Disclaimer: Todos los personajes que reconozcan, así como hechizos, lugares, apellidos, etcétera, le pertenecen a J. K. Rowling, esta historia sólo salió de mi cabeza.
Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"
Capítulo 9: I lived
"Hope that you fall in love, and it hurts so bad
The only way you can know is give it all you have
And I hope that you don't suffer but take the pain
Hope when the moment comes, you'll say..."
One Republic
«Corran tan rápido como puedan, tan rápido como sus pies lo permitan».
Lo había dicho Randall, con un plan explicado a trozos y en desorden, porque no tenían tiempo. Seamus y Blaise sabían que él se encargarúa de Gemma Carmichael, porque tenían cuentas pendientes, o eso aseguraba Randall para tranquilizartlos. Y porque a él lo podían rastrear. A ellos no y eso les daba cierta ventaja. Sin embargo, había algo de lo que todavía no estaba seguro: cómo iban a salir de allí sin la ayuda de Pucey. Dependían de Adrian Pucey ―y de que los aurores llegaran a tiempo― y a Seamus nunca le había gustado depender de los desconocidos ―menos de un desconocido al que Randall no apreciaba demasiado, porque Randall había demostrado ser la única persona con la furia y la cabeza fría suficiente como para armar un plan―. Millicent se quedó afuera, esperándolos a una distancia prudencial, donde los aurores no la escontraran, para cuando lograrann escapar.
Lo que Blaise y él planeaban hacer no era un crimen escrictamente, pero si alguna vez lo descubrían podrían procesarlos por obstrucción de justicia, quizá por deshacerse de evidencia; a esas alturas, probablemente Tracey, lejos de ser un testigo, sería simplemente la evidencia.
«Corran tan rápido como puedan», recordó Seamus. Tenían cerca de ellos a un elfo doméstico que estaba dispuesto a absolutamente todo para proteger a sus amos. Adelante y atrás de ellos caían vidrios, lámparas y estanterías enteras. Los dos apenas eran capaces de sortear todo el desastre. Blaise era hábil con la varita y él tenía muy buenos reflejos. También un par de pociones explosivas que no quería desperdiciar porque creía que podría necesitarlos.
―¡Exactamente, ¿qué buscamos?! ―vuelve a gritar, intentando hacerse oír entre los estruendos.
―¡Sótanos! ¡Alguna habitación cerrada con hechizos! ―gritó de vuelta Blaise y agitó la varita rápidamente para evitar que todo un mueble les cayera encima―. ¡Depulso!
Las instrucciones de Randall, aunque rápidas, fueron muy claras: «Saquen a Tracey». No importaba cuanto costara, tenían que sacar a Tracey de allí. La magnitud del desastre que ocurre detrás de ellos le recuerda a la batalla de Hogwarts ―una noche que daría lo que fuera por no recordar―, pero esa vez están solos. Blaise Zabini y él. Si le hubieran dicho que estaría corriendo con él en una misión de rescate para una chica, no lo hubiera creído. Pero ahí estaba.
«Pase lo que pase, tienen que sacar a Tracey».
―¡Esa puerta! ―gritó Blaise, que además de evitar que algo los asplate, estaba abriendo todas las puertas a punta de varita―. ¡Algo está bloqueando la magia!
―¡Aguarda! ―Seamus sacó un vial de una de las bolsas de la túnica que lleva y lo abrió; el olor de la poción apestó el ambiente―. ¡Atrás! ―gritó. Oyó un estruendo tras ellos, algo más se ha roto. No volteó la mirada, sino que lanzó la poción. Probablemente había un hechizo bloqueando cualquier tipo de magia, pero no una explosión de ese tamaño.
No se había equivocado: la puerta de manera queda hecha añicos, revelando las escaleras que bajan al sótano. Habían tenido suerte.
Blaise entró primero, con la varita en la mano y Seamus lo hizo detrás de él. Por un segundo, todo se quedó completamente en silencio. Después, oyeron un grito que les perforó los oídos. Seamus es el primero en reaccionar y en lanzarse escaleras abajo.
―¡Tracey! ―gritó. Podía reconocer ese timbre de voz en cualquier parte porque había estado las últimas soñando despierto que lo oía y que la desaparición de la bruja era sólo una pesadilla.
Al llegar hasta abajo, la escena que vió lo dejó paralizado un momento, casi incapaz de reaccionar. Eddie Carmichael estaba inclinado sobre una Tracey Davis encadenada, pegada a la pared cuyo pecho subía y bajaba con lentitud, como si cada vez que respirara fuera un milagro. El cabello castaño largo y desastroso se le pegaba a la piel sucia y había trozos de su ropa hecha girones. Además, estaban las heridas: en sus brazos se alcanzan a ver inumerables cicatrices y costras. Ella gritaba y el terror estaba dibujado en su rostro.
―¡DEPULSO! ―gritó Seamus, apuntando a Carmichael, que salió disparado hasta la pared contraria, casi estrellándose con un montón de viales y pócimas que tenía en el piso. Después, sin prestarle atención, corrió hasta Tracey―. Tracey. Tracey. Tracey. Tracey. ―No podía dejar de repetir su nombre, como si la joven que estaba en el suelo, temblando, fuera un milagro―. Estás bien, soy yo, Tracey. Estás bien.
Tenía los ojos asustados y parecía que apenas notaba lo que estaba a su alrededor. Seamus alcanzó que tenía una herida abierta aún y una hoja de matalobos cubriéndosela. Se la quitó inmediatamente, mirando horrorizado los brazos de Tracey, que se habían convertido en un mapa de cicatrices. Las últimas estaban cercanas al cuello. Parecía que era el dolor lo que la mantenía en aquel sopor. ¿Cuánto más tiempo sería capaz de soportar?
―Por favor… por favor… ―musitó ella.
―Estás bien, Tracey, estás bien… ―Apuntó con la varita a los grilletes que aún sostenían sus manos―. ¡Diffinido! ―También tenían matalobos y Tracey, con el constante roce de la planta, tenía las muñecas en carne viva. Seamus intentó abrazarla, pero ella estaba demasiado débil para mantenerse incorporada. Detrás de él, oyó como Blaise contenía a Carmichael, que lo estaba atacando.
―Por favor… por favor… ―La voz de Tracey, muy débil, le llegó a los oídos. La levantó, cargándola, y dejó que su rostro se acomodara con la curva de su cuello.
―Te voy a sacar de aquí.
Sin embargo, Blaise tenía problemas con Eddie Carmichael, que sabía defenderse y aún tenía la varita. No había podido desarmarlo y Carmichael lo tenía acorralado contra la pared. Lo mantenía a duras penas.
―Zabini ―llamó Seamus.
―¡Lárgate! ―espetó él―. Lárgate.
―No, no puedo irme…
―Carmichael no puede salir vivo de aquí ―fue lo que dijo Blaise, intentando un desesperado contrahechizo que no funcionó: su varita acabó en los pies de Eddie, que esbozó una sonrisa torva.
―Al parecer los planes se voltearon ―comentó, levantándola y después girándose hacia Seamus.
Blaise le hizo una seña y Seamus la entendió en el acto. Sacó el segundo vial de poción explosiva que tenía y se lo lanzó a Blaise antes de que Carmichael pudiera reaccionar. En cuanto Blaise lo tuvo en las manos, gritó.
―¡CORRE!
«Corran tan rápido como puedan», volvió a repetirse Seamus y después se corrigió internamiente: «Corre tan rápido como puedas». Zabini se iba a quedar atrás.
Seamus se dio la vuelta y corrió escaleras arriba. Apenas había llegado hasta arriba de nuevo, cuando oyó al techo caerse encima de Blaise y de Carmichael, probablemente sin dejar supervivientes. Se hubiera lamentado un poco más la muerte, si no hubiera oído el estruendo de los aurores irrupiendo en la casa y hubiera recordado que tenía que correr para sobrevivir; eso mantuvo alejado el remordimiento y la escena de Zabini dispuesto a suicidarse por Tracey. Randall les había comprado tiempo, pero a cambio de eso les había dejado una sola instrucción.
«No pueden encontrar a Tracey allí», había dicho, con voz firme y mucho más seria de lo que Seamus habpia escuchado nunca; «no puede verse envuelta en tal cantidad de mierda, ella no se lo merece».
Seamus había asentido. Y después había preguntado qué iba a pasar con él, si la historia con la que Pucey iba a conseguir que los aurores hicieran algo lo involucraba a él.
«No importa», había respondido Randall. «Siempre y cuando Tracey esté bien». Seamus estaba seguro de que nunca iba a ser capaz de compender la relación que había entre los dos, especialmente del lado de Randall. Parecía que estaba dispuesto a todo por ella, pero no parecía haber nada romántico ―no después de que le había preguntado a él si Tracey le gustaba―. Sin embargo, había un agujero en todo lo que Randall había planeado: si no encontraban a Tracey, no podría testificar contra Carmichael y quizá el escándalo no iba a salir a la luz. Se lo había dicho al vampiro, pero Randall le había quitado importancia. «Los Carmichael estarán muertos», había respondido, «y mi padre sabrá aprovecharse de la situación de cualquier manera».
Al final, se lo había dejado muy claro, lo que importaba era Tracey.
Así que, con ella acuestas, casi desmayada y sin ser muy consiente de lo que estaba pasando a su alrededor, se dirigió hasta donde Randall le había indicado que recordaba que había una puerta trasera. No podían descubrirlo, porque entonces tendría problemas.
Corrió tan rápido como pudo para salir de la casa y se dirigió hasta el campo. Poco más allá, estaría esperándolos Millicent y después estaba el pueblo. Podrían buscar ayuda en cualquier parte. Tracey no se quejó ni dijo nada más. A Seamus le dolía verla reducida a un mero títere.
Finalmente, cuando llegó a donde había quedado que sería el punto de encuentro con Millicent, se detuvo. No podía más. Cargar el peso de Tracey era demasiado. Se agachó un poco, a esperar, pero ella despertó justo cuando la estaba poniendo en el suelo. Abrió mucho los ojos asustados y pareció calmarse sólo un poco al reconocer el rostro que la miraba.
―Seamus ―dijo. Su voz parecía alarmada.
―Estás bien, tranquila.
―¿Dónde estamos? ―intentó ponerse en pie, pero sólo pudo incorporar la espalda después de unos cuantos quejidos―. ¡¿Dónde estamos?!
―A salvo. Millicent va a sacarnos de aquí… ―respondió él.
―¿Qué… qué pasó? ―volvió a preguntar, movía los ojos para todas partes y estaba visiblemente confundida―. Carmichael…
―Te rescatamos, te desmayaste… ―Seamus intentó resumir lo que había pasado, pero realmente no podía hacerlo en ese momento, aún sentía la adrenalina corriendo por sus venas y el corazón latiéndole el doble de rápido que normalmente.
―¿Me rescataron? ―Tenía los ojos demasiado abiertos, una combinación de miedo y sorpresa, entre el más profundo alivio y también un terror desesperado.
―Sí ―aseguró Seamus―. Blaise, Randall y yo.
―¿Blaise? Pero Blaise… Blaise… Blaise… me… Blaise me… ―Tracey parecía incapaz de generar una idea, por momentos. Sus ojos se movían descontrolados, quizá intentando asegurarse de que ya no estaba encerrada y que aquello no era sólo un sueño.
«No puedes decirle que murió», se dijo Seamus, arrepintiéndose de haber pronunciado su nombre. Tracey parecía demasiado confundida y demasiado aterrada. Recordaba haberla visto enojada, triste, melancólica, pero nunca tan asustada. Sólo bastaba ver las cicatrices de sus brazos para descubrir por qué.
―Lo hizo por ti ―contó Seamus―. Lo estaban manipulando con la imperius. ―Le apartó el cabello de la cara, pero Tracey pegó un respingo cuando Seamus acercó su mano.
―Dime Tracey ―pidió ella.
―¿Qué?
―Por favor. Llámame por mi nombre, por favor. Por favor, Seamus. Por favor. Dime Tracey. Por favor. ―Su voz era desesperada, casi maniática.
―Tracey, estás bien, tranquila, Tracey.
―Gracias, gracias, gracias… ―De repente, estaba llorando descontroladamente. Seamus no entendía nada, pero tampoco decía nada. Millicent ya no debía tardar mucho más―. Gracias, Seamus.
Entonces, estiró la cabeza y vio el movimiento en la casa de los Carmichael, vio las luces, los destellos. No se alcanzaba a ver mucho más, pero algo la hizo fruncir el ceño y respirar entrecortadamente.
―¿Y Randall? ―preguntó.
―Él… nos compró tiempo, para que te sacaramos de ahí ―respondió Seamus. No iba a contarle mentiras porque no sabía contarlas y no quería que Tracey lo odiara cuando despertara. Aunque probablemente lo iba a odiar en aquel momento.
―¡¿Sigue adentro?! ―preguntó ella, alarmada.
―Sí… bueno, él…
―¿Randall qué, Seamus? ¡¿Qué?!
―Se entregó. Para conseguir llamar la atención de los aurores.
La reacción en el rostro de Tracey fue inmediata. Volvió a intentar ponerse en pie, de manera desesperada, pero soltó un quejido al sentir el dolor en los brazos.
―¡Tenemos que ir por él, Seamus! ―exclamó―. ¡Tienes que rescatarlo!
Él negó con la cabeza.
«No dejes que vuelva por mí», le había dicho Randall. «Cuéntale lo que quieras. Si quieres una mentira. Pero no dejes que vuelva por mí, no importa que te odie, o te golpee, o te amenaze. No me importa. Tracey no puede volver por mí. Me mataría que me viera si logro lo que planeo hacer».
«¿Y dónde estarás tú?», había preguntado Seamus.
«Pagando por todo lo que he hecho», había respondido él.
―No podemos, Tracey ―dijo él―. Él se entregó.
―Por favor, Seamus, por favor… ―Se acercó hasta él, jalándolo―. Por favor. Tengo que salvarlo. ―Estaba llorando, quizá más fuerte que antes―. Después de todo esto, tengo que salvarlo.
―No puedo, Tracey.
―¡Maldita sea! ―gritó ella, y él se apresuró a taparle la boca, para mitigar sus gritos. Intentó debatirse, pero el la abrazó.
―Lo siento ―le dijo al oído―. Lo siento. No puedo, Tracey, lo siento.
Ella seguía llorando. El se quedó abrazándola hasta que volvió a desmayarse. Después, apareció Millicent.
Despertó desorientada completamente, en una habitación blanca, pero con rastros de suciedad en las paredes. No era el sótano de los Carmichael, pero tampoco era la habitación de su apartamento. Cuando alzó la cabeza, se encontró a Millicent leyendo el periódico en la silla. Sonrió, feliz de verla ahí y alzó los brazos. Estaban cubiertos de vendas. Frunció el ceño, porque sus últimos recuerdos eran extraños y confusos.
―¿Millie? ―preguntó. Su garganta se sintió rasposa.
―¡Tracey! ―Millicent alzó la mirada y se puso en pie inmediatamente―. ¡Despertaste!
―Eso es obvio ―comentó ella―. ¿Dónde estamos? ―Volteó alrededor.
―San Mungo ―comentó Millicent―. Bueno. Una parte de San Mungo.
―¿Qué hacemos aquí?
―¿Qué crees? Estás débil ―le dijo―. Y herida. Bueno, Lisa ha hecho todo lo mejor que puede para curarte, pero asegura que las cicatrices quedarán visibles… ―Millicent hizo una mueca de pena, mirándola.
―Pero… La luna llena.
―Tuvimos que sedarte. No pasó nada ―contó Millicent―. Además, ya vuelve a haber lupania en las tiendas aunque… bueno, su venta se restringió un poco. ―Torció la boca y Tracey no fue incapaz de comprender por qué―. De todos modos, no importa, Seamus me pidió que le avisara cuando…
Millicent ya camina hasta la puerta, pero Tracey alza la mano.
―No, Millicent, espera. Quiero que me lo respondas tú ―dijo ella.
Cerró los ojos, un momento, intentando recordar con claridad su rescate. Gritos, confusión, una explosión. No se le ocurría mucho más.
―¿Qué? ―preguntó ella.
―Randall. ¿Está muerto? ―preguntó ella.
Millicent negó con la cabeza, pero en sus ojos apareció un matiz preocupado. Tracey se preocupó instantáneamente por eso.
―No, no está muerto ―respondió Millicent, y salió.
Tracey se quedó sola. Aún sentía dolor en los brazos y en todo el cuerpo, pero ya podía moverse. Intentó quitarse una de las vendas y descubrió que las heridas ya estaban cerradas, pero las cicatrices seguían allí. La mayoría eran horribles y probablemente le habían quitado todo lo bonito a sus brazos para siempre. Cerró los ojos e intentó contener las lágrimas.
Estaba a salvo, pero dudaba volverse a sentir a salvo de nuevo alguna otra vez. La voz de Carmichael aún retumbaba en sus oídos, despojándola de su nombre y de su humanidad. Nunca antes se había sentido más tranquila al sentir a la loba adentro de ella, porque eso significaba que más allá de torturarla, Carmichael no había llegado a hacerle nada. No le había quitado parte de su esencia.
Cerró los ojos, intentando sentirse tranquila. Cuando los abrió. Seamus estaba mirándola desde la puerta. Parecía cauteloso.
―Hola ―dijo.
―Hola ―respondió ella.
―¿Estás bien? ―preguntó él.
―Sí… creo que sí… ―No sabía que responder a eso―. Estoy viva.
Él sonrió. Se acercó hasta ella y se sentó en el borde de la cama. Tracey no atinaba a adivinar por qué se acercaba con tanta cautela, pero no lo culpaba. Le había gritado.
―Lo siento ―dijo él, cuando estuvo cerca―. Ya sabes. Por lo de Randall.
―No está muerto.
―Está en Azkaban, Tracey ―contó él―. Irá a juicio en menos de un mes. Y tiene cargos de todo.
Tracey cerró los ojos, conteniendo las lágrimas. ¿Por qué Randall había hecho eso por ella? ¿Su vida de verdad valía tanto coma para ir a Azkaban? Suspiró, sin responder, sin importarle que Seamus estuviera allí, tan pendiente de su reacción.
―¿Saben lo de Miles? ―preguntó ella.
―¿Lo de Miles? ―Seamus parecía confundido.
―Randall mató a Miles Bletchey ―contó ella, sin dar más detalles―. Es un caso viejo.
―No… creo que no ―respondió él―. En realidad no le he puesto demasiada atención a los periódicos.
Tracey asintió. Estaba intentando mantenerse tranquila, pero todo la estaba abrumando. Los recuerdos de los últimos días estaban en su cabeza.
―Seamus, ¿cuánto tiempo estuve… dormida? ―preguntó. Había un gran vacío en su cabeza y no recordaba ni siquiera las pesadillas. Parecía que había un gran hoyo en su cabeza.
―Cuatro días ―respondió él y antes que ella tuviera tiempo de preguntar cualquier otra cosa (como por ejemplo, por qué había dormido cuatro días), sacó un pedazo de pergamino de la túnica―: Randall lo dejó para ti.
―¿Qué es? ―preguntó ella.
―No lo sé. No la he abierto.
―Así que… sabía que no saldría de la casa de los Carmichael, ¿cierto?
―Sí, ya sabía que no iba a salir de allí si no era esposado ―respondió Seamus. Se hizo el silencio entre los dos y él carraspeo―. Si quieras leela ―dijo.
Ella asintió y abrió el rollo de pergamino. Era una carta que no era demasiado larga y ella sonrió levemente al ver la caligrafía desordenada y apretada de Randall. Apenas si se entendía en algunas partes, pues parecía que lo había escrito con prisa.
Tracey:
En realidad no tengo mucho tiempo para escribir esto. Seamus está recogiendo explosivos mientras le pide a su socio que se quede a cargo del bar. Estoy en la barra con un whisky de fuego enfrente. Le di dos tragos y después me pregunté por qué te gusta tanto. Sólo quema la garganta y no me hizo más valiente. Sinceramente, estoy aterrado. Porque con el único plan que pude trazar las posibilidades para mí no son demasiado buenas.
Recuerdo que te prometí que moriría a tu lado, si hacía falta, pero creo que al final voy a incumplir esa promesa y voy a salvarte. Creo que te lo mereces porque fuiste amable conmigo cuando nadie merecía ser amable conmigo y me dejaste vivir en tu apartamento como una sanguijuela. Estoy aterrado, Tracey. Mi mano está temblando, ¿serás capaz de verlo en mi caligrafía? No sé que va a pasar después, si seguiré vivo.
Pero… si sigo vivo, por favor. Dile a mi madre. Cuéntale que te salve. Por favor. Y no me olvides, Tracey. Supongo que lo que sigue es que te pida disculpas por lo que voy a hacer, pero como quizá eso va a salvarte, me lo voy a ahorrar.
Nos vemos cuando nos veamos, Tracey Davis.
Tracey se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, sintiendo la mirada de Seamus clavada en ella y alzó la mirada.
―¿Por qué no volviste por él? ―preguntó―. Cuando te dije que no podíamos dejarlo.
―Porque me lo prohibió ―respondió Seamus―. Ante todo, quería mantenerte alejada del desastre y, tenía razón, Tracey, todo es una jodida mierda.
―Pero, si Carmichael ya no está en el panorama… ―comentó ella.
Seamus puso una mirada sombría. Había algo que no le estaba diciendo. Tracey frunció el ceño, intentando adivinar qué estaba mal en el panorama y después de pasear la mirada por la habitación unos segundos, se dio cuenta: las manchas en las paredes. No era tan limpio como era usualmente San Mungo, y Millicent había dicho, como dudando que estaban en «una parte de San Mungo» y había mencionado a…
―Lisa ―dijo Tracey, sorprendida―. ¿No es la novia de Adrian? ―preguntó―. Lisa. No es sanadora. Lo mencionó en una de las cartas. Lisa. Ni siquiera era sanadora en prácticas. ¿Por qué no me atiende un sanador?
―Tracey, las cosas se pusieron feas ―comentó Seamus―. No sabíamos que iba a pasar pero… creo que lo causamos nosotros.
―¿Qué? ¿A qué te refieres?
―Bueno, Carmichael murió en la explosión, así que todas las pistas de su trabajo, todo se perdió ―empezó a contar Seamus―. Ni siquiera sabemos donde está el Codex, pero tiene su propio método de protección. No saben que fue Zabini quien causó esa explosión, pero si saben que Randall asesinó a Gemma. Oficialmente, todo llegó a la prensa como el ataque de un vampiro. Y la gente se volvió loca. Algunos empezaron a simpatizar con Randall, sobre todo personas de tu condición, o al suya. Los simpatizantes de Carmichael se hicieron más radicales. Hay una atmósfera fea afuera, Tracey. El Winzengamot está haciendo cosas ignorando al ministro porque uno de los partidarios más radicales de Carmichael tomó el relevó. Ahora hubiera preferido que Randall cumpliera la promesa que le hizo a su padre: la de dejarle el camino libre.
―Pero, no puede ser tan malo, ¿cierto? ―preguntó ella. En cierto modo, parecía que se estaba autoconvencido―. No puede ser tan malo. Después de lo del registro…
―Mil veces peor ―interrumpió Seamus―. Con todos los ataques de vampiros y licántropos, intentaron disuadirlos prohibiendo que fueran tratados en San Mungo o cualquier hospital mágico. Todas las criaturas mágicas, exceptuando a los duendes están perdiendo sus trabajos. La prensa hace campaña contra ustedes… Ayer nos rompieron los cristales a mí y a Dean, Tracey ―contó―. La situación es demasiado tensa. Se están aprovechando de lo que hizo Randall, en un lado y en otro.
―Así que todo es una mierda.
―Por eso estamos aquí. Adrian convenció a Lisa de que nos ayudara, pero oficialmente, esta es una parte de San Mungo que está en reparación ―respondió él―. Tendremos que marcharnos en cualquier momento.
―Nos han vuelto parias.
―Aún no completamente ―intentó animarla Seamus. No funcionó. Tracey ni siquiera fue capaz de esbozar una sonrisa―. Pero sigues viva. ―Le tomó la mano―. Tú sigues viva.
―Qué barato vendes mi vida, Finnigan ―comentó ella―, por la estabilidad de todo el mundo mágico.
Sin embargo, le gustaba estar viva. Aunque Randall estuviera entre rejas, aunque la hubieran convertido en una paria y se estuviera escondiendo. Sentir otra vez la luz del sol y no temer todo el tiempo. No sentir dolor todo el tiempo. Le hubiera gustado reprocharse, por todo lo que Seamus decía que su rescate había causado. Pero en ese momento sólo quería hacerle una visita a Randall y golpearlo para después abrazarlo y darle las gracias, quería abrazar a Seamus y a Millie, por estar vivos y por estar allí.
Pero en vez de hacer todo eso, sólo apretó la mano de Seamus.
Fueron a verla un mediodía, seguros que Ernest Bennett no estaría en casa. Tracey aún se apoyaba en Seamus y llevaba un sueter que, sin embargo, no cubría las cicatrices de las muñecas. Llamaron al timbre y esperaron. Finalmente, la señora Bennett les abrió la puerta. Randall se parecía un poco a ella, fue lo primero que pudo apreciar Tracey al verla. Tenían la misma sonrisa, aunque Randall siempre se las había arreglado paa hacera ver más descarada y más cínica.
―Buenas tardes, señora Bennett ―saludó Tracey, antes de que la mujer pudiera decir nada―. Soy Tracey Davis. ―Extendió la mano para saludarla y la señora Bennett se la estrechó. Se quedó viendo la cicatriz que le cubría toda la muñeca, pero no dijo nada―. ¿Podemos pasar?
―Claro.
A Tracey no le gustó lo que vio en su mirada, cómo si supiera que le iba a decir algo malo. Sin embargo, se las arregló para componer una sonrisa, mostrarles la sala y ofrecerles té. Seamus no dijo nada en todo el rato, hasta que la señora Bennett llevó las tazas de té. Tracey había aceptado el ofrecimiento, abusando de la hospitalidad de la mujer, únicamente para retrasar el momento de la conversación seria.
Hasta que la señorta Bennett se sentó, entonces Tracey supo que no iba a poder atrasarlo más.
―Entonces él te rescató, ¿no? ―preguntó ella.
Tracey asintió.
―Y… él… ¿está bien? ―Tembló su voz y su taza.
Tracey respiró hondo antes de contestar porque no tenía ni idea de cómo hacer eso. Darle a una madre malas noticias de su hijo le parecía igual que darle un tiro de gracia a una criatura indefensa.
―Estpa vivo ―fue lo primero que dijo, creyendo que si descartaban el «está muerto» cualquier cosa que le dijera después sería mejor―. Pero él hizo algo… ―se miró las manos, incapaz de voltear a ver a la señora Bennett―. Él… mató a alguien… ―hizo una pauna en la que sus labios se convirtieron en una línea tensa―. Por mí. Y está en Azkaban. Y Randall quería que usted lo supiera.
―Pero si está en Azkaban… debió ser noticia. ―Tracey asintió―. Ernest no me ha dicho nada.
―Quizá no quería preocuparla ―intervino Seamus―. El juicio se acerca. Y las posibilidades de que Randall salga bien son pocas.
―Pero él es un vampiro, si es sólo un asesinato… podría salir. Después de un tiempo, él… no envejece.
Tracey la miró con pena, sin decir nada (sin querer decir nada). No iba a hablar más, dejando que la señorta Bennett se quedara al menos con esa esperanza, pero ella notó la mirada. Maldiciendo por lo bajo, Tracey se dijo que las madres que vivían preocupadas por sus hijos siempre notaban ese tipo de miradas.
―¿Qué? ―preguntó la señora Bennett―. ¿No es sólo…?
Tracey negó y vio a la señora Bennett suspirar.
―¿Cuáles son los cargos?
Silencio aplastante.
―Por favor, díganme, ¿cuáles son los cargos?
Seamus fue el que se atrevió a contestar cuando a Tracey le falló la voz cuando abrió la boca.
―Allanamiento, asesinato múltiple, conspiración contra miembros del Winzengamot que apoyaban las reformas… ―Se detuvo. Ya no le dijo que también habían encontrado todos los clientes a los que Randall les vendía drogas mágicas. Eso simplemente la hundiría.
―Pero él es… inmortal ―intentó decir su madre―. Lo es, ¿no?
Tracey asintió quizá demasiado efusivamente, pero no evitó que le cayera una lágrima traicionera en la mejilla. La señorta Bennett también lo notó y de inmediato su expresión se congeló.
―¿Podrían…? ―No se atrevió a pronunciar la palabra, pero Tracey la conocía: matarlo. Incluso lo conocía con más exactitud: como era un vampiro, podrían matarlo de sed. Simplemente les bastaría dejarlo sin sangre para dejarlo sin vida. O exponerlo al sol, pero el matar a los vampiros de inacición siempre era un proceso más largo y más doloroso.
―Sí ―fue la respuesta.
No tuvo el valor de sostenerle la mirada la señora Bennett cuando empezó a llorar. Ni siquiera pudo esconder sus propias lágrimas. Podría perder a su familia. A la única familia que le quedaba viva.
Randall Bennett.
¡Les dije que todo iba a salir bien! No es burla, lo juro desde aquí desde mi búnker. Bueno, ya rescataron a Tracey, el mundo mágico es una mierda, el destino de Randall es una mierda, básicamente todo es una mierda y por eso estoy en un búnker. ¡Y me queda un capítulo!
Andrea Poulain
A 19 de septiembre de 2015
