Disclaimer: Todos los personajes que reconozcan, así como hechizos, lugares, apellidos, etcétera, le pertenecen a J. K. Rowling, esta historia sólo salió de mi cabeza.

Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"


Capítulo 6: Let her go

"Only know you've been high when you're feeling low.

Only hate the road when you're missin' home.

Only know you love her when you let her go"

Passenger


Pasaron dos semanas y media antes de que aceptara una de las invitaciones de Seamus, más por insistencia de Millicent, que decía que se preocupaba por su diversión, que porque realmente quisiera ir. Era cierto que se entendía con Seamus, sí, y que é la había invitado, pero Tracey no consideraba que los tiempos estuvieran para salir de noche y divertirse. Estaba Randall, por ejemplo, al que le había dicho lo de la marca que tenía en el abdomen. Sin embargo, como la capacidad de ambos para lidiar con los problemas era nula, no habían buscado nada para contrarrestarlo; las crisis no eran lo suyo. Así que allí estaba, una noche, en el bar de Seamus y Dean, sentada en una de las mesas del fondo.

Millicent había pedido sólo una cerveza de mantequilla, pero Tracey quería un whisky de fuego. Urgente. Había días que sentía que necesitaba algo que le quemara la garganta y la dejara aturdida. Las declaraciones de Camichael seguían inundando todos los medios ―menos, por supuesto, El Quisquilloso, que hacía una fuerte campaña contra él―, pero ya no era sólo Carmichael quien lo decía. Otras cuantas personalidades habían empezado a apoyarlo, como Flint, que jugaba Quidditch en el Pluddmere United o un tal Roger Davies que al parecer era un genio de la medicina mágica. Millicent evitata que Tracey pensara en todo aquello, como buena amiga que era, pero lo cierto es que la joven no se lo podía sacar de la cabeza. ¿Qué iba a pasar si aprobaban la reforma?

―¡Tracey! ¡Veniste! ―Era Dean―. Iré a decirle a Seamus.

―Hola Dean ―saludó ella, con una sonrisa tímida. De los dos, era el que siempre sonreía más al verla y los dejaba solos a los dos. Tracey sospechaba que estaba intentando hacer de una especie de celestina, pero no tenía mucho talento para el asunto―. No es nece…

Sin embargo, el chico ya se había ido. Tracey suspiró y volvió la vista al vaso de whisky de fuego.

―¿Brindamos? ―propuso Tracey, mirando a Millicent.

―Por el futuro ―propuso Millicent, levantando la cerveza de mantequilla.

―No, ese está muy negro, Millie ―se quejó Tracey―. Por… ―empezó, pero no se le ocurría nada por lo que brindar, se quedó callada un momento, intentando pensar, pero nada fue a su mente―. ¿Por qué el futuro sea mejor? ―sugirió, preguntando.

Millicent asintió.

―Salud.

Era un deseo utópico, pero Tracey deseaba que se cumpliera. Además, como decía su abuelo: «cuando las cosas han tocado fondo, sólo queda esperar a que mejoren». No siempre se cumplía porque, como Tracey había descubierto durante los tiempos de la guerra y la post guerra, las cosas siempre podían ir a peor. Después de la batalla de Hogwarts, después de la muerte de su padre, la habían mordido. Y poco después, cuando todos se habían enterado, había pasado su época más oscura, cuando había conocido a Randall.

Quizá por eso le tenía tanta confianza: era el único que lo había visto en sus peores tiempos.

―¿Adrian ya no ha ido a molestarte? ―preguntó Millicent, después de dar un trago a su copa.

Tracey negó. Adrian era su amigo, pero no era el mejor amigo del mundo. Tenía un talento especial para arruinar todo y tener nulo tacto para decir las cosas. Su relación siempre había sido complicada, porque Adrian siempre se había preocupado por ella, incluso cuando Terence no lo hacía; sin embargo, nunca había sido capaz de ir contra su mejor amigo y Tracey jamás había notado al chico amable que siempre estaba atrás de Terence.

―No ―respondió―, ya no. Manda cartas, pero dice menos estupideces que de costumbre.

―Supongo que aprendió la lección ―aventuró Millicent―. Eso espero.

Ella fue la primera que levantó la cabeza cuando notó que Seamus había aparecido, con una sonrisa y le lanzó una mirada a Tracey, como intento de complicidad que Tracey agradeció apenas curveando los labios antes de alzar la cabeza. Randall decía que ella le gustaba a Seamus, casi se lo había asegurado; pero, ¿qué sabía Randall de asuntos amorosos? Ella nunca lo había visto con chicas, ni con chicos, ni con nadie. Y ella no quería nada con nadie.

―Hola, Tracey ―saludó él.

―Hola ―respondió ella, alzando las cejas, como preguntándole por qué estaba allí.

Él señaló hacia el escenario, tragando saliva.

―¿Bailas? ―Extendió una mano, no realmente seguro. Tracey sonrió, volteó a ver a Millicent, que asintió y luego se puso en pie.

―Sólo esta canción.

Seamus se encogió de hombros, declarando que eso le parecía bien y la acompañó hasta un espacio libre que había frente al escenario. No dijo nada por unos momentos, sino que le puso la mano en la cintura y dejó que ella le tomara el hombro. Tracey se fijó en su cara, intentando adivinar si Randall tenía razón. Probablemente era estúpido, pero quería saberlo.

―Creí que nunca aceptarías venir alguna noche ―dijo Seamus, finalmentre―. Empezaba a creer que… bueno, no te interesaba.

―Millicent puede ser bastante persuasiva ―respondió Tracey―. Últimamente no salgo.

No le gustaba. Antes de que empezaran a reconocerla y a repudiarla, solía salir con Randall, pero siempre a lugares muggles y sólo porque sabía que iba a acabar de niñera del vampiro. Siempre había sido un poco más responsable, con la cabeza más fría, pero Randall era todo impulso y estupidez. Habían tenido buenos tiempos después del último incidente, sí, por lo menos veinticuatro horas de felicidad en las que Randall pudo hacer magia. Y después, los silencios, la espera, el callado sufrimiento entre los dos.

―No todos son prejuiciosos. Ya sabes ―respondió Seamus―. Al menos no aquí.

Tracey asintió.

―Sin embargo… ―Ladeó la cabeza, moviendo la boca―. Es complicado. Afuera las palabras de Carmichael empiezan a sonar cada vez con más fuerza, Seamus ―se lamentó Tracey―; no entiendo cómo ha conseguido convencer a tanta gente de que las criaturas mágicas como yo somos un peligro.

―No pienses en eso ahora mismo, Tracey.

―Pero, tengo una teoría. No hay peligro desde que quien-tú-sabes fue derrotado por Harry Potter ―contó ella―. La tranquilidad es genial, pero… entumece. Hace a algunos olvidar lo que es el peligro, lo que es sobrevivir, así que empiezan a inventar peligros, a señalar gente. Y la caza de brujas empieza.

―Tracey, no pienses en eso ahora mismo ―repitió Seamus―. No es agradable que te deprimas por eso.

―Es lo que tengo que vivir diario.

―Puedes intentar olvidarlo por un momento ―le dijo él―. Te lo juro, es posible. Imagina que no estás en Reino Unido, que Carmichael no ha dicho nada y que todo es… normal. Otra vez.

―Mi vida nunca ha sido del todo normal, Seamus, pero puedo entenderlo. ―Tracey sonrió.

Siguieron bailando sin decir gran cosa hasta que terminó la canción y Seamus la acompañó de regreso a donde estaba Millicent, que sonrió al ver regresar a su amiga y de inmediato le dijo a Seamus que debería acercar una silla y sentarse un rato. El joven miró nervioso, a la barra y asintió después de hacerle una seña a Dean; mientras iba a buscar una silla, Millicent se inclinó hacia Tracey.

―Me gusta, no está con tu ánimo depresivo de toda la vida ―le dijo.

―Millicent…

―Si, ya sé, ya sé, me lo hiciste prometer ―dijo Millicent―: no plática sobre chicos. Pero, en serio, Tracey, ¿cuántos novios has tenido? ¿Uno? Y era Terence Higgs, no podemos decir que fuera exactamente buen material para novio. Deberías probar por allí, ya sabes. O si quiera acostarte con Randall, que ya es algo.

―Millie…

―Ya sé, ya sé, no plática sobre chicos.

―Gracias.

Tracey no tenía ganas de discutir sobre posibles parejas. Nunca le había gustado el tema ―gracias a las chicas como Pansy Parkinson que hablaban todo el tiempo de los chismes de parejas― y agradecía que nadie se metiera en su vida amorosa. Millicent lo hacía con tacto, excepto cuando quería animar a Tracey, como en aquel momento. Randall sólo soltaba cosas como «le gustas», «deberías salir con él», «¿dices que no te acuestas con nadie desde hace un año?» con la mayor normalidad del mundo, como si meterse en su intimidad no importara en lo más mínimo. Y a Tracey le importaba: su intimidad era algo que valoraba demasiado como para que alguien se metiera en ella, aunque se llamara Randall Bennett y llevara años viviendo con ella.

―Seamus, ¿desde cuando tienes el bar? ―preguntó Millicent cuando el joven regresó arrastrando una silla.

―Desde… poco después que salimos del colegio. Mi madre tenía el local y quería rentarlo ―contó―, pero al final la acabé convenciendo de que esto era un buen negocio. Al final la convencí.

―Así que tu madre puso el dinero…

―Algo así ―respondió él―. No somos ricos, pero ella tenía un poco ahorrado. El padrastro de Dean nos prestó otro tanto, pasamos hambre un par de meses y entonces el negocio demostró ser bueno, más juvenil que otros.

―Es buena idea ―reconoció Millicent.

―¿Y la tienda? ¿Cómo demonios se les ocurrió?

―A Millicent siempre le han interesado las antigüedades ―se adelantó Tracey―. Cuando estábamos en Hogwarts se volvía loca por las cosas viejas y sabía arreglar libros, restaurar cosas. Yo era buena identificando estilos, épocas, esas cosas, así que ella bromeba diciendo que cuando abriera su anticuario, me invitaría.

―Y lo hice, aunque ella no me creía ―añadió Millicent.

―Aunque primero tuviste que encontrarme ―dijo Tracey.

―Sí, eso también…

―¿Encontrarte? ―Seamus parecía confundido. Tracey se dijo que era probablemente porque no conocía la historia completa.

―Digamos que no estuve en contacto unos años ―respondió Tracey y volvió la vista a su vaso. Seamus, respetando aquello, no preguntó nada más.

Millicent se dedicó a llevar la conversación, porque Tracey parecía un poco ida y Seamus, nervioso, así que preguntaba algunas cosas, sobre todo del origen irlandés de Seamus y se aseguraba de que la plática no estuviera rellena de silencios incómodos hasta que, en un momento cualquiera, Tracey decidió que era momento de irse a casa. Millicent se ofreció a acompañarla, pero ella se negó; Seamus hizo lo mismo, pero ella volvió a negarse y finalmente los abandonó ―en medio de un silencio incómodo― y salió a la calle. Eran casi las dos de la mañana y se preguntó como había pasado el tiempo tan rápido. Suspiró y se dedicó a caminar, estaba acostumbrado y, en cualquier caso, no estaba indefensa.

Se había acostumbrado a vivir en el Callejón Knockturn. Una vez que había identificado a los peligrosos de los simples idiotas, podía moverse por allí con más tranquilidad. Borgin & Burkes era la tienda frecuentada por los sangre limpia que querían vender o comprar tonterías de magia negra; más allá había un herbolario que vendía, en negro, ingredientes no autorizados por el Ministerio y que Randall visitaba muy seguido. Tracey sabía que además había un burdel entre las paredes del callejón Diagon del que se hablaba con secreto y que era completamente ilegal. De todas maneras, nada constituía ya una sorpresa en aquel lugar: las calles estaban llenas de pordioseros que no tenían cabida en ningún otro lugar, generalmente adictos a las sustancias que Randall cocinaba en el caldero y luego les vendía. Solía ser un mal negocio, porque cada vez estaban más pobres y más acabados.

Su apartamento estaba en un edificio destartalado y acabado, donde vivía una pareja que cada día tenía más hijos ―iban por el cuatro― y estaban tan pobres que probablemente no serían capaces de mandarlos a Hogwarts con todo el material que necesitaban, una pareja joven que sólo se dedicaba a estar en la cama y un viejo enfurruñado que odiaba el ruido. Además, claro, de ella y Randall. A fuerza de seguir viviendo allí por la falta de dinero, se había acostumbrado a llamar hogar a un mugriento apartamento con un baño, una cocina, una habitación y una sala que hacía las veces de comedor.

Subió las escaleras, sin oír demasiado ruido, y sacó la llave para abrir la puerta: todo parecía en orden. Sin embargo, cuando abrió la puerta, se encontró con Blaise Zabini mirándola, sentado en la sala.

―¿Blaise? ―inquirió ella, abriendo los ojos por la sorpresa―, ¿qué demonios haces aquí?

―Lo siento, no sabía a quién demonios acudir, Tracey… ―respondió él, parecía agitado, sudaba―. Alguien burló la seguridad de la tienda ―contó, atropellando sus propias palabras por la rapidez―, no vi quien era, pero conseguí recuperar algo. ―Levantó el objeto que tenía en la mano y Tracey ahogó una exclamación al reconocer el Códex―. Tienes que decirle a Millicent que refuerce toda la seguridad otra vez ―siguió diciendo Zabini.

―¿No sabes si se llevaron algo más importante? ―preguntó Tracey, acercádose.

―No, no vi nada, Tracey. Nada más.

Blaise Zabini la tomó del brazo, no dejó que Tracey tomara el Codex y se desapareció con ella. La bolsa de Tracey cayó, desparramada, sobre el suelo, y fue la única prueba que quedó de que aquella visita había ocurrido alguna vez.


Randall Bennett entró, casi a las tres de la mañana, bastantes horas antes de que amaneciera, al apartamento que compartía con Tracey. La puerta estaba abierta, que fue la primera pista que le dijo que algo no estaba bien. La segunda fue la bolsa de Tracey desparramada en el suelo, con todos los objetos inútiles que cargaba en el piso. Frunció el ceño.

―¿Tracey? ―llamó. No hubo respuesta―. ¡¿Tracey?! ―volvió a intentar, un poco más fuerte. Su voz retumbó en el silencio de la noche. Tampoco hubo respuesta esa vez. Randall se asomó a la recamara y después a la cocina, sin ver ni rastro de su compañera.

Intentó recordar a dónde le había dicho que iría aquella noche, justo cuando él había despertado y apenas si le había hecho caso. ¿Cuáles habían sido las palabras de Tracey exactamente? Cerró los ojos, pensando con cada vez menos claridad ―porque Tracey siempre estaba allí cuando él regresaba y Tracey nunca dejaba la bolsa caída por allí o la puerta abierta― por la preocupación. Al final, consiguió recordar algo de Millicent, el bar a donde la había llevado a alguna vez a emborracharse en sus noches de pesadillas y algo más. Randall no esperó más: salió corriendo del apartamento.

El callejón Knocturn estaba casi vacío, la gente ya no merodeaba por allí a aquellas horas. En el Callejón Diagon ya sólo quedaban unos pocos perdidos que volvían a sus casas después de haber pasado gran parte de la noche metidos en el Caldero Chorreante o en el Bar Irlandés a donde había ido Tracey. Allí era a donde se dirigía Randall, pero una luz lo detuvo; concretamente, una luz en la tienda de Millicent.

Se dirigió hacia allá con la mirada entornada, preguntándose qué demonios hacia Tracey metida en la tienda a aquellas horas ―y rogando que la luz fuera porque Tracey estaba allí, no por alguien más―. Nada parecía fuera de lugar en la tienda al entrar, exceptuando por un vidrio roto, y se notaba que la luz provenía de la bodega del fondo.

―¡¿Tracey?! ―gritó. Probablemente no debería de haber hecho eso: si era un ladrón, estaría jodido. No podía hacer magia y cualquier mago con dos dedos de frente le ganaría en una pelea si Randall no lograba antes romperle la carótida.

Sin embargo, la persona que se asomó por la trastienda no fue Tracey, y tampoco fue un ladrón cualquiera: era Millicent. La joven, con una expresión medio alarmada pintada en la cara, se asomó. Se relajó un poco al ver a Randall allí, pero él pudo notar que había algo que la tenía preocupada.

―¿Millicent? ―preguntó él. No se conocían muy bien y sólo era amable con ella porque Tracey le había pedido que lo fuera. Había ido al apartamento un par de veces, pero nada más―. ¿Qué demonios haces aquí?

―Pasó algo… ―Millicent sacudió la cabeza―. No importa, no importa, sólo… no le digas a Tracey, por favor. Hasta que yo…

Randall frunció el ceño.

―Millicent, ¿sabes dónde está Tracey? ―preguntó Randall.

―En el apartamento, se fue hace rato ―explicó Millicent, rápidamente―. No quiso que ni Seamus ni yo la acompañáramos. Luego Seamus se ofreció a acompañarme ―hablaba muy rápido como si estuviera nerviosa por algo― y le dije que sí, al menos hasta el Caldero Chorreante. Es muy tarde, ¿sabes? Pero vimos un vidrio roto aquí y…

Ya no terminó, al notar la mirada de Randall.

―Millicent, Tracey no está en casa ―dijo él.

―Pero, es imposible…

―No está ―aseguró él.

―¿Pasó algo? ―Seamus Finnigan se había asomado de la bodega. Randall sólo lo había visto un par de veces y no le interesaba demasiado el joven, pero sabía que Tracey y Millicent le guardaban un Códex importante porque su compañera de cuarto lo mencionaba a menudo―. Millie, ya busqué en todas partes, el Códex no está. No falta nada más.

―¿El Códex no está? ―interrumpió Randall, acercándose aún más a los dos―. ¿En que tenía el hechizo para inhibir a los licántropos?

Millicent asintió, preocupada.

―Por eso no quiero que le digas a Tracey. Cuando…

―Tracey no está en casa, sólo está su bolsa, con todas sus cosas adentro ―interrumpió Randall―. No va a ningún lugar sin sus cosas, Millicent. No pudo haber ido a otro lado.

―¿Tracey no está? ―preguntó Seamus. De repente, la preocupación aumentó en su cara.

―Joder, joder, joder ―dijo Randall.

―Randall, no te apresures a sacar conclusiones ―pidió Millicent―. A la mejor pasó algo, cualquier cosa y Tracey tuvo…

Randall cerró los ojos. ¿Dónde carajos estaba Tracey? Nunca pasaba eso, nunca tenía que buscarla, siempre tenía claro dónde estaría porque Tracey siempre se lo contaba. Desde que había ocurrido lo de Miles Bletchey, se cubrían las espaldas el uno al otro, había quedado claro que se protegerían hasta la tumba. Y ahora no tenía ni idea de dónde estaba Tracey y estaba empezando a alarmarse porque las coincidencias no le gustaban en lo absoluto en ese momento. A la mejor era sólo una retorcida y cruel casualidad, pero con todo lo que le había pasado, estaba convencido de que en su mundo las casualidades no existían. Entonces, recordó las noticias de los días pasados, aquellas que había leído apenas por encima, preocupado por que aparecieran más cosas de Miles Bletchey y de que había denunciado a algún vampiro: las noticias de los licántropos muertos y desaparecidos.

―No puede ser una casualidad ―dijo, abriendo los ojos―. Los licántropos llevan desapareciendo varias semanas, esto no puede ser una casualidad si el Códex no está.

―Joder ―dijo Seamus―, es cierto.

―Tenemos que buscarla, ya ―fue lo que soltó Randall, aunque no tenía ni idea de dónde empezar.

Pero por Tracey, todo. Ella había creído en el él cuando nadie más lo había hecho y le había dado un techo donde vivir. Quizá todo había empezado por un pacto, pero había terminado en una amistad. Haría cualquier cosa por ella, lo que fuera… ¡incluso había matado por ella cuando no la conocía lo suficiente! Pero después de eso le había prometido que sería capaz de seguirla hasta la muerte. Era la primera persona, además de su madre, que le importaba tanto en mucho tiempo.

―No podemos hacer gran cosa, podría estar en cualquier parte… ―dijo Millicent. Al verla, Randall notó que le temblaban las manos.

Estaba a punto de responder cuando oyó un ruido afuera, de una persona que movió la puerta y volteó la cabeza. Se encontró con un agitado Blaise Zabini.

―Creo que… ―movió la cabeza, sacudiéndola―. Ellos saben dónde estás, te vigilan… ―Se dirigía directamente a Randall, que, en modo instintivo, se llevó la mano a la herida del estómago. Tracey le había dicho lo que era.

―¿Qué demonios haces aquí? ―preguntó.

―Estaba… ―Las manos le temblaban, como a Millicent―. Estaba… ―Sacudió la cabeza, confuso, aun parado en el marco de la puerta―. Creo que hice una estupidez. No. Creo que me obligaron a hacer una estupidez, no estaba en mis cinco sentidos… No.

―¡Carajo, Zabini! ―se desesperó Randall. Hacía poco que Tracey había vuelto a verlo y en todo ese tiempo se habían encontrado sólo una vez. A Randall no le gustaba, pero Tracey parecía confiar en él―. Dilo ya.

―Yo robé el Códex ―confesó Zabini―. Yo me llevé a Tracey. No sé cómo lo hice, pero sé que lo hice.

Randall, cuyo instinto protector y su impulsividad le impedían pensar con claridad, se lanzó hacía Zabini, agarrándolo de la camisa y estrellándolo contra la pared. Nunca había tenido piedad con los que le hacían daño a Tracey, no iba a empezar a tenerla en ese momento.

―¡Randall! ―Millicent se escandalizó.

―¡¿Qué demonios hiciste?! ―le gritó a Zabini.

―¡Ya lo dije! No sé, no sé cómo… no sé… ―respondió el aludido. Se le notaba el nerviosismo y Randall lo estaba disfrutando.

―¿Imperius, a la mejor? ―sugirió una voz desde atrás, la de Seamus. Bueno, se dijo Randall, había que reconocerle que pensaba.

―¡¿Con quién la llevaste?! ―volvió a gritar Randall. Sólo quería una respuesta, en ese momento.

―Randall, vas a despertar a todo el callejón ―le recordó Millicent, pero la ignoró. No le importaba nada en aquel momento que no fuera Tracey―. Sé prudente, al menos.

―No sé, no sé…

Randall estrelló, de nuevo, el cuerpo de Blaise Zabini contra la pared. El joven ni siquiera intentaba defenderse y ofrecía un pobre espectáculo que daba más lástima que otra cosa, pero Randall no tenía tiempo para tener lástma en ese momento. Lo que quería era encontrar a Tracey, costara lo que costara.

―¡Intenta recordar, carajo! ―espetó.

―No sé, no sé… bueno… recuerdo algo… el último recuerdo que tengo claro ―intentó responder Zabini―. Gemma Farley. Gemma Farley es el último recuerdo claro que tengo.

Randall lo soltó, dejándolo estrellarse en el suelo. Ni siquiera lo miró.

―Perra ―fue lo que dijo.

Sabía que Farley estaba detrás de todo aquello. Y por supuesto, también Carmichael. Intentó respirar hondo, pero no lo logró. Su cabeza estaba llena de ideas para rescatar a Tracey, pero sabía que no llegaría muy lejos sin magia. Un mago al que convertían en vampiro perdía el centro de su magia, perdía algo, y era incapaz de volver a realizarla; a algunos, eso los volvía locos. Randall se les había arreglado para sobrevivir por algunos años y después de mucho tiempo, había descubierto, casi por casualidad, que la sangre de un mago le permitiría hacer magia otra vez. Era una magia prestada, extraña, pero magia al fin y al cabo.

―Zabini ―murmuró―, esto no te va a gustar.

Lo hizo incorporarse, y le mordió el cuello.


Había estado en situaciones de mierda antes. Muchas veces. Había dormido en la calle dos noches antes de conseguir el apartamento, se había dejado las uñas embarradas en el suelo mientras Miles la arrastraba antes de que Randall se deshiciera de él y había despertado convertida en licántropo una noche, poco después de que terminaba la guerra. Evitaba recordarlo siempre, porque nunca en su vida había estado más confundida que en ese momento. Había despertado con el cabello revuelto, después de la luna llena, en un paraje desconocido, cerca de un pueblo diminuto, con las heridas aún cicatrizando. Había conseguido llegar a un hospital esa mañana de puro milagro, donde la habían atendido sin hacer demasiadas preguntas y de donde había huido antes de que los muggles empezaran a investigar de donde había salido.

Lo había ocultado algunos meses, sin responder a las preguntas de Terence de donde había estado los días que había desaparecido, pero finalmente alguien ―Gemma Farley― se dio cuenta de su secreto y lo divulgó. Se quedó sin amigos, sin novio y sin casi nadie a quien acudir. Adrian no paraba de recordarle que podría haberle contado las cosas a él y Tracey a menudo se preguntaba si hubiera sido diferente. Pero, en cierto modo, lo dudaba. Miles siempre hubiera estado al acecho, tras de ella, esperando la oportunidad perfecta para obtener lo que siempre había querido.

Había huido con apenas pertenencias y dinero, porque a pesar de que su padre había amasado una pequeña fortuna muggle antes de morir, después de la guerra se había quedado sin nada y vivía a expensas de Terence, que esperaba que se casaran algún día. En Londres no habían aceptado rentarle nada porque era demasiado joven y no tenía cómo comprobar que tenía ingresos; en el Callejón Diagon, había sido más de lo mismo. Finalmente, un casero viejo, desesperado por rentar a cualquier precio, le había ofrecido el mugriento apartamento del Callejón Knocturn a medio amueblar y ella había conseguido trabajo vendiendo helados en la heladería Fortescue.

Sólo por aquella cadena de casualidades había conocido a Randall Bennett.

Y si Millicent no le hubiera ofrecido la oportunidad de trabajar en lo que le gustaba, si Seamus no hubiera llegado con el Códex de los Tuatha Dé Danann, si Randall no se hubiera metido en problemas y si Carmichael no hubiera comenzado su campaña contra las criaturas mágicas, Tracey no tendría miedo al dar la vuelta a cada esquina, temiendo verse envuelta en algo mucho más grande que ella.

Pero allí estaba, en el peor despertar de su vida.

No alcanzaba a vislumbrar en donde estaba exactamente, por la falta de luz, pero veía un par de rendijas casi hasta el techo y una puerta frente a ella. Parecía un sótano, pero no estaba segura. Hacía un poco de frío, estaba húmero y bastante sucio; mucho más sucio que la cocina de si pequeño apartamento cada que a Randall le explotaba alguna poción.

Tracey apenas si podía ponerse en pie, tenía las muñecas sujetas por un par de grilletes muy pegados al suelo. Acercó un poco los ojos para descubrir que tenía las muñecas rojas, inflamadas, con algunas heridas. Al intentar mover las manos, descubrió por qué: los grilletes estaban embadurnados con un montón de luparia por dentro, una planta letal en grandes dosis para los licántropos. Era la primera vez que veía luparia en poco más de un mes, había estado desapareciendo de todas las tiendas, como si alguien la estuviera acumulando…

De repente, Tracey tuvo que interrumpir sus cavilaciones porque oyó movimiento en la puerta. Una llave entrando en la cerradura y unos pocos pasos. Cuando la puerta se abrió, Tracey tuvo que entornar un poco los ojos para ver quien se acercaba con una lámpara vieja en la mano.

―Carmichael ―musitó.

―Veo que me reconoces ―respondió el hombre. Era alto, muy flaco y con la cara con rasgos muy puntiagudos. Aun no entendía por qué Farley había aceptado casarse con él, a menos de que hubiera alguna clase de acuerdo maquiavélico entre los dos―. Eso hará más rápidas las presentaciones. Tú eres Tracey Davis ―apuntó él―. Licántropo desde hace ¿dos años?, ¿tres?, ¿cuatro? Lo siento, no sé los pormenores y te mantuviste oculta mucho tiempo.

Tracey se quedó viéndolo, intentando adivinar sus intenciones. Sabía que odiaba a las criaturas y estaba haciendo una amplia campaña contra ellas, especialmente contra vampiros y licántropos, pero no veía que esperaba conseguir.

―Bueno ―continúo él, un poco decepcionado de no conseguir respuesta―. A partir de ahora serás el sujeto de experimentación número seis; seis para acortar. Todos estamos de acuerdo en que las bestias como tú no merecen un nombre, pero con suerte lograremos encontrar una solución.

Tracey estaba furiosa. Intentó alargar la mano para golpearlo, pues Carmichael ya estaba muy cerca de ella, pero lo único que consiguió fue sentir el ardor de la luparia.

―Vero que ya conoces el acónito de mis grilletes ―comentó Carmichael―, es muy práctico para todo aquel que intente atacar a alguien, seis. En realidad es toda una casualidad que estés aquí, ¿sabes? Podríamos conformarnos con cualquier licántropo, pero mi esposa se las arregló para conseguirte a ti. Un espécimen joven, sano…

―¡Soy un ser humano! ―espetó Tracey, humillada.

―No, no lo eres. ―Carmichael sonrió muy pagado de sí mismo y a Tracey le dieron ganas de arrancárle la sonrisa a tiras―. Sólo crees serlo, pero, ¿sabes un secreto? Sólo eres una bestia. Nosotros vamos a solucionar eso. Y ya que nunca saldrás con vida de aquí, seis, puedo deleitarte contándote un pequeño secreto: podemos inhibir tu naturaleza.

Aquello no era ningún secreto, sólo la confirmación de algo que Tracey ya suponía desde que el Códex de los Tuatha Dé Danann había aparecido.

―Claro que eso no siempre resulta, porque la bestia ha tomado tanto control de los cuerpos que es casi imposible hacerlo sin trozar el alma… ―Carmichael aún sonreía, pero Tracey abrió los ojos ante aquella idea.

―¡Eso es un tipo de magia que nadie debería practicar! ―interrumpió.

―Oh, sé que está prohibido, pero, es todo por un fin mayor ―aseguró él―. Cuando les diga a los padres que pueden estar seguros de que ningún licántropo atacará a sus hijos, ¿qué crees que dirán? ¿Que todo esto era ilegal?

Tracey tragó saliva. Por primera vez en mucho tiempo tenía miedo de verdad. Odiaba a la loba que vivía dentro de ella algunas veces, pero era parte de ella. Nadie debería poder arrancársela.

―Eres un monstruo ―espetó.

Carmichael se río.

―No, seis, el monstruo eres tú. Haré que te des cuenta antes de lo que crees ―aseguró Carmichael. Se acercó con algo parecido a una jeringa y se lo clavó a Tracey, que sintió el ardor en sus propias venas y gritó―. Acónito sin diluir, una dosis justa para que no sea mortal ―explicó y después le clavó otra aguja para sacarle sangre. Soltó a Tracey y dejó que se estrellara contra el piso, cuando el ardor empezaba a calmarse un poco―. Será luna llena dentro de pocos días, asegúrate de estar lista.


¿No me maten? Sé que es algo complicado de pedir con la escena que les acabo de regalar. O escenas. Pero les juro que al final todo tiene sentido o eso creo. No, no es cierto, sí sé lo que estoy haciendo.

Andrea Poulain

a 10 de agosto de 2015