Summary: Cuando los avances solo te hacen retroceder...
Dulce castigo
XI
Mimi todavía se preguntaba cómo era posible que nunca hubiese llegado tarde al trabajo. «Ni un solo día», repetía ante la mirada incrédula de su madre. Ambas eran conscientes de que la puntualidad no la había acompañado a lo largo de su vida. Pero Mimi se decía que no era su culpa, pues el tiempo no existía realmente. Ella prefería guiarse por su estómago, por su sueño, por la cantidad de luz que entraba en su habitación. Todas esas cosas eran mucho más fiables que los minutos y las horas que el reloj marcaba: estos nunca duraban lo mismo.
«Debe ser que me estoy volviendo responsable. Después de todo, ya tengo veintidós años». Tras ese pensamiento se tapó la boca con una de sus manos, como si nunca antes se hubiese dado cuenta de eso.
—¡Oh!
Se acercó al espejo para comprobar su rostro. Deslizó los dedos por debajo de los ojos; por primera vez notaba el cambio. No sabía cuál exactamente, pero ya no era la misma. Miró la hora en el móvil asustada, los minutos habían volado observando sus imperfecciones. Salió corriendo, abrochándose los últimos botones de su blusa granate por el camino. No había sido consciente de sus nuevos hábitos, pero ya no se vestía en el baño de la cafetería. Un día comenzó a llevar el uniforme puesto desde casa y, poco a poco, le dejó de importar ir con esos zapatos anchos y difíciles de combinar por la calle.
Cada vez importaba menos.
—Deberías empezar a trabajar en la cocina.
Mimi resopló automáticamente. Si odiaba algo, era la cocina. Era tan aburrido, todo del mismo color metalizado. Era tan estresante, con esas máquinas pitando sin parar. Pasabas de helarte en las neveras a quemarte con el aceite por ir con prisas, por no hablar de los posibles cortes y de la antiestética redecilla para el pelo. Podía aceptar los zapatos, pero nunca esa redecilla.
—Estoy hablando en serio. ¿Qué pasa contigo?
Mimi observó a su superiora, que movía la cabeza de un lado a otro mientras hacía el recuento de vasos. Si bien la bordería era una característica fácil de intuir en ella, no estaba acostumbrada a que hiciese preguntas tan directas. Aunque empezaba a sentirse molesta, prefirió guardar silencio. Aquella mujer con su voz ronca la intimidaba demasiado.
—Bueno, esta semana solo has roto seis. Enhorabuena —dijo levantando las cejas. A su lado, Mimi las bajó—. Sonríe, Tachikana. No te matará.
Unas horas más tarde, a eso de las cuatro, Mimi seguía refunfuñando las palabras dichas con tanto aprecio.
—Sonríe Tachikana. No te matará. Y a ti tampoco te matará no ser una amargada, Coco.
Hiro no estaba lo suficientemente cerca como para poder escucharla, pero comprendía bien el significado de sus labios fruncidos. Faltaba muy poco para la explosión.
—Mimi, quizás deberías irte a casa. Hoy no hay mucha gente.
Ella miró a su alrededor, dándose cuenta de inmediato de la mentira.
—Las clases acaban a las cinco. Vendrán luego.
Hiro se corrigió:
—Vendrán. Pero deberían ser atendidos de otra manera.
Esperó unos segundos a la reacción de su compañera pero, al encontrarse con su indiferencia, decidió preguntarle directamente: —¿Qué te pasa?
Se mordió el labio antes de contestar:
—Me acaban de echar veintiocho años. Y tengo veinte.
—¿No eran veintidós?
—Eso. Tú sigue recordándomelo.
Hiro dio un largo suspiro. El mundo se acababa a los veintidós, cómo olvidarlo…
—¿Es eso tan malo? — preguntó, aun esperando arrepentirse pronto de hacerlo.
Mimi se lo pensó un poco antes de contestar.
—No exactamente. No lo es, porque cuando tenía menos años quería ser mayor.
—¿Entonces?
—Que pienso si seguiré aquí dentro de seis años. Y me deprime.
—¿Sabes cuántos años tengo yo?
—Lo sé. Pero no es lo mismo. Yo no me imaginaba nada de esto. Y no puedo pensar en quedarme tanto tiempo, no es posible. Tú eres feliz aquí.
Hiro rio.
—Es que siempre me intrigaron las diferencias entre el capuccino y el macchiato. Lo de la carrera es por aficción.
—¿Sarcasmo? —preguntó Mimi.
Hiro asintió. Miró la hora, faltaban pocos minutos para que estudiantes hambrientos invadiesen el local. Así que trató de acelerar la conversación.
—Intenta ser feliz. —Mimi puso los ojos en blanco, odiaba ese tipo de indirectas porque su felicidad solo le pertenecía a ella misma y, si quería estar enfadada con el mundo, era su problema y de nadie más—. Lo digo en serio. Ya casi nunca sonríes.
—Y qué. No me puedes obligar a eso.
—Cuando llegaste aquí, intuí enseguida que no tenías ningún tipo de experiencia, no te ofendas. Le dije a Koto que tenías algo más importante que eso, que te diera una oportunidad. Y aquí estás.
Mimi le miró interesada. Lo primero que pensó fue en su físico, pero le extrañaba que Hiro dijese ese tipo de cosas. Decidió preguntar:
—¿Qué era?
—La sonrisa. Hay días difíciles. A veces hasta yo estoy cansado y no puedo con las piernas. O hay gente, hay gente que es para matarla, ¿te crees que no lo sé? Por eso es importante saber sonreír.
Mimi bajó la mirada y fue a recoger una mesa mientras pensaba en una respuesta. No sabía si Hiro tenía razón o solo era la voz con la que hablaba.
—Es que nunca aprendí a eso —le dijo cuando volvió a la barra—. Lo hacía sin más, me salía solo.
—Se puede aprender. Yo te enseño.
—Ya tienes muchas cosas que enseñarme —le recordó.
—Tú puedes enseñarme a bailar.
—¡Hiro! Me dijiste que no verías el videoclip.
—¿Cómo voy a verlo si ni siquiera se ha emitido? Te aseguro que lo busqué, no quiero que pienses mal de mí, pero nada.
Mimi se encogió de hombros y los dos rieron. Durante el resto del día, Mimi se esforzó en no perder la sonrisa que tanto le había costado recuperar.
.***.
Se rascó la cabeza preguntándose qué hacía ahí. La parte positiva era que apenas le costaba desconectar. Vivía en otra realidad, todos se daban cuenta, pero él no quería cambiar eso que tan útil le resultaba de sí mismo. Mucho menos en ese momento, porque cualquier lugar sonaba más apetecible que ese.
—¡Goooooool! ¡Vamos!
Koushiro chocó la mano con la de su amigo. Si bien de niño había descubierto que jugar al fútbol —una vez perdías el miedo a los golpes—, no era tan malo como parecía, seguía sin encontrar placer en las retransmisiones de cualquier tipo de actividad deportiva.
Es más, ni siquiera se acordaba de si ellos estaban de parte de las camisetas verdes o de las amarillas.
—La final está a un paso —dijo Taichi frotándose las manos.
Koushiro sonrió. Llegó el descanso del partido, pero pensó que eso no mejoraba mucho su situación, porque en ese estado aturdido encontraba difícil soportar el éxtasis de Taichi Yagami.
—No pongas esa cara. Tú quisiste quedar hoy y yo te advertí que llevaba esperando este partido semanas. Haber venido a mi cumpleaños.
—No pude. Y ahora cada vez será más difícil, con la beca… —dijo frotándose los ojos y acabando con un bostezo.
Taichi le dio una palmada en la espalda.
—Lo sé, tranquilo, hombre. Estás fuerte, ¿eh? —dijo palpándole el brazo.
Koushiro ladeó la cabeza dudando. Sabía que había ganado algo de masa muscular en los últimos meses pero seguía quedándose en nada al lado de Taichi.
—Como no sea de llevar el portátil a cuestas todo el día…
—Deberías descansar —opinó Taichi abriendo un refresco.
—Tú tampoco paras, no sé cómo lo haces.
Taichi sonrió. Se sentía orgulloso de su energía. No solo seguía entrenando, también salía de fiesta todas las semanas y acababa de terminar su carrera, aunque sin grandes honores.
—Estoy pensando en hacer un máster en Relaciones Internacionales y Diplomacia.
—Adelante.
Taichi levantó una ceja.
—¿No te parece extraño? Es que cuando lo digo todo el mundo quiere saber más.
—Tú sabrás, hasta ahora has conseguido todo lo que te has propuesto. Adelante.
Comenzó una conversación algo absurda acerca de quién había cosechado más logros. Taichi opinaba que Koushiro estaba desaprovechando su inteligencia, puesto que se dedicaba a la teoría y no a la práctica. Koushiro estaba demasiado cansado como para explicarle que esa observación se alejaba mucho de la realidad. La física le había absorbido por completo; ya no podía apreciar el mundo del mismo modo que otros lo hacían, lo que solo lo había distanciado más de la normalidad anhelada en otro tiempo.
—Es mejor dejar el tema aquí, Tai. No te ofendas, pero no creo que llegases a entenderlo. Además, no soy buen profesor. Hay gente que es buena en lo suyo pero mala enseñando. Y al contrario. Hay un profesor al que todos adoran, especialmente las chicas, pero no tiene ni idea, Tai. Se le da genial hablar, pero nada más. Lee la lección antes de entrar en clase y cuando haces una pregunta…
—Ya empieza —cortó Taichi apretándole en un hombro.
Koushiro consiguió zafarse y siguió divagando. Se dijo que debía investigar si la labia se hallaba en una región cerebral inaccesible para algunos.
Pasados unos minutos, Taichi retomó la conversación desde un punto que había quedado muy atrás. Volvió a la diplomacia, lo que hizo pensar a Koushiro que era una decisión más meditada de lo que podría parecer. Le comentó que lo quería realmente era crear lazos entre el mundo digital y el humano pero que, en cualquier caso, era un área que le atraía.
—Piénsalo. Realmente no es tan complicado como parece.
Koushiro soltó un «si tu lo dices» con desgana. Taichi y sus ideas irrealizables, pero si alguien podía conseguirlo, estaba seguro de que era él.
—La separación de nuestros mundos no beneficia a nadie. Solo es por miedo, te lo digo —continuó Taichi.
Koushiro le dio la razón por inercia, una parte de él pensaba que las cosas estaban bien así. Cada uno en su mundo.
Taichi cambió de tema bruscamente otra vez. Con pocas posibilidades de cambiar el resultado, el partido había dejado de interesarle.
—Te noto distinto.
Distinto. «Esa es nueva», pensó Koushiro tras escucharlo. Le gustaba.
—Nos vemos poco —opinó.
—Ya. ¿Estás con alguien, no?
Koushiro se apoyó sobre sus manos.
—No —respondió tajante—. ¿Por qué pensáis eso? Mi madre también está pesada con el tema.
—Vamos, puedes contármelo. Yo te cuento cosas así siempre. ¿Tamae?
—No.
—Vamos…
—Está con alguien. Supuse que estaba contigo.
—¿Qué? Vamos, Kou. Si no paraba de hablar de ti, que si es listo que si misterioso, bla bla bla.
Koushiro se encogió de hombros luego de un silencio.
—No estoy interesado en ella.
—Entonces, ¿quién te interesa? Ya me dirás que tenía de malo la chica. Porque guapa es un rato, eh. Eres gay. Es eso, ¿no? Espera, ¿te gusto?
Koushiro enrojeció. Después comenzó a reírse, al principio casi sin hacer ruido, y la risa detonó en un dolor de barriga que compartió con Taichi. Siguieron riendo y secándose las lágrimas hasta que ya no recordaban la conversación.
Koushiro fue el primero en cortar la carcajada. Al igual que un pájaro cae muerto por el calor. Enrojeció aún más que antes, el sudor comenzó a humedecer su cuello, tragó saliva sintiendo que se desplomaría de un momento a otro. Si sus ojos no lo engañaban, la chica que bailaba dentro de los márgenes de la pantalla sin volumen era Mimi. Le había dicho «adiós», y por primera vez desde aquella noche, ese momento le dolía. La Mimi de su cerebro acababa de alcanzar la llave que abría la puerta, dio un pequeño salto y se despidió de aquellos niños abusones: acababa de entrar en la sala de la culpa. Su compañía eran el pez al que dio de comer demasiado y el abuelo al que nunca visitó. No sabía qué hacía ahí, pero se notaba que esa sala no estaba preparada para alguien más.
Taichi tampoco salía del asombro. Su rostro indicó a Koushiro que no estaba sufriendo una alucinación.
—No puede ser. Esa es…
—Sí —confirmó Koushiro.
—¿Tú sabías que tenía las piernas tan largas? Suerte que es hija única.
—¿Por? —preguntó Koushiro con la mirada fija en la falda de Mimi, la única que marcaba su cadera.
El plano del límite de la falda cambió a su escote, del que se intuía el erizamiento de la piel y unas pequeñas gotas, parecía agua. Seguía subiendo para detenerse en sus labios y sus guiños coquetos. El plano se ampliaba para mostrar cómo se retorcía en una cama con las muñecas atadas mientras un hombre acariciaba sus muslos y arrastraba un hielo alrededor del ombligo.
—Si fuese mi hermana… No sé, supongo que soy algo antiguo. Ya le pueden haber pagado para comportarse así.
Koushiro recordaba que no le habían pagado, pero no quiso mencionarlo. Sabía que Mimi no había sido consciente de lo mucho que podía complicarle la vida esa actuación. Probablemente ni preguntase qué tenía que hacer antes de comprometerse a ello. También creía que no podía ni imaginar que sería emitido por la televisión más importante del país, tras el partido más esperado del año.
Y Koushiro no se equivocaba, en ese momento Mimi trabajaba ajena a todo. Canturreaba la canción del vídeo, se le había pegado por escucharla más de cincuenta veces durante la grabación.
«Y te voy a convertir, te voy a convertir. Sí, yo te voy a convertir… en la chica que mi madre no quiere para mí. Y te voy a convertir, te voy a convertir. Sí, yo te voy a convertir… solo con estar dentro de ti»
—Hiro, al final no vinieron clientes.
—Sí, lo olvidé, había partido. Puedes irte si quieres, ya termino de limpiar yo.
—No importa. Oye, hay una cosa que quiero preguntarte.
—¿Qué?
—Nada, ya lo he olvidado —dijo después de decidir que no quería hacerle esa pregunta. Unos segundos más tarde le entraron ganas de hacerlo—. ¿Crees que tu madre, o una madre cualquiera, me querría como nuera?
Hiro le dijo que, con esa sonrisa, no habría suegra capaz de dar un no. Y ambos siguieron recogiendo la barra, sin saber lo mucho que cambiaría esa respuesta.
