Summary: Koushiro y Mimi por fin sienten lo mismo.
Dulce castigo
VI
Dolía pero no quemaba. Un daño de cicatriz, un escalofrío en piel muerta. Podía soportarlo lo suficiente como para dormir toda la noche del tirón. Ya no necesitaba pensar en ella como una promesa de felicidad. Era algo estúpido y lo sabía, si volvía, iba a traer cualquier cosa menos eso.
Koushiro siguió empapándose de lecturas que antes hubiese considerado prescindibles. Llegó a la conclusión de que su error era tratar de eliminarla por completo. Dicen que las heridas se cierran, a menudo el refranero popular utiliza esta frase para comparar las cicatrices con los malos recuerdos. Pero no ocurre tal cosa en la memoria. Como mucho, las heridas se vuelven pequeñas, casi imperceptibles, los daños dejan una grieta en la que las palabras hacen eco. Pero se sobrevive, Koushiro estaba dispuesto a vivir con ello.
La felicidad no era un cuento de niños. A su alrededor la gente era feliz. Si otros podían serlo, se dijo que él también era capaz. Llevaba esperándola mucho tiempo, no permanecía fiel a la tristeza como hacían esos chicos en señal de protesta por los males del mundo. Ser feliz era egoísta, no serlo era enfermizo.
La felicidad no tenía rostro de mujer. Se lo repetía cada vez que se sentía un intruso entre los humanos.
―Puedo ser como ellos. Puedo ser como ellos… Reír como ellos.
Años atrás, siendo un estudiante de instituto, los profesores le habían aconsejado hablar con el psicólogo del centro. Ni siquiera ellos, que habían visto decenas de generaciones pasar, consideraban sus extravagancias meros rasgos de personalidad.
Koushiro se había negado, ni siquiera cedió ante la insistencia de Mimi.
―Yo no creo que tengas problemas, pero igual no te hará daño hablar con él, es un profesional.
―No insistas, Mimi. No creo que necesite hablar con alguien menos inteligente que yo que se sacó una carrera en la que se meten todas las personas con problemas.
Koushiro recordó esa frase y cerró el libro que estaba leyendo, preguntándose cómo podía haber sido tan arrogante. Y, lo más importante, por qué ya no lo podía ser.
―¿Psicología de la emoción? No sabía que te interesase eso.
Koushiro se acaloró reconociendo la voz femenina. Se prometió no volver a la biblioteca, hábitat de Tamae.
―Me intereso un poco por todo ―contestó Koushiro sacando un cuaderno de su mochila.
―¡Lo sé! ―Tamae se quitó la chaqueta y se sentó a su lado―. Tenías que haber venido al cumpleaños, fue un ambiente muy distendido.
Koushiro pensó en lo estúpido del comentario, si fue divertido sin él, tampoco era necesaria su presencia.
―Ya habrá otra ocasión
―¿Este viernes? ―preguntó ella emocionada.
Koushiro miró alrededor, preocupado porque hubiese alguien molesto por las voces.
―No creo ―dijo sujetando un bolígrafo.
Tamae asintió en silencio.
―Bueno, voy a estudiar.
Se sujetó el pelo con horquillas detrás de las orejas, apoyó la frente en una mano que aprovechó para tapar su mirada y, con la cabeza torcida, comenzó a subrayar en amarillo sin prestar demasiada atención a las frases.
Cuando llevaba un folio más fluorescente que blanco, volvió a hablar.
―Es por mí, ¿verdad?
Koushiro apretó el bolígrafo.
―¿El qué?
―Que no quieras ir.
―No es eso.
―Ya. ―Tamae aclaró su garganta―. Todos dicen que estás diferente, que ya no quedas nunca ni hablas con nadie. Dicen que tienes problemas pero que no saben qué hacer. Cuando te veo en las clases o en el curso del profesor Nikki, pienso que estás bien. O sea, sigues respondiendo todo a la primera, siempre vienes puntual, llevas la ropa planchada, no pierdes las formas, no tomas nada raro… eso parece. Pienso que no quedas con tus amigos porque estoy yo. Y lo entiendo, porque no es agradable no poder corresponder a alguien. No soy estúpida, a veces digo estupideces, pero eso solo significa que me pongo nerviosa. Puedes ser sincero y estará bien.
Koushiro estaba acostumbrado a que le preguntasen si le pasaba algo, pero no a que le pidiesen sinceridad. Sin embargo, encontró fácil dar una respuesta.
―Yo… es que no quiero nada con nadie. Solo te haría daño.
Sonrió aliviada, como si fuese el mejor rechazo que había oído en su vida.
―No pasa nada, no te preocupes por eso. Estoy bien, de verdad. Sabía que era imposible, pero no puedo evitarlo, me pasa siempre. Creo que nunca me han correspondido.
Koushiro relajó las manos, dejando caer el bolígrafo sobre el cuaderno.
―Lo siento. Si te sirve de consuelo, a mí tampoco. Hay alguien… hace tiempo había alguien que no me dejaba ni dormir. Solo escuchar su nombre me transformaba en un… ser inútil.
―Suena injusto ―opinó Tamae torciendo la boca―. No deberíamos enamorarnos de personas que nos hacen daño. ¿Sabes? Un día estaba pensando en lo injusto que era y, de pronto, sin saber cómo… he empezado a verme con alguien. No te voy a decir quién es, pero le conoces.
―¿Taichi? ―preguntó Koushiro.
Tamae negó sonriendo.
―No voy a decírtelo.
―Siempre dice que eres guapa.
―¿Y de quién no lo dice?
Koushiro comenzó a reír, incluso tuvo que frenarse recordando el lugar dónde estaban. Sin saber cómo, le prometió que saldría el viernes. Hacía siglos desde la última vez que le había apetecido quedar.
.***.
Mimi rizó sus pestañas. Lo había hecho tantas veces antes que podía hacerlo incluso sin mirarse al espejo. Pintó sus labios de rojo y descontenta los borró. Mojó un trozo de algodón con desmaquillante y se lo pasó por toda la cara. Por algún motivo no se sentía a gusto llevando maquillaje cuando se trataba de hablar con Koushiro. Arrastró una toalla sobre la cara hasta dejar su piel irritada.
Llevaba unos días eufórica, comiendo más de la cuenta y repartiendo sonrisas, pero esa sensación se iba al pensar en Koushiro. Y seguía sin saber por qué trataba de agradarle.
Con la cara todavía enrojecida, a pesar de la crema hidratante, llamó al piso de Yamato, donde había quedado el grupo de amigos, algo más disperso de lo que había sido en los años de instituto. Muchas caras nuevas, aunque llevasen años saliendo con ellos para Mimi siempre serían «los nuevos» porque no habían estado ahí desde el inicio, hasta seguía considerando a Daisuke, Miyako, Ken e Iori como «los nuevos», ni hablar de aquellos que ni siquiera eran elegidos y se habían adherido al grupo porque eran los restos de otros grupos o quien sabe por qué. Mimi, a pesar de no ser nueva, se daba cuenta de que era la más dispersa de todos y de que, si alguien sobraba, era ella.
Los años fuera, las copias de las copias de sus amigas, los chicos a los que dedicaba más tiempo del que reconocía, todo ello la había convertido en una extraña para casi todos en esa casa. Pero qué poco le importaba.
No era más extraña que Sora, abriéndole la puerta con cuidado de no caerse de sus tacones, ni que Yamato y su coro de admiradores escuchando sus chistes. No era más extraña que Joe y su novia extranjera o Takeru con su música clásica.
Ella se miraba en el espejo y en algunos pocos momentos se daba cuenta de que era, o, más bien, aparentaba ser, todo lo que siempre quiso. Y sonreía a su imagen, con la idea de ir más allá, de superarse a sí misma y volverse un concepto inalcanzable para todas esas personas que la miraban esperando que hablase.
No habló, saludó con la cabeza. Dejó el postre que su madre había cocinado por la tarde en la mesa. Se sirvió un vaso de agua y a través de él comenzó a buscar entre todos esos extraños el único que siempre lo fue. El único al que le quedaba bien serlo.
Allí estaba, más extraño que de costumbre, escuchando las risas de otra mujer. Bueno, Mimi pensó que no podía considerarla mujer con esa cara de niña. Luego, a cada rato le parecía más fea y pensó que cara de niña no era la mejor definición, la chica tenía cara de koala.
Esperó de pie y en silencio, vigilándole por el reflejo de la ventana, pendiente de las posibles miradas. Pensaba en qué decirle cuando él se levantase a preguntarle si todo estaba bien, si quería que hablasen en privado, pero ahí quedó, esperando más de lo que querría admitir.
―Mimi, ven, siéntate ―la animó Hikari. Mimi obedeció porque apreciaba ese tipo de amabilidad propia de la Yagami, en la que aún notando que algo no iba bien, no hacía preguntas. Tampoco la obligó a hablar, simplemente permaneció sentada junto a ella, camuflando su silencio y sus ganas de llorar, de modo que solo un gran observador entre tanta gente podría percatarse de ello.
Pasados cinco temas de conversación entre Hikari y uno de los llamados nuevos, Mimi se levantó del sofá y caminó hacia el otro lado de la sala, donde se encontraba Koushiro. Sin previas palabras colocó una silla a veinte centímetros de él y le miró fijamente con los ojos escocidos.
―¿No me vas a presentar? ―preguntó cerrando la boca al final para ahogar un suspiro.
―Ya os conocéis ―dijo Koushiro.
Mimi sacudió la melena.
―Créeme, no recuerdo a esta chiquilla.
―Sí, nos presentaron en verano ―reconoció Tamae con timidez.
Mimi giró el cuerpo hasta el punto que solo alcanzó a ver a Koushiro.
―¿Seguro? Creo que la recordaría, tiene una cara muy personal. Ya sabes a lo que me refiero.
―Sí, Mimi. Lo hice yo mismo. Tienes muy mala memoria.
Mimi se echó a reír y volteó la cabeza.
―Es cierto, nunca recuerdo este tipo de cosas, no te lo tomes como algo personal ―dijo dedicándole una sonrisa forzada a Tamae, quien pronto encontró una excusa para poder levantarse.
Ahí lo sintió. Koushiro pudo ver cómo Mimi no solo influía en él con sus palabras, también lo hacía en cada persona con la que hablaba. La crueldad había encontrado un rostro angelical y un tono de voz ingenuo perfecto para esconderse, pero él la acababa de descubrir. Ya no era la chica a la que no podía odiar únicamente por no corresponderle. Era la chica a la que no debía acercarse, era venenosa y disfrutaba con ello. Tenía una parte sádica que hasta ese momento había pasado por alto, tal vez hechizado con sus gracias y coqueteos, tal vez por los momentos en los que le demostraba que le importaba, que podía quererle. Pero no, Mimi solo quería a una persona.
Y en su interior, el vacío de las penas se llenó de lava hasta destrozar todo lo demás, todo lo bueno. Estuvo ardiendo durante horas y dejó un surco, convertido en un río de tristeza infinita. Porque a pesar de todo, Mimi seguía nadando en él.
Cambio de planes. Olvidarla no era una solución, vivir con ello tampoco. Debía mostrarle que, aunque no disfrutaba, él también sabía hacer daño.
―¿Te gusta? ―preguntó Mimi.
―¿Qué?
―He dicho que si te gusta. Ya sabes, la koala.
―Tiene nombre, Mimi.
―Todos tenemos nombre, pero no recuerdo el suyo. ¿Te gusta?
―No me gusta, Mimi. No todos necesitamos desesperadamente que alguien nos haga caso.
Los labios de Mimi se despegaron pero no fueron capaces de gritar. Tras tragar saliva consiguió hablar, sin mirarle a los ojos.
―Eso no ha estado bien ―dijo con un hilo de voz.
―Lo siento, ya sabes que últimamente los jóvenes cometemos errores ―comentó Koushiro, su ira había encontrado un buen amigo en el sarcasmo.
―¿Qué te han contado? ―preguntó Mimi alterándose.
Koushiro se masajeó la frente con las palmas de las manos.
―Mimi, ni siquiera sabes de qué estoy hablando. ¿Sabes por qué nunca recuerdas nada? Todo en ti es caos, todo lo que tocas se vuelve caos. Ese debería haber sido tu emblema. Te identifica mejor.
―¡Ya está bien! ―gritó levantándose de la silla―. Intento ser tu amiga pero eres imposible. A partir de ahora, no existes para mí, serás el amigo de mis amigos que ni siquiera sé por qué les cae bien.
Koushiro sonrió y dio dos palmadas.
―Estupendo, Mimi, me parece estupendo, por una vez ambos sentimos lo mismo.
Recordatorio: En el cuarto capítulo, Mimi dice que un chico le dijo que la gente con problemas estudiaba psicología, aquí Koushiro lo recuerda, sin saber cuánto daño hicieron esas palabras a Mimi.
