Disclaimer: Todos los personajes que reconozcan, así como hechizos, lugares, apellidos, etcétera, le pertenecen a J. K. Rowling, esta historia sólo salió de mi cabeza.
Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"
Capítulo 2: Elastic Heart
"I've got thick skin and an elastic heart
But your blade it might be too sharp
I'm like a rubberband until you pull too hard"
Elastic Heart, Sia
No había esperado resultados tan pronto, pero en menos de una semana, Tracey Davis le había mandado una lechuza preguntando si lo podía pasar a ver al bar más tarde. Él le había dicho que sí y le había dicho que sobre las cinco, cuando la gente empezaba a llegar, estaría tranquilo. Dean se había dado cuenta de que estaba esperando a alguien mientras limpiaba la barra y servía algunas copas, porque Seamus volteaba cada poco hacia la puerta. Al final, apareció Tracey Davis, caminando, con una túnica vieja, pero limpia y cuidada, con ambos libros bajo un brazo y un bolso pequeñito bajo el otro. Como la había visto sentada, no la imaginaba tan bajita, cuando se acercó a la barra. Tenía el cabello castaño claro, lacio y desordenado, parecía que no se había peinado. No se fijó demasiado en sus rasgos pues Dean le dio un codazo y le guiñó un ojo antes de alejarse un poco. Desde que la antigua novia de Seamus había muerto ―Lavender Brown―, intentaba encajarle a cualquier chica que apareciera por la puerta del bar.
―Tracey ―saludó, mientras ella se sentaba en el banco al lado de él―. Me sorprendió encontrar una respuesta tan rápido.
―Bueno, esto es importante… ―repuso ella―. Muy importante.
Parecía seria. Puso los libros sobre la mesa. Seamus no esperaba que fueran gran cosa, por supuesto, si acaso algo que vender por unos galeones, porque Dean y él los habían revisado sin entender gran cosa, aunque había signos conocidos en uno de ellos. Sin embargo, que hubiera signos conocidos no los ayudaba a entender todo el texto de un tirón.
―Entonces vamos al grano… ―sugirió Seamus―. ¿Quieres algo de tomar? ―Tracey negó con la cabeza.
―Este… ―Tracey empujó el primer libro cerca de él―. Vale poco más de diez galeones. Es un libro de encantamientos antiguos común y corriente, sin nada especial, con el problema de que muy pocos los entenderán en esta época. Material de coleccionista, simplemente. Este… sin embargo ―hizo una pausa elocuente, mientras empujaba el otro, casi del mismo grosor y mucho más maltratado―, puede valer una fortuna, Seamus.
―¿En serio?
―¿Has oído del Códex de los Tuatha Dé Danann? ―preguntó ella, dejando caer la información como si hablara del clima.
Seamus se quedó mirando al libro, con los ojos muy abiertos. Que el supiera, llevaba perdido décadas. Era imposible que apareciera de la nada en su tienda, a menos de que la leyenda tuviera algo de cierta. Lo abrió, intentando comprender algo, pero pasó lo mismo que la última vez: algunos signos conocidos le devolvieron la mirada en mitad de un texto incomprensible. ¿Por qué había aparecido en su almancén?
―No puede ser… ―murmuró Seamus.
―No estamos del todo seguros, podría ser sólo una imitación demasiado buena… ―se apresuró a decir Tracey―, pero… casi todo coincide. Ese es el antiguo Códex Irlandés.
―No es el único.
―Sí el más conocido ―interrumpió ella―. Vale fortunas y yo que tú, no iría por la vida diciendo tenerlo. Más de uno, que conozca su verdadero valor, intentará robarlo.
Seamus seguía mirando el libro. El antiguo Códex de los Tuatha Dé Danann contenía todas las bases de la magia puramente irlandesa. Le gustaría poder entenderla, pero nunca había sido un experto. Sin embargo, era consciente de que, aunque en Inglaterra no le hicieran mucho caso a la magia Irlandesa ―ni a ninguna rama extranjera, en realidad―, aquello valía y valía mucho. Podía sacar una cámara de Gringotts llena de oro a cambio de venderlo. Pero conocía la leyenda.
―Hay una leyenda…
―¿Qué? ―inquirió Tracey, frunciendo un poco el ceño.
―Sobre el libro ―aclaró Seamus―. Hay una leyenda. ¿De verdad no quieres algo de tomar? Cortesía de la casa…
―Ponme nada más una cerveza de mantequilla ―pidió Tracey.
Seamus le hizo una barra a su amigo, Dean, que atendía la barra esa noche. Desde que lo habían abierto, el lugar había sido un éxito. Más adulto que las Tres Escobas, que siempre estaba lleno de estudiantes en vacaciones y en días de visita, pero mucho más juvenil que El Caldero Chorreante, lleno siempre de viejos. La música muggle de Dean ―casi siempre desconocida para todo el mundo― ayudaba a poner un poco de ambiente en el lugar.
―Ey, una cerveza de mantequilla para la señorita y un whisky de fuego para mi ―le dijo―. Ponlos en mi cuenta, ¿quieres?
Dean asintió y le sonrió. Se fue no sin antes guiñarle un ojo.
―Bueno, los Tuatha Dé Danann habitaron en Irlanda hace muchísimo tiempo, o eso dice la leyenda. Fue el quinto grupo en habitar Irlanda… ―contó Seamus―. El caso es que no quiero aburrirte con cosas de historia: había magos entre ellos y ellos escribieron esto, supuestamente. ―Puso dos dedos sobre el desgastado libro―. Al principio fue la base de toda la magia antigua irlandesa y aun hoy se le considera la base de toda magia pura irlandesa, pero, dice una leyenda, que, tantos reyes intentaron robarlo, tantos magos oscuros intentaron hacerse con su poder, que el libro, súbitamente desapareció.
Dean los interrumpió, poniéndole a Tracey de cerveza de mantequilla enfrente y a Seamus el whisky de fuego.
―No te tardes, que esta noche habrá mucha gente ―le pidió.
Seamus asintió, indicándole que iría a ayudarle en cuanto se desocupara, aunque realmente, la presencia de Tracey Davis en el lugar le hacía querer extender la conversación un poco más, porque la chica, a simple vista, le parecía inteligente y con los pies sobre la tierra. Pero esa era una impresión que no iba a corroborar si no platicaba un poco con ella.
―Entonces, el libro desapareció… ―Tracey lo animó a continuar, parecía interesada en el tema.
―Sí, sí, pero la leyenda no acaba allí ―le dijo Seamus―. O el mito. Ahora que lo pienso es un mito… ¿hay diferencias?
―Unas cuantas ―le respondió Tracey, sonriendo―. Los mitos explican cosas, en general, las leyendas tienen una base real. Y ya que tenemos el libro enfrente, me inclinaría a pensar que esta es una leyenda…
―Bueno, leyenda, entonces ―coincidió Seamus―. El caso es que desapareció. Miles de aventureros salieron en su busca, muchos reyes prometieron recompensas para aquellos que lo encontraran y muchos intentaron hacer replicas incompletas, de memoria. Pero nada funcionaba. Nunca se averiguo el paradero del libro. Se dice que el libro desapareció por sí sólo cuando los magos intentaron aprovechar su poder con fines egoístas y apareció en las manos de un mago guardián, que lo protegería incluso con su vida. Una vez que el mago moría…, pasaba a otro.
―Nunca había oído de un libro con semejantes propiedades mágicas ―dijo Tracey.
―Nadie, es por eso que todo el mundo duda de la leyenda. Pero el libro está aquí. Apareció en el almacén de mi bar ―dijo Seamus, frunciendo el ceño, mirando las tapas del libro―. ¿Se podría comprobar si tiene cualidades mágicas, no? ―preguntó, dándole un sorbo más al whisky.
―Sí, Millicent podría hacerlo… ―le dijo Tracey.
―¿Millicent?
―Mi socia ―dijo Tracey. En realidad, Millicent insistía en que eran socias, pero Tracey era consciente de que ella apenas si había puesto una pequeña cantidad para poner la tienda. La mayor parte del dinero era de Millicent―. Puedo pedirle que lo revise, ¿te parece bien? Que te haga llegar el precio por medio de una lechuza.
―Perfecto. Y, Tracey, no dejes que nadie sepa que lo tienes, podría ser peligroso… ―le pidió. Después, vio, algo contrariado, como ella se ponía en pie, dejando el tarro de cerveza de mantequilla a la mitad―. Tu trago… ―señaló.
Tracey sonrió y negó con la cabeza.
―No importa. No me gusta mucho tomar… ―le dijo, tomando un solo libro y cargándolo bajo el brazo―. Hasta luego.
Se despidió con una mano y salió del bar como había entrado, dejando una cerveza de mantequilla a medias en la barra.
Seamus volvió a su trabajo, olvidándose momentáneamente de la chica. Pero era tan extraño… No se había fijado en una desde lo de Lavender. Podía decirse que al menos, Tracey le causaba cierta curiosidad. Siguió sirviendo copas un rato, junto con Seamus, considerando que podrían permitirse contratar a un mesero más. Tenían dos chicas que les ayudaban en la cocina y un par de chicas en las mesas, pero, con toda la clientela que recibían, empezaba a notarse la falta de personal.
Desde que Dean y él empezaron a bromear con lo de abrir un bar con ambiente irlandés ―y música muggle cortesía de Dean―, donde se celebrara el mejor día de San Patricio de todo el callejón Diagon y en donde hubiera un ambiente sin duda, mucho más juvenil que en otros pubs que conocía.
―Ey, Seamus, te busca una mujer ―le dijo Dean al pasar a su lado y señaló a una mujer alta que estaba esperándolo en una de las mesas del fondo―. No quiso decirme para qué, será mejor que vayas, que hoy atraes la atención.
Seamus volvió a dejar la botella que acababa de agarrar en su lugar y se dirigió a la mesa con la mujer. Llevaba el cabello peinado en un complicado moño, iba muy maquillada y aquel no parecía ser su tipo de bar. Llevaba una túnica elegante ―muy diferente a la que había vestido Tracey―, color púrpura, con detalles negros y taconeaba en el sueño con unos zapatos caros a todas luces, con impaciencia.
―¿Señorita…?
―Gemma Farley ―extendió la mano―; señor Finnigan. Es un placer conocerlo.
―Un gusto, también ―respondió Seamus estrechándole la mano, notando el anillo en su dedo anular―. Felicidades, por cierto ―le dijo, y se sentó frente a ella. Con una rápida mirada intento averiguar qué tipo de cosa le pediría, pero su mirada fija y su rostro sin expresión no lo dejaron adivinar.
―Gracias ―sonrió brevemente―. Bueno, creo que será mejor si voy al grano ―continuo―. Verá, soy una coleccionista y estoy particularmente interesada en los libros antiguos. Tuve la noticia de que aparecieron dos ejemplares aquí… ―hizo notar. Inmediatamente, Seamus se preguntó a quien se le habría ido la lengua. Tracey de seguro no había sido, pues también se había mostrado preocupada por los libros, pero… ¿los demás? Tendría que sacarse a Farley como pudiera porque no podía arriesgarse a cualquier cosa ahora que sabía que uno de los libros era el Códex de los Tuatha Dé Danann―. Me pregunto si es posible revisarlos para hacerle una oferta, si es que están a la venta…
Bueno, al menos podía quitarse aquello de encima con una simple excusa.
―Sólo uno está en mi poder ―le dijo―. ¿Quiere hacer una cita para verlo?
Probablemente no le interesaría en lo más mínimo, pues Tracey había dicho que no valía nada de nada.
―Preferiría hacerlo ahora mismo, si no le importa ―pidió Gemma Farley.
―Claro que no… ―Seamus alzó la mano para llamar a uno de los meseros, que acudió demasiado pronto al ver quien llamaba―. Oye, dile a Dean que te dé por favor el libro que trajo Tracey hace rato… ―le pidió y después miró a Gemma de nuevo―. ¿No quiere nada de tomar?
Gemma Farley negó con la cabeza.
―Nada, gracias.
―Y nada más, anda, ve rápido…
Lo siguieron unos segundos de silencio totalmente incómodo. Aquella mujer, demasiado bien arreglada, que taconeaba en el piso con impaciencia, no lo hacía sentirse especialmente a sus anchas. Además, resultaba sospechoso que hubiera acudido tan rápido. Era obvio que a alguien se le había ido de la lengua, pero como cuando los habían encontrado casi todo el mundo estaba en el almacén, seguir el rastro resultaría imposible. Finalmente, el mesero regresó con el libro y Seamus le indicó que se lo diera a Gemma.
La mujer le dio un vistazo rápido, pasando las hojas con un poco de descuido. Lo apartó, con el ceño fruncido, a los dos segundos.
―Me parece que no es lo que buscamos.
Seamus se quedó mirándola. ¿En serio sólo lo iba a revisar así? Pareciera como si estuviera buscando algo en específico.
―Bueno…
―¿Cuándo podré ver el otro? ―lo interrumpió.
―Le mandaré una carta ―le dijo Seamus. Pero lo cierto es que no tenía intención de mandarla.
―Por supuesto, señor Finnigan. ―La joven se puso en pie―. Estaré esperándola ansiosa. Después de todo, usted tiene algo que yo quiero.
Se marchó dejando a Seamus bastante confundido. Si no hubiera revisado el libro y puesto ese ceño, hubiera creído que simplemente era una persona que se enteraba muy rápido de las cosas, pero no. Estaba buscando algo en específico. El Códex.
Volvió a la barra y le dio un trago al whisky de fuego que le pertenecía para agarrar un poco de valor antes de hacerle una seña a Dean para que se acercara y le tuviera que soltar lo que le iba a soltar.
―Creo que tenemos problemas ―fue lo único que dijo.
Tracey estaba sentada detrás del mostrador, esperando que Millicent volviera de hacer unas compras, más que esperando clientes que tuvieran ganas de ver entre las estanterías. Con todo lo que tenían ―la mayoría reliquias de los Bulstrode de lo que Millicent quería deshacerse y unas cuantas cosas que Theodore le había regalado a Millicent― apenas si lograban hacer que el lugar se viera decente, pero Tracey sabía que les faltaba mucho para entrar en la categoría de tiendas decentes. No habían tenido casi clientes potenciales y de toda la gente que había entrado en una semana a la tienda, sólo había conseguido vender un par de joyas antiguas.
―Disculpe… ―Tracey alzó la vista. Un chico que parecía recién salido de Hogwarts, con el cabello rubio, estaba en la tienda―. Estamos distribuyendo estos carteles, por si está de acuerdo con la causa…
Le extendió un cartel, no demasiado grande, que Tracey pudo leer por atención durante un momento.
NO A LA ESCORIA QUE INVADE NUESTRA SOCIEDAD
Aunque el ministerio se empeñe en negarlo, criaturas peligrosas siguen estando entre nosotros. Criaturas que, como todos sabemos, antes apoyaron al-que-no-debe-ser-nombrado…
En ese punto, Tracey dejó de leer. Sabía de qué iba el asunto. No había dejado de oírlo en la radio ―por eso ya casi nunca la prendía― y de verlo en los periódicos. Se quedó mirando fijamente al chico.
―Largo ―fue lo único que dijo.
―Pero, debe comprender, señora…
―Señorita ―corrigió Tracey, con la voz ácida, preguntándose qué, por Merlín, tenía que comprender.
―¡Señorita! ―se apresuró a corregir el chico―. Debe comprender que este tipo de criaturas son peligrosas, podrían asesinar…
―Largo ―repitió Tracey.
―Pero…
―¡Largo! ―le espetó, poniéndose en pie, cada vez más enojada―. Y dile a Carmichael ―añadió, cuando el chico, con el rostro bien pálido, ya estaba casi en la puerta― que se vaya directo a la mierda.
No podía controlarlo, no era objetiva con el tema. Y Randall tampoco, se había dado cuenta. La única vez que Edward «Eddie» Carmichael había salido mencionado en la radio que tenían en el departamento, había acabado hecha pedazos contra la pared, cortesía de Randall ―y su impulsividad―. Conforme pasaban los días se había dado cuenta de lo mucho que las palabras de Carmichael hacían mella en la gente. Oía comentarios todo el tiempo, como «que bueno que no conocemos ningún licántropo», «deberían encerrarlos a todos», «o prohibirles tener hijos, a la mejor los infectan». Intentaba ignorarlos hacer como que no la afectaban, pero cada vez era más consciente de que estaba dejando que la afectara demasiado.
―¡Volví! ―anunció Millicent agitando lo que llevaba en la mano: unas campanillas―. Tendremos unas campanillas mágicas que nos avisen de los nuevos clientes. ¿No es maravilloso?
Tracey se sonrió y salió a su encuentro. Millicent ya agitaba la varita para colgarlas donde pudieran sonar cada que alguien abriera la puerta.
―Pero si no has tardado nada…
Millicent se dirigió hasta el mostrador haciéndole poco caso.
―¿Quieres ver todo lo que he comprado? ―Dejó los tres paquetes que llevaba sobre el mostrador y se dispuso a abrirlos. El primero era un libro que dejó a un lado rápidamente, los otros dos paquetes eran un cáliz que le paso a Tracey para que revisara y unos pequeños polvos en un frasco.
―Ibas nada más en busca del libro ―hizo notar Tracey.
―Sí, pero lo otro también es necesario ―le dijo Millicent―. ¿Qué te parece el cáliz?
―Es de antes del renacimiento ―murmuró Tracey, revisándolo con su ojo casi experto―. No, no, más bien de mucho antes…
―¿Época Artúrica?
Tracey negó.
―No parece exactamente de la época Artúrica, aunque cerca ―dictaminó―. Diría que de la época de Ricardo Corazón de León y las cruzadas ―dijo, finalemente―. ¿Tiene propiedades mágicas?
―Nunca se vacía una vez que lo llenas a menos de que le hagas un encantamiento especial. Nada espectacular. ―Millicent se encogió de hombros―. Pero es bonito y a alguien puede interesarle, ¿no crees?
―Sí, pero seguimos teniendo casi todo el inventario sin mover, Millicent ―le dijo Tracey―. No es posible que sigas comprando cosas día sí y día también.
―Calla, calla, ¿tienes el libro ese? ¿El Códex? ―preguntó Millicent, moviendo los polvos que había conseguido―. Conseguí esto para probárselo.
―Sí, claro, está en el almacén, bien resguardado… ―le dijo Tracey. Lo que quería decir que tenía un millón de encantamientos anti ladrones encima―. ¿Para qué es eso? ―preguntó, con curiosidad.
―Para saber si tiene hojas faltantes. Ya te dije, creo que lo maltratado y las hojas que parecen arrancadas no es algo muy casual… ―dijo Millicent―. Además quiero probar de una vez por todas que clase de encantamientos tiene encima. ¿Limpias un poco esto? ―le pidió a Tracey―. Voy al almacén a ver ese libro… Ah… ―sacó un ejemplar de El Profeta―. Te traje un periódico. ―Volteó hacia los escaparates, viendo a la gente caminar―. ¡Odio que oscurezca tan temprano! ―se quejó―. Parece que va a llover.
―Gracias ―Tracey tomó el periódico y lo desenrolló y también volteó a los escaparates como Millicent―. Es Londres, ¿qué esperas? ¿Qué no llueva?
La chica regordeta suspiró y rodeó el mostrador para ir hasta la trastienda. Tracey se encargó de quitar todos los papeles que había dejado encima y los envoltorios para tirarlos a la basura y le buscó un lugar al cáliz y al libro entre la mercancía que ya tenían. Después, volvió a sentarse detrás del mostrador y se fijó en el periódico. La primera plana hablaba de una reforma a los derechos élficos impulsada por Hermione Granger ―con ella en la fotografía, junto a algunos miembros del Winzengamot―. La leyó por encima y descubrió que, además, Granger empezaría carrera en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica.
Tracey pasó las hojas, llenas de noticias que en realidad no tenían demasiada importancia. La mayoría era reformas ―o proyectos de― en el Ministerio, muchas de ellas impulsadas por el joven ministro, Shackelbolt. Había ganado de manera arrolladora las últimas elecciones y todo el mundo esperaba que se quedara mucho tiempo en el cargo.
Siguió pasando las hojas hasta que un título le llamó la atención.
Edward Carmichael propone poner el registro de criaturas mágicas abierto al público
Edward Carmicheal, más conocido como Eddie, en los medios, concedió una rueda de prensa esta mañana a primera hora después del ataque que sufrió la noche pasada. Sobre el ataque, declara que no tomará represalias, porque no le interesa. Sin embargo, habla de un tema que le parece es más urgente en nuestra sociedad. "Es necesario que la gente sepa con qué clase de personas está trabajando, con quiénes se relaciona", dijo, casi al empezar. "Muchos licántropos y vampiros intentan esconder su condición, alegando que no son peligrosos para la sociedad. Pero las estadísticas dicen lo contrario, cada año, hay miles de asesinatos que son perpetrados por esta clase de criaturas."
De manera sorprendente, declaró tener el apoyo de parte del Winzengamot, pues al parecer, la ola de víctimas a manos de los vampiros había subido de manera alarmante el último año. "La mayoría asesinan a muggles para que no llamar la atención", dijo Eddie Carmichael. "Sin embargo, sólo basta con abrir un periódico para descubrir las notas: asesinatos inexplicables, en los que generalmente se culpa a animales, donde la víctima aparece desangrada. Ocurre en todo el país."
Eddie Carmichael declaró que hará todo lo posible por que su propuesta llegue al Winzengamot y…
―Deja de leer esa basura ―la interrumpió la voz de Blaise Zabini, bajando el periódico―. ¿No oíste las campanillas?
Tracey negó con la cabeza, sorprendida.
―Bueno, hola, supongo…
―Hola ―sonrió ella. No estaba acostumbrada a la manera tan dura de hablar de Zabini, tan rápida―. ¿Vienes por algo en especial o…?
―Investigué sobre tu libro ―le soltó, con la voz dura―. No te va a gustar lo que encontré, Tracey, no te va a gustar nada.
―¿En serio?
―Bueno, los Tuatha Dé Danann conocían mucha magia negra ―empezó Blaise―. Por supuesto que no la calificaban así, simplemente era magia. Pero entre los hechizos que dicen que hay en el Códex hay algo que llama particularmente la atención, Tracey. Sabían un montón sobre criaturas mágicas, especialmente las que le interesan al malnacido de Camichael.
―Ya…
―Hay rumores que corren por allí, entre gente que sabe del tema ―continuó Zabini―, de cosas que los Tuatha Dé Danann averiguaron o conocían. Al menos, los magos entre ellos. Se dice que sabían cono inhibir la parte del lobo en un licántropo.
―Pero… eso sería trozar la esencia de una persona…
―Precisamente ―le dijo Blaise―. Pero lo conocían. No tienen nada parecido para los vampiros, o al menos no lo han averiguado.
―¿Sólo venías decirme a eso? ―preguntó Tracey, agradeciendo la información. A ella debió de habérsele ocurrido primero lo de buscar información sobre el libro, pero no había creído que fuera tan importante.
―Y a sacarte la promesa de que no dejarás que ese libro acabe en las manos equivocadas, Tracey ―declaró Zabini―. Con gente como Camichael suelta, un hechizo así es muy peligroso. Más cuando quiere un registro de hombres lobo abierto al público.
―¿Lo leíste? ―se interesó Tracey.
―Sí, leí esa mierda. Los licántropos y los vampiros hace años que no son un problema ―le dijo―, pero está trayendo el tema de nuevo a los reflectores y consigue apoyo, en general por ignorancia o por miedo. ¿Sabes cuántos escaparates vi hoy con su jodido cartel? Siete. Dicen que Madame Fortescue los sacó a gritos de su local, ocasionando un escándalo, pero en Flourish & Blotts hay un cartel y también en la tienda de túnicas de Madame Malkin. En Sortilegios Weasley ni si quiera lo intentaron, al parecer.
―Vinieron aquí también… ―reveló Tracey.
―¿No pasó nada?
―No… sólo… le dije que le dijera a Carmichael que se fuera a la mierda ―medio sonrió.
―Nunca mejor dicho.
―Oye, Tracey, hay unas cuantas cosas interesantes sobre… ―Millicent había salido del almacén hablando, con el libro en las manos. Al parecer se había ensuciado la cara con algo pues tenía una marcha de polvo rojo en una mejilla―. Ey, hola, Blaise ―saludó―. ¿Qué te trae por aquí? Le iba a decir a Tracey algo importante, ¿te molesta?
―No importa… ―le dijo Tracey―. Sabe lo del libro. Fue quien me dijo que era.
―Ah… cierto…
―Hola, Millie ―saludó Blaise, con una sonrisa―. ¿Algo nuevo sobre ese libro? Justo venía a contarle a Tracey algo sobre él.
―Oh, bueno, pues, tiene propiedades mágicas, un montón de hecho, y sobre todo de autodefensa… ―respondió Millicent―. No he conseguido identificarlo todo, pero es muy interesante. ¡Nunca me había encontrado un libro tan cargado de magia! Pero, hay un detalle… le faltan páginas. ―Abrió el libro y les mostró―. Aquí ―señaló―, son varias. He intentado descifrar los encantamientos que faltan, induciéndolo de las hojas que dejaron a medio arrancar, pero no entiendo nada de estos símbolos. ¿Tracey?
Ella negó con la cabeza.
―Nada. Tendría que ponerme a estudiarlos varias semanas para adivinar qué demonios son ―respondió.
―A ver… ―pidió Blaise Zabini.
Millicent le pasó el libro y él examinó los símbolos con atención durante unos minutos. Tracey aprovechó para seguir leyendo el periódico sin mucha atención. Había descubierto, en el curso de los años, que las noticias en tiempos de paz jamás cambiaban: intentos de robo, asesinatos, crimen… todo ello adornado de notas de sociedad y política en las que los hechos se repetían, si no los nombres.
―Hum. Tracey, esto no te va a gustar ―musitó.
―Ey, yo también estoy aquí ―se quejó Millicent.
―No le va a gustar a ella especialmente ―volvió a decir Blaise―. Mira aquí, esto habla de licántropos. De cómo inhibirlos. En las páginas que faltan debe estar el resto del proceso.
―Así que alguien las tiene ―dijo Tracey.
―Sí, señora Obviedades ―le dijo Blaise―. Alguien las tiene y no hay manera de saber si es alguien con buenas o malas intenciones…
―Joder ―musitó Millicent.
―Tengo que decirle a Seamus…
―¿Seamus? ―preguntó Blaise.
―El dueño del libro ―aclaró Tracey―. Si les faltaron hojas, deben estar tras él.
Tracey llegó a casa mucho más tarde de lo normal, creyendo que Randall ya no estaría. Pero lo encontró, demacrado como siempre, porque se mataba de sed hasta que no podía más, mirando el caldero, con una poción humeante. Tracey dejó primero el abrigo completamente mojado y se sacudió el cabello antes de acercarse al sillón donde Randall cuidaba la poción.
―Hola ―saludó.
―Llegas más tarde de lo normal. Me preocupé.
―Hubo… algunas cosas ―dijo Tracey.
Antes de volver había pasado al bar irlandés a contarle a Seamus lo que había averiguado sobre el libro y él le había dicho que una mujer llamada Gemma Farley había estado buscando el libro. Gemma Farley… por supuesto. No podía haberle dicho el nombre de alguien que odiara menos a los licántropos. Después de todo, ella había sido la primera en enterarse del secreto de Tracey y lo había revelado entre casi todos. Eso había ocasionado la ruptura de Tracey con Terence, que había sido su segundo ―y último― novio y su huida.
―¿Cosas?
―Sobre el libro de Seamus Finnigan ―empezó Tracey―. Blaise me dijo que hay un hechizo en él para inhibir a los licántropos…
―Eso les arrebata un trozo de su escencia ―interrumpió Randall―, es imposible que alguien se haya planteado…
―¡Ya lo sé! ―Tracey lo interrumpió de vuelta, con la voz dura―. El caso es que le faltan hojas de ese hechizo al libro y a que no adivinas quien lo está buscando.
―¿Carmichael?
―No, Gemma Farley.
―¿La zorra a la que le robaba los apuntes cuando estábamos en Hogwarts? ―preguntó Randall, sorprendido―. ¿Qué tiene ella que ver?
―No sé si te he contado quién reveló lo de mi… licantropía e hizo que… bueno… «todo» pasara. Que yo huyera.
―No sé si lo notas, Tracey, pero nunca me cuentas nada ―le espetó Randall, dejando de ponerle atención a la poción para mirar a Tracey―. No sé gran cosa de tu pasado y llevamos años viviendo juntos. Si me entero de las cosas es en medio de una crisis o cuando ya pasaron.
―Ya… lo siento por eso. Fue ella, Gemma Farley, se lo dijo a Terence, a Adrian y a… ―Tracey no pudo pronunciar el último nombre, se le quedó trabado en la garganta.
―Miles Bletchey…
―Sí. A… él… ―Cerró los ojos, no quería pensar en él. No entendía como habían pasado tantos años y aún le costaba tanto trabajo pensar en él―. La noticia se extendió así que mucha gente lo sabe. Pero Gemma Farley está en busca del libro.
―Podría ser por cualquier cosa…
―No puedo dejar de pensar en que es por eso, Randall ―Tracey se miró las manos, intentando recordar esa parte de su pasado que había decidido enterrar realmente hondo―. Tú no la viste cuando me acusó. Me miraba con miedo, sí, pero tapando el mundo había asco, odio. No puedo dejar de pensar qué es por eso… Simplemente no puedo.
Había empezado a temblar.
Randall le pasó una mano por detrás de la espalda y la acercó hasta él, apretándola, hasta que se tranquilizó.
―Podría ser cualquier cosa… podría ser cualquier cosa ―repitió.
Pero Tracey notó que no lo creía.
¡Segundo capítulo! Aquí averiguamos más cosas sobre el bendito libro y sobre el pasado de Tracey, que también es una gran incógnita. Además, es casi obvio que hay alguien detrás del libro, pero… ¿se detendrá o lo obtendra? Para todo eso y más… ¡esperen el próximo capítulo!
Andrea Poulain
A 15 de marzo de 2015
