pie, por lo que se veía a obligada a estar tumbada en la cama, dedicando las horas muertas a escribir cartas a su familia acerca de su ficticia aunque idílica estancia fuera del país.

Otras veces se sentaba en la banqueta de la ventana de su habitación. Desde allí se limitaba a presenciar el decadente paisaje urbano londinense cubierto de nieve y los pocos habitantes en su ir y venir por las calles, ya sea en calesines, a caballo o a pie. La escarcha se cernía sobre las crines de los corceles y las barbas de los hombres, y en mitad del amanecer acaecía el ensordecedor sonido del hielo quebrándose desde los aleros y cornisas de las viviendas, cayendo en peso contra el suelo asfaltado —un sonido que era capaz de hacer que los viandantes saltaran del susto e instintivamente se cubrieran la cabeza con las manos—.

Angelina raramente salía de aquellas cuatro paredes que conformaban su habitación hecha celda; la aturdía vagar por las estancias enormes y vacías de la mansión en un fantasmagórico sinsentido. Se le tenía prohibido pasear por el jardín y, si perdía los nervios con un ataque desenfrenado de ansiedad, las sirvientas no dudaban en inyectarle un sedante, dejándola inconsciente y abandonada en su propio lecho.

Esta era la vida de Angelina después de ofrecerse cual sacrificio al conde Phantomhive.

En la mañana de Nochebuena, Angelina despertó escuchando desde la lejanía el repiqueteo de las campanas de la catedral de Saint Peter situada a pocos kilómetros.

Quedó somnolienta pero sin alcanzar el sueño de nuevo hasta que se despertó del todo cuando los goznes de la puerta gruñeron y entró la sirvienta, sin llamar, como de costumbre. La sirvienta realizó una reverencia desde el umbral e hizo entrar un carrito con el juego de té servido.

—Buen día, mi señora —dijo en tono respetuoso—. He aquí su té Earl Grey de la mañana, servido sin azúcar y sin leche como es de su gusto tomar. Traeré el desayuno en breve para que reponga en fuerzas.

Dicho esto, realizó otra reverencia y desapareció por la puerta sin detenerse siquiera a mirarla nada más le hubo servido el té. Angelina se irguió en la cama, quedando sentada, y sin nada que pudiera expresar en gestos, tomó la taza de té para luego beber un escueto sorbo que solo consiguió arrastrarla en el abrazo desamparado del recuerdo, de la soledad y de la melancolía. Dejó la taza en la bandeja, alzó la vista hacia el fondo de la estancia y pensó en sus bebés, en lo hermoso que sería si los tuviera en sus brazos.

¿Su hermana Rachel ya los tendría con ella, brindándoles un amor que Angelina jamás podría reclamar como suyo? Al parecer, el conde había logrado modificar y seleccionar los recuerdos de su embarazo por otros ficticios, donde Rachel Phantomhive había dado luz a gemelos. La verdad había sido oculta tras un telón que nunca sería alzado. Vincent haría lo mismo con sus recuerdos; ella no sabía el momento justo pero sí tenía constancia de que este lo haría tarde o temprano. Vincent borraría buena parte de su memoria aun desconociendo Angelina cómo.

Se levantó con dificultad de la cama y se aproximó a la ventana. Afuera sobrevenía el invierno con otra nevada, y se trataba de un crudo invierno típico del mes de diciembre. El cielo descolorido de Londres cruzaba de cabo a rabo la urbe como un grito que dividía el silencio en algún lugar, un mutismo otorgado que aludía al inevitable transcurrir del tiempo. Todo parecía a punto de nacer. El mundo seguía siendo el mismo, sin embargo; las alteraciones en los recuerdos perpetradas por el fiel Perro de la Reina no lo habían alterado.

Angelina quiso cerciorarse de su propia realidad. Rehizo sus pasos y se encaró en el espejo situado cerca. Comprobó la forma hinchada de sus senos posando sus manos sobre estos por encima del camisón que llevaba puesto. La evidencia de la existencia de su embarazo permanecía inherente en ella. La tela del camisón estaba humedecida por su propia leche materna, la cual se había empapado. Se deshizo del camisón a tirones y quedó desnuda. Se vio de cuerpo entero en el reflejo. En este, Angelina no vio a ninguna niña, pero tampoco una mujer. Contemplaba —se contemplaba— una muchacha joven, tan blanca como la espuma de mar. Una criatura de la noche que apenas daba el sol, de cabellos rojizos, alborotados como lenguas de lava infernales, discurrían alrededor de sus hombros cubriendo parcialmente pechos, vientre y caderas. Una Venus Verticordia de la Decadencia que, a pesar de las vicisitudes del parto, seguía resultando hermosa.

El contraste de la blancura de su piel con el rojizo intenso de sus cabellos la horrorizó, como si aquel cuerpo reflejado en el espejo no le perteneciera, como si fuese de otra persona. En aquel momento descubrió que tenía sed de sol, de viento... y de luz. Quería tener para sí la luz inmaculada que besaba la hermosa imagen de su hermana mayor.

La tormenta de nieve amainó de pronto, sin querer, tal vez movida por un impulso divino irresistible. El fuego de su chimenea había comenzado a crepitar. Y de nuevo, después de varios minutos, se miró a los ojos; a menudo evitaba mirarse a los ojos de esta forma. Esta vez lo hizo sin temor. Eran de un castaño rojizo penetrante, grandes pero carentes ya de inocencia alguna. Se consoló abrazándose a sí misma, aferrándose a los últimos coletazos de calor que emanaba su cuerpo y lloró por la pena que retenía sin consuelo. Con solo dieciséis años ya había aprendido mucho acerca de la vida, de sí misma y, sobre todo, del mal que la rodeaba. En la mente le quedó plasmada la imagen de Vincent Phantomhive. Nunca se imaginó que el hombre que amaba no era un hombre, sino un monstruo. Angelina comprendió también que tampoco era alguien —o algo— mejor que él.

—Todo el mundo miente —susurró en un embate descontrolado—. Hasta Dios miente, que nos ha hecho creer que sabe perdonar.

Su mente trajo de regreso la imagen de Rachel. Se la imaginó acunando a sus bebés, que poco a poco se irían quedando dormidos, amados con una devoción que no conocería límites.

Angelina tuvo fuerzas para sonreír aun cuando por su rostro discurrían más lágrimas, llevándose eta vez las manos a la cara y cubriéndose con ellas.

—Pero la mentira es, a veces, tan digna y pura como lo es la verdad.

†††††††††

—¿Qué inconveniencia hay de que vaya al altar de rojo? Sé que a Adrian no le importará.

Rachel Phantomhive, su querida hermana, se situó tras ella y con delicadeza abrochó los últimos botones de su vestido que recorría toda su espalda sin poder contener las lágrimas de alegría resbalando por sus mejillas. Para su boda, su hermana y su madre habían decidido escoger para ella un suntuoso traje de novia en satén crema al que le faltaba añadir aún una cola de cuatro metros de muaré plateado.

—Ann, cielo, estás preciosa —comentó mientras colocaba las manos por los hombros y miraba su reflejo a través del espejo que tenían delante sin dejar de llorar emocionada—. No sabes cuánto deseo que llegue el día de tu boda y pueda verte vestida así.

Sus miradas se cruzaron en el espejo y Angelina sonrió tímidamente. Volviéndose hacia su hermana, Angelina la abrazó con fuerza. Las sirvientas, sastres y la modista presenciaban conmovidos la escena de cariño que se profesaban ambas hermanas. Rachel deshizo el abrazo y se apartó delicadamente para enjugarse las lágrimas derramadas, pura evidencia de sus emociones.

Su hermana mayor, Vincent y sus sobrinos eran las personas que más amaba en este mundo. Angelina haría todo por ellos, todo lo que estuviera en sus manos por brindarles felicidad. Sus padres también eran importantes para ella, por supuesto, pero el vínculo que le había unido a la familia de Rachel no era comparable al que pudiera tener con alguien más, inclusive su futuro esposo.

Rachel estaba radiante. Tal vez lo adecuado era sustituir el estaba por un era: Rachel, condesa de Phantomhive, era radiante. El peinado que le habían hecho las sirvientas sacaba a relucir aquella cascada de cabellos color ámbar. No había espejo en la habitación que hiciera caso omiso a su belleza. El recogido consistía en una trenza compleja que recogía su melena a la altura de la nuca. Estaba ataviada con un traje de mañana color turquesa en el que habían sido cosidos diminutas flores blancas y diferentes perlas; estas le conferían un semblante resplandeciente y puro. Como siempre, el maquillaje era sencillo, muy disimulado que realzaba sus helénicas facciones. Iba vestida de manera casual, elegante, mostrando el rango y nivel de su linaje en el porte, pero casual como vestiría una aristócrata distinguida, sin adornos ni parapetados trajes recargados de encajes y joyas rococó que tanto gustaban a las damas francesas y austriacas.

Angelina se volvió al espejo para mirarse y en este no halló esa luz que sí veía impregnada en Rachel. En Angelina había algo insondable, como perdido o ausente; algo que intentaba ocultar bajo enormes capas de alegría y buen humor. Su cabello rojizo y la extrema palidez de su piel no terminaban de cuajar con la pureza del traje de novia; infundía un aspecto etéreo, fantasmal. Era como si estuviera hecha para vivir en la oscuridad, tras la sombra de la sombra de Rachel.

—Es una lástima que madre no pueda verte así hoy —comentó Rachel, de pronto—. Desde que se le ha acentuado el asma con la edad no suele salir mucho de la mansión. Gracias a Dios puedo decir que mi pequeño y yo lo sobrellevamos mejor.

—Gracias a Dios y a los fármacos que receto.

Rachel dio un rápido aunque sonoro beso en la mejilla y sonrió, entrecerrando sus ojos al hacerlo.

—Nada mejor que tener un médico en la familia. Por cierto, Ann, ten, acepta esto de mi parte. Sería un honor para mí que los llevaras el día de tu boda.

Rachel le entregó una pequeña cajita de terciopelo rojo en cuyo interior había unos pendientes de oro engarzados con cristal precioso y ornamentados con diminutas hojas doradas en torno al cristal que, en opinión de Angelina, parecían plumas de ángel. Dicha acción la había tomado desprevenida.

—Oh, hermana... —balbuceó. Mirada de incredulidad tallada en el rostro—. Estos pendientes son los que habías usado cuando...

—Cuando contraje matrimonio con Vincent, sí.

El rostro de Angelina no dejó de mostrar una forzada sonrisa, por dentro era otra historia. En su interior todo se venía abajo hasta hacerse pedazos; corazón y sentimientos en ruinas. Tras aquellas palabras experimentó algo que no fue capaz de explicar. Algo que hasta entonces solo le había ocurrido en muy pocas ocasiones, que era tan distinto a cualquier otra sensación vivida, que lo había llamado, simplemente, «la Sensación». La Sensación no podría ser descrita mediante palabras, pero podría alcanzar a describirla por sus efectos; primero, en el fondo del plexo solar, notó un calor, y acto seguido un fuego —que no era quemazón ni dolor— que le recorría por completo, de los pies a la cabeza.

Era como si su alma quisiera decirle algo, un mensaje oculto que amenazaba con reventar si seguía desoyéndolo.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Rachel al notar su repentino estado de mutismo.

Angelina estiró los labios y sonrió después de cruzar la mirada con la de su hermana. Después se acercó sigilosa al espejo y, mientras buscaba traer consigo todo el aplomo que pudieran albergar sus fuerzas, se quitó los pendientes que llevaba puestos —unos rubíes rojos como la sangre que enloquecía de dolor discurriendo salvaje en sus venas— para acto seguido sustituirlos por los que le entregó Rachel.

—Puede que no lo recuerdes, pero estos pendientes han pasado de generación a generación entre las mujeres de nuestra familia. Madre me dijo con bastante ironía que son tan antiguos que ya existían cuando San Patricio echó a las serpientes de Irlanda. ¿Te gustan? —preguntó Rachel, ahora insegura de que su obsequio fuese el acertado—. Así llevarás algo prestado y antiguo, como estima la tradición.

—Sí, son realmente preciosos —dijo Angelina sin dejar de contemplarse ni un segundo en el espejo. Intentó recomponerse como pudo y se obligó a mostrarse alegre para no hacer afligir a Rachel—. ¡Te agradezco tanto este detalle...! Prometo que me los pondré en tu honor y en el de nuestra familia. Muchas gracias, hermana.

—Mis estimadas señoras. —Las llamó de pronto la modista que era de origen belga y cuyo acento del inglés era bastante peculiar—. Siento entrometerme, pero necesito saber si el traje está al gusto de vuestro agrado o si creéis preciso que necesita alguna que otra modificación. Hoy mismo me lo llevaré a la ciudad para ultimar en los detalles del diseño. Si permitís la intromisión de mis observaciones, creo que...

La puerta de la estancia fue abierta de par en par para luego ser cerrada con otro golpe seco, acción que sobresaltó a los presentes. El sonido del pisoteo de pequeños pies se dirigieron aprisa hacia las hermanas.

—¡Oh, tía Ann!, ¡estás hermosa vestida de novia! —exclamó una bonita niña rubia de nueve años, que se había abrazado con efusividad a ella.

Angelina sonrió.

—¿Eso crees?

—¡Claro que sí!

La mera presencia de los niños de la familia hacía aliviar todos y cada uno de los pesares de Angelina. La sobrina de su hermana y que Angelina también la veía como tal, la dulce Elizabeth Ethel Cordelia de Midford y Phantomhive, era como una muñeca de porcelana. Había sido retratada por Sophie Gengembre Anderson, una importante retratista del circulo prerrafaelista de Millais y Rossetti, quien había quedado conmocionada por su inmaculada belleza. A primera vista se advertía la marcada similitud entre Francis, su madre, y la chiquilla, pero luego ya se iba reconociendo en Elizabeth actitudes ajenas a los severos gestos y emociones de su progenitora. Valiéndose de una comparación tomada a otro nivel podría decirse que se asemejaba en personalidad a su padre. Elizabeth era una curiosa variedad en miniatura de ambos.

Angelina regresó a la niña al suelo tras el abrazo. Luego Elizabeth tomó de la mano de su primo para luego quedar apoyada mimosamente contra su hombro.

—¿A que sí, Ciel? —preguntó en un tono meloso de voz, caprichoso si bien del todo cándido e infantil—. ¿A que tengo yo razón?

El niño que acompañaba a Elizabeth era su sobrino, Ciel Phantomhive.

Una carga de energía embistió con fuerza el interior de Angelina y que supo discernir pronto como un intenso sentimiento de amor, devoción y cariño. Su sobrino Ciel la sonrió con afecto y Angelina sintió que la habitación había sido iluminada de pronto. El niño era una auténtica copia de Vincent: mismo cabello oscuro, misma sonrisa y expresiones. El intenso mirar azul del muchacho de ocho años era, sin duda, un legado de los Durless.

La Sensación volvió a arremeter contra ella, duramente, con la rebelión de varios sentimientos que intentaban atravesar una especie de muro, un muro blanco en el que pronto quedó pintado con la imagen de su hermana Rachel. Angelina recordó el parto de su hermana como algo distante y sin apenas detalles. Un fuerte nudo se asentó en medio de su garganta. Sintiéndose confusa, Angelina se preguntó para sí cuál era la causa de esta especie de dolor sordo que no venía a cuento.

Los dos niños llevaban puesta la vestimenta con la que asistirían a la boda de Angelina. Al igual que estaban ultimando los detalles de su traje de novia, también se estaban encargando de terminar los trajes de los pequeños. Ciel Phantomhive vestía un bonito traje en conjunto con el de Elizabeth, ambos de un acertado color burdeos. Mientras que la niña llevaba un vestido de inspiración francesa rematado con volantes y divertidas borlas, el de Ciel era mucho más sencillo y estaba compuesto por un traje a tres piezas; un pantalón corto típico de niño, una camisa blanca de botones de mangas largas, llena de volantes en el arranque posterior del cuello, y un chaleco a juego con el pantalón. Para rematar, unos calcetines de caña alta también de un tono burdeos y zapatos de charol. Tras los chiquillos les siguieron las sirvientas, el sastre y el mayordomo Tanaka, quienes venían de la habitación contigua.

—Realmente, tía Ann, luces como un ángel —aseguró Ciel sin dejar de sonreír.

—Venid aquí par de halagadores consentidos. —Angelina esbozó una amplia sonrisa y extendió los brazos hacia ellos.

Los niños no dudaron y saltaron, no a sus brazos, sino a su cuello, abrazándola con fuerza, lo que provocó que Angelina perdiera el equilibrio, sumando el peso del asfixiante conjunto de ropa interior —camisón base, corsé reforzado con piezas de hierro y enaguas jupe culotte— y del aparatoso traje de novia. Los tres se vinieron al suelo entre divertidas risas y las quejas de la modista, que veía cómo sus queridos diseños se arrugaban ante sus ojos.

—¡Ey!, ¡tened cuidado! —Rachel rio, presenciando la tierna escena.

Angelina continuó estrechando a los dos pequeños entre sus brazos, los tres tirados ahora en el suelo, haciendo caso omiso a las quejas de la modista. Tampoco podía moverse demasiado con todo lo que llevaba puesto; parecía una tortuga que había caído y quedado bocarriba, sin poder erguirse. Los niños, que los dejó hacer, estaban encantados de sentirse refugiados en los brazos de su tía favorita —tal y como ellos afirmaban—, la que tanto jugaba con ellos y los hacía reír. De entre todos los familiares, era ella, Angelina Durless, quien más les procuraba diversión, alejándolos de los polvorientos formalismos aristocráticos y los protocolarios patrones de conducta que querían inculcarles a pesar de ser aún muy pequeños. Tía Francis era quien se tomaba muy en serio su educación. Angelina, en cambio, los sacaba de la mansión en cuanto podía, invitándolos a disfrutar de la naturaleza; a querer ensuciarse tirándose en la hierba; a corretear descalzos; a hacer picnics bajo la agradable sombra de un árbol o a trepar por sus ramas, sin mucha pericia, en las calurosas tardes de verano. En los días más fríos, les leía cuentos o pasaba horas enteras jugando con ellos si el tiempo no les permitía salir fuera. A Angelina no le costaba dejar la adultez aparcada de lado y convertirse en una niña de nuevo y disfrutar con ellos.

Llenó la cabeza de ambos niños a base de besos y los sostuvo por unos segundos más entre sus brazos hasta que con dificultad se irguió levemente apoyando las palmas de sus manos en el suelo y buscó por la estancia una tercera cabeza que también deseaba adular a base de un mar de besos. Angelina dio con la mirada de su hermana Rachel. Al igual que ella, había denotado al instante la ausencia del tercer niño.

—¿Y mi otro pequeño? —preguntó Rachel, dirigiéndose a Tanaka.

El mayordomo también se volvió y no halló al aludido en ninguna parte. Un simple despiste y cualquier niño es capaz de desaparecer.

—Se supone que debería estar aquí —arguyó mientras también miraba a todas partes. Se inclinó con decoro—. Si me disculpa, mi señora, regresaré a la habitación, posiblemente el jovencito siga allí.

—¿Sabes, tía Ann? —Después de ser ayudada a levantarse del suelo, Ciel tiró suavemente de su traje de novia varias veces a fin de llamar su atención—. Nuestra tutora nos ha enseñado hoy a Lizzie y a mí a bailar un vals para la ceremonia que vendrá después de la boda.

—¡Sí!; ¿quieres ver lo bien que lo hacemos? —La niña empezó a dar saltitos de la emoción imitando a su primo.

A Angelina no le atraía la idea de que ya comprometieran a Ciel y a Elizabeth en matrimonio. Amar y compartir la vida con una persona requería de sentimientos, no de un acuerdo pactado por la familia con antelación, basado en intereses sucesorios y económicos. Muy a pesar de su opinión, los niños parecían estar encantados con la noticia de su futuro casamiento. Estos danzaban unidos por la estancia con energía y singular desparpajo. Ambos canturreaban la melodía El Vals de Fausto, con menor acierto que con el baile, sin dejar de dar vueltas y exhortando ligeras risas. Los demás presentes, incluido Angelina, los contemplaban alegres con la demostración.

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«Ainsi que la brise légère / Al igual que la brisa ligera

soulève en épais tourbillons / levanta en densos torbellinos

la poussière des sillons, / el polvo de los surcos,

que le valse nous entraîne! / ¡dejad que el vals nos arrastre!

Jusqu'à prendre haleine, / Hasta perder el aliento,

jusqu'à mourir, / hasta morir,

un dieu nous entraîne; / un dios nos arrastra;

c'est le plaisir! / ¡es el placer!»

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Angelina no dejó de sonreír hasta advertir nuevamente la presencia de Tanaka, quien había regresado sin el hermano gemelo de Ciel.

Rachel se alertó tanto como Angelina cuando las sirvientas salieron en su busca por cada nimio rincón de la mansión Phantomhive.

Ataviada aún con el vestido de novia, Angelina bajó con dificultad la escalinata principal del hall, donde destacaba en el descansillo de honor un cuadro enorme, El Entierro del conde de Orgaz, realizado por un pintor al que los españoles apodaban «El Greco», en alusión a su origen heleno, que trabajó bajo el mecenazgo de la corte y la nobleza castellana. Vincent había pagado una importante suma al Consejo Arzobispal de Toledo al cual había pertenecido el cuadro.

Angelina odiaba aquella pintura; era deprimente y tenebrosa al gusto del arte religioso español, cuya imaginería era de un realismo atroz y sanguinario, donde mártires torturados, Cristos crucificados moribundos, Magdalenas y Marías llorosas, entierros, cuadros de vanitas, Juicios Finales, infiernos y, sobre todo, la representación de demonios, era la temática principal recurrente que había sido adoptada luego en gran parte de Latinoamérica.

Lo más escalofriante de esta obra radicaba en la presencia de un niño pequeño, posiblemente el hijo del conde muerto, situado en la primera línea compositiva, señalando a su padre siendo enterrado y mirando directamente al espectador (el único que lo hace), con inquisición, como si quisiera decir algo. Sin lugar a dudas, Angelina prefería las agradables pinturas del arte italiano.

Una vez hubo bajado todo el tramo de la escalinata, se topó con varios sirvientes que buscaban desesperados al pequeño de los Phantomhive. También escuchó las llamadas de Rachel desde el piso superior, junto a las de Elizabeth y los demás sirvientes.

—¿Quieres encontrarle, tía Ann? —Angelina volteó el rostro hacia lo alto de la escalinata, lugar donde había surgido dicha pregunta. Bajo el imperioso cuadro de El Greco, estaba Ciel, quien la sonreía, advirtiendo un aire de golfillo callejero que no mostraba delante de los demás, salvo con ella—. Para encontrar a Sebastian debes encontrar primero la sombra de Sebastian.

Dicho de esta forma, Angelina no llegó a entender en un principio qué es lo que quería decir su querido sobrino con ese juego de palabras, pero pronto alcanzó hallar la respuesta. Cuando los gemelos cumplieron los siete años, el conde les regaló un perro, un enorme mastín de pelaje negro, muy vistoso, y que visto de lejos, más que un perro parecía un lobo. Este mastín le recordaba a Angelina a un viejo malhumorado, porque siempre ladraba, gruñía y enseñaba los dientes cuando le disgustaba la cercanía de una presencia desconocida; el animal solo sentía afinidad por la familia, fielmente adiestrado.

Ya desde su llegada a la mansión el perro se mantuvo bajo la compañía de Vincent y, sobre todo, del más pequeño de los gemelos.

Sebastian Phantomhive.

Era tal la fidelidad del animal con Sebastian, que no se separaba de él, que Ciel y Elizabeth solían bromear llamándolo «Sebastian», usando el mismo nombre del pequeño gemelo. Ni qué decir que los mayores, sobre todo Francis, reprendían a los niños por ello; no obstante, Angelina, e incluso Vincent, los entendía en este aspecto. Realmente, el perro había sido una agradable compañía para Sebastian desde que cayó enfermo ante los constantes agravamientos de salud debido al asma, y que le impedían salir de la mansión. Era raro no ver al niño junto a ese perro que actuaba como un fiel escolta.

Una punzada de tristeza dañó el corazón de Angelina que, como tía y médica, querían poner solución al pesar del más pequeño de los gemelos, de constitución débil y enfermiza.

A diferencia de la alegría y la ponderosa salud de Ciel Phantomhive —el futuro heredero del título de su padre—, Sebastian era de una apariencia de extrema fragilidad; más delgado, huesudo y pequeño que su gemelo. Era de un carácter más sereno, menos extrovertido y sociable que el de su hermano, aunque era asustadizo y caprichoso en exceso debido principalmente al estar sobreprotegido por la familia a causa de su salud inestable.

Así que se podría decir que de los dos hermanos, y con razón, que Ciel era lo más parecido a sus padres: en físico por parte de su padre y en ánimo por parte de su madre. Sebastian, sin embargo, a pesar del cuasi exacto parecido con su hermano gemelo, y por ende semejante a su padre, tenía una actitud que no se vinculaba a ninguno de sus progenitores.

La inseguridad de Sebastian le recordaba a Angelina a alguien en especial: a ella misma cuando era pequeña. Las inseguridades la habían convertido en una tumba silenciosa, cuyos deseos eran enterrados por obligaciones: la obligación de casarse sin amar a su futuro esposo, la obligación de aceptar su amor no correspondido, la obligación de reestructurar su futuro... Las inseguridades, como el amor, están hechas de una materia volátil y abstracta, tan imposible de explicar como fácil de reducir a un puñado de metáforas sin sentido.

Angelina agudizó el oído cuando escuchó el ladrido de un perro, el cual parecía provenir cercano. Ciel, quien seguía observándola desde lo alto de la escalinata, volvió a intervenir.

—A mi hermano no le gusta estar rodeado de tantas personas. A mí sí, para mí es divertido —comentó su sobrino mientras le enviaba una sonrisa amable—. Cuando lo encuentres dile que estamos en el salón de juegos, tía Ann.

La conexión que existía entre ambos niños era impresionante, típica entre gemelos, pensó Angelina. Se entendían sin necesidad de hablarse o verse siquiera. Rachel se había ofrecido a usar la mansión para organizar los preparativos del traje de novia, así como las vestimentas de los niños. Aprovechando que Vincent estaba fuera, Rachel hizo desplegar la visita de trabajadores dedicados a la moda. Había más personal de lo normal en la mansión y era obvio que el pequeño Sebastian se sintiera incomodado. Angelina asintió la petición de Ciel y este desapareció un piso más arriba.

Pasando por delante del salón para recibir visitas y tomar el té, escuchó otro ladrido de un perro. Se volvió y halló al mastín echado al lado en una silla de corte isabelino, de respaldo grande y acolchado, vuelta hacia uno de los ventanales del salón. Visto de esa forma parecía que no había nadie detrás ocupándola al no ver un par de piernas colgando.

Angelina fue hasta la silla y halló a Sebastian con las piernas recogidas, en posición india, dibujando desinteresadamente sobre una hoja apoyada en la superficie de un amplio aunque delgado libro. El niño notó su presencia y alzó los ojos para mirarla. Ojos grandes, de color azul oscuro como los de su hermano gemelo. Vestía el mismo traje de color burdeos que llevaba Ciel, sin el chaleco y con la camisa arrugada después de estar demasiado tiempo sentado con ella en una cómoda posición.

Sebastian se dio cuenta de que había obrado mal en esconderse y la sonrisa que le devolvió a Angelina estaba preñada de inquietud. Angelina rara vez había trabajado en el hospital con niños que tuviesen una infancia agradable, y, aun así, a pesar del catálogo de traumáticas enfermedades con las que había tenido que lidiar hasta entonces, todavía le resultaba duro convertirse en parte de otra historia que arruinaba a un niño a tan temprana edad, y menos si este niño era sobrino suyo. Con demasiada frecuencia Angelina se preguntaba cuál sería el futuro de Sebastian, que tristemente auguraba difícil.

Sin embargo, Sebastian siempre ofrecía lo mejor de sí; poseía un espíritu fuerte que guardaba unas infinitas ganas de vivir.

En lugar de regañarle, Angelina salió del salón y avisó a la primera sirvienta que vio que había encontrado al niño a fin de que se lo dijera a Rachel cuanto antes. Volviendo sobre sus pasos, arrastró una silla y la colocó al lado de la de Sebastian. El pequeño seguía observándola nervioso pero sin decir nada.

—Un dibujo muy bonito —comentó Angelina, observando lo que estaba haciendo—. ¿Es esta mansión?

—Sí. —El niño asintió con la cabeza varias veces, con nerviosismo, trazando una raya mayor sobre el marco de la puerta principal de la mansión mal dibujada—. También he dibujado el jardín con muchas flores y el estanque del centro. ¿Te gusta?

Angelina asintió según curvaba los labios en una cariñosa sonrisa.

Sebastian se hizo con el lápiz de nuevo y siguió añadiendo detalles al dibujo con poca habilidad artística: un esquemático carruaje tirado por dos caballos representados de perfil, el mastín negro correteando por el jardín... Angelina se quedó observando en silencio lo que hacía su sobrino. A continuación dibujó un pequeño círculo en el jardín y lo llenó de puntos; dijo que era una parcela de semillas de rosales recién plantados que germinarían en cuanto llegara la primavera. Había hecho esto porque sabía que a ella le gustaban las rosas, pero no sabía dibujarlas. El último detalle que añadió fue una figura sin forma caracterizada por tener un par de alas en la parte superior, como si sobrevolara en lo alto del cielo.

—¿Qué es? —preguntó Angelina.

—Es un ángel —respondió—. Para que nos proteja de las cosas malas. Nunca he visto uno, pero dicen que son muy hermosos y, bueno, yo no sé dibujar mejor.

Angelina sonrió.

—Sebastian.

En cuanto hubo pronunciado su nombre, el niño pareció encerrarse en sí mismo, asustado, evitando el contacto visual con ella y encogiendo levemente los hombros. Para tranquilizarlo, Angelina acarició cariñosamente sus cabellos. El perro seguía tumbado en el suelo, al lado de su pequeño amo; sin embargo, había erguido la cabeza para presenciar la escena.

—No pienso reñirte, pero quiero que entiendas lo preocupados y asustados que nos sentimos cuando te escondes. Si en algún momento te sientes incómodo solo hazlo saber, ¿de acuerdo? Te prometo que nadie se enfadará.

Sebastian asintió tímidamente con la cabeza y respiró profundamente; ya empezaba a relajarse.

—¿Y qué cosas sabes dibujar?

Tras pensárselo unos segundos, Sebastian dio la vuelta a la hoja y comenzó a realizar un sinfín de líneas.

—¿Es un piano?

—Sí, es el piano de papá. —Sebastian la miró, reflexionando, como si de pronto dudara de su destreza a la hora de dibujar un piano. Después volvió a la hoja y dibujó lo que parecía la figura de un varón, por el lunar situado en la parte inferior de uno de los ojos supo que estaba dibujando a Vincent.

—¿Y que está tocando?; ¿una pieza de Mozart o de Chopin, tal vez?

—No. —Su querido sobrino había disentido arrugando el ceño. Tal y como lo haría Vincent estando concentrado.

—Yo recibí clases de piano cuando era pequeña, pero las abandoné porque no se me daba tocar bien a diferencia de tu madre. Ella es espléndida tocando el piano. —Una pausa—. Sin embargo, desde siempre me ha gustado asistir a conciertos de piano. Mi compositor favorito es...

—Robert Schumann —dijo Sebastian, completando su frase con total naturalidad—. Papá dice que es como un relojero suizo.

—¿Un...?, ¿un relojero suizo?

La precisión con que hablaba el niño la impresionó notablemente. Schumann era su compositor favorito. Había lamentado que un par de años antes muriera a causa de la temida sífilis.

Aquel niñito era una auténtica caja de sorpresas. Se notaba que poseía un ímpetu de curiosidad del que carecía por completo Ciel. Sebastian se incorporó en el asiento y la miró durante varios segundos sin fijar la mirada, con cierta timidez.

—Lo que quiero decir es que Schumann componía su música como si estuviera fabricando un reloj muy caro, con minuciosidad. —Alzó un poco las manos e hizo como si tocara teclas de piano imaginarias—. Tenía muy en cuenta de que todos los engranajes, es decir, los compases, estuvieran ajustados a la medida.

Aunque no era imposible que conociera la obra de Schumann, el hecho que lo describiera de tal forma le resultaba sorprendente. Angelina estaba intrigada y también maravillada con la sagacidad sin límites del pequeño.

—Dime, Sebastian, ¿cómo es que sabes que Schumann es mi compositor favorito?

El niño sonrió tímidamente.

—Me lo dijo papá. Es su favorito, y el mío también.

Angelina lanzó una ojeada a Sebastian, pero el niño estaba mirando ahora a través del ventanal, demasiado distraído y sin darse cuenta de lo que acababa de ocurrir.

—Oh... —balbuceó Angelina. Su voz se había convertido en un susurro lejano, como si «La Sensación» volviera a resurgir en ella como queriendo que recordara algún hecho pasado.

No halló nada en su memoria, solo un blanco vacío.

—Tía Ann —le llamó su sobrino al volverse y descubrir su aflicción, preocupado—, ¿estás bien?

Angelina despertó enseguida y lo miró avergonzada por su actitud.

—No..., no es nada —respondió—. Solo me he quedado... Pensaba, simplemente eso.

—Tía Ann.

—Dime.

—¿Por qué vas a usar ese vestido blanco tan horroroso para tu boda? —preguntó muy tímido—. Tú eres más hermosa cuando vistes de rojo.

Ella sonrió dulcemente y se acercó para besar la frente del niño no sin antes echar para atrás con la ayuda de una mano el espeso flequillo que, curiosamente, le recordó al mismo que llevaba cuando tenía su edad.

—¡Menos mal! —Carcajeó divertida ante la mirada risueña del niño—. ¡Al fin hoy alguien me comprende!

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FIN CAPÍTULO II.

Aquí tenéis la continuación del fic que se me había olvidado de pasar a pc y publicar la semana anterior debido al tiempo que me quita la universidad. ¡Lo lamento! Espero que aquí se haya aclarado mejor la trama. Decir además que sigo tomando la línea comentada en las teorías supuestas del manga, creando yo una visión propia y libre de las mismas, por si las dudas persisten.

Un saludo y, nuevamente, gracias por leer^^.

Silenciosa.

Lunes, 9 de febrero de 2015.