Summary: Algunas decisiones son irrevocables. Otras no son lógicas.

Dulce castigo

X

No tenía muy claro cómo había pasado. Mucho menos cuándo. Podía recordar algunas de las lecturas que le habían acompañado en la lucha diaria por convivir con esas imágenes en las que Mimi dormía a su lado, pero tenía que admitir que apenas había seguido sus consejos. Ni los de aquellos libros, ni los que escuchaba decir a otros, ni los que él mismo se daba. Simplemente había estado tan ocupado, estudiando sus exámenes, preparando la que se iba a convertir en su primera publicación ―aunque él lo desconocía entonces―, yendo a cursos extraordinarios... Despertó, su rutina le había alejado de Mimi por completo.

Mimi volvía a parecerse más a un concepto dentro de sí mismo. Ella caminó en zigzag, escondiéndose en las esquinas de su mente, hasta descansar en una de las muchas salas del olvido. Tomaba el té con aquella niña que se burló de la roja cabeza de Koushiro y veía la televisión con los chicos que le empujaron en el parque. De vez en cuando, miraba a los lados preguntándose qué hacía ahí. Daba vueltas por la habitación y descubría que tenía dos salidas. Decían que una de las puertas conducía a una trampa, a una sala de apariencia agradable cuyo suelo subía de temperatura poco a poco hasta que los zapatos se quemaban y el cuerpo se consumía, no había escapatoria. Pasaba el tiempo con la oreja pegada a las puertas, tratando de adivinar cuál era la correcta.

El progreso de Koushiro fue casi imperceptible. Su madre se despedía de él por las mañanas, ella sabía que algo era diferente, pero no podía detectar el qué. Podría ser que llevase toda la vida peinándose hacia la derecha y le hubiese apetecido cambiar de lado. En cualquier caso, era una mejora.

La señora Izumi se quedaba todos los días unos segundos mirando a Koushiro alejarse de la vivienda, preguntándose qué sería exactamente, por qué su hijo parecía cinco años mayor y cinco veces más feliz, hasta que encontró la respuesta. Era evidente, debía tratarse de una chica. Por mucho tiempo que pasase con los ordenadores, su hijo no era una máquina. Se rio por sus ocurrencias y, durante los días siguientes días, su mayor entretenimiento fue tratar de adivinar el nombre de la afortunada.

Un día decidió preguntarle directamente. Después de todo, se dijo que ella tenía derecho a saberlo.

―No, solo es una amiga.

―Ah, quedas tanto con ella...

―Estamos en el mismo grupo de trabajo. Tengo que quedar con ella.

―¿Quién es, entonces?

―Nadie. No hay ninguna.

―Está bien, como quieras.

―Pero es que no hay nadie.

Su madre sonrió cruzándose de brazos.

―¿Por qué no le pides para salir? ―Koushiro calló. La mujer dudó unos instantes― ¿Se sigue diciendo así?

―Creo que se sigue diciendo, sí. O se sale, sin darle nombre.

Koushiro siguió con sus trabajos, esquivando la pregunta. Ella le revolvió el pelo y se detuvo observando cómo los mechones volvían a su lugar.

―Estás diferente ―dijo finalmente.

Koushiro asintió. Ya no escuchaba la palabra «raro» para describir su estado. La gente más cercana había preferido omitirla y utilizar «diferente». Seguía sin ser un adjetivo demasiado específico, pero Koushiro notaba una gran cambio entre el uso de las dos palabras. Sonrió por ello, sabía que nunca podría entender del todo la psicología, pero ya no le importaba tanto. Nadie entendía nada.

Koushiro creía que era parte de un proceso natural de maduración. Sentía que llevaba años estancado en los dieciséis y sus bajas expectativas. Pero sus dieciséis se habían equivocado, ¡vaya si se equivocaban! Entre los mejores alumnos de instituto del país, el más joven en terminar su carrera, el mejor expediente de su Universidad... por fin sabía quién era.

Incluso creía ser más inteligente cada día. Memorizar era sencillo, la calculadora le quitaba tiempo, las clases eran lentas, los trabajos pequeños.

Relacionarse siempre costaba un poco más, pero se dijo a sí mismo que daba igual, ni siquiera sabía por qué le había importado alguna vez. Si bien apenas se relacionaba con un par de personas en su facultad, aparte de su familia y los amigos de siempre con los que casi no quedaba, no encontraba que le molestase ese hecho. Todo estaba bien. Como recordaba con orgullo haberle dicho a Mimi, no necesitaba a alguien que le hiciese caso desesperadamente. Él no.

Pero, sin quererlo, ya tenía a esa persona.

―¡Es increíble! Estoy segura de que vamos a sacar la nota más alta de la clase. Es que... este trabajo es... no me salen las palabras. Y, tienes que creerme, es difícil que yo me quede sin palabras, porque... bueno, cuando algo es muy bueno sé por qué lo es, ¿sabes? Pero esto es más que eso, es demasiado bueno. ¡Eres un genio! Deberías intentar publicarlo.

Koushiro negó con una risa muda. Ella llegaba a parecer divertida cuando hablaba a esa velocidad.

Primero recuperó a su mente, luego recuperó el cuerpo. Los libros decían que era al revés, pero a Koushiro no le extrañó que fuese así. Desaparecieron las noches en vela, su apetito volvió, le acompañaron las erecciones que ni siquiera había echado de menos.

Y, mientras se transformaba en humano, comenzó a necesitar abrazos. Un día la señora Izumi se sorprendió recibiendo uno, poco antes de acostarse. Lejos de preocuparse, se dijo que las novias conseguían en unos meses lo que una madre no lograba en una vida.

Solo que Tamae no recibía esos abrazos.

―Deberíamos ir a celebrar tu nota ―le dijo al salir de clase.

―Nuestra nota ―corrigió Koushiro.

Tamae rio.

―¡Deja de ser tan modesto! El trabajo es prácticamente tuyo, y Nikki lo sabe. Yo apenas conseguí entenderlo y no hacer el tonto delante de la clase.

Koushiro colocó una mano sobre su hombro. Tamae calló inmediatamente, calló del todo, ni siquiera se oía su respiración, que solía ser fuerte. Apretó sus labios y eso fue suficiente para que Koushiro apartase su mano.

―A la cafetería, ¿no?

―Sí ―musitó ella, recuperando la timidez que había dejado de existir entre ellos.

No eran el tipo de estudiantes que uno suele encontrar en la cafetería, sabían dónde se encontraba casi de casualidad. Ellos pasaban más tiempo en las aulas, los despachos, la biblioteca o, como mucho, junto la máquina expendedora de los pasillos.

Sí, ni uno ni otro tenían constancia de que Mimi, la chica que no necesitaba presentación, trabajaba en esa cafetería. Tampoco podían esperarse lo más mínimo lo que ocurrió.

―Perdón ―dijo Mimi mientras secaba sus manos con un trapo. Cuando terminó de secarlas, se tapó los ojos con ellas.

―No te preocupes, es un accidente ―dijo Tamae, dudando de que lo fuese realmente, mientras trataba de salvar sus apuntes del desastre.

Mimi dejó de esconderse y comenzó a frotar la mesa.

―No, no es por el té ―se corrigió sin dejar de limpiar―. Bueno, también es por el té. Quería pedirte perdón. No tienes una cara muy personal, eres normal, eso es todo. Bueno, eso no sonó bien. Que perdón. Ya está, no me porté bien. Normalmente no soy así, aunque... ―Mimi miró a Koushiro. Si él le había contado la historia, por mucho que tratase de disculparse, nunca iba a conseguir que la creyese. Y ni siquiera sentía esas palabras, solo se apenaba de haber ido a esa fiesta―. Debo seguir trabajando.

Koushiro no pudo apartar la vista de la barra donde Mimi fingía trabajar.

Limpió las copas seis veces. Las volvía a enjuagar cada vez que cruzaban miradas. No disimulaban. La Mimi que se debatía entre las puertas cada vez estaba más segura de la correcta. Necesitaba una llave y las sonrisas que se mandaban a distancia se la acercaban.

Tamae y Koushiro, agotados los temas de conversación y con la noche encima, decidieron levantarse.

―¡Kou! ―gritó Mimi antes de que saliera por la puerta. Él se giró―. Estaba pensando que... Que hay un hombre muy peligroso por las calles.

―¿Uno?

Mimi asintió con fuerza.

―¡Sí! Me lo han dicho, el caso es que solo ataca a mujeres solas y me da miedo ir a casa. ¿Vienes conmigo?

Koushiro no se detuvo a pensar en que Mimi nunca había temido ese tipo de cosas ―ella tenía implícita la creencia de que nunca le iba a pasar nada malo―, no se preguntó si mentía o tenía miedo de verdad. Por él, bien podía estar conociendo a Mimi por primera vez, una que pedía perdón, una que admitía sus fallos y se avergonzaba de cómo había sido. Otra persona.

Se giró hacia Tamae.

―¿No será peligroso para ti también?

Mimi se apresuró a contestar.

―No, ella está bien. No ataca a... ―la miró de arriba a abajo buscando algo que no tuviesen en común, pero que tampoco sonase ofensivo― universitarias. No me preguntes por qué, no le gustan con estudios. La policía está revolucionada.

Ambos esperaron a que Tamae hablase.

―No os preocupéis. De todos modos, quería ir a la biblioteca, ya sabes. Nos vemos mañana ―dijo mirando a Koushiro. Por último, antes de pasar por la puerta, devolvió una sonrisa a Mimi, demasiado rápida para saber si había sido sincera o no. En cualquier caso, Mimi creyó que lo era.

.***.

Caminaban despacio, al mismo paso de quienes no van a ningún sitio. No había más compañía que la de las farolas, una pareja de gatos, y un autobús que pasó de largo y olvidaron coger, no se estaba mal paseando a esas horas. No había reproches, tampoco dobles sentidos.

―Pues me llamaron y grabé un videoclip.

―¿Cantando?

Mimi llenó la calle con sus risas.

―No. Soy una de las modelos. Ya te lo enseñaré, fue muy divertido. No me pagaron, pero fue genial.

―A mí me van a dar una beca de investigación.

―¿Otra?

―Nunca me han dado una. De hecho, ni siquiera contaba con que me la fuesen a dar. Es algo muy difícil.

―Y conocí al cantante, es un tipo rarísimo, seguro que a ti te caería mal. Es de esa gente que te debe caer mal, en cuanto lo vi, lo pensé.

Koushiro suspiró. No tenía ganas de explicarle que la gente no le caía mal, le era indiferente, cosa bien distinta.

―Está bien, Mimi. Me alegro por ti.

―¿Te imaginas que me hiciese famosa?

Koushiro se encogió de hombros.

―Puede ser, ¿no? Pero no sé si me gustaría, aunque yo creo que se me daría bien serlo―. Koushiro volvió a callar―. ¿Te acuerdas de cuando éramos niños? Qué fácil era todo, ¿verdad? Nos enfadábamos y al minuto podíamos ser amigos otra vez.

―Tú te enfadabas. Yo sólo no hablaba.

―Da igual. Pensé que siempre sería así.

Koushiro pensó que seguía siendo así.

―Pero ahora ―continuó Mimi―, míranos, hemos pasado meses sin hablarnos, prácticamente.

―No llevo la cuenta.

―Me alegro de que hablemos de nuevo.

Koushiro sonrió.

―Yo no ―corrigió él deteniéndose frente el portal de Mimi.

―Pues pareces alegre.

―Lo sé, pero no debería alegrarme.

―Sabes Kou, tú no eres lógico, es lo que siempre dices, pero no lo eres.

―Supongo que tienes razón. Hasta… Adiós, Mimi.

Quien no se haya pasado años enamorado de la misma persona, pensando en ella un poco cada día, preguntándose dónde empezaba el amor y donde la obsesión. Quien no haya perdido las esperanzas de ser feliz si no podía estar con esa persona y haya podido construir su vida al margen de quienes amaba, probablemente nunca podrá entender lo difícil que era para Koushiro decir adiós.

Y quedarse con la única compañía de las farolas, la pareja de gatos y el autobús que seguía sin querer coger.

.***.

Sobre la recuperación de Koushiro: He intentado que siguiese un proceso a la inversa del estado en el que estaba metido. Es decir, primero había dejado de lado sus estudios, luego tuvo problemas de sueño, falta de apetito, e inapetencia sexual, por último dejó de necesitar abrazos. Por ese motivo quise que motivarse otra vez en los estudios le trajese todo lo demás, hasta que tuviese necesidades sociales "un abrazo". Es una especie de ciclo sin fin.

Las bajas expectativas: En el capítulo III se menciona algo sobre eso, de que Koushiro ni siquiera era capaz de creer que pudiera valer de profesor.