Disclaimer: Todos los personajes que reconozcan, así como hechizos, lugares, apellidos, etcétera, le pertenecen a J. K. Rowling, esta historia sólo salió de mi cabeza.
Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"
Capítulo 7: Let your heart hold fast
"All my days are spent. All my cards are dealt.
Oh, the desolation grows! Every inch revealed,
As my heart is pierced. Oh, my soul is now exposed!"
Fort Atlantic
Randall apretó el filo de un cuchillo con la mano, lo apretó un poco y dejó que un poco de su sangre callera sobre el caldero que estaba en la estufa. Le dio un par de vueltas mientras la herida se cerraba naturalmente antes de servirlo en un vaso de los pocos que aún no había roto y volver a la sala. Se lo estiró a Blaise Zabini, con cara de pocos amigos.
―Tómate eso ―dijo.
―Tiene tu sangre ―hizo notar Blaise.
―¿Marcaras las obviedades o algo? ―preguntó Randall, alzando una ceja―. Te hará sentir mejor.
―Me sacaste mucha sangre ―se quejó Zabini.
―No la suficiente para hacerte perder el sentido o matarte ―aclaró Randall, que llevaba de humor de perros todo el día―. Y créeme, después de lo que le hiciste a Tracey, tengo muchas ganas de dejarte seco.
Millicent, que no había abierto la tienda, y Seamus, que había mandando un mensaje al bar diciéndole a Dean que no llegaría, estaban completamente callados contemplando la escena. Desde en la madrugada, cuando Randall había soltado a Zabini y les había dicho «al apartamento, ahora», apenas si habían pronunciado palabra. Y cada que lo hacían chocaban con el mal humor del vampiro.
Randall le había dado una poción curativa cuando habían llegado y después se había largado adormir, alegando que no tenía idea de donde estaba Tracey ―cosa que sólo parecía enfurecerlo más― y que de todos modos ya iba a amanecer y su plan no era quemarse vivo. Había despertado siete horas más tarde y se había dedicado a hacer esa poción sin decir nada, cavilando consigo mismo, sin molestar a nadie hasta que Millicent había dicho que deberían abrir las cortinas. La había fulminado con la mirada y se lo había prohibido, por si acaso, así que Millicent y Seamus se habían quedado sentados en el sofá, sin dirigirse a él para nada. Sólo hablaban entre ellos y, a pesar de su buen oído, Randall no se molestó en averiguar que decían. Estaba más preocupado intentando adivinar por métodos divinos donde estaba Tracey.
―Él no tiene la culpa. ―Seamus intentó defender a Zabini.
―Se dejó poner la imperius ―señaló Randall― o está mintiendo. La única razón por la que está aquí es porque podría saber algo de Tracey.
―Podríamos contárselo al ministerio ―sugirió Millicent, que había adoptado la actitud más conciliadora que había podido durante todo aquel tiempo sin perder la paciencia―. Podrían ayudar.
―No ―fue lo único que dijo Randall, cortante.
―¿Por qué no? ―volvió a preguntar Millicent―. De hecho, sería de ayuda.
―No ―volvió a decir Randall―. Exceptuando los defensores de almas perdidas, el ministro y Granger, nadie va a dar ni dos pepinos por una licántropo desaparecida. Es la sexta, si han leído los periódicos y tampoco se han preocupado por los demás. Además ―añadió―, no pienso involucrar a los aurores aquí, al menos no hasta que limpie toda la mierda que hay entre Tracey y yo. Millicent, ¿sigues siendo buena con los desmemorizadores? ―preguntó, dirigiéndose directamente a la chica.
La joven asintió.
―No entiendo para qué necesitas un hechizo desmemorizador… ―dijo Millicent―. Además, nunca me ha gustado hacerlos. Pero sí, sigo siendo buena con ellos; tan buena que en el Ministerio tardarían años en sacarte el recuerdo.
―Necesito que elimines algo de mi cabeza ―pidió.
―¿Qué? ―preguntó Millicent.
―No lo voy a decir con estos dos en la habitación ―señaló a Seamus y a Blaise, que ya había vaciado el vaso que le había dado―. Sin ofender ―se apresuró a disculparse.
―No importa. ―Seamus le quitó importancia, pero Blaise sólo se le quedó mirando.
―No, tendrás que buscarlo ―le dijo a Millicent―. No será tan difícil. ¿Aún sabes legeremancia? ―preguntó.
―Un poco ―confirmó Millicent―. ¿Cómo demonios sabes todo eso? ―preguntó, con un tono de voz desconfiado.
―Tracey me lo contó ―respondió él―. Ahora, ¿seguirás con las preguntas inútiles o me ayudarás? Está por ponerse el sol y planeo aprovechar bastante las horas de oscuridad.
Millicent, con una mirada hastiada, asintió.
―¿Qué buscaré, exactamente?
―Lo sabrás cuando lo halles. Mi peor recuerdo, la peor cosa que he hecho en la vida ―respondió Randall.
Sabía que si los del ministerio lo agarraban por cualquier cosa, se meterían en su cabeza y lo averiguarían todo: los asesinatos de los muggles cuando perdía el control a la hora de alimentarse, la manera en la que traficaba con pociones ilegales, como conseguía ingredientes clasificados como prohibidos, cuando había atacado a la bruja. Estaba dispuesto a responder por todo eso. Sin embargo, había una persona a la que no planeaba meter en su mierda. Tracey.
―Está bien. ―Millicent alzó la varita―. ¿Listo? ―Randall, parado frente a ella, asintió―. Legeremens.
Randall no se resistió a la intrusión. De hecho, le puso todo en bandeja a Millicent, buscando entre sus peores recuerdos hasta dar con el asesinato de Bletchey. Supo cuando Millicent lo visualizó también porque soltó un gritó ahogado.
―¡No digas nada! ―espetó Randall, lo que cortó la conexión entre los dos―. Ya sabes que borrar.
―Te podrían encerrar años por… todo eso. Podría hacerlo desaparecer todo ―se ofreció. Sin embargo, Randall notó que no le hacía demasiada gracia la idea: Millicent no quería encubrir a algún criminal barato. Y Randall lo era.
―No, todo eso lo hice bajo mi responsabilidad, Millicent ―fue lo que dijo―, pero Tracey se verá envuelta en todo eso si aparece ese recuerdo, así que bórralo, bloquéalo, haz lo que tengas que hacer ―le pidió.
―Está bien, está bien. ―Volvió a alzar la varita―. ¿Listo? ―preguntó, de nuevo y Randall asintió―. Obliviate. Listo.
―Gracias ―dijo Randall―. Bueno. Casi se acaban las horas de sol, pronto podré salir de nuevo. ―Volteó a ver a Zabini―. Intenta recordar algo más, para variar. Aunque me imagino que hicieron un buen trabajo con tu cabeza. De todos modos, se lo debes a Tracey. Confío en ti. ―Sonrió, dedicándole una mirada maquiavélica―. Millicent, intenta ver que puedes sacarle…
―No me gusta husmear en las mentes de las personas ―interrumpió ella.
―Me da igual, hazlo. Después, si tienes tiempo, mándale un mensaje a Pucey, estará interesado en todo eso ―dijo. Si podía, no quería involucrar al idiota de Pucey en todo el asunto, pero era amigo de Tracey, tendría que hacerlo―. Tú ―se dirigió hacía Seamus―, ¿vienes? ―Señaló con la cabeza la habitación y Seamus Finnigan se apresuró a ponerse en pie.
Randall fue tras él y cerró la puerta tras de sí.
―¿Por qué…? ―empezó Seamus, pero Randall lo ignoró.
―Haz un muffliato ―pidió.
―Te bebiste la sangre de Zabini para poder hacer magia y no has movido la varita desde que llegamos aquí ―se quejó Seamus.
―Es limitada y débil, no planeo gastarla en estupideces ―explicó Randall―. Ahora hazlo.
Su mal humor se podía sentir en el ambiente, hablaba rápido, demasiado cortante. Todo lo asunto de Tracey lo ponía nervioso y temía no recuperarla jamás. Tenía terror de no encontrarla o de encontrarla demasiado tarde y sobre todo, tenía miedo de no poder buscarla el mismo. Y ese era el único miedo contra el que podía hacer algo.
―Muffliato. ―Seamus apuntó a la puerta.
―Te agrada, ¿no? ―preguntó Randall―. Tracey.
―¿Qué?
―Que si te agrada. Te gusta. Te interesa. O por qué demonios estás aquí entonces si apenas la conoces ―fue lo que soltó Randall―. La respuesta a cualquiera de esas cosas me complacería.
―Ella siempre me ha rechazado, a su modo ―respondió Seamus.
―Ya lo sé, rechaza a todo el mundo. ―Randall sonrió. De repente, no sabía por qué Tracey rechazaba a todos los chicos. Ya se lo preguntaría después―. Sin embargo, estás aquí por algo. No desperdicias tu tiempo en alguien a quien apenas conoces.
―Quizá es amabilidad ―dijo Seamus.
―No lo es ―aseguró Randall.
―¿Y tú qué sabes? ―preguntó Seaus, finalmente, poniendo cara de pocos amigos. Después de todo, eran sus sentimientos sobre los que estaban hablando.
―Vi como la miraste. Hace tiempo, cuando fuimos al bar ―respondió Randall―. Y ahora, estás aquí. Mueves las manos, los pies, no te has quedado quieto ni un segundo. No soy estúpido.
―¿Y para qué demonios quieres saberlo ahora?
―¡Sólo responde, joder! ―explotó Randall, que ya no tenía paciencia para estar allí encerrado.
―Es sólo que… ―empezó Seamus―. Me molesta la forma que la tratan. Por lo que es. Y me agrada, me agradó desde la primera vez que la vi. Pero ella es extraña, se cubre de barreras, ¿sabes?
―Vivo con ella ―se limitó a hacer notar Randall.
―No sé si vale la pena, pero… aquí estoy ―fue lo único que dijo Seamus, finalmente. No había necesidad de decir nada más.
―Oh, Tracey siempre vale la pena ―fue lo que dijo Randall―. Ahora, la parte importante: no importa lo que me pase a mí, no dejes de buscarla. Nunca. No la des por perdida hasta que no veas un cadáver o la veas viva, ¿me entiendes?
―¿Qué estás diciendo?
―No dejes de buscarla. Nunca. ―Randall fue bastante tajante con aquellas palabras.
―Podrías decírselo a alguien más, alguien que la conociera de más tiempo… ―sugirió Seamus, al que aquella tarea parecía quedarle demasiado grande.
Randall repasó las opciones en la cabeza. No eran demasiadas, porque Tracey se había aislado de todo y de todos durante años. Pucey era un idiota, no le gustaba, a pesar de que haría bastante por Tracey. No. No confiaba en Zabini y Millicent no tenía la determinación que hacía falta. Así que, por descarte, quedaba Seamus, el irlandés que apenas si conocía a Tracey.
―Créeme, medité bien esto ―aseguró―. Ahora, vámonos. ―Se asomó por la ventada, el sol por fin se había escondido.
Abrió la puerta. Millicent estaba allí, con Zabini.
―Nos vamos ―anunció Randall―. Regresaremos al rato.
―Claro, Randall ―dijo Millicent, que llevaba horas intentando no contradecirlo para no despertar su lado más irracional. Seamus y Blaise, que lo habían tratado poco, no habían tenido tanto cuidado.
Randall tomó el bolso de Tracey con las cosas que llevaba la noche anterior y se dirigió hasta la puerta, sin esperar a que Seamus saliera tras él. Bajó los escalones de dos en dos hasta la calle y siguió caminando, seguido siempre por el irlandés, hasta la salida del Callejón Knocturn. Una vez allí, se dirigió hasta el Caldero Chorreante para salir hasta el Londres muggle.
―¿A dónde vamos? ―preguntó Seamus, por primera vez desde que habían empezado a caminar.
―Con la única persona experta en hechizos localizadores que conozco ―respondió Randall sin agregar nada más―. No está muy lejos y no puedo aparecerme, así que caminaremos.
No dijo nada más. No quería. Temía que si seguía abriendo la boca, acabaría por explotar y por pegarle de puñetazos a cualquier pared. Sentía ganas de destrozar algo, lo primero que encontrara. Pero aquella vez tenía que concentrarse, por Tracey. Si no, ¿quién se preocuparía por ella de la misma manera en que él lo hacía?
Caminó por las calles de Londres hasta llegar a la casa que había visitado sólo unas semanas atrás. La de sus padres. Seguido por Seamus, que no hizo ningún comentario, abrió la verja y se adelantó hasta la puerta. Tocó la aldaba tres veces de manera bastante enérgica, y espero hasta que su madre acudió a abrir.
―¡Randall! ―exclamó, sorprendida―. No sé si este sea un buen…
―¿Scarlett? ¿Quién es? ―una voz que provenía del comedor retumbó hasta la puerta.
―… momento para que hagas una visita por aquí ―terminó su madre. Después de eso, se fijó en Seamus―. Ah, traes compañía.
―¿Scarlett? ―la voz grave se había movido y Randall sabía que estaba ya cerca del recibidor―. Si son esos estúpidos vendedores otra vez… ―Al mismo tiempo que un hombre alto, con el mismo cabello que Randall, barba poblada y rostro severo entraba en el recibidor, dejó de hablar. Empalideció sólo un poco al ver a Randall, pero no perdió la compostura―. Tú.
―Hola, papá ―Randall sonrió, como si no llevara por lo menos cuatro años sin verlo, escondiendo su verdadera naturaleza.
―No has cambiando nada desde el día que te fuiste. ―Randall supuso que eso no era precisamente un halago, pero no respondió. Pasó frente a su madre lanzándole una mirada para que no se preocupara y fue directo hasta su padre―. No eres bienvenido aquí. ―Aun así, Randall lo ignoró.
―Eh… Seamus Finnigan, señora, para servirle. ―Seamus al menos tuvo la decencia de presentarse al pasar detrás de Randall.
―Necesito un favor ―dijo Randall.
―No le hago favores a vampiros ―espetó su padre.
―Ernest…, por favor ―pidió su madre.
―Scarlett, no te metas ―le espetó su padre.
Randall se las arregló para llegar hasta la sala y dejar la bolsa de Tracey encima de la mesa. Seamus y su padre fueron tras él. Scarlett Bennett sólo cerró la puerta de la entrada, dando un profundo suspiró.
―Soy tu hijo ―dijo Randall.
―No tengo hijos vampiros ―respondió su padre, con la misma voz seca con que lo había recibido.
Randall siempre había aborrecido ese tono severo y seco. A menudo, cuando era menos, se había preguntado si su padre no lo quería. Después, derrotado, había dejado de importarle y también había dejado de buscar su afecto con desesperación. Nunca habían tenido una buena relación porque Randall pensaba que su padre siempre lo había considerado un bueno para nada.
No estaba tan equivocado, pero eso no impedía que a Randall no le doliera. Se lo tomaba bastante a pecho.
―Ya marcaste tu punto, no te gustan las criaturas mágicas.
―No confío en ellas ―aclaró su padre, como si fueran dos cosas muy distintas―. Quieren privilegios que no merecen.
Randall evitó no contestar aquello.
―Es para ayudar a una amiga ―intervino Seamus―. Tracey Davis. Creemos que puede estar en problemas, señor Bennett.
―Tracey Davis… ―Ernest Bennett no cambio mucho su tono, pero se quedó pensando un momento―. Recuerdo el nombre. Estaba en el registro. Licántropo. No voy a ayudar a ningún licántropo, todos los problemas que tengan los merecen.
Randall cerró los puños para no contestar y se mordió la lengua, pero aún así, las palabras escaparon de su boca.
―¡NO! ―gritó―. Ella no se merece nada, ¿entiendes?
Ante la explosión del vampiro, el señor Bennett sólo alzó una ceja sin decir nada. Randall se llevó las manos a la cara, intentando tranquilizarse y Seamus, viendo aquel espectáculo, prefirió quedarse completamente callado.
―Está bien, está bien… ―fue lo que dijo Randall, al volver a alzar la cabeza―. No ayudas a los vampiros, ni a los licántropos, ni aunque uno de ellos sea tu propio hijo. Quedó claro. Pero no te gusta Eddie Camichael, ¿cierto?
―No he dicho nada sobre Camichael ―hizo notar su padre.
―Es esa clase de políticos que no te gustan ―dijo Randall―. Siempre te quejabas sobre la gente así, con esa clase de fanatismo. Aunque no lo creas, te hacía caso cuando era pequeño. Es obvio, Eddie Carmichael no puede gustarte en lo más mínimo, podría destruir todo aquello por lo que has luchado. ―Randall, al ver que su padre no lo interrumpía, sonrió con suficiencia―. Puede que no llegues tan alto, porque Shacklebolt está muy cómodo en la silla del ministro y cuenta con una aprobación extraordinaria. Pero te podrías acercar y lo sabes, después de todos estos años. Te podrías acercar ―repitió― y la única manera en la que eso no sucedería es que Eddie Carmichael siga cosechando apoyo. La gente ya empieza a seguirlo co un fanatismo ciego y eso podría arruinarlo todo. ¿Me equivoco?
Su padre soltó una risa corta.
―Al final va a resultar que sabes de política ―espetó.
―Me enseñaste tú ―respondió Randall―. ¿Qué pretendías?
―Sin embargo, no entiendo que tiene que ver el señor Carmichael en todo esto ―dijo su padre.
―Podría darte la prueba absoluta de que está haciendo cosas raras en licántropos, quizá experimentos ilegales, quizá sólo simple tortura ―respondió Randall ya mucho más seguro de sí mismo―. Incluso las personas más radicales dentro del Winzengamot que no apoyen a las criaturas mágicas encontrarían eso escandalizador. Carmichael caería y tú volverías a tener el camino libre.
―No tienes pruebas de eso.
―Estoy casi seguro ―dijo Randall―. Lee las noticias. Cinco licántropos muertos, todos los cadáveres en las mismas condiciones, con las mismas heridas, diseminadas por todo Reino Unido. Ata cabos.
―No puedes saber que es Carmichael ―respondió su padre.
Seamus y la señora Bennett, Scarlett, se habían resignado a quedarse mirando aquella función. Padre e hijo se miraban con cautela, como si no supieran con quien estaban tratando. No había duda de que había un cierto parecido entre los dos, sobre todo en el cabello, aunque Randall había sacado los rasgos un poco más delicados de su madre.
―Sé que quien hizo desaparecer a Tracey es Gemma Farley… perdón, Carmichael ―aseguró Randall, que no tenía ninguna duda desde que Blaise Zabini lo había revelado―. ¿Eso te basta? Sea cual sea el culpable del escándalo, todos en esa familia acabaran tan salpicados que, aunque la gente los oiga en la calle, nadie querrá involucrarlos en política.
―No entiendo por qué planearías dejarme el camino libre a mí si sabes que apoyo las reformas ―comentó su padre.
―Porque entre Carmichael y tú, es obvio quien es el mejor de los males ―respondió Randall.
Odiaba hacer ese tipo de elecciones y sobre todo, odiaba estar planteándose ayudar a su padre para que ascendiera aún más políticamente. Siempre había dicho que odiaría convertirse en su padre o hablar como él y estaba haciéndolo justo en ese momento. Sabía que estaba negociando la vida de Tracey por el futuro político de su padre y le parecía denigrante tener que estar haciéndolo.
Pero por Tracey, todo. Absolutamente todo.
―Siempre dijiste que no aprenderías nada de política ―fue lo último que dijo su padre.
―Te oía hablar a la hora de la cena, no necesitaba más ―respondió Randall―. ¿Me vas a ayudar o no?
―¿Qué quieres exactamente? ―preguntó su padre.
―Un hechizo de localización, supongo que sigues siendo experto en ellos ―respondió Randall; después, señaló la bolsa de Tracey―. Esas son las pertenencias de Tracey, seguramente encuentras algo útil allí.
―Si se cubrieron bien la espalda, sólo seré capaz de darte un perímeto aproximado ―dijo su padre―. ¿Con eso es suficiente?
―Me conformo con lo que sea.
Estaba desesperado. Intentaba ocultarlo, pero era consiente de lo poco que lo lograba. Su padre, mucho más frío que él, seguro ya se habría dado cuenta de que haría cualquier cosa por lo que le estaba pidiendo y ni siquiera era gran cosa. Si el perímetro resultaba ser demasiado grande, entonces todo habría sido en vano porque buscar a Tracey sería como buscar una aguja en un pajar y probablemente nunca la encontraría.
―Scarlett, ¿te acuerdas donde está mi mapa? ―preguntó el señor Bennett, dirigiéndose a su esposa.
―En la recámara vieja, creo… ―respondió la mujer―. Voy por él. Randall, ¿vienes?
En realidad, su rostro era de «ven ahora mismo», así que Randall no pudo negarse, con todo y la mirada medio asustada que le dirigió Finnigan ante la perspectiva de quedarse solo con su padre. Se puso en pie en un instante y siguió a su madre el piso de arriba. Una vez allí, descubrió que la recamara vieja era su recamara vieja, donde aun estaban la mitad de sus cosas: un poster de Locan d'Eath y otros dos de un par de artistas de cine muggle, dos estandartes de Hufflepuff, libros escolares apenas abiertos y un poco de ropa. Además, parecía que sus padres habían acabado usando la habitación para guardar algunas cosas que ellos no usaban a menudo.
―Dijiste que no estabas en problemas, Randall ―le recordó su madre, mientras buscaba en el closet.
―No lo estaba en ese entonces, aún ―dijo él. Era una mentira piadosa, porque para aquel entonces ya tenía problemas, pero no eran tan graves―. Lo siento ―se disculpó entonces―. Por traer mis problemas aquí, pero no sabía a quien más acudir.
―No importa ―se apresuró a decir su madre―, es sólo que a tu padre le cuesta mucho aceptar lo tuyo, Randall. Pero lo hará, algún día.
―Lo dudo, mamá. ―Randall sacudió la cabeza―. Pero no importa. No mucho. ―Si lo aceptaba algún día, sólo se decepcionaría de Randall por otra razón; quizá para entonces hubieran descubierto sus crímenes y fuera la vergüenza de la familia de nueva cuenta―. De verdad.
Al final, su madre saccó el mapa que su padre quería: un rollo grande que él mismo había adecuado para realizar hechizos localizadores muy potentes.
―Ten cuidado, por lo que más quieras ―le pidió―. Por mí.
Randall asintió, saliendo primero de la habitación.
Cuando regresaron a la sala, un tenso silencio se había instalado allí. Randall ayudó a su madre a extender el mapa sobre la mesita de la sala, quitando la bolsa de Tracey y el florero que su madre siempre mantenía allí, para hacer de su casa un lugar agradable. Mientras tanto, nadie dijo nada. Finalmente, Randall volvió a sentarse y a levantar la bolsa de Tracey.
―Algo debe servir aquí ―aseguró.
Se la pasó a su padre, que la recibió sin un solo gesto. Empezó a sacar algunas cosas hasta que encontró un pequeño cepillo para el cabello del que quitó unos cuantos cabellos.
―Esto será suficiente ―dijo y volvió a dejar la bolsa en el suelo.
Después sacó la varita y apuntó direntamente a los cabellos. Randall supuso que, como siempre, haría magia no verbal para no revelarle a nadie el secreto de sus hechizos localizadores. Se concentró un buen rato hasta que el hechizo empezó a dar resultado y los cabellos se movieron hasta una zona especial del mapa, que empezó a iluminarse un poco. Era un círculo más grande de lo que le hubiera gustado a Randall, pero un buen lugar por donde empezar.
Seamus se inclinó hasta donde estaba la zona iluminada.
―Sussex ―fue lo único que dijo―. ¿Conoces a alguien que viva a las afueras de Sussex? ¿O en Sussex directamente? ¿O que tenga una propiedad allí? ―preguntó, dirigiéndose a Randall directamente.
Eso, al menos, eran buenas noticias.
―Oh, significa que no son tan listos como esperaba ―Randall sonrió, con un poco de confianza en que la búsqueda iba bien por primera vez―. Carmichael vive allí.
Le sentaba bien la vida de casada. Era lo mismo que antes, porque Carmichael y ella vivían juntos desde que habían hecho aquel acuerdo. No había demasiado amor de ninguna de las partes, pero los dos salían beneficiados por la unión. La familia Farley, que nunca había sido de un linaje demasiado reconocido o habían sido demasiado ricos, se emparentaba con una familia un poco más conocida, más rica y de un linaje mucho más antiguo. Todo eran ventajas, pues los Carmichael se haían opuesto a Voldemort durante la guerra ―porque supusieron desde el principio que era un régimen destinado al fracaso― y eso les había dado una buena posición en la sociedad de la post guerra. Así, Gemma había cumplido la única obligación que su familia le había exigido desde el momento en que había nacido.
Nunca había importado lo inteligente que fuera o sus calificaciones casi perfectas, según sus padres, el único papel que podía representar era el de una buena esposa. Durante mucho tiempo se había revelado, llevando una vida que sus padres calificaban de perversa y libertina. Ella les recordaba que llevaban por lo menos un siglo de atraso. Al final, rendida, había conocido a Carmichael, cuyos padres lo presionaban para que se casara y les proporcionaba un heredero. El acuerdo al que habían llegado los beneficiaba a los dos.
Un heredero, una boda, poco amor, dinero. El resto había llegado después, cuando habían empezado la campaña. Carmichael tenía la idea, pero fue Gemma quien acabó de encender la mecha y disparó. Se sentó atrás, esperando los resultados de la campaña anti criaturas de su prometido y después esposo. En realidad, aunque odiaba a los hombres lobo y a los vampiros, le daba exactamente igual el destino de todos ellos. Excepto, por supuesto, el de la mujer que estaba en su sótano.
―¿Cómo está? ―preguntó, volteando a ver a Eddie, que estaba escribiendo un par de cartas. Su correo se había multiplicado desde que todo aquello había empezado.
―Aun se resiste ―respondió él. Su voz en ese momento era fría, pero Gemma lo había considerado el candidato ideal porque era carismático y hacia que la gente lo escuchara sin demasiado esfuerzo. Él quizá conseguiría un cargo político gracias a todo aquello, pero Gemma siemre había sido mucho más simple: sólo quería un poco de venganza.
―Quiero verla ―dijo ella.
―Sabes que no me gusta exponerte a ese tipo de escenas… ―Eddie tenía cierto instinto protector hacia Gemma―. Quizá sería demasiado.
Ella sonrió, curveando un poco los labios. Una sonrisa enigmática y peligrosa. Podía hacer demasiadas cosas con ella, lograr hasta lo imposible. Siempre se había valido de ella para manipular a hombres y mujeres y convencerlos de que los favores que les pedía eran lo mejor que podían hacer por ella.
―Oh, no te preocupes ―respondió ella―, sé a lo que me enfrento. Además, quizá pueda ser de ayuda: recuerda que la conocí. Puedo entender como piensa.
Tracey Davis. Pensaba mucho en ella, aunque no lo sacaba a relucir. La primera vez que la vio, era una chica castaña peinada con dos coletas de apenas once años. Esa Tracey Davis quería comerse el mundo y a Gemma le bastaron apenas dos segundos para darse cuenta de que Slytherin era su casa perfecta. Al principio, por la edad, nunca la vió como una rival.
La acogió bajo su protección y le recomendó alejarse de las malas compañías. Le recomendó acercarse a las Greengrass, pero Tracey nunca congenió con ninguna de ellas, le recomendó acercarse a las Carrow, con quienes Tracey mantuvo una relación de compañerismo durante todo su tiempo en Hogwarts. Y, finalmente, le presentó a Terence Higgs, a Adrian Pucey y a Miles Bletchey, los tres chicos que iban dos cursos por encima de Tracey y dos cursos por debajo de ella.
Si no se los hubiera presentado, quizá nada habría pasado y ella estaría acostada al lado de Terence, como había pasado tantas veces antes de que Tracey apareciera en la ecuación. Había sido la primera chica de Terence Higgs y siempre había estado orgullosa de aquello. Planeaba ser la última. Pero por supuesto, Tracey Davis deshizo sus planes.
―Si eso crees… ―comentó Eddie―, haría las cosas más fáciles cuando sea luna llena.
Gemma no había quitado la sonrisa desde que aquella plática había comenzado.
―Oh, estoy segura. ―Se puso en pie―. Nos vemos al rato.
No se acercó a darle ni siquiera un beso en la mejilla. Aunque frente a la gente disimulaban, dentro de la casa era un secreto a voces que su matrimonio era una farsa. Dormían en habitaciones separadas, excepto cuando Gemma lo disponía de otra manera y nunca se regalaban muestras de afecto. Sus pláticas eran largas, porque se tenían cierto aprecio, pero en lo referente al amor, todo era inexistente.
La mujer se dirigió hasta la puerta del sótano, donde incluso los elfos domésticos tenían prohibido entrar. Sólo Eddie y ella tenían acceso a aquella parte de la casa. Sabían que no podían confiar en nadie. Abrió la puerta haciendo una seña con la varita frente a ella y empezó a bajar las escaleras.
―¡Lumos maxima! ―exclamó, haciendo que una bola de luz iluminara el centro de la habitación.
Tracey estaba al fondo, sólo como un despojo de lo que había sido la última vez que la había visto, en el bar irlandés. Eddie le había cortado el cabello, dejándoselo pequeño, probablemente para no tener problemas con lo que planeaba hacer. Estaba sucia y apenas si había comido en todas las horas que había pasado allí.
Además, Gemma podía ver sus muñecas, heridas e inflamadas por el constante contacto con el acónito. Aquella idea había sido de Eddie, pero había resultado muy buena para hacer a sus víctimas desistir de intentar atacarlo. Si embargo, aquella era la primera vez que Gemma tenía tanto interés en una de las víctimas de Eddie.
La había elegido ella. Había planeado paso a paso como la coseguiría. Quería a Tracey Davis en su casa, el resto de los licántropos no importaban. Había hechizado a Blaise Zabini sólo para conseguirla y lo había dejado libre una vez que lo había hecho. Había robado el Códex. Todo aquello, sólo para tener a Tracey Davis rendida a sus pies, indefensa, derrotada.
Todas esas molestias sólo por ella.
―Hola, Tracey ―Gemma sonrió al verla alzar la cabeza―, ¿o debería decir seis? Sé que mi marido los despoja hasta del nombre, convencido de que las bestias no merecen uno. ―Eddie se tomaba muy en serio todo lo que hacía, pues siempre había estado convencido de que los licántropos, los vampiros y algunas otras criaturas eran un peligro―. Eddie dice que aun te resistes. Me ofrecí para ayudar con eso.
Había caminado hasta ella y ahora estaba a dos palmos. Tracey evitaba su mirada.
―¿No hablarás? ―preguntó Gemma―. Yo tenía muchas ganas de tener una conversación. ―Entonces, levantó la varita―. Creo que tendremos que recurrir a otros métodos. ¡Crucio!
El grito que soltó Tracey fue música para sus oídos. La dejó revolcarse de dolor un rato hasta que finalmente la liberó del influjo de la maldición. Tracey jadeaba e intentaba contener las lágrimas, sin lograrlo. Gemma supo que la había humillado. No importaba lo bajo que callera Tracey, la humillación siempre sería lo peor.
«Ah, todo este tiempo», pensó, «y sigues siendo la perfecta Slytherin».
―¿Hablarás ahora? ―Silencio de nuevo. Tracey evitó su mirada.
Gemma volvió a alzar la varita. Tuvo que torturarla otras tres veces antes de que Tracey aceptara dirigirle la palabra. No había ido allí a perder el tiempo e iba a conseguir resultados
―Gemma ―musitó. Tenía ronca la voz y su respiración era agitada.
―Ah, por fin ―bajó la varita―. Podremos tener una conversación. Hace mucho que quería hablar contigo, Tracey.
Se estaba divirtiendo. Ver a Tracey Davis humillada era todo lo que había deseado durante mucho tiempo.
―¿Sabes por qué te odio, Tracey? ―preguntó―. Ah, ¡sigo olvidándome de lo de seis! ―añadió―. Pero eso quizá luego.
―N-no ―tartamudeó Tracey. Parecía que no estaba dispuesta a darle el placer de verla quebrarse, pero Gemma sabía que era cuestión de tiempo.
―Por Terence, Adrian y Miles ―respondió ella―. Me arrebataste a Terence que se enamoró de ti como un idiota. Creo que incluso sueña contigo a veces. Te le clavaste en el corazón. ―Sonrió―. Y después a Adrian, que siempre quizó lo que nunca pudo obtener, creyéndose enamorado de ti, dispuesto a todo por sacarte una sonrisa. Se enamoró de tu personalidad. Y finalmente, Miles…
―Miles nunca… ―empezó Tracey, pero Gemma la interrumpió.
―Miles nunca se enamoró, no. ¿Pero crees que no me di cuenta? ―preguntó ella―. Fui, quizá, la única que lo notó. El modo en el que te miraba desde los trece años, la manera en que intentaba estar cerca de ti. Oh, sí, me di cuenta. Miles no estaba enamorado, no, nunca lo estuvo, pero quería lo que no quería Adrian: tu cuerpo. Por eso te odio, Tracey Davis.
Tracey volvió a apartar la mirada, sin decir nada. Exceptuando cuando la había torturado, no había soltado ninguna lágrima, e incluso aquellas habían salido de sus ojos de manera involuntaría. Gemma pensó que tendía que arreglar eso, así que le subió una manga, dejando su brazo al descubierto.
Tracey intentó resistirse, pero el acónito lo impidió.
―Diffinido ―murmuró Gemma, apuntando a su brazo, abriendo una herida transversal. Tracey se mordió los labios y la lengua, pero no demostró dolos. Gemma alzó una ceja, pero buscó en el bolso de su túnica y extrajo dos hojas de una planta que Tracey conocía perfectamente―. ¿Sabes que es esto? ―preguntó.
Por la mirada asustada de la licántropo, se dio cuenta de que sí.
―Luparia ―se contestó Gemma a sí misma―. El ingrediente principal de la matalobos, que combinado junto a otros ingredientes, no causa ninguna reacción adversa en los hombres lobo. Causa dolor extremo en los licántropos. En grandes cantidades, mortal… ―agitó las hojas frente a Tracey―. Pero esta no es una cantidad mortal. No voy a matarte, Tracey. Voy a hacer que me supliques. Es una promesa.
Y le puso las dos hojas en la herida.
Gracias a los poderosos hechizos de insonorización que tenía el sótano, nadie en toda la casa oyó el grito agónico.
Estoy empezando a pensar que me van a empezar a mandar amenazas de muerte. Y que Tracey Davis me va a meter una demanda por maltrato. Y que me merezco estar en Escritores Sádicos S. A. En fin, este es el capítulo. ¡Se acerca el final!
Andrea Poulain
A 11 de agosto de 2015
