Mi joven amo, Sebastian Phantomhive.

by Silenciosa

Disclaimer: No me pertenece Kuroshitsuji. Todo lo que escribo lo hago por y para el disfrute de mi maldita imaginación y la de aquellos que me leen, nada más.

Advertencias: Referencias a hipótesis y spoilers referentes al manga. Temas relacionados con el ocultismo y la demonología.


«Los ángeles malos, como los hombres malos, son enteramente prácticos. Tienen dos motivaciones. La primera es el temor al castigo [...]. Su segunda motivación es una especie de hambre. Me imagino que los diablos pueden, en un sentido espiritual, devorarse mutuamente; y devorarnos a nosotros, claro.»

Cartas del diablo a su sobrino (Notas del autor, fragmento), C. S. Lewis (Irlanda del Norte, 1898 - †Inglaterra, 1963).

†††† † ††††

Angelina despertó días después en la unidad de cuidados del Royal London Hospital, un lugar en el que había estado trabajando durante casi la década y que le era tan familiar como un segundo hogar. Antes siquiera de tomar el control de sí misma y abrir los ojos, quedó allí, aturdida, dejando que la rueda de sus pensamientos empezara a girar otra vez, preguntándose cuánto tiempo habría estado inconsciente y, fruto de una profunda sospecha, si estaría realmente viva. Poco a poco, una serie de dolores y palpitaciones le recorrieron el cuerpo; la garganta, el cuello, la espalda, el estómago, la zona baja del vientre..., y comprobó aliviada que estaba viva. Sin embargo, no todo quedaba reducido a un mero dolor físico porque buena parte del mismo era también emocional. La desesperanza se había instalado en su pecho, devorándola, como una serpiente abalanzándose sobre un nido de pájaros.

«Un sufrimiento sin crisis, vacío, oscuro y lóbrego. Un dolor ahogado, soñoliento, desapasionado, que no encuentra desahogo ni alivio en palabras, suspiros o lágrimas», citó sir Taylor Coleridge en uno de sus poemas, y Angelina no halló una descripción mejor con que definir su estado antes de abrir los ojos y darle la bienvenida a la mañana.

Pensó en la mañana creyendo que al abrir los ojos lo haría junto al arribo de un nuevo amanecer, pero el abanico de lo superfluo era mucho más amplio: la noche se desplegaba con su tupido velo, un manto oscuro de nubes que intercedía, mediadora, entre la tierra y el cielo. El brillo tintineante de las velas alumbrando con su tenue luz ambarina la habitación en la que se hallaba rasgó los últimos segundos de confusión.

Una vez hubo recobrado el conocimiento por completo y la sensación de realidad, Angelina supo enseguida que se encontraba en una de las habitaciones para pacientes adinerados del Royal London Hospital; paredes blancas, decoración gentil aunque austera e impersonal —cortinaje cubriendo los amplios ventanales que daban hacia los jardines traseros del edificio, una chimenea de piedra policromada en blanco imitando al mármol en sustitución a las de hierro dispuestas en las habitaciones menos pudientes, dos sillones forrados en tela acolchada, un arcón tallado con decoraciones esquematizadas y hecho con madera noble, y una pequeña mesa con un discreto centro de flores versado en peonias y crisantemos— y el imperante olor a desinfectante inundando su sentido del olfato, como si dicho aroma tuviese valor medicinal.

En su escrutinio visual pudo cerciorarse de que no estaba sola. Un doctor compañero suyo de profesión y dos enfermeras la observaban en silencio desde los pies de la cama en la que yacía.

Sin dejar de escrutar al doctor con la mirada, Angelina hizo consigo de toda la fuerza que podía contener en su debilitado cuerpo e intentó alzarse de la cama para erguirse y quedar apoyada contra el cabecero de la misma. Las enfermeras la ayudaron viendo que apenas podía soportar su propio peso y con el aliciente de que tenía el brazo derecho escayolado, por lo que solo podía valerse del izquierdo. El dolor del vientre se intensificó con el movimiento, pero Angelina solo podía mirar al doctor con urgente necesidad de saber lo ocurrido tras el accidente.

¿Dónde estaba Adrian?, ¿habría sufrido los estragos del accidente al igual que ella?

¿Y el bebé?, ¿seguiría viviendo en ella sano y salvo?

Con la respiración hecha jirones, Angelina tiró violentamente de las sábanas que la cubrían y colocó las palmas de sus temblorosas manos sobre su bajo vientre con la tela del camisón entre medio. Su vientre había disminuido en volumen aunque no perdió la esperanza.

Prestó atención.

No percibió ningún movimiento o fuente de calor. En su vientre ya no había nada, solo vacío.

Arrugó la cara hasta deformarla de dolor y dejó escapar un largo sollozo inarticulado. Tardó unos instantes en comprender por qué estaba llorando: su bebé ya no estaba, había desaparecido, y con él, sus deseos por seguir viviendo.

Emergió de ella otro gemido lastimero, entremezclado de miedo y pánico, de entre sus labios cuando esta sensación de vacío acompañado por fuertes ráfagas de dolor le dio a entender que había sido operada.

Apenas podía recordar fielmente lo ocurrido; había sido vivido demasiado rápido. Un cochero que no era el suyo, de rasgos albinos y vestido de blanco a modo de mayordomo —era lo único que recordaba con nitidez, rostro y voz habían quedado desdibujados en su memoria— había producido que el calesín volcase con decidida premeditación. ¿Estaría vivo? Lo más posible era que tampoco se hubiese salvado del impacto. ¿Qué intención tuvo al hacer algo así? Tal vez simplemente se tratara de un esquizofrénico más de los tantos que campan a sus anchas por Londres.

Sintió las puñaladas del miedo en el pecho y quedó paralizada. Sabía que tras el silencio forzado y la seriedad en el rostro del personal médico estaba la respuesta a todas sus preguntas, aun así le aterraba la posibilidad de confirmarlas. No estaba preparada para enfrentarse a la verdad, a cualquier verdad.

El doctor sacó su cuaderno de notas; había decidido carraspear la voz antes de decidirse a hablar. La espera se multiplicó unos segundos más. Angelina alzó la mirada perdida hacia el médico. Con las esperanzas perdidas, no sintió ningún tipo de reacción emocional; quedó en silencio y con el gesto impertérrito. Un sentimiento que precede a una noticia la cual nadie desea escuchar en boca del personal médico. Angelina conocía muy bien el decoro con que debía actuar un profesional en la Medicina en estos casos en los que no se podía hacer más por un paciente y había que dárselo a conocer a los familiares.

—Su esposo ha fallecido en el acto para salvarla —le dijo el doctor, afligido, después de un prólogo de palabras de apoyo que Angelina desoyó.

Cualquier cosa dicha en boca del médico ejercía en ella una especie de eco, como si flotara, irreal, en sus oídos. Con la mirada perdida, Angelina miraba a la nada incapaz de reaccionar. Era como si un enorme tubo de cristal hubiera caído del techo y la hubiera aprisionado en su interior, semejante a cuando se atrapa una araña dentro de un vaso y no puede salir. Lo único que Angelina era capaz de oír eran los latidos de su corazón desbocado y sus propios pensamientos. Que eran estos:

«Adrian ha muerto.»

«El bebé ha muerto.»

«Y yo no. Yo sigo aquí, viva y sin futuro; en mí solo cobra sentido morir.»

—Sintiéndolo mucho, no tuvimos más remedio que extirpar que realizarle un aborto y extirpar su útero.

El corazón de Angelina estaba roto, el mecanismo de escuchar o meramente el de respirar era algo que poco sentido tenía ya para ella. Algo se había marchitado y muerto, hasta pudrirse, en su interior.

El término «roto» no ha tenido nunca la fuerza suficiente para expresar lo que puede sentir un corazón cuando de sufrir es llevado al límite y se colapsa. Términos como «aniquilar» o «arrancar de cuajo» serían más acertados, sin embargo; pero no ha existido aún la palabra que pueda transmitir el vacío innegable y desolador que se siente cuando un corazón se rompe. Es como si se tuviera un agujero que se ha vaciado de golpe y que es imposible rellenar. Así se encontraba el desecho corazón de Angelina en ese instante. Jamás pensó que pudiera haber una pena tan grande, que ataca una vez, y otra, y otra.

La muerte parecía ahora el más afortunado de todos sus males.

Perdió el conocimiento.

Cuando lo recobró aún era de noche. Seguía estando tendida en la misma cama. En esta ocasión sintió el cálido calor de una mano aferrándose firmemente a la suya. A su lado estaba arrodillada Rachel que la miraba con ojos llorosos, una réplica del propio dolor interno de Angelina. El dolor, pensó, se asemejaba a una roca en la orilla de la playa. Mientras se está dormido, es como si hubiese subido la marea y se alcanzara algún alivio. Pero al despertar, la marea empezaba a bajar y pronto la roca volvía a hacerse visible, plagada de algas incrustadas, y estaría allí para siempre o hasta que Dios o su Rebelde decidieran barrerla con las olas.

—Ann..., mi querida Ann —farfulló Rachel al borde del llanto en cuanto descubrió que ella estaba despierta. Angelina no lloraba; su respiración afanosa y angustiada vibraba rítmicamente en el aire húmedo, como la de un animal herido.

Rachel se inclinó hacia ella y la abrazó, apoyando su cabeza cuidadosamente en la de ella.

—¡Oh, Ann! —se lamentó Rachel, entre lágrimas y sin romper el abrazo que las unía en una misma desdicha, la sentida en carne propia y la que por amor y compasión hacia la otra persona era expresada—. ¡Qué terrible ha sido esto para ti!

Angelina alzó el brazo sano para estrechar a su hermana y lloró finalmente deshaciéndose en un infinito mar lágrimas.

†††††††

Sarah Wright volvió a envolver con una mano la cruz del rosario que llevaba pendiendo de su cuello y ajustó con la otra la cofia con que ocultaba su espesa cabellera rizada y de color caoba oscuro. Su traje negro de novicia anglicana cubría por completo su cuerpo, dejando a la vista únicamente sus manos enguantadas y su redondeado y blanquecino rostro. Las novicias contratadas por familias de clase alta no tenían por qué llevar el hábito, pero sí debían optar por un traje recatado en demasía; carente de escotes, seda y joyas. Asomó la cabeza por la ventana del calesín, esta vez con cuidado de no perder la cofia por culpa de las corrientes de aire, y quedó boquiabierta por el asombro. La última cortina nevada de árboles se desplazó al cambiar el curso del camino y se divisó a lo lejos la fastuosa mansión Phantomhive, situada a las afueras de Londres.

La propiedad del conde Phantomhive tenía alrededor de unos diez mil acres de bosque, arroyos y prados, la mayoría llanos como el suelo de un salón de baile. Sin embargo, en algunas zonas el terreno se ondulaba e, incluso, se arrugaba creando crestas y pliegues que no alcanzaban la denominación de promontorios o colinas. En el cielo, unas espesas nubes permanecían inmóviles, grises con manchas de amarillo purulento, semejantes a retales de algodón sucio. Pronto comenzaría a nevar en aquella sombría mañana a primeros de diciembre de 1885.

De pronto su mirada bajó de los cielos cuando dos caballos negros montados por sus respectivos jinetes pasaron a gran velocidad y adelantaron el calesín en dirección a la mansión. Eran dos hombres y llevaban la cabeza descubierta. La distancia se incrementó en pocos segundos y Sarah apenas pudo deducir quiénes podían ser, aunque tampoco era que conociese a fondo a la flor y nata inglesa habiéndose criado al otro lado del océano, en Nueva York. Sarah Wright era la tercera hija —bastarda, en su caso— de un octavo marqués por línea sucesoria, de origen inglés. Sin embargo, su padre era un marqués de dudosa reputación.

En 1865 fecha en que ella nació, su padre —el marqués Geremiah Milton John Wright, instalado siendo muy joven en las antiguas tierras del Duque de York— ya era un hombre de relevante si bien negativa fama; derrochador, ludópata, mujeriego y corrupto negociador dentro de los lóbregos bajos fondos neoyorquinos. Su única fuerza radicaba en el hecho de que no conocía el miedo. Había adquirido un significativo poder gracias a su negocio de ingeniería y transporte naval que conectaba con prácticamente todas las rutas de circunnavegación más importantes. Aparte, el marqués amaba el boxeo, un violento y nuevo deporte que había tenido especial acogida en Norteamérica, y que él mismo participaba en la categoría de peso ligero. También gastaba impresionantes sumas de dinero en apostar en el hipódromo y como cazador se distinguía por su crueldad en el campo. Sarah recordaba a su pérfido padre portando siempre la fusta encima. Todos sabían que igual fustigaba con ella a sus caballos, a sus perros, a sus sirvientes e, incluso, a su esposa e hijos, ya estos fueran ilegítimos o no. Ella tenía como recuerdo varias cicatrices en los brazos debido a estos golpes de fusta. Sarah nunca conoció a su madre, quien murió desangrada al darle a luz.

Hacía años que Sarah había abandonado el hogar. En primer lugar, no soportó el ambiente infernal propugnado por su padre en el hogar; y en segundo, al ser hija bastarda, fruto de una violación perpetrada por su progenitor con una de sus criadas más jóvenes, no tenía derecho a reclamar ningún título nobiliario o herencia.

Como solía ocurrir con las hijas ilegítimas de la aristocracia, desde niña fue entregada, cual ofrenda, a la Iglesia. Con tan solo nueve años, se vio obligada a tomar los hábitos en el convento femenino de Nueva York. Ella aceptó con estoicismo la decisión ya que, cuanto menos, era una buena opción a sabiendas de la terrible vida de los niños de la calle, que trabajaban explotados de sol a sol o involucrados en bandas criminales —que eran usados para ejercer el carterismo o la prostitución—, y todo ello por una mísera retribución. En el convento fue instruida con una buena educación y gozó de las comodidades que algunos no podrían siquiera soñar: dormir bajo un techo, tener cama propia, comer tres veces al día, poder bañarse y llevar ropa digna y limpia.

En el año 1881, con apenas dieciséis años, Sarah decidió cruzar el Atlántico y se puso al servicio del noviciado victoriano de Whitehall. Haber interpuesto un océano entre su padre y ella misma le pareció una distancia en principio irrisoria, pero se conformó con cerrar cualquier vía de contacto que la atara al pasado. Llevaba ya cinco años interactuando con la sociedad inglesa; habiendo vivido siempre en América, era sorprendente que aún le costara acostumbrarse a la vida de los ingleses.

Nada más hubieron llegado los dos jinetes al pie de la fachada de la mansión frenaron la marcha. Uno de ellos, el que iba vestido completamente de negro —chaqueta, pantalones de montar de ante, guantes y botas altas—, se bajó primero con una agilidad y una elegancia digna de admiración. Con tan solo observarlo actuar así, con una armonía que desafiaba la gracia de un ángel, cualquiera mujer que no estuviese dedicada a profesar exclusivamente su amor incondicional a Dios, como en el caso de la novicia, habría caído rendida en ese justo instante por el flechazo certero de la atracción.

El jinete de negro ayudó cortésmente al otro jinete para que bajara del caballo, tendiéndole una mano. Este, quien aceptó el ofrecimiento del otro tras unos segundos de reticencia, era unos pocos centímetros de altura más bajo, portaba una hermosa chaqueta de montar color carmesí oscuro y pantalones de montar blancos metidos, a partir de las rodillas, dentro de las altas botas de color marrón oscuro.

El calesín se detuvo finalmente y quedó a menos de cinco metros de distancia de los jinetes. Fue entonces cuando ella pudo observar con mayor detalle a los jinetes desde la ventanilla. Los nervios la dejaron impávida, estática como una estatua de piedra, cuando se cercioró de que ambos jinetes se estaban aproximando al calesín.

No cabía duda, el jinete ataviado de negro era de una belleza insultante. Este hombre en apariencia de veinte y pocos años tenía unos rasgos marcados y nobles, poco comunes, en una cara enjuta y masculina. Destacaba por poseer unos cabellos de un rubio del color del maíz maduro que llevaba cuidadosamente peinados hacia atrás. Sus miradas se encontraron; ella dedujo que, además, este jinete contaba con unos ojos hermosos, profundos, de un color castaño rojizo opacado. Dicha imagen retrotrajo a su memoria las adustas y solemnes representaciones de los querubines descritos con pasmosa exactitud por Milton en su Paraíso perdido. Los querubines, los más hermosos de la jerarquía angelical, también los más proclives a desertar y unirse a la Rebelión.

Sarah apartó la vista, agitada, llevada por un vago sentimiento de contradicción; el mismo sentimiento que sentía siempre que recordaba sus votos de castidad y que su alma estaba por encima de las bajezas del instinto y la lujuria anidadas en la mayoría de las almas humanas.

Con recato, alisó por última vez su traje de lana limpio. Podía percibir el olor dulce del benceno emanando de la lana. El cochero se disponía a ayudarla a abrirle la puerta y seguidamente ayudarla a bajar del calesín, pero el jinete más bajo en altura, el de porte distinguido y que había sido tratado con respeto por el que vestía de negro, se adelantó, abrió la puerta y, quitándose el guante de montar, le tendió la mano. Llevaba un llamativo anillo de plata engarzado con una piedra preciosa azul tallada, decorando el dedo pulgar de su mano derecha.

—Sea bienvenida —dijo él una vez la hubo ayudado a salir del calesín—. ¿Usted debe ser...?

—Sarah Wright. He sido contratada por el conde Phantomhive a fin de que instruya a sus hijos hasta que su antiguo tutor, el reverendo Arnolds, regrese de su viaje al sur de Inglaterra por motivos que desconozco. —Realizó una breve inclinación como reverencia después de pisar el suelo y soltar la mano ofrecida por el hombre—. Con todos mis respetos, ¿quién es usted?

—Soy el amo de estos dominios —respondió—, Vincent Phantomhive. Un placer en conocerla por fin, lady Wright.

El joven sonrió levemente al verla palidecer presa del asombro. Utilizar la palabra «joven» para definirlo era del todo deliberada. Le habían dicho que el conde tenía treinta y cuatro años, pero ahora que lo tenía en frente por vez primera parecía poco mayor que un pueril muchacho de veinte. No sería raro si alguien le preguntara por si ya había finalizado los estudios. Era como si el conde tuviera la esencia misma de la juventud, o como si la edad en él transcurriese de manera más lenta que en los demás. Ella había escuchado decir en boca de sus superiores que debía ser precavida con él que, a pesar de poseer una actitud y simpatía arrolladoras, con las que se ganaba fácilmente a la gente, era un hombre desalmado, déspota y cruel.

Aparentemente, el conde inspiraba nobleza. Sarah no hallaba ningún signo que mostrara que fuese un hombre dirigido por el Mal mismo; inspiraba todo lo contrario. Cuando preguntó a sus superiores el motivo por el cual prestaban servicio al conde Phantomhive, estos simplemente se limitaron a permanecer en silencio. Según la opinión general, Vincent era un hombre excelente, un conde abnegado, un marido afectuoso, un amigo leal... además de tener unos modales impecables.

Sobraba decir que lord Phantomhive era un hombre de extraordinaria belleza, en donde destacaban sus curiosos ojos, que iban entre las tonalidades del castaño y el verde. Poseía unos cabellos negros que expuestos a la luz natural despuntaban un brillo azulado de lo más cautivador. Sus gestos, su talante, la intensidad de su mirada y su misteriosa sonrisa eran dignos de un sinfín de sonetos y églogas. No era que esta fuera una constante en Inglaterra, el estar ante dos hombres como ellos. De hecho, tanto el conde como el jinete de negro que lo acompañaba, en medio de aquel hermoso paraje, inspiraban en Sarah la sensación de que había traspasado el umbral de la realidad para vivir en un cuento de personajes hermosos, todos ellos partícipes en historias fantásticas y asombrosas. Tal vez haber estado tanto tiempo encerrada entre las adustas paredes de un convento leyendo libros la había dotado de una imaginación desbordante.

Muy a pesar de ello, el conde también lucía un rostro cansado. Ella dedujo que tal vez podría ser de no dormir lo suficiente; agotado a causa de largas noches de insomnio. Lejos de que las ojeras lucieran en detrimento a su belleza, estas la singularizaban más. Era como uno de esos hombres descritos en las novelas góticas de Mary Shelley, Henry James o Conan Doyle.

—Lord Phantomhive —se apresuró a decir a la par que hacía otra reverencia—, peccavi. Acepte mis humildes disculpas al no haberle reconocido. Ciertamente, me habían hablado de usted en el decanato de Westminster con ciertas reservas. Es un placer poder proseguir con la labor de instrucción educativa del reverendo Arnolds durante una temporada.

Sarah había completado sus estudios y conseguido la titulación de institutriz infantil cedida por el decanato de Westminster College. Desde entonces, se dedicaba a educar a niños de familias pudientes. Sabía ex profeso, en boca del propio decanato, que uno de los hijos del conde padecía ataques de asma que le habían impedido tener la vida de un niño normal. Si su estado de salud no mejoraba, pocas posibilidades tendría de acceder el próximo curso en cualquiera de las prestigiosas escuelas de la ciudad: Harrow, Westminster, Winchester, Weston, o Eton College.

A algo más de un metro de distancia del conde y de ella misma, el jinete de negro los observaba con expresión neutra y en sumo silencio. Sarah lo miró brevemente, indecisa en si debía saludarle o no.

—Le presento a... —Vincent vaciló por un instante.

—Sir Sydonai Dunkel —intervino el aludido inclinándose brevemente a modo de saludo. Resultaba curioso que, teniendo claro apellido de origen alemán, pudiera pronunciar de manera impecable el acento aristocrático inglés, ajeno al argot y a los variados acentos del pueblo llano londinense—. Soy un viejo compañero de negocios del conde. Ha sido una suerte coincidir su llegada con la nuestra; es un placer conocerla.

El tono del hombre fue evocador, suave y tentador como miel derramada directamente sobre la lengua. Sarah estaba casi segura que si las más jóvenes del convento estuvieran presentes y escucharan a aquel hombre no habrían hecho otra cosa que santiguarse. In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, sit Nominis Tui signo famula tua munita. [En nombre de El Padre, de El Hijo, y El Espíritu Santo, que tu sierva sea protegida con el signo de tu Nombre.] Por otro lado, las palabras «viejo» y «negocios» fueron acentuadas sobre las demás aun desconociendo ella el porqué de dicho hincapié. Tal vez el apuesto hombre hizo esto para resolver sus dudas en cuanto a su presencia junto al conde.

—Encantada, sir Dunkel.

—Si me permite puntualizar algo con respecto a su nombre, estimada señora, resulta un tanto curioso que, siendo novicia, no lo haya decidido sustituir por otro —comentó este, de pronto, con un particular brillo en la mirada, para después observar con una sonrisa sutil el rosario que pendía de su cuello—. No quiera Dios que Modo se le aparezca de pronto y la devore. He escuchado que siente suma debilidad por las mujeres que responden por el nombre de Sarah.

Sarah Wright bajó la mirada al suelo alejándola del señor Sydonai Dunkel. La piel de sus brazos se le erizó, oculta bajo el traje de lana. Solo a través del rostro se observaba la tonalidad pálida de su piel, el tipo de blancura estimable que representaba su prácticamente confinamiento, siempre escondida tras las paredes de un convento, lejos del mundo exterior. Su cara no reflejaba ni rastro del nerviosismo que comenzó a sentir. Algo en el porte del señor Dunkel, una confianza que era diferente tanto a su belleza angelical como de su servil actitud para con el conde Phantomhive.

Alzó nuevamente el rostro y miró a este hombre sin dejar de ser respetuosa; sabía el motivo de aquel comentario. No estaba bien visto que las religiosas tuvieran nombres como «Eve», «Magdalene» o el suyo propio, «Sarah», que a pesar de ser nombres bíblicos evocaban a la mujer vinculada de manera directa o indirectamente con el pecado y con el Mal.

—Me imagino que está aludiendo el pasaje bíblico que cuenta la historia de Sarah y el demonio que se encapricha por ella. —Sarah acertó en decir.

—Sí, pero estoy seguro de que encapricharse no sería el término adecuado aquí, ¿no le parece? —arguyó Sydonai con otro arquear divertido de labios y un estrechar de párpados. Mientras, el conde se limitó a permanecer en silencio, sin mostrar expresión alguna, observando con cautela a su compañero.

En el Libro de Tobit se cuenta una historia bíblica de lo más peculiar, en la que se relata la historia de Asmodeus, uno de los demonios más importantes de la corte demoníaca. Asmodeus era el demonio de la lujuria y la venganza —también conocido por el nombre de Modo—. Harto de su existencia teñida en voluptuosidades y placeres, se enamoró de la inocencia de la pequeña Sarah, la hija del Jacob bíblico. Siendo todavía una niña, Sarah fue obligada a contraer matrimonio. En la noche de bodas, su recién nombrado esposo la forzó a tener relaciones con ella. La niña forcejeó gritando con todas sus fuerzas, clamando ayuda. Asmodeus al verla indefensa sintió el pinchazo de la misericordia, un sentimiento que creía muerto desde el momento que dejó de ser un ángel. Fue tal el sentimiento que, llevado por la ira, asesinó brutalmente al esposo, evitando así que este la poseyera.

El demonio jamás se atrevió a poner sus garras sobre la niña; había caído en el deseo de protegerla a toda costa. Él, el mismísimo demonio que encarnaba la lujuria en su máxima expresión, había caído rendido de amor ante una simple muchachita. Así fue como Sarah creció, con Modo a su lado, quien asesinó a otros siete hombres con los que ella se vio obligada a contraer matrimonio. Uno tras otro, boda tras boda concertada, el demonio los asesinó sin piedad, impidiendo que la tomaran en la noche de bodas. Gracias a la intervención del demonio, la ya jovencita Sarah preservó su castidad... y su libertad en un mundo donde la mujer siempre había valido la mitad de lo que valía un hombre.

Ciertamente, un demonio, ya sea un ángel caído o un humano convertido en uno, no actuaría con tal peculiar devoción, por lo que estaba lejos de denominarse un mero capricho secundado por el hambre, tal y como había estimado sir Dunkel.

La historia no queda ahí.

Poco tiempo después, un joven llamado Tobías se atrevió a pedir la mano de Sarah aun sabiendo la suerte que le depararía en la noche de bodas. Tobías, fiel seguidor de Dios, pidió ayuda a los cielos y de estos bajó el arcángel Raphael quien le enseñó un conjuro con el que librarse finalmente del demonio. Así pues, tras la boda con Sarah, Tobías realizó el conjuro; dijo unas palabras y tomó un pez al que le arrancó el corazón y las tripas para después lanzarlos al fuego de la habitación. Cuando Tobías fue a poseer a Sarah, el demonio no pudo librarse del conjuro que lo obligó a mantenerse lejos de la habitación. Aceptando la derrota y en contra de su voluntad, el demonio tuvo que abandonar a Sarah. Ella no dejó clamar su nombre para que la ayudara incluso cuando Tobías había podido forzarla.

Aquella fue la primera vez que un demonio lloró.

Fue llegada Sarah Wright a este punto en sus pensamientos cuando Sydonai la miró. ¿Vio dolor en esa fría mirada? De pronto, el hombre la miró esta vez de verdad, con aquel par de ojos deteniéndose en cada rasgo de su rostro, uno por uno. Su escrutinio la desconcertó; estaba más acostumbrada a que la miraran con desprecio o desinterés por ser la hija bastarda de un marqués depravado.

En textos apócrifos, tratados teológicos y summas se decía que Asmodeus fue objeto de humillación y desprecio entre los demás demonios de la corte infernal al ser sabida su historia con Sarah. Había caído tan, tan bajo a ojos de estos oscuros seres que, finalmente, fue castigado duramente por Satanás, que lo condenó al destierro durante siglos, obligado a vagar hambriento por el desierto de Egipto bajo la forma de un perro. Asmodeus aceptó su castigo sin rechistar.

Asmodeus no fue el único demonio en romper las reglas; después de él, hubo otros demonios que fueron castigados por traición. Un claro ejemplo fue el ángel caído Abbadona, quien se arrepintió de ir en contra de Dios nada más caer del cielo. Este ángel que había perdido la condición de ser un ángel, pero que tampoco era propiamente un demonio, seguía esperando por el perdón de Dios, amordazado en la zona más solitaria, oscura y profunda del infierno.

En el mundo espiritual debía existir el blanco y el negro, nunca una variante de color gris. Si un ángel decidía rebelarse no sería expiado de su culpa después; lo mismo ocurría con el alma de pecadores muertos o los humanos convertidos en demonios.

El demonio era la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad aceptada con dolor. El demonio debía ser sombrío; sabía adónde iba y regresaba siempre al lugar del que procedía. Un demonio tenía que aceptar su naturaleza desde el momento en que decidió rebelarse y, por lo tanto, debía aceptar que su hogar estaría en las tinieblas... hasta la derrota del Mal en el Juicio Final.

Sarah recordó además que era tradición en zonas rurales de Europa que los maridos durante el banquete de boda tiraran al fuego las tripas y el corazón de un pescado. También recordó que muchas de las mujeres dedicadas a la brujería amparadas bajo la sombra de Asmodeus se cambiaban el nombre por el de «Sarah».

Había algo más oscuro que traspasaba el tema de la brujería con este demonio. Muchos hombres y mujeres a lo largo de la Historia se atrevieron a invocarlo. Para el contrato, a diferencia de otros demonios en los que se utilizaban los sellos, Asmodeus usaba como emblema del pacto un anillo, el cual era entregado al contratista. Uno de los contratos más famosos que hizo Asmodeus fue con el rey Salomón, a quien le fue entregado uno de sus anillos de poder, con el cual consiguió convertirse en rey.

Con el anillo, el contratista gozaba de posesiones, títulos, honores y riquezas.

Todo, claro está, por un módico precio a cambio.

—No diga tonterías, Sydonai —intervino finalmente el conde, esbozando una sonrisa forzada—. Por favor, señorita Wright, acompáñeme. La llevaré ante mi querida esposa y se la presentaré; ella se encargará de que conozca a sus futuros alumnos así como de llevar todo el trámite de su renta asignada.

—Debo serle sincera y decirle que todo el dinero que gane será entregado a la escuela pública de Newham —intervino ella, un tanto dudosa al decir la verdad—. Hace años que el dinero dejó de tener sentido para mí. Si acepto este trabajo es por mi amor a la docencia así como suplir la ausencia del antiguo tutor, quien, como sabe, trabaja para el decanato de Westminster College al que le debo mis estudios.

—Podrá gastarse la asignación libremente en lo que quiera, no necesita darme ningún tipo de explicación. —Vincent realizó otra forzada sonrisa, mostrando desinterés. Su estado de ánimo, al parecer, era tan claro como lo era el físico—. Adelante, señorita Wright. Supongo que mi esposa lleva esperándola con impaciencia; no la hagamos aguardar por mucho más.

—Lamento el retraso, milord. El tráfico de carruajes y calesines en West End ha sido terrible. Trafalgar Square estaba abarrotada hasta los topes.

—El hombre propone, y Dios dispone —dijo Vincent sin mirarla—. Descuide, no tiene por qué disculparse.

Después de despedir al cochero y acordar la hora de recogida, Sarah siguió a Vincent Phantomhive a pocos pasos de los suyos. Lejos quedó pronto el enigmático sir Sydonai Dunkel tomando las riendas de los dos caballos, quien no los siguió.

Empezaron a caer los primeros copos de nieve, diminutas partículas de hielo algodonoso. Uno le cayó en las pestañas. Sus pestañas, como sus cejas, eran de un tono más claro que el color caoba oscuro fundido en sus cabellos, ocultos totalmente por la cofia.

—He oído hablar acerca de su padre, el marqués Wright.

Vincent dijo esto estando ellos a solo unos pasos de alcanzar la entrada de la mansión, sin voltear para mirarla. Sarah se deshizo del copo de nieve que le entorpecía la vista, dejó de prestar atención a los demás pequeños copos de nieve descendiendo lentamente del cielo y miró al conde. En ese instante, al ser evocado el nombre de su padre, una imagen quedó impresa en su mente; su padre, dueño de un rostro severo y cruel, portando siempre consigo su deleznable fusta.

—Su malograda fama atraviesa océanos, para desgracia la mía —dijo ella, sin poder evitar dejar entrever cierta amargura en su voz.

Sarah negó de repente con la cabeza como si quisiera borrar la imagen de su padre de la cabeza.

—Lord Phantomhive —lo llamó de pronto. Él detuvo el paso y se volteó para mirarla—. He sabido del accidente de su cuñada ocurrido hará algo más de una semana. Imagino que la pérdida del bebé y la muerte de sir Adrian Barnett ha sido un duro golpe para ella así como para el resto de la familia. Mis más sinceras condolencias. —La voz de Sarah se fue apagando, finalmente intimidada hasta el silencio por el glacial mutismo de Vincent.

Hubo un momento de absoluto silencio. Finalmente, y sin intercambiar palabra, el conde asintió en gesto de agradecimiento y prosiguió la marcha.

—Mi esposa no se ha recuperado del todo. Dedica su tiempo en visitar a su hermana en el Royal London Hospital. Que no le resulte extraña su alicaída presencia.

Los copos de nieve fueron aumentando de tamaño; ya no eran como serrín helado, sino pelusa del tamaño de una uña. Caían densos, como si todos los ángeles del cielo estuvieran mudando las plumas. La tierra ya estaba cubierta por un fino manto blanco de la nevada del día anterior.

En los minutos transcurridos desde la aparición del conde Phantomhive, el cielo se había oscurecido visiblemente. Pronto el anochecer lo envolvería todo. Las tardes invernales de diciembre, de cielo gris y lluvia o nieve persistente, cuando anochecía temprano y con frecuencia gemía el viento, eran consideradas las más adecuadas para sesiones de espiritismo. Una tarde como aquella.

Llegaron finalmente ante la puerta y esta fue abierta por el mayordomo de la familia, de curiosos rasgos orientales y que debería tener por lo menos sesenta años. El mayordomo sonrió como saludo y se inclinó después respetuosamente; primero, al conde; y después, a ella.

El decanato le había hablado sobre la familia Phantomhive sin entrar en demasiados detalles; como ocurría con todas aquellas familias respaldadas por el beneplácito —e interés— de Su Majestad. Sarah había comenzado a sentir interés por conocer a los dos hijos del conde, sobre todo al muchachito destinado a ser el dueño de todo; con él debía emplear un mayor esfuerzo en su educación, así le había sido encomendada la tarea por sus superiores. Si el primogénito iba a asumir el puesto de su padre sirviendo a la reina Victoria, debía estar más que preparado.

Cuando el conde, seguido por el anciano mayordomo, la introdujo en el amplio hall de entrada, ella miró alrededor, maravillada. Aunque todo estaba amueblado de forma muy sencilla, sin exceso en decoración, tenía un toque indefinible de riqueza y distinción. No encontró adornos chillones ni vulgares; los cuadros al óleo que colgaban en las paredes eran de buen gusto, y la estancia estaba llena de un bonito suelo de mármol, todo posiblemente a gusto del conde. Pero cuando la señora Phantomhive apareció bajando las escaleras, empezó a pensar que posiblemente ella también había contribuido a crear el ambiente tan refinado que reinaba en el hall.

Rachel Phantomhive era una mujer muy hermosa, una auténtica aparición angelical. Iba vestida con un sencillo vestido blanco satinado, pero que marcaba graciosamente sus delicadas formas y la hacía parecer más bien una jovencita que no la madre de dos niños que a pocos días cumplirían los diez años de edad. Su mirada, procedente de unos hermosos ojos azules, dulces e inocentes, expresaban una profunda simpatía, ahora un tanto demacrada por lo acontecido con su hermana Angelina Barnett. La experiencia le había enseñado a Sarah a descubrir la bondad de inmediato en el carácter de las personas. La condesa Phantomhive era una mujer poseedora de un corazón puro.

Vincent tenía razón al haberla advertido de que en la presencia de Rachel era perceptible el dolor sufrido por el infortunio de su hermana menor. Tenía aspecto de no descansar lo suficiente; rostro empalidecido, ojeras y mirada cansada.

Cuando fueron dados los saludos de presentación, el conde se despidió dejándola acompañada de su esposa Rachel. Tras desaparecer Vincent, Rachel se volvió para dirigirle la mirada.

—¿Qué le parece si le presento a mis pequeños? —Sonrió amablemente, por cortesía—. Está a tiempo de huir antes de que conozca en persona lo revoltosos que pueden llegar a ser. Temo a que no le darán tregua.

Sarah respondió con otra pequeña sonrisa, luego negó con la cabeza.

—Veremos, milady. He instruido a los hijos del embajador de Austria. Si he podido apaciguar cuatro fieras caprichosas, alborotadoras e insensibles de seis, ocho, nueve y once años, estoy segura de que puedo hacerle frente a lo que sea.

Haciendo uso de una sonrisa más escueta, Sarah recordó las calamidades por las que tuvo que pasar durante su estancia en la mansión del embajador de Austria estando ella al cuidado de la instrucción de los hijos de este; cuatro niños que más que malos, lo que padecían era un total déficit de atención. Sus adinerados padres estaban tan ocupados con sus respectivos trabajos que los niños solo conocían la manera de llamar la atención portándose mal a fin de que estos les hicieran caso y pasaran más tiempo con ellos. Se hallaba entretenida con estos pensamientos cuando entraron en una habitación de la planta superior y dentro vieron a un niño jugando dentro con una cantidad enorme de juguetes, todos estos esparcidos desordenadamente a lo largo del suelo como una segunda alfombra.

El niño se volvió hacia ellos, sonrió y corrió a los brazos de su madre. Sarah tuvo que reconocer de inmediato que era un niño de lo más adorable; tenía un cuerpo delgado aunque grácil y saludable; la cara sonrosada, llena de alegría; y su mirada, era franca e inocente. El pequeño lord era el vivo retrato de su padre, con idéntico cabello oscuro. Ciel Phantomhive soltó el abrazo mantenido con su madre y se acercó a Sarah sin ningún tipo de temor, con espontaneidad.

—¡Hola!, ¡me llamo Ciel! —Sonrió el niño para luego observarla atentamente con aquel enorme par de ojos azules—. ¿Eres la nueva profe, verdad?; ¿cómo te llamas?

—¡Ciel!, ¡sus modales, por favor! —Le recordó Rachel con una sonrisa nerviosa, divertida, sin usar un tono imperativo en su voz. Solo le estaba recordando el decoro con que debía tratar a una persona adulta. —Ella es la señorita Wright. Y, sí, será vuestra institutriz durante un tiempo.

—Pero si va a ser nuestra nueva profe no tengo por qué tratarla como una desconocida, mamá. —Razonó el niño tras la negativa de su madre y, exhalando un cómico resoplido, se volvió en dirección a Sarah—. Bienvenida, señorita Wright. Disculpe si he sido indiscreto, pero mi hermano y yo esperábamos con ilusión su llegada.

«Es el chiquillo más guapo y mejor educado que he visto nunca. Actúa como un niño, es evidente, y sin embargo no hay menosprecio o pedantería en sus actos, como sí ocurre con la mayoría de los primogénitos con vistas a heredar los títulos honoríficos de sus padres», se dijo Sarah; pero se limitó a decir, simplemente:

—Así que eres el pequeño lord Phantomhive. —No era necesario tratar de usted a un niño. Solo era un niño al fin y al cabo. Se arrodilló, poniéndose a su altura. Este asintió con la cabeza ante su suposición—. Yo también estaba ilusionada por daros clase a tu hermano y a ti. El reverendo Arnolds me comentó que eráis alumnos de un destacado nivel.

—Bueno, en mi opinión creo que el reverendo ha exagerado un poco a fin de que tenga una buena impresión. Si permite sincerarme, yo no soy tan aplicado en el estudio como sí lo es mi hermano Sebastian, señorita Wright.

—Puedes llamarme Sarah. —La novicia esbozó una sonrisa y le tendió la mano.

Ciel respondió con una sonrisa de las que iluminan el ambiente y le dio un apretón de manos amistoso. Rachel los miraba aliviada al saber que no tendría problemas con la nueva institutriz. Sarah y Ciel se intercambiaron un par de preguntas, entre ellas, sobre sus aficiones. El pequeño respondió a todas ellas con la misma ingenuidad con que se había presentado. No era vergonzoso, pero no hasta el punto de ser osado, y mientras ella intercambiaba unas palabras más con su madre pudo notar que el chico escuchaba en silencio con el mismo interés que una persona adulta.

—¿Qué te parece si llevas a la señorita Wright para que conozca a Sebastian? —preguntó Rachel a su hijo primogénito, con cariño, quien aceptó alegre la propuesta. Luego se dirigió a Sarah—: Iré a ultimar algunos preparativos para la cena con el mayordomo. Estaríamos encantados si se quedara a cenar con nosotros.

Sarah intentó no comprometerse, pero la condesa tenía tal poder de convicción que al final aceptó sin hacerse de rogar mucho, solo tras la consabida protesta de que no debía abusar demasiado de su amable anfitriona. Luego, acordó en que regresaría a la ciudad tras la cena. Ciel, impaciente, tomó una de sus manos y la invitó a que la siguiera. Rachel asintió con una sonrisa para que así lo hiciera. Avanzaron hasta el final del pasillo, uno ancho, bien decorado y luminoso. No tardaría mucho en que las velas de los candelabros adosados a las paredes tuvieran que ser encendidas; la noche no tardaría en llegar.

Ciel abrió una de las puertas y, antes de atravesar el umbral, se apartó educadamente e invitó a Sarah a que pasara en primer lugar. Sarah entró en la estancia. Era una habitación inmensa, espléndidamente amueblada, con las paredes cubiertas de estantes llenos de libros. Debía de ser la biblioteca de la mansión.

Al principio, Sarah creyó que no había nadie en la biblioteca, pero pronto pudo ver que junto al fuego de la enorme chimenea y sentado en un gran sillón había un niño pequeño leyendo un libro, idéntico al pequeño lord. Aparte de la iluminación que producía el fuego de la chimenea, en la biblioteca ya se habían encendido las velas de los candelabros. A los pies del niño, tumbado en el suelo, había un enorme mastín de pelaje oscuro, casi tan grande y temible como un león, y este majestuoso animal se levantó para dirigirse hacia la extraña con pesados pasos. Entonces, el pequeño niño sentado junto al fuego fue consciente de la situación, dejando de leer al instante, y extendió su mano alarmado.

—¡Espera! —llamó el gemelo de Ciel—, ¡vuelve aquí ahora mismo!

—¡Quieto ahí, perro malo! —Un Ciel sobresaltado se antepuso de un salto entre el animal y Sarah y extendió los brazos como si fuese por instantes un titánico muro de contención.

Sin gruñir ni resultar amenazador, el perro rodeó a Ciel sin hacerle el mínimo caso y se colocó ante Sarah. Ella solo pudo observar aquel par de ojos avellanados del perro pensando en dónde había visto aquel color antes; le resultaba familiar. El animal avanzó unos pasos más y, entre los gritos de advertencia de los dos gemelos escuchándose de fondo, llevó su cabeza hacia la mano derecha de Sarah, rozándola como si buscara una caricia.

Un tanto temerosa, Sarah se atrevió a corresponder aquel gesto emprendido por el animal; colocó su mano sobre la cabeza y le proporcionó una caricia escueta. Mientras, los dos niños quedaron en silencio, incapaces de reaccionar.

—Vaya... —balbuceó Ciel que se volvió para mirar a su hermano gemelo—. ¿Desde cuándo este gruñón se ha convertido en un mimoso gatito, Sebastian?

—Es un buen perro —acertó en decir Sarah según le proporcionaba otra caricia al animal. Si hubiera sido agresivo ya le hubiera arrancado el brazo.

Entre una actitud insegura y nerviosa se acercó Sebastian, que se levantó del sofá y cruzó la estancia. Una vez ante ellos, sujetó suavemente al perro por el collar y lo apartó de Sarah. El perro era de la altura del niño, así de grande era. Sebastian, de corta estatura, podría esconderse detrás del animal sin ser visto.

—Le has caído bien —farfulló el pequeño Sebastian a Sarah en tanto que acariciaba al perro con la otra mano, y sin poder sostenerla la mirada, que la hizo caer al suelo.

—No es costumbre que actúe así de cariñoso con desconocidos —corroboró Ciel, diciendo—. No muerde, pero les suele gruñir.

—Oh, entiendo —dijo Sarah.

—¡Ah, Sebastian!; ¡ella es Sarah Wright!; ¡será nuestra nueva profe! —exclamó Ciel, quien rodeó los hombros de Sebastian con el brazo y apoyó la mejilla en su cabeza al ser más alto—. No tendremos que lidiar con el cascarrabias del reverendo Arnolds por una buena temporada. ¿No es maravilloso?

Sebastian, apretando los labios y parpadeando nerviosamente, asintió cohibido.

«Ciel y Sebastian Phantomhive», citó sus nombres mentalmente. «Realmente los hijos del conde son idénticos. Creo que me veré en un compromiso cuando tenga que diferenciarlos». Esta deducción se vino abajo cuando analizó con mayor detenimiento las actitudes de cada uno. Ciel, alegre y atrevido, el centro de atención; Sebastian, tímido y reservado, ejemplo de torpeza social. La dicotomía contradictoria de sus personalidades los complementaba. Mientras que uno poseía el don del encanto, el otro se caracterizaba por unas mayores habilidades intelectuales. Y lo más hermoso era contemplar que entre ambos existía una comprensión mutua. Sarah se quedó contemplándolos con cariño por espacio de breves segundos. Ahora que se fijaba un poco más, advirtió que Sebastian era de una estatura y complexión más pequeñas que Ciel. Quizá fueron los problemas de salud los que otorgaban a Sebastian una visión más frágil y enfermiza de los dos.

Una tímida sonrisa anidó el rostro de Sebastian Phantomhive cuando por fin tomó el valor de mirar a los cándidos ojos de Sarah.

†††††††

La cena acabó tan agradable como comenzó. Los rumores que hacían de los Phantomhive buenos anfitriones era del todo cierta, o eso afirmó Sarah en la forma tan grata con que la habían tratado. Cuando se hubo terminado de cenar, los condes y sus dos hijos la invitaron a pasar un rato en el salón familiar, donde dos alargados sillones se reunían en torno a una chimenea encendida. Cerca había un piano de cola de la célebre marca Érard. Sarah estaría con ellos hasta que el mayordomo les anunciara la llegada del calesín que la llevaría de nuevo a Londres. No sería hasta el lunes de la siguiente semana cuando comenzaría a impartir clase a los gemelos; los condes y ella habían acordado dejar el viernes y el fin de semana libres en motivo de que el sábado se celebraría el cumpleaños de los niños y debían ultimar los preparativos. Sarah no puso reparo en ello y aceptó la decisión tomada.

La música. Sarah levantó la mirada, sorprendida. Por lo general, ella estaba acostumbrada a las execrables melodías del órgano de las iglesias durante las liturgias de los domingos, pero no a la sutil armonía musical que transmitía un piano. El conde Phantomhive se encontraba sentado en la banqueta y tocaba con la maestría de un músico profesional. Su copa de vino descansaba sobre el piano. Los dedos del conde se deslizaban por las teclas del piano como golondrinas por encima de un estanque en verano. Unas notas cristalinas, suntuosas, acariciaban los oídos de Sarah. Era una melodía apacible, un adagio que no alcanzaba el matiz decadente.

En Vincent Phantomhive, tras el velo de sus estudiados buenos modales, Sarah pudo dilucidar un indudable estado de inquietud.

No poco después los dos pequeños se unieron a su progenitor, cada uno sentado sobre una de sus rodillas. Los niños, dirigidos por su padre, tocaron una pequeña pieza suave y agradable como las últimas noches del verano. Sarah la reconoció tras un par de compases, Liebesträume nr. 3Sueño de amor— de Liszt. La escena era de lo más entrañable; el conde Phantomhive tocando el piano con sus dos hijos, dos copias en miniatura de sí mismo. Incluso los niños, pese a su falta de instrucción musical, podían tocar aquella sencilla melodía al piano haciendo uso de una sola mano. Mientras que los gemelos realizaban la melodía en dos alturas diferentes, uno en tono grave y otro en tono agudo, Vincent se dedicó a realizar la cadencia del acompañamiento, mucho más compleja y que requería de alta habilidad técnica, basada en arpegios. A veces el conde dejaba de tocar y les sugería cariñosamente a los niños cómo debían realizar una parte de la melodía o cómo marcarla ajustada al tempo. Mientras que Ciel respondía con una larga y enfática conversación, Sebastian se limitaba a asentir y aplicar lo aprendido sin mediar palabra.

Tras varios intentos, los niños comenzaron a cantar —Ciel en voz alta y Sebastian apenas audible— la letra de la pieza en un dudoso y poco acentuado alemán.

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O lieb so lang du lieben kannst! / ¡Oh, ama, ama mientras puedas!

O lieb, so lang du lieben magst! / ¡Oh, ama, ama mientras desees amar!

Die Stunde kommt, die Stunde kommt, / ¡Llegará la hora, llegará la hora,

wo du an Gräbern stehst und klagst! / en la que sobre las tumbas te lamentarás!

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Finalmente, tras repetir varias veces y equivocarse tocando un mismo compás, Ciel optó por rendirse y dejar que su hermano y su padre tocasen juntos. Sarah observó al niño unirse dando saltitos junto Rachel y ella misma en los sillones próximos a la chimenea, pero en vez de ocupar asiento en los sillones, se sentó sobre la alfombra, junto al enorme perro. Jugando con el animal y sus juguetes, el pequeño lord no prestó atención a la conversación que mantenían ellas mientras bebían escuetos tragos de un excelente Chatêu Lafite previamente escanciado en sus copas por el mayordomo.

—Como ve, señorita Wright, mis hijos son tan diferentes como lo son la noche y el día. —La condesa Phantomhive, sentada a su lado, hablaba en un acento inglés suave y agradable—. Sebastian es tranquilo y tiene dotes para el estudio. Ciel, en cambio, es travieso y acostumbra a tratar con personas adultas. A veces dice palabras muy rimbombantes o rebuscadas que lee en libros o ha oído decir. Pero, como a todos los niños, le gusta mucho jugar.

—¿Quiere decir que Sebastian es quien despunta una mayor madurez de sus dos hijos?

—Ciertamente no es el caso —le respondió Rachel—. Creo que Sebastian es muy listo, pero también es muy inseguro; depende de Ciel, de su padre o de mí a la hora de actuar o tomar cualquier decisión. Aunque parezca lo contrario, es Ciel quien cuenta con una mayor madurez; él es independiente y actúa siempre con libertad.

—A mi juicio está que los dos se complementan muy bien. Aunque... —dudó Sarah, de pronto—. Aunque no descartaría que el asma haya incidido en la personalidad de Sebastian. Los niños con enfermedades crónicas tienden a adoptar ciertas singularidades en los rasgos de su personalidad.

—Yo también opino de igual forma, señorita Wright.

Hubo un corto silencio, durante el cual Ciel alzó sus ojos para mirar a Sarah muy atentamente, y Sarah, sin ninguna duda, comenzó a estudiar a Ciel. La condesa siguió permaneciendo en silencio mientras que su marido y su hijo menor seguían entretenidos tocando el piano unos metros más allá. Fue el propio Ciel quien la sacó del apuro tras aquel embarazoso silencio.

—He escuchado que es americana —le dijo el pequeño—. ¿En América hay condes?

—Sí, por supuesto —respondió Sarah.

—¡Oh!, no lo sabía. Pensé que solo habría precedentes.

—Dirás presidentes, querido mío —rectificó Rachel, cariñosamente.

—Sí, sí, eso mismo; presidentes. —Ciel tenía aquel par de hermosos ojos azules abiertos del todo, en el que mostraba su interés—. Y puesto que voy a convertirme en un conde, imagino que sabe lo que es, ¿cierto?

—Según tengo entendido se otorga el título de conde a alguien que ha hecho algo bueno por su soberano, o bien ha realizado un acto heroico —explicó Sarah Wright.

—Bien, pues —se alegró Ciel—, ¿cabría la posibilidad de que pueda dedicarme a la medicina? Los médicos no solo hacen un bien al soberano sino a la sociedad y realizan el acto heroico de salvar infinidad de vidas.

En este punto el conde Phantomhive dejó de tocar y volteó el rostro para escuchar a su primogénito. Sebastian, en cambio, seguía a lo suyo tocando el piano en un intento por memorizar la melodía.

Sarah se quedó un poco desconcertada, mientras contemplaba el rostro serio e inocente del pequeño lord.

—Supongo que... —Sarah balbuceó sin saber bien qué responderle. Nunca pensó escuchar en boca de un conde su deseo por convertirse en médico—. Supongo que bien podría ser. Pero ¿a qué se debe ese interés por querer serlo?

—Me gustaría ser médico para sanar a las personas que lo necesiten —explicó Ciel—, como hace tía Ann.

¿Tía Ann?, ¿se referiría a lady Barnett, aunque también conocida por el título de Madame Red, la hermana de la condesa Phantomhive? Había escuchado que se dedicaba a la medicina. Seguramente el pequeño se estaba refiriendo a ella.

—¿De veras?

—¡Sí! Tía Ann es médico, ¿sabe usted? —señaló Ciel, orgulloso—. Ha sanado a muchos pacientes del Royal London Hospital. Mamá dice que es la mejor médico que puede haber en toda Inglaterra. Eso me gustaría a mí, ser conde y médico a la vez.

Minutos más tarde el calesín había llegado a recoger a Sarah Wright. Cuando se despidió de los condes y los gemelos, el cochero cerró su puerta. Pasada la media hora y estando a mitad de camino rumbo a Londres, Sarah se acomodó mejor en su asiento, tomando una posición más agradable para su espalda, y rodeó con su mano derecha el crucifijo que colgaba del rosario que llevaba en torno a su cuello.

Desprevenida, sintió cómo un ramalazo de calor tan fuerte le sobrevino en la mano con la que empuñaba la cruz. Soltó la cruz con suma violencia, la piel de la palma de su mano se había quedado prácticamente adherida a la cruz, dejándola en carne viva. Sarah quedó paralizada tras proferir un primer grito de horror que viajó como un rayo en medio de aquella nevada noche.

El cochero hizo frenar el paso de los caballos y corrió a abrir la puerta del calesín en un intento por socorrer a la novicia.

Dentro la halló con el brazo extendido hacia delante, observando histérica su mano derecha. El cochero haciendo lo mismo, contempló el motivo de interés que tenía ella en dicha mano.

Marcada a fuego en su mano, como quien imprime un sello en cera caliente, tenía la marca de la cruz cristiana, de la cual brotaba espesos chorros de sangre.

Lo que no sabía el cochero y que ni siquiera la propia Sarah sabía era que esa había sido la mano con que ella había acariciado el imponente perro de los Phantomhive. Estaba sufriendo los primeros síntomas de posesión demoníaca.

Un demonio la reclamaba.

De entre la cortina de copos nevados y las tenebrosas siluetas de los árboles un ser aguardaba desde una rama.

—Sarah... —pronunció con fervor como quien evoca una plegaria, en un marcado acento hebreo.

El ser oscuro bajó del árbol de un ágil salto; el hielo se derritió hasta evaporarse bajo sus pies. De sus ojos felinos teñidos en un vibrante tono rojizo emergieron varias lágrimas. Con las garras temblorosas, se limpió las lágrimas según esbozaba una sonrisa delirante. El dolor seguía vivo dentro de él a pesar del devenir de los siglos. Este dolor como un castigo lo acompañaría hasta el final, él lo sabía perfectamente.

—Sarah...

Luego, caminó a paso lento en dirección al calesín situado a un puñado de metros. Los aullidos de dolor proferidos por la joven novicia se hacían más y más perceptibles según se aproximaba.

Se relamió los labios al tiempo que dibujaba una remarcada sonrisa; su boca se extendió y sus afilados colmillos quedaron visibles.

Aquella noche comería bastante bien.

†††† † ††††


Saludos. Como siempre, perdonad el enorme espacio de tiempo que me tomo para subir los capítulos de este fic. Decir simplemente que he tenido unos meses moviditos. Después de este capítulo espero haber sacado de la mente a algunos de vosotros una pregunta:

¿No es extraño que en un manga donde aparecen una infinidad de personajes y seres, solo Yana Toboso se limite a presentarnos a un único demonio?

Es extraño, al menos para mí, el hecho de ver la representación demoníaca en únicamente la imagen de Sebastian. No sé qué hará Yana al respecto, pero tengo la vaga idea de que pronto nos presentará a otro demonio en el manga. Un demonio, claro está, mucho más poderoso que nuestro Sebas. Y si rizamos el rizo, uno que va a reclamar el alma de "Ciel" por derechos de contrato anteriores a los de Sebastian. Pienso, además, que es raro el mutismo con que se nos representa el personaje de Undertaker. Creo que la presencia de un demonio ha hecho que Undertaker no pudiera implicarse de manera más implícita en la vida de los Phantomhive. Todos estos son suposiciones, así que el fic se separará a partir de aquí del canon de la historia porque, claro está, no soy adivina y he tenido que ir improvisando e hilvanando todas esas teorías en un intento de encontrarles una explicación.

¿Por qué he escogido al demonio Asmodeus? En primer lugar, porque aparte de ser uno de los demonios más importantes citados en fuentes escritas, es el demonio que, como he contado en el capítulo, entrega anillos a sus contratistas (los que lo invocan), un tema que se reitera en la mayoría de los libros que he consultado. También me pareció acertadísimo al ser un demonio de carácter vengativo, pero que cuenta también con una historia propia, a diferencia de otros demonios. Una romántica, nada más y nada menos. Para ello, he tenido que echar mano de un OC, un personaje inventado.

En definitiva, espero que el resultado haya sido el adecuado. Ah, y disculpad si encontráis algún fallo. Intentaré revisarlo un par de veces más; por si alguien no lo sabe, el español no es mi idioma materno, y aún me cuesta un mundo tener un capítulo que esté corregido al cien por cien.

Cualquier comentario será bienvenido^^. Un cordial saludo y, como siempre, gracias por leer.

Silenciosa.

Jueves, 21 de mayo de 2015.