Disclaimer: Todos los personajes que reconozcan, así como hechizos, lugares, apellidos, etcétera, le pertenecen a J. K. Rowling, esta historia sólo salió de mi cabeza.

Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"


Capítulo 4: You've got time

"Think of all the roads, think of all their crossings.

Taking steps is easy, standing still is hard"

Regina Spektor


Pansy parecía más preocupada por cómo se veía que por otra cosa, porque esa era su única motivación para ir a esa boda. Farley nunca le había caído y si Blaise había conseguido una invitación era porque no habían conseguido ligarlo con los mortífagos. Ni Nott, ni Goyle, ni Malfoy habían conseguido una, así que Pansy no tenía exactamente demasiado interés en ir. Llevaba una túnica color verde oscuro, muy elegante, que le resaltaba la cintura y con suerte disimulaba lo huesuda que era de los hombros. Sin embargo, por alguna razón, no dejaba de arreglarse las mangas.

―Oh, vamos, te ves bien, deja de moverle a las mangas ―le dijo Blaise mientras esperaban en la fila para entrar. La maldita boda tenía demasiados invitados, en general gente que no tenía el placer, ni las ganas, de conocer―. Te ves bien ―le repitió.

―Oh, deja, mira las mangas…

―Pansy, te ves bien ―le repitió él―. Lo juro.

Llevaban sólo seis meses saliendo aunque nadie apostaba por ellos. Discutían quizá demasiado seguido, pero iban relativamente bien. Eso sí, Pansy apenas tenía una vaga idea de por qué Blaise había insistido en asistir a la boda. Él se había asegurado de comentar muy pocas cosas porque, por mucho que lo ocultara, si Tracey Davis salía en la conversación, tendía a sentirse celosa ―aunque supiera que ella y Blaise nunca volverían a estar juntos porque habían sido poco más que un amor adolescente― porque, en algún lugar de su mente, encontraba a Tracey más guapa que ella.

Según Blaise, la idea era discutible. Pansy estaba acomplejada por la nariz que tenía y las caderas demasiado estrechas que a veces la hacían parecer demasiado delgada y que ella se esforzaba en remarcar con algunas túnicas que le favorecían. Tracey, por otro lado, tenía una nariz pequeñita y muy respingada, caderas anchas, aunque era muy bajita ―demasiado bajita, Goyle la llamaba «duende»― y tenía una frente ancha que siempre había intentado disimular con un fleco.

―Pero, Blaise…

―Pansy, te juro por Salazar que te ves bien, deja de preocuparte.

Casi habían llegado a la entrada del jardín donde se celebraría la boda que la novia insistía en llamar «La boda del siglo», aunque nadie en los medios le hacía eco, precisamente.

―Invitaciones, por favor ―les pidió el chico de la entrada. Blaise enseñó la suya y Pansy hizo lo propio con una sonrisa. Por alguna razón, Gemma Farley había considerado sus nombres en la lista de invitados.

La supuesta «boda del siglo» tenía lugar eno el lujoso jardín de la gran casa señorial de los Farley, que databa, por lo menos, de la época Victoriana. Era lógico que fuera en aquel lugar, porque los Carmichael no tenían tanta fortuna, aunque sí un gran poder mediático ―como había dejado claro Eddie Carmichael cuando había logrado, con sólo el poder su su palabra, poner a la sociedad mágica en contra de vampiros y licántropos.

Pansy se dedicó a admirar la decoración del lugar, pero Blaise no perdió tiempo con eso, simplemente ocupó su lugar para la ceremonia mientras Pansy parloteaba a su lado, comentando los vestidos de todo el mundo, el mal gusto de Farley ―aunque que le había impedido admirar a la antigua prefecta de Slytherin como el resto del mundo― y a los invitados. Podía verse muy superficial, pero lo cierto es que Pansy conocía a mucha gente, al menos de cara. Podía ser amable si la situación lo requería, siempre y cuando estuvieran hablando de alguien de su círculo, que entendiera las normas no escritas de los antiguos Slytherins.

―¿Cómo está Tracey? ―preguntó Pansy, cuando se sentó, volteando a verlo. Blaise ni siquiera le había dicho que había ido a verla.

―No te conté…

―No eres bueno cubriendo tus pistas, simplemente asumiste que me comportaría como una loca celosa y no me contaste nada ―resumió Pansy. A Blaise le sorprendió lo acertado de aquella conjetura, Pansy, después de todo, lo conocía―. Pero no soy tan idiota y la existencia de Tracey no me molesta. De hecho, si todo se pudiera ver en blanco y negro, en este mundo, la apoyaría a ella.

―Pero detestas a los hombres lobo.

―Oh, sí, son peligrosos ―aceptó Pansy―. ¿Pero sabes qué? Provocarlos como hace Carmichael también es peligroso, enfurecer a un montón criaturas así no debe ser un buen plan. Y está lo más importante de todo: Farley es una perra, me encantaría verla hundirse.

―Bueno… ese es más o menos el plan ―musitó Zabini.

―¡¿Qué?! ¿Incluso tienes un maldito plan? ―preguntó ella, en voz baja, pero aun así se notaba lo alterado.

―Algo así.

―Por eso querías venir ―adivinó Pansy.

―Sí ―le confirmó Blaise. Ya no tenía caso seguir escondiéndole cosas a aquella chica, que parecía leer su mente con excesiva facilidad.

―Oh, oh, Blaise, querido, deberías aprender a contar conmigo ―le dijo ella, con una sonrisa―. Puedo tener buenas ideas si se trata de hundir a gente que odio.

Blaise se acercó al oído de la morena.

―Por eso te elegí a ti, pero no te voy a poner en peligro ahora mismo ―murmuró―; así que, de momento, vamos a disfrutar la ceremonia.

Ceremonia que Pansy más tarde calificaría como absurdamente larga y aburrida, todo coronado por el mal gusto de Farley. En lo único en lo que la novia acertó fue en el vestido, de corte clásico, no demasiado ostentoso y con pocos adornos; sin embargo, el tocado era tan horrible que Pansy no pudo evitar poner los ojos en blanco cuando vio a Farley. Otras personas, como Pansy señaló más tarde, parecían estar escondiendo las ganas de reír ante semejante mal gusto en «La boda del siglo».

Blaise directamente no le prestó atención a todas aquellas superficialidades que Pansy adoraba criticar. Había hablado con Pucey unos días antes y el joven, que se había presentado solo a la boda, había aceptado ayudarle. Lo habían planeado todo a detalle para que Farley no volviera a poner sus manos sobre Tracey Davis o si quiera lo pensara. Farley odiaba a los hombres lobo en general, pero su odio por Tracey superaba cualquier otra cosa. Tarde o temprano, iba a ir tras ella.

Poco después, las filas de sillas se deshicieron para dar paso a una pista de baile y mesas redondas. No era la primera boda a la que Blaise asistía ―había estado presente en todas las de su madre―, pero incluso a él le llegaba a sorprender el mal gusto de los adornos enormes de Farley, en color plateado, que en ningún caso contrastaba demasiado con el blanco de todo lo demás. Sería una decoración simple si todos los moños no fueran tan complicados y recargados de brillo.

―En serio, ¿quién le dijo que sabía decorar? ―preguntó Pansy mientras uno de los meseros que había contratado los llevaba hasta su mesa. Ya había un par de personas en la mesa, Kevin Bletchey, con una chica. Pansy hizo un mohín que apenas si se notó, pues no soportaba a nadie que tuviera el apellido Bletchey, pero hizo verbal ninguna queja al respecto―. ¡Kevin, que gusto! ―le dijo―. Hace tanto que no nos vemos… ―Pansy se había asegurado de eso, según recordó Blaise―. ¿Cómo te ha ido? Oí que entraste a trabajar el ministerio…

―Sí, sí, en Deportes y Juegos… ya sabes. No es gran cosa ―Kevin Bletchey, fornido, sonrió―. El antiguo puesto de mi hermano.

―Oh, que interesante ―repuso ella, con una sonrisa que indicaba todo lo contrario. Miles Bletchey había desaparecido hacía unos años sin dejar ningún rastro. Adrian Pucey, que solía vivir con él, había declarado que no había dicho a donde pensaba ir la noche de su desaparición y había zanjado el asunto, pero Blaise siempre había creído que sabía algo más―. ¿No hay ninguna pista de tu hermano? ―preguntó Pansy, fingiendo un interés que no sentía en lo más absoluto

―No, Pansy, ninguna… ―respondió Kevin―. Seguimos buscándolo.

La conversación siguió, tensa, durante unos minutos hasta que empezaron a llegar más personas. Adrian Pucey entre ellos, del brazo de una desconocida que había estado en Ravenclaw. La cena empezó a servirse con ningún contratiempo y la boda del siglo ―que sólo Gemma Farley, desde hacía pocos minutos Carmichael, llamaba así porque realmente a nadie se le ocurría que semejante recepción pudiera ser una boda por la que todos los medios se interesarían― siguió sin contratiempos.

Fue cuando empezó el baile que Blaise empezó a pensar seriamente en su plan. Pansy y él bailaron hasta que Adrian reclamó que Pansy le debía un baile desde hacía años y ella se lo cumplió. Blaise, por su parte, pasó a bailar con la antigua Ravenclaw. Sólo la ubicaba de cara, ¿por qué no podía recordar su nombre?

―Creo que Adrian no ha tenido el gusto de presentarnos… ―dijo, tomándola de la cintura.

―Lisa Turpin, soy su cita ―respondió ella, sonriendo. Tenía una sonrisa dulce y amable.

―Mucho gusto… ―respondió Blaise, perdiendo el interés. Las citas de Adrian usualmente cambiaban de semana a semana, así que para Blaise nunca se había interesado en exceso por ellas. Simplemente se dedicó a bailar hasta que el destino lo puso al lado de Gemma―. ¡Gemma! ―exclamó, acercándose―. Querida, creo recordar que alguna vez me prometiste un baile, ¿tú no?

―Blaise, Blaise… ―ella le tendió la mano―. ¿A la chica no le importara?

Blaise miró a Lisa, como preguntándole, pero ella negó con la cabeza. Eddie Carmichael la tomó del brazo y Blaise hizo lo propio con Gemma.

―¿Lo quieres? ―preguntó Blaise, una vez que Eddie se hubo alejado. Realmente le interesaba conocer la verdad, aunque ya suponía que lo que había entre Farley y Carmichael no era más que un asunto de negocios.

―¿Qué?

―Pregunto si lo quieres ―repitió él―. Ya sabes, fue toda una sorpresa recibir la invitación a la boda. Todo tan… precipitado.

―He cambiado, Blaise. Dejé la adolescencia atrás ―respondió ella, como si quisiera justificarse. Probablemente por eso tantos de sus compañeros habían recibido una invitación. Gemma Farley, además de estar restregándoselos en la cara, estaba demostrándoles que ya no era la chica que solía ser.

―Seguro que sí. ―Él sonrió, intentando ocultar la incredulidad, porque, por algún motivo, no le creía nada―. Sólo me causa curiosidad porque no parece tu tipo de chico.

―¿Y quién si lo es?

―Terence lo era ―soltó él, deleitándose con la reacción de Gemma, que se quedó congelada antes de atinar a responder.

―Lo nuestro no duró. ―Gemma Farley se encogió de hombros, quitándole importancia―. Además era menor que yo. Nunca podríamos haber sido una pareja sólida.

―Ya… ―musitó Blaise, que no se lo tragaba. Terence Higgs podía rechazar todo lo que Tracey Davis era, pero la había querido de verdad durante algún tiempo y su recuerdo se había quedado con él, algo que Gemma Farley no había podido soportar cuando por fin, después de haberse deshecho de Tracey Davis, había conseguido que Terence se fijara en ella, aunque sólo fuera para triste consuelo―. He oído que ahora te interesan viejos libros irlandeses ―siguió, viendo como Gemma se quedaba helada un momento; que poca capacidad para disimular tenía―, no sabía que la historia antigua fuera lo tuyo. ¿Caminamos un momento? ―le propuso.

Blaise le señaló la salida de la carpa y vio a Gemma asentir casi imperceptiblemente. Salieron de la carpa, alejándose un poco de la multitud.

―Así que lo sabes ―repuso ella, en cuanto se hubieron alejado un poco de la carpa.

―No cubres demasiado bien tus huellas ―respondió él, haciendo notar lo obvio―. Te creía con más clase para ese tipo de negocios, Farley.

―¿Quién dijo que me interesaba cubrirlas, Blaise? ―preguntó ella, con un tinte en la voz que sin duda ella creía que la había ver más peligrosa, pero lo único que lograba era hacerla sonar de una manera insoportablemente petulante―. No tengo nada que esconder ―Sonrió con esa sonrisa inocente que ponía cuando quería esconder alguna fechoría―. Mi interés en ese libro es puramente académico, por supuesto. Eddie está tras una importante investigación, quizá podrías ayudarle, ya que sabes sobre el asunto.

―Sería interesante, sí ―dijo él―. Pero hay dos cosas: detesto a Eddie Carmichael, y lo sabes. Y algo más importante, debes estar loca para pedirme que me ponga en contra de Tracey Davis. No trates de ocultar que todo es sobre ella, porque sé que tipo de encantamientos esconde ese libro que buscas… ¿Cuánto tiempo esperaste antes de lanzarte encima de Terence después de que la hiciste huir? ―preguntó él―. Pero bueno, como no funcionó, buscas vengarte como despechada. Me das pena, Gemma.

Se metió la mano en el bolsillo dispuesto a sacar la varita, pero la castaña sonrió casi maquiavélicamente y le enseñó una varita en cada mano.

―¿Cuál es la que buscabas? ―preguntó ella, curveando los labios hacia arriba en algo que parecía una sonrisa, pero no era más que una mueca cruel―. Al bailar siempre es fácil quitarle la varita a alguien, sobre todo si son tan distraídos como tú. ¿Qué ibas a hacerme, Zabini? ¿La imperius para convencerme de que no le hiciera nada a Davis? ¿Me ibas a borrar la memoria? ¿A atacar? ¿A implantar un recuerdo? Pero bueno, no perderé el tiempo hablando, los segundos corren… ―lo apuntó con su varita―. ¡Imperius!


Él le había mandado una vociferadora. Ella había esperado una semana antes de atreverse a mandarle una carta que él no había respondido. Era difícil. Randall siempre había sido la decepción de su padre, un mago, si no brillante, su bastante astuto. Siempre había deseado que Randall continuara su carrera política, pero Randall había resultado ser un ladrón de apuntes, alumno mediocre, nada preocupado por los estudios e inmaduro a más no poder. Tracey aún solía decirle que estaba metido en una adolescencia perpetua.

Iba a cumplir veinticuatro años, sin embargo, físicamente, para siempre tendría veintiuno. Solía hacer bromas de cómo iba a ser apuesto para siempre, pero una sonrisa y un comentario irónico no ocultaban la verdad: con el vampirismo había perdido su capacidad para la magia casi completa. Lo volvía loco sentir su varita y no poder ni siquiera sacarle chispas. Nunca había sido un mago sobresaliente, había sufrido cada momento de su aprendizaje, pero en ese momento, que no podía hacer magia, daba lo que fuera por poder hacer el hechizo más sencillo del mundo.

Sólo le quedaban las pociones, que eran un triste consuelo, pero al menos siempre se le habían dado bien.

Finalmente, llegó a la casa. Una casa en una zona muy habitada de Londres, donde su madre se había empeñado en asentarse. A Randall siempre le había gustado el lugar porque las paredes eran de papel y siempre había ruido en el lugar. Vio la luz de la cocina prendida y supuso que su padre aun no llegaba a casa. Se acercó y, esperando que no fuera él el que abriera, tocó la puerta.

Tuvo suerte. Fue su madre.

Cabello castaño, mirada cansada, arrugas prematuras en las sienes y en la frente. El cabello recogido por detrás. Randall sonrió.

―Hola, mamá.

Ella lo abrazó, como si estuviera viendo una visión. Nunca se había atrevido a pararse por allí después de su transformación, por el miedo a herirla o matarla. Y porque sabía que su padre no lo aceptaría. Para su padre, los vampiros siempre habían sido seres inferiores por su incapacidad para hacer magia. No se había atrevido a encararlo y a decirle «Papá, soy un vampiro».

La relación de Randall con su padre siempre había sido mala, aún más cuando había demostrado carecer de aspiraciones para una carrera política y él supuso que decirle en lo que se había convertido sólo lo empeoraría más. Nunca lo había confesado, hasta que el registro obligatorio lo había hecho por él. La vociferadora que le había llegado le había destrozado el poco corazón que le quedaba.

―¿Dónde estuviste todo este tiempo?

―Aquí… allá… ―Randall se desembarazó del abrazo y se encogió de hombros―. En algunas partes.

―Tu padre y yo no sabíamos que… ―Su madre no lo dijo. Parecía ser un tabú. Para su madre, toda la magia era algo extraño a lo que no estaba acostumbrada. Había nacido muggle y había visto como su vida daba un vuelco cuando a los dieciocho años se había enterado que estaba embarazada y que su novio era un mago―. Podrías habérnoslo dicho, Randall. Bueno, podrías habérmelo dicho a mí, no me iba a escandalizar.

―Creí que te daría miedo ―dijo él, a modo de pobre disculpa.

―Ya estoy acostumbrada ―suspiró ella, y se hizo a un lado, para dejarlo que entrara al recibidor―. Pasa.

Randall, por fin, dio un paso adentro de la casa. Su madre lo condujo hasta la mesa de la cocina, donde tenía un café enfriándose.

―¿No ha llegado? ―preguntó Randall, refiriéndose a su padre.

―No.

―Será mejor que no me vea aquí ―musitó―. No creo que le guste.

―Eres su único hijo, Randall ―dijo su madre, tomando asiento, levantando la taza de café―. Tiene que aceptarlo. Debería aceptarlo ―repitió, en voz más baja, como si se estuviera convenciendo a sí misma de aquello.

Así, Randall se dio cuenta de que la relación con su padre, si es que alguna vez se restablecía, sería tan complicada que quizá ninguno de los dos tendría fuerzas para hacer el intento. Suspiró y miró a su madre, sin querer seguir amargando aquel encuentro con temas como aquel y le dedicó una sonrisa medio triste.

―Vine aquí a verte a ti, mamá, no te preocupes ―dijo él―. ¿Estás bien?

―Siempre estoy bien, niño ―le respondió ella―. Y tú… ¿no te has metido en asuntos extraños otra vez? ―inquirió, no muy segura, pues ya había titubeado antes de haces la pregunta.

―No ―mintió Randall. Era una mentira tan grande como una casa, pero no quería preocupar a su madre. Ella no podía saber qué hacía, no podía saber en qué ilegalidad tan grande estaba metido.

Traficar con pociones de dudosa procedencia no era exactamente lo más legal del mundo, pero Randall se había asegurado de no llamar demasiado la atención para que el Ministerio no acabara tras sus pasos. Había empezado a hacerlo cuando se había visto en la necesidad de conseguir dinero rápido y había descubierto que su único talento aparente eran las pociones. Con el tiempo, se había encontrado con que había muchos desesperados por conseguir cualquier cosa para envenenarse.

―Más te vale ―le advirtió su madre.

Randall no dijo nada y su silencio fue más elocuente. Aunque su madre quisiera controlarlo, ya era imposible. Randall tenía casi veinticuatro años ―aunque no parecía, y nunca parecería, mayor de veintiuno― y había hecho su vida como había podido.

―¿Seguro que no te has metido en problemas, Randall? ―volvió a preguntar su madre, que podía leer su cara mejor que cualquier persona; incluso mejor que Tracey.

―Seguro, mamá.

―Randall Bennett, no me mientas.

―Bueno… lo del registro ―masculló él, entre dientes―. Podría ser un problema.

«Pero ella no tiene por qué saberlo, idiota», pensó, reprochándoselo a sí mismo. Por nada del mundo quería ponerla en peligro, pero ahí estaba mirándola cara a cara, aun cuando se había prometido a sí mismo que nada ―nada en el mundo― valía poner en peligro a su madre.

―¿Lo del registro?

―Podrían usarlo para hacer caza de brujas, mamá ―explicó Randall, a regañadientes―; pero en vez de cazar brujas, lo están haciendo con vampiros y licántropos. Tracey sospecha algo.

―¿Tracey? ―preguntó su madre, más interesada en aquel nombre desconocido que en la explicación de Randall.

―La chica con la que vivo ―respondió él.

―¿Vives con una chica? ―Su madre abrió mucho los ojos, sin poder ocultar la sorpresa―. Han pasado demasiadas cosas en estos tiempos, Randall.

―Sí, bueno… ―Randall se pasó una mano por el cabello, como siempre que estaba nervioso. Si hubiera sido capaz de ruborizarse, lo habría hecho, pues no todos los días alguien le decía a su madre que vivía con una chica―. Tracey Davis. También estaba en el registro ―dijo él.

―Ah ―dijo su madre―, no recuerdo su nombre. ¿También es… como tú?

Randall apreció que, aun cuando su madre parecía aceptar de buena gana lo que era, la palabra «vampiro» seguía siendo una especie de tabú. No se lo reprochó, pues aquel tema siempre había sido delicado con su padre.

―No, no es como yo ―respondió él―, y tampoco es mi novia, si eso crees ―aclaró―. Sólo es una chica. La conocí hace dos años.

―Y vives con ella.

―Prácticamente entré sin permiso a su apartamento, mamá, que me haya dejado quedarme allí fue sólo suerte. ―Randall se encogió de hombros, restándole importancia al asunto. Tracey y él habían empezado su relación de amistad como un simple negocio: compañía y techo para él a cambio de matalobos para ella. Lo demás había surgido con el tiempo y la confianza―. Pero se convirtió en una buena amiga. Se encarga de que no haga nada malo.

Su madre suspiró, bajando la vista, dándole otro sorbo al café. Volvió a subir los ojos y escrutó a Randall con la mirada, quizá preguntándose si el niño que había criado seguía allí adentro. Probablemente sí, pero los años de alejamiento le habían devuelto a un desconocido, se dijo Randall.

―Tienes que contarme muchas cosas ―dijo ella, finalmente―, muchas cosas ―repitió, más para sí.

―Claro que sí, te las contaré, ya lo verás… ―Randall le sonrió, pero aquella promesa sonaba más a promesa vacía que a realidad―. Volveré un día de estos ―siguió, poniéndose en pie―, pero ahora tengo que irme. No quiero que… ―«papá me encuentre aquí», iba a decir, pero no se atrevió a completar la oración―. Vendré otro día ―fue lo que soltó finalmente.

Su madre se paró a darle un abrazo y lo dejó marchar con pocas palabras de despedida y así fue como, en muy poco tiempo, Randall estuvo de vuelta en las inhóspitas calles de Londres. Ya no reconocía el vecindario en el que había crecido. Todo había cambiado demasiado en cuestión de poco tiempo, las tiendas habían cerrado, los restaurantes habían cambiado y los vecinos habían ido desapareciendo. Todo se veía exactamente igual, pero Randall sabía que ya no era su vecindario.

Caminó calle abajo, pues todavía tenía que llegar hasta Charing Cross, donde estaba el Caldero Chorreante. Lo que no daría por poder aparecerse en una noche así, pero la magia se había esfumado de su ser hacía dos años. No quería reconocerlo, pero lo volvía loco levantar la varita y que nada pasara. Desde que lo habían convertido sólo era capaz de realizar pociones, ni un solo hechizo o encantamiento, ni siquiera el más sencillo. Ni un simple «alohomora», nada. Se sentía inútil delante de Tracey, que todavía tenía sus capacidades mágicas intactas y tenía cierta destreza con la varita.

Y además, por supuesto, estaba la sed.

Nunca se iba, aunque había forma de calmarla por unos días. Sin embargo, siempre sentía como algo en su interior quemaba, sobre todo en su garganta. La sed era lo más terrible de ser un vampiro, lo que sacaba a relucir su parte más bestial, más salvaje. Era un precio demasiado alto a pagar por la vida eterna, que ni siquiera estaba seguro de querer.

Pensaba en eso cuando sintió el olor. Claro, muy dulce, joven. Aspiró con la nariz para captar algo más, para sentir de donde venía, simplemente por el puro instinto. Había aprendido a diferenciar los diferentes olores de las personas: más dulces en las chicas jóvenes, más salvajes en los adolescentes, un cierto sabor añejo en aquellos cuerpos que empezaban a envejecer. Aquel era el olor de una chica joven, por lo dulce y lo puro. Una chica joven que estaba demasiado cerca de él.

«No es tu día de suerte, chica», pensó, dirigiéndose a donde el olor lo llevaba. A veces intentaba resistirse, pero ese día no tenía humor para hacerlo. Siguió el olor hasta que, a lo lejos, distinguió la figura de una chica en pantalones vaqueros que iba caminando por la calle con una bolsa al hombro y un gorro en la cabeza. Estaba empapada por la lluvia y por eso Randall no había sentido el olor hasta que había estado muy cerca de ella.

No se entretuvo en las ceremonias, no se entretuvo en nada. Se lanzó sobre la chica por detrás sacando sus colmillos, usando un brazo para sostenerla y otro para cubrir su boca y evitar que emitiera algún sonido. Llegado el momento, incluso evitaba pensar en lo que estaba haciendo. Le decía alimentarse, para no decir «asesinato»; cubría sus actos con un eufemismo para justificarse ante Tracey y ante el espejo. Se hubiera dejado morir de hambre si no fuera porque la sangre le causaba un enorme placer: cuando la bebía, parecía que todos sus problemas se habían acabado de momento.

Y así fue, durante un momento, hasta que sintió cómo algo se le clavaba en el estómago y se dio cuenta de que la chica lo había herido. Desconcertado, se llevó una mano a donde estaba la herida, soltando a la chica y entonces ella pronunció unas palabras. Fue cuando Randall se dio cuenta de que era una varita y antes de que pudiera hacer nada, la chica se desapareció.

Se quedó mirando la herida como estúpido, esperando a que cicatrizara ―ser vampiro podía tener muy pocas ventajas, pero una de ellas era curarse casi instantáneamente―; sin embargo, la herida no se curó un ningún momento y, rendido, tuvo que volver a caminar, intentando contener la sangre con una mano, sintiendo un dolor punzante en uno de los costados, cerca de alguno de sus riñones.

Caminó así hasta Charing Cross, hasta llegar al Caldero Chorreante y cruzar hasta el callejón Diagon. Caminó así las pocas cuadras del callejón Knocturn hasta que llegó al mugriento edificio donde vivía con Tracey y subió las escaleras con una mano llena de sangre, cojeando. Sólo recordaba haber sentido un dolor igual de punzante cuando lo habían convertido y se había quedado en las calles de Londres, sin que nadie se preocupara por él. Pero aquella vez había alguien y cuando abrió la puerta y la encontró encorvada frente a la mesa, leyendo ―o descifrando― un libro, casi sonrió. Sin embargo, la sonrisa nunca alcanzó su rostro y alzó la mano justo cuando ella se giraba para mirarlo.

―Tracey ―musitó―, estoy herido.

Ella fue más rápida de lo que Randall esperaba. No era la primera vez que veía sangre y sabía que hacer. Sacó el improvisado botiquín que tenía para cada que ella se hería y jaló a Randall, que no atinó a reaccionar tan rápido como ella, hasta el sillón.

―¿Qué carajos te pasó? ―preguntó, sin mirarlo. Estaba revisando el botiquín, buscando frascos, leyendo las etiquetas uno por uno.

―Me atacaron ―respondió él. No tenía ganas de hablar y decirle a Tracey que había cometido una estupidez al atacar a una bruja, por eso lo podrían mandar a Azkaban, si la bruja decía algo. En general, se podía sentir la magia de una persona, el olor era siempre más fuerte; pero esa vez no había sido capaz.

―Me queda claro ―respondió Tracey, alzando una ceja, cortando un pedazo de algodón y abriendo, finalmente, uno de los frascos―. Lo que me pregunto es por qué no te curas.

―Y yo qué voy a saber… ―respondió él, volteando la mirada, hosco.

―Más que yo, sí ―repuso ella. Randll sintió como le alzaba la camisa de allí donde tenía la herida―. ¿Listo?

―Sí ―le respondió, pero no estaba nada seguro.

Tracey mojó el algodón y se lo puso sobre la herida. Supuestamente, eso debería sanarlo, era una poción que el mismo Randall había hecho para Tracey. Pero lo único que le produjo fue un ardor insoportable.

―¡JODER! ―gritó. Se había puesto tenso.

―¿Qué? ―preguntó Tracey, alejando el algodón―. ¿Duele?

―Arde ―corrigió él―, como los mil demonios, por Merlín.

―Que extraño. ―Tracey volvió a revisar el frasco, quizá para asegurarse de que era la poción correcta, o para revisar que no estuviera en mal estado―. No debería hacer eso, la hiciste tú. ¿Quieres que pruebe con otra cosa? ―preguntó.

―Podría ser, sí…

Pero obtuvieron el mismo resultado, y la tercera vez, Randall no quiso probar con algo más, así que Tracey le puso una venda para detener el sangrado, esperando a que pasara.

―Bien… ―dijo Tracey, asegurándose de que la venda quedará bien y después volteándolo a ver―. ¿Estás seguro que no pasó nada raro hoy? Además de la herida, digo.

―Ataqué a alguien, Tracey ―confesó él―. Alguien a quien no debí de haber atacado.

―Alguien con magia ―dedujo ella.

―Sí.

La reacción de Tracey no se hizo esperar.

―Eres un imbécil, Randall Bennett. ―No gritó, sus palabras frías ya eran suficientes para herirlo―. ¿Me estás diciendo que si esa bruja abre la boca pueden empezar a buscar a un vampiro en cualquier momento? ―preguntó.

―Prácticamente ―fue la única respuesta.

―Eres un jodido imbécil, Randall, un jodido imbécil, ¿cómo no te diste cuenta? ―increpó Tracey―. ¡¿Cómo?! ¿Qué piensas hacer si empiezan a buscarte? ¿Qué vamos a hacer, Randall?

―Podrías abandonarme, irte… Salvarte.

―No lo voy a hacer. Nunca ―dijo ella, respirando hondo―. Ya sabes. Te voy a proteger hasta el final, como siempre lo hemos hecho. Aunque seas in idiota, un imbécil, un… ―Se interrumpió, poniéndose en pie, con el botiquín en la mano―. Ya veremos que hacemos. Tenemos que averiguar de qué es la herida, por lo pronto.

Randall se quedó sentado allí, contemplando la enorme estupidez que había cometido. Pero aun así, Tracey estaba allí, ayudándolo a salir de otro hoyo. Sólo que dudaba que aquella vez el error fuera tan sencillo de solucionar. Aquella vez, de verdad podría acabar en Azkaban. No era un caso de contrabando menor, un robo sencillo a un muggle, un ataque a un muggle. Había atacado a una bruja. Y entonces, dándose cuenta de algo, lo repitió: había atacado a una bruja.

Buscó la varita casi con desesperación, entre las bolsas de su pantalón. Se la pasó de una mano a otra, sin atreverse a hacer nada, hasta que fijó su vista en la pared y apuntó.

―¡Pericullum!

Un chorro de chispas rojas salió de la varita. Era la primera vez que podía hacer magia desde su conversión y, aunque lo tenía todo en su contra, sonrió.


¡Hola! Sé que ha pasado el tiempo, sí, que no había actualizado esto, pero bueno, las cosas se empiezan a poner interesantes. Sé que los protagonistas de este capítulo no son precisamente los de los anteriores, pero necesitaba estas dos escenas. La de Blaise creo que es obvio por qué, la de Randall ya lo verán.


Andrea Poulain

A 19 de junio de 2015