Notas sin importancia: Últimamente tengo mucho lío en la cabeza. Más de lo habitual, quiero decir. Entre todo eso he conseguido hacer este capítulo, que no sé si decir si son tres capítulos o es un capítulo triple: Lo que creen que es, lo que nadie sabe y lo desconocido ¿Por qué hice esto? No sé el motivo, pero fue la única manera que tuve de estar conforme y publicar. Lo escribí y lo reescribí hasta aburrirme, si veis errores es porque soy un desastre.
Otra vez juego con el tiempo, aunque intenté que estuviese muy claro con las referencias al capítulo anterior, espero no confundir a nadie.
Lo siento por las vueltas. Espero que os guste.
Summary: Mimi no es solo lo que todos creen que es. También es lo que nadie sabe. Y, por supuesto, lo desconocido.
Dulce castigo
VII
Cuando tenía once años comencé un diario para así no olvidarme nunca de cómo era mi vida. Si alguna vez dudaba, solo tenía que ir a esas hojas para recordarlo. Ahí contaba la verdad, la auténtica, la que nadie más era capaz de ver.
Lo empezaba a principio de curso, aunque luego me aburría. Tenía una parte dedicada a lo que yo pensaba de los demás, otra a lo que ellos decían de mí, y el resto no tenía más orden que el cronológico. Cuando dejé Nueva York escribí más que nunca. Y leí muchas veces mis últimas notas, las leía y leía. Tantas veces que las aprendí. K dice que yo soy caos, que no recuerdo nada. Y yo pienso que ojalá hubiese olvidado todo realmente. Las arranqué, no quería verlas más. Me conté una mentira.
Cambiar.
Pero no funcionó, me sigo acordando de todo, como si al haberlo escrito lo hubiese grabado en mi piel con tinta invisible y las lágrimas no han querido marcharse. Si se van…
Quizás algún día sea fuerte. Estoy harta de la gente mala que resulta no serlo, de la gente buena que te decepciona.
¿Qué sueños se han hecho realidad?
Quisiera ser quien quería ser.
Las princesas de los cuentos nunca tienen que hacer nada, simplemente se mantienen tal cual hasta que el príncipe las descubre. Pero los cuentos cambian. Y en todos hay una bruja.
Puedo intentar odiar a quienes me odian, pero yo no soy de odiar. Puedo intentar amar a quienes me aman, pero no me sale. Quise ignorar a quienes me ignoran, pero solo deseo verles más. Yo misma soy mi propio castigo.
Me gustaría que las cosas fuesen sencillas siempre y poder decir te quiero si me apetece, sin que eso me persiguiera durante años, recordándome que en cuanto fue dicho dejó de ser cierto. Igual no puedo querer a nadie.
Y ni siquiera sé por qué lo escribo, si estoy deseando olvidarlo pronto y volverme caos.
―Princess ¿Qué lees?
Mimi arrugó la nariz, hacía años que nadie la llamaba de ese modo y le extrañaba que Hiro, su compañero de trabajo, estuviese enterado de su sobrenombre.
―¿Por qué me llamas así?
Hiro tosió.
―Si te molesta no te pongas una camiseta con esa palabra.
Mimi miró hacia abajo fijándose en las letras doradas que dibujaban una corona.
―Es un trapo viejo ―comentó cerrando el cuaderno para evitar que Hiro lo leyese por encima. Se prometió tirar la hoja en cuanto llegase a casa. Olvidarlo. Seguir con el caos.
―Pues, si no estás haciendo nada, podrías ayudarme a recoger.
Mimi exageró su carcajada.
―Mi turno acabó hace dos horas ―se quejó al notar que Hiro seguía mirándola.
―Y sigues aquí.
Examinó el local, todos los clientes se habían ido.
―Estoy esperando a alguien.
―Venga, princess, después de la que has liado quitándole el trabajo a la otra chica me lo debes. Recuerda que si no fuera por mi ayuda...
―¡Está bien! ―concluyó Mimi tras soltar un quejido―. Pero olvídate de que te invite a comer, entonces.
―Tampoco tenía pensado aceptar. Tienes problemas hasta para hacer un bocadillo.
Mimi se mordió el labio. Era cierto, y aunque nunca le había importado mucho saberlo, algo en el tono burlón de su compañero hizo que cambiase su parecer.
―Enséñame ―pidió sorprendiéndose a sí misma―. Vamos, no pongas esa cara. Siempre estás presumiendo de lo buen cocinero que eres. Pues enséñame.
Hiro sonrió.
―Cuando quieras ―le dijo.
Mimi asintió y separó las piernas, intentando controlar sus tacones mientras pasaba un apurado trapo por las sillas. No le gustaba limpiar, la piel de sus manos se secaba, sudaba y todo ello hacía que volviera a casa oliendo a ambientador de pino, quién sabe por qué. Odiaba ese olor. Pero, a pesar de no gustarle, sin duda era mucho mejor que estar preparando cafés, quemarse la piel, cortarse en la cocina, o aguantar las estupideces de los clientes. Al menos cuando estaba con un trapo en la mano solo tenía que agarrarlo y frotar todo lo fuerte que pudiera hasta que las manchas se fueran. Le gustaba cómo todo relucía, parecía que nunca hubiese conocido la suciedad.
Mimi odiaba trabajar, pero su deseo de quitarle la razón a su madre era mayor que todo su odio. Bien, entendía su punto de vista. Su padre le daba más dinero del que conseguía en aquella cafetería. Tenía las oportunidades. Podría dedicarse a estudiar, a tratar de sacar esa carrera en la que se metía la gente con problemas, o cualquier otro tipo de formación para, según decían otros, «labrarse un futuro». Pero, a la vez, le daba tanto miedo hacerlo y darse cuenta de que no era lo que quería, darse cuenta de lo difícil que era... Prefería vivir sin reconocer sus fracasos. Sí, la vida era tranquila sin saber su nivel de estupidez.
Pero otros pensamientos (unos muy peligrosos) crecían a medida que pasaban los días, como si ellos mismos envejecieran. Al mirarse en el espejo, sentía que seguía siendo igual que a los dieciocho años. El pelo un poco más lacio, pero no veía otras diferencias. Se acercaba, se tocaba la piel intentando asegurarse. Estancada. ─Quizás, ─pensaba─, si pudiera acercarme mucho me daría cuenta de la verdad.
Por ese motivo, aunque fuese feliz, ¿quién iba a asegurarle que seguiría siéndolo si nada cambiaba?
Pero, ¿qué hacer? ¿Estaba saboteando su vida mientras esperaba una oportunidad del cielo?
¿Un príncipe?
―Absurdo ―pensó―, las cosas no vienen con solo desearlas. No puedo esperar que eso sea así.
No podía esperarlo, pero en ese mismo instante, por una burla del destino, encontró una cartera tras un paragüero.
Abrió la cartera y los billetes rebosaron. Su primer impulso fue alegrarse. Se alegró tanto que dio un pequeño grito.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Hiro mientras secaba las últimas copas.
―Nada, nada ―contestó ella buscando sus bolsillos.
―¿Qué sujetas?
Corrió hacia la barra, ansiosa por contar el dinero, y le mostró su hallazgo.
―La he encontrado ahí. Mira ―dijo esparciendo los billetes.
Hiro silbó.
―Mucho, ¿verdad?
―Suficiente para una tele ―calculó él.
―Sí. Podríamos repartírnoslo ―opinó Mimi con los ojos muy abiertos.
Hiro lo meditó unos segundos.
―Si tiene documentación, deberíamos enviársela a su dirección.
Mimi agarró el fajo.
―Solo hay una tarjeta, quizás ni sea suya. Podríamos quedárnoslo ―propuso hechizada con el olor del dinero―. Seguro que no lo necesita, nadie que lo necesite lo perdería de ese modo.
Hiro volvió a dudar.
―No sé, puede necesitarlo. Puede ser un estudiante y querer usarlo para pagar su matrícula o un alquiler, no lo sabemos. Puede haber estado distraído, preocupado por un examen, o cualquier otra cosa.
―Tú también puedes pagar tu matrícula. Y yo...
―No es ético ―puntualizó Hiro interrumpiéndola―, cada uno se gana lo suyo. Además, tú vives con tus padres, ¿para qué necesitas tanto dinero?
Se encogió de hombros.
―No sé, podría necesitarlo. Podría querer estudiar también.
―¿El qué?
―No sé.
Ambos se quedaron unos segundos callados, con la vista fija en la cartera y planes egoístas. Era difícil decidir. Para ella, esa cartera había sido enviada por el destino. Le pertenecía.
―Mira, tiramos una moneda ―dijo Mimi tras un suspiro.
El brazo de Hiro se debilitó hasta el punto que dejó caer su cabeza.
―¿Vas a tomar la decisión por una moneda?
Mimi se repitió la pregunta. Pensó que lo correcto sería decir «¿vas a dejar que una moneda decida?»
―Sí. ―Sacó cincuenta centavos.
―¡Eh! ¿Y esto? Dólares… nunca los había visto. ―Hiro agarró la moneda y la acercó a la luz, maravillado por su descubrimiento―. ¿Puedo quedármela?
―No. Tengo más, si te hacen feliz. Esta es mía.
Mimi extendió una mano, Hiro dejó caer la moneda sobre ella sin más preguntas.
―Cara, la devolvemos.
Hiro no dijo nada. Mimi lanzó la moneda.
―Cara ―dijo Hiro―. Es lo mejor que podía haber salido.
―Sí...
Mimi seguía sin apartar la vista de la mesa, preguntándose por qué el destino jugaba con ella.
―Guardo la cartera, y ya nos vamos.
Miró hacia la puerta, la persona que esperaba seguía sin aparecer. No era la primera vez.
Hiro se puso el abrigo por encima del uniforme. Apremió a Mimi, apagó la luz y cerró con llave. Mimi tardó en notar el frío de la noche.
―Hiro.
―¿Qué?
―Yo antes solía ser buena persona.
Deseó que fuesen amigos antes, para así poder creer esa frase. Luego no estuvo segura de que en el pasado fuese buena. Por último, creyó que estaba bien haberse conocido en ese momento, así nunca le pediría cambiar, nunca pensaría en lo extraña que se había vuelto, como hacían todos esos amigos con los que apenas hablaba.
Hiro pasó un brazo por encima de los hombros de Mimi y la llevó junto a su cuerpo. Mimi pudo haberlo malinterpretado, pero había visto cómo el chico se comportaba con otras personas y no sentía nada extraño en ese gesto. Además, no quería que la soltase todavía.
Nikki no pareció molestarse cuando vio a Hiro tan cerca de su nueva conquista, se limitó a observarlos a una distancia prudente. Nunca lo mencionó. De aquella noche, Mimi pensaría que la habían plantado. Pero como sentenciaban las frases desordenadas de su cuaderno, escritas dejando volar el bolígrafo, ella era su propio castigo.
VIII
La primera vez que Mimi subió las escaleras para ir al despacho de Nikki, supo que estaba perdida y no tenía nada que ver con que no encontrase el nombre del profesor en ninguna de las placas. De algún modo, entre todas las vacilaciones de su cerebro se hallaba la certeza de que iba a recordar el nombre de Nikki durante más tiempo del que deseaba. Y no valía de nada disimular, mirar las paredes, huir de ello. No, acababa de encontrar a uno de esos hombres que se metían debajo de la piel con tan solo unas palabras.
Mimi ya le conocía. Inició el proceso años atrás, sumando características que veía en otras personas. Quizás había visto sus ojos antes, escuchado una voz similar, quien sabe. La única certeza era la admiración mutua.
¿Quién podría quejarse? Atractivo, inteligente, seguro de sí mismo, con un buen trabajo y un toque contracultural (si es que eso significaba algo), ¡normal que fuese el profesor más querido! Con esas mismas palabras se lo había definido a una de sus amigas, porque por fin tenía algo que contar.
Se podría decir que Mimi estaba descubriendo de nuevo el mundo. Iban a restaurantes exóticos, bebían alcoholes entrados en años, exposiciones y performances varias. ¡Incluso la invitó al teatro!
Estando con él, envuelta en tantos planes «adultos», se olvidaba del desfase de tiempo. El desfase era positivo si se hacía a la inversa. Se olvidaba también de sus años metida en fiestas insustanciales, de las que solo quedaban unas fotografías con gente que no recordaba.
Por un corto periodo de tiempo dejó de sentirse una niña tonta. Él se lo decía continuamente, «me pareces muy inteligente». Y tampoco dudaba a la hora de ensalzar su belleza, como si tuviera algún significado espiritual. A veces, Mimi pensaba que era un poco raro, pero eso le hacía gracia. Buscaba por todos los medios agradarle, porque una parte de ella lo intuía, una voz enmarañada en su cabeza le decía que no la quería lo suficiente. No, porque capricho o no, ella le quería más aún.
La enrabiaba el otro Nikki. Quería quedarse con Nikki «el positivo», el que le decía cosas bonitas. Con ingenuidad, Mimi olvidó que al que demandaba realmente era a Nikki «el negativo». El controlador inseguro desconocido para sus alumnos. El que no podía querer a nadie. El que hablaba de conceptos, nunca de sentimientos. Ese que la dejaba plantada y se excusaba con el trabajo, como si eso fuese más importante que ella.
―¿Por qué solo los hombres tienen siempre mucho trabajo que hacer? ―le preguntó Mimi exasperada―. Estoy harta de eso. Todo el mundo tiene trabajo, ¿qué pasa? ¿Es que no sabéis organizaros para acabar el vuestro a tiempo?
Nikki buscó agravar su voz, haciendo mayor el contraste con sus quejidos.
―Creo que no podemos comparar tu trabajo y el mío.
―¿Sabes? Tienes razón, no podemos compararnos. Tú eres listo, yo idiota. Tú eres mayor, yo una cría. Tú sabes todo y yo nada.
―Besas como una mujer y hablas como una niña.
―Quizás no vuelva a besarte nunca.
―No te lo he pedido. Lo haces porque quieres. Te invito a cenar porque me gusta tu compañía, si ves algo más es solo por nuestra influencia cultural.
Mimi rodó los ojos.
―Ya, claro.
―Me gusta verte, simplemente.
Mimi frunció el ceño con la vista en su plato.
―¿Qué te pasa? No me digas que te has vuelto vegetariana, otra vez.
Negó con la cabeza.
―No puedo serlo.
―¿Qué es, entonces? Estás nerviosa desde la fiesta con tus amigos. ¿Qué pasó?
―Nada ―dijo rápidamente y calló pensando en una buena explicación―. Es que últimamente tengo mucho lío en la cabeza. Sobre cosas que antes no me importaban. De pronto me he dado cuenta de que no es solo lo que yo quiera todo el tiempo. Quiero decir, vale, mis padres antes decidían por mí, y ahora ya no, ahora decido yo y aún así no puedo hacer lo que quiera. Veo a toda esa gente de mi edad haciendo sus cosas y no sé dónde estoy. Realmente lo odio. Todos tienen sus vidas y yo no formo parte de ellas, me angustia ser tan...
―¿Egocéntrica?
―No. Ser un grano de arena atrapado en la uña de alguien.
Nikki encontró fascinante la comparación.
―Un grano de arena puede ser muy molesto.
Mimi le dio la razón.
―Solo tiene que estar en el lugar apropiado, metido en un ojo. Escucha, no te preocupes por ello. El tiempo nos da todas las respuestas, hazme caso. Ya tienes cosas inalcanzables para la mayoría de la gente. Ya verás que pronto no te preocupará. Es la adolescencia.
―Tengo veintidós.
―A algunos les dura más tiempo.
―¿Y si dura para siempre? ¿Y si yo no dejo que se vaya?
―No creo que eso sea posible.
Era una de esas conversaciones en las que el profesor se ponía su traje de adulto y hablaba con seguridad sobre los sentimientos de Mimi. En otras charlas, Mimi le reprochaba sus fallos, haciéndole ver que no era tan perfecto como todos le hacían creer y él tampoco era capaz de aguantar sus quejas. Le respondía, haciéndola dudar de lo que incluso estaba bien. Mimi desconocía que, la misma persona que la alentaba, la destruía. Conforme el tiempo pasaba, para ella se hacía más obvio que le necesitaba, que sin él no era nada.
Nadie sabía de esa relación, y Koushiro, el único amigo que alertaba a Mimi de sus amoríos tóxicos, no quería saber nada de ella.
Una noche Mimi se acostó con una idea en la cabeza y despertó con otra totalmente opuesta. Debía dejar a Nikki.
Lo intentó varias veces. La primera vez él no se tomó en serio sus palabras.
―Qué cosas dices. Me encantas ―dijo antes de besarla.
Mimi se prometió ser más dura la próxima vez. Tampoco le fue bien.
―¿Por qué me dices que no puedo decirte esto?
―No digo que no puedas ―corrigió Nikki con tranquilidad―, digo que no es el momento. Compórtate, mira dónde estás.
Mimi llevó la vista a su alrededor, a las caras escandalizadas y de pronto sintió vergüenza de su propia actitud. Al acabar de cenar, solo se acordaba de su arrepentimiento, pero de nada más. Las ganas de dejarle se fueron, demasiado tenía que agradecer que la siguiera queriendo, después de ese espectáculo.
La tercera vez fue en su despacho, tras una charla con Hiro en la que no le desvelaba la identidad de su amante, había llegado a la auténtica verdad de por qué quería dejarle. Cada halago escondía una siniestra crítica. Ya no podía soportarlo.
Tampoco salió demasiado bien. Apenas acababa de decírselo y su blusa estaba abierta, el pelo despeinado y una lengua caliente no le dejaba hablar. Salió del despacho consciente de que se lo había dicho, pero que eso mismo quedaba anulado si tenía que estirarse la falda quince minutos después.
Existe una franja invisible en el tiempo, aunque no seamos realmente conscientes de ello. En esa ocasión, para Mimi, quince minutos fueron un demasiado tarde.
IX
Cuando era pequeña Mimi hizo una lista de las cosas que quería ser cuando fuera mayor. Una lista larguísima. Estaban veterinaria, porque adoraba a los animales, enfermera, porque las había visto cuidando de bebés. Azafata, para viajar por todo el mundo. Abogada, ya que le gustaba lo elegantes que eran esas mujeres en la televisión. Pensó en ser cantante, ya que todos decían que tenía una voz bonita y, además, no le daba vergüenza cantar ante otros. Había muchas más profesiones, cada vez que se le ocurría una nueva, la lista se alargaba y alargaba.
Le encantaba jugar a ser todas esas cosas.
Entonces, se le ocurrió. Sería actriz. Si era actriz podía ser cualquier cosa, no tenía por qué renunciar a nada. Pero nunca se había atrevido a intentarlo. Si no lo intentaba, podía seguir soñando con serlo. Si lo intentaba y fracasaba, sería el fin. Ni siquiera se lo había dicho a alguien nunca, ¿cómo dejar que otros supieran que no estaba haciendo nada por perseguir sus propios deseos?
Además, hacía años que no pensaba en ello. Era una idea lejana, se había quedado peinando a sus muñecas.
Pero Nikki, sin quererlo, la había animado. Nikki jugando a ser profesor.
Así que lo intentó. Se anotó en la primera agencia que encontró por Internet, le hicieron una foto de frente y otra de perfil. Y le dijeron las palabras mágicas «ya te llamaremos». Sin embargo, cuando ya casi se había olvidado, la llamaron. Mimi llegó a su primera prueba media hora antes de lo esperado y eso solo consiguió ponerla más nerviosa. Tampoco ayudó la rubia canosa hablando entre dientes.
―Es probable que seas muy mona. La más guapa de tu clase, del colegio. ¿Sabes cuántos colegios hay en este país? Tantos cursos, generaciones. Y en todos ellos hay una chica que es la más guapa. Pero tú qué vas a saber, si la vida es eterna. Tú que vas a saber si siempre has sido guapita. Lo poco que vale eso realmente. Cero, nada, menos que las cenizas.
Cualquier otro día Mimi hubiese estallado, pero lo único que hacía era pensar en su prueba y eso le provocaba unas ganas terribles de morderse las uñas (y nunca había hecho tal crimen).
Más chicas de su edad esperaban en la sala. Mimi examinó sus ropas, pensando que si hablaba con ellas solo había dos posibilidades: o bien serían amigas para siempre o se odiarían a muerte.
Escuchó su número y se levantó, creyendo que se caería en cualquier momento.
Mimi era consciente de que su vida podía cambiar por completo si lo hacía bien. Aunque la oportunidad no hubiese estado oculta tras un paragüero. El destino no era su amigo.
―Nombre.
―Mimi Tachikawa. ¿Necesitas que te lo deletree?
―No.
―Menos mal.
El hombre y la mujer que estaban frente a ella tomando notas intercambiaron una mirada y se rieron.
―Bien, Mimi. ¿Sabes qué hacemos aquí? Nosotros producimos cortometrajes, que es como una película pero más corta, y siempre estamos buscando caras nuevas para protagonizarlos. También tenemos algunos encargos publicitarios. No estamos buscando que hagas un papel en concreto, simplemente queremos ver en qué puedes encajar. Así que, cuéntanos, ¿por qué quieres actuar?
Mimi se pellizcó el brazo.
―Creo que lo haría bien. Es decir, siempre me han dicho que uno debe hacer lo que le gusta o, al menos, lo que se le da bien. Yo creo que podría hacerlo bien. Porque todo el mundo cree que yo soy muy simple, y no es cierto, así que creo que les llevo engañando toda la vida. Eso es actuar, ¿no?
La mujer mostró una gran sonrisa.
―Muy bien, ¿y qué registros tienes?
―¿Registros? No lo sé. Soy más bien dramática, algo exagerada, pero quizás podría hacer lo contrario. Tengo un amigo que casi nunca se inquieta. Cuando mueve una ceja, yo empiezo a temblar, es terrible no saber qué siente. A veces el silencio se siente más dramático que los gritos.
Ambos le dieron la razón, lo que llenó de confianza a Mimi.
―Vamos a empezar la prueba. ¿Estás lista?
―Sí
―Yo te voy diciendo lo que tienes que hacer. No hay guión, solo emociones.
Mimi asintió.
Con un gesto, el director mandó encender un foco y la luz roja de la cámara se accionó. Para Mimi esa pequeña luz era peor que estar ante mil personas.
―Estás leyendo una carta. Es una mala noticia. Te apoyas con una mano sobre la mesa, finalmente te arrodillas. Aparta la carta, no quieres verla.
Siguió las órdenes lo mejor que pudo. Le resultaba demasiado difícil saber qué emoción mostrar, ya que no conocía el contenido de la carta. Podría ser que hubiesen perdido dinero, podría ser de alguien que no iba a regresar nunca. ¡Tantas cosas! Y aquel director no lo tenía en cuenta en sus instrucciones.
―La puerta se abre. Es tu antiguo amante. Sabes lo que va a decirte antes de que lo haga.
Llevó la vista al director y asintió. Luego se dio cuenta de que no podía hacer eso. Bien, tenía que hacer que sabía lo que le iban a decir, pero no lo sabía, todo era falso. Empezaba a odiar actuar.
El amante simulado de Mimi la cogió de las manos.
―Pensaba que ya te habrías suicidado. Para mí será como si nunca existieras.
Notó cómo unas lágrimas aparecían en sus ojos. Aquel chico era un gran actor.
Miró al director, ¿se suponía que debía hablar?
―Indiferencia, Mimi.
Trató de no gesticular. La única frase que se le ocurría era gritar: «¿por qué no hay un guion?»
―No existes ―siguió el falso amante― ¿me oyes? ¿Qué te pasa, es que no vas a decir nada?
―Ríete con superioridad, Mimi.
Trató de hacerlo y cuando acabó de reírse supo que podía haberlo hecho mucho mejor.
―Desesperación ―ordenó el director.
―¿Por qué dices que no existo? ―preguntó dejando caer las lágrimas.
―Creo que se refería a mí ―dijo el chico.
―Déjala seguir. Continúa así, Mimi. Desconcierto ahora.
―¿Por qué?
Colocó sus manos sobre los hombros de su compañero.
―Rencor.
―Déjame ―dijo el joven apartándole las manos.
―Si no existo puedo tocarte. Si no existo puedo hacer cualquier cosa. No puedes pararme, Kou.
―¿Quién es Kou? ―preguntó el director, dando por terminada la prueba con una leve risa.
―Fue una mala tos.
El casting terminó con la manida frase «ya te llamaremos». Mimi no lo creyó.
Esa noche encontró difícil dormir. Sabía que había desperdiciado una gran oportunidad, tenía que haberse preparado más. Podía haber empezado hace cuatro años con ello, iba tarde. Como aquella vieja decía, había miles de chicas más bonitas que ella. Y cada día había más.
Fueron pocas las horas en las que consiguió cerrar los ojos y en ellas Koushiro le decía «no existes», una cámara gigante grababa sus llantos. Nikki le pedía explicaciones «¿por qué no existes? Suspenderé a este alumno». El director gritaba también «ese llanto es muy flojo, libera tu rabia, ¡quiero verte llorar sangre!»
―Koushiro existe. Y yo existo. Y no actúo tan bien como creía. Eso es todo ―se dijo, pasando el resto de la noche mirando el color malva. Una noche más, y otra, el color malva nunca se iba.
Sus ojeras, al igual que su cada vez más evidente apatía, no pasaron desapercibidas para Hiro.
―Tengo pesadillas continuamente con alguien. Nos dijimos cosas feas.
―Pasa de él, no te preocupes tanto ―aconsejó el camarero.
―No, me lo merecía. Merecía mucho más, incluso.
―Entonces pídele perdón, ¿ves qué fácil?
―Quizás lo haga.
Si algo había ocupado hojas enteras en sus cuadernos, fuera cual fuera la edad, era la eterna lucha entre lo fácil y lo complicado.
