N/A: ¡Lamento MUCHÍSIMO la tardanza! No suelo poner notas de autor, pero por primera vez creo que es algo imperativo. Tuve un problema de inspiración debido al estrés y depresión que me impidió seguir con lo que era la historia, a pesar de estar toda estructurada. Desde la idea original, uno de los personajes ha cambiado mucho en estructura, pero gracias a dios las ganas de continuar han vuelto a mi.

Este capítulo continua con la incorporación de Minerva. Como dije, el arco será un poco lento, a pesar de que en un par de capítulos ya estaremos interactuando directamente en la historia canon.

De antemano, decir que solo se tocarán aquellos arcos que han sido cambiados ligeramente debido a la incorporación de los OC y recordar que esto es un AU. No tendremos nada de historia sin saltos hasta que lleguemos más o menos hasta Shabondy. Sí, se que quedan muchos arcos hasta ello, pero por favor, tened paciencia. No puedo poner a personajes OC sin haberlos presentado bien si quiero que esta historia tenga pies y cabeza.

¡Muchas gracias también a esos 4 suscriptores! Sois un amor.

Disclaimer: No poseo nada del universo de One Piece, más allá de todo lo que no corresponda al manga/anime original. Todo lo demás, es de Eiichiro Oda.


Arco primero: la vidente de Arabasta

I. Inestable

Cinco días habían pasado desde la llegada de la arqueóloga al pueblo de Aljoh y la reunión forzada con la vidente. A pesar de los reparos iniciales, Minerva terminó cediendo a su curiosidad y permitió a Robin penetrar en su tapiada burbuja de aislamiento, aunque no sin el mismo recelo inicial con el que solía juzgar sus intenciones. Parecía que la mención de Goverth, conocida deidad para todo aquel que se dedicase al tarot o la adivinación según había investigado la pelinegra, había sido el catalizador para romper las defensas de la chica.

Cada mañana, Minerva despertaba y ayudaba a Riela con la apertura de la escuela, a la cual Robin decidió unirse para favorecer la incipiente tolerancia que parecía formarse entre ambas jóvenes. Las clases empezaban a una hora temprana, con los muchachos de mayor edad a quienes prácticamente enseñaban política y cultura general sobre el Grand Line ─conocimiento que llegaba a través del pequeño puerto del pueblo gracias a los viajeros─.

Empezando por los más grandes y terminando con los pequeños niños de siete años, la mañana quedaba completa tras ir ambas al mercado a comprar víveres que pudieran haberse acabado con la nueva incorporación en el hogar. Luego de ello, se reunían con Riela en casa de la susodicha y preparaban la comida que, después, llevarían a la plaza para ahí ser devorada. En la plaza, varios niños e incluso adultos se reunían todos los días ─sin falta alguna─ a esa hora con sus propias cajas de comida. Allí, ambas mujeres contaban las historias y cuentos que recordaban, muchas veces siendo repeticiones o invenciones improvisadas de aquellos que ya habían contado anteriormente. A veces podían contar nuevos, aquellos que los viajeros traían consigo y explicaban a los cuatro vientos en las mismas tabernas donde bebían y reían, e irse a la mar al día siguiente. Riela solía llevarla a dichos antros por la tarde, intentando expandir los horizontes de la muchacha que se resistía a acompañarla. Sin embargo, ella la conocía mejor: Minerva era una chica temerosa, pero ávida de conocimiento y una curiosidad enfermiza que Robin había logrado sacar a la luz con solo unas pocas palabras que penetraron los muros de la joven. Era un tenue augurio de la chica que podría haber sido de no ser por la tragedia de Jahil y el miedo que la encerraba.

En esos cinco días, Robin había sido partícipe de pequeñas clases mutuas entre ambas una vez el sol empezaba a ponerse por las dunas. Para romper el hielo, la arqueóloga empezaba contando sobre su conocimiento de los Poneglyphs y su importancia en la historia, ya que contenían la auténtica cronología de todo (incluidos los 100 años en blanco). Con ello, la pirata había notado como los retozos de información que dejaba a disposición de la muchacha -ni muy precisa ni tampoco ambigua- despertaban a la joven ávida de conocimiento. Rara era la vez donde no terminaba siendo interrogada por la muchacha, sorprendiéndose así por la misma disposición que esta mostraba a abrirse siempre y cuando fuera con una excusa; en ese caso, las lecciones.

Minerva, por contra-parte, le ayudaba en todo lo referente a vacíos en la historia e información sobre su condición; lo poco que conocía, gracias a lo que ella recordaba haber escuchado de su padre, era de gran interés para Robin pero infructuoso en cuanto a un efecto directo en sus visiones. No eran más que costumbres de algo que se asemejaba a una religión, pensaba ella. Nada que pudiera ser de gran utilidad, puesto que sólo rellenaba lagunas de conocimiento sobre Groverth y su culto.

En definitiva, habían instalado una rutina y las visiones de la muchacha seguían, si más no, igual de inútiles para su búsqueda. Minerva temía que, al ser de poco provecho cada una de sus reuniones estas terminasen por detenerse. En definitiva: temía que de nuevo, su círculo se redujera a Riela, los niños y las pocas personas con las que se relacionaba. Robin había traído nuevo conocimiento ─conocimiento histórico que adoraba─, y lo último que deseaba es que por su ignorancia sobre las costumbres de los videntes, perdiese el interés en ella y finalmente desapareciera.

─ "Cuesta retomar una rutina cuando ya te has adaptado a otra..." ─era el pensamiento más común de Minerva cuando reflexionaba sobre su situación, dándose cuenta de que era menos flexible a los cambios si estos venían por si solos.

Prefería obligarse a adaptarse cuando no tenía más remedio, que por algo que ella misma había permitido que sucediera con sus acciones─. "¿Eso sería ser irresponsable'? Siempre me catalogué de reflexiva y responsable, pero ya no estoy tan segura de serlo".

Soltó un suspiro, apretando su túnica con las manos intentando contener la frustración e impotencia para mostrarse exteriormente imperturbable, como si no le aquejaran las dudas que siempre la asaltaban cuando Robin acortaba sus reuniones debido a 'imprevistos que debía solucionar'. En su fuero interno, empezaba a creer fervientemente que acortaba los encuentros ya que no sacaba nada de provecho; excusas educadas.

Aquel día el encuentro se había reducido a unos escasos quince minutos, avisando de antemano que solo 'estaría de paso' para comentarle una de las últimas cosas que había descubierto en las ruinas de la última isla que Robin exploró ─no recordaba el nombre debido a la poca importancia del mismo al estar desierta actualmente─. Pasado ese tiempo, se había despedido e ido a toda prisa.

Riela había despachado toda incertidumbre con un ademán desdeñoso; aludía que Robin, al ser una subordinada de Crocodile, tendría mucho trabajo ante los rumores de varios piratas atracando en las costas de Nanohana. Nadie sabía el nombre exacto de la tripulación, pero parecía que empezaban a surgir varios altercados en distintos pueblos que captaban un poco la atención de Aljoh. Sin embargo, no era lo suficientemente impactante como el hecho consolidado de que los rebeldes iban a hacer ya su movimiento. Varios jóvenes de la resistencia habían salido aquella misma mañana hacia Nanohana tras la noticia del asalto de varias tropas a nombre del rey traidor. Aquello había supuesto no solo un insulto, sino un catalizador para todos aquellos aún renuentes de tomar armas en el asunto. Según se rumoreaba, era muy posible que antes de acabar la semana la batalla contra el Rey Cobra se llevara a cabo.

"Si eso es cierto, Crocodile tendrá que ayudar a los rebeldes para que tengan éxito" ─reflexionó de nuevo Minerva, dejando la bolsa que había llevado a la escuela sobre la mesa del estrecho comedor maltrecho. Una vez hecho, tanteó con ambas manos la mesa hasta que notó el contorno de la jarra cerámica donde Riela tenía siempre el agua. Con una pequeña sonrisa de triunfo, buscó el vaso esta vez solo con una de sus manos y logró echarse agua. Conseguir aquellas pequeñas cosas mundanas conseguían hacerla sentir mejor, más útil para sí misma a expensas de lo limitada que quedaba su vida debido a la falta de visión.

Se sentó en la silla con aire pensativo con el vaso entre las manos, ausente debido a las cavilaciones y preocupaciones que parecían abstraerla cada vez más de la realidad. Realmente la falta de presencia de Robin había hecho mella en ella, más incluso de lo que estaba dispuesta a admitirse a sí misma─. "Después de todo, él es nuestro héroe y el rey ya no merece estar más en el puesto. Seguro que Robin debe estar con él ayudándole, como segunda al mando... Sí, debe ser eso. No debo darle más vueltas al asunto."

Los ojos vacíos de Minerva se deslizaron por la habitación, más por costumbre que por realmente serle de utilidad. Era en momentos como aquel cuando su audición privilegiada no llegaba a suplir el vacío que sentía al no captar nada del mundo; solo un vacío, como el que sentía desde la partida de la arqueóloga. Tal vez había sido una mala idea permitirse sentir de nuevo hacia un extraño.

Sus manos apretaron demasiado fuerte la cerámica del vaso que seguía manteniendo agarrado, hasta el punto de romperlo. Los bordes del mismo rasgaron la delicada piel de sus manos, haciéndola sangrar. Otro suspiro escapó de sus labios, levantándose para ir a por las vendas que deberían estar por algún lado del pequeño comedor.

Solo esperaba que ese 'tal vez' fuese erróneo.


El mercado estaba prácticamente desierto. Nadie salvo algunos mercaderes que habían desembarcado ese día en el puerto de Aljoh y aquellos que necesitaban reponer la alacena de sus casas pululaban las calles. En su mayoría, algunos ancianos y mujeres entradas en edad. No había ni un niño, ni tampoco hombres que no rondasen la etapa sexagenaria. Riela no se extrañó.

─ "A fin de cuentas, todos están ya partiendo hacia Alubarna" ─negó un par de veces con la cabeza, sin darse cuenta de la mueca contrariada que surcaba su rostro mientras cargaba con las verduras que había conseguido sin mucho regateo─. "Malditos bribones, a este paso Arabasta estallará en llamas y no quedará nadie vivo."

Sin embargo, no era algo que pudiese estar diciendo en voz alta. Pocos seguían siendo leales al rey Cobra tras las eventualidades con el polvo de lluvia y las guerrillas, pero aquellos ancianos que habían sido testigos de la bondad del rey anteriormente eran los únicos que mantenían la carta blanca al respecto.

─ Los jóvenes siguen teniendo la sangre caliente, por no decir que son un atajo de descerebrados imprudentes. ─masculló por lo bajo sin borrar la molestia de su rostro, dejando la vía principal del pueblo al girar a mano izquierda, por una calle mucho más angosta. Pocos pasos más allá dio con su casa, y sin mucha delicadeza pero más fuerza de la que se esperaría en un anciano, abrió de un manotazo.

Minerva, quien no se había movido de la silla, alejada de la entrada, saltó de la impresión ante la agresividad que la anciana había usado. No se lo esperaba, y desde luego, su espanto era visible en su rostro, el cual era un poema. A la anciana no pudo importarle menos el haberla asustado y, sin importarle el crujido alarmante que provocó el impacto de la puerta contra la pared ("Ahí van unas bisagras más que reponer." ─pensó molesta Minerva), dejó la bolsa de verduras encima del recibidor─. ¡Minerva, deja esa cara de alma en pena y coge tu capa! ¡Nos vamos a la taberna!

─ ¿A-Ahora? Pero abuela, yo... no creo que sea prudente dejar la casa con todo lo que está ocurriendo últimamente. ─musitó Minerva, contrayendo de manera intermitente sus manos en puños para controlar la ansiedad. Lo último que deseaba era salir al exterior─. Deberíamos...

─ No era una sugerencia. ─cortó fríamente la anciana, yendo hasta la morena y tomándola de las muñecas para asirla y, además, obligarla a levantarse. Minerva a veces no comprendía como podía tener tanta fuerza si no se dedicaba a ningún trabajo forzoso. Una vez de pie y logrando mantener el equilibrio, la morena abrió la boca para replicar. Fue acallada fácilmente con una rápida palmada en la mano de parte de Riela, quien la miraba con los ojos entrecerrados. Una advertencia clara que no hacía falta ver para captar el significado─. Estoy harta de tu actitud victimista y de tu predisposición al encierro. Si hace falta, te voy a sacar a rastras.

Minerva no dijo palabra alguna, a pesar de que la rabia empezaba a emerger en su interior como agua hirviendo. Logró no espetarle nada de malos modos canalizando esa rabia al ceñir ambas manos en puños, clavándose las uñas en ambas palmas como recordatorio para mantener la compostura. Su cabello tapaba sus ojos, aunque era claro para Riela que la muchacha no estaba muy contenta con su decisión de sacarla a rastras.

No podía importarle menos, la verdad. Iba a sacarla de aquel auto-impuesto encierro a la fuerza si hacía falta. Demasiada actitud egoísta e infantil había soportado durante sus once años de cuidados como para retroceder de nuevo a ese punto.

─ ¿Y quién ha tenido la culpa de que sucediera? ─el susurro de la voz de Minerva atrajo la atención de la anciana, arqueando las cejas por inercia al cuestionar sus palabras. La más joven parecía hasta temblar mientras trataba de hablar lo más calmada posible, aunque sus esfuerzos para disimular el enojo eran bastante precarios─. ¿Quién la trajo y me obligó a conocerla?

Los labios de Riela se contrajeron en una mueca, contrariada─. Nadie te obligó, chiquilla ─atajó la anciana, negando con la cabeza. Dio la espalda a la joven, dirigiéndose a la salida sin esperarla. Antes de cruzar la puerta, volteó hacia ella a pesar de que esta no pudiese verla. Era mejor así; la mirada lastimera que era incapaz de ocultar no hubiese hecho más que agasajar la auto-compasión de la invidente─. Nadie te forzó a ir y aprender de ella, ni a hacerte su amiga. Yo solo te di el empujón que necesitabas para dejar de huir.

Tras esas palabras, Riela cruzó sin más, adelantándose ella sola por la angosta callejuela mientras Minerva permanecía turbada en casa, sin palabras.


Decir que la satisfacción de Riela era grande sería un sutil eufemismo. Cualquiera de las personas que se encontraban en la taberna podía notar como la anciana rebosaba regocijo por cada poro de su piel. De ser posible, estaban seguros de que un aura rodearía a la mujer.

Todo lo contrario pensaba la gente sobre la otra mujer, quien entraba rezagada y ligeramente encorvada. Si tuviesen que describirla de alguna manera, desde luego sería como alguien que lo último que deseaba es estar en aquel lugar. Seguía a la anciana con pequeños pasos apresurados, mirando en todo momento a su alrededor con ansiedad a pesar de las obvias cataratas en sus ojos. Para no perder el equilibrio, mantenía en todo momento una mano sobre el hombro de la pequeña anciana robusta. Rápidamente la atención de los individuos pasó a otros lugares más interesantes, como las bebidas o sus compañeros. Riela se percató con una rápida panorámica que, a parte de la tendera, eran las únicas mujeres en el local. Aquello no era raro, dado que Aljoh nunca había sido conocido por dejar atrás la cultura tradicionalista. Normalmente ellas solían ser las únicas que frecuentaban la atestada taberna plagada de mercantes y hombres entrados en años.

─ Vaya, este sitio sí que está lleno de vida ─comentó ufana la anciana, sin borrar la media sonrisa aún. Minerva por el contrario se apegó a la pequeña figura, aunque al darse cuenta de su absurda conducta al encontrarse en un lugar público al que solía ir prácticamente dos o tres veces por semana.

─ E-Es extraño que esto esté tan lleno y las calles no ─musitó Minerva, de tal manera que solo la anciana fue capaz de escucharla.

─ ¡Tonterías! ─desairó esta con un despectivo gesto con la mano, directa hacia la barra. Era el único lugar con algo de espacio disponible en medio de aquel gentío─. Este siempre ha sido un punto de descanso para los mercaderes. Además, con todo lo que está pasando, es normal que no haya ni un alma por las calles. La gente suele ser más precavida en estos casos.

─ "No soy una idiota, sé que con la inminente guerra la gente ha partido para unirse a los rebeldes" ─estuvo tentada a espetarle en la cara, pero conocía las tendencias políticas de la anciana al respecto y prefirió dejarlo dentro de su cabeza, evitando conflictos.

Era uno de los pocos aspectos (más allá de su carácter solitario y tendencias al encierro) donde divergían absolutamente: Riela creía firmemente en la inocencia del rey. Ella, por otra parte, prefería pensar que Crocodile tenía razón. Después de todo, Robin no podía estar apoyando a los rebeldes sin razones...

─ "Ahí va otra vez. ¡Deja de pensar en ello, Minra! ¡Ella no volverá!" ─se reprendió a sí misma, mordiéndose la mejilla inferior a modo de 'castigo' auto-infringido.

En silencio, dejó que la anciana tuviese la última palabra y la soltó, permitiéndole así adelantarse hasta tomar asiento en la barra. Ella había reducido el paso, dejando que sus oídos captasen el rumor de las numerosas conversaciones. Algo no estaba bien. Tenía un mal presentimiento, y venía desde antes de llegar a la posada/taberna. Chasqueando la lengua, prestó atención para ver si los ecos verificaban que no hubiese nadie delante de ella con quien chocar. Con el camino hasta la anciana medianamente permisible para una invidente como ella, dio un par de pasos antes de que una oleada de náuseas la sacudiera, mareándose y perdiendo el equilibrio mientras de golpe perdía el foco de la realidad.

❝ ─ ¿¡Dónde está la vidente que se esconde en este pueblo!? la voz desconocida rompió en la oscuridad. Una sensación de terror la embargó, queriendo solo encogerse y desaparecer, huir a ser posible. Pero algo la retenía, enviándole punzadas de dolor a su cabeza. ¡Habla, perra!

Los quejidos de la invidente fueron escuchados, al igual que los sollozos. ¡N-No hay ninguna, os equivocáis de pueblo!

¡Soltadla, brutos! ¿No veis que es solo una pobre muchacha? ¡Le hacéis daño! la voz de Riela interrumpió a voz en grito, con adyacente horror en su tono además del notorio miedo en él. ¿¡Quién demonios os creéis que sois tratando así a mi niña!?

¡Silencio, vieja! un golpe resonó en la oscuridad, seguido de un ruido sordo, acallando así totalmente las réplicas de la mujer. Los sollozos de Minerva seguían oyéndose.

Esperad. una nueva voz habló, instaurando así un silencio sepulcral que acalló la turbación de todo el mundo, incluso los quejidos de Riela. Mirad sus ojos: no es más que una ciega.

Bah, entonces no nos es útil. Aunque es bonita, tal vez sirva para otras cosas... las risas generales inundaron de nuevo la oscuridad, causando aún más sensación de malestar en el cuerpo de la vidente, muerta de miedo. Algo estaba mal con lo que decían. Realmente mal.

Las carcajadas del primer hombre que había irrumpido en la oscuridad resaltaron más que las demás, captando la atención de Minerva aun por encima de la sensación de terror. ¡Qué va a servir! No puede ver nada, así que no sería mejor que una niña inexperta. ¿Te van las mojigatas virginales?

... ¡S-Socorro!

La consciencia de Minerva dejó aquel vacío de terror y horror, volviendo poco a poco a la realidad. Las voces de las personas en la taberna inundaron sus oídos lentamente, y con torpeza logró dejar de tambalearse. Riela la observó extrañada, puesto que a sus ojos parecía que la muchacha se había mareado por unos instantes.

Minerva, no obstante, tenía la mano en su frente para taparse su expresión jadeante. Tenía los ojos abiertos más de la cuenta, y aunque las cataratas impedían observar su pupila, la anciana había podido por un instante captar el brillo del shock en su rutinaria mirada perdida.

─ "¿Qué... qué demonios ha sido eso?" ─fue lo primero que se le pasó a la morena por la cabeza, una vez se recobró de la impresión. Tenía aún las secuelas de aquella visión: respiración jadeante y el pulso disparado, producto del terror que había llegado a sentir─. "Esto ha sido muy diferente de lo que suele pasar..."

Riela había dejado la barra bajo la atenta mirada del dueño de la taberna y aquellos que moraban cerca de ella, frunciendo el ceño con preocupación. Conocía esa reacción de la pequeña, y no la había visto desde el incidente con la Marina, o día en que la empezó a hacer salir de casa después de sobrevivir al altercado, diez años atrás. Minerva parecía ajena a sus pisadas y a todo a su alrededor, tratando de identificar aún la procedencia y la naturaleza de su visión. Sintió una súbita presión en su hombro, asustándose de tal manera que dejo escapar un ahogado grito de terror. La anciana, a pesar de estar sorprendida, esperaba una reacción así. Dejó ir su hombro, dejándola apartarse de ella. El corazón de la anciana se contrajo al ver la cara terror que esta le dirigía.

─ Niña, tranquila, ¿estás bie-...? -un potente golpazo de las puertas siendo golpeadas resonó por la taberna, acallando todo el gentío de la taberna.

─ ¡Son la banda de Baroque Works! ¡Corred!

Varios chillidos incoherentes que nadie era capaz de identificar resonaron; venían de fuera y parecían una multitud. Algo que no cuadraba, puesto según recordaban, estaba prácticamente desierto. Los pocos aventureros que habían salido a la calle se encontraban en su mayoría en aquella taberna.

Y los gritos no auguraban nada bueno. El corazón de Minerva se contrajo por la ansiedad. Su mal presentimiento la tenía al borde de los nervios, a punto de romperse en cualquier momento.

─ ¡Dejad a esos inútiles! ¡Falta esto por registrar! ─una voz áspera se oyó clara entre los chillidos. El cuerpo de Minerva se tensó de golpe, algo que pasó desapercibido por todo el mundo (incluida Riela, demasiado ocupada tratando de averiguar que estaba pasando). Los pasos se internaron en la taberna; eran varias personas, podía asegurar la invidente. Pero esa voz...

─ ¡Eh, tú, mujer! ─la misma voz áspera se escuchó dolorosamente cerca de la ciega. Esta se quedó sin respiración cuando sintió un tirón en su cabello, obligándola a levantarse más de lo que su altura le permitía. Soltó un grito de dolor ante la rudeza del hombre─. ¿¡Dónde está la vidente que se esconde en este pueblo!?

A pesar del dolor, pareció que un cubo de agua helada cayó sobre Minerva.

─ "N-No... no puede ser..." ─la línea de pensamiento que estaba teniendo era una mezcla de emociones: miedo y horror por la revelación, congoja por lo que empezaba a sospechar que se cumpliría.

Ante la falta de respuesta, el hombre la zarandeó y apretó su agarre─. ¡Habla, perra! ─esto la sacó de sus cavilaciones con un siseo de dolor, notando que empezaba a llorar.

─ ¡A-Aquí no hay ninguna, os equivocáis de lugar! ─no eran las palabras exactas que había escuchado en su visión, pero tenía la pequeña esperanza de que tal vez así la soltasen y esta variara. Esperaba con todo su corazón que así fuera.

─ ¡No mientas, zorra! ─sus sollozos fueron más fuertes cuando notó que este le daba una bofetada. Primer cambio, aunque no favorable. Su situación no pintaba nada bien.

─ ¡Soltadla, brutos! ─su corazón se contrajo dolorosamente al escuchar la voz de Riela cargada del mismo horror que en su visión; era en esos momentos cuando apreciaba no poder ver, pues la expresión de la anciana seguramente sería algo que la reconcomería en un futuro más que su intento de imponerse sobre los criminales─. ¿¡Quién demonios os creéis que sois tratando así a mi niña!?

─ ¡Silencio, vieja! ─Minerva cerró sus ojos, rompiendo finalmente en llanto. No tenía que ver para saber lo que había ocurrido al oír el golpe y el ahogado grito de dolor de la anciana, seguido del ruido sordo que Riela había hecho al caer, acallando así totalmente las réplicas de la mujer. El criminal la había golpeado en el estómago seguramente, por los jadeos que escuchaba. Todo era por su culpa. La buscaban a ella, y la anciana estaba sufriendo las consecuencias por intentar defenderla sin descubrir su condición. Se mordió el labio con tanta fuerza que lo hizo sangrar, pero intentado acallarse a si misma. De nada serviría llorar, aunque estaba aterrorizada.

─ Esperad. ─una nueva voz habló, mucho más ronca, instaurando así un silencio sepulcral que acalló la turbación de todo el mundo, incluso los quejidos de Riela. Sintió un apretón brusco en su mentón, obligándole a girar la cara en otro ángulo─. Mirad sus ojos: no es más que una ciega.

─ Bah, entonces no nos es útil. Aunque es bonita, tal vez sirva para otras cosas... ─las risas generales que ya había oído en su cabeza anteriormente le erizaron la piel, causando aún más sensación de malestar. Las mismas connotaciones. Lo mismo que había sucedido en su cabeza.

La sospecha ya no era más que una cruel realidad.

Las carcajadas del hombre que la tenía sujeta sonaron estridentes, fuera de tono. Una sensación de náusea recorrió el estómago de Minerva, frenando los sollozos a pesar de que el miedo la paralizaba. Aquello no podía estar ocurriendo─. ¡Qué mierda va a servir! No puede ver nada, así que no sería mejor que una niña inexperta. ¿Te van las mojigatas virginales, o qué?

Había que ser un estúpido para no darse cuenta de las intenciones de los piratas, y a pesar de que Minerva solo quería salir de allí corriendo, fue incapaz de que su voz saliese más allá de un hilo apenas audible─ ... S-Socorro.

A pesar de que la voz de la muchacha quedaba prácticamente ahogada por las risotadas de los demás criminales, aquel que la tenía retenida pareció haber captado algo salir de sus labios─. ¿Qué andas susurrando, pequeña perra? ¿Acaso te gustaría probar con Francis? ─una sucia sonrisa cruzó los labios del criminal, volteando hacia aquel que había hecho el comentario lascivo hacia la morena─. ¡Hey, Francis! ─Minerva se revolvió frenéticamente, en un intento de escapar ante la perspectiva que se cernía sobre ella. No sirvió de nada, avivando el llanto que había conseguido acallar anteriormente. El pirata tenía mucha más fuerza que ella, una profesora de escuela─. La mojigata parece que sí quiere tema, mira lo animada que está.

Un seguido de silbidos y comentarios soeces (además de lascivos) sofocaron la tensa atmósfera de la taberna. Minerva hiperventilaba mientras trataba de soltarse entre gritos de auxilio, siendo arrastrada por el criminal hacia el que suponía que era ese tal 'Francis'.

─ ¡NO, NO NO! ¡SOLTADME, POR FAVOR! ¡DEJADME EN PAZ! ─repetía una y otra vez, intentando en vano aludir a ni que fuese la lástima del hombre. Todas las personas tenían una parte piadosa... o eso quería creer, en ese momento de desesperación.

Nadie parecía dispuesto a ayudarla, ni siquiera escuchaba la voz de Riela entre la muchedumbre de Baroque Works. La realidad parecía aplastarla lentamente como si de un yunque se tratase.

Iba a ser violada por aquellos criminales. Y nadie iba a mover ni un dedo por ella.

Ni siquiera la anciana que la había estado cuidando todos esos años.

─ Es suficiente ─a pesar de todo el escándalo, la serena voz de una mujer fue oída. Toda la bulla se acalló, e incluso el criminal que la arrastraba se detuvo. El mundo de Minerva pareció ralentizarse, abriendo poco a poco aquellos blancos ojos que no podían ver en dirección hacia donde había escuchado aquella voz.

Aquella conocida voz.

─ V-Vice presidente... ─uno de los piratas pareció recuperar su voz, aunque no sin una nota de temor adyacente en su tono. Minerva sintió la mano que le sujetaba el cabello temblar y aflojarse un poco, aunque ella misma no se movió para liberarse. Seguía sin dar crédito a sus oídos.

En el marco de la puerta destrozada, la mujer esbozó una fría y calmada sonrisa, con los ojos clavados en el criminal que sostenía a la vidente. Ambas manos se cruzaron en frente de su pecho, sin borrar en ningún momento el gesto sosegado en su cara─. Clutch.

Chasquidos y gritos ahogados resonaron en el bar. La mano en el cabello de Minerva perdió toda fuerza, soltándola por completo. Varios cuerpos cayeron al suelo, inertes. El silencio cayó como una espesa capa en la posada.

Minerva seguía sin moverse, incapaz de que su cuerpo respondiera o dejase de temblar. Sin embargo, parecía que la capacidad del habla llegó finalmente a sus labios, aunque apenas fuese en un susurro.

─ Nico Robin...