Summary: Mimi deja de mirar a las paredes.

Dulce castigo

V

―¿Nombre?

―Mimi ―contestó rápidamente, felicitándose por su agilidad mental. Sonrió hasta que se dio cuenta de que la mujer seguía sosteniendo el bolígrafo en el aire―. Eme-i-eme-i. Es muy sencillo ―explicó con una leve risa al final.

La mujer levantó las cejas y solo tras resoplar volvió a hablar.

―Una suerte. Apellido.

―Tachikawa. Te-a…

―No es necesario ―cortó escribiendo con energía. Mimi seguía sonriendo. ―¿Tienes alguna experiencia? ―preguntó mientras buscaba entre los folios su fotografía.

Mimi se encogió de hombros.

―En el cartel no ponía nada de experiencia. ―La entrevistadora torció la mandíbula.

―¿Por qué quieres trabajar aquí?

―Un amigo estudia aquí, en la Universidad, y me dijo que la cafetería era un buen lugar. Es este, aquí está ―señaló dando toques con sus largas y pintadas uñas en la mesa.

La mujer madura se inclinó hacia atrás para leer mejor el currículum. La letra era considerablemente más grande que la del resto de folios que le habían hecho compañía. Miró las uñas de la chica con desaprobación.

―Veintidós años, ¿cierto?

Mimi asintió.

―Estudios secundarios ―leyó.

Mimi repitió el gesto.

―También sé inglés.

Empezaba a costarle mantener su cara de vendedora. No sabía si esa mujer utilizaba ese tono desagradable siempre o solo con aspirantes a camareras sin estudios ni experiencia y un vacío de cuatro años en su vida formativa.

―De hecho, viví en Nueva York. ―Se detuvo un momento, su imaginación comenzó a actuar por ella. Nueva York provocaba sus sueños―. Y desde que terminé la secundaria he estado recorriendo el mundo. Sí, toda América, de Norte a Sur. Luego pasé seis meses en Australia, y hasta un verano en la costa italiana. Conocí a gente interesantísima, me dejaban hospedarme en su casa solo a cambio de preparar la cena. Tenía pensado escribir un libro con toda mi experiencia, hablando de la solidaridad y la aventura, de las diferentes culturas que conocí. No se puede decir que sea la típica nini. Ya sabes, tengo una amiga así, se ha pasado desde la secundaria sin hacer nada en absoluto, mirando las paredes. Tal cual. Ni siquiera ayuda en casa porque tienen servicio doméstico. Pero un día sus padres ya no estarán, ¿qué será de ella? La pobre es una inconsciente.

La mujer entrecerró los ojos, en algún punto se había perdido.

―Bien, pues apunta tu número aquí. Ya te llamaremos. Mucha suerte, y gracias por venir.

―¿Cuándo llamarán? ―preguntó, pero la mujer no se giró para contestarle.

Pasó las siguientes seis horas mirando el color malva. Tenía que haberlo cambiado antes, pero pensó que ya no importaba tanto. Si conseguía ese trabajo, podría pagarse el alquiler de una habitación, compartir piso con otras chicas de su edad. Unas que tuviesen ganas de ir de fiesta y no viesen interesante mantener una relación durante siglos ni llegar a la cima laboral. Unas que quisiesen ser bonitas, escuchar cumplidos y nunca aburrirse de ellos. Conocer gente nueva juntas, formando un equipo. Compartir ropa y cambiarse el color del pelo. Comprar varios botes de pintura y lanzarlos a las paredes, que fuesen pintadas por la casualidad, para al menos mirar algo interesante si no tenían nada mejor que hacer.

Su madre dio pequeños golpes en la puerta.

―Pasa.

―Tienes que comer algo.

Mimi se cruzó de brazos.

―¡Ya estamos! No tengo hambre, no tengo hambre ninguna. No he hecho nada en todo el día, en toda la semana. ¿Por qué debería tener hambre?

Su madre siguió firme y le colocó un plato de pasta a la altura de la cabeza.

―Esto no es normal. Come.

―Por mucho que insistas no puedes obligarme. Comeré cuando me den ese trabajo.

Le acarició el pelo. No entendía por qué a su hija le había entrado tanta ansia por trabajar.

―Cuando yo tenía tu edad no trabajaba.

Mimi se inquietó, ¿acaso esperaba que ella siguiese sus pasos?

―Pero tú tenías a papá y ya luego te embarazaste. ―En su opinión, había ocurrido demasiado pronto―. No es lo mismo. ¿Es que quieres ser abuela? ¿Ya? ¿No te hace parecer vieja esa palabra?

Apretó los labios, consciente de lo mucho que iba a doler a su madre ese comentario. Solo quería que saliese de su cuarto y la dejase con sus aburridas paredes esperando algo mejor. Sin embargo, su madre aguantó estoica.

―A tu edad lo que deberías hacer es divertirte.

Mimi se tapó con la almohada.

―No lo entiendes. No puedo divertirme mientras todos están haciendo otra cosa.

Satoe presionó su lengua contra el paladar. No entendía por qué era tan complicado tratar con su hija, si siempre le había recordado tanto a ella misma.

―¿Es por lo de ese chico, el que trabaja en el banco? Es por eso, ¿verdad?

―¡Mamá! Ya déjame, eso fue hace milenios. Ni siquiera me acuerdo de su nombre.

―Pues, hija, la verdad es que no lo entiendo.

―Pues eso, no lo entiendes.

Sataoe suspiró, apartando la vista del cabello de Mimi, esparcido sobre la colcha con la comida al lado. Abrió la puerta despacio, como si esperase uno de los arrebatos de cariño que Mimi le dedicaba tras sus salidas de tono, pero no ocurrió. Pasó al otro lado de la puerta y la cerró.

―Gracias ―dijo Mimi secamente.

Los ojos de Satoe comenzaron a humedecerse. Los cerró tratando de dejar caer las lágrimas y así llamar la atención de su marido, que veía una película en su día libre.

Se sentó a su lado y lo miró fijamente.

―¿Qué pasa?

―Nada ―respondió mostrándole su mejor perfil. Keisuke comenzó a ponerse nervioso, se preguntó si sería culpa suya. Esperó petrificado un monólogo que le reprochase ver una película de tiros en su día libre en lugar de estar con ella. ―No pasa nada ―añadió ella colocando una mano sobre su frente.

―¿Puedo hacer algo?

―¡Ya no se puede hacer nada! ―chilló, exagerando los sollozos―. Tu hija es imposible. Imposible. No quiere hablar conmigo, ya no me cuenta las cosas. Algo le pasó con un chico y por eso quiere trabajar y dejar de ser nuestra niña. Y ya, no sé por qué me esfuerzo por ella, si tan mala madre soy. ¿Cómo ha podido pasar esta desgracia tan terrible?

Satoe se apoyó sobre las piernas de su marido y él comenzó a consolarla monótonamente mientras prestaba atención a los subtítulos. Se había acostumbrado tanto a ese tipo de escenas que ni sabía por qué se había asustado en un primer momento.

―Hablaré yo con ella ―dijo. Satoe detuvo el lloriqueo. Sonrió con ilusión y le abrazó.

―¡Eres el mejor! Yo sabía que mi madre estaba equivocada contigo, ¡lo sabía!

Mimi salió de su cuarto, dejó el plato con la mitad de comida en la nevera y se despidió diciendo que tenía prisa.

No podía seguir esperando con la vista en las paredes mientras otras chicas estaban siendo entrevistadas. Chicas con uno o dos años de experiencia, chicas que decían su nombre y apellido todo seguido y, por supuesto, chicas que no pareciesen unas locas con mucha imaginación. Le iba a demostrar a esa entrevistadora con mal genio que Mimi Tachikawa no era la clase de personas que esperan pegadas al teléfono.

Mucho menos, no era esa clase de gente que aguanta los insultos con una sonrisa, por muy sutiles que estos sean.

No era la mejor de las ideas, pero las cosas solían salir bien cuando las hacía al revés. Ni lo sabía explicar.

Apoyó los tacones con fuerza en el suelo. La mujer que le había entrevistado no estaba por ningún lado.

―¿Puedo ayudarte? ―preguntó un camarero algo mayor que ella.

―Hice una entrevista esta mañana aquí. Me dijeron que…

―¡Ah! Debes ser tú, creí que no empezarías hasta pasado mañana. ¿Calzas un cuatro, no?

Mimi dudó, ¿significaba eso que estaba contratada?

―Eh, sí.

―Toma. ―Le entregó una llave―. Allí, tras la puerta del fondo, tienes tu uniforme. Puedes ponértelo en el baño y dejar tus cosas en el armario de nuevo. Luego te explicaré un poco cómo funcionamos aquí.

―Gracias ―musitó insegura y, apretando la llave, se dirigió al armario.

Cogió la falda larga negra y la puso sobre sus medias. Con cuidado, dobló su vestido y lo metió dentro del bolso, que se negaba a apoyar sobre el inodoro. Luego se puso la blusa.

―Granate. Tiene su gracia.

Se recogió el pelo, dejando caer un mechón detrás de la oreja ―no era ella misma sin ese mechón―, y por último, cambió sus zapatos de tacón por unos planos de suela de goma. Horribles, pero, tenía que admitirlo, muy cómodos.

Echó un vistazo al espejo del baño antes de salir, por delante y por detrás. No estaba tan mal como se había imaginado.

Sería la mejor camarera posible, trabajaría tan bien que seguiría trabajando cuando la otra chica se presentase para empezar. Se dijo que, después de todo, había sido una equivocación, nadie tenía por qué enterarse. Y si la descubrían, qué más daba, al menos le quedaba algo para contar.

―Bien. Hoy limpiarás las mesas. Si están limpias, ponte con el suelo. Si está todo perfecto podrás empezar con los cafés. ¿Tienes ganas?

Mimi asintió sonriente agarrando un trapo y un spray azul con algo de miedo.

―Me alegro. ¡Ah! Y será mejor que hagas algo con esa uñas para mañana, no están permitidos los postizos.

―No son postizos ―corrigió indignada―. Eso es muy hortera.

―Mira, ahí tienes trabajo. ―Le señaló una mesa en la que se acababa de derramar una bebida. Mimi miró el trapo, ¿se suponía que tenía que manchar ese trapo tan blanco con la bebida? El chico le señaló con la mirada un rollo de papel de cocina. Ella lo agarró, apretándolo entre el brazo y su cuerpo para coger otra vez el trapo. Nunca pensó que necesitase tanto una tercera mano.

Horror. La bebida había alcanzado el suelo, ¿debía ponerse de rodillas o alcanzar la fregona? ¿Podía manchar la fregona con eso? ¿Por qué nadie se lo había explicado?

Decidió arrodillarse.

Su compañero se reía en sus adentros, pensaba que no podía ser más torpe hasta que vio cómo se apuntó con el pulverizador a los ojos. Junto a él, un hombre atractivo, aunque con una vestimenta un tanto ridícula, se deleitaba con la figura de la joven al tiempo que saboreaba su café y no pasaba de la primera página del periódico.

Una hora después, el suelo limpio y quince mesas recogidas, Mimi se acercó a la barra sudando. Por primera vez en toda la semana tenía hambre.

―Ya está. Ahora puedo hacer el café.

―Logro desbloqueado ―comentó el hombre del periódico.

Mimi lo miró dolida. El chico rio, restándole importancia al asunto.

―Coge aire. ¿No quieres comer nada? Sobra un poco de bizcocho.

―No, gracias ―musitó Mimi―. Ya comí en casa.

Volvió a reírse. Mimi no entendía qué podía ser tan divertido.

―Come, que te lo has ganado. Luego nos ponemos con el café, si acaso encontramos un voluntario para probarlo. Por suerte para ti, ayer nos trajeron una pomada para las quemaduras.

Mimi juntó las cejas, ¿acaso no era presionar un botón y ya está? Se miró a las manos angustiada. Solo quería ser camarera, no tener quemaduras en la piel.

Le dio un pequeño mordisco al bizcocho. Tras tragarlo, se metió el resto de una vez. Miró al cliente atractivo con disimulo. Dudó unos segundos si se trataba de un profesor joven o de un alumno mayor, hasta que vio su maletín negro. Todos sabían que los maletines solo los usan los profesores.

―¿Sabes? Eres la primera chica que veo aquí que le queda bien el uniforme.

Mimi ocultó su sonrisa, girando la cara.

―Me llamo Nikki.

Se rio mentalmente, le parecía un nombre demasiado ridículo.

―Prefiero llamarte profesor ―dijo aclarando su garganta―. Mentí en el currículum, puse que recordaba los nombres y las caras, pero no es cierto. Paso demasiado tiempo mirando la mía como para acordarme.

El profesor dobló su periódico sobre sus piernas, dejando ver su camiseta de bloques, que no pasó desapercibida para Mimi. Acababa de perder puntos.

―Te llamaré camarera, entonces, para tratarnos en igualdad.

―Me parece bien, pero no seré camarera siempre. Y mi nombre es simple: Mi-Mi. Mis padres también tenían miedo a olvidarse.

―Es un nombre bonito, perfecto para una chica como tú.

Mimi puso los ojos en blanco.

―¿Cuántos años tienes? Así ligaban mis abuelos.

―¿Y tiene algo de malo?

―¡Todo! Yo soy lo peor. Nadie debería ligar conmigo nunca.

―Yo creo que eres preciosa.

―Y qué más da eso. Soy inútil.

El profesor se incorporó, agarró su maletín y se acercó a la chica.

―Pareces una muñeca. ―Mimi torció la boca―. No pongas esa cara, no es menos superficial enamorarse de alguien porque le guste la misma música que a ti o porque es inteligente. En mi opinión, enamorarse de alguien señalado como inteligente es la cosa más superficial que existe.

Mimi tragó saliva. No soportaba lo que le acaba de decir, ni que fuese tan directo, ni sus increíbles ojos o el ligero bronceado de su piel, porque todo ello la incordiaba y odiaba no poder sentirse segura de sus propios actos.

Pero sobre todo, no soportaba que tuviese razón. Nunca había dejado de ser superficial.

―Puede ―dijo tras unos segundos.

―¿Sabías que hay muchos tipos de inteligencia?

Mimi negó en silencio. Aquel desconocido del cual ya no recordaba el nombre (solo sabía que era ridículo), estaba cada vez más cerca. Y ella sudaba, lo hacía más aún cada vez que le entraban dudas acerca de si él se daba cuenta de eso.

Nikki sacó un reloj de bolsillo, lo que llamó la atención de Mimi, y dejó unas monedas sobre la barra.

―Bueno, camarera. Le queda muy bien esa blusa granate, y ahora que sabes mi nombre, sabes dónde encontrar mi despacho. Suelo escoger buenos restaurantes. Hasta pronto.

En este capítulo se describe el uniforme de Mimi, el cuál llevaba, salvo por los zapatos, cuando Koushiro se encontró con ella en el segundo capítulo, cerca del despacho de su profesor.