Disclaimer: Todos los personajes que reconozcan, así como hechizos, lugares, apellidos, etcétera, le pertenecen a J. K. Rowling, esta historia sólo salió de mi cabeza.

Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"


Capítulo 8: There is a light that never goes out

"And if a ten-ton truck

Kills the both of us

To die by your side

Well, the pleasure - the privilege is mine"

The Smiths


Randall casi azotó la puerta al entrar al departamento de nuevo. Seamus iba tras de él, de nuevo, intentando seguirle el paso como podía. Millicent y Blaise seguían allí, sentados en la sala, sin saber que hacer, al parecer, cando Randall entró por la puerta. Parecía furioso por algo, o simplemente impaciente. Alzó las cejas dirigiéndose hacia Millicent.

―¿Qué averiguaste? ―preguntó.

―No mucho ―respondió ella―. Un poco sobre la casa de Carmichael, pensé que a la mejor podía…

―La conozco, ¿algo más?

―¿Cómo demonios la conoces? ―preguntó Millicent.

―Su madre hizo que invitara a todos los Hufflepuff de su curso a su fiesta de cumpleaños de doce años hace mucho tiempo, supongo que no ha cambiado mucho, ¿alguna otra pregunta? ―inquirió Randall―. ¿O podemos pasar a la parte importante? ―Señaló con la cabeza.

―No mucho más ―respondió Millicent―. Encontré el recuerdo del robo del Códex en la cabeza de Blaise, pero nada sobre los planes de Camichael. Nada en específico.

―No serían tan idiotas como para mencionarlos enfrente de él ―comentó Randall, ignorando olímpicamente a Zabini. Cada que volteaba a verlo sentía ganas de destrozarle la mandícula y Tracey llevaba menos de veinticuatro horas desaparecida.

―Estoy aquí, no soy un objeto ―se quejó Zabini.

―Y te dejaste poner una imperdonable ―le dijo Randall, volteádolo a ver―, disculpa que no confíe en ti. Usualmente no confío en nadie lo suficientemente estúpido para dejarse poner una imperdonable. ―Sus palabras eran ácidas, quizá demasiado, pero en ese momento no le importaba. Tenía que encontrar a un culpable para la desaparición de Tracey y ese era Blaise Zabini en ese momento en particular―. Así que, ¿nada importante? ―preguntó, volviendo su vista de nuevo hasta Millicent.

―No, nada más.

―Que inútil ―comentó, por lo bajo, pero después añadió algo más, antes de que Millicent replicara―: ¿Le avisaste a Adrian?

―No, aún no ―respondió ella.

―Bien, no quiero a un imbécil insultándome cerca de mí aún ―comentó Randall―. Bueno, Tracey está en alguna parte de Sussex y mi instinto me dice que es en la casa del hijo de puta de Carmichael ―siguió―, así que, tenemos todavía un rato para sacarla de allí.

―Randall ―interrumpió Millicent, que pensaba mucho mejor que él en ese momento―, sé que estás ansioso por recuperar a Tracey tan rápido como puedas, pero quizá lo que queda de noche no sea suficiente para…

―¡No tenemos más tiempo, Millicent! ―le gritó Randall, perdiendo la paciencia―. ¡Ve cualquier calendario y dime qué jodido es mañana! ¡DIME!

Por un momento, todo se sumió en un silencio demasiado incómodo. Randall respiraba demasiado sonoramente, con los puños cerrados, intentando contener la erupción de emociones que tenía adentro. Furia, miedo, terror, todo aderezado con una increíble falta de paciencia y tenía servido un platillo para el desastre. En ese preciso momento fue consiente de que nunca se había tomado la molestia de conocer a los amigos de Tracey como debería haberlo hecho. Millicent y él siempre habían sido simples conocidos que se saludan con cortesía; Blaise y Adrian no eran personas que le inspiraran su confianza. Finalmente, a Seamus apenas le había prestado atención porque Tracey había dicho que no habría nada entre ellos cada que Randall le había hecho notar los sentimientos del irlandés.

Nada de eso importaba en ese momento, pero se dijo que habría ayudado si al menos supiera como tratarlos.

―Luna llena ―dijo Seamus, finalmente, rompiendo aquel tenso silencio―. Mañana por la noche hay luna llena.

―No podemos esperar. ¿Leyeron los periódicos? ―preguntó Randall―. Todos los licántropos muertos, aparecieron muertos poco después de la luna llena. ―Sus palabras eran duras incluso para sí mismo, porque se reprochaba no haber notado el patrón antes, para al menos poder haber advertido a Tracey―. Si hay algo a lo que no estoy dispuesto es a buscar un cadáver.

Millicent suspiró de una manera demasiado sonora, parecía cansada y agotada, pero aún así dispuesta a estar allí porque Tracey era su mejor amiga. Aunque no habpia ninguna duda: si de Millicent hubiera dependido, habrían acudido a las autoridades.

―Bien, entonces. ¿Qué hacemos? ―preguntó. Estaba nerviosa y Randall se preguntó dónde había quedado la muchacha segura de sí misma que asustaba a todos con una mirada en la tienda. ¿Dónde carajos se había metido eesa versión de Millicent?

―¿Tienes algo útil en la tienda? ―preguntó Randall―. Y si te vas a asustar, prefiero no llevarte.

―N-no, no importa…

―Serás una carga si te pones nerviosa, Millicent, más que alguien de ayuda ―le espetó Randall, sin un ápice de tacto; ya no le quedaba sutilidad alguna en aquel momento y tampoco ganas de discutir―. Pero puedes vigilar el perímetro mientras los demás hacemos algo.

―¿Los demás? ―preguntó Zabini, que al parecer no había notado que estaba involucrado en todo aquel asunto hasta ese momento.

―Sí, bueno… ―Randall volteó a ver a Seamus, que seguía parado en el marco de la puerta, un poco detrás de él―. Vendrás, ¿no es cierto?

Seamus asintió, muy seguro.

―Entonces está decidido ―dijo Randall y se volvió de nuevo hasta Zabini―: Tú vendrás ―espetó a modo de orden―. Después de lo que hiciste, lo menos que puedes hacer para remediarlo es acompañarnos.

―No me gusta ponerme en peligro de manera tan impulsiva podría ayudarte de otra manera… ―empezó Blaise, pero en menos de un segundo tenía a Randall encima, apuntándole con el puño.

«Maldito instinto de conservación Slytherin», pensó Randall. Tracey también tenía un increíble instinto de supervivencia. Él no, él sólo era leal. Hufflepuff hasta el fin.

―Vendrás. Se lo debes a Tracey.

Blaise Zabini asintió sin decir nada más y tragó saliva.

Randall recordó en ese momento por qué a veces odiaba a los Slytherin. Definir a la gente por su casa solía ser muy estúpido, pero muy útil cuando se trataba de unas cuantas características básicas en épocas de crisis. La valentía impulsiva solía ser de los que habían pertenecido a Gryffindor, mientras que los de Ravenclaw muchas veces eran capaces de mantener la cabeza un poco más fría ―lo que no quería decir que fueran inteligentes, pero sí que podían ver más cosas que los demás no―; los de Slytherin eran más cautelosos, porque en la mayoría de los casos eran mucho más astutos, odiaban arriesgar el pellejo, aunque siempre acababan haciéndolo por lo que les importaba.

Y por supuesto, después estaba él: ni muy valiente, ni muy miedoso, impulsivo como el que más. La profesora Sprout, que había sido su jefa de casa cuando estaba en Hogwarts, siempre lo había llamado un Hufflepuff «raro»: nunca se destacó por ser lo demasiado trabajador, ni demasiado empeñado en el trabajo. Randall respondió aquella vez que era Hufflepuff porque era leal hasta la muerte. Y allí estaba, todos esos años después, siendo leal hasta la muerte.

Y quizá un poco más allá.

―¿Al menos tienes algún plan? ―le preguntó Seamus.

―Ninguno demasiado inteligente ―respondió él―, pero quizá funcione.

―Podemos aprovechar el elemento sorpresa ―sugirió.

―Imposible. ―Randall se levantó la camisa y dejó ver la herida que tenía cerca del estómago―. ¿Ves esto? ―preguntó―. ¿Lo habías olvidado ya? Probablemente me estén rastreando ellos, no creo que nadie más en este mundo tenga interés en saber en donde estoy en todo momento. ―Sacudió la cabeza, pensando―. Si acaso, podemos aprovechar un poco de confusión.

―Entonces, unos cuantos explosivos vienen bien ―comentó Seamus, que pensaba rápido―. Pasaré por el bar, será sólo un momento.

Randall esbozó un intento de sonrisa.

―Debiste decirlo antes ―murmuró―. Tengo una idea.

Como todas sus ideas, era una idea que tenía grandes probabilidades de no funcionar. Pero con tantas cosas en contra, cualquier idea a esas alturas le servía para voltear las cosas a su favor.

―Tenemos que crear una distracción ―comentó―. ¿Cuánto dices que tienes de explosivos?

Estaba empezando a armar un plan más formado en su cabeza, un plan que era la viva prueba de que estaba dispuesto a cumplir la promesa que mucho tiempo antes le había hecho a Tracey Davis: por ella, hasta la muerte.

«Sería un privilegio morir a tu lado», había dicho, creía recordar, pro no recordaba cuándo o dónde; parecía que todo aquello lo estaba confundiendo demasiado. Nunca iba a dejar de ser un privilegio morir por alguien por Tracey Davis. Si eso la salvaba, eso iba a hacer.

―Oh, tengo un talento para ellos ―comentó Seamus―. O solía tenerlo. ¿Sabías que vole el puente de Hogwarts en la batalla?

―Cada segundo que pasa me caes mejor, Finnigan ―sonrió él, mientras seguía pensando―. Al final, resulta que quizá si vamos a necesitar a Pucey ―comentó.

―¿Para qué él?

―Oh, ya lo verás.


«Si es que todo funciona», pensó. Pero eso ya no lo dijo. No quería romper su burbuja de optimismo tan rápido.

Hablaba cuando creía que Tracey no lo oía. O más bien, hablaba porque Tracey no le importaba en lo más absoluto y ella no tenía las suficientes fuerzas para insultarlo. Gemma le había dejado los dos brazos cubiertos de cicatrices que probablemente no se borrarían completamente jamás, pero seguía viva. Con el orgullo herido, pero viva. No le quedaba nada más que eso.

―Puedo corregirte, seis, sé que puedo corregirte ―dijo Eddie Carmichael―, puedo eliminar a la bestia de tu interior.

Tracey no respondía casi nunca. Le parecía una provocación fácil y estaba demasiado agotada ―demadiado adolorida― para atreverse si quiera a contestar. Había intentado adivinar por qué Carmichael pensaba de aquella manera, pero no había hallado la respuesta. En Hogwarts siempre fue un prefecto amable, medio seco, pero dispuesto a defender a su casa hasta el fin de los tiempos. No lo recordaba demasiado y era incapaz de reconocer que él hombre que estaba allí, trabajando en hechizos y pócimas, era el mismo prefecto.

«La gente cambia», se dijo Tracey, «pero algunos cambian más que otros». Después de eso, imaginó la voz de Randall diciéndole que dejara de remcarcar obviedades. El vampiro siempre hacía eso, interrumpía las conversaciones, se metía y decía lo primero que le pasaba por la cabeza. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba Randall y qué estaba haciendo?

«Morir a tu lado sería un privilegio», le había dicho una vez. Y si ya había matado a alguien por ella, ¿qué haría esa vez?

―Puedo arreglarte, la bestia sólo es un error, la bestia es sólo un error… ―continúo Carmichael con la nariz metida entre sus metidas.

―No lo es ―espetó Tracey, arrepintiéndose en el acto―. No lo es.

Al principio solía pensar que no había nada más allá de la loba. Pero Tracey no era una y la loba era otra: eran las dos. Tenían el mismo instinto. Podría ser un suplicio los días de luna llena, pero no eran dos entes separados. Desde el momento en que la habían mordido, la loba había pasado a ser parte de ella. Al principio no la había aceptado ―y aún tenía problemas para hacerlo, pero había acabado por acostumbrarse y por descubrir las ventajas. Mejor olfato, mejor sentidos, mejos instinto de supervivencia y a veces, sólo a veces, más fuerza.

―¿Qué? ―parecía que Carmichael no había oído.

Tracey podría haberlo dejado pasar y no responder ―después de todo, para Carmichael ni siquiera era un ser humano― para ahorrarse dolor, sufrimiento y atención. Estaba mejor cuando nadie le prestaba atención. Podría no haber repetido lo que había dicho, pero no lo hizo. No podía dejarlo pasar. Estaban metiéndose con lo más profundo de su ser.

Con su esencia, con lo que, finalmente, la había hecho ser ella.

(También con lo que la había hecho acabar allí, pero procuraba no pensar en eso).

―La bestia ―dijo― no es un error.

Carmichael volteó a verla en el acto.

―Es una abominación. ―Parecía sorprendido porque alguien le discutiera―. ¿Aún no lo has entendido?

Tracey fue incapaz de sostenerle la mirada y se maldijo por eso. Todo el tiempo que llevaba allí (ya había dejado de contar las horas, de intentar adivinar cuándo irían a rescatarla, si es que iba) había tenido ganas de llorar de rabia y golpearse contra la pared de la pura impotencia. Pero no tenía caso lastimarse más: los grilletes ya eran tortura suficiente, al igual que las heridas de los brazos. No eran lo suficiente para matarla, pero si para dejarla sin fuerzas.

Aún así, con el orgullo herido ―a pesar de todo, a Tracey le seguía preocupando eso, el orgullo perdido ya tantas veces desde que el nombre de Carmichael había aparecido en sus vidas― no dejó que Carmichael la viera llorar. Ya había dejado que Gemma lo hiciera, había logrado que le suplicara piedad. La había quebrado, punto por punto. Pero Carmichael no. Era lo único que le quedaba. No podían arrebatarle todo.

Si le había quitado el nombre ―y con eso parte de humanidad― y la dignidad, al menos tenía que quedarle algo.

―No lo soy ―repitió Tracey―. Nunca lo he sido, nunca lo seré. Y si lo fuera… ―se atrevió a decir―, yo no lo elegí. Alguien me mordió.

―Alguien… ―Carmichael se acercó―. ¿Dónde? ¿Cuándo? Piénsalo. Una noche, luna llena, probablemente en un lugar peligroso. ¿Qué hacías ahí, seis? En cierto modo, es tu culpa.

―No. ―Tracey simplemente pronunció esa palabra, después se quedó sin palabras.

Recordaba la noche a la perfección; no le gustaba recordarlo, pero lo recordaba. El lugar, la hora casi exacta. Lo recordaba todo, porque aquella noche siempre había sido una constante en sus pesadillas. No recordaba por qué estaba sola ―pues Terence tendría que haber ido con ella―, pero sí recordaba por qué había ido al cementerio: a ver la tumba de su padre. No recordaba precisamente por qué a esa hora, pero le había parecido tan buena como cualquiera. Al menos, hasta que la habían atacado.

―Seis… ―parecía una súplica para que ella aceptara lo que el consideraba la verdad. Pero no. No caería tan bajo.

―No, Carmichael, no, no me harás sentir culpable por esto ―espetó ella, intentando mantenerle la mirada―. Puede que la licantropía sea una maldición, pero nunca me va a convertir en una abominación. Nunca.

Y le escupió.

Supo al ver la mirada lívida de Eddie Carmichael que había hecho una estupidez y que había ganado aquella discusión. Él levantó una mano para limpiarse el escupitajo y apenas cambió el tono de voz cuando pronunció sus siguientes palabras.

―Te vas a arrepentir. ―Era la promesa de hacerla sufrir.

«Ya no importa, ya no importa, ya no importa», se repitió Tracey. Después de lo que le había hecho Gemma, ¿qué podía ser peor?


Fuegos artificiales. Estúpidos fuegos aritificiales. La habían distraído de lo que estaba haciendo y se había parado en la ventana a observarlos, apenas un mometo. Parecían provenir del pueblo, pero ella no recordaba que celebraran nada allí. Finalmente, había vuelto a sentarse y a alzar su pluma justo cuando escuchó el estruendo afuera, justo en su patio. Parecía que habían detonado algún explosivo. Frunció el ceño y se puso en pie, alzando la varita. Sabía que no tenía necesidad de llamar al elfo doméstico, porque tenía instrucciones sobre cómo actuar en aquellos casos.

Sin embargo, si algo había pasado, ella y Eddie no estaban completamente seguros y no iba a bajar la guardia. Estaba alerta, acercándose a la puerta, cuando se oyó un estruendo, desapareció la luz y oyó una voz muy clara.

―¡Expelliarmus!

Una voz que conocía y recordaba perfectamente. Le hubiera gustado no escucharla justo cuando sentía su varita escaparse de sus manos.

Y cuando se prendió la luz, la puerta estaba cerrada y Randall Bennet le devolvía la mirada con una sonrisa de lado, ladina, y la furia escondida en los ojos. Tiene su varita en las manos y juega con ella.

―Hola, Farley ―comenta.

―Carmichael, aunque te tardes.

―Siempre serás Farley para mí.

En realidad, no se conocían demasiado. Pertenecían a casas diferentes y círculos diferentes. Randall era compañero de Eddie Carmichael en aquella época y disfrutaba molestándolo. Porque, a pesar de dárselas de bueno y honorable, siempre había sido un Hufflepuff con pavor hacia todo bicho que fuera grande y mordiera; realmente, sólo destacaba porque era prefecto y estaba dispuesto a defender lo que el llamaba «el orgullo Hufflepuff» hasta límites insospechazos. Gemma también era prefecta en aquella época, el arquetipo de la estudiante perfecta. Era por eso que Randall Bennett le robaba los apuntes.

―Como quieras entonces ―dijo ella―. ¿Por qué puedes hacer magia? ―preguntó, alzando una ceja. No había esperado eso. La marca de rastreo de Randall Bennett se la había puesto, poniéndole una trampa, para asegurarse de que no hiciera algo estúpido o impulsivo, pero… con magia, la cosa cambiaba.

Randall alzó una ceja.

―¿Eres tan estúpida como para creer que te voy a responder eso de verdad, Farley?

―Lo de la marca de rastreo, entonces, la ocultaste y no me di cuenta.

―Apenas unos segundos ―contó él―, lo suficiente para que no te alertara. Y no la oculté, una bruja tan inteligente como tú lo sabría, ¿no, Farley? Sólo lo inhibí. Un momento.

Le apuntó con la varita ―su varita― y en menos de dos segundos, brotaron cuerdas de ella que le ataron manos y piernas. Perdió el equilibro y cayó de bruces. Aún así, se las arregló para subir la cabeza y encarar a Randall. Estaba allí y no buscando como loco a su amiga. Estaba allí, como si pretendiera hacerle pagar por todo lo que le había hecho a Tracey.

―¿Pretendes humillarme? ―preguntó.

Randall no contestó y se acercó. La jaló de un brazo para obligarla a incorporarse y la dejó en la silla. Ella, por el jalón tan brusco, sólo emitió un pequeño quejido.

―¿Nunca te dijeron que estaba mal maltratar a una mujer? ―preguntó ella, intentando buscar su parte más noble.

―Tampoco me dijeron que hacer en caso de que una psicópara secuestrara a mi mejor amiga ―respondió Randall, con un tono muy ácido marcado en la voz―; lo estoy descubriendo en el camino. ¿Quieres que te trate diferente por ser mujer, Farley? Porque esto es exactamente lo que le haría a cualquier hombre. ¿No luchaste toda la vida contra tus padres porque sólo querían que fueras una esposa trofeo?

Randall tenía la lengua muy larga, eso siempre. Por eso, aunque nunca fueran amigos o enemigos, se conocían. El vampiro nunca tuvo filtro a la hora de hablar e hizo muchos enemigos de aquella manera, aunque también se volvió popular. Sin embargo, Gemma sabe que, a la edad que tienen, ese descaro ya no es tan apropiado como cuando eran adolescentes, pero Randall parece seguir estancado en esa edad.

―Creí que venías por Tracey ―comentó ella.

Hay algo que no cuadra. Lo sabe. ¿Por qué no la está buscando?

―No antes de divertirme un poco contigo, Farley.

―¿Qué harás? ¿Torturarme? ―preguntó ella―. ¿O intentar interrogarme? Porque no seré lo bastante estúpida…

―Oh, creo que tengo más clase de lo que tu tienes ―comentó Randall―. Sin embargo, aunque no me deleito con el dolor ajeno, sabes que haría cualquier cosa por ella. ―Se recargó contra el escritorio, siempre manteniendo las dos varitas alejadas de Gemma―. ¿Qué le hiciste a Tracey, Farley?

―¿Yo? ―Ella intentó hacerse la inocente, pero tan pronto como lo hizo, sintió el puño de Randall en la cara. El golpe le dolió, pero evitó quejarse. No quería mostrarse débil enfrente de alguien como él―. ¿A la manera muggle, Bennett? ―intentó provocarlo.

―Sólo los puristas de mierda como tú lo encontrarían denigrante ―respondió él―. ¿Qué le hiciste a Tracey? ―volvió a insistir.

―¿Crees que te lo voy a contar?

―Tenemos tiempo ―aseguró él.

―Alguien se dará cuenta de que estoy en peligro, Bennett ―aseguró ella―. El elfo doméstico, alguien.

―Oh, tenemos tiempo ―repitió él―. Nadie puede entrar, ni salir, ni aparecerse. La puerta está trabada y sólo yo sé como liberarte. Tenemos tiempo.

Al final, hasta resultaba ser inteligente. Gemma entornó los ojos. Parecía muy seguro de sí mismo, pero había algo que no cuadraba con toda su actitud. Quizá la manera en que jugaba nerviosamente con los dedos, o la razón por la que se pasaba la mano por el cabello rizado una y otra vez. Se movía de un lado para otro, nervioso. No podía ocultarlo ni con la actitud que tenía en ese momento. Gemma sólo necesitaba descubrir por qué estaba nervioso para encontrar su punto débil. Eso quizá no sería tan difícil. Quizá. Toda la gente tenpia vulnerabilidades y la de Randall estaba muy a la vista.

Tracey Davis.

―Podrías estar perdiendo tu oportunidad de encontrarla ―le dijo―. Si tanto la quieres…

―Oh, no te preocupues por eso ahora ―Randall intentó quitarle importancia pero Gemma notó un temblor en su voz cuando lo dijo―. Podríamos hablar de nosotros, ¿sabes? Seríamos la pareja perfecta, la cínica y el descarado ―comentó, forzando una sonrisa―. ¿Nunca lo pensaste?

―Deja de decir estupideces.

―Cuando me digas que le hiciste a Tracey.

―Podrías volver a golpearme ―lo retó Gemma.

―No me gusta ensuciarme los nudillos con sangre de estúpidos ―espetó él. Sabía que insultos como «zorra», «perra» o «puta» no la herirían o ni siquiera le importarían. Pero estúpida… llamarla así no era cualquier cosa―. ¿Por qué le dejaste el recuerdo a Blaise Zabini? ¿Querías regodearte en tu tumba? ¿Confiabas demasiado en las protecciones que rodeaban a tu mansión como para sentarte a observarme sufrir, Farley?

Tragó saliva. Al final, resultaba que Randall sí la conocía, aunque fuera un poco. Él, al notar que ella no respondía, soltó una carcajada corta, más maniática que real.

―Al final voy a tener razón. Casi diez años de no verte, Farley, y aún te conozcó. ―Se llevó la mano a la bolsa de la túnica y sacó algo. Gemma no pudo descubrir qué era hasta que lo vio sacar un cigarrillo―. ¿Quieres? ―le preguntó.

Ella negó con la cabeza. Aquello estaba convirtiéndose en algo ridículo. ¿Por qué no iba a buscar a Tracey y por qué estaba allí con un cigarro en la mano? Lo encendió y le dio una calada antes de continuar.

―De verdad eres estúpida, Gemma Farley.

Ella alzó la ceja, sin decir nada, instándolo a explicarse. De todos modos, la que ya no tenía que perder era ella. No tenía varita, estaba atada, estaba en total desventaja y no planeaba desaprovechar sus fuerzas para cuando de verdad las necesitara.

―Aquí, en tu casa ―comentó él, como si nada―. Los secuestrados en tu propia casa. Podría haber sido en cualquier otra parte y yo no habría sabido que esperarme. Podría. Pero no, aquí, en tu propia casa. ¿Carmichael y tú estaban deseando ser encontrados o de verdad confiaban demasiado en estar protegidos? En serio eres estúpida, Gemma Farley.

―¿Por qué no estás buscando a Tracey Davis? ―preguntó ella, de nuevo.

―Oh, no hay que desperdiciar el tiempo ―respondió él―. Me interesa saber más mucho más… ¿Por qué odias a los licántropos, por ejemplo?

―No los odio ―confesó Gemma Farley―. Sería demasiado gasto de energía. ¿Por qué no estás buscando a Tracey Davis? ―volvió a intentar.

―Claro, claro, para eso tienes a tu esposo. ―Randall le dio una calada al cigarrillo y le aventó el humo en la cara. Gemma frunció la nariz ante lo que consideraba una muestra infantil de superioridad―. No debes gastar energía si él lo hace por ti. Pero, ¿por qué Tracey? Porque a ella si la odias, lo sé.

―¿Por qué no la estás buscando? ―repitió ella.

―¿Por qué la odias?

―Si me respondes, te respondo.

―No soy un imbécil, Farley. No en este momento ―le dijo él―. El que hace las preguntas soy yo. ¿Qué le hiciste?

―¿Para qué quieres saberlo? Si le hice algo… ya no tiene caso que te pongas rencoroso por eso ―le dijo ella, cínicamente―. ¿Por qué no la estás buscando?

―Ya te dije, yo hago las preguntas. ―Le dio una calada al cigarro y se inclinó frente a ella, poniendo su cara sólo a centrímetros―. Si le hiciste algo, que no lo dudo, me aseguraré de que te arrepientas. ―Le puso el cigarro en una de las mejillas, dejándole una leve quemadura―. ¿Se entendió?

Ella no sé quedó por la quemadura. Randall ya le había dejado que no iba a caer en el juego de la damisela en peligro y ella ciertamente no era una.

―Si la quieres tanto, ¿por qué no la estás buscando?

Randall se acercó a su oído.

―Por eso, por que la quiero ―contestó y se incorporó de nuevo, guiñándole un ojo a Gemma―. Y tú, ¿por qué la odias, Farley?

―Carmichael ―corrigió ella, evitando la pregunta.

―Me importa un rábado, Farley ―Randll remarcó el apellido con especial énfasis, como si estuviera deseando hacerla enojar―. Lo que Carmichael y tú tienen es un contrato, ¿no? Ya me lo imagino: herederos, falta de escrúpulos y mucho dinero. ―Caminó un poco acercándose a la puerta sellada―. ¿Alguna vez pensaste de verdad en lo que significaría tener hijos, Farley? ¿En querer tanto a alguien que harías cualquier cosa para que no le pasara nada y luego recordar los gritos… las súplicas? Bueno, yo no sé nada, me limito a adivinar. ―Volvió a acercarse―. ¿Qué le hiciste a Tracey Davis?

―Podría estar muerta ahora mismo, ¿por qué no la estás buscando?

―Aun no es luna llena. ¿Qué pasará cuando sea luna llena?

―Nada interesante para ti… ¿Cómo fue la última luna llena? ―preguntó Gemma―. Cuando vacíamos de lupania todas las tiendas…

Pudo ver la expresión del rostro de Randall. Había algo de temor debajo de toda esa fachada que estaba desplegando frente a ella. Algo de nerviosisimo. Tiró el cigarro y se pasó la mano por el cabello, lo que parecía ser un tic nervioso.

―Deja de esquivar mis preguntas ―dijo él―. ¿Qué le hiciste?

―Tú deja de esquivar las mías ―respondió ella, a su vez―. ¿Por qué no la estás buscando?

―¡Respóndeme! ―le gritó él, empezaba a perder la paciencia―. ¿Qué le hiciste?

―Oh, nada… ―respondió Gemma, sonriendo, observando como Randall perdía la paciencia poco a poco y con ello, los estribos. Los vampiros no eran muy poderosos y ella podría ganarle si lo ponía nervioso―. Quizá sólo la obligué a suplicarme piedad y la hice gritar tan fuerte que…

De nuevo, el puño de Randall contra su cara. Había valido la pena.

―Tracey no suplica piedad ―espetó él.

―Conmigo sí ―se regodeó ella―. Es una hazaña, ¿no? ¿Por qué no la estás buscando? ―volvió a insistir.

Lo vio cerrar los puños y contenerse.

―Y a pesar de todo, sigues siendo una estúpida ―dijo él, en vez de responder―. Porque lo notaste. Y aún así, confías en que sea un estúpido para seguir teniendo la ventaja. Ya que espiabas a Tracey desde antes o eso quiero suponer, responde esto: ¿te parece que soy la clase de persona que estaría aquí cuando ella puede estar en peligro?

Gemma frunció el ceño.

―No.

―Y por eso preguntas por qué no la estoy buscando ―comentó él―. Piénsalo. Dos segundos. Piénsalo.

―No sé que…

―Estoy aquí porque eres una estúpida Gemma Farley. Una estúpida confiada en que me conocías lo suficiente como para creer que haría algo estúpido e impulsivo para rescatar a Tracey ―contó él―. Y no te equivocaste, soy estúpido e impulsivo. Pero no soy el único amigo de Tracey.

Gemma lo entendió lentamente. Quería decir que no venía sólo. Gemma sólo había puesto una magia de rastreo sobre él. No se le había ocurrido nadie más.

―¿Ya caíste en cuenta? ―preguntó él―. No estoy sólo. E incluso hemos pedido refuerzos. ―Movió la varita, quitando el hechizo que insonorizaba la habitación―. ¿No los oyes? Aurores. Están entrando.

Por supuesto que lo oía.

―Una licántropo pérdida no es suficiente para que investigue aquí… ―comentó ella.

―No, pero si alguien con el apellido Pucey jura que acaba de ver a un vampiro dispuesto a todo meterse en tu casa… ―comentó Randall, como si nada―. Sin duda harán caso.

―¡¿Por qué te pondrías en peligro?! ―preguntó ella, alzando la voz.

―Oh, por que a la mejor encuentran el laboratorio de tu marido ―respondió Randall― y porque ponerme en peligro por Tracey no importa, si logro salvarla. ¿Ya lo entendiste?

―Pero entonces, no puedes hacerme nada… si me haces daño…

―Oh, ya te lo hice ―interrumpió―. Van a arrestarme de todas formas. ―Volvió a mover la varita, abriendo la puerta―. Mantener esta habitación sellada fue lo único que pude hacer con la magia que le pedí prestada a alguien ―contó él―. Funcionó porque te crees más inteligente de lo que eres, Farley. Sólo olvidaste algo: no planeo dejar vivo a nadie que haya hecho suplicar a Tracey.

―No te atreverías, no te atreverías a matarme.

Él le sonrió, de medio lado. Tenía los ojos más tristes que Gemma había visto nunca y la mirada más desesperada.

―De todos modos van a arrestarme.

Movió una de las dos varitas que tenía y le quito las cuerdas. Gemma estaba asustada, por primera vez. Él se abalanzó sobre ella y la estampó contra la pared, causando un estruendo. Le clavó los colmillos en la caródita mientras quebrara las dos varitas en pedazos para que ella no pudiera usarlas y porque de todos modos los aurores se desharían de ellas. No se detuvo a pensar que una de las varitas que estaba rompiendo era la primera que había comprado, en Ollivander's.

No se detuvo hasta dejarla seca, justo cuando oyó los pasos detrás de él.

―¡Sepárese de ella y alce las manos! ―oyó un grito.

La soltó. El cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo. Alzó las manos, pero no se dio la vuelta. Cerró los ojos.

«Randall Bennett, estás detenido», se dijo a sí mismo, antes de oír a uno de los aurores decirlo. Después, sintió las cadenas y el peso de todos los asesinatos que había cometido.

«¿Estás bien, Tracey? ¿Estás bien?»


Muy bien, no tenía clara la estructura de este capítulo. Al final acabó con los PdV de Randall, Tracey y Gemma. No estaba seguro del último, pero no podía poner el de Randall, principalmente porque el punto de toda la escena es no tener ni idea de lo que hace Randall. Sobre Tracey, todavía no hay nada dicho. Me quedan dos capítulos y juro que serán más largos que nada para meter todos los finales de estos personajes. No me odien por lo que le hice a Randall.


Andrea Poulain

A 19 de septiembre de 2015

(Hace treinta años, tembló la tierra)