No tenía pensado alargar este oneshot, pero últimamente –ayer– no podía sacarme la historia de la cabeza. Me preguntaba: ¿de verdad solo se encontraron en sueños? Sé que puede quedar raro, incluso mal, porque el primer capítulo no iba a ser un primer capítulo, pero con esto inauguro el que será mi primer long-fic mishiro (genio y figura son viñetas, no cuenta). Aunque, para ser sincera, no tengo ni idea de cómo continuará después de esto. Dejaré que la historia se escriba sola, como hasta ahora lo ha hecho.
Puntualmente habrá algún personaje inventado por mí, pero no acaparará protagonismo, son solo exigencias de la trama. También preveo contenido sexual, más o menos del nivel del primer capítulo.
Dulce castigo
II
Algunas noches ella se aparecía en su almohada. Cuando Koushiro trataba de acariciar su cintura, descubría que estaba fría. Si cerraba los ojos, no conseguía oler algo diferente al detergente de limón que compraba su madre.
A veces también se sentaba a su lado en el metro y le cogía la mano. Luego, desdibujando su boba sonrisa, se daba cuenta de que le quedaba una parada y que su acompañante octogenaria no estaba de acuerdo con formar parte de su fantasía.
Con el tiempo dejó de presentarse en su día a día, tan solo le atrapaba en aleatorias madrugadas. Se sorprendió a sí mismo de lo bien que la había olvidado, guiñó un ojo a su reflejo para felicitarse por ser todo un hombre. Estar enamorado era una enfermedad que ya no le acompañaba.
No le acompañaba nada. Vagaba ocupando un espacio. Dormía más horas de lo habitual y cenaba las sobras de la comida. Sabía que debía terminar su ducha cuando la mampara se volvía opaca. Empezó a ver la televisión, hábito que tenía abandonado, aunque nunca cambiaba de canal. No se preguntaba por qué veía ese canal y no otro, nunca sabía lo que estaba viendo. Nunca estaba lo suficientemente despierto, tampoco dormido. Contestaba con monosílabos y su cara podría haber sido de cera, nadie notaría la diferencia.
Casi nadie.
—Estás raro. Más que de costumbre.
Koushiro le miró a los ojos por primera vez para decirle que estaba bien. Koushiro sabía que eso era lo que hacía la gente.
—Si tú lo dices… Venga, tienes que venir a mi cumpleaños. —Koushiro forzó una sonrisa. No entendía por qué algunas personas creían importante celebrar que habían sobrevivido a una nueva traslación, pero debía sonreír. La gente sonreía cuando alguien les invitaba a una fiesta—. Será divertido. Estaremos todos, los de siempre y otros más. Hasta he invitado a Tamae.
Taichi levantó las cejas un par de veces.
—Lo siento, Tai. Quisiera poder ir pero…
—¡Ni lo digas! ¿Me has oído bien? Estará Tamae, ¿sabes lo que eso significa? —Koushiro negó, harto del tema—. No te entiendo ¿la has mirado bien? Sabes, empiezo a pensar que eres asexual.
—Estoy servido, gracias por preocuparte. —Dicho esto, se miró a un escaparate de reojo. Con esa frase había crecido cinco centímetros, no podía sonar mejor.
No se lo dijo, no estaba tan loco como para confesárselo a Taichi, pero lo cierto es que llevaba un tiempo sin poder fijarse en nadie. Los estímulos sexuales apenas eran cosquillas y ni siquiera echaba de menos la masturbación. Recordaba los besos de Mimi, desabotonar su blusa, agarrar su lencería, apenas recordaba nada más a partir de eso, porque había pasado demasiado rápido. Tan solo podía recordarlo como imágenes vistas desde un tercer cuerpo, hasta le provocaba dudas de si había sido real. En cualquier caso, nada le tentaba como era esperable en un chico sano de su edad. Sentía algo, lo definiría como una bola de aire sobre el estómago, si no fuese tan simple definirlo así. Pero ella se lo decía tantas veces, se quejaba tanto de eso…
—¡Eres tan complicado!
Y nunca había podido encontrar la respuesta, pero se prometió decírselo la próxima vez. Él no era complicado, era consecuente. Él funcionaba con lógica y las cosas lógicas siempre tienen sentido. Ella era la complicada, porque se despertaba y dejaba que cosas azarosas como el tiempo, sus hormonas, los alimentos que consumía, todas esas minucias, la dominasen por completo.
Era débil y ni siquiera lo sabía. A su vez, era la debilidad de Koushiro, pero al menos él era consciente.
—Si soy consciente, con el tiempo, podré controlarlo —pensó, comparándolo con un programa de ocho pasos innumerables veces. Incluso tras descubrir que no era tan fácil. No cuando rondaba a su alrededor, tampoco cuando deseaba que volviera.
—¿Dijiste algo? —preguntó despistado Taichi.
—Nada.
Taichi le abrazó al despedirse. Koushiro, a pesar de sentir extraño el acto, no forzó la separación.
—Aunque no pueda ir a tu cumpleaños podemos hacer otra cosa un día de estos. Cuando entregue mis trabajos estará bien.
Aquello pareció alegrarle, pero no podía estar seguro. Taichi era de las pocas personas en las que todo sonaba natural.
Como si hubiese estado preparado, una voz femenina les saludó.
—¡Qué sorpresa verte aquí! —exclamó Taichi. Koushiro rodó la mirada, estaban en la puerta de su Universidad, no encontraba sorprendente encontrarse con una compañera.
Tamae sonrió entrecerrando los ojos como respuesta y se dirigió a Koushiro.
—¿Vienes por la revisión? —preguntó agudizando la voz.
Koushiro le dijo que sí hastiado, ya no tenía dudas de señalar a Taichi como responsable del teatro. Era una situación demasiado absurda, Tamae no compartía esa asignatura con él y no recordaba habérselo dicho. Si podía escoger, evitaba hablar de su vida.
—Podéis ir juntos —sugirió Taichi, no sin antes darle un codazo a su amigo.
—Claro —masculló Koushiro.
Todavía no entendía por qué la chica seguía intentando llamar su atención. Creía que sus señales eran muy claras, hablaba poco con ella, trataba de evitar mirarla, se sentaba lejos. Era amable, ¿y qué? ¿Acaso no lo era con todo el mundo? No se explicaba como una chica que no bajaba del notable podía ser tan poco receptiva.
Porque no. Él no quería ser la Mimi de esa chica, no quería quererla cuando la viera del brazo de un amigo, no quería sentir pena, tampoco alimentarse con su adoración. Simplemente no necesitaba a Tamae en su vida, no siendo una prolongación de su ser.
—¡Oh! Vaya… qué pena que no puedas venir al cumpleaños. Pensé que irías. La verdad es que casi no conozco a nadie, ¿seguro que no puedes venir? No se me da nada bien conocer gente nueva, no sé por qué pero debo tener algo que a todos ahuyenta, ¿a ti también te pasa? ¿Sabes? Una vez conocí a un chico que se parecía mucho a ti, solo que no era pelirrojo ni tan inteligente, claro que tampoco parecía tan serio. No lo digo como algo malo, sé que lo puede parecer porque hoy en día decir serio es casi como decir aburrido… no me parece algo malo tampoco. Al fin y al cabo, ¿qué es aburrido? Hay quien puede pensar que hablar de física es aburrido, ¿no? Pero yo no. Podríamos ir a una charla el jueves sobre el origen del universo, creo que han invitado a un científico de Estados Unidos, bueno, no es de Estados Unidos, ya sabes que se quedan los científicos de otros países. Eso deberíamos hacer nosotros, ¿no crees? Así que, ¿no irás al cumpleaños? Es una pena, esperaba verte en otro sitio que no fuese la biblioteca. Siempre pensé que las bibliotecas están bien, pero no es un buen sitio para…
Koushiro se detuvo y la miró por primera vez, ella calló de inmediato.
—No me apetece ir —dijo despacio, esperando que pillase la indirecta por fin—. Este es el despacho, creo que le gusta hablar mucho. Probablemente tenga que estar horas.
—Vaya, es uno de esos pesados. Los odio.
—Sí, yo también. —Al acabar la frase se dio cuenta de que ella lo interpretaría como que tenían algo en común. Debía de tener más cuidado—. En fin, ya nos veremos en clase.
La chica se fue caminando hacia atrás mientras Koushiro llamaba a la puerta con más intensidad de lo habitual.
—¡Pasa, pasa! —apremió su profesor y le señaló un asiento. Era el favorito para todos los alumnos, pero no el preferido por su alumno predilecto—. Te preguntarás por qué te he hecho venir.
Koushiro asintió sin sentarse.
—Fue un error mío, me di cuenta al pasar las notas. Tu trabajo es excelente, lo es. No entiendo por qué no viniste a protestar cuando viste el cinco.
¿Un cinco? Ni siquiera se acordaba de eso.
—Para ser sincero, cuando entregué ese trabajo tenía otras cosas en mente. No me fijé en las notas, solo vi que estaba aprobado.
—Lo sé, lo sé. Yo también he tenido tu edad —suspiró. Koushiro pensó que era un poco ridículo, aquel hombre no llegaba a los treinta y vestía camisetas de videojuegos, pero hablaba como su padre—. Hay demasiadas cosas que pasan por la cabeza, ¿eh? Es difícil ser un chico tan inteligente.
—No creo que lo sea —contestó, solía tratar de ver las virtudes más que los inconvenientes.
—¡Encima modesto! Ojalá tuviésemos más alumnos como tú.
Koushiro creyó descortés corregirlo y volvió a asentir.
—Quería hablarte de un curso, está subvencionado y lo hacemos todos los años —dijo extendiéndole unos papeles—. Me preguntaba si te gustaría apuntarte, lo sé, hay miles de solicitudes pero necesitamos a los mejores. Lo entiendes, ¿verdad? Este tipo de cosas son las que dan prestigio a la Universidad. Piénsatelo, y no te preocupes más por el trabajo.
Koushiro le dio las gracias sin levantar la vista de los folletos y cerró la puerta, esperando no volver a encontrarse con Tamae. No entendía lo que acababa de pasar, pero intuía que su nuevo sobresaliente debía haber sido un cinco. A veces se le escapaban ese tipo de conversaciones.
Escuchó unos tacones, algo extraño en su facultad. Las pocas chicas que había ya se hacían notar por ese hecho y no los necesitaban.
Los tacones aceleraron el paso. Se inquietó, porque era el tipo de sonido que siempre le ponía nervioso. No sabía por qué.
Se giró sin ser consciente de que estaban a menos de un metro.
Sobre ellos, la chica a la que no sabía odiar estaba sin palabras. Koushiro creyó que por primera vez el encuentro no era planeado.
La observó de arriba abajo. Llevaba la falda más larga que de costumbre y medias negras tupidas, era extraño verla con tan poco color. Su blusa era granate y solo un botón permanecía libre. No usaba adornos, ni siquiera en el pelo, tan solo unos pendientes pequeños en forma de lágrima.
Koushiro lo supo de inmediato: trataba de verse mayor. Recuperar la cordura con su aspecto. Parecía que habían pasado cinco años y eso no le gustaba. Quería que se quedasen para siempre en los veintidós años, por mucho que le dolieran desde el mismo momento que los cumplió. No quería trasladarse a los veintiuno, ni a los veinte, ni siquiera a los diecisiete, donde no existían los rencores. No quería, porque con veintidós podía recurrir a esas imágenes perdidas y confusas en las que, solo por unos instantes, se pertenecieron el uno al otro. Cuando la vida por fin le sonrió; quería guardarse esa sonrisa para siempre.
Mimi seguía callada, a Koushiro le gustaba cuando eso pasaba porque podía examinar su rostro con atención. Le gustaban sus ojos, cómo intentaba mantenerlos siempre un poco más grandes de lo que eran en realidad. Le gustaban sus labios, cómo los mordía para que siempre estuviesen hinchados, y aunque nadie más se fijase, le gustaba la zona donde el cuello se unía con sus hombros, porque encajaba perfectamente con su mandíbula. También le gustaba darse cuenta de su diente rebelde, ese que ella intentaba ocultar en las fotografías y de cuándo se había pasado horas peinándose para verle, aunque luciera casual.
Pero en aquella ocasión no le gustó su silencio porque solo demostraba una cosa: el juego había acabado. Ya no buscaba dominarle, ya no se trataba de a quien le tocaba mover ficha o de quien hacía trampas. No quedaban turnos, solo jugadores insatisfechos con la partida, sin ganas de repetir, sin ganas de cambiar las reglas o formar nuevos equipos.
—Sé que deberíamos poder seguir como antes, dije eso —se lamentó infantilizando su voz.
—¿Qué tal estás? —preguntó Koushiro tratando de sonar natural. Indiferente, adulto. Todo lo que nunca demostró ser ante ella.
—Estoy… —Mimi dudó un instante—. Estoy bien, no me puedo quejar.
—Me alegro —contestó siguiendo la farsa. Ya no sabía si se alegraba o no, solo fingiría que sí, porque eso era lo que la gente hacía.
Mimi se agarró un mechón del pelo.
—Debí hablarte después pero no fui capaz. Estaba muy confundida. Lo sentí muy extraño, quiero decir, me gustó, pero fue tan raro. Bueno, no debería contarte esto, no a ti, pero la verdad es que no se lo he dicho a nadie. No me he atrevido.
—Yo tampoco.
Se sintió otra vez unido a ella. Le cogió la mano y la soltó inmediatamente, sabía que era una ilusión.
—Es mejor así —repuso Mimi.
—Sí, lo es.
Mimi soltó una risa nerviosa.
—No debería darle tantas vueltas. Es una tontería, algo normal. Somos jóvenes y cometemos errores.
La máscara de cera de Koushiro se desvaneció. En unos pocos segundos y sin quererlo, Mimi acababa de destruir la nada que le había acompañado todo ese tiempo, ayudándole a ser frío, a verse bien.
No era capaz de seguir hablando. Tan solo señaló a la puerta, como si alguien le hubiese robado la voz y necesitase comunicar su intención de recuperarla.
—Está bien —murmuró Mimi más conformista que de costumbre y, con un movimiento torpe, le dio un beso en la mejilla. Luego el taconeo se alejó con la misma rapidez con la que se había acercado.
Koushiro tenía la sensación de que caminaba sobre su cabeza.
—No sabes cuánto duele.
¿Qué os ha parecido? ¿Merece la pena ver si pueden volver a encontrarse no solo en sueños? Lo escribí ayer y es algo apresurado publicarlo, lo sé, pero también sé que si no lo hago ahora no lo haré nunca.
