Disclaimer: Todos los personajes que reconozcan, así como hechizos, lugares, apellidos, etcétera, le pertenecen a J. K. Rowling, esta historia sólo salió de mi cabeza.
Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"
Capítulo 5: Take me to chuch
"I'll worship like a dog at the shrine of your lies
I'll tell you my sins and you can sharpen your knife
Offer me that deathless death"
Hozier
El bar de Seamus estaba cerrado a esas horas, pero ella estaba sentada en la barra, esperando a que Seamus acabara de atender a un par de proveedores. El lugar se veía muy diferente de día, con mucha más luz, las mesas vacías y sin meseros corriendo de un lado a otro. Tracey reconocía que Seamus había tenido buen ojo para hacer negocios de aquel tipo porque hasta antes de aquel bar, no había habido ningún lugar para la gente joven. Las Tres Escobas estaba lleno de colegiales los días de salida, Cabeza de Puerco era demasiado inhóspito y, por supuesto, el Caldero Chorreante estaba lleno de gente mayor que sólo quería pasar un rato tranquilo. Pero aquel bar era perfecto, con música muggle ―o eso suponía Tracey, porque nunca la había oído en su vida― sonando todos los días y unos cuantos grupos mágicos que esperaban hacerse un lugar como los sucesores de las Brujas de Macbeth o algo parecido.
Sí, de día parecía un lugar acogedor. Dean, que había salido a atenderla cuando había llamado a la puerta le había preguntado si no quería beber algo, pero ella se había negado. No tenía sed y además prefería que Seamus la atendiera rápido, estaba preocupada por Randall. El vampiro había negado que la herida le molestara, pero Tracey sabía que eso era una mentira, había visto los gestos que hacía cada que se cambiaba los vendajes. Además, había empezado a aparecer una marca cerca de la herida que Millicent había reconocido como algo antiguo irlandés ―a decir verdad, Tracey había prestado muy poca atención a las explicaciones―. Y allí estaba, esperando a que Seamus Finnigan la atendiera y, con suerte, decidiera brindarle su ayuda.
Tracey no conocía a más con conocimientos de magia antigua irlandesa y Seamus era el que había llevado el libro. Podría ser de ayuda.
Taconeó con el pie en el suelo, impaciente. Evitaba pensar en todo lo que estaba sucediendo alrededor, pero no podía evitar las miradas ―que cada vez eran más gracias a la campaña de difamación de Carmichael―, los insultos. Hacía dos noches les habían destrozado la vitrina de la tienda y se habían llevado algunos objetos de valor. Desde entonces, Millicent, furiosa, había reforzado la seguridad. No eran las únicas que tenían problemas, pero si las que los tenían de manera más frecuente, además de la dueña de la heladería, Madame Fortescue. Los seguidores de Carmichael estaban dejando un reguero de vidrios rotos, carteles e insultos; aún no atacaban a nadie, pero Tracey sabía que era sólo cuestión de tiempo para que pasara.
Además, estaban las desapariciones de licántropos por todo el país. La parte paranoica de la joven le decía que Carmichael tenía la culpa, que eran sus seguidores, pero el Profeta y el jefe de la oficina de aurores, Gawain Robards, no habían podido probarles nada. Shacklebolt había hecho algunas declaraciones al respecto, instando a todos a mantener la paz, pero se notaba que no había logrado gran cosa. Tracey insistía que necesitaban mucho más que palabras para arreglar las cosas porque mientras no se detuviera de manera firma a los agresores, los ataques seguirían.
La única buena noticia de todo aquel panorama es que nadie había denunciado a Randall, al parecer. Andaba con pies de plomo, por si ocurría, pero tenerlo libre y en casa era lo único bueno que había pasado.
Finalmente, Seamus salió acompañado de otro hombre de la oficina y después de intercambiar con él algunas palabras de despedida, dirigió su mirada hacia Tracey. No parecía sorprendido, por lo que la joven supuso que Dean ya le habría informado que ya estaba allí.
―Tracey, hola ―saludó, acercándose―. Dean dijo que era urgente.
―Hola ―respondió ella al saludo, pata no perder los modales―. Sí, lo es. Bastante urgente en realidad.
―¿Tiene que ver con el libro? ―preguntó Seamus, con un toque de preocupación.
―No, no, no es eso, el libro está bien ―lo calmó Tracey―, Millicent se encarga muy bien de cuidarlo. Es… otra cosa. Quería pedirte un favor.
―¿Un favor? ―Seamus parecía interesado en el asunto, lo que le dio esperanzas a Tracey para que no dijera que no de entrada―. ¿De qué se trata, Tracey?
La joven no estaba acostumbrada a que la trataran con esa familiaridad cuando no la conocían demasiado. Seamus y ella apenas habían hablado unas cuantas veces, pero desde la primera, él la había tratado de aquella manera cercana. Viendo los tiempos que corrían, para Tracey aquello era todo un milagro.
―Tiene que ver con magia irlandesa ―empezó ella, observado la cara de Seamus. Tenía esa manía de ver las reacciones que sus palabras causaban, sobre todo cuando quería ser delicada―. Supuse que sabrías algo.
―Porque tengo un Bar Irlandés y soy irlandés ―resumió Seamus.
―Bueno, sí ―respondió Tracey―. No conozco a nadie más de confianza.
En realidad, a nadie más, a secas, fuera o no de confianza. Seamus era la única persona que había acudido a su mente cuando Millicent le había dicho que el símbolo era irlandés.
―No sé mucho de magia irlandesa antigua, Tracey ―reconoció Seamus―, sólo unas pocas cosas. Fui a Hogwarts, así que supondrás que no son unos expertos en ese tema. Pero, qué demonios, puedo intentarlo.
Tracey sonrió por un momento y luego, de manera apresurada, buscó entre su bolsa el pergamino en el que Millicent había dibujado el símbolo mientras Randall se quedaba de que un trol estaba examinándole el estómago ―la sutilidad y el tacto nunca habían ido con él―. Estaba dibujado con tinta roja, pero se veía bien. Cuando lo encontró, se lo tendió a Seamus.
―Hirieron a un amigo ―explicó, para evitar decir más―, la herida no parece curarse y apareció ese símbolo al lado de la herida. En un tono oscuro, como si le estuviera quemando la piel.
Seamus examinó el pergamino, lo volteó varias veces, intentando adivinar que era, pero Tracey se desilusionó al descubrir que él estaba tan perdido como ella. Era su única esperanza en ese momento.
―No… lo siento ―dijo Seamus―. Sé que es irlandés pero no tengo ni idea… No lo entiendo. ―Parecía frustrado consigo mismo―. Aunque… mi madre… ella podría saber algo ―balbució―. Siempre me insistía que debería de aprender más cosas de magia antigua irlandesa porque eran mis raíces, pero nunca le hice mucho caso. Ella podría saber algo.
«Peor es nada», se dijo Tracey. Peor era nada, sí.
―Eso estaría bien, gracias ―dijo ella.
―¿No quieres algo? ―preguntó Seamus―. Sé que es muy temprano para cualquier bebida, para el té… ¿Algo? ―parecía querer que aceptara, pero ella negó con la cabeza.
―Debería volver a la tienda ―fue lo que respondió―. Dejé a Millicent sola y las cosas no han estado demasiado bien.
En realidad, acababan de abrir y ya daba igual que cerraran a medio día, porque de todos modos la gente no iba. Pintaban palabras como «asesinos» o «mortífagos» en su pared ―aunque realmente, Tracey jamás los hubiera apoyado, ella era mestiza; pero la gente parecía creer que todos los licántropos habían estado del lado de Voldemort porque tenían muy poca memoria―, o groserías. Ya no rompían los cristales por las protecciones que había puesto Millicent, que impedían que la gente se acercara demasiado a las vitrinas, pero las ventas iban de mal en peor. Tracey había ofrecido retirarse un tiempo, al menos no atender el mostrador, pero Millicent se había negado. Era el sueño de las dos, no podían dejarlo morir tan fácil.
―¿Problemas?
Tracey asintió.
―Ya sabes por qué. ―No era necesario aclarar más, Seamus había visto su nombre en el registro.
―La gente sólo es estúpida ―dijo él―, olvidan muchas cosas.
―El problema es que esa gente es la que nos compra cosas, Seamus, vamos a caer en bancarrota si no mejora el panorama…
No agregó nada más, pero no quería volver a los tiempos en los que Randall y ella sufrían por conseguir suficiente dinero para la renta y la comida ―aunque él no comía nunca, pero siempre se había preocupado, a su manera, por ella―, cuando trabajaba en la heladería y el sueldo no alcanzaba para mantenerla y tenía un par de túnicas raídas únicamente, además del uniforme de cajera. No quería volver al tiempo en el que vivía escondiéndose, cuando Farley le quitó a sus amigos y Miles se empeñó en perseguirla.
Miles Bletchey… tan sólo de recordar el nombre le entraban escalofríos. Siempre había habido algo raro con él, en la manera en que la miraba desde la primera vez que la encontró sentada al lado de Terence y de Adrian. Se habían hecho amigos cuando ella estaba en segundo y ellos la habían adoptado como mascota. Desde entonces le había gustado Terence, aunque, de alguna manera, Adrian siempre había sido más cercano a ella. Ella y Terence habían empezado a salir cuando ella estaba en cuarto y entonces Miles había empezado a molestarla, a acercarse a ella, a decirle, medio en broma, medio en serio, que si no fuera de Terence ―como si las chicas fueran sólo una propiedad―, ya la habría robado ―como si eso se pudiera hacer, porque las chicas no tenían voz ni voto―. Ojalá las cosas se hubiera detenido allí. Ojalá.
―Si caen en bancarrota, puedes venir aquí, nos hace falta un gerente de planta ―le dijo Seamus, intentando ser amable― y parece que sabes administrar bien las cosas.
―No, esa es una pésima idea. Si vengo aquí, entonces este bar caerá en bancarrota ―dijo Tracey―. Soy yo, enveneno todo lo que toco. Estúpido registro de criaturas mágicas que tiene que ser público, estúpidos seguidores de Carmichael que difaman y repiten todo lo que él dice.
―Las cosas tienen que cambiar, no es posible que le permitan hacer todo lo que quiere…
―¿Lees las noticias, Seamus? ―preguntó Tracey―. Tiene un apoyo desmesurado. Quiere que las criaturas seamos ciudadanos de segunda clase y lo va a lograr si cuenta con el apoyo del Winzengamot. El ministro tiene las manos atadas porque necesita el apoyo de su tribunal y su tribunal le está dando la espalda. Es de locos…
―Ah, señor Finnigan, no sabía que estaba ocupado ―interrumpió la voz de una mujer, que al parecer acababa de llegar y estaba mirando hacia la barra.
Tracey se volteó porque algo en el timbre de aquella voz le pareció conocido y se quedó pálida al reconocer a la mujer que estaba en la puerta. Mucho maquillaje, como siempre, un peinado complicado y una túnica cara. Gemma Carmichael seguía siendo igual.
―Ah, señorita Farley… ―Seamus había empalidecido.
―Carmichael ―corrigió ella―. Desde hace unos días. Señora Carmichael.
―Señora Carmichael, entonces ―repuso él―, ¿necesita algo?
―Vine para insistirle en el asunto del Códex, señor Finnigan, ya que no respondía mis cartas…
Tracey se había quedado congelada. Gemma y ella no se habían visto en mucho tiempo. Pudo ver que Seamus tampoco parecía muy cómodo con la escena y fue cuando decidió que tenía que salir de allí. Tampoco quería causarle problemas a Seamus.
―Mejor que voy, Seamus ―dijo en un tono apenas audible―, nos vemos otro día.
Empezó a caminar hasta la puerta, pero el brazo de Gemma la detuvo tomándola por la muñeca fuertemente.
―Ah, Tracey Davis ―dijo, como saboreando las palabras―, deberías tener cuidado. He oído que le están dando su merecido a los que son como tú.
Después de eso, la soltó. Tracey Davis salió del bar apretando los puños, conteniéndose para no atacar a Gemma. No notó la mirada de Seamus clavada en su espalda, como si la idea de quedarse a solas ―casi a solas, en realidad, Dean estaba en la bodega― fuera una pésima idea. Sin embargo, Tracey no pensaba en eso, sino en sí misma. Odiaba no tener el coraje ni la falta de escrúpulos para atacar a Farley allí mismo y hacerle pagar todo lo que le había hecho. En su mente, lo hacía una y otra vez, pero cada vez que se enfrentaba a la posibilidad, por mínima que esta fuera, nunca se atrevía.
En el fondo, muy en el fondo, no se atrevía porque no quería problemas. Y aún más en el fondo sabía que ella no era de las que jugaban sucio. Para eso tenía aquel parásito con el que vivía y que se encargaba de todas las cosas que ella no era capaz de hacer.
No somos ciudadanos de segunda clase
No diré mi nombre. No tiene caso. Basta con saber que una maldición llamada licantropía pesa sobre mí y los últimos días he sufrido ataques verbales y físicos, me han negado la entrada en algunos lugares y me han tratado como escoria; muchas otras personas sufren de lo mismo. No somos ciudadanos de segunda clase, por más que el Winzengamot lo esté considerando. ¿Con qué excusa? ¿Qué somos peligrosos? La poción matalobos existe por una razón, esa excusa dejó de ser válida hace mucho tiempo.
No somos ciudadanos de segunda clase, no nos merecemos este trato. Somos magos y brujas, como todo el mundo y…
Cuando menos, era idealista, se dijo Tracey, dejando el panfleto que habían pasado debajo de su puerta durante el día, pero tenía un punto. Nadie se merecía aquel trato que había estado recibiendo las últimas semanas. Había dejado de ir a la tienda ―por mucho que Millicent― se quejara, porque sólo hacía que las ventas bajaran más. Ahora se quedaba allí, todo el día, con Randall, que no se cansaba de vigilar dos calderos que tenía en la cocina.
Parecía una fiera encerrada, era incapaz de estar en paz. Apenas descansaba porque se levantaba en cuanto el sol se escondía y, en aquella época, cada vez era más temprano. Tracey lo soportaba, porque llevaban cuatro años de convivencia, pero nunca antes habían estado tanto tiempo juntos.
―¡JODER! ―Después del grito, un plato roto.
Tracey se precipitó a la cocina, antes de que Randall deshiciera toda la vajilla que, de todos modos, no usaba.
―¡Randall! ―exclamó, abriendo la puerta de la cocina. Parecía que había estado moviéndole a la poción antes de que algo lo hubiera hecho enojarse―. ¿Qué demonios te ocurre?
―¡Mira! ¡Página trece! ¡Mira! ―le lanzó el periódico, furioso.
Tracey lo había visto pocas veces realmente fuera de sus casillas, tan enojado, así que simplemente abrió el periódico en la página trece sin decir nada y abrió mucho la boca cuando leyó el titular de una nota corta que estaba en la esquina de la hoja.
Después de dos años desaparecido, aparece el cadáver de Miles Bletchey
Ayer por la mañana, obreros de una excavación muggle reportaron haber encontrado restos humanos en descomposición. El Ministerio de Magia intervino cuando se descubrió que los restos pertenecían a Miles Bletchey. No se han emitido declaraciones sobre la causa de la muerte ni sobre la investigación que se llevará a cabo las próximas semanas.
«El cuerpo llevaba allí una buena temporada», declaro Kevin Bletchey, «así que es probable que nunca encontremos al asesino, pero… no he perdido la esperanza, así como nunca perdí la esperanza de encontrar con vida a mi hermano».
Tracey no siguió leyendo los dos siguientes párrafos. Con aquellos dos pequeños tenía suficiente. Miró a Randal.
―No tienen forma de saber quién fue ―dijo, para intentar calmarlo―. No tienen forma de saber quién fue. Han pasado dos años, hablamos de un cadáver que lleva dos años en descomposición.
―Tracey, ¿y si la bruja me delata? ¿La bruja a la que ataqué? ―preguntó Randall―. Van a buscar en todos mis jodidos recuerdos y van a encontrarse con que le clavé los colmillos a Bletchey e hice que se desangrara hasta morir.
―Van a encontrar otros asesinatos, Randall. Otras cosas ―respondió Tracey―. ¿Y a ti te preocupa eso?
―Creo que no has entendido bien, Tracey. ―Randall se acercó demasiado a ella―. Aunque acabar en Azkaban no sea lo que más deseo, no me importaría ir a Azkaban por el asesinato de ese cerdo. No. Pero si ven mis recuerdos, te verán a ti. Te acosarán con preguntas y tarde o temprano descubrirán que fuiste mi «cómplice». ―Randall dibujó unas comillas en el aire―. Así que disculpa si quiero protegerte de toda esa mierda.
Se volvió a alejar y volvió al caldero que tenía enfrente.
Tracey respiró hondo. Randall y ella nunca habían hablado del tema de aquel asesinato y ella se había esforzado en olvidarlo tanto como había podido, pero la escena seguía viva en sus recuerdos cuando la evocaba. Sus uñas rasgando el piso, buscando la varita, Randall abriendo la puerta y lanzándose sobre Miles Bletchey cuando descubrió la escena y oyó el grito.
Hasta entonces, Tracey había sabido que Randall mataba a sus víctimas cuando no podía contenerse, pero aquella había sido la primera vez que lo había visto matar y disfrutar de un asesinato, de aquella vena salvaje y bestial que todos los vampiros tenían dentro de sí. Ninguno de los dos se arrepentía demasiado de la muerte de Miles Bletchey, pero habían evitado pensar en eso.
―Gracias ―musitó Tracey.
―¿Por preocuparme por ti? ―Randall volteó la vista, intentando esbozar una sonrisa amable que no le salió―. Eso siempre, ya lo sabes. Te lo dije cuando ese sujeto intentó…
―No lo digas ―pidió Tracey―. No lo digas.
Randall se encogió de hombros. Respetaba su silencio aunque sabía que la envenenaba por dentro; nunca intentaba hacerla hablar del pasado si ella no quería.
―Ya lo sabes, Tracey ―fue lo que dijo y zanjó el asunto.
Nunca hablaban de eso, de la muerte de Miles Bletchey. Tracey se lo había contado todo una sola vez a Adrian y a él, en la misma habitación ―para que Adrian la ayudara a encubrir el asesinato, mintiendo― y no había vuelto a tocar el tema. La obsesión de Miles con ella había empezado a aumentar al ritmo que ella crecía y no se había detenido nunca. Por fin, cuando ella se armó de valor para hablar con Terence, para decirle que no quería ver a Miles nunca más, él no le había creído y ella, con su confianza minada, no le había contado el asunto a nadie más. Pocas semanas después, Gemma Farley había destapado su secreto y ella había huido.
Cuando Adrian la había encontrado vendiendo helados en la tienda de Madame Fortescue había cometido el error de contarle a Miles ―precisamente porque ella nunca le había contado nada sobre las obsesiones de Bletchey― y Miles la había encontrado sin problemas. Del resto, prefería no acordarse.
―Si ocurre, ¿qué vamos a hacer? ―preguntó ella.
Randall se encogió de hombros.
―Contar la verdad, supongo aunque ya sé que esa idea no te gusta, pero… ¿tenemos otra opción? ―Tracey negó con la cabeza―. Pues eso, contarle al mundo la clase que era Miles Bletchey.
Ella suspiró.
―De todos modos, no ha habido ninguna denuncia contra ti. Ya han pasado las semanas, Randall.
Él se encogió de hombros. Por una vez, el pesimista era él. Tracey creía que nunca se había enfrentado de aquella manera a un peligro tan cercano. Le daba terror la idea de acabar preso, por lo que Tracey había visto, pero seguía teniendo un extraño orden en sus prioridades: cuidar de ella siempre estaba primero. Era curioso, porque eran opuestos. Tracey siempre había sido mucho más seria, más amable; Randall, en cambio, solía ver la vida como un gran chiste y no tenía ninguna clase de filtro.
―Puede suceder en cualquier momento. ―Él se encogió de hombros―. En cualquier momento.
Por alguna razón, su voz sonó mucho más débil la segunda vez. Tracey no dijo nada más. Randall y ella no sabían mucho del otro de antes de conocerse ―él conocía la historia de Miles, ella que no se llevaba bien con su padre―. Habían construido una relación de amistad quizá porque los dos estaban huyendo de un pasado que no querían recordar.
En ese momento, Tracey se encontró preguntándose qué iba a hacer sin Randall si lo apresaban en algún momento.
Se había convertido en su otra mitad, en su reflejo, en la persona que dormía a su lado ―las únicas dos horas de sueño que coincidían en la cama―, quien se había arriesgado a todo por protegerla. Entre ellos nunca había habido nada más que eso, fría sinceridad, pero había bastado para convertirlos en cómplices y en amigos. Randall había sido la persona que había estado a su lado en su momento más oscuro y que había vigilado sus pesadillas cuando despertada a media noche, gritando, con las uñas clavadas en las sábanas, gritando de terror. Randall era quien la había abrazado después de que Miles Bletchey la hubiera destrozado y se había quedado a su lado.
―Randall ―llamó, volviendo a llamar su atención. Él levantó la cabeza, sorprendido de que no se hubiera marchado ya a seguir con lo que estaba haciendo y alzó una ceja, como preguntándole que quería―. ¿Qué voy a hacer sin ti si tus crímenes te alcanzan un día?
Randall forzó una sonrisa que más pareció una mueca.
―Vivir sin el lastre de tener que mantenerme.
Bromeaba, pero en sus ojos se notaba la verdad. El terror a acabar en una celda, la impotencia que sentiría si no podía protegerla de sus propios demonios. El miedo. Sobre todo el miedo.
Ella sonrió de vuelta. Pero su sonrisa no fue del todo sincera; era imposible que lo fuera.
Estaba de nuevo tras el mostrador de la tienda, con una cara de pocos amigos. Millicent había insistido. Pero en realidad no tenía ganas de estar allí después de su encuentro con Farley, unas semanas atrás, porque Farley había resultado tener razón y el Winzengamot había pasado una iniciativa que reducía los derechos de todos los licántropos y vampiros. Shacklebolt, por supuesto, se había quedado en los medios, en su propio tribunal y en cada una de las entrevistas que había dado, pero no había conseguido arreglar nada con el solo poder de su voz.
Bajo la amenaza de que eran peligrosos, el control sobre ellos se había hecho más férreo. Ya no era sólo el registro, sino la vigilancia, la perpetua sospecha que pendía sobre ellos. Según lo que había leído Tracey, no se necesitaría una autorización firmada para interrogarlos con veritaserum en caso de sospecha? ¿Cuándo había conseguido Carmichael tantos seguidores?
Así que estaba allí, sentada detrás del mostrador, mirando a la calle. Había un idiota de los seguidores de Carmiachel en la acera de enfrente, que hablaba con la voz amplificada con un sonorus, diciendo lo que Randall calificaría como mierda pura. Tracey intentaba ignorarlo, pero era casi imposible. Tamborileó con los dedos sobre el vidrio del mostrador, rogando que alguien entrara y la distrajera. Pero nadie entró. El letrero, justo abajo del nombre de la tienda, que rezaba «asesina», asustaba a la clientela.
―¡Invaden nuestra sociedad! ―se oían los gritos―. ¡Atacan a nuestros hijos! ¡Se hacen pasar por uno de nosotros! ¡No podemos permitirlo!
Tracey intentó taparse los oídos, pero no dejó de oír los gritos en ningún momento. Millicent le había dicho que tenía que ser fuerte, pero ella simplemente no se sentía fuerte en ese momento. Ver como todos los derechos de las criaturas mágicas empezaban a irse por la borda porque todo el mundo estaba demasiado asustado como para intervenir ―y las criaturas habían sido siempre una minoría― y ponerse en contra de una de las voces más influyentes del mundo mágico.
―Jódete, Carmichael ―dijo Tracey, dirigiendo su mirada al vidrio del mostrador, viendo comos su propio reflejo le devolvía una furiosa mirada―. Ojalá te pudras en el infierno.
«Ojalá pudiera oírme», se dijo Tracey. Pero entonces se dijo que quizá, si algún día lograba estar frente a Carmichael, no iba a tener el valor de decirle las mismas palabras que le estaba dirigiendo al vidrio. Odiaba aquella característica de ella. Siempre demasiado preocupada por las reacciones ajenas, cargando demasiada inseguridad para enfrentar a cualquier persona que no fuera Randall, con un miedo patológico a ir contra corriente. «El problema es que toda tu vida va contracorriente, Davis», se dijo a sí misma. «Te conviertes en una bestia sanguinaria una vez al mes».
―¡No podemos dejar que antiguos seguidores de Lord Voldemort sigan amenazando nuestra paz! ―fue el último grito que oyó.
No quiso asomarse a la calle. Sólo se tapó los oídos con las dos manos, viendo furiosa al cristal, preguntándose qué pasaría si atacaba a aquel imbécil. Podría hacerlo pedazos, si quisiera, tenía las suficientes agallas y la suficiente habilidad con la varita como para hacerlo.
Entonces, las campanillas de la puerta sonaron, distrayéndola.
Cuando alzó la vista, Seamus Finnigan le devolvió la mirada.
―Hola, Tracey ―saludó, acercándose, con paso seguro. La había invitado varias veces al bar en los últimos días, pero ella no había ido nunca. Sabía la clase de miradas que atraía cuando era reconocida y no era lo suficentemente valiente como para enfrentarse a todo eso―. Siento venir de sorpresa, pero esto es importante. ¿No estás ocupada?
―¿No se nota? ―respondió ella, ácidamente. Se arrepintió en el preciso momento en que lo dijo; probablemente Seamus sólo intentaba ser amable.
―Lo siento ―se disculpó Seamus―. Es sobre la marca de tu amigo. Es importante.
―¿Averiguaste algo?
―Mi madre tuvo que buscar en uno de sus libros, pero sí, ya sé que es. ―Seamus sonreía, satisfecho―. Aunque hizo demasiadas preguntas, no es una marca demasiado común, Tracey.
―Bueno, suéltalo… ―lo animó ella.
―Te advierto que no es bueno.
―Creéme, estoy acostumbrada a las malas noticias ―fue lo que ella dijo―. Tengo a un idiota diciendo imbecilidades frente a mi puerta. Así que suéltalo de una vez.
―Es una marca de rastreo, Tracey ―soltó Seamus―. No suele ser algo muy bueno, sobre todo si no saben quién se la puso encima. Nadie puede controlar a tu amigo, pero sí pueden encontrarlo en cualquier momento, con cualquier movimiento que hagan.
―Por Morgana… ―musitó ella.
―Sí, es peligroso ―resumió él.
Por eso no habían denunciado a Randall, descubrió Tracey ―o al menos intuyó―; tenían algo mucho mejor. Tenían la oportunidad de hacerlo en cualquier otro momento, sabiendo donde estaba. La única pregunta que quedaba por resolver era quién se lo había puesto encima, pero dudaba que eso fuera tan fácil de responder.
―¿No hay manera de descubrir quién se la puso encima? ¿Un rastro? ―preguntó ella, sabiendo que le estaba pidiendo demasiado a Seamus.
―Podría haber sido posible en el momento, Tracey, con la firma mágica que dejan todas las varitas ―explicó Seamus―. No sé si exista una manera de hacerlo cuando ha pasado tanto tiempo, pero tendría que buscar o preguntarle a mi madre. No sé si quiera pasar sus días ayudándome, pero si quieres, podría intentar.
―Si puedes… ―Casi le sonaba a súplica, pero no tenía más ideas sobre a quién acudir. Podría mandarle una carta a Zabini, que había estado desaparecido desde la boda de Carmichael y Farley, así que no sabía que tan disponible estaba―. Sería un gran favor.
Seamus le sonrió, dándole ánimos.
―Te importa mucho tu amigo, ¿no? ―preguntó.
―Me salvó una vez ―respondió ella, recordando los dientes de Randall clavándose en la carótida de Miles Bletchey―. Es lo menos que puedo hacer por él. Además, estamos más o menos en el mismo barco con todo lo de Bletchey y el registro de criaturas.
―¿Es cómo tú? ―preguntó Seamus de una manera que Tracey consideró demasiado impulsiva, pero aun así, no se molestó.
―No, algo parecido. Vampiro.
―O sea, tu opuesto ―resumió Seamus―. Es curioso.
―Lo dice todo el mundo. ―Tracey sonrió. En realidad todo el mundo era Millicent, Adrian y Blaise. Tracey no había mantenido más amistades que aquellas cuando dejó Hogwarts y no se había encargado de cuidarlas lo suficiente. Había pasado dos años sin hablarle a Adrian, tres a Millicent y cuatro a Blaise. En ese momento, además estaba Seamus, que había entrado un buen día en la tienda llevando el Códex de los Tuatha Dé Danann y poco a poco habían ido hablando más y más en las cartas que intercambiaban.
―Bueno, creo que será mejor irme… ―Seamus, sin embargo, no parecía tener ganas de volver al trabajo―. Esta noche se presenta un desconocido en el bar. Se hace llamar Vaisey ―comentó― y asegura que toca algo parecido a Lorcan d'Eath. ¿Vendrás está noche?
Tracey negó con la cabeza.
―Asusto a tu clientela ―explicó ella.
―No importa. No me importa en lo más absoluto ―respondió él―. Alguien tiene que estar dispuesto a plantarles cara a esos desgraciados, a demostrarles que no le están lavando el cerebro a todo el mundo. ―Tracey agradecía aquel apoyo incondicional de todos sus amigos, pero siempre le había parecido maravilloso que Seamus en especial no la juzgara. No solía pasar con alguien que apenas conocía―. Además, nunca te he visto bailar. ―Seamus se encogió de hombros―. No te invito porque quiera probar algo a todos los seguidores de Carmichael o a mí mismo, Tracey ―aclaró―, creo que sería maravilloso verte bailar. Anímate un día.
―Lo intentaré.
Sonrió, dándole falsas esperanzas, recordando lo que Randall decía sobre él. «Le gustas», le había asegurado la vez que la había acompañado al Bar Irlandés. Randall no solía equivocarse en eso, pero Tracey no había tenido ninguna relación después de Terence. En el fondo, todavía le asustaba abrirse a alguien de manera romántica.
―Bueno, entonces, nos vemos.
Seamus salió de la tienda y ella se quedó mirando al vacío de nuevo. Pensó en poner el cartel de cerrado, porque de todos modos nadie iba a entrar y a ir atrás con Millicent, donde los gritos del hombre no se oían. Pero se quedó allí, escuchando todos los insultos contra los licántropos y los vampiros, mirando al cristal del mostrador, donde reposaban todos los productos que no se vendían.
―¡No podemos decir que envenenen nuestra sociedad!
Ella nunca había envenenado nada, se dijo. ¿Acaso todos aquellos borregos de Eddie Carmichael se habían molestado en conocer a alguien como ella en algún momento?
―¡No podemos decir que ataquen a nuestros hijos!
Nunca había atacado a nadie. Nunca. Nunca. Nunca.
Se estaba justificando contra acusaciones que sabía que eran absurdas, pero no podía evitarlo. La fuerza de estar oyéndolas le minaba la esperanza en que todo el resto de los magos y brujas reaccionaran y se dieran cuenta de todas las injusticias que se estaban cometiendo. Ojalá despertaran. Ojalá las cosas cambiaran.
―¡Matan a nuestros hijos! ¡Tratan de pasar por uno de nosotros!
Entonces, no pudo más. Cuando Seamus había estado en la tienda se había concentrado en Seamus y no en los gritos, pero sola, casi desesperada, después de oír eso todo el día, se puso en pie y caminó hasta la puerta con una furia que no sabía que tenía. La furia acumulada por las palabras de Farley en el Bar de Seamus, por todas las miradas recelosas que había tenido que aguantar, por todas las injusticias y por la marca de los dientes del licántropo que la había convertido en una.
―¡MENTIRA! ―fue lo que gritó al abrir la puerta y encarar al hombre que estaba frente a ella―. ¡Mentira, eso es todo lo que cuentan! ¡Mentiras! ¡Nadie como yo pidió esta maldición! ¡Nadie!
Hubo silencio durante un par de segundos. La gente se le quedó mirando, pero nadie la apoyó. Por un momento, tampoco, nadie se puso en su contra. Después, un huevo se estrelló en su cabeza, se quedó congelada hasta que el segundo aterrizó en su pecho y se metió a la tienda lo más rápido que pudo. El tercer huevo aterrizó en el cristal de la puerta.
Se recargó de espaldas contra la puerta, respirando hondo. Era la primera vez que le plantaba cara a una multitud de aquella manera.
En vez de sentirse bien de alguna manera, se dejó caer lentamente hasta el suelo y, sin limpiarse en lo absoluto, se puso a llorar de pura impotencia.
Ni que lo digan, yo ya sé que la mujer me va a demandar por maltrato personajil. Este capítulo ha sido muy Tracey!centric y marca el ecuador del fic. Sé que parece que nada interesante sucede, pero ya verán, ya verán. Lo que les espera a los pobres de mis personajes. Todo lo que se narra de Miles ―aquí está contado resumido, claro―, está en Hay una luz que nunca se apaga, otro fic mío. Pero no es necesario conocerlo para entender esto, pues esa es sólo la historia de cómo se conocieron Tracey y Randall y las cosas que pasaron entre ellos para que se volvieran amigos tan incondicionales.
Andrea Poulain
A 20 de junio de 2015
