Summary:Koushiro trata de superar a Mimi.
Dulce castigo
III
―¿Te pasa algo? Estás raro.
Koushiro no se esforzó en negarlo. Le habían definido con esa palabra cientos de veces y llevaba un tiempo escuchándola como un estado; no como una cualidad. Quizás todos tenían razón.
Koushiro, que ante todo tenía que pensar las cosas, consideró parte del día a reflexionar acerca de los cambios que otros intuían en su comportamiento.
Lo único que sabía era que no podía dormir, no como antes. Cuando por fin llegaba la noche y se sentía completamente solo, se activaba más que nunca. Al notar la luz, la mitad de su capacidad descansaba. Pero seguía sorprendiéndole que fuese evidente a ojos de otros. Koushiro solía pensar en que la gente estaba demasiado pendiente de sí misma como para darse cuenta.
Por el contrario, él invertía el tiempo en pensar en cualquier cosa que no tuviese que ver consigo mismo. No encontraba que un solo ser pudiese resultar tan interesante, ni siquiera alguien fuera de lo común (para él, todos los humanos creían equivocadamente que lo eran). Por ese mismo motivo, trataba de negar sus sentimientos hacia Mimi. ¿Cómo una persona podía hacer tanto daño por el simple hecho de respirar lejos?
Llevaba un tiempo maldiciendo tener pasado. Aquellos recuerdos que le consumían. La vida que no fue.
El sentimiento le inundaba a menudo. Ese Koushiro que abandonaba la niñez ―lo poco que quedaba de ella― al entender por qué no quería despedirse de Mimi antes de verla marchar hacia Nueva York.
Una cuenta atrás que le hacía sentir deseos de correr sin parar, como aquel día había hecho hasta la casa de Mimi.
Y gritar.
―¡Mimi! ―la llamó, con un tono que todavía no había cambiado, antes de tocar la puerta―. Mimi…
Oyó su nombre desde la ventana.
―Sube, no está cerrada. ―Koushiro trotó por las escaleras. Se detuvo a tres metros de ella y la descubrió peinando a una muñeca―. Me estaba despidiendo ―explicó serena―. Ayer no viniste a mi fiesta.
Mimi sentó a la muñeca en la ventana y comenzó a peinarse a sí misma. Koushiro fijó la vista en su cuello, nunca antes esa parte le había resultado tan expresiva.
―No fui capaz ―le dijo, creyendo que lo entendería.
―Me puse muy triste ―contestó sin girarse―. Parece que ni te importa que me vaya.
―Lo siento.
Mimi negó con la cabeza y sonrió, como si no fuese capaz de hacer otra cosa. Koushiro creyó que la había perdido para siempre.
Entonces, le abrazó. Tanto que hasta quiso decirle que parase de hacerlo, pero no lo hizo, era un tipo de abrazo que no había experimentado nunca.
―No sé cómo sentirme ―dijo ella, relajando los brazos―. A veces ansiosa por ver mi nueva casa y a veces quiero llorar. Pero no quiero ser tonta nunca más.
Mimi dejó caer una lágrima mientras mantenía la sonrisa. A partir de ese momento, se convirtió en la chica a la que no sabe odiar.
―Tú siempre me has ayudado mucho, Kou. Eres muy bueno conmigo.
Koushiro asintió levemente. A pesar de reconocer sus sentimientos, no creía que hiciese alguna distinción con ella cuando se trataba de bondad.
Se fue. Al principio fue fácil. Realmente se hizo a la idea de que no iba a volver a saber de ella. Creía que los sentimientos eran una cosa que desaparecían en la distancia, así que estaba bien.
Pronto ocupó su mente con otros asuntos. Se encerró en sí mismo, en las cosas que no podía compartir con nadie. Creció su interés por la química, leía todo lo que podía sobre eso. También por la historia natural. Incluso a finales de sus quince años comenzó a leer algunas obras filosóficas y a preguntarse si algún día él podría influenciar en el pensamiento del mundo. A menudo bajaba sus expectativas y se imaginaba como profesor. Luego también lo descartaba, no le gustaba hablar en público.
Algunas semanas, aquellas en las que ella le mandaba noticias, necesitaba leer más horas de lo normal. En contadas ocasiones, ella insistió en hacer una videollamada para enseñarle su nuevo look y comunicarse de un modo más completo, pero nunca se les dio demasiado bien hablar.
Con todo, creció sin mayores problemas. No podría haber imaginado que los sentimientos resurgirían hasta ese punto.
Koushiro se sentó en la cama y comenzó a teclear. Al principio solo por no escuchar sus propios pensamientos, luego, más relajado, necesitó hacerlo más que ninguna otra cosa. Quería ser el de siempre. El de antes.
Olvidar fácil, como continuamente otros olvidaban a Mimi Tachikawa. Querer a quien le quería, a quien iba a estar allí. A quien no le recordase lo complicado que era.
Y se preguntaba, ¿por qué la única cosa que compartían eran los errores?
Llegó el momento. El momento de saber quién era en realidad. Descubrir por qué no podía funcionar con lógica en todos los aspectos de su vida. Afrontar sus miedos, si es que los tenía, porque llevaba tanto tiempo negándose esa parte de conocimiento…
No creía en la psicología. No con esos métodos estadísticos, no cuando para él todo se reducía a un cincuenta por ciento.
O es… o no es.
¿Qué somos? Aquella página web lo dividía en diferentes áreas. Una, lo que todos saben, incluido uno mismo. Koushiro pensó que en esa categoría podía entrar su gusto por la informática. La segunda, lo que uno sabe y esconde al resto. Inmediatamente Mimi apareció en su mente. La tercera parte, lo que otros saben y nosotros no. Esa era fácil, se lo habían dicho tantas veces: raro, complicado.
Koushiro sintió un escalofrío cuando leyó la cuarta clasificación: lo desconocido. Lo que nadie sabe, ni siquiera uno mismo.
Esa parte la debía tener muy desarrollada, porque resultaba escaso definirse con las tres anteriores.
¿Qué era eso que nadie sabía? ¿Cómo averiguarlo?
Necesitaba respuestas. Inconscientemente, hizo clic sobre una interrogación.
En la pantalla apareció un foro con diversas categorías. Koushiro leyó lo más rápido que pudo buscando la palabra "desconocido". Sin embargo, otra llamó su atención:
Foro de la timidez e introversión.
¿Y si la solución a todos sus problemas era abandonar esos adjetivos con los que tantas veces le habían definido? Ni siquiera tenía claro si eran ciertos o no.
Leyó una escueta definición. No, él no era tímido. Él sentía que podía decir las cosas cuando las tenía que decir, casi siempre, vaya. A veces simplemente no encontraba las palabras exactas, era complicado saber cuáles eran porque para él nada era más importante que decir siempre algo con sentido (consideraba que los problemas venían precisamente por lo contrario). Pero si supiese lo que quería decir en cada momento, lo diría. No tenía dudas.
Además, no podía ser tímido. Le daba igual lo que pensaran de él. De sus gustos, de sus hábitos. Recordaba muy pocas ocasiones en las que eso le hubiese molestado especialmente (y casi todas le llevaban al mismo momento).
Si había que definirse como algo, escogía introvertido.
Siguió leyendo los títulos de los mensajes dentro del foro. "Nunca he tenido novia", "¿Por qué la gente es idiota?", "Mi novio me ha dejado por una chica más delgada".
Sus respuestas, de estar en algún sitio, no se encontraban ahí.
Se peinó las cejas tratando de pensar. Nunca había necesitado tanto hablar con alguien. Un abrazo. Un algo.
En ese momento no se sentía uno de esos introvertidos que, según aquella definición, se activaban estando solos.
Pero a quién acudir. Con quién hablar sin que decidiese intervenir. No, él no quería una intervención. Ni que creyesen que estaba mal, no lo estaba en absoluto. Quería hacer como Mimi, hablar sin parar hasta que los problemas se fuesen con el sonido.
Motivado por los mensajes con más de treinta comentarios de apoyo, decidió empezar uno. Ella se lo había dicho tantas veces, lo mucho que odiaba que no compartiese sus problemas. Tanto se quejaba… Por fin estaba dispuesto a reducir el espacio de la segunda clasificación: lo que solo él conocía. Si lo hacía con desconocidos podía soportarlo.
Por un momento se imaginó la primera área como un descampado con un ordenador en el medio. Sonrió mentalmente y, sin deshacerse de esa imagen, comenzó a leer su propio mensaje.
Mi dulce castigo
«A quien escuche,
Nunca he pensado demasiado en mí mismo, es algo que evito. No sé el motivo, pero las pocas veces que lo he intentado desistí. No es demasiado interesante.
Supongo que debo hacerlo, aunque me cueste. Si de verdad quiero olvidarla, debo conocerme antes para lograrlo.
De lo poco que sé, tengo una parte obsesiva que me da miedo. Más que ninguna otra cosa.
Ella es una de esas chicas que nunca leerían un foro como este. Una de esas que han tenido todas las cosas que podían tener y siguen queriendo más. Un espíritu libre esclavo del mismo aire. De sí mismo. Sus caprichos. Sus equivocaciones.
Es todo lo que me quita el sueño, mi interés por la vida, mi persona.
Odio en lo que me ha convertido, odio saber que ha sido ella la culpable. Saber que también hizo que me quisiera en un pasado.
Y si no está, si la quito de la ecuación, no sé qué queda.
Puedo retroceder meses, a cuando casi la había olvidado. Puedo retroceder un poco más, a tantas veces en las que me enteraba por terceros que tenía pareja. A nuestro primer beso, cualquier cosa menos inocente.
Las clases que dejé de atender por escuchar su risa.
Irme más allá, a nuestras conversaciones casi trimestrales y transoceánicas. A sus cambios de look, de personalidad, mientras me animaba a seguir siendo el de siempre.
Debería retroceder mucho para eliminarla por completo, pero entonces, sería un niño. Y de niño tenía otros problemas.
Será que no se puede más que vivir con ello, será que los años compactan ese espacio dedicado a los malos recuerdos. Entonces puede que solo sienta un roce cuando otros digan su nombre…».
Se estremeció con esa frase y canceló su envío. Si él no entendía, no encontraba ningún motivo para que otros chicos, algunos de los cuales no tenían ni amigos, pudiesen entenderlo.
No, no podrían.
Cerró el foro, seguía sin saber si era tímido, introvertido, feo, o solo tenía mala suerte. Y seguía necesitando un abrazo.
