Mi joven amo, Sebastian Phantomhive.

by Silenciosa

Disclaimer: No me pertenece Kuroshitsuji. Todo lo que escribo lo hago por y para el disfrute de mi maldita imaginación y la de aquellos que me leen, nada más.

Advertencias: Referencias a hipótesis y spoilers referentes al manga. Temas cruentos.


«Carlos IX (1550-1574), fue un rey de Francia famoso por su tiranía. Sufrió una enfermedad desconocida que le fue mermando poco a poco sus fuerzas. En vísperas de su posible muerte, recurrió a una masse noire —misa negra—, aconsejado por su madre, Catalina de Médicis, quien era reconocida por su vínculo con la brujería. En esta misa negra, celebrada ante la imagen del demonio teniendo bajo sus pies una cruz invertida, el hechicero-sacerdote consagró dos hostias, negra y grande la una; blanca y pequeña la otra. Esta última se dio a un niño secuestrado que debía tener diez años [momento antes de su Comunión] y ser primogénito, al cual condujeron después vestido de blanco como para el bautismo hasta el altar y ser asesinado tras recibir la Comunión Invertida.

La cabeza del niño, separada de un solo golpe del tronco, fue colocada, aún palpitante, sobre la gran hostia negra que cubría a la patena, y luego fue dejada encima de una mesa, en la cual ardían algunas lámparas fúnebres. Comenzó entonces el exorcismo [de la masse noire]. Este tipo de exorcismo consistía en que el demonio invocado tenía que responder por mediación de la cabeza cortada —y si el demonio quería— a una pregunta o deseo. En este caso, el rey Carlos no se atrevió a pronunciar su deseo de ser curado en voz alta ni tampoco fue comunicado por los presentes. En aquel momento, una voz débil, una extraña voz que nada tenía ya de humana, se dejó oír en la cabeza cercenada del infeliz y pequeño mártir... Era la voz del demonio invocado.»

Masse noire. El caso de sacrificio perpetrado por Carlos IX de Francia en 1574. Adaptación del fragmento extraído del libro Demonología y magia eclesiástica, por Madame Blavatsky (Ucrania, 1831 – †Londres, 1891).

†††† † ††††

Angelina Barnett y Durless había visto demasiado a sus veintiséis años de edad.

En pocos años trabajando como médico para el Royal London Hospital había presenciado las secuelas de centenares de muertes sospechosas, la mayoría de las cuales provenían de los más bajos estamentos sociales, los más perjudicados. Suicidios, accidentes, asesinatos o, simplemente, gente abandonada que había sucumbido de frío y hambre en las apestosas acequias y callejones de los suburbios.

Así que Angelina había visto todas las clases de muerte, habidas y por haber: ángeles saltarines carentes de alas cuyos cuerpos volaron en pedazos nada más besar con estridencia el suelo; lesionados de muerte por accidentes laborales con maquinaria industrial o a manos de un loco esquizofrénico; desangrados a navajazos u otro tipo de cortes, propios o infligidos; flotadores o ahogados en profundidades, sumergidos contra su voluntad con un peso o valientes que decidieron acabar con su sufrimiento en las sucias aguas del río Támesis; y finalmente, baleados o reventados en reyertas e intrigas dentro del mercado ilegal de narcóticos.

Había visto cadáveres destrozados a causa de altos niveles de violencia, independientemente de la edad o del sexo. Había visto cadáveres muertos a golpes de bebés que ni siquiera alcanzaban el primer año de vida. Los de jovencitas, prostitutas y niños sometidos a atroces violaciones múltiples y ser después asesinados. Tampoco recordaba con exactitud el número de cuerpos, sin nombre y familia que los reclamara, abandonados a su suerte, que llevaban muertos tanto tiempo que lo único que funcionaba para determinar la fecha del deceso era medir el tamaño de los gusanos.

Pero de todos los cadáveres que Angelina tuvo que presenciar, ninguno se le había quedado grabado en sus entrañas como el cadáver de la niña que tenía ante sus ojos en aquel momento, descansando en una aislada dependencia del hospital usada como mortuorio.

Le acompañaba el comisario de Scotland Yard, Sir Arthur Randall, que debido a la gravedad del asunto, había sido enviado personalmente para analizar el cuerpo infantil yacente que ante ellos descansaba sobre una camilla, desnudo —cuya carne era de un tono que iba entre el gris y el morado— y rígido debido al rigor mortis. El calor típico del mes de verano vaticinaba la llegada de olor a podredumbre muy pronto emanando del cadáver.

El señor Randall era un hombre reservado en exceso. Angelina sabía que no le cabía bien a ese hombre, sobre todo por su actitud feminista e independiente. A pesar de la imagen macabra que irradiaba el cadáver, el semblante de este hombre no había flaqueado bajo ningún concepto. Era fiel a su posición como comisario; eficiente y profesional, al igual que el resto de los fieles servidores de la reina. Angelina le daba grima estos perros acérrimos de Su Majestad, porque amaestrados como estaban, distaban de ser ecuánimes siempre a la justa razón en sus acciones. ¿Cuántos hechos encomiosos, decadentes y podridos ocultaban para no ver afectada la imagen de su venerada reina Victoria y su prole?

Angelina bajó la cabeza al recordar a Vincent, en concreto, su profunda y exacerbada mirada; misterio y seducción aunadas estrechamente. No podía ni imaginarse las cosas que era capaz de hacer Vincent a favor de la Familia Real y hasta qué punto.

—Se desconoce el nombre de la fallecida. —Angelina escuchó atentamente la información dada por el comisario—. Es de suponer que pertenezca a algún suburbio del East End, porque no he hallado nada que nos pueda hablar acerca de su vida. El número de secuestrados y abandonados en Londres no tiene límites. Ni siquiera hay una lista que pueda contar los niños que han sufrido estos actos de barbarie, tristemente nuestro pan de cada día.

Angelina se puso los guantes y colocó próximo a la camilla de la pequeña el instrumental quirúrgico por si llegara a necesitarlo. Tal vez el perito forense podría habérsele escapado algún detalle. Esa era una de las funciones de Angelina dentro del hospital; aparte de trabajar en Medicina General también administraba y certificaba los trabajos más particulares, donde Scotland Yard trabajaba de por medio en alguna investigación. El Hospital confiaba en ella, y ella era la mejor, la más cualificada; trabajaba eficazmente, mejor que cualquier otro médico forense de Londres.

Ella alzó brevemente los ojos y los fijó en la inscripción encuadernada elegantemente y colgada en una de las paredes de la estancia, único atisbo de sobria decoración.

«Taceant colloquia», se leía en la pequeña inscripción, una frase sacada en boca de Julio César, alumbrada por la luz dorada de los candiles. «Effugiat risus. Hic locus est ubi mors gaudet succurrere vitae.»

«Que cesen las conversaciones. Que la risa se apague. He aquí el lugar donde la muerte se deleita ayudando a los vivos.»

Cualquier persona que muriese sospechosa, violenta, inesperada o singularmente sería diseccionada en el Hospital. Y llegado el momento de ocuparse del cadáver, lo depositarían allí, sobre una camilla rodante de zinc, entre otros cuerpos igual de rígidos, fríos y silenciosos, como estatuas de piedra.

—De acuerdo con los informes que me hizo llegar el perito forense, el momento del deceso se postula alrededor de veinte horas después del levantamiento del cadáver. El cuerpo fue hallado en la vieja fábrica abandonada de Faulkner and Company, que está en vistas de demolición, por unos niños jornaleros sin techo que saltaron las tapias con intención de vivir ilegalmente allí hasta que echaran el edificio abajo. Ellos vieron el cadáver en el mismo hall de entrada —notificó el señor Randall, diciendo—. Los miembros policiales enviados por Scotland Yard para una primera inspección me informaron de que el cuerpo se hallaba en una extraña posición en forma de cruz; con los brazos extendidos horizontalmente y las piernas muy juntas. Además, la niña llevaba puesto un camisón de color blanco. La autopsia fue realizada al cabo de cuatro horas después del levantamiento.

Lo primero, el examen externo.

—Si le sirve de ayuda, Sir Randall, puedo corroborar con lo dicho por el perito forense y asegurar que la niña no tiene más de diez años. Creo que ni siquiera ha llegado a menstruar —dedujo ella, observando el ínfimo desarrollo habido en la pequeña fisonomía del cadáver—. Sufre un elevado nivel de desnutrición. Puede que no alcance los veinte kilos de peso. Y, echando un primer vistazo a sus manos..., se observa claramente la distrofia en sus uñas.

Angelina analizó detenidamente las uñas con detenimiento, que a pesar de estar llenas de mugre y sangre seca, lucían opacas, con líneas oscuras en las puntas. Luego observó su abultado vientre.

»Además posee síntomas claros de inflamación crónica en el estómago, posiblemente al haber estado expuesta sin comer como es debido durante mucho tiempo, por lo que es probable que padezca a su vez colitis ulcerativa, pancreatitis e insuficiencia renal —determinó Angelina, echando un primer vistazo analítico del cadáver.

—Y todo a causa del hambre —balbuceó el comisario, empleando un tono de impotencia poco habitual en su conducta estrictamente distante.

—Sin embargo, la malnutrición no es la culpable aquí —intervino Angelina—. La causa de la muerte es... suficientemente obvia.

—Decapitación. —Las palabras del comisario hicieron eco en los oídos de Angelina.

Aquel cuerpo desprovisto de sangre que derramar no tenía cabeza. Esta había sido arrancada de cuajo con un artilugio presuntamente metálico y muy afilado. Las palabras del comisario hicieron eco en los oídos de Angelina. ¿Había algo más depravado y corrupto que la muerte de aquella niña a causa de una decapitación? Era tal el horror al describir aquel cuerpo desgraciado, sin historia, que costaba mirarlo sin desear desviar la mirada. Una inocencia violentamente arrebatada a manos del ser humano. Angelina sintió rabia, después una fuente inagotable de compasión y pena.

—¿Habéis dado vosotros con el arma homicida? —preguntó Angelina en un intento por recomponerse. Al menos, de manera profesional.

El comisario negó escuetamente con la cabeza, mostrando su evidente irritación al reconocer que tanto su equipo de investigación como él no habían encontrado aún el arma del asesinato.

Angelina rodeó el cadáver con intención de buscar indicios que originasen nuevas pruebas, deseando fervientemente poder ser de ayuda en este caso abominable. La luz de la luna llena entraba tímidamente por las pequeñas ventanas que servían como respiraderos, situadas estas en la parte más alta de las paredes. Dicha mortecina luz imprimía en la estancia un halo escalofriante. Ni siquiera los médicos como ella se salvaban del misticismo impregnado en las noches de luna llena, donde el trabajo en el hospital aumentaba curiosamente el doble. La luna llena, madre de lunáticos y alienados, tanto de prostitutas como de asesinos, borrachos, ociosos, drogadictos y trabajadores haciendo horas de refuerzo, suponía el aumento en el número de pacientes en la sala de Emergencia, y largas colas de gente entrando y saliendo de la sala de Lesiones. Las noches de luna llena en Londres estaban siempre vivas.

—¿Y... la cabeza?

—He enviado a varios hombres para que sigan buscando sin descanso dentro de la fábrica y alrededores —respondió el hombre después de haberse encogido de hombros en señal de desconocimiento.

Como se había dicho, Angelina estaba acostumbrada a andar entre heridos, enfermos y cadáveres; la línea divisoria vida-muerte era lo suficiente delgada. Pero cuando vio por vez primera a esta niña decapitada cruelmente, desnuda e hinchada en la camilla, le entró un estado de pena en toda regla. Su corazón comenzó a latir violentamente dentro de su pecho. Su sorpresa era intensa a pesar de haber sido advertida del cadáver con que se iba a topar.

Solo el hecho de pensar en que los niños de su querida hermana tendrían más o menos su edad...

Intentó moderar su respiración evitando mirar a la asesinada y llevar los ojos hacia el severo rostro del comisario, quien había quedado mirando el lustroso vientre que Angelina poseía, de casi siete meses de gestación, sutilmente remarcado bajo un sencillo vestido rojo carmesí y su bata de médico blanca.

Madame Red —intervino sir Randall—, dispénseme por mi atrevimiento, pero si se siente indispuesta puedo terminar de completar la notificación oficial del fallecimiento con la ayuda de otro administrador médico que esté disponible en el hospital, incluso puedo esperar a mañana. El parte del perito forense está completo, solo es mero papeleo sin trascendencia. Sé que a poco tiempo de convertirse en madre primeriza, asumo que no es aconsejable presenciar este tipo de macabras acciones.

—No —respondió tácita Angelina, negando con la cabeza y alzando la palma de una de sus manos enguantadas en un intento de interrumpir la réplica del comisario—. Mi trabajo como médico y administradora jurídica del Royal London Hospital es encargarme de supervisar el análisis forense y firmar la notificación de defunción para que el cuerpo pase a manos del enterrador y sus allegados... si es que los tiene. Digamos que este es un trabajo que nos incumbe a ambos, Sir Randall. Usted lo hace en el nombre de la Justicia y en el de la reina Victoria, y yo en el de la Medicina y en el de mi paciente, ya se encuentre vivo o muerto.

Angelina prosiguió con su trabajo, verificando que el informe del perito forense designado era correcto. De vez en cuando, y de manera inconsciente, bajaba la mirada hasta su vientre como queriendo asegurarse de que su bebé estaba ahí, protegido en su vientre de tanta calamidad humana. Mientras, el comisario se limitaba a tomar notas en un cuadernillo de apuntes, copiando con exactitud las descripciones que ella comentaba. Diligente como de costumbre, Angelina se vio obligada a inspeccionar la zona vaginal y anal, examinando la zona perineal en busca de desgarros o lesiones que certificaran las evidencias de violación, que sí las hubo. Fue la peor parte, tanto para ella como para el comisario Randall al escribirla en su cuaderno de notas.

Con cuidado y con ayuda del escalpelo tomado como una delicada batuta despegó la carne del abdomen ya cortada en forma de «Y» por el perito forense, dos cortes que descienden desde los hombros hasta la boca del estómago; y otro, hasta la pelvis. Angelina separó meticulosamente los laterales de la piel cortada, pegajosos e inertes como una vieja alfombra de una mansión abandonada.

Tras esto, inspeccionó de una ojeada el interior de la niña. Como ya se imaginaba el perito forense y ahora también ella, no había ningún indicio sospechoso, así que decidió aparcar el cuchillo de sierra y no abrir el plano pectoral. Volvió a encajar la piel como quien cierra un tesoro antes de enterrarlo para siempre.

Después decidió poner su atención al corte que decapitó la cabeza de la niña. La vena aorta cercenada ya no expulsaba cantidades excesivas de sangre, salvo un ínfimo goteo que recordaba al de un grifo mal cerrado. Prácticamente el cuerpo se había desangrado tras la decapitación. Las gotitas de sangre quedaban impregnadas en un paño grueso colocado debajo del cuello sin cabeza. Angelina se dio cuenta enseguida de una curiosa anomalía en la garganta, la cual parecía estar obstruida por algo.

—Hay algo aquí —balbuceó, más diciéndoselo a sí misma que al comisario.

Tomó unas pinzas metálicas alargadas y, ante la perpleja si bien convulsa cara del hombre, Angelina sacó con cuidado lo que había producido dicha obstrucción.

—Dios nos asista. —Angelina quedó mirando estupefacta el objeto, aún asido por las pinzas—. ¿Es...?

—Una hostia —respondió el señor Randall frunciendo aún más el ceño—, y curiosamente, es mucho más pequeña que las usadas durante las ceremonias litúrgicas. Es de las que suelen ofrecer a los niños de diez años en su Primera Comunión.

—Señor comisario, no sé qué pensará sobre esto, pero le puedo asegurar que, debido a su situación tan cercana a la laringe, posiblemente la niña se vio forzada a ingerirla, de ahí sus contracciones hasta ahogarse con ella, para acto seguido ser degollada.

El señor Randall apretó la mandíbula como si bebiera un tazón de amargura hasta ahogarse con él. Estaba igual de afectado que ella. Ambos habían visto demasiado en los inexpugnables caminos creados por Dios, pero no algo como esto.

Antes de salir de la estancia tras cumplir con su cometido, Angelina se quitó los guantes ensangrentados, limpió los instrumentos usados con fenol y apagó los candiles que iluminaban entre parpadeos el interior. Un último vistazo y en la oscuridad asumió la blancura de la sábana que cubría el cuerpo de la niña brillaba como un fantasma a la luz de la luna. Aquel ángel había iniciado su merecido descanso.

Despidiéndose educadamente del comisario, Angelina decidió pasar por su despacho para echar un vistazo a la correspondencia del día —y que no había tenido tiempo de leer—, recoger sus cosas y marchar después rumbo al hogar. Durante el camino, pensó en lo extraño del caso. Le parecía curioso que el comisario no le contase nada con respecto al escenario del crimen. Había algo que no cuadraba en toda esta historia. Luego pensó que tampoco era de su incumbencia saber más cuando su trabajo era analizar el cadáver de la niña asesinada y verificar su muerte. Scotland Yard mantenía muy a raya a aquellos que intentaran saber acerca de una información que estuviera bajo secreto de sumario.

Angelina llegó al despacho cerrando la puerta tras de sí. Se sentó en su silla de despacho echándose hacia atrás y permitir que su cuerpo descansara contra el respaldo de la misma. Estar tanto tiempo levantada con semejante barriga era terrible para sus rodillas y tobillos. Miró la mesa y vio que había recibido varias cartas aquel día. Dos de las correspondencias tenían que ver con invitaciones; una, a un congreso sobre el buen uso de los nuevos antisépticos ideados por el Barón Joseph Lister; y el segundo, una elegante invitación del cirujano Sir Frederick Treves y su hermosa esposa a fin de que ella y su marido asistieran a una agradable cena en su hogar en un par de días. Angelina supuso que el cirujano quería hablar con ella sobre el muchacho deforme que encontró trabajando en un circo al otro lado de la calle del hospital, apodado por las malas lenguas como «Hombre Elefante», y que se había convertido en el nuevo objeto de investigación del selecto círculo de doctores de la ciudad. El resto de las cartas eran temas carentes de importancia que Angelina siquiera las terminó de leer.

Miró la hora en el reloj de pared y se dio cuenta de que no tardaría mucho en que la medianoche arribara. Supuso que ya no sería hasta el día siguiente cuando los de la oficina forense viniesen para ocuparse del cuerpo violentado de la niña que pronto ocuparía un humilde espacio dentro de un foso común.

En estas ocasiones Angelina se preguntaba dónde estaba Dios.

¿Cómo podía permitir que cosas de tal demencial calibre ocurrieran?

Fue tal la frustración que sus ojos quedaron ahogados por las lágrimas.

De todos los despachos del hospital solo el de Angelina Barnett estaba siendo utilizado. A diferencia de los demás médicos y dirigentes masculinos de la plantilla, Angelina aún luchaba por reivindicar su puesto; era la única mujer que tenía un trabajo de semejante relevancia, no solo dentro del hospital sino como mujer independiente aun estando casada con un barón y pertenecer a una distinguida familia aristocrática, los Durless. Ella luchaba por la igualdad de los derechos de la mujer y tenía la suerte de haberse casado con un hombre que, a pesar de sus raíces aristocráticas, era miembro de la Fabian Society, un grupo de intelectuales que apostaban por las nuevas fórmulas de socialismo democrático a favor de la reestructuración paulatina social, económica y política acorde a los nuevos tiempos. Y, a pesar de la infinidad de veces que había discutido con sus padres, Angelina se unió a otras mujeres para manifestarse en los diversos mítines feministas que hicieron en las calles y que finalmente acallaba la represalia policial. Una de sus mejores amigas pertenecía al círculo de su esposo, Emmeline Pankhurst, la fundadora del movimiento sufragista británico y que, por supuesto, como ella, aprobaba la libertad de expresión de las mujeres en igualdad de derechos que los hombres.

A pesar de todos estos cambios que querían romper con los polvorientos modelos medievales anclados aún como estigmas en la sociedad, se seguía debatiendo si las mujeres podían desempeñar puestos de dirección y estar por encima, económica y laboralmente, de los hombres. Hasta entonces, en el campo de la Medicina, lo más alto que había llegado la mujer era convertirse en enfermera.

Cuando asistía al London Hospital Medical College, multitud de veces se dijo a sí misma «Déjalo, nadie te retiene. Déjalo porque tal vez tengan razón y la Medicina sea un trabajo solo de hombres». Pero no lo hizo, nunca se rindió; Rachel y su esposo Adrian estuvieron ahí cuando realmente necesitaba sentirse apoyada. También por sus sobrinos, en especial por la salud del pequeño Sebastian, la animó a que no abandonara.

En contra de sus padres y de su propia clase social, finalmente Angelina se hizo un hueco en la vida sin necesitar la presencia de un hombre: obtuvo la titulación summa cum laude en Medicina; fue contratada por el Royal London Hospital, siendo poco después respetada por sus compañeros de profesión; se casó a edad tardía (lo normal era casarse antes de los veinte) con el hombre que eligió ella y no sus progenitores —aunque en el fondo no lo amara como se merecía— y sin depender económicamente de él.

Aparte, Angelina vestía y actuaba como quería, sin estúpidos protocolos que le prohibieran decir lo que pensaba; llevaba vestidos ajustados, enseñaba escote si le apetecía y no le importaba que, por vestir de rojo carmesí, la acabaran apodando por el seudónimo de Madame Red. Todo un logro para una mujer de su época, aunque para muchos de sus coetáneos oprimidos por el estricto corsé de la moral victoriana, especialmente mujeres, les resultara una ofensa. Pero había mucho más allá. Algo mucho más fuerte que le había movido a ser de esta forma, a luchar y no rendirse tan fácilmente.

«No es vergonzoso ser diferente a los demás, ese es su carácter, Angelina.»

Vincent.

«Debería tener más confianza en sí misma.»

Y de la nada de la cual provenía, «La Sensación» volvió a apoderarse de ella. Sombríos sentimientos y vacías ideas daban vueltas en su cabeza, mientras oía la voz del conde diciéndole aquellas palabras un puñado de años atrás, su maravillosa voz.

Angelina fue cayendo en una especie de encantamiento, como el descender del sol que iba perdiendo en luminosidad y se dejaba hundir entre el horizonte y las nubes del poniente. Sintió con pesar que ese momento mágico que vivió cuando conoció a Vincent no se volvería a repetir nunca.

Pero no pudo; esto que sentía era superior a sus fuerzas. Recordó y, al hacerlo, sintió «La Sensación» más intensa que nunca, una clarividencia, una premonición extraña y profunda, que la instaba a tirar de los deseos imposibles que habían sido zurcido con el hilo de la perdición. Ese mismo camino la había llevado a rehacer su vida, a intentar enamorarse de nuevo, y que muy seguramente acabaría destrozando la felicidad de su esposo... y la de su futuro retoño. Un camino que también podía ser la mejor representación de la resignación, de anhelo constante por lo imposible, un sendero escondido que no figuraba en ningún mapa y que se resistía por aparecer.

Como quiera que fuese, este era el único camino, el mismo que la había llevado a enamorarse perdidamente de Vincent Phantomhive, un hombre tan misterioso como hermoso. A quedar prendada de unos ojos embargados de inteligencia y con un destello trepidante que en cuanto los hubo visto por vez primera robaron toda la respiración de su cuerpo y la respiración corporalmente irrespirable de su alma. Angelina aún rememoraba ese fúlgido e intenso momento que vivió cuando el destino hizo que aquellos ojos se clavaran en ella sobre este plano de la existencia.

—Nunca, nunca más —se repitió, recordándose en ella misma con quince años, asustadiza e insegura, con aquel flequillo cubriéndole prácticamente los ojos e intentando tímidamente hablar con el conde. Su querido y por siempre amado conde—. Nunca más debo pensar así. Estoy felizmente casada y voy a esperar un bebé de Adrian. ¿Por qué sigo pensando en él?, ¿por qué sigo enamorada de esta endemoniada forma?

Aferrándose a su vientre en el que vivía su bebé nonato como quien se aferra a un salvavidas tras el hundimiento de un navío, Angelina empezó a experimentar el vértigo del acantilado al que «La Sensación» le iba empujando, pensando al mismo tiempo lo fácil que sería dejarse arrastrar hacia el abismo, pero dicho abismo no existía, era de color blanco, no había nada en él, solo vacío.

Fue hasta la puerta sin recoger nada, como si huyera de sí misma. Ser una nueva Angelina y dejar a la pequeña insegura que se ocultaba con un flequillo allí encerrada. Las convulsiones la apresaron y no soportó mucho más para comenzar a llorar de manera descontrolada, acunándose a sí misma, manos protegiendo su querido vientre. Sintió que sus palabras se habían agotado en ese corazón desolado suyo; sus sentimientos eran un cuenco vacío y su espíritu miserable agonizaba anhelante por recordar, por tener presente algo, en un intento por permitir que la eternidad del tiempo pudiera emerger, sana y salva.

No supo cómo, pero acabó derrotada, perdiendo el conocimiento y viniéndose de manera precipitada contra el suelo.

«Rachel no puede...»

Era la voz de Vincent Phantomhive. Una imagen borrosa y vuelta de nuevo al blanco vacío. De pronto otra imagen borrosa y, de nuevo, Vincent. La voz desaparecía disminuyendo hasta ser silenciada y, luego, otra vez volvía a resurgir alta y clara.

Luego le sobrevino un sinfín de imágenes borrosas unidas a la voz de su amado. Incluso, en una ellas, estuvo segura de oírse a sí misma gimiendo y escucharle a él decir su nombre placenteramente. Después llegó el dolor, un dolor anclado en el vientre como dos firmes espadas asestadas desde dentro y, finalmente, la imagen de Vincent acercándose a ella, postrada en la cama de una habitación triste y vacía que no había visto nunca antes en su vida. Para esta ocasión, el recuerdo era nítido. El apuesto conde se sentó a su lado y, con un leve gesto de mano, acercó el rostro al suyo y le besó tiernamente, un venenoso beso que Angelina sintió amargo como lo era la traición y también el sacrificio.

Un beso de Judas.

«Es hora de que lo olvide todo, mi querida Angelina.»

Y de vuelta al blanquecino vacío de la Nada.

Ajeno a su inconsciencia llena de turbaciones, quedó tirada en el suelo de su despacho hasta que hora más tarde un hermoso aunque agitado joven, su esposo Adrian Barnett, la encontrara. Angelina nunca supo cómo su esposo la acogió con amor contra su pecho y la abrazó con fuerza, entre lágrimas y con devoción, presenciando cuán sumergida estaba en su propio infierno.

†††† † ††††


¡Saludos! He aquí otro nuevo capítulo. Realmente he añadido solo una cuarta parte de lo que era el capítulo original, porque creo que esta parte es bastante intensa. Además, he incluido y desarrollado mejor este medio capítulo a partir de la historia original que hice exclusivamente para mi mejor amiga (Nia, si llegas a leer no te enfades, ya sabes que cuando me pongo a escribir es como estar jodidamente poseída XDD). En fin, cuando tenga otro hueco entre clase y clase seguiré pasando el resto del capítulo y actualizaré el fic lo antes posible, porque prácticamente estoy viviendo en la universidad y ni tiempo para mucho más.

Por cierto, no ha sido hasta este capítulo cuando me he imaginado lo terrible no solo vivido por nuestro protagonista, sino por todos esos niños que realmente murieron a causa de actos tan abominables hechos por las manos del ser humano. Es terrible que hayan pasado cosas así y que, al menos a mí, me duele.

Nada más. Gracias por seguir leyendo^^.

Silenciosa.

Miércoles, 18 de Febrero de 2015.