Disclaimer: Todos los personajes que reconozcan, así como hechizos, lugares, apellidos, etcétera, le pertenecen a J. K. Rowling, esta historia sólo salió de mi cabeza.
Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"
Capítulo 3: Shake it out
"And I've been a fool and I've been blind
I can never leave the past behind
I can see no way, I can see no way"
Shake it out, Florence + The machine
―No lo creía hasta que lo vi con mis propios ojos ―la voz de Adrian Pucey la interrumpió―. Tracey Davis efectivamente ya no trabaja en la heladería…
El joven, de cabello negro largo, que llevaba atado por la espalda, se recargó en el mostrador acercando su rostro al de Tracey. Ella se alejó un poco. Estaba acostumbrada a la manera de ser de Adrian, pero nunca se sentía cómoda teniéndolo tan cerca. Iba muy seguido a su casa e intentaba que no se le notara lo mucho que odiaba el apartamento de Tracey. Siempre le decía cosas sobre pagarle el alquiler en uno más grande y lujoso, pero Tracey siempre se negaba. Le decía que quería su amistad, no sus limosnas; y el orgullo de la joven era demasiado grande como para aceptar vivir a expensas de alguien más.
―Abrimos hace casi cuatro semanas, te lo estuve diciendo ―le replicó Tracey― Y… ah, claro, hola, Adrian, ¿cómo estás?
―Muy bien, venía a presumirte algo envidiable… ―sacó un pedazo de pergamino doblado, con un sello impreso―. La invitación a la denominada boda del siglo.
―¿Se casa Harry Potter?
―No, tonta, además nunca me invitaría, dudo que sepa quién soy ―comentó él, con una sonrisa―. No, se casa la zorra de Gemma Farley, ¿no te has enterado? Ante los medios insiste en llamar a su boda del siglo, pero nadie le hace ni caso…
―En serio, ¿por qué todo el mundo la llama «zorra»? ―preguntó Davis.
―Porque se acostó con Bole, con Terence después de que huyeras, con Davies, con Flint, con los amigos feos de Flint, con Goyle, con Miles… ―Adrian iba a seguir enumerando cuando notó la cara de Tracey. Apretó los puños cuando él mencionó a Miles―. Lo siento ―dijo él rápidamente―. Lo siento. Y seguramente con más de medio Hogwarts pero no me interesa. Y porque es una jodida zorra: ¿la has oído hablar? Se puede hacer la agradable un rato, pero no tarda en salir a relucir su verdadera personalidad.
―¿Y con quién se casa?
―Con el anticristo… mejor conocido como Edward J. Carmichael ―informó Pucey―. ¿Quieres ver la invitación? Ni siquiera sé cómo conseguí una. Zabini y Nott también tienen las suyas. Malfoy no, al parecer Carmichael lo odia.
Tracey se quedó mirando el papel de las manos de Adrian sin tomarlo. Al final lo tomó y lo abrió. Sólo se encontró con una lujosa invitación a una boda que alguien insistía en llamar «La boda del siglo» y era sólo algo completamente ridícilo para Tracey. Conocía a Farley, sabía exactamente qué tipo de persona era: del que encandila a las personas un rato, las usa y las tira. No dudaba que entre los dos novios fueran cada uno un títere del otro.
―¿Y por qué carajos se casan?
―A saber. ¿Sabes tú? He oído que Carmichael está muy metido en la campaña contra los licántropos… ―comentó Adrian.
―Y yo que voy a saber. Acaban de aprobar que el registro sea público ―le espetó ella, con lo mismo que había estado rumiando todo el día desde que había leído las noticas del día anterior―. Shackelbolt, Granger y Potter lo condenan, pero tampoco pueden hacer mucho más que decírselo a los medios. Si antes no lo sabía todo el jodido mundo, ahora estará allí, puesto: «Tracey Davis, veintiún años, vendedora de antigüedades, licántropo» ―recitó, casi de memoria, pues se había buscado en la lista―. Y para acabarla de joder: «Randall Bennett, veintún años, ocupación desconocida, vampiro». ¿Sabías que su padre no tenía idea de que lo era hasta ayer? Su jodido padre apoyo esa reforma sin saber qué Randall era un vampiro. Ayer llegó una vociferadora a casa.
―Supongo que hace a la gente sentirse más segura… ―intentó adivinar Adrian.
―Y una mierda, Adrian, ¿has visto como me ven? ―le espetó ella, mucho más alto. Tan alto que Millicent salió de la trastienda casi corriendo, para encontrarse con una Tracey de semblante enojado mirando a Adrian Pucey.
Él tragó saliva, lentamente, haciéndole un gesto de saludo a Millicent.
―Sólo veía a preguntarte si querías ir a la boda conmigo.
―Ni muerta, Adrian ―respondió ella, sin poder creer lo que le acababa de proponer―. Allí va a estar Terence. Y seguro que tú también recuerdas frases como: «Eres un monstruo, no mi novia» o, por supuesto, cosas que quizá no presenciaste como: «Miles es un buen amigo, nunca te haría nada. Sólo estás mintiendo» ―Había apretado tanto los nudillos que los tenía rojos―. ¿Crees que te acompañaré a esa boda?
―Pensaba en arruinarle el día a Farley… ―se disculpó Adrian.
―Pues arruínaselo de otra manera. Y crece ―le espetó Tracey―. Esperas mucho de mí si crees que quiero volver a verles la cara.
―Lo siento, Tracey, de verdad…
―Tienes que dejar de disculparte, Adrian, es lo único que haces cuando nos vemos ―le dijo ella, con la mirada apenada.
―No, también comento errores ―le dijo él―. De todos modos, no llevaré a nadie. Aunque intentaré arruinarle el día a Farley, por ti.
Tracey sintió unas extrañas y desesperadas ganas de reír, recordando cosas que había jurado enterrar para siempre. Cosas que, más que nada, incluían a Gemma Farley y a su ex novio, Terence Higgs. Tenía muchas excusas que le contaba a la almohada cuando tenía una pesadilla en la que él la llamaba monstruo de nueva cuenta, pero cuando lo analizaba fríamente, no tenía manera de disculparse. Tendría que haberse dado cuenta antes, la manera en que la presumía, la manera en que se jactaba de ella. La manera en que la trataba, siempre bajo la mirada apenada de Adrian.
―No lo hagas por mí, idiota ―intentó sonreír con entusiasmo, pero su mueca fue sólo una triste sonrisa―. Por mí no vale la pena.
―Bueno, hasta pronto… ―se despidió de ella con un beso en la mejilla y le hizo una ceña de Millicent―. Adiós, Millicent. Vendré después, te compraré algo.
Salió, haciendo sonar las campanillas y Tracey respiró hondo.
―Es un idiota ―le dijo Millicent.
―Ya lo sé.
―¿Por qué siempre te consigues idiotas para amigos? ―se lamentó su mejor amiga. O mejor dicho, la única―. En serio. Adrian es sólo un niño rico. Cree conocer tus problemas pero me apuesto a que no sabe ni la mitad…
―Ya lo sé, Millie, de verdad que lo sé.
Tracey se mordió el labio, en una mueca nerviosa. Adrian sabía muchas más cosas que Millicent, pero no sabía cómo hablar de ellas o cómo tratarla. Millicent, en cambio, siempre andaba cerca de Tracey con pies de plomo, porque conocía sus reacciones más habituales a las menciones de algunas personas.
―Por cierto, ¿leíste el periódico? ―le preguntó Millicent―. Creo que viene algo que te interesa.
―¿Del idiota de Carmichael? ―preguntó ella, pues casi siempre leía sus notas con un masoquismo increíble―. No he leído nada sobre él, hoy no pienso amargarme el día…
―Pues de verdad siento ser la culpable, pero es importante y no es nada de Carmichael ―le contó Millicent―. Peor. ―Agarró el periódico y se lo pasó―. Página trece, busca.
―¿Qué puede ser peor que Carmichael y sus declaraciones, por Merlín? ―preguntó Tracey, pero en cuanto abrió el periódico descubrió que era una columna escrita por alguien que apoyaba las declaraciones sobre los licántropos. ¿Es que nadie había aprendido nada en todo aquel tiempo?, se preguntó Tracey―. Joder. Habla de un proyecto de ley que va en contra de las criaturas mágicas.
―Eso está explicado más o menos en la página cinco, pero eso lo escribió alguien que lo apoya, Tracey ―le dijo Millicent―. Quieren convertir a los licántropos, a los vampiros y a cualquier otra criatura en ciudadanos de segunda clase.
―Es la idea más estúpida que he oído en mi vida ―se quejó Tracey.
―Léelo y verás. Argumenta que ese tipo de criaturas apoyaron al-que-no-debe-ser-nombrado. Es estúpido, pero tiene apoyo.
Tracey leyó por encima el artículo, coronado con frases como «así nos sentiremos más seguros», «los licántropos sólo abusan de los sistemas de salud mágicos» y «no podemos estar rodeados de asesinos». Resultaba estúpido que en tan sólo pocas semanas, Carmichael hubiera conseguido tanto apoyo. Sabía usar las frases correctas en los entornos correctos, porque de hablar en contra de los seguidores de Voldemort había arremetido contra las criaturas mágicas y había dejado a los antiguos mortífagos relegados a un segundo plano.
―Ah, y Tracey, página veinticino, aparecieron dos cadáveres de licántropos ayer ―le dijo Millicent―. Últimamente parecen coronar las noticias y no es para nada bueno.
―¿Qué?
―Léelo y verás.
Tracey suspiró y se dirigió hasta la página veinticinco. Tal como decía Millicent, allí estaba la notica.
Dos licántropos muertos en Lancashire
Los cadáveres ―humanos― de dos licántropos que aparecían en el registro desde el día de ayer, fueron hallados en las inmediaciones de Lanchashire hoy por la mañana por dos muggles. Presentaban heridas y marcas por todo el cuerpo, además de que se extrajeron dos balas de plata de sus organismos. El ministro Shackelbolt denunció el hecho públicamente y continuó con su campaña en contra del registro poniendo este caso como ejemplo. "Un registro sólo volverá a estas personas un blanco fácil y a menos de una semana de su aprobación tenemos el ejemplo perfecto…"
―Repugnante ―sentenció Tracey, dejando el artículo a la mitad, sin dejar de leer―, sencillamente repugnante.
―Lo sé. Por eso debes tener cuidado, Tracey ―le dijo Millicent―. Parece que los están cazando.
―Juro por Merlin y por Morgana y por el hijo que no tuvieron y por lo que quieras que tendré cuidado, Millie ―prometió Tracey―. No voy a venir el viernes, por cierto, espero que puedas cubrir el día.
―¿Por? ―Millicent se desorientó un momento, pero luego, notando el calendario, entendió la razón―. Ah, es luna llena.
―Sigue sin haber luparia en ninguna tienda, Millie, tenemos que recurrir a otros métodos ―musitó Tracey, temblando simplemente ante la idea de lo que había propuesto Randall y parecía ser la única solución posible―. Volveré el domingo. O el lunes, no lo sé ―añadió.
―Tienes el tiempo que necesites ―le aseguró Millicent―, lo sabes.
Tracey le sonrió.
―Eres una amiga fantástica, Millie.
―Procura recordarlo si planeas volver a desaparecer de nuevo de la faz de la tierra, por favor.
―Oh, joder.
Era lunes por la mañana y ya tenía dolor de cabeza. Probablemente tenía que ver con que el idiota de Randall le había dado whisky de fuego cuando se había acabado la poción para el dolor, esperando que eso se lo quitara un poco ―y vaya que lo había hecho―. Ansiaba pasar un día tranquilo, con una gran taza de café cargado ―algo no demasiado inglés― y, de preferencia, sin ningún cliente. Pero lo primero que vio al llegar a la tienda fue el estúpido letrero pintado de rojo. Decía «asesina», justó debajo de «Bulstrode & Davis», tapando la palabra «Antigüedades».
―Oh, joder ―repitió, quedándose allí parada, sin atinar a reaccionar rápidamente―. Oh, joder.
Se acercó a la puerta y se apresuró a abrir. Debía de haber intuido que eso iba a pasar tarde o temprano. Tarde o temprano. Dejó la bolsa que cargaba sobre el mostrador con un gesto brusco y volvió afuera de la tienda, con varita en mano.
―Fregotego ―dijo, pero nada pasó, el letrero se quedó allí―. ¡Fregotego! ―intentó de nuevo, pero el resultado fue exactamente el mismo: nada de nada―. ¡JODER! ―exclamó, quizá demasiado fuerte, lo que hizo que la gente volteara a verla―. ¡Joder, ¿qué miran?! ―les espetó y se volvió a meter a la tienda.
Seguía preguntándose qué ganaba Carmichael con toda la campaña de desprestigio que estaba montando. Además de que tenía que pensar en lo del Códex, por supuesto. Y hablar con Seamus. Le había mandado una carta, pero no había obtenido respuesta aún. Y el fin de semana había resultado tan asquerosamente horrible para ella, además. Quería cerrar los ojos y morir, lentamente.
―Buenos días ―Millicent entró con un intentó de sonrisa.
―Hola, Millie.
―Vi el letreto ―informó ella―. No se quita.
―Ya lo intenté, también.
―Que cabrones ―comentó.
―Lo sé ―respondió Tracey―. Jodidos cabrones.
Millicent se acercó y colocó sus cosas detrás del mostrador. Usualmente ella se encargaba de todo el trabajo que había que hacer en la trastienda, la contabilidad y las compras. Tracey catalogaba y ordenaba todo, además de atender a los clientes. Millicent siempre le había dicho que ella era mucho más guapa y agradable, pero en ese momento Tracey dudaba ser exactamente la mejor opción para estar al frente del mostrador de la tienda.
―Uhm, tengo que hacer algo atrás, sólo una media hora, ¿estarás bien? ―le preguntó a Tracey.
―Sí, claro que estaré bien, deja de comportarte como mi madre ―le respondió Tracey.
―Lo haría si el mundo no estuviera lleno de locos, vuelvo en media hora ―Millicent sacó un par de cosas que había en una bolsa hasta abajo y cuando alzó la cabeza, sonrió―. Ah, hola, Finnigan ―dijo, al mismo tiempo que sonaban las campanillas de la puerta.
Tracey volteó y se encontró cara a cara con Seamus Finnigan.
―¿Demasiado temprano? ―preguntó él.
―Estábamos abriendo, ya puedes pasar ―le sonrió Tracey―. Creí que mi carta se habría perdido.
―Preferí venir antes que contestarla, muchas lechuzas se pierden hoy en día ―respondió él―. Hola ―las saludó a las dos con una tímida seña―. De verdad no interrumpo, ¿cierto?
―No, pasa, Millicent iba a… ―Tracey volteó a ver a Millicent, como dudando. En realidad no tenía ni idea de lo que iba a hacer. Tracey sabía un montón de historia y de cosas antiguas, pero Millicent era un genio cuando se trataba de quitar magia negra de todo tipo de objetos y de averiguar que encantamientos traían encima― algo.
―Algo, claro ―Millicent movió la cabeza, agarrando sus cosas y yendo hacia la puerta de la trastienda―. Vuelvo en media hora.
Y se metió. Tracey le indicó a Seamus que se acercara con una seña y una media sonrisa. Al menos había alguien amable, para variar, aunque ella hubiera deseado que el día transcurriera sin visitas y sin ninguna clase de ruido. Le dolía la cabeza.
―¿Fin de semana de fiesta? ―le preguntó Seamus, señalando los ojos, poniendo las manos sobre el mostrador.
―¿Qué? ―Tracey se llevó las manos a las ojeras marcadas―. No, no, para nada, sólo… fin de semana difícil. ―Mientras sonreía, intentando que Seamus no le preguntara nada más, se le descubrieron las muñecas, llenas de marcas rojas de los grilletes que había tenido la noche de luna llena. Y rasguños sobre todos rasguños de ella misma. ¿Por qué demonios era incapaz de conseguir lupania para que Randall le hiciera una poción matalobos decente?
―¿Qué? ―Seamus alargó una mano para agarrar una de sus muñecas, pero Tracey la retiró demasiado rápido, escondiéndolas bajo el mostrador―. Lo siento… No quería…
―No importa.
―Ah… fue… luna llena… ―intentó adivinar.
Tracey asintió.
―Todo el mundo parece saberlo ahora ―suspiró, cansada.
―Bueno, tu nombre está en la lista del registro ―comentó Seamus― que los esrribos de Carmichael andan repartiendo por todas partes. Ayer me rompieron un vidrio. Y le rompieron la vitrina a Madame Fortescue, también ―añadió―. Se podría decir que tú tuviste suerte con lo del anuncio de la calle ―Seamus señaló hacia la puerta―. Bueno… lo siento, si es que no querías que nadie supiera.
―No importa ―se resignó Tracey―, parece que ahora es del dominio público.
―Algo así. Bueno, lo que me trajo aquí… tu carta.
―Ah, eso ―dijo Tracey―. Seamus, parece que alguien anda tras de algunos hechizos en especial: le faltan páginas.
―Ya lo sé. Bueno, lo de que alguien anda tras de él, no lo de que le faltaban páginas ―se apresuró a corregir―. La noche que me dijiste qué era fue Gemma Farley a mi bar a hacer una oferta por él. Continúa mandando cartas, pero no las respondemos. Pero eso ya te lo había dicho, ¿no? Por carta.
A Tracey le llevó dos segundos sumar dos más dos. Gemma Farley odiaba a los licántropos ―lo de los vampiros era discutible, no tenía ni idea de que tanto asco le daban― y quería ese libro. Y para acabar, se iba a casar con Eddie Carmichael.
―¿La prometida de Carmichael? ―preguntó, sin poder evitar hacer una cara de sorpresa. No le extrañaba que fuera ella, realmente, Farley nunca había sido enteramente de su agrado, aunque podía parecer una persona realmente abierta al principio, pero eso era porque sólo era una manipuladora―. Oh, joder. Seamus, ¿sabías que los Tuatha Dé Danann tienen un hechizo que supuestamente puede inhibir la licantropía? ―soltó, demasiado rápido.
―¿Qué? ―Seamus también abrió mucho los ojos.
―Eso. Le faltan páginas a ese hechizo.
―No sé por qué siento que todo esto huele a mierda ―dijo Seamus.
―Pues porque lo hace ―le dijo Tracey―. De todos modos, tienes que mantener ese libro seguro. Pase lo que pase.
―Podría quedarse aquí. Tienen sistema antirrobo, ¿no? ―preguntó él―. En el bar entra y sale demasiada gente como para controlarlo. Y Farley sabe que estoy ahí, podría intentar algo.
―No sé por qué no lo dudo ―musitó Tracey―. En Hogwarts era una perra. Era prefecta todo el mundo la adoraba. ¿Sabes qué nos dijo cuando entramos a primero? Idioteces como «Ser Slytherin no es tan malo, aquí todos nos ayudamos, incluso Merlín estuvo en nuestra casa». A los dos días estaba jodiendo a alguien, manipulaba gente, hacía que los chicos se enamoraran de ella, los usaba…
―La describes como todo un ángel ―apuntó Seamus, de manera sarcástica.
―Ya lo sé. Es sólo que… me enoja. Es una de esas cosas que hacen que me moleste conmigo misma: recordar que quería ser como ella.
―No es cierto.
―Cuando tenía trece lo era. Fuimos «amigas» ―Tracey dibujó unas comillas en el aire― algunos años. Ella era mayor que yo, así que me usaba de mascota y eso. Luego… bueno… le dijo a mi novio lo que era. Ella lo descubrió.
―¿Lo de la…?
―¿… licantropía? Sí ―asintió ella―. Poco después de que pasara. Diciéndoselo a mi novio me hizo bien, de hecho, porque me permitió ver con la escoria con la que pensaba pasar el resto de mis días, pero… me alejo de mis amigos ―confesó―. Creo que por eso me enoja.
―¿Le cuestas esto a mucha gente?
Tracey negó con la cabeza.
―No, sólo a los que se detienen a escucharlo ―le sonrió―. Bueno, lo del libro, díselo a Millie, ¿quieres? A mí seguramente me dirá que esta no es una pensión de antigüedades, pero seguramente puedes hacer negocios con ella.
―Claro, claro, yo le digo. ―Seamus sonrió―. Ah, tenemos una banda que se presenta en el bar está noche. Unos raros que tocan rock o algo así. Podrías venir.
Tracey negó con la cabeza.
―Prefiero estar en casa, la verdad. Al menos hoy.
―¿Otra noche? ―intentó Seamus.
―Lo intentaré ―dijo Tracey, pero ella sabía que no iba a intentarlo. No quería comprometerse de manera romántica con nadie. Le causaba una ansiedad que no era capaz de controlar, exactamente.
―Entonces, nos veremos por allí algún día ―señaló la puerta de la trastienda―. ¿Crees que pueda hablar con Millicent ahora? Dean debe de estar contándome el tiempo porque en un rato tenemos una cita con un tipo que quiere que probemos su whisky de fuego.
―¡NO! ¡NO! ¡NO!
―¡TRACEY!
El grito la despertó, cubierta de sudor, con las cobijas revueltas y se incorporó, mirando a Randall. Era una escena que era mucho más común de lo que le gustaría. Después de darse cuenta de lo que pasaba, dirigió su vista hasta sus manos, concretamente sus uñas, y se aseguró de que no estuvieran raspadas y sangrando por haber tratado de agarrar las tablas del piso.
Randall, con toda la delicadeza de la que era capaz ―o sea, casi ninguna―, se sentó al lado de ella, al borde de la cama.
―¿Era otra vez ese sueño?
Tracey asintió, conteniendo las lágrimas, arrugando los ojos para intentar mantenerlas adentro, pero Randall se dio cuenta y la jaló para acercarla hacia sí, apretándola para abrazarla. El estúpido vampiro apenas estaba en calzoncillos, ¿por qué le gustaba andar así por el apartamento?
―Randall, no te lo tomes a mal, pero estás jodidamente frío ―dijo ella, en apenas un murmullo.
―Debes dejar de soñar con ese desgraciado ―le dijo él, ignorando el comentario. Ella asintió, pero no dijo absolutamente nada―. En serio, Tracey, no te hace bien.
―Yo no elijo con quien soñar, Randall, yo no elijo con quien demonios soñar ―dijo ella―. Yo no lo elijo a él.
―Está muerto, Tracey.
―Lo mataste tú ―le dijo ella―. Tampoco puedo olvidar eso. Es la única vez que te he visto hacer… eso… y, tampoco te lo tomes a mal, pero es jodidamente repugnante.
―Ya lo sé.
―Por eso te matas de hambre, debes dejar de hacerlo ―le espetó ella―. Hay alguien allá afuera cazando licántropos. Y probablemente también estén cazando…
―… vampiros, ya lo sé. ¿Quieres dejar de cambiarme el tema, joder? ―le espetó él―. No has hablado de esto desde que sucedió, ¿sabes? Ni siquiera pronuncias su nombre. Al menos no por voluntad propia. Intento respetarlo, de verdad que sí, Tracey, pero joder, tienes veneno dentro de ti. Te estás matando.
―Randall…
―Joder, Tracey. Haría cualquier cosa por ti. Eres la única jodida persona en el mundo que no me ve como un vago inútil muerto de hambre ―le dijo Randall, abrazando a Tracey con un brazo, jalándose los rizos de la cabeza con la otra―. Pero… ¡joder! Tienes que dejar de pensar en eso.
―¡¿Crees que no quiero olvidarlo?! ¡¿DE VERDAD CREES ESO?! ―explotó ella, que estaba temblando. Se puso en pie, quitándose de encima a Randall, mirándolo con furia―. ¡No hay día de que no lo recuerde! ¡No hay un solo jodido día, Randall, que no recuerde toda esa mierda!
―Tracey, Tracey, cálmate, Tracey, Tracey… ―él se puso en pie, intentando agarrarla, calmarla―. Tracey, lo siento. Tracey. ¡Tracey!
La abrazó de nuevo, y entonces ella explotó. No le pasaba demasiado, pero a veces el recuerdo de sus uñas raspando el piso mientras alguien la arrastraba se hacía demasiado vívido y sentía como si estuviera allí de nuevo, como si todos aquellos años no hubieran pasado del todo.
―Lo siento, Randall, lo siento ―sollozó ella, llorando como niña, sobre su pecho. Sentía todo tan jodidamente reciente. Aún tenía las muñecas y los tobillos rojos, rasguños en alguna parte del cuerpo y estaba tan pálida como Randall, que empezaba a verse gris. Se sentía débil, acabada, y por si fuera poco, soñaba con la pesadilla más vívida que le había tocado vivir.
―Tracey, Miles Bletchey está muerto. ―Ella se puso tensa al oír su nombre―. Miles Bletchey está muerto. No va a volver a hacerte daño.
Ella siguió llorando. Randall tenía razón. Se estaba envenenando con todo aquello. Y curiosamente, tampoco le importaba.
―Necesito whisky de fuego.
―Odias el alcohol, Tracey.
―No en este momento, necesito perder la conciencia, Randall. Olvidar el sueño. Olvidar que pasó, que existió. Por favor ―le suplicó―. Por favor.
―Tracey, es la una, no sé qué bar abierto…
―Un amigo, un amigo dijo que podíamos ir, que iba a ir un grupo. ―Sacudió la cabeza, abriendo el armario después de zafarse de Randall y sacando una túnica color verde que tuviera las mangas largas para después empezar a sacársela camiseta vieja con la que dormía, sin importarle que Randall estuviera mirando.
―Bien ―dijo él―. Bien. Iré a asegurarme que no te mates.
Él abrió su parte del armario, sacando cualquier cosa y poniéndosela encima de la ropa interior que llevaba. Tracey lo apuró en cuanto tuvo la túnica puesta y se hubo recogido el cabello. Apenas metió la varita en el bolsillo y se dirigió a la puerta. Randall la siguió, corriendo por las calles del callejón Knockturn y después por el Callejón Diagon. Había ya muy poca gente en la calle.
Llegaron al bar de Seamus cuando aún estaba casi lleno. Había unas cuantas mesas libres y Tracey señaló la del fondo. Apenas su puso atención a los chicos del escenario, sólo alzó la mano para llamar al mesero, pero no fue un mesero cualquiera el que se acercó. Fue Seamus.
―¡Tracey, veniste! ―Sonrió, pero a Tracey le pareció algo forzado. Ella intentó responder de igual manera pero no lo logró―. ¿Qué van a querer?
―Whisky de fuego ―pidió Randall―. Sólo para ella ―la señaló.
Seamus desapareció poco después.
―Tracey ―dijo Randall, llamando la atención de la joven, que parecía más concentrada en la pared que en cualquier otra cosa.
―¿Sí?
―Siempre te emborrachas cuando…
―Ya lo sé ―cortó ella.
―Deja de envenenarte ―le pidió Randall―. Por favor. ―Tracey miró aún más atentamente hacia la pared. Randall sólo sacudió la cabeza. Tracey era consciente de que estaba obligándolo a ser la parte racional de ellos dos, algo que él odiaba, porque se le daba horriblemente mal―. Por cierto, le gustas. Y cree que somos pareja.
―¿Qué?
―Le gustas.
―Randall, no quiero gustarle a nadie. De verdad.
EJEM, nuevo capítulo. Averiguamos un poco más de los personajes, realmente no es que pase nada extremadamente importante, ¿o sí? Tracey tiene unos cuantos problemas ―algo que ya se intuye desde antes, pero si lo quieren aquí está la confirmación― y Randall tiene que ser la parte racional del asunto. Bueno, nos vemos en el siguiente capítulo.
Andrea Poulain
A 24 de marzo de 2015
