Mi joven amo, Sebastian Phantomhive.

by Silenciosa

Disclaimer: No me pertenece Kuroshitsuji. Todo lo que escribo lo hago por y para el disfrute de mi maldita imaginación y la de aquellos que me leen, nada más.

Advertencias: Referencias a hipótesis y spoilers referentes al manga. Temas cruentos.


«Aprendemos [de los textos sagrados] que debemos entregar un pecador que no se arrepiente a Satanás. En cuanto [el pecador] volvió su corazón contra el Señor y se hizo impío, se hizo propiedad de Satanás, de la misma manera que un pecador arrepentido es propiedad de Cristo. Esto se hace para que su carne adúltera, avariciosa, rebelde e idólatra llegue a su fin, y que se avergüence y arrepienta ante tal declaración y tal ostracismo [...] y se hunda en sus lujurias carnales; para que pueda de esta manera efectuarse en él el arrepentimiento y la salvación de su alma en el Juicio Final.»

1ª Corintios 5:5.

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Vincent, querido mío:

No espero que ahora comprendas las razones de mi partida; es preferible que así sea y este desconocimiento nuble por muchos años tu existencia. Aún eres joven y la vida está repleta de sombras. Algún día tendrás que hacerle frente a estas razones que me han llevado al borde del precipicio. Para entonces, espero y deseo que las enfrentes después de que tengas una larga y próspera vida.

Mientras escribo, alzo la vista de vez en cuando y te contemplo dormir plácidamente en la cama de mi habitación. Las pesadillas te han atormentado también esta noche. Me hubiera gustado contarte la causa por las que las padeces, pero no puedo. Soy débil y no puedo. Ay, qué hermosa visión me inspira tu dulce rostro ahora que duermes ajeno a los horrores que invaden mi mente. Es esta visión el último recuerdo que me llevaré de ti, mi amado niño.

No deseo culpar a nadie con mi partida; he hecho cosas de las que me arrepiento. Pienso afrontar mi destino, saldaré mi deuda. No voy a retroceder, ni tan siquiera suplicar, no mientras lleve en la sangre el legado maldito de nuestra familia y que con gusto he servido a formar parte.

Ha llegado mi hora. Ojalá llegue el día en el que perdones mi silencio.

Doquiera el lugar al que mi alma sea arrastrada, yo le rogaré a Dios hasta rasgarme la voz para que os proteja a Francis y a ti.

Os querré siempre, vuestra madre,

Claudia P.

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Vincent leyó por enésima vez la carta, ya ajada y amarillenta por el tiempo, escrita en puño y letra por su difunta madre hacía diecinueve años atrás. Su semblante no dejó de ser inexpresivo hasta que una sonrisa minúscula surgió en el semblante —basta con el borde levemente alzado del labio humedecido— cuando percibió cómo la ventana de su despacho se abría de par en par. Tras esto, sintió la presencia de un shinigami; dicha presencia fue la que había abierto la ventana. Al tener los sentidos agudizados, Vincent también pudo sentir con mayor nitidez la sombra de las nubles blancas que surcaban sigilosamente el cielo de medianoche, el viento entre las magras ramas de los álamos del bosque cercano y el imperceptible vals orbital de la luna llena. Pudo sentir también cómo la pereza de su sangre comenzaba a agitarse y a bullir bajo su papel subalterno de ciega mensajera de la vida.

Vincent poseía un sentido de la percepción que era superior a los de cualquier ser humano, y el lo sabía; sabía que no era humano, no del todo. Esta agudeza sensorial la había perfeccionado con los años si bien todavía no sabía manejarla.

El shinigami se sentó acomodándose en el marco de la ventana junto al frío de la noche. Vincent se volvió para mirarlo y, nada más hubo puesto los ojos en el recién llegado, su espíritu quedó consternado. ¿Por cuánto tiempo aquel dios de la muerte seguiría trabajando de su parte? Lo saludó con un escueto asentimiento de cabeza, gesto que fue correspondido por su invitado con una divertida sonrisa de niño pequeño. Podría ser este el shinigami más poderoso con el que se había topado a lo largo de sus andaduras como perro de la reina, pero también era el más pueril de todos.

—La conciencia está ejerciendo su demoledor papel en usted. ¿No es así, conde? —dijo el shinigami, como para entablar conversación. Llevaba puesta su típica túnica negra imprimiendo en él una tétrica imagen. Su rostro se encontraba parcialmente oculto entre aquel mar espeso de cabellos blancos.

—Háblame claro, ¿quieres? —gruñó, a lo que el otro vio su expresión y soltó una risita que sacó a Vincent de quicio.

—Salmo treinta y nueve, versículo dos —respondió el shinigami adjunto a otro leve carcajeo—. «Enmudecí y callé; guardé silencio aun acerca de lo bueno y se agravó mi dolor.»

Un sentimiento íntegro erizó la piel de Vincent Phantomhive. El epítome de su turbación radicaba en una único punto del que Vincent era conocedor; algo en su interior había comenzado a temblar ante la llegada de un mal e inevitable presagio.

—Huelo a muerto —farfulló mientras arrugaba la carta de su madre nada más hubo cerrado el puño de la mano temblorosa en la que la sostenía. Sus sentidos no mentían; llevaba días en los que un pútrido hedor se había anclado en su interior, como si un nido de moscas hubiese dejado sus larvas y estas se estuvieran alimentando ávidas de su alma—. Lo sé muy bien. No hace falta que vengas a anunciármelo.

—Sabe muy bien que no he venido con ese fin, conde.

El hombre sonrió esta vez sin enseñar su dentadura, con afecto, como si en vez de estar tratando con un hombre hecho y derecho —un conde severo y cruel—, estuviera ante un niño audaz que seguía siendo al fin y al cabo eso, un niño.

—¿Sabe qué? Hay cosas peores que la muerte. —Se limitó a decir el shinigami una vez se puso en pie y marchó lentamente hasta Vincent—. Cosas mucho peores, créame. Aunque también hay, querido conde, cosas mejores que la vida.

—Cosas como qué.

—Cosas peores que la muerte como la condena eterna que usted llevará pronto a cuestas —sugirió—. O cosas mejores que la vida como la cálida confesión de arrepentimiento ante Dios.

Vincent lo miró de hito en hito buscando asimilar las palabras que había escuchado en boca de aquel despreciable ser vestido siempre de luto. Este tomó una de las manos de Vincent y la alzó para que fijara la mirada en aquel anillo heredado de los Phantomhive.

Un carcajeo enfermizo emergió de entre los labios de Vincent para luego zafarse molesto y proferir una risa desternillante. Su acompañante se limitó a observarlo sin objetar nada.

—Vete a la mierda, maldito shinigami —dijo Vincent sin escrúpulos una vez pudo refrenar la sofocante risa y limpiarse torpemente las lágrimas con el dorso de las mangas de su chaqueta. El estado de ebriedad era ya palpable en su organismo; prácticamente había bebido durante toda la noche, aislado en su despacho—. Llévate lejos esa estúpida idea contigo, ¿quieres? Parece mentira que me conozcas desde que era un chiquillo y me ofrezcas semejante propuesta después de todo lo que he hecho para llegar hasta aquí. Dios no perdona, tú deberías saberlo, y yo no soy una excepción a la regla, no cuando..., cuando ni siquiera mi alma me pertenece.

Dicho esto, Vincent se volteó ignorándolo por completo y dejar la carta convertida ya en una pelota arrugada e inservible de papel sobre la mesa de su despacho. Se sirvió con torpeza un vaso para licores de brandy cargada hasta los topes que sacó del juego de bebidas alcohólicas que tenía guardado en una de las vitrinas de cristal situadas en las estanterías de las paredes. No se molestó en servir una vaso a su invitado. Examinó el color ambarino del líquido y, de dos sutiles tragos, se vertió en su interior bajo un acogedor calor que Vincent supo apreciar notablemente. El hedor a descomposición ancorado dentro de su cuerpo persistía y parecía intensificarse al mezclarse con el alcohol.

Desde su posición, Vincent pudo verse en el vago reflejo de la vitrina de cristal. Se observó en un intento de hallar algún rasgo familiar en su rostro que le recordara al de su difunta madre; sin embargo, la imagen que el reflejo le devolvió era curiosamente semejante a la del ser que justamente se había situado a sus espaldas. Con los cabellos del shinigami vueltos de pronto hacia atrás, el conde pudo apreciar sin mucho detalle el rostro de su fiel acompañante, por lo que se volvió a fin de mirarlo de manera directa. Nunca antes se había cerciorado de dicha similitud entre ambos. Tampoco era algo que antes hubiese tenido en cuenta.

Contempló aquellos ojos esmeralda que tan pocas veces tenía oportunidad de ver y que, pese a esa sobriedad oscura que los envolvía, dicha mirada estaba cargada de luz, como la de cualquier mensajero de Dios. Los ángeles de la muerte, el sector repudiado de los cielos, la clase más baja del Ejército de Dios, pero del todo ajenos a sus perversos hermanos dirigidos por el ángel cojo, Luzbel.

Luego, tras unos segundos de silencio forzoso y sobrecogedor, con su respiración aleteando agitadamente, Vincent pudo reconocer en la mirada del shinigami un destello familiar que lo sumió en la fantasmagoría de un inconcebible universo emocional. Había comenzado a naufragar en una extraña e ilimitada vastedad, en una mezcla de delirante y confuso dolor. Sin pensarlo por más tiempo, se dirigió hacia la puerta sin poder evitar avanzar con pasos tambaleantes debido a las argucias del alcohol. Quería dar pon zanjada su conversación con aquel misterioso ser, el mismo que siempre había estado a su lado, sirviéndolo con una devota determinación que no era propia del espíritu humano.

Ebrio como estaba, Vincent dio un traspié y se desplomó en el suelo. El ángel de la muerte fue en su auxilio con un gesto de preocupación poco habitual en él. Tan pronto como hubo percibido dicha acción, Vincent se sorprendió; había creído que este se mofaría de su deplorable estado o que al menos estaría molesto por cómo lo había tratado. Había asumido que lo dejaría allí solo, abandonado a su infernal destino.

Ningún humano es fiel a otro, pero este ser no era un humano. ¿Qué tipo de lealtad se podía aplicar en esta clase de seres?, ¿qué les movía a rebajarse y servir a un ser inferior? Con el tiempo, Vincent había aprendido a traicionar y ser traicionado, pero esta regla parecía no estar inherente en el raciocinio de este shinigami de piel tan clara como la de un muerto, este mismo que se había arrodillado para colocarse a su lado y que, de pronto, lo estaba abrazando como si fuera un pecador asustado y perdido en su propia miseria.

Esta reacción desconcertó al conde que, sintiendo la bondad en un ser destinado a un oficio aparentemente frívolo, no supo reaccionar. Recordó la primera vez que lo vio y del asombro que le causó tenerlo de su lado cuando era un simple chiquillo. El shinigami no lo había vuelto a abrazar de esta acogedora forma desde que murió su madre. Dicho recuerdo impactó dolorosamente en su memoria, como una estocada sobre una cicatriz que aún no había sanado del todo. Con violencia, sujetó los brazos del hombre y lo empujó lejos, con furia, aunque le fue imposible desembarazarse; este lo mantenía sujeto, con una fuerza infinitamente mayor que la suya.

Vincent se rindió. Ocultándose en el cobijo oscuro del misterioso ser, lloró en silencio.

—¿Por qué...? —balbuceó—. ¿Por qué permaneces a mi lado?, ¿qué motivos te condenan a servirme, maldito? Nada te ata a mi existencia, mi alma ya está vendida. ¡Márchate!, ¡largo!, ¡no te necesito!

Volvió a forcejear llevado por la ira, pero no hubo respuesta o reacción por parte del otro, quien lo seguía aferrando firmemente para sí. Vincent tuvo la súbita necesidad de encogerse cual ovillo, apoyar la cabeza en el hombro de aquel ser y llorar como lo haría un arrepentido. En aquel momento, su acompañante seguía acunándolo, afablemente, para finalmente tomar su rostro entre sus manos y observarlo surcado por lágrimas que discurrían furiosas por el cuello.

—Ya no puedo cambiar mi destino —confesó el conde.

—No, te equivocas, Vincent. —Tras décadas de patética servidumbre, aquel ser al fin decía su nombre de pila—. Si se rompen los hilos que unen al alma con la vida, lo único que queda es un tormentoso océano de remordimientos desangrados; una profunda oscuridad. No obstante, tras toda espesa tiniebla que puede llegar a cubrir el alma de cualquier ser humano, ya sea este el más despiadado de todos, existe en su interior un fulgor minúsculo, una luz tangible y pura; la esencia de una criatura creada por el amor imperecedero de Dios.

»La rendición es parte de la naturaleza de los hombres —continuó diciendo—. Dios no tarda en cumplir la promesa, según sea entendida por algunos la tardanza. Más bien, el Señor tiene paciencia con los hombres porque no quiere que nadie perezca condenado, su deseo radica en que todos se arrepientan de sus pecados.

—¿Qué futuro les deparará a mis hijos si muero?

—Desgraciadamente, la maldición anidará en el alma del mayor.

—Ciel... —Vincent nombró a su primogénito con pesar—. ¿Y Sebastian?, ¿se verá libre de... él?

El shinigami asintió levemente con la cabeza.

—Solo el heredero de la Casa Phantomhive debe cargar con la maldición, del mismo modo que ocurrió con su abuelo, con su madre —añadió después, bajo un tono de voz lúgubre— y con usted mismo, querido conde. Así fue establecido el contrato.

—Si es así, no permitas que también se lleve a Sebastian, por favor —dijo Vincent, bajo un tono de súplica inusual en él.

El shinigami asintió y ambos quedaron sumidos en el silencio. Vincent no tardó en cerrar los ojos comprendiendo que era necesario cerrarlos para poder sentir algo de paz que El Enterrador le transmitía, y cuyo acogedor efecto hizo que se quedara profundamente dormido al poco tiempo.

—Arrepiéntete, hijo mío —dijo, acunándolo para sí a sabiendas que ya no lo escuchaba—. Arrepiéntete y confiesa tus pecados antes de que sea demasiado tarde.

Su voz quedó apagada cuando percibió la amenazante sombra del mastín negro, el perro de la familia, sentado justamente delante del umbral, gruñendo entre dientes.

†††† † ††††

Al principio, todos los fragmentos de recuerdos que abordaron a Angelina formaban parte de un sueño, un sueño desconcertante. En ellos escuchaba voces, así como imágenes lejanas y difusas, apenas comprensibles, imposibles de descifrar bajo un orden y un sentido. Tenía todas las características de estar inmersa en un sueño; las voces lejanas y la sensación de ser una mente errante desprendida del cuerpo. Y era en esta fase de tiempo indefinido —que podría durar desde meros segundos a un día entero— cuando Angelina comenzó a ser consciente de que estaba soñando. La mente ya no trabajaba sola sino que ya había una parte de su cuerpo que parecía reaccionar.

Localizó su cuerpo. Sintió también que alguien le estaba sosteniendo una mano. Sin el don de la voluntad, Angelina no podía moverse mientras que por su mente seguían revoloteando pedacitos de sueño en los que la imagen de Vincent se repetía en una constante nítida, como si lo estuviera contemplando ante un espejo o exponiéndose ante la lente de un daguerrotipo.

A Angelina no le gustaba sentirse en un sueño y deseó despertarse cuanto antes. Intentó moverse y notó sus extremidades que se resistían a moverse. El pánico pudo con ella y sus intentos fueron cada vez más insistentes y violentos. Fue el tacto de aquella mano el que la devolvió a la consciencia total. Una leve caricia en una de sus mejillas y ella despertó sin dejar de sentir el fuerte nudo asentado en su estómago. Por fin consciente; de nuevo se hundía en las arenas del tiempo.

Unos minutos con los ojos cerrados y la mente en blanco dando vueltas sirvieron para conseguir que se calmara un poco.

Abrió los ojos, tumbada, vio a quién pertenecía dicha reconfortante caricia.

Adrian Barnett la sonrió sin poder ocultar los signos de preocupación en su piadosa mirada. Angelina estaba sobre una cama y Adrian sentado a su lado en una silla. Ambos se encontraban en unas de las habitaciones para pacientes adinerados situada en el ala norte del hospital, separada del movimiento ajetreado y el bullicio de pacientes en la Sala de Emergencia.

—Buenos días, querida mía —dijo su esposo que volvió a tomar una de sus manos para acariciarle con suavidad el dorso de la misma.

Angelina fue entonces cuando recordó lo sucedido, la manera en que había perdido la consciencia en su despacho. Con el corazón acelerado, se llevó las manos al vientre y buscó ansiosa la mirada de su esposo en un ansiado intento de saber si su bebé seguía en su interior sin correr ningún peligro debido a la caída. Este se levantó de la silla y se inclinó hacia ella al ver su fuerte reacción de angustia.

—El bebé y tú estáis bien, quédate tranquila.

—Adrian. —Angelina intentó hablar aun teniendo la voz deshilvanada y pensando en lo que le había ocurrido. Un ataque de tristeza la abatió y se esforzó por no llorar—. Yo...

—Descansa —le dijo él con cariño, besándola brevemente en los labios—. No es necesario que... —Adrian se detuvo. Una de las cualidades que compartían era la facilidad con que podían comprenderse con el mínimo de explicaciones. Entre ellos existía una fuerte conexión; un cordón invisible los unía de tal manera que apenas precisaban de palabras.

Adrian finalmente deshizo el espacio habido entre ellos y, para consolarla, la abrazó sin ejercer demasiadas fuerzas por temor a dañarla, si bien con un devoto amor que solo las personas honestas y puras de corazón pueden ofrecer. Angelina se dejó abrazar sin tener fuerzas para decir o hacer nada.

†††† † ††††

En la apacible transparencia de los días siguientes, Angelina sintió que su vida matrimonial había logrado nuevamente una condición estable, creyendo que su esposo también compartía dicha sensación. Parecía el momento adecuado de dejar aparcado el trabajo en el hospital y permanecer la última etapa del embarazo lejos de la vida laboral. Tampoco podía centrarse en esos momentos; tanta felicidad impelía su vida. Las caricias, la dulzura, la devoción, la bondad, la elegancia y la alegría, todas las virtudes en suma de Adrian Barnett iban poco a poco cautivando la atención de su memoria. Tal vez era el indicio de que había comenzado a enamorarse de él. Angelina se complacía sobre todo en rememorar la belleza de su esposo, sus cabellos rubios, su sonrisa y sus ojos azules tan claros, en la línea de dos señales que vaticinaban el amanecer del cielo, como dos estrellas que la hacían palidecer conmovida de tanta bondad acumulada.

Sin duda, su esposo era la otra cara de la moneda en comparación con Vincent. Lo que quería decir, más exactamente, era que Vincent, su cabello oscuro y sus almendrados ojos, crepitantes, que exaltaban un atrayente magnetismo, y todo él, iban quedando lentamente en un líquido errante pasado, que fluía todavía como la corriente de un río que baja briosamente por una ribera desconocida.

La mañana del domingo de la siguiente semana, por la mañana, su esposo Adrian y ella decidieron ir a una reunión de los miembros de la Fabian Society, marchando en calesín en dirección a una de las cafeterías de la céntrica Warwick Lane, situada próxima a la Catedral de San Pedro, dirección noroeste. Si se miraba hacia el firmamento desde cualquier punto de la calle se podía ver alzada la grandiosa cúpula de la catedral de estilo barroco, hermosa y radiante, en cuya superficie de cantería blanquecina se reflejaba la luz del día y se antojaba cual visión divina, de sutil resplandeciente. Debido a la numerosa congregación de fieles para asistir a la típica misa de los domingos en la catedral, las calles próximas a la misma estaban abarrotadas de calesines y peatones caminando por las aceras.

Como estaban llegando a deshora, y después de que Adrian mirara por enésima vez su reloj de bolsillo según se mordía los labios en síntoma de impaciencia, Angelina le sugirió realizar el recorrido que les faltaba a pie; estaban a menos de unas cien yardas de la cafetería. Adrian en primera instancia se negó a que ella caminara demasiado cargando con siete meses de embarazo, él se preocupaba mucho por su salud así como la de su bebé. Angelina no podía estar más que agradecida por tener un esposo que la amaba como se merecía. Después de años de sufrimiento, Adrian era un regalo llegado del cielo.

Finalmente su esposo aceptó con reticencia y, tras bajarse primero para ayudarla a que lo hiciera con cuidado después, le pidió al cochero que los recogiera frente a la cafetería al cabo de dos horas. Adrian ofreció su brazo para que lo asiera y tomara apoyo, para acto seguido besarle dulcemente la mano enguantada ofrecida por Angelina al tiempo que ejercía una pequeña reverencia en medio del gentío que, viendo a dos jóvenes ricos, perfumados y hermosos profesando tan gentilmente su amor como dos personajes salidos de una novela romántica, quedó conmovido.

Risas y murmullos se contagiaron entre las jóvenes damas. Los mayores movían la cabeza, desaprobadores. Aquel tipo de actitud afectuosa expresada en público era de los más inmoral e inadecuado y más estando ella en estado de buena esperanza. ¡Estas juventudes de hoy en día, qué licencias se permiten sin recato alguno en plena calle!

—Eres muy galante —le dijo Angelina devolviéndole un beso en los labios, importándole muy poco lo que pudiera opinar la gente a su alrededor—. Aunque, por lo que veo, sigues siendo bastante tímido conmigo.

Los murmullos aumentaron varios tonos en torno a ellos. ¿Qué podían decir las mujeres enjoyadas y emplumadas que pasaban por su lado en dirección a la catedral al saber quién era?, ¿que carecía de modestia?, ¿que se comportaba poco refinada?, ¿que su actitud liberal era digna de las mujerzuelas que escuchaban todos los días las campanadas de Saint Mary-le-Bow?

Cuando comenzó a tratar con la alta sociedad inglesa, todas esas mujeres, en sus tertulias de alcahuetas, pronosticaban que ella sería un absoluto desastre, una chica sin clase, sin modales, a diferencia de su hermana Rachel, quien había nacido para vivir como una dama distinguida, apreciada y amada por quienes gozaban la suerte de conocerla. Pero, quién iba a decirlo, al cabo de un año se había convertido en la mejor médico de Londres, y nada menos que especializada en cirugía, casada con un hombre que despuntaba en convertirse en una futura promesa de la Política, joven y apuesto, además. Le gustaba ver las caras de envidia de esas mujeres adineradas que apestaban a recargados perfumes. Le gustaba enormemente.

Angelina soltó una leve risotada y su esposo la correspondió con una sonrisa divertida, cuyos cabellos rubios brillaban a la luz diurna al igual que sus ojos celestes. El revoloteo de mariposas que sintió en el estómago la hija menor de los Durless le advirtió de que estaba comenzando a sentir los primeros y claros síntomas del enamoramiento.

Su esposo Adrian reaccionó aturdido, esbozando una sonrisa nerviosa y con las mejillas enardecidas. Ambos rieron de nuevo. La comisura de los ojos de Adrian se arrugaron con regocijo, unas arrugas de risa que ella no había visto antes en él. ¿Realmente era feliz con ella? ¿Qué se podía decir ante algo así sino la evidente muestra de amor y profundo cariño? Angelina no podía desear otra cosa. Él dejó de reír y la miró.

—No, no es eso. —Su varonil rostro volvió a enardecer al darse cuenta de que estaba exponiéndose más por sus gestos que por sus palabras—. Asumí que no desearías prolongar la oportunidad de dejarte llevar de mi brazo por temor a provocar indiscreción. Yo..., yo no imaginé que...

Angelina le acarició el rostro con dulzura. Ella se había dado cuenta del porqué de la actitud sorprendida de Adrian. Hasta lo ocurrido con su pérdida de la consciencia en su despacho, nunca se había mostrado demasiado afectuosa con él. Ahora Angelina estaba decidida a dejarse llevar y ser amada por quien ahora era su esposo y también el futuro padre de su hijo. No había sido justa con Adrian al principio de su matrimonio, pero estaba dispuesta a entregarse a este nuevo amor que le había cambiado por completo la vida. Esta era, sin duda, su merecida oportunidad para ser feliz y aceptar por fin que su hermana era la esposa de Vincent, que esta debía de ser feliz con el conde, así como sus dos sobrinos.

Mientras caminaban por la acera, ambos conversaban animadamente aunque evitando hablar demasiado alto a fin de no ser escuchados por los demás viandantes.

—Me gustaría saber lo que pasó anoche entre padre y tú.

—Mi suegra me ha sonsacado esta misma mañana hasta el último detalle de tal grata velada. Me extraña que no te haya puesto al tanto con lo dada que es en la oratoria.

Angelina asintió divertida y lo miró a los ojos. Ambos se vieron obligados a aceptar el cortés ofrecimiento de los señores Durless de hospedarse en la mansión hasta que ella diera a luz con intención de estar atendida en todo momento. Su madre tenía la necia idea de que era toda una frivolidad dar a luz en las impersonales habitaciones de un hospital, lejos del calor familiar.

Angelina estuvo entre la espada y la pared a la hora de tomar una decisión, más que nada porque había dos claros aspectos negativos; uno, vivir un tiempo en el hogar en el que se había criado le traería amargos recuerdos; y dos, su padre era un noble conservadurista que respaldaba ciegamente a la Corona Británica, mientras que Adrian era un intelectual, un político liberal que apoyaba al movimiento obrero y al sindical. Sus populares mítines a favor de la abdicación de la reina y en pos de una democracia institucional postulaban a Adrian como un futuro político que con el tiempo se acabaría ganando el apoyo incondicional de los estamentos sociales más perjudicados. Si el pueblo llano llegara a reclamar por sus derechos, tal y como lo habían hecho los franceses en 1848, el reinado de Victoria no tardaría en desaparecer. Unir a su esposo Adrian y a su padre bajo un mismo techo era encender una cerilla en una bodega abastecida con dinamita.

A pesar de todo ello, Angelina tuvo que ceder a la propuesta de sus progenitores. Ella agradecía las veces que su hermana traía a los gemelos y pasaban un par de días a la semana con ellos. Rachel era excelente como intermediaria diplomática; escogía conversaciones donde temas tabús como la religión o la política estuvieran del todo descartados.

—¡Adrian! Pretendo no tomarme esto con ironía —dijo, refrenando el paso e intentando demostrar falsa modestia. Angelina estaba casi segura de que en la vida podría enfadarse con él—. Solo pretendo saber el émotif desencadenante de vuestra última conversación.

—¿Conversación? —Sir Adrian Barnett apretó levemente los labios y frunció infantilmente el ceño—. Más bien lo compararía con una batalla en toda regla. Por voluntad casi que preferiría que me reclutaran y me enviaran a luchar en tierras africanas contra los boers.

—También me harías un favor si guardaras tus chistes malos para el club. —Tirando de él con gesto pícaro, Angelina le obligó a reanudar la marcha—. Además, conociéndote, sé que terminarías luchando a favor de los boers, declamando a los cielos tu desagrado por la sobreexplotación y dominación colonial inglesa sobre otras etnias.

—Bien es cierto, querida —declaró sin andarse por las ramas, a lo que Angelina se lo tomó con bastante gracia—. Veamos, ¿qué te ha contado tu madre al respecto?

—Que os escuchó discutir en la sala de fumar.

Anduvieron unos pasos más antes de que Adrian respondiera. Durante un momento, Angelina creyó que su esposo iba a ponerse serio, pero luego parecía haber cambiado de opinión.

—He de confesar que tu distinguido padre y yo tuvimos una sucinta discrepancia filosófica tras la cena.

—¿Cómo de sucinta?

—Tan sucinta como la distancia que hay de aquí a La India. —Sonrió Adrian para luego concretar—: Ida y vuelta.

Angelina carcajeó en tanto que se aferraba aún más al brazo de su esposo. Los viandantes se la quedaron mirando ante tal conducta poco discreta. Si la risa no era lo que les llamaba la atención, seguramente era debido a su vestimenta, de un llamativo rojo carmesí. Angelina supuso que muchos la reconocieron; ella era la famosa y por muchos también admirada doctora, Madame Red.

—¿Y cuál fue el tema de vuestra conversación?

—Tu padre expresó la opinión de que Lord Darwin debería haber sido exhibido en una jaula en las exposiciones del Crystal Palace o en un zoológico junto con los demás monos.

Angelina no pudo evitar reírse mientras que en la cara de su esposo apareció una expresión de frustrada sorna.

—Verás, Ann, yo intenté por todos los medios explicarle alguno de los fundamentos científicos en que se asientan los estudios darwinianos —explicó el joven—. En respuesta, Lord Durless me llamó chiflado liberal. También declaró sin tapujos que era un embustero librepensador y que mi lugar estaba en Francia, país el cual tachó como el locus amoenus para herejes y seguidores del Mal. Et voilà tout, mademoiselle!

—Pero ¿cómo pudiste ser capaz de hablar sobre las ideas de Lord Darwin, que en paz descanse, a sabiendas del pensamiento retrógrado que posee mi padre?

—La conversación surgió sin más, no la provoqué —instó su marido, quien resopló incómodo al recordar lo vivido con su suegro la noche anterior—. Él me preguntó con cierta curiosidad si era verdad eso de que fui amigo del difunto Lord Darwin y si seguía manteniendo cordial trato con sus hijos, cosa cierta y, en fin, la conversación fluyó de mala manera, pero te prometo que mi compostura fue la correcta y fui muy respetuoso en todo momento.

—Lo que significa que soportaste estoicamente los ataques de ira de Lord Durless.

—Además tuvo la consideración de regalarme una de sus típicas diatribas acerca de verme como su yerno. —Sus ojos eran pura consternación, divertida ironía y ternura funesta—. Me dijo que era lo peor que le podía haber ocurrido a su familia, que prefería la caída de todas las plagas de Egipto encima a tener que aceptarme como un miembro más. Luego se jactó en nombrarme al caballeroso y por siempre respetable esposo de tu hermana, el perro faldero de la reina —Adrian dijo todo en tono burlón—, el conde Phantomhive. En definidas cuentas ya sabes lo que pienso sobre él.

Angelina lo miró un tanto angustiada mientras caminaban y ladeó la cabeza; era uno de sus gestos característicos cuando quería aguardar pensamientos. En este caso, nombrar a Vincent en la conversación. Ni qué decir que Adrian lo captó al instante, casi como si esperara a que reaccionara de dicha forma. Angelina quedó alertada por temor a que Adrian conociera sus pensamientos, puesto que él desconocía quién era ese hombre que había robado su corazón. O eso quería creer ella.

Sin embargo, Adrian la miró y luego sonrió afablemente, oprimiendo con cariño la enguantada mano de Angelina que se apoyaba en su brazo derecho.

—Querida mía, es lógico que temas desagradar a tu padre, pero yo me he casado contigo y, gracias a Dios, a quien deseo agradar es a ti, y no a él. Tu padre puede pensar de mí lo que se le antoje, pero mientras yo sea digno de tu amor, no puedo pedirle más a la vida —explicó, estrechando la mirada, con enternecedor cariño—. Por cierto, recuerdo que tu madre aludió un tema que no escuché del todo al irme con Lord Durless a la sala de fumar, algo sobre un compromiso futuro.

Angelina suspiró, rodeando al mismo tiempo los ojos.

—Madre habló con mi hermana y conmigo acerca de que, si el bebé que espero llega a ser niña, podríamos establecer un contrato prematrimonial entre la pequeña y mi sobrino menor, Sebastian.

—¿Y cuál es tu opinión?

—Si llegamos a tener una hermosa niña, opino que sea ella quien escoja a su futuro esposo, así como mi querido Sebastian también pueda decidir a quién amar. No estimo correcto realizar un contrato prematrimonial, querido, no como han hecho con Ciel y la niña de los Midford. El amor es algo que debe expresarse libre y sin impedimentos, ya me entiendes —dijo Angelina—. Si llega a darse la situación y se enamoran, yo misma les daré mi bendición.

—Aún falta un poco más para llegar, ¿estás cansada? —le preguntó Adrian, de pronto. Al parecer, no quería interponerse en ese tipo de temas, si bien Angelina dedujo que él estaba del todo a su favor.

—No, no es-... ¡ey!, ¿pero qué haces?, ¡has perdido la cordura! —Adrian había decidido cargarla en brazos, a la manera principesca.

Otro tropel de risas, comentarios y cuchicheos surgieron a sus espaldas.

Angelina depositó un beso rápido en la mejilla y otro en los labios de su esposo. Las palabras sobraban.

Entraron en la cafetería, una estancia muy amplia e iluminada al estar abierta a grandes ventanales con las cortinas descorridas, recargada de decoración —tapices, pinturas de paisajes, mesas de madera oscura y cenefas también de madera ilustrando bordes y remates de las paredes—. En el rellano les esperaban varios de los miembros de la Fabian Society, siendo saludados por todos ellos. Estos vieron la escenita: Adrian cargando con ella hasta la misma entrada. Hecho que se lo tomaron entre alborotadas risas.

Allí se encontraban sus amistades más cercanas, Richard y Emmeline Pankhrust, miembros también del movimiento sufragista; la escritora y cofundadora del periódico Freedom, Charlotte Wilson; el futuro biólogo aunque escritor de novela fantástica de vocación, el joven H. G. Wells, de diecinueve años; el irlandés y uno de los primeros percusores del vegetarianismo, George Bernard Shaw, también escritor de novela y teatro, así como activista político dentro del club; y la dulce escritora de cuentos infantiles Edith Nesbit, y que estaba divorciada de su terrible e infiel esposo, algo poco común en la época. Aún faltaba la presencia de otros muchos miembros del círculo.

—¡Mirad por donde! —anunció sir Pankhrust, en actitud dicharachera al verlos llegar de esa manera—. Aquí llega la joven parejita que, según lo visto, no se separa ni para salir a la calle. ¡Camarera, será mejor que deje de servir té y traiga a esta mesa el mejor brandy que tenga!

Los asistentes rieron llamando la atención de los demás clientes en el interior de la cafetería. Durante las dos horas de tertulia sobre los acontecimientos y opiniones del momento, abarcando su mayor interés en el tema político, la noticia de la aparición de nuevos niños decapitados en viviendas y fábricas abandonadas se extendió como la pólvora.

—Angelina, ¿es cierto que viste el primer cadáver que inauguró esta nefasta consecución de sucesos? —preguntó Bernard Shaw con sumo interés.

—Hará menos de una semana, sí —admitió.

—¿Descubriste algo en el cuerpo algo de extraña mención, aparte del cercenamiento?

—No puedo deciros nada, muchachos —intentó disculparse—. Entended que siendo administradora jurídica del hospital, no puedo dar datos de los pacientes, y más si está involucrado Scotland Yard. No obstante, puedo deciros que posiblemente este asesinato y los otros recientes del mismo tipo deben estar vinculados estrechamente con algún tipo de secta religiosa.

—¿Una secta religiosa? —preguntó esta vez su esposo Adrian, sentado a su lado.

—Así es.

Unos minutos más tarde Adrian y Angelina se despedían de sus acompañantes. Cerca de la entrada ya les esperaba el calesín y el cochero. Ambos subieron al interior y el cochero arreó al caballo hacia la mansión Durless, situada a las afueras. Al principio, la pareja estaba a gusto, entre risas, conversando entretenidamente, pero cuando el caballo y el calesín cogieron velocidad y adelantaron a otros tantos, ambos comenzaron a sentirse incomodados.

El corazón de Angelina se puso cada vez más pálido y de color de plomo debido a la velocidad con que cogían los baches y que estos la hacían saltar del asiento, por lo que tuvo que aferrarse instintivamente al asiento y a su esposo.

Adrian golpeó con el puño cerrado a sus espaldas con intención de llamar la atención al cochero.

—Por favor, vaya un poco más despacio.

Sin embargo, el calesín no aminoró su velocidad, sino que iba mucho más rápido. Los labios de Angelina fueron fruncidos con fuerza, que adelgazaron cada vez más hasta que se convirtieron en una simple línea sin sangre.

Su esposo volvió a golpear —esta vez con fuerza— desde el interior.

—¡Le he dicho que vaya más despacio!

De pronto, un joven albino, pálido como el mármol, y vestido también de blanco al estilo de un mayordomo, abrió la puerta del calesín a pesar de la velocidad en que marchaban y esbozó una sonrisa de lo más sardónica. Este albino se había quitado la chaqueta oscura y el sombrero con el que se había ocultado; era el cochero, pero no era el que habían contratado, de eso estaban seguros Adrian y ella.

—Me temo que he de desestimar su petición, Lord Barnett.

El ser de blanquecino brillo desestabilizó el calesín haciendo uso de una fuerza sobrehumana hasta volcarlo del todo, y llevarse por delante a un viandante. El impacto a tal velocidad fue devastador.

Todo ocurrió con rapidez.

Lo último que vio Angelina antes de sentir el impacto fueron los hermosos ojos azules de Adrian, quien la estrechó para sí a fin de protegerla del golpe usando su propio cuerpo.


FIN CAPÍTULO IV.

Buenas :), lamento nuevamente mi tardanza; ni qué decir que he estado jodidamente liada. He aquí otro capítulo más, espero que haya sido de vuestro agrado y que hayáis disfrutado leyéndolo tanto como yo lo hice al escribirlo para mi mejor amiga. ¡Juas! Sabiendo lo que ha ocurrido en el último capítulo del manga, me tengo que dar un canto en los dientes porque, por ahora, este fic no sale del canon. Eso sí, como siempre me doy la libertad de narrar y recrearme en la historia, escribiéndola desde mi punto de vista y dándole una propia interpretación.

En Semana Santa me iré a Roma, así que también visitaré la masificación de gatos que invade el Foro Romano y el santuario de gatos de Torre Argentina que corretean a sus anchas por toda la zona (en serio, sería el maldito paraíso para Sebastian ), por lo que tardaré algo más en pasar al portátil el siguiente capítulo.

¡Mis disculpas adelantadas!

Y, nada más, un cordial saludo y muchísimas gracias por leer :D.